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HASHTAG

José Ignacio Valenzuela

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Fragmento

No puedes negar que hoy en día todo se agrupa, organiza y comunica de manera tan intrascendente como un hashtag. El tema más hot del momento está de moda sólo unos minutos, se hace trending topic, recorre el mundo en una fracción de segundo y después se olvida sin remordimiento alguno. Pero el amor, los sentimientos, la identidad, no son hashtags. No son palabras vacías. ¡Claro que no! Son estados del alma, Eric. Y esos estados duran para siempre. Por eso odio los hashtags, porque por culpa de ellos se hizo costumbre escabullir el romance, la pasión, la piel sudada. Los hipsters del mundo comenzaron a esconder la esencia humana bajo frasecitas de autoayuda, gatos, tazas de café y filtros de tonos pastel. Todo muy limpio, cool y políticamente correcto. Como las fotos de Instagram, esas que tanto te gustan. Y si a eso le sumamos que tienes a la Luna en Escorpio, estamos frente a un caso de extrema gravedad. No, no me mires con esa cara. Si yo fuera tú, estaría prestando muchísima atención a lo que te estoy diciendo. ¿Que qué significa tener a la Luna en Escorpio? Simple. Te guardas los sentimientos. No los dices, no se los comunicas a nadie. Los metes lo más adentro que puedes, para que así no tengan nunca la posibilidad de escapar. Porque para que decidas exteriorizarlos deben darse muchas condiciones a tu alrededor, condiciones que casi nunca son posibles ni realistas. Agrupas tus sentimientos, los organizas y los reduces a una sola palabra. A un hashtag. A un maldito hashtag que publicas en tus redes sociales. Por eso no hablas. Por eso nunca dices nada. Por eso eres el hombre con más secretos que conozco. Por eso te escondes en el interior de un baúl del que nadie tiene la llave. Por eso te comunicas sólo por medio de hashtags, porque un hashtag es algo tan colectivo y anónimo que es el lugar perfecto para esconderse de la crítica de los demás. No, no estoy diciendo que seas débil. Muy por el contrario. A ver, contéstame esta pregunta: ¿qué sucede cuando la energía se acumula y se acumula y se acumula durante mucho tiempo? Exacto. De pronto toda esa energía explota sin que nadie pueda evitarlo. Molesto, tú puedes ser terrible. Mortal, incluso, como el venenoso dardo de un escorpión. ¿Ahora sí me crees? ¿Te reconoces por fin en mis palabras? Asúmelo. De toda la gente que te rodea, Eric, yo soy la persona que más claramente te ve. #Amigos #Sinfiltro #Friendsforever

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PRIMERA PARTE

NEGACIÓN

1

#JADE

La noche más larga de mi vida comenzó cuando el sol aún brillaba con fuerza en el cielo. Subí de dos en dos los peldaños de la entrada principal del Cedars Sinai, crucé las altísimas puertas automáticas de vidrio que se abrieron a mi paso, y entré al gélido lobby que desde el primer instante me pareció un enorme acuario vacío, sin peces ni cofres de piratas ni rocas con agujeritos que la decoraran. A partir de ese momento comencé a respirar por la boca, tal como había hecho el día anterior, a ver si de esa manera conseguía no oler el mismo e insoportable aroma a desinfectante que el aire acondicionado soplaba sin descanso.

Me metí las manos al bolsillo. No quería que nadie se diera cuenta de que me temblaban. Tragué con dificultad.

Mientras esperaba subirme al ascensor pensé en sacar el iPhone y tomar alguna fotografía para subirla a Instagram, pero me contuve. #Hospital #CedarsSinai #Pain. No. No me pareció correcto. No era el minuto. Además, tenía la absoluta certeza de que ésa sería la última vez que iba recorrer el trayecto hasta la ICU. Algo me decía que aquella mismísima noche darían de alta a mi madre y podríamos regresar juntos a casa. Mis entrañas me lo aseguraban. O mi voz interna, o lo que fuera. El hecho era que no tenía sentido sacarle fotos a un hospital al que no pensaba regresar por el resto de mi vida. No quería registro alguno de aquella pesadilla.

Cuando salí del ascensor, un inmaculado pasillo se abrió frente a mí. Lo atravesé intentando hacer caso omiso a las enfermeras que no me quitaban los ojos de encima, o al solitario grupo de sillas de ruedas estacionadas en una esquina, o al persistente olor a desinfectante que no tenía intenciones de esfumarse. Una nueva puerta de vidrio me cerró el paso. Pero ésta no se abrió de manera automática de nuevo: tuve que empujarla con ambas manos para poder cruzar.

—Buenas tardes.

Era la misma enfermera sentada tras el mismo escritorio. La misma de la noche anterior. La misma que me recibió cuando entré a esa misma sala, sin poder respirar, aún sin entender nada, absolutamente huérfano de respuestas, de alguien que pusiera toda la información en orden por mí y pudiera explicarme con claridad lo que había ocurrido. En aquella oportunidad lo primero que vi al ingresar fue el enorme cartel de Intensive Care Unit que pendía sobre la cabeza de la enfermera, esa que ahora me sonreía con un gesto de mayor confianza, porque mi rostro era lo único que había visto en aquella sala las últimas veinticuatro horas y, al parecer, ya estaba acostumbrada a él.

De seguro ella también lo adivinó todo. Le debe haber bastado echarme un solo vistazo de pies a cabeza para descubrirlo. Maldita sea.

—Te están esperando —dijo desde el otro lado del escritorio.

Seguí la indicación de su dedo, tan limpio y desinfectado como el resto del espacio que la rodeaba, y me topé con Jade. Mi amiga levantó la vista de su celular y esbozó una sonrisa que no supe si era de simpatía, tristeza o solidaridad, o todas esas cosas juntas. Su cabello, peinado en dos aguas y separado por una recta línea al medio, resplandecía de un intenso rosa Hello Kitty bajo los halógenos de la sala de espera.

—¿Te gusta? —exclamó—. Me lo pinté anoche. El naranja me empezaba a hartar.

Ante mi expresión de desconcierto por su presencia en el hospital, agregó con rapidez:

—Vine a acompañarte, Eric.

—¿Y cómo supiste que estaba aquí?

Encendió una vez más su teléfono y orientó la pantalla hacia mis ojos. En ella pude ver una fotografía del enorme letrero luminoso del Cedars Sinai que destacaba nítido entre los colores saturados y las sombras más relevantes del filtro Lo-Fi.

—La subiste esta mañana. Hace once horas, para ser más exacta —puntualizó.

No recordaba haber tomado esa fotografía, ni mucho menos haberla posteado en mi Instagram. La elección del Lo-Fi, sin embargo, había sido todo un acierto. Los ángulos rectos de la arquitectura del hospital, en contraste con el cielo azul de Los Ángeles, y la intensidad casi high definition que le otorgaba el filtro generaban una imagen muy atractiva. Pero me asustó no tener conciencia de haber sacado mi iPhone, ni de haber disparado la cámara, ni mucho menos de haber entrado a mis redes sociales para compartirla con mis 234 seguidores. ¿Qué había sucedido conmigo desde el momento que recibí la llamada telefónica, hasta que regresé hoy a casa, sólo por unas horas, para tomar una ducha, cambiarme de ropa y volver pronto al hospital a recoger a mi madre?

—Perdiste el viaje, Jade —dije—. Te lo agradezco, pero no pienso quedarme aquí mucho rato. En cualquier momento dan de alta a mamá y regresaremos a Pointe Dume.

—Eric… —musitó y me tomó la mano.

—La van a dar de alta —repetí, ya no tan convencido.

—Eric… está bien… Todo va a estar bien —contestó en un susurro—. Conmigo no tienes que fingir ni hacerte el fuerte.

Quise responderle pero la boca se me llenó del mismo sabor salado de las lágrimas. Cuando el día anterior sonó mi celular y una voz vagamente familiar preguntó si estaba llamando al teléfono de Eric Miller, mi paladar se inundó de inmediato de ese gusto tan particular que provoca el anticiparse a una desgracia. Mis entrañas me aseguraron de inmediato que algo había ocurrido. O quizá fue mi voz interna, o lo que fuera. Pero lo supe. Lo supe antes de que me lo dijeran. Y lo supe porque había sido mi culpa.

—¿Eric? Habla Jeremy Kerbis. Soy el abogado de tu padre —había dicho la voz al otro lado de la línea.

—¿Cómo están ellos? —pregunté mientras alzaba mis manos en el aire para conservar el equilibrio.

—Es mejor que vengas al hospital —contestó con ese mismo tono de voz lleno de falsa calma que se usa cuando se debe comunicar una tragedia—. ¿Tienes cómo llegar al Cedars Sinai o necesitas que vayan por ti?

—¡¿Cómo están?! —grité.

Maldición. ¿Por qué no lo detuve? ¡¿Por qué no evité que mi padre se subiera a su Audi en ese estado?! Podría haberle mentido. Hubiese bastado un simple engaño para frenar su partida. Pero no lo hice. Porque de alguna manera, quizás en el fondo de mi alma, estaba feliz de que todo hubiera ocurrido. De que por fin las cosas salieran a flote.

—Tu padre murió —dijo el abogado y escuché su voz quebrarse en las últimas sílabas—. Tu madre está hospitalizada. Grave. Es mejor que vengas, Eric. ¿Tienes cómo llegar?

Jade hizo un intento por quitarme un mechón de pelo que me cubría un ojo, pero eché la cabeza hacia atrás de manera instintiva para evitar el contacto con sus dedos. Tenía ganas de llorar. A gritos. Pero hacía veinticuatro horas que no era capaz de derramar ni una lágrima. Se quedaban atascadas en el interior de mi boca, naufragando entre la lengua y el paladar.

—Eric, tu mamá no va a salir hoy del hospital —explicó ella tratando de parecer didáctica y eficiente.

—¿Y cómo lo sabes? —grité—. ¿Acaso te lo dijeron las estrellas? ¿O tu tarot? ¿O lo leíste en un par de putos caracoles que encontraste en la playa?

—No —dijo sin inmutarse ante mi desafinada reacción—. Escuché a dos enfermeras hablar sobre ella. No tiene buen pronóstico, Eric. Ésa es la verdad.

Era mi culpa. Que mi padre estuviera camino al crematorio y mi madre agonizara en el Intensive Care Unit del Cedars Sinai era mi culpa. Y ahora, el maldito hijo perfecto no sabía qué hacer o cómo reaccionar.

Qué ganas de que alguien me abrazara.

—¿Familiares de la paciente Anna Miller?

Era la voz de la enfermera. La misma enfermera del día anterior. La misma que me recibió ahora. La misma que parecía un pulcro mueble más de esa sala de espera, tan esterilizada como el resto del hospital donde agonizaba mi madre.

—Puedes verla unos minutos —me dijo con evidente tristeza.

Avancé hacia una puerta de un vidrio tan opaco que no permitía ver hacia el otro lado, y que se abría sólo al acercar a un lector electrónico una tarjeta magnética que todas las enfermeras llevaban colgando de un bolsillo de su delantal, junto a una plaquita con su nombre. Jade me dio un par de palmadas en el hombro que no fui lo suficientemente rápido para esquivar.

—Todo va a estar bien —mintió—. When the world gets cold, I’ll be your cover. Let’s just hold onto each other. No te olvides nunca de eso. Lo recuerdas, ¿verdad? ¿Nuestra canción…?

Por toda respuesta pulsé un timbre que sonó como una chicharra reseca en algún lugar de ese laberinto de pasillos y cuartos llenos de gente moribunda. Alguien, quién sabe quién, oprimió un botón que abrió la puerta con un chasquido metálico.

Avancé por un largo corredor rumbo al sector de pacientes que, debido a su gravedad, estaban conectados a tantos aparatos que necesitaban una enorme sala sólo para ellos y su agonía. Crucé veloz frente a la puerta entreabierta de un cuarto. En su interior alcancé a escuchar un sollozo. Era un llanto ronco, sin histeria ni dramatismo. Era un llanto honesto, de un simple y profundo dolor. Sin disfraces. El llanto de un hombre que tenía mucha, muchísima tristeza y que, a diferencia de mí, sí era capaz de expresar sus sentimientos. Una voz femenina intentaba calmarlo. Desde mi lugar en el pasillo pude ver la espalda de una enfermera de pie junto a la cama.

—Sonríe, Chava, sonríe —suplicó la mujer al que yacía en el catre—. Regálame la mejor de tus sonrisas. Yo sé que puedes.

No sé cómo lo supe, pues desde mi posición no podía verlo, pero juraría que Chava sonrió. Y junto con él sonrió también la espalda de la enfermera, y hasta la noche oscura en la que yo estaba enterrado.

2

#ALMAS

Un año antes de todo, un año antes de la llamada telefónica del abogado Jeremy Kerbis, de convertirme en un habitante más del laberíntico mundo del Cedars Sinai, de sentir que mi vida se había acabado, yo tampoco era feliz. Y no lo era por varias razones, pero la principal consistía en tener la certeza de que mis padres pensaban que yo era el hijo perfecto. Me lo repetían a cada momento. Cuando regresaba de la escuela y encontraba a mi madre en su taller de pintura y, con un pincel en la mano, me lanzaba un beso y me decía:

—¿Cómo está el hijo más perfecto del mundo?

También me lo dejaba saber mi padre cuando hacía su última ronda por la casa antes de acostarse, y su parada final era mi cuarto. Se acercaba en silencio hacia mi escritorio, donde por lo general me encontraba navegando en internet, o subiendo mis fotos a Instagram, y con un torpe pero sincero movimiento de su mano acariciaba mi cabello ensortijado al tiempo que me soltaba un forzado y poco natural:

—Buenas noches, Eric. Y gracias por ser el mejor hijo que un padre pueda desear.

Esos comentarios, lejos de hacerme feliz o llenarme de orgullo, me convertían en el ser más desdichado del mundo. Hacía precisamente un año que comencé a sentir la necesidad de gritarles en su cara: “¡Basta! ¡No soy perfecto! ¡Soy un maldito mentiroso que no merece ni uno solo de sus besos!”, cada vez que me sonreían o me hacían saber lo mucho que me querían por medio de sus frases llenas de clichés y eslóganes cursis. Y como eso sucedía cada cinco minutos, me pasaba el día entero reprimiendo mis deseos de estallar como un volcán lleno de vergüenza y humillación.

Sin embargo, hubo un día que sí fui feliz. Y como la felicidad resultó no parecerse en nada a lo que me imaginaba que era, estuve a punto de no darme cuenta de lo que me estaba sucediendo. Fue Jade quien me lo hizo notar. Claro, Jade. Quién más. La encontré en la cafetería de la escuela, sumergida en su celular. Apenas me vio entrar, me hizo un par de enérgicas señas con el brazo en alto. Su cabello verde limón se sacudió con el movimiento y terminó por cubrirle la mitad del rostro.

—¡Mira! —exclamó llena de entusiasmo—. Acaban de subir a Vevo el nuevo video de Madonna. Ya lo vi treinta y cuatro veces —agregó con indisimulado orgullo.

Porque Jade es así. Se apasiona por cosas que, por lo general, levantan sospechas en los demás. Si todos están bailando alguna canción de Taylor Swift, ella recorre el pasillo de la escuela cantando a todo pulmón un tema de los Beatles. Si todos corren en masa a ver la última película de los Avengers, o alguna de las tantas de Iron Man, Jade se encierra en su casa y no sale hasta haber visto todo el cine sueco que se puede encontrar en Netflix. Y, por lo que podía suponer, ahora estaba en una nueva fase que ella misma definió como “noventera de cantantes femeninas con intenso contenido en sus líricas”.

—La canción se llama “Ghosttown”, y el video está impresionante —puntualizó—. Míralo. No tiene desperdicio.

Antes que pudiera negarme —la verdad, nunca he estado interesado en la música de Madonna— enfrentó su celular ante mis ojos. Pude ver a Madonna, de largo abrigo y sombrero de copa, avanzar por lo que parecía una ciudad en llamas después de un ataque terrorista o un apocalipsis destructor.

Jade cantó tan fuerte que varios estudiantes voltearon hacia ella e hicieron un gesto de burla al descubrir que se trataba de mi amiga en medio de alguna nueva locura.

When it all falls, when it all falls down

I’ll be your fire when the lights go out

When there’s no one, no one else around

We’ll be two souls in a ghost town

Jade me clavó la mirada justo cuando Madonna dijo two souls in a ghost town. Dos almas en un pueblo fantasma. Ella y yo, claro. Dos peces raros en vías de extinción nadando juntos en un acuario demasiado hostil.

—La letra es preciosa, ¿verdad? —dijo.

—Más o menos —contesté—. Y ahora apaga eso, que no quiero que los gorilas nos vean cantando a Madonna en su territorio.

When the world gets cold

I’ll be your cover

Let’s just hold

Onto each other

When it all falls, when it all falls down

We’ll be two souls in a ghost town

—¿Lo reconoces? —puntualizó y señaló a un actor que bailaba una especie de tango con Madonna en el video—. Es el protagonista de “Empire”, la serie que vimos la semana pasada en Hulu. El que hace de Lucious Lyon.

—Sí. Terrence Howard —precisé, a ver si de ese modo cancelaba por fin la conversación.

—¡Quiero bailar así contigo alguna vez! —exclamó, pero acto seguido agregó—: No, mejor no. No quiero hacer el ridículo. ¡Me vas a dejar en vergüenza con tus dos pies izquierdos!

Apagué su celular y suspendí la canción de Madonna. Jade continuó burlándose de mí mientras improvisaba una torpe coreografía, según ella imitándome en una pista de baile. Porque así era mi amiga: no había cómo detenerla. Ay, Jade.

—¡Basta! —la regañé—. Nos están mirando…

De pronto, la densidad del aire que nos rodeaba mutó en un súbito giro de temperatura. Fue como si alguien hubiese apagado el aire acondicionado y una espesa y ardiente corriente amenazara con derretirnos a todos. A mí, al menos. Y la razón del cambio climático no era el hoyo de ozono, ni la contaminación de los mares, ni mucho menos el humo negro de las chimeneas de todas las fábricas de California. No. La causa tenía nombre y apellido: Simon Davis. En ese momento yo no sabía cómo se llamaba, claro. Lo supe después. Para mí, en aquel instante de inesperada felicidad, él era sólo un anónimo y nuevo estudiante, con la sonrisa más hermosa que había visto en toda mi vida, que acababa de entrar a la cafetería. Avanzó hacia la larga fila que esperaba por su almuerzo de mediodía y se quedó ahí, ajeno a todo lo que había provocado.

—Qué linda sonrisa la de ese chavo —dijo Jade, tan impresionada como yo—. ¿Sabías que nuestro rostro necesita doce músculos para generar una sonrisa…?

Ahora que lo pienso, Jade debió haberse dado cuenta. Ella es una mujer inteligente, más que cualquier mujer que conozco. Tuvo que haberlo leído en mis ojos.

—Son seis pares de músculos —continuó mientras buscaba a toda velocidad la información en Google—. Sí, aquí está. El primero es el músculo elevador del ángulo de la boca. El segundo, el músculo elevador del labio superior. El tercero, el orbicular de los ojos.

—Jade —la interrumpí.

—El cuarto es el músculo risorio. Qué divertido nombre para un músculo, ¿verdad? Suena como risotto. El quinto es el cigomático mayor.

—¡Jade, basta! —exclamé, sintiendo que mis pulmones aún ardían por el inesperado incendio que había consumido la cafetería.

Mi amiga suspendió su discurso y me clavó una mirada parecida a dos dardos envenenados. Tiene que haberse dado cuenta. Por algo quiso cambiar bruscamente de tema. Por algo desvió la conversación hacia la estúpida anatomía muscular de nuestra cara.

—Tengo que irme —dije.

—Pero ni siquiera has almorzado, Eric.

—Tengo que irme —repetí.

Cuando salí al patio de la escuela una fresca bocanada de aire consiguió enfriar mis pulmones resecos. Recién entonces traté de entender qué había sucedido. Pero algo me dijo que lo mejor que podía hacer era cubrir ese sentimiento con cemento, enterrarlo lo más adentro posible, junto a mis otros secretos. Mis entrañas me lo aseguraban. O mi voz interna, o lo que fuera. Necesitaba con urgencia regresar pronto a casa, atravesar el enorme hall de nuestra mansión, cruzar los enormes ventanales de la sala hacia la terraza, salir al patio trasero y meterme como un cachorro asustado al taller de pintura de mi madre para que ella suspendiera el delicado trazo de uno de sus pinceles, me mirara con esos ojos llenos de amor y miel, y me repitiera una vez más aquella mentira que tanta falta me hacía escuchar en esos momentos:

—¿Cómo está el hijo más perfecto del mundo?

3

#CHAVA

Conocido empresario muere tras perder el control de su vehículo

09.15.2015 El accidente ocurrió ayer a las 7:00 pm, cuando Richard Miller (42) viajaba por la Pacific Coast Highway junto a su esposa, la pintora Anne Miller.

El conocido empresario gastronómico Richard Miller murió de forma instantánea tras impactar el coche que conducía contra un camión que al parecer estaba ingresando a la vía, a la altura de Cross Creek Rd. El percance ocurrió ayer por la tarde, cuando Richard Miller viajaba en compañía de su esposa desde Pointe Dume en dirección al este, a una velocidad superior a la permitida, según indicaron testigos del accidente.

Como señaló el informe policial, el vehículo impactó violentamente contra el costado de un camión y, producto de la colisión, se incendió de inmediato. El cuerpo del conductor quedó atrapado en el interior del coche, mientras que el de Anne Miller fue rescatado por testigos, sufriendo graves lesiones y quemaduras que obligaron su traslado al hospital Cedars Sinai de Los Ángeles, donde se encuentra actualmente en estado crítico.

Richard Miller era un conocido y respetado empresario dedicado al rubro de la gastronomía, que inició su carrera en Nueva York. Llevaba casi ocho años viviendo en el exclusivo sector de Pointe Dume, en Malibú.

La noticia de la muerte de mi padre ya había llegado a los periódicos. Junto con ella también llegó la locura de llamadas telefónicas, de parientes lejanos y cercanos que inundaron nuestra casa sin respeto alguno, y de visitas inesperadas que tomaron por asalto los pasillos del Cedars Sinai. Decidí quedarme todo el tiempo posible en la ICU acompañando a mi madre. Sólo yo estaba autorizado a entrar hasta ese sector de cuidados intensivos y ese privilegio de familiar cercano me mantenía a salvo de aquellos rostros y voces a los que no tenía ninguna intención de enfrentarme. Me comunicaba por WhatsApp con Jade de vez en cuando, para sentir que en mi vida había algo más que olor a medicamentos, murmullos de enfermera y el soplido mecánico del respirador que mantenía viva a mi madre.

Jade: Si quieres puedes venir a dormir a casa.

Yo: No, gracias. Voy a quedarme aquí.

Jade: No puedes dormir en Cuidados Intensivos.

Yo: Gracias, Jade. Voy a quedarme aquí.

Jade: When the world gets cold I’ll be your cover.

Yo: Gracias, Madonna. J

Jade: De nada, bobo.

Apagué el celular pero lo volví a encender al instante. Sin pensar en lo que hacía, tomé una fotografía del monitor cardiaco que registraba los latidos del corazón de mi madre. Acto seguido la subí a Instagram y le apliqué el filtro Willow, que transmutó de inmediato todos los colores en un cremoso blanco y un pálido negro. #Sistole #Diastole #Ghosttwon escribí sin saber muy bien por qué. A los cuatro segundos vi aparecer el like de @Wildhair, que era el nombre con el que Jade se había registrado en Instagram. Y bajo la foto escribió:

@Wildhair: Two souls @ericmiller98 No te olvides nunca de eso.

Quince minutos después, el número de likes había aumentado a 319. Y mis seguidores pasaron de 234 a 584. Por lo visto, el accidente de mis padres catapultó mi popularidad en las redes sociales hasta la estratósfera. Imaginé a cada uno de esos 584 internautas sintiendo lástima por mí, el pobre infeliz que había perdido a su padre y que no se separaba de su ma ...