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¿DóNDE QUEDó EL ENCANTO?

Elizabeth Eulberg

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Fragmento

Hope

A 40 DÍAS

Llegó el momento, me digo a mí misma.

—¿Estás lista? —pregunta Brady mientras se apoya en mí—. Más bien, ¿cuándo no estás lista para la dominación total del mundo?

—Precisamente. Ya era hora de que lo notaras —respondo echando el cabello al aire. Brady siempre saca mi lado atrevido, y mi lado coqueto, y mi lado de te-amotanto-que-a-veces-duele.

Brady conoce todas mis facetas, excepto esa última. ¿Cómo puede alguien ser tan cercano a otra persona, literalmente y en sentido figurado, y a la vez ser tan dolorosamente despistado?

Tal vez ahora será diferente. Tal vez ahora es cuando todo cambiará.

Me guiña el ojo detrás del marco negro y rectangular de sus anteojos, el cabello oscuro y despeinado le bloquea parcialmente la vista.

Siempre me digo a mí misma: Tal vez ahora. Tal vez esto.

Siempre me digo a mí misma: Llegó el momento.

—Ah, he notado eso en ti desde, mmm, el principio de los tiempos —dice Brady—. O al menos desde quinto grado, que para el caso es el principio de los tiempos. Era inconfundible.

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—Así es la grandeza —contraataco.

Brady y yo nos miramos, él con los brazos cruzados, yo con los ojos entrecerrados. Es un duelo para ver quién renunciará primero a su trono de habladurías. Siempre es así entre nosotros: uno supera al otro con sus ridiculeces hasta que alguien cede.

Me muerdo el interior de las mejillas para no sonreír.

—Eh, ¿chicos? ¿Podemos hacer esto ya? —dice Dan desde la máquina. Intercambia una mirada con Conor. Siempre se molestan cuando Brady y yo dedicamos la mayor parte del tiempo a ser… bueno, a ser nosotros.

Pero bueno, es mi club y coqueteo si quiero.

¿Por qué?, se pregunta una parte oscura de mí. ¿Por qué sigues torturándote? ¿Por qué eres tan ciega que no ves que él sólo es…?

No.

—Salvado una vez más por el canto de sirena de Rube Goldberg —le susurro a Brady antes de dirigir mi atención a la máquina que ya lleva semanas tentándonos—. Okey, hagámoslo.

Brady me da su sonrisa más grande, la que derrite hasta el último centímetro de mi ser.

Pone la mano en mi brazo.

No creo que sepa siquiera lo que está haciendo.

O quizá sabe exactamente lo que hace.

Nunca lo sé con certeza.

El proyecto. Enfócate en el proyecto, me digo, intentando ahuyentar las mariposas de mi estómago para que otra especie de mariposa —la que se preocupa por los proyectos escolares y las calificaciones y el futuro y bla, bla, bla— pueda entrar. Ya no puedo evadir la verdad. Ahora es cuando sabré si nuestras incontables horas y meses de trabajo han dado frutos.

Sin presión ni nada de qué preocuparse.

Pero la cosa es que en realidad no estoy nerviosa. Okey, me preocupa un poco que no funcione, pero miro a Brady y sé que con él a mi lado puedo hacer cualquier cosa.

Así ha sido siempre entre nosotros, así que no dudo que tendremos éxito. Al final.

—¿Quieres hacer los honores? —pregunta Dan mientras coloca en mi mano una pequeña canica azul y blanca.

Todos contenemos el aliento mientras camino hacia la máquina en la cual estuvimos trabajando la mayor parte del semestre. Quisiera poder decir que no tengo idea de cómo me metí en esto, pero la respuesta es una palabra que empieza con B. Es una historia muy simple: Brady estaba obsesionado con las máquinas de Rube Goldberg. Yo estaba obsesionada con Brady. Y, ¡voilà!, empecé el club para que pudiéramos trabajar juntos en las máquinas. Énfasis, en mi mente, en la palabra juntos.

Lo extraño es que creo que él también entró por esa razón: para que pudiéramos tener algo juntos. Pero ninguno de los dos tuvo el valor de admitirlo. Nunca lo tenemos. Sobre todo yo. Es como si nuestra relación fuera uno de esos locos artilugios que construimos: un movimiento en falso y todo se viene abajo; así que pasamos todo nuestro tiempo asegurándonos de no descarrilar las cosas. Aun si pensamos que tal vez exista un mejor camino que podríamos seguir, si tan sólo no hubiera… obstáculos.

Coloco la canica en el inicio de nuestro artilugio y al soltarla digo una plegaria en silencio. La canica avanza hasta una rampa y entonces derriba la primera de una serie de fichas de dominó dispuestas en forma de S. Los ocho ojos en la habitación miran atentamente mientras cada ficha se derrumba, creando la reacción en cadena perfecta. La última ficha activa una ratonera que chasquea tan fuerte que doy un brinco. Entonces el cordel atado a la ratonera tira de una palanca y… nada.

La máquina se detiene. El globo que cuelga al final permanece flácido.

—¿Qué ocurrió? —masculla Conor mientras examinamos el otro lado de la polea, donde se supone que una cuchara debería erguirse de golpe y liberar una pelota.

—No tenemos suficiente impulso —Brady se inclina para contemplar el cordel con las manos en la espalda para reducir el riesgo de tirar algo.

—De vuelta al principio, supongo —respondo, ocultando la desilusión en mi voz.

Si he aprendido algo en mis dieciséis años en este planeta es que cualquier cosa que valga la pena requiere trabajo. Todo puede lograrse con las tres P: paciencia, planeación y perseverancia.

La voz de la esperanza reaparece en mi mente. Tal vez esto, tal vez el otro.

—No te rindas —dice Brady.

Es difícil no interpretarlo como una especie de señal.

Siempre estoy en busca de señales.

Es fácil encontrarlas, pero leerlas… ésa es la parte que siempre me sale mal. Es frustrante lo fácil que es malinterpretar algo cuando sólo quieres creer una cosa.

Tiro del cordel.

—Aún no está tan tenso como lo necesitamos —tomo un poco de pegamento y levanto la ratonera—. Esto necesita estar bien firme para que la mordida funcione bien.

Dan se acerca para ayudarme a presionar la trampa, mientras Brady y Conor nos miran.

—Creo que tienes razón. Una vez que esta cosa esté bien asegurada, esto funcionará en un chasquido. ¿Entienden? ¡Un chasquido!

Todos gemimos. Dan no sólo ignora que sus intentos de ser comediante son totalmente vergonzosos, sino que en verdad se cree uno. Lo soportamos porque es el estudiante de ciencias y matemáticas más listo que tenemos.

—Nos saldrá bien —nos asegura Conor. Después se pone las manos en las caderas y saca el pecho. (Creo que intenta emular a un superhéroe. No quiero decirle que parece más estreñido que Superman.)—. Aun la oscuridad se termina. Llegará un nuevo día. Y cuando el sol brille, brillará aún más claro.

Al menos con Dan tengo alguna idea de lo que está hablando. Conor cita a Tolkien o hace referencias a Calabozos y Dragones.

¿Y Brady?

Bueno, soy buena para entender los Bradyismos. Sé que él diría lo mismo de mí.

Brady se inclina para inspeccionar mi trabajo con la ratonera y pone la mano en la base de mi espalda.

—Parece que lo lograste, Hope.

Es otra señal. Alguien que es “sólo” un amigo quitaría la mano de mi espalda al terminar la oración.

Pero su mano sigue ahí.

—¡Sí! Una vez más, Hope nos da esperanza —dice Dan con una carcajada y luego se ajusta los lentes de armazón metálico.

Todos nos quejamos, esta vez más fuerte, y Conor golpea a Dan con el cuaderno que usamos para los planos de nuestra máquina.

La mano de Brady sigue en mi espalda.

El señor Sutton, nuestro profesor de ciencias y asesor del club, entra a su salón de clases y pregunta cómo vamos. Dan y Conor comienzan a darle una descripción sumamente vívida de nuestra prueba fallida. Aunque intentan que suene positiva, el señor Sutton no parece satisfecho, y eso empieza a estresarme.

Brady y yo decidimos mantenernos al margen. Al fin retira la mano de mi espalda, pero aún siento el calor de su huella. Suelta un leve suspiro, señal de que él también está tenso.

Esto tiene que funcionar. Tiene que funcionar.

Lo miro y me pregunto qué podemos hacer. En respuesta, me envuelve en sus brazos.

—No te preocupes —dice, su voz es reconfortante—. Tenemos mucho tiempo para que funcione.

Habla de nosotros.

No, no es verdad.

Pero podría ser.

No, me digo. Está hablando del proyecto. No alucines.

Estamos a seis semanas del concurso de Rube Goldberg en Cleveland y si ganamos, nuestro equipo irá a la competencia nacional en Indiana. En seis semanas pueden pasar muchas cosas.

Me da otro apretón, luego me suelta y me da un empujón con la cadera.

—Además, nunca subestimaría a la chica que una vez anotó veintidós puntos en los bolos.

—¡Cómo te atreves a insultar mis habilidades atléticas! —le lanzo una mirada de horror, con todo y boca exageradamente abierta y mano en el corazón—. Además, sabes que tenía nueve años.

—¡Estabas usando rieles para dirigir la bola! ¿Eso es matemáticamente posible? —saca un cuaderno y finge hacer cálculos.

—Dame eso —intento agarrar el cuaderno, pero Brady lo sostiene por encima de mi cabeza. Como mide uno noventa, es como si lo pusiera en Marte. No hay manera de alcanzarlo, a menos que…

Verán, conozco a Brady mejor que nadie. Sé todo sobre él, en especial sus debilidades. Bajo la mirada hacia una parte de su estómago que está descubierta.

Lo miro con una sonrisa maliciosa.

Él abre mucho los ojos.

—¿Qué? ¿Qué vas a hacer?

Entonces ataco. Le hago cosquillas arriba de la axila derecha, donde es más sensible. Se agacha e intenta escabullirse, pero ahora lo tengo sujeto contra el escritorio.

—¡Piedad! —grita entre risas.

—Sabes que no es lo que quiero escuchar.

—¡Está bien! ¡Está bien! —levanta las manos en señal de rendición—. ¡Me doy! ¡Me doy!

(El señor Sutton, Dan y Conor nos miran. No conocen nuestro lenguaje secreto. Siempre he querido que Brady y yo fusionemos nuestros nombres como hace la gente con las parejas famosas, pero “Hody” nunca pegó, por más que lo intenté.)

Le dirijo a Brady una sonrisa de satisfacción mientras le quito el cuaderno. Como sospeché, no estaba haciendo cálculos; en vez de eso, escribió: Querido diario: ¿Es posible que Hope sea la peor jugadora de bolos de todos los tiempos?

—Muy gracioso, ja, ja —digo con una falsa mueca de molestia.

—Un poco de ayuda por aquí —dice Dan, sin ocultar su molestia.

—Admítelo, te encanta que me burle —me susurra Brady mientras nos acercamos a la máquina.

—No admitiré tal cosa, señor Lambert —respondo con frialdad, esforzándome por reprimir la sonrisa que siempre tengo cuando estoy con él.

—Vamos —dice, y levanta las cejas; en la izquierda tiene una cicatriz que he estudiado por lo que parece ser la mayor parte de mi vida.

Yo estuve presente cuando Brady se hizo esa cicatriz, el verano después del tercer grado. Estábamos corriendo hacia el camión de helados cuando Brady, siempre lo opuesto a la gracia, tropezó con sus propios pies, y un árbol interrumpió su caída. Corrí las dos cuadras hasta su casa para buscar a su mamá, y lo tomé de la mano mientras le daban las puntadas.

Cada vez que hojeo los meticulosos álbumes que fabrica mi memoria, él está ahí.

El concierto navideño de nuestra primaria, los dos con cuernos de reno y narices rojas mientras cantábamos “Rodolfo, el reno de la nariz roja” como si nuestros regalos de Navidad dependieran de ello…

Él en nuestra alberca, en mi fiesta de graduación de secundaria, y yo dándome cuenta de cómo había cambiado su cuerpo…

Nuestro primer beso, cuando yo tenía nueve años y él diez… Estábamos jugando a las escondidas, ocultándonos de su hermano mayor, Zach. Estábamos agachados detrás de un arbusto, intentando no reír ni sacudir las ramas para no revelar nuestra ubicación. “¡Ya!”, lo regañé porque no dejaba de jalarme la cola de caballo. Rió, me besó en los labios y se fue corriendo…

Ya nadie corre. Siempre que estamos en la misma habitación, nos atraemos mutuamente como imanes.

No es mi imaginación. Él también lo siente.

Lo sé. Él lo sabe.

Sin embargo, fingimos que no, porque es más fácil. O al menos fingimos que es más fácil, aunque parezca más difícil; pero el tal vez ahora siempre está ahí. Siempre provocándome.

Quizá esta vez, comienza a repetir mi mente en un ciclo interminable.

Brady contempla la máquina descompuesta.

—Esto está resuelto. Tenemos el mayor cerebro de la escuela y a la chica más cool en la historia de las chicas cool. Tal vez deba añadir que sé que Conor y yo estamos aquí sólo por ser guapos.

Suspiro fuerte.

—Si es así, tenemos más problemas de lo que pensé.

Brady me pica el costado, donde sabe que tengo cosquillas.

Todos volvemos a trabajar en la tarea en cuestión. Dirijo una última mirada furtiva a Brady y él me muestra su sonrisa de lado, que siempre me levanta el ánimo.

En mi mente no hay duda de que haremos de esta máquina un éxito.

Paciencia. Planeación. Perseverancia.

He tenido la Paciencia de entender que algo tan especial como Brady y yo tomará tiempo para concretarse.

He estado siguiendo un Plan para asegurar que, aunque estemos en la preparatoria (donde algunas amistades se distancian), permanezcamos cerca.

Y Perseverancia. Brady recurrió a mí cuando Cynthia Madden le gustaba en secundaria. Yo fui la primera persona a la que llamó cuando ella le rompió el corazón porque salió con Timothy Heinz. Fui yo quien lo acompañó de compras cuando quiso darle a Sandra Cohn un regalo de San Valentín en su primer año de preparatoria. Yo. Siempre he sido yo.

Sin embargo, es lo único que puedo controlar. Aunque he seguido mis “P” al pie de la letra, hay otra “P” que ha logrado interponerse. Una molesta “P” que se ha quedado pegada a Brady desde el primer año. Una “P” de la que no logro librarme, por mucho que lo intente.

Una “P” que ahora mismo está de pie en la puerta del salón, diciendo el nombre de Brady.

Él me da la espalda. Va hacia ella.

Su verdadera novia, de la vida real.

Parker

A 39 DÍAS

Es difícil guardar un secreto en un pueblo pequeño.

He ido a la misma escuela, con la misma gente, desde la secundaria, cuando las dos escuelas combinaron nuestros grupos para juntar los impresionantes 78 alumnos que somos ahora. Todos conocen a todos. Si te vas de pinta, alguien de la comunidad te verá y llamará a tus padres. No puedes reprobar una materia sin que cuatro personas distintas cuchicheen en la única tienda del pueblo. Si te gusta un chico, hay una gran probabilidad de que él se entere por un amigo. O un maestro. O un padre. O su dentista.

Por eso he mantenido mis sentimientos por Brady en privado. Todos en el pueblo saben que hemos estado prácticamente unidos como siameses desde que éramos pequeños, pero sólo como amigos. (Siempre duele cuando alguien se refiere a nosotros como amigos. Somos mucho más que eso, aunque ya empiece a sentir que jamás seremos otra cosa.)

La única persona a la que he confiado mis verdaderos sentimientos es mi mejor amiga, Madelyn. No sólo conozco todos sus profundos y oscuros secretos, sino que estoy segura de que jamás se sentiría tentada a traicionarme. Madelyn es el tipo de persona a la que le importa un comino lo que los demás piensen de ella.

Desafortunadamente (y vergonzosamente), yo soy lo contrario. Me importa mucho lo que la gente piense. Culpo a la mentalidad de pueblo chico por querer llevarme bien con la gente con la que me he visto obligada a convivir a diario desde que nací. Empiezo a sentir la urgencia de hacer algo, ser alguien que la gente no pueda evitar notar, dejar huella. Ser alguien por quien Brady no pueda ocultar sus verdaderos sentimientos.

—¿Te das cuenta de que el tiempo corre? —Madelyn siente la necesidad de recordarme al día siguiente, en el almuerzo. Arrastra una papa frita sobre su salsa especial, que es una asquerosa combinación rosada de catsup y mayonesa—. Sé muy bien que soy como una canción que se repite y se repite con este asunto en particular.

Sí, lo es. Brady es de último grado. Yo soy de primero. Quedan menos de cinco meses hasta su graduación. Madelyn es de la idea de que debo decirle a Brady lo que siento, como hizo ella el año pasado antes de la reunión de ex alumnos: se plantó frente a James Lincoln y le dijo que pensaba que estaba buenísimo y quería hacer algo con él esa noche, “ya sea la temida experiencia ritual de un baile de preparatoria o algo más atrevido”.

Madelyn ni siquiera pestañeó cuando él se rió en su cara. Se encogió de hombros, siguió caminando y pasó a su siguiente objetivo, un chico que conoció por internet, en algún sitio de música alternativa.

Aun ...