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EL HáBITO DEL LOGRO

Bernard Roth

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Fragmento

INTRODUCCIÓN:
GATOS DE OJOS AMARILLOS

La idea de Paddy no era la más atrevida de la clase.

Si lo conocieras por primera vez, pensarías que viene de un contexto militar por su postura: estoico y un poco intimidante. De los siete a los dieciocho años estuvo en un internado en Irlanda del Norte y después se unió a la marina, donde sirvió diez años.

La vida civil le daba miedo, y después de dejar la milicia rápido buscó la seguridad de un empleo dentro de una gran compañía con un horario riguroso. Era periodista, así que viajaba por el mundo, encontrando trabajos en lugares como la BBC y CNBC. “Soy algo así como un hombre de empresa”, me diría después.

Cuando lo conocí estaba en la Universidad de Stanford con una beca de un año en periodismo. Tomaba una de mis clases, “El diseñador en sociedad” (The Designer in Society), la cual alienta a los estudiantes a examinar y tomar control de sus vidas. He sido profesor de ingeniería en Stanford durante cincuenta y dos años. A lo largo del camino, conocí muchos ingenieros que alguna vez soñaron con iniciar su propia compañía, en vez de eso terminaron trabajando en alguna empresa en Silicon Valley y nunca dieron ese gran paso para convertir sus sueños en realidad. Sólo un pequeño porcentaje siguió adelante, haciendo lo que quería de su vida, y yo esperaba encontrar algo para cambiar eso. Tener talento y buenas ideas sólo es una parte de la ecuación. El siguiente paso (el más difícil) es el hacer, el tomar la responsabilidad de diseñar el éxito en tu propia vida.

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En 1969, fundé mi clase “El diseñador en sociedad” como una manera de alentar a los estudiantes a pensar de forma diferente sobre cómo lograr metas en su vida. También lo hice para evitar que pensaran con tristeza en las posibilidades y comenzaran a actuar.1 Mientras desarrollaba el curso, usé principios que ahora llamamos “pensamiento de diseño” o “design thinking” (un gran concepto que abarcaremos después), así como una serie de ideas y ejercicios muy útiles para ayudar a atravesar los muros que nosotros mismos levantamos.

La idea central del curso es un proyecto a largo plazo que cada quien selecciona: los estudiantes deben realizar algo que siempre hayan querido y nunca lo hayan hecho o lidiar con algo que represente un problema en sus vidas. Me dispongo a discutir sus decisiones y enfatizo que es su proyecto, que lo deben hacer por ellos, no por mí. A fin de cuentas, ellos eligen en qué proyecto trabajar. Yo no decido si tienen la habilidad suficiente o no, sólo evalúo el hecho de empezar a hacer lo que dicen que harán. Si lo terminan, pasan. Si no, reprueban.

Una de las lecciones más importantes que aprenden los alumnos es ser honestos con ellos mismos, en verdad honestos. Mientras más consciente estés, más feliz serás, y al entender mejor tus motivaciones e identidad puedes investigar cómo diseñar tu vida para estar más satisfecho y pleno.

Paddy profundizó mucho y se dio cuenta de que, a pesar de prosperar en cada institución donde estuvo, nunca había sido feliz en realidad. En parte se debía a que tenía una relación conflictiva con la autoridad y con las organizaciones de las que formó parte. Buscó eso porque era lo único que conocía, al final se resintió y rebeló contra esa vida porque quería algo que fuera más satisfactorio. Cuando reconoció y aceptó este hecho, fue capaz de usar este conocimiento.

Como proyecto, Paddy decidió producir su propio programa de radio.

Cuando comparó su idea con la de otros no estaba seguro de que cuadrara muy bien. Después de todo, teníamos estudiantes haciendo cosas que parecían más emocionantes (aventarse en paracaídas de un avión), creativas (construir un cohete), o ambiciosas (convertir sus cuerpos en máquinas y prepararse para su primer triatlón).

Para Paddy un programa de radio era un proyecto de gran importancia, y le tomó un tiempo darse cuenta de por qué estaba tan metido en eso. Fue reportero de radio, pero nunca productor. Por primera vez en su vida haría algo con sus propias ideas, sin supervisión. Era una decisión atrevida, similar a comenzar su propio negocio.

Ahora doy mi clase en uno de los centros líderes de innovación en el mundo: el Instituto de Diseño Hasso Plattner (d.school) en la Universidad de Stanford. Soy el director académico y uno de sus fundadores. La materia se volvió muy famosa, el Wall Street Journal la llamó “el mejor programa para graduarse” y tenemos más estudiantes inscritos a nuestras clases que asientos.2 La d.school no está ligada a ningún departamento en particular, sino que atrae estudiantes y docentes de distintas disciplinas y crea un ambiente que fomenta la creatividad, innovación y colaboración.

La d.school les abre el mundo a los estudiantes, reta su pensamiento “automático”, sus suposiciones y les muestra la vasta multitud de posibilidades que hay a su alrededor. Escribimos en pizarrones blancos, en post-its y en servilletas. Intentamos cosas. Fracasamos. Intentamos de nuevo. Fracasamos mejor. Logramos hacer cosas bien de formas en las que jamás habríamos imaginado y, en el proceso, obtenemos un mayor entendimiento sobre nosotros y los demás.

A lo largo de los años, muchos de los que tomaron mi curso aprobaron la materia y consiguieron un éxito significativo en sus vidas (personal y profesional). He realizado talleres alrededor del mundo basados en conceptos adquiridos en las clases. Darte cuenta de que tienes más control del que alguna vez creíste sobre lo que puedes lograr en la vida… otorga mucho poder. Cuando no estás feliz con algo de tu vida, ¡cámbialo! En verdad, puedes hacerlo.

En mi clase, los alumnos han diseñado y construido instrumentos musicales, muebles, vehículos y ropa. Escribieron libros, poesía y música. Volaron o saltaron de aviones, hicieron stand-up, manejaron autos de carreras. Aprendieron a cocinar, soldar, técnicas de barista, nuevos idiomas y salvar vidas. Corrieron maratones, perdieron peso y desafiaron a la naturaleza.

Uno de los proyectos más inspiradores que vi desarrollarse fue el de un estudiante llamado Joel: se reconcilió con su padre dos meses antes de que muriera de forma inesperada por un aneurisma aórtico. Treinta años después todavía puedo sentir las lágrimas de felicidad llenando mis ojos cuando me encuentro con Joel, su esposa o sus hijos.

El padre de otra estudiante, Cyndie, siempre le prohibió andar en motocicleta porque él había sufrido un terrible accidente cuando era joven. Como es natural, Cyndie quería aprender. Decidió comprar una moto y aprender a manejarla como parte de su proyecto. Varios meses después de mi clase, Bill, uno de sus antiguos instructores de dibujo estaba parado frente a su despacho de diseño en Palo Alto. Ella pasó con su motocicleta y le preguntó si quería dar un paseo. Se subió pensando que le darían una vuelta a la cuadra. Cuarenta y cinco minutos después llegaron a la playa. Eso fue hace veintiocho años. Ahora tienen tres hijos.

Otra mujer de mi clase superó su miedo al agua y aprendió a nadar. Algunos meses después la encontré, me dijo que estaba aprendiendo italiano porque, después de superar el primer reto en mi clase, se sentía con más poder. Años más tarde, consiguió certificados que le permitieron cambiar el curso de su carrera, todo gracias a la inspiración que obtuvo al desarrollar su hábito de triunfar.

Ella y otros estudiantes demostraron, no sólo en clases sino en sus vidas después de graduarse, que el éxito se puede aprender. Es un músculo y cuando aprendes a moverlo no hay límites para lo que puedes lograr en la vida.

Una de las cosas que más me gusta hacer con los grupos, es pedirles que piensen quién los detiene para lograr las cosas que quieren. Siempre es entretenido escucharlos mientras explican cómo sus padres, pareja, hijos, jefes, quien tú quieras, evitan que cumplan sus metas. Estos obstáculos percibidos son simples excusas, en casi todos los casos, cuando lo piensas bien, eres tú saboteándote.

Sí, algunas veces hay obstáculos externos reales, aunque la mayoría de las personas no se dan cuenta de que tienen la fuerza para superarlos. Una vez entrevisté a una aspirante para empleo que me contó su encuentro con piratas cuando ella y su novio navegaban alrededor del mundo. El bote estaba anclado en las costas de Indonesia y ella tomaba el sol mientras él estaba en la ciudad. De repente escuchó un ruido y vio a varios hombres armados subiendo al barco. Le apuntaron y le pidieron dinero. Vulnerable y sola, sin dinero para darles, mantuvo la compostura y los convenció de que la leche en polvo era un valioso sustituto del dinero. Recurrió a los instintos paternales de los hombres, sabía que la leche era difícil de conseguir y probablemente la necesitaban con desesperación para sus hijos. Aceptaron la leche con gratitud y se marcharon sin hacerle daño. Después de escuchar su singular solución y admirando su lucidez, la contraté de inmediato.

La mayoría de las veces no hay piratas. Simplemente nosotros nos detenemos. Para demostrar esto en mi clase, le pido a un voluntario que pase al frente del salón. Entonces, sostengo una botella de agua (o cualquier otro objeto) y le digo: “Por favor, intenta quitármela”. El voluntario primero la jala con indecisión, porque soy mayor y me veo débil. Después, cuando se da cuenta de que la tengo bien sujeta, lo hace con más fuerza. Por último, le pido que deje de intentar.

Luego le pido que escuche con atención mis instrucciones. Esta vez digo: “Por favor, quítame la botella”. Lo que sigue es en esencia la misma acción de antes, sólo que con mayor fuerza y tal vez añadiendo algunos giros. A veces, el voluntario decide cambiar la táctica y me pide que se la dé por favor. Me niego.

Al final pregunto: “¿Tienes algún hermano o sobrino pequeño?” Entonces le pido imaginar que soy esa persona, ambos somos niños y no hay adultos cerca. Incluso le digo que imagine que la situación se volvió muy molesta y ya es momento de quitármela. Después, repito la instrucción: “Por favor, quítame la botella”.

Los participantes que entienden lo que digo, sólo la toman rápidamente de mi mano, sin darme tiempo a oponer resistencia. Su intención de tomar el objeto me ha vencido. Manifiestan una intención dinámica y fluida de hacer, que contrasta mucho con intento estático previo de hacerlo. Mejor aún, al tomar el objeto aplican menos fuerza que antes.

Empleo este ejercicio para demostrar que cuando actúas, usas poder; cuando intentas, usas fuerza. En la vida, si quieres conseguir algo, es mucho mejor ser poderoso que fuerte.

Claro que hacer ese cambio en la vida real no es tan fácil. Todos hemos experimentado el pensar en algo que queremos hacer y después no lo hacemos. Sólo por mencionar algunos ejemplos digamos: propósitos de año nuevo, ejercicio, fidelidad, fechas de entrega y hábitos de trabajo. Para cambiar, primero debemos entender nuestro comportamiento. El modelo clásico (la sabiduría popular) dice que primero pensamos y después actuamos conforme a lo que pensamos. De manera curiosa, esto no sucede en las pruebas clínicas.

Los médicos decodificaron patrones locales de las señales de resonancia magnética en varias regiones del cerebro. Al hacerlo, demostraron que el cerebro puede mandar señales motoras para una acción antes de formar de manera consciente los pensamientos necesarios para llevar a cabo dicha acción. Es decir, haces lo que haces y después generas la razón para hacerlo. La mayoría de nuestras acciones son resultado del hábito, más que del raciocinio. Esto nos lleva a una pregunta: ¿Cómo unes la brecha entre intentar y hacer? ¿Entre hablar sobre algo y llevarlo a cabo? Y al final, ¿entre fracasar y tener éxito?

En este libro encontrarás historias, consejos y ejercicios diseñados para ayudarte a generar experiencias diferentes en tu vida (ellas son el verdadero profesor). Cuando fundamos la d.school en Stanford, estábamos decididos a crear experiencias donde los estudiantes lidiaran con gente real, resolvieran problemas verdaderos e hicieran una diferencia. Los resultados han sido muy gratificantes. Los alumnos obtienen un sentido de propósito, experiencia y motivación intrínseca. Ocurre algo mágico: la calificación ya no es un motivador útil o significativo. La motivación intrínseca toma el control… y el trabajo es su recompensa.

Al final del libro, como lector entenderás:

• Por qué intentar no es suficiente.

• La diferencia entre intentar y hacer.

• Por qué las excusas, incluso las verdaderas, son contraproducentes.

• Cómo cambiar tu autoimagen por la de un emprendedor y triunfador (y por qué es importante).

• Cómo unos ligeros cambios de lenguaje pueden resolver dilemas existenciales y quitar los obstáculos para la acción.

• Cómo generar resistencia al reforzar lo que haces (tus acciones) en vez de lo que logras, de esta forma te puedes recuperar con mayor facilidad de los contratiempos temporales.

• Cómo guiarte para ignorar distracciones que evitan que triunfes en tus metas.

• Cómo estar abierto para aprender de tu propia experiencia y la de otros.

La mente es más astuta de lo que pensamos y siempre está jugando con nuestros egos para sabotear nuestras mejores intenciones. Así es la condición humana. La buena noticia es que, si lo decidimos, podemos ser conscientes en controlar nuestras intenciones para crear hábitos que mejoren nuestras vidas.

Las ideas de este libro se basan en la tradición del pensamiento de diseño. Mientras otros han usado sus principios en la innovación organizacional y el cambio,3 yo elegí enfocarme en la transformación personal y el empoderamiento. La d.school de Stanford es pionera en el movimiento ...