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CAUDILLOS DEL CRIMEN

Ioan Grillo

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Fragmento

CAPÍTULO 1

Este libro trata del paso de la Guerra Fría a la cadena de guerras criminales que empapan de sangre a Latinoamérica y el Caribe. Pero comienza en Estados Unidos. Específicamente, en una librería Barnes and Noble en un centro comercial en El Paso, Texas.

Estoy sentado en la cafetería de la librería, tomando mi tercera taza de café y hojeando una pila de libros nuevos. Como se hace con los libros nuevos, estoy viendo las fotos, echando un vistazo a las introducciones y simplemente sintiendo y oliendo el papel. También estoy esperando a un narcotraficante que ha pasado cuatro décadas entregando los productos de los capos mexicanos a todos los rincones de Estados Unidos.

El hombre al que espero no es un caudillo criminal que controle un feudo en Latinoamérica. Es un neoyorquino blanco con educación universitaria. Por eso quiero empezar el libro aquí. Los periodistas latinoamericanos se quejan de que nunca se examine el lado estadounidense de la ecuación. “¿Quiénes son los socios de los cárteles que siembran el caos al sur del Río Bravo?”, preguntan. “¿Dónde está el narco estadounidense?” Aquí encontré a uno.

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Un curioso giro del destino me trajo a esta cita. Un compatriota británico rodaba en bici por el suroeste de Estados Unidos, se había tomado unas vacaciones largas. Texas estaba bien, pero se le antojaba algo más atrevido, así que se escurrió por la frontera hacia Chihuahua, México. Sin imaginárselo, entró a una de las esferas más violentas de la narcoguerra mexicana, y se aventuró por los pueblitos al oeste de Ciudad Juárez, en ese entonces la ciudad más homicida del mundo. No le fue tan mal: la pasó en cantinas, chocando tarros con lugareños sombríos. Hasta que unos matones lo encerraron en una casa, amenazaron con cortarle la cabeza y lo obligaron a llamar a su esposa en Inglaterra para pedir rescate.

De hecho, los ataques contra extranjeros ricos en México son muy raros, pero ha habido casos esporádicos, algunos mortales. En este caso, los matones habían saltado ante una oportunidad que les cayó del cielo. Afortunadamente, soltaron al británico al recibir el efectivo, y llegó a casa ileso. Siguió en contacto con una de las personas que había conocido en la frontera, un hombre mayor de nombre Robert. Aunque él conocía a los secuestradores, parece que no estuvo involucrado. Es el hombre al que voy a conocer, una de las conexiones estadounidenses de los narcos.

El ciclista británico nos puso en contacto, me comuniqué con Robert por mail y luego por teléfono para organizar el encuentro. Vive del lado mexicano de la frontera, en uno de los pueblos chihuahuenses. Le dije que no quería ir ahí después de lo del secuestro, y le sugerí que nos encontráramos en El Paso, a tiro de piedra de Juárez, pero también una de las ciudades más seguras de Estados Unidos, en una librería Barnes and Noble. ¿Quién te atracaría en una Barnes and Noble?

Al terminar mi bebida, veo que Robert camina hacia mí. Probablemente me vio primero. Está sesenteando, trae jeans y una gorra de beisbol, tiene la piel tostada y la voz rasposa. Pido todavía más café y charlamos. Es buena compañía. Muy pronto decidimos que queremos algo más fuerte y nos mudamos a un bar de vaqueros en el centro comercial, donde venden cervezas locales en tarros de tamaño ridículo. Escucho la historia de Robert mientras damos sorbos a los toneles.

Se remonta a 1968, cuando Estados Unidos estaba en medio del movimiento hippie y libraba su Guerra Fría más ardiente en Vietnam; cuando las dictaduras controlaban la mayor parte de Latinoamérica y un Che Guevara recién martirizado inspiraba a las guerrillas en todo el continente. Robert es del estado de Nueva York, pero en 1968 fue a la universidad en Nuevo México. Ahí, la suerte le deparó compartir cuarto con un chico de El Paso que tenía un primo en Ciudad Juárez. Su compañero le dijo que le podía comprar marihuana a 40 dólares el kilo. Eso encendió una mecha en la mente de Robert: sabía que de vuelta en Nueva York esa cantidad se vendía en 300 dólares. El negocio básico de la importación es comprar por un dólar y vender por dos. Pero con las drogas, se percató Robert, podía comprar por un dólar y vender por más de siete. Y ni siquiera necesitaba publicidad. Esto era tras el verano del amor, y la juventud estadounidense estaba desesperada por la mota donde pudieran conseguirla, lo que alimentaba una industria floreciente al sur de la frontera.

“Era joven, estaba en quiebra y tenía hambre —dice Robert—. Entonces vino la marihuana, como una bendición… Juntamos dinero como pudimos para el primer cargamento. Cuando salió, compramos otro. Y otro.”

Es difícil para la mayoría de nosotros imaginarse un negocio con ganancias de 650%. Metes 1 500 dólares y sacas más de 10 000. Metes 10 y sacas 75. Y en dos movidas más puedes ser multimillonario. Las narcofinanzas ponen de cabeza a la economía.

Como Robert iba seguido a la costa este con la cajuela llena de mota, pudo cursar la universidad sin siquiera adquirir préstamos. “Estaba viviendo como niño rico, tenía un buen carro, vivía en un lugar grande”, dice. Cuando se graduó, tenía un negocio al cual entrar. Viajó a Chihuahua para comprar marihuana a granel y se enfiestó en las discos de Juárez con los capos en ascenso. Extendió su comercio hacia nuevos horizontes. Viajó a Mississippi y Alabama, donde le vendió a la Mafia Dixie, una red de villanos en los estados de los Apalaches. Fue a San Francisco a venderles a los estudiantes en los prados de Berkeley. Compró casas y discotecas con portafolios llenos de efectivo.

Sin embargo, el narcosueño de Robert topó con pared a finales de los setenta, cuando lo atraparon agentes de la Administración para el Control de Drogas. La DEA hizo lo que se llama un buy and bust, un “compra y atrapa”. Un agente encubierto fingió ser un traficante y le pidió 130 kilos de yerba a su socio. Después de atrapar al socio en su carro, la policía invadió la casa de lujo de Robert, lo arrestó en traje de baño y cogió sacos de yerba de la cocina y el garage.

Ésta es la otra cara de la narcoeconomía. Robert derrochó en abogados, le confiscaron sus bienes y pasó casi una década en una cárcel federal. Pero cuando salió, volvió al negocio, a mover mota y un poco de cocaína con una nueva generación de traficantes mexicanos. Esta vez mantuvo un perfil más bajo, pasando cantidades más pequeñas para mantenerse fuera del radar. Continuó tras la mediana edad, a través de matrimonios y divorcios, bonanzas y bancarrotas, hasta el final de la Guerra Fría y el amanecer de la democracia en América. Para cuando llegó a sus 60, tenía asma crónica y cardiopatía. Y seguía contrabandeando yerba.

Cuando Robert comenzó a traficar drogas, sus colegas mexicanos eran un puñado de agricultores y contrabandistas que ganaban migajas. Necesitaban a estadounidenses como él para entrar al mercado. Pero al pasar las décadas, las redes del narcotráfico se convirtieron en una industria que vale decenas de miles de millones de dólares y se extiende por México y el Caribe, hasta Colombia y Brasil. Los capos mexicanos se convirtieron en cárteles e instalaron a su propia gente del lado estadounidense, casi siempre a parientes. Dos de sus mayores distribuidores eran los hijos gemelos de un rey de la heroína duranguense, nacidos en Chicago. Si bien Robert había sido un pez gordo en los viejos tiempos, cayó a la posición de contrabandista menor.

Al sur de la frontera, los cárteles gastaron sus millones en armar ejércitos de asesinos que cometen masacres comparables a las que suceden en zonas de guerra y superan en armamento a la policía. Para complementar, las drogas se han diversificado hacia una gama de crímenes que incluye extorsión, secuestro, robo de crudo e incluso minería ilegal. Y han llegado a controlar los gobiernos de ciudades y estados enteros en Latinoamérica.

“En los viejos tiempos no era así para nada —dice Robert—. Sólo eran contrabandistas. Ahora abusan de sus comunidades. Se han vuelto demasiado poderosos. Y muchos de los jóvenes que trabajan para ellos son unos pinches locos asesinos que andan siempre en cristal. No puedes tratar con esa gente.”

Le pregunto a Robert si se siente culpable por surtir de efectivo año tras año a esas organizaciones. Nunca se habrían vuelto tan grandes sin trabajar con estadounidenses.

Mira su tarro un rato y suspira. “Sólo son negocios —dice—. Hace tiempo que debieron haber legalizado muchas de estas drogas.”

Unos meses después de la entrevista, arrestan a Robert de nuevo: estaba cruzando la frontera con la cajuela llena de mota. Tiene 68. Pasa cuatro meses en prisión, se declara culpable y le dan libertad condicional por el tiempo que ya ha cumplido y por razones médicas. Le dice al juez que su carrera de traficante llegó a su fin.

Pasamos de El Paso al otro lado del Río Bravo y 2 200 kilómetros al sur, a la ladera de un cerro en el sur de México. Estoy en las montañas del estado de Guerrero, cerca de donde los traficantes cultivan marihuana y producen heroína. El destino de estos cerros está atado al de los contrabandistas en Texas y al de los consumidores de drogas en todo Estados Unidos a causa de las lindas plantas verdes y rosas que hay aquí. Es el dominio de un cártel llamado Guerreros Unidos, una pequeña pero mortal escisión de una red de tráfico más antigua. El cerro es hermoso, lleno de pinos y flores de un naranja brillante. Grillos extraños saltan en la tierra y mariposas exquisitas vuelan en arco por el aire.

El olor a muerte es abrumador. Es como entrar a una carnicería llena de carne en descomposición; pútrido y de cierta forma un poco dulce. Aunque describiría el olor como repugnante, no es dañino. Es un cliché cinematográfico que la gente vomite cuando ven o huelen cadáveres. Eso no pasa en la vida real. Los cadáveres no dan náuseas. El malestar es más profundo, es más una repulsión emocional. Es el olor y la visión de nuestra propia mortalidad.

El hedor a carne humana en descomposición cubre este cerro porque policías y soldados están sacando cadáveres de una serie de fosas. Son hoyos húmedos y llenos de gusanos que probablemente cavaron las mismas víctimas. Los cadáveres están carbonizados, mutilados, podridos.

En México le llaman a esto narcofosa, una tumba del narcotráfico. Pero muchas de las víctimas aquí no son ni narcotraficantes ni policías, ni están conectadas con el mundo de los narcóticos. Son tenderos, peones, estudiantes, que de alguna manera cayeron de la gracia del imperio criminal de los Guerreros. Las tropas sacan 30 cadáveres en este sitio, cerca de la ciudad de Iguala. Y sólo es una de las muchas narcofosas que salpican estos cerros.

Los habitantes de las chozas cercanas describen en susurros cómo los Guerreros traían aquí a sus víctimas. Venían de noche en caravanas de pickups, apuntándoles con Kaláshnikovs a sus aterrorizados rehenes. Casi siempre los acompañaban policías. Se decía que los Guerreros controlaban a la mayoría de la fuerza policial de Iguala, junto con el alcalde y su esposa.1

Algunos de los cadáveres llevan aquí meses, pero nadie vino a buscarlos; hasta que una atrocidad llegó a todo México y a los titulares de todo el mundo. El 26 de septiembre de 2014, la policía de Iguala y sus colegas, los sicarios de los Guerreros, atacaron a estudiantes de una escuela para maestros, mataron a tres y desaparecieron a 43.

Los medios internacionales por fin se enteraron de dónde estaba Iguala. ¿Cómo podían desaparecer 43 estudiantes de la faz de la Tierra? Sonaba a Boko Haram en Nigeria secuestrando niños en las escuelas, pero esto era junto a Estados Unidos. Miles de tropas llegaron y descubrieron fosas comunes como ésta en la que me encuentro. Pero ni así lograron encontrar a los estudiantes.

La historia es ya dolorosamente familiar para la mayoría de los mexicanos. Después de más de un mes, la policía siguió el rastro hasta un tiradero de basura a 16 kilómetros. El procurador general de México dijo que los Guerreros asesinaron ahí a los 43; quemaron sus cuerpos en una enorme fogata hecha de madera, llantas y diésel, y tiraron sus restos al cercano río San Juan.2 La policía encontró huesos carbonizados en una bolsa, que supuestamente estaba en el río, y los mandó a un laboratorio en Austria. Confirmaron que el ADN de un fragmento de hueso coincidía con el de uno de los desaparecidos.

Sin embargo, los familiares y muchos periodistas se negaron a creer la versión oficial. Los procuradores mexicanos tienen un historial de encubrimientos que ha provocado una desconfianza generalizada. Un informe independiente de expertos también rechazó muchas de las conclusiones oficiales. Las familias exigieron que la policía siguiera buscando a los otros 42 estudiantes y que investigara más a fondo la red de corrupción que llevó a esta atrocidad.

México parecía haberse vuelto insensible al homicidio. Entre 2007 y 2014, los cárteles y las fuerzas de seguridad que los combatían habían matado a más de 83 000 personas, según un conteo de la agencia de inteligencia mexicana.3 Algunos sostenían que eran muchas más. Yo cubrí masacres en las que los habitantes de alrededor parecían escalofriantemente indiferentes. Cuando alguien pasa por una experiencia traumática, la reacción instintiva es bloquearla. Las comunidades hacen lo mismo. La gente se cansó de los asesinos, de los cárteles y de las matanzas. Las víctimas se convierten en estadísticas.

Iguala cambió eso. El hecho de que las víctimas fueran estudiantes, la descarada participación de la policía, la inepta reacción del gobierno, todo cimbró el corazón de la sociedad mexicana. Tal vez simplemente había llegado el momento. A finales de 2014, cientos de miles salieron a las calles para protestar contra la corrupción y la violencia del narco. Las caras de los estudiantes desaparecidos llenaron pósters en las calles de la Ciudad de México y pancartas solidarias desde Argentina hasta Austria y Australia. Eran personas, no números.

Los ataques y las protestas derrumbaron una ilusión llamada el Momento mexicano. Era un espejismo invocado por el equipo del presidente Enrique Peña Nieto y que algunos medios y críticos estadounidenses se habían tragado. Decían que la violencia de los cárteles en realidad no era tan grave, que podíamos hacerla a un lado y hablar de la clase media mexicana en expansión, del spring break en Cancún y de las ventas de iPads.

Iguala devolvió la violencia a la primera plana. Resaltó los problemas que llevaban años creciendo: cárteles que se han convertido en un poder alterno que controla alcaldes y gobernadores, sus oscuros vínculos con las fuerzas federales de seguridad, que la comunidad internacional no cambie su desastrosa política de drogas. Hizo que muchos se dieran cuenta de que los problemas no van a desaparecer si los ignoramos, sino sólo si los enfrentamos y cambiamos las cosas.

En una ironía dolorosa, los estudiantes desaparecidos en Iguala estaban planeando asistir a una marcha para conmemorar una masacre de estudiantes en 1968. Eso nos lleva de vuelta al punto más álgido de la Guerra Fría, la era de las dictaduras y las guerrillas guevaristas (y cuando Robert compró yerba por primera vez en Juárez). Como México estaba a punto de inaugurar las olimpiadas ese año, los soldados mataron a tiros por lo menos a 44 personas en una manifestación en Tlatelolco, en la Ciudad de México.4 El ataque contra los estudiantes en Iguala creó una ecuación agonizante:

46 años después de que los soldados mataran a

44 manifestantes,

46 estudiantes fueron violentados, 3 de ellos asesinados y los demás desaparecidos.

A pesar de esta sombría similitud, las atrocidades reflejan mundos diferentes: el de la Guerra Fría en el siglo XX y el de las guerras criminales del XXI. La masacre de Tlatelolco fue orquestada casi con certeza desde la cúpula. Al gobierno unipartidista del Partido Revolucionario Institucional, o PRI, apodado la Dictadura perfecta, le preocupaba que los estudiantes interfirieran con las primeras olimpiadas en Latinoamérica.5 Masacró a los manifestantes para sacarlos de las calles. Esto concordaba con los regímenes autoritarios de todo el continente en esa época, que combatían el disenso con balas.

En contraste, Iguala reflejó el mundo nuevo e infeliz del narcopoder. México ahora tiene una democracia multipartidista, y la oposición, supuestamente de izquierda, gobernaba Iguala. Pero el poder real era este misterioso cártel, que contrabandeaba drogas, controlaba a los políticos y pactaba alianzas con las fuerzas de seguridad. Es una fuerza oscura con intereses turbios que tenemos que esforzarnos para ver siquiera.

Mientras que el motivo para reprimir manifestantes en los sesenta estaba claro, los ataques de Iguala dejaron a muchos desconcertados en cuanto a por qué un cártel agrediría estudiantes. Los maestros en formación son conocidos por los disturbios de sus protestas y habían tomado autobuses de la central camionera local. ¿Acaso los criminales estaban atacando a los estudiantes como una forma de infundir terror, y trabajaban con las autoridades corruptas para reprimir las protestas? ¿O los estudiantes habían tomado sin saberlo un autobús en el que el cártel había metido un cargamento de heroína? ¿O, en su paranoia, habrán pensado los sicarios que los estudiantes trabajaban para un cártel rival? ¿O será que la corrupta policía estaba defendiendo un evento público del narcoalcalde y su esposa? Fuera la razón que fuera, el espectro es el de una ciudad controlada por criminales que reaccionó a un incidente de orden público con una matanza.

Cuando cientos de miles marcharon por las calles para protestar contra el terror, los manifestantes llamaron a Iguala un crimen de Estado, a la par con las masacres de los dictadores. Era una idea provocadora. No había pruebas de que el presidente Peña Nieto estuviera involucrado en el ataque, pero oficiales de la policía, que son agentes del Estado, estuvieron inmiscuidos hasta el cuello. Los periodistas también se preguntaron qué estaban haciendo los soldados y la policía federal durante el tiroteo.6 En otros casos, agentes federales mexicanos han sido arrestados por trabajar para narcotraficantes. Eso levanta un debate sobre la responsabilidad del gobierno cuando pedazos del aparato estatal han sido capturados por cárteles.

Aunque la Guerra Fría dividió al mundo en bandos, tenía cierta claridad moral para cada uno. La gente se creía en un conflicto del bien contra el mal. Los que murieron protestando contra un régimen autoritario, ya fuera de derecha o estalinista, podían verlo como una lucha por la libertad. Pero la mayoría de los homicidios en las nuevas guerras criminales de Latinoamérica no dan esa satisfacción. Parece que la gente muere por nada.

La sangre derramada en México ha atrapado la atención del mundo porque fluye hasta el Río Bravo (y a veces entra a Estados Unidos). Los políticos mexicanos contestan que hay violencia similar en toda la región. Se equivocan al usarlo como excusa. Pero tienen razón en que la lucha entre sombríos pistoleros criminales y tropas adictas al gatillo azota muchos rincones de América.

En las favelas de Brasil, los “comandos” criminales están en estrecho combate urbano contra la policía y sus rivales, un conflicto que incluso ha matado a más que en México, y al que los Seal de la marina estadounidense van como entrenamiento.7 Honduras se convirtió en el país más homicida fuera de una zona de guerra declarada porque las pandillas de Maras desplazan a miles; algunos de ellos huyen como refugiados a Estados Unidos. Los guetos de Kingston, Jamaica, son campos de muerte de las posses, junto con una de las fuerzas policiales más homicidas del mundo.

¿Por qué América está empapada en sangre en los albores del siglo XXI? El hecho de que estas milicias criminales hayan brotado simultáneamente en distintos países no es coincidencia, sino que muestra una tendencia regional, producto de circunstancias históricas. Y aunque estos conflictos estén en países separados, las drogas, las armas y los criminales flotan entre ellos. Es una cadena de guerras criminales que abre un tajo por el continente.

Este baño de sangre no está en la región más pobre ni menos desarrollada del mundo. Sucede en sociedades industrializadas con una clase media en crecimiento. Los países latinoamericanos y caribeños se siguen modernizando, construyen flamantes centros comerciales, complejos de multicines y gimnasios de diseñador, escuelas privadas y universidades de clase mundial. Millones de visitantes se asolean en hoteles de punta en las playas doradas de cada país. Esto convence a algunos visitantes sorprendidos de que estos países van por el carril de alta hacia el primer mundo. Hay un verdadero crecimiento.

Al mismo tiempo, los crecientes arrabales albergan pandillas ultraviolentas que tienen vínculos con políticos y empresarios. Los universos paralelos de guetos infestados por el crimen y arbolados barrios clasemedieros conviven hombro con hombro; a veces se encuentran y chocan.

En este panorama cambiante ha emergido una nueva generación de capos, junto con sus seguidores de culto y sus escuadrones guerrilleros de choque. Estos supervillanos que hay en México y hasta Jamaica, Brasil y Colombia ya no sólo son narcotraficantes, sino un híbrido extraño de CEO criminal, rockstar delictivo y general paramilitar. Llenan el imaginario popular como antihéroes demoniacos. No sólo protagonizan canciones underground en el narcomundo, también los recrean en telenovelas, películas e incluso videojuegos que simulan sus nuevas guerras.

Y lo que hacen nos afecta a todos. A lo largo de las últimas dos décadas, estas familias criminales y sus amigos en la política y los negocios se han apropiado de gran parte del comercio mundial de narcóticos, armas y humanos, y también han entrado al de petróleo, oro, coches y secuestro. Sus redes se extienden por todo Estados Unidos y a Europa, Asia y Australia. Y su flujo de bienes y servicios llega a la puerta de cada uno de nosotros.

En este libro intento encontrarle sentido a esas organizaciones criminales híbridas rastreando un camino a través de los nuevos campos de batalla de América. Viajo por el continente y me concentro en cuatro familias criminales: el Comando Rojo en Brasil, la Shower Posse en Jamaica, la Mara Salvatrucha en Centroamérica y los Caballeros Templarios en México. Son desconcertantes redes posmodernas que mezclan pandillas, mafias, escuadrones de la muerte, cultos religiosos y guerrillas urbanas.

Cuando ves a estos grupos en acción puedes identificar claros paralelos en su manera de operar. Sistemas similares de espías vigilan quién entra a los pueblos en Michoacán, México, y a las favelas de Río de Janeiro. Las bandas despejan barrios para crear tierras de nadie como barrera en San Pedro Sula, Honduras, y en las guarniciones de Kingston, Jamaica. Los delincuentes celebran sus propios juicios en los suburbios de São Paulo, igual que en las montañas mexicanas. Estos paralelismos trazan un modelo más claro de lo que son estos grupos, y de cómo operan. El invisible sistema criminal comienza a tomar forma.

Las milicias criminales son producto de sociedades violentas y también contribuyen a su carácter cada vez más sangriento. Entre 2000 y 2010 las tasas de homicidio subieron 11% en Latinoamérica y el Caribe, al tiempo que bajaban en la mayor parte del mundo.8 Ocho de los 10 países con las tasas de homicidio más altas están en la región, igual que 43 de las 50 ciudades más violentas del mundo.9 Con tan pocos homicidios resueltos es imposible decir exactamente cuántos han muerto a manos de los cárteles y los comandos. Pero el crimen organizado tiene una gran presencia en todos los países con las tasas más altas.

Cuando sumas la cuenta total de cuerpos, la cifra es impactante. Entre el inicio del nuevo milenio y 2010 asesinaron a más de un millón de personas en Latinoamérica y el Caribe.10 Es un holocausto alimentado con cocaína.

Los políticos no saben cómo manejar este poder criminal y su baño de sangre. Los gobiernos, desde la Ciudad de México hasta Brasilia, despliegan tropas con políticas de tirar a matar y al mismo tiempo niegan que estén librando guerras de baja intensidad. Tras unos ataques estremecedores contra la policía en São Paulo, se dice que los vengativos oficiales entraron en una racha homicida y mataron a tanta gente en 10 días como la dictadura militar de Brasil en dos décadas.11 En algunos casos los políticos están en contubernio con los capos y son parte del problema. Pero los políticos no son la única causa de este desastre. Puede que otros no estén aliados con los jefes del narco, sino que luchen genuinamente por encontrar una política que funcione. Algunos gobiernos han experimentado con nuevas ideas, como organizar treguas entre bandas, como en El Salvador, u ofrecer tratos de desarme, como en Colombia, con varios grados de éxito.

Washington no tiene una estrategia coherente. Estados Unidos sigue gastando miles de millones en una guerra global contra las drogas, aunque en casa haya poco entusiasmo por el conflicto. Financia ejércitos por toda Latinoamérica, de México a Honduras y a Colombia, y las cortes estadounidenses les dan asilo a los refugiados que huyen de esos mismos soldados. Los diplomáticos son condescendientes con sus contrapartes latinoamericanas al decir que sólo enfrentan problemas normales de pandillas, pero luego los funcionarios del Pentágono hacen olas al gritar que México está perdiendo el control de los cárteles. Ante tales contradicciones, los políticos suelen refugiarse en la opción automática: ignorar el problema.

Pero éste ya no es un problema que los políticos puedan darse el lujo de ignorar. La economía criminal ya afecta a la gente: la gasolina en tu carro, el oro en tus joyas, tus impuestos en pesos (o dólares, o euros) que financian la guerra contra las drogas.

La red de las cuatro familias criminales en este libro se extiende por todo el hemisferio, hasta todo tipo de lugares inesperados. Influye en el precio de los limones en los bares neoyorquinos, en agentes secretos británicos, estrellas de la Copa del Mundo, candidaturas para ser sede de las Olimpiadas, preguntas sobre el inicio de los motines de Londres. En verano de 2014 estuvo relacionada con 67 000 niños sin acompañantes que llegaron a la frontera sur de Estados Unidos, en lo que el presidente Barack Obama llamó una crisis humanitaria. Aunque no todos venían huyendo de las balas, algunos mostraron evidencia fehaciente de que los matarían si volvían a casa. Obtuvo menos publicidad con el hecho de que decenas de miles de adultos de la región también estaban llegando a la frontera sur para pedir asilo político. Hay quienes preguntan por qué importa que los países vecinos se derrumben. Ésta es una de las razones.

CAPÍTULO 2

Justo al sur del Río Bravo, un camino marca la línea de muerte trazada por una de las bandas de asesinos más brutales que ha conocido América. El ejército criminal conocido como los Zetas ha destazado víctimas por casi todo México, además de Texas y Guatemala. Pero los sitios de sus cinco peores masacres se encuentran a lo largo de un tramo de casi 500 kilómetros que sigue la curva de la frontera México Estados Unidos. Un cabo de esta línea se localiza a 65 kilómetros de Eagle Pass, Texas, una ciudad pacífica y somnolienta que fue el primer asentamiento estadounidense en el río. El otro envuelve una cadena de lagunas que fluyen hacia el Golfo de México. Los sitios están en granjas, campos y calles citadinas.

Retrazo esta línea de muerte durante tres días, viajando con el veterano periodista fronterizo Juan Alberto Cedillo en su Volkswagen destartalado. Escribí notas sobre la mayoría de las masacres poco después de sucedidas, pero quiero entender mejor la geografía de este terror. También quiero documentar todo lo que pueda sobre los sitios mientras se puedan identificar. Cuatro de ellos no tienen placas para recordar los horrores ni a sus víctimas. Mucha gente aquí, especialmente aquéllos en el poder, no quiere que le recuerden la carnicería que ha sucedido en una de las regiones más desarrolladas de Latinoamérica. Quieren olvidar.

El sitio más al poniente está cerca de la cabecera municipal de Allende, en un paraje árido salpicado de ranchos ganaderos. La tierra grisácea es plana y estéril, el municipio es relativamente próspero gracias al comercio fronterizo y a la carne de res. En febrero de 2014 policías y soldados atravesaron páramos para excavar en un rancho en el que los Zetas habían disuelto cuerpos en ácido dentro de tambos de metal. Decían que era una “cocina”.1 En nuestra visita descubro que todavía hay envases de plástico desparramados que contenían los ácidos industriales usados para derretir la carne.

La policía estaba buscando a cientos de personas que habían desaparecido en el área. Pero no pudieron averiguar exactamente cuántos habían muerto en este rancho macabro, pues sólo encontraron huesos y trozos tercos de tejido que habían sobrevivido a la mezcla tóxica. Al excavar en ese lugar y escarbar en otros ranchos cercanos, juntaron unos 500 miembros, desde cráneos hasta pedazos de dedos de los pies, y los enviaron a un laboratorio en la Ciudad de México, donde todavía están guardados.

Para tratar de comprender esta violencia, he entrevistado asesinos a sueldo, desde adolescentes hasta homicidas experimentados de mediana edad. Al trazar sus historias de vida, puedo explicar cómo los jalan hacia las filas del crimen organizado, los entrenan para matar y gradualmente terminan con más y más vidas. Me han dicho cómo se distancian del acto de matar al verlo como un trabajo, al encapsular la culpa en lo más profundo. Pero ver una matanza de esta magnitud me deja incrédulo en cuanto a cómo un cártel pudo cometer tal atrocidad. No es la escena de un crimen, sino un campo de exterminio.

Seguimos esta geografía del horror hasta la desbordante ciudad de Monterrey, México, casa de emporios globales de cerveza y cemento. En el corazón de la ciudad yacen los restos carbonizados de un casino al que los Zetas prendieron fuego en 2011, mientras estaba lleno de gente jugando bingo y en máquinas tragamonedas. Cincuenta y dos clientes y empleados murieron quemados o asfixiados. Las víctimas incluyeron a lugareños acaudalados, y éste es el único sitio para el que las familias lograron que las autoridades hicieran un memorial: un monumento con azulejos venecianos se inauguró por fin en agosto de 2014, en el tercer aniversario de la tragedia. “Que el correr de esta agua quite la violencia de nuestra sociedad y enjuague las lágrimas de quienes sufren por ella”, reza el mensaje.

Otros 30 kilómetros hacia el este, atravesamos Cadereyta Jiménez, hogar de una de las refinerías petroleras más grandes de México. En 2012 los Zetas tiraron 49 cadáveres decapitados, a los que también les habían cortado los pies y las manos, en un camino que lleva a la ciudad. La sola logística de retener, destazar y transportar a tantas víctimas es difícil de imaginar. Dos años después, sólo habían identificado a ocho. No es fácil rastrear a gente sin cara ni huellas digitales.

Llegan familias de todo México para recorrer estos sitios, y las morgues cercanas, para ver si sus seres queridos están entre las víctimas. El gobierno mexicano reveló en 2015 que más de 25 000 personas habían desaparecido en el país en ocho años, con los desaparecidos concentrados en puntos álgidos del narcotráfico. Una madre en Monterrey me relató cómo había visto que a su hijo de 18 años, estudiante de filosofía, se lo llevaba un grupo de matones con Kaláshnikovs. Después de tres años de búsqueda todavía no lo ha encontrado, ni a su cuerpo. Su cara era una mueca de tristeza. Esta falta de cierre devasta psicológicamente a la gente.2

El camino hacia el sur nos lleva al sitio de las dos últimas masacres, San Fernando, Tamaulipas, un municipio de agricultores que se ha convertido en sinónimo de violencia Zeta. Cansado de que lo asocien con el baño de sangre, el alcalde de San Fernando está desesperado por encontrar otras cosas por las que lo recuerden. En abril de 2014 organizó a pescadores y chefs para hacer el coctel de camarón más grande del mundo, una sopa titánica que el libro Guinness de los récords registró con más de una tonelada. En mi visita al ayuntamiento me muestran videos de los cocineros vaciando el camarón de una fila interminable de contenedores de plástico en una copa que parece sacada de Tierra de Gigantes.

San Fernando tiene horrores profundos de los cuales huir. En 2011 el ejército encontró 193 cadáveres enterrados en campos a las afueras de la cabecera municipal. Los Zetas habían arrastrado a muchas de las víctimas afuera de carros y autobuses durante una racha homicida que duró meses. La mayoría tenían el cráneo roto o los habían apuñalado en vez de dispararles. Se ha reportado que los Zetas obligaron a algunas de las víctimas a luchar entre ellas en combates gladiatorios, usando martillos y cuchillos para matarse entre sí.3

Finalmente, al fondo de un largo camino de terracería se encuentra un granero en el que los Zetas acribillaron a 72 personas en 2010. Puede que haya sido la mayor masacre de civiles desarmados en México desde que el general Pancho Villa mató a casi todos los hombres de un pueblo minero en 1915.4

Las víctimas del granero eran migrantes indocumentados que se dirigían a Estados Unidos en busca de una vida mejor. Venían de Honduras, El Salvador, Guatemala, Ecuador y Brasil; habían viajado miles de kilómetros, cruzado selvas y montañas, y finalmente esperaban ver Texas al atardecer. Una mujer estaba embarazada de meses. Los Zetas les vendaron los ojos, les ataron las manos y los acomodaron en el suelo. Luego se pusieron en fila y los rociaron con cientos de balas.

Para llegar al granero, condujimos 24 kilómetros de terracería a través de campos de sorgo rojo oscuro, una cosecha que se usa como forraje, que se extienden como una alfombra manchada de sangre. El granero está abandonado, sus puertas rociadas de balas cuelgan de las bisagras. Al acercarnos, dos enormes y hermosos búhos blancos revolotean hacia afuera y trazan un arco por el cielo. Recuerdo cuántas culturas asocian a los búhos con la muerte.

Los campos están abandonados, la hierba crece donde yacían los cadáveres. Podrías pasar de largo y nunca enterarte de lo que sucedió aquí.

Fue mi abuelo el primero en forjar mi visión mental de la guerra. Lo reclutaron en el ejército británico a los 18 y pasó el final de la Primera Guerra Mundial vadeando trincheras en Francia, resistiendo el último avance alemán y empujando a la Wehrmacht al armisticio. Seis décadas después, cuando yo apenas caminaba, remedó ante mí cómo cargaba al frente con su bayoneta.

Esta guerra de hace un siglo casi no tiene similitud con la violencia americana de hoy; obviamente fue en una escala mucho más grande que estas guerras criminales, pero me gusta compararlas por una razón. Nos recuerda que los europeos pueden ser igual de bárbaros al cometer homicidios y atrocidades. Algunos buscan razones culturales para explicar la gravedad de la violencia de grupos como los Zetas. Se preguntan si habrá una profunda fascinación por la muerte en la psique mexicana, o si Jamaica tiene una de las peores tasas de homicidio en el mundo porque es un país de ex esclavos con enojo acumulado en la sangre. Pero la historia nos muestra que todas las culturas son capaces de violencia aterradora. Todos somos bárbaros. Yo prefiero buscar las causas estructurales y políticas que llevan a la gente a derramar sangre.

La segunda imagen vívida de un conflicto me vino en los ochenta, durante la última helada de la Guerra Fría. Aún niño, estaba petrificado por que pudiera haber un ataque nuclear que convirtiera a Gran Bretaña en un páramo postapocalíptico. Veía películas que simulaban guerras atómicas y sus preámbulos, bombardeos y secuelas, y tenía pesadillas recurrentes de nubes de hongo explotando sobre el sur de Inglaterra.

De alguna manera, esta parte de la Guerra Fría era el polo opuesto de la violencia en los ranchos del noreste mexicano o de las favelas brasileñas. Era una amenaza de proporciones monumentales, pero era muy lejana y nunca se cumplió. En Latinoamérica la amenaza es más pequeña, local y muy real. Sin embargo, hay una similitud. La Guerra Fría fue un conflicto endémico que duró casi medio siglo. Igualmente, algunas guerras criminales en Latinoamérica ya han durado décadas y continúan sin un fin claro a la vista.

Tuve una tercera visión bélica en mi adolescencia, cuando visité a unos amigos en Belfast, Irlanda del Norte, durante los últimos años de lucha entre el Ejército Republicano Irlandés, paramilitares protestantes y las fuerzas de seguridad británicas. Esto se parecía más, físicamente, a los nuevos conflictos en Latinoamérica. Los soldados y la policía militarizada patrullaban las calles e instalaban retenes. Los grupos armados católicos y protestantes eran fuerzas clandestinas que operaban al interior de sus comunidades. Los ataques incluían emboscadas y coches bomba.

Sin embargo, el nivel de muerte en América es mucho mayor. El conflicto de Irlanda del Norte reclamó 3 500 vidas en tres décadas. El choque entre cárteles en México reclamó más de 16 000 vidas sólo en 2011; Ciudad Juárez, que tiene una población menor que Irlanda del Norte, sufrió más de 3 000 homicidios en un solo año.

¿Así que deberíamos llamar guerras reales a estas batallas criminales en América?

Los periodistas que describen el baño de sangre hacen la comparación todo el tiempo. La policía y los soldados también suelen describirlas en términos marciales cuando desarrollan tácticas de batalla para combatir contra milicias como los Zetas. Y los residentes de las comunidades en el campo de batalla frecuentemente hablan de guerra, aunque no puedan definirla claramente.

Sin embargo, los políticos tienen más cuidado de usar la palabra. De vez en cuando les parece conveniente usar lenguaje marcial para convocar a las tropas y al público a una ofensiva. Más a menudo, rechazan cualquier sugerencia de que estén en guerra, porque sería desastroso para la imagen de sus países y los dólares de turistas e inversionistas. Por lo tanto, las guerras criminales de Latinoamérica no están reconocidas legalmente como conflictos armados.

¿Acaso importa cómo les llamemos? Una fosa común con 193 cuerpos es un crimen terrible sin importar el marco que le pongas. Elegir otras palabras no traerá de vuelta a las víctimas. No regresará el tiempo para que una madre no tenga que ver cómo se llevan a su hijo mientras ella está impotente ante hombres con fusiles.

Pero las palabras elegidas tienen implicaciones. Si se declarara un conflicto armado en México, entonces su gobierno tendría que comportarse según los tratados internacionales sobre conflictos. Tanto los líderes mexicanos como los capos de los cárteles entrarían en la jurisdicción de la Corte Penal Internacional. (Algunos abogados han hecho campaña a favor de esto.) Declarar zonas de guerra pondría de cabeza la política estadounidense. No podría simplemente esconder su apoyo a los ejércitos latinoamericanos en sus esfuerzos antidrogas, sino que se le identificaría con conflictos vigilados por La Haya. Los jueces tendrían que cambiar sus criterios para decidir si la gente que huye de ellas cuenta como refugiada.

Yo he lidiado con esas cuestiones al reportar sobre el baño de sangre en Latinoamérica desde 2001. En busca de respuestas, he encontrado a un grupo creciente de pensadores que tratan de hallarle sentido a la violencia. Vienen de un amplio espectro de formaciones y trabajan en medios distintos, hay abogados de derechos humanos, estrategas militares y académicos desde la antropología hasta la ciencia política. Aunque sus objetivos difieren, están unidos en su intento por entender esta tragedia, y todo su pensar puede ayudar a construir un modelo con el cual podamos comprender mejor las muertes gratuitas, y encontrarles solución.

La lucha entre cárteles y comandos, señalan esos pensadores, es un nuevo tipo de conflicto armado que no llega a ser guerra civil, pero es más que violencia criminal. Es un sangriento espacio intermedio cuyas reglas todavía están en redacción. Las milicias criminales usan armas de infantería ligera, incluyendo lanzagranadas, ametralladoras a cinta, granadas de fragmentación y rifles automáticos, pero carecen del objetivo guerrillero de conquistar un país. Los conflictos no tienen fechas claras de inicio, y cuesta trabajo terminarlos. Sin embargo, reclaman más víctimas que las mil muertes en campo de batalla que definen una guerra civil.5

El politólogo Ben Lessing los llama “conflictos criminales” y señala que están “suplantando a la insurgencia revolucionaria como la forma dominante de conflicto en el hemisferio”.6 Otros sólo las llaman “guerras criminales”, resumiendo la fusión de delincuencia y guerra.

Robert Bunker es un investigador externo para el Colegio de Guerra del Ejército de Estados Unidos que busca encontrarle sentido a la matanza.7 Hijo de un soldado, cre ...