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LOS MORROS DEL NARCO

Javier Valdez Cárdenas

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Fragmento



Índice

Portadilla

Índice

Cita

Es cara la factura: un balazo en la cabeza o la decapitación nocturna

CON EL DEDO EN EL GATILLO

“El Señor es mi pastor”

La lanzada

Guadalupe

El Ponchado

Te pueden matar

Sicario

Voces de la calle

ESTAR TRANQUILO… EN EL CEMENTERIO

El niño bueno

Muertes anunciadas

Descansar como rey

Morir dos veces

Voces de la calle

EL NEÓN, LOS ANTROS, LA CALLE, LOS PROYECTILES

La bolsita

Volver a la tierra

Gente bien… mal

El hombre malo

El cobrador

Recibe antes que nadie historias como ésta

Concierto por la paz

Voces de la calle

PRESOS: UNA VIDA DE MUERTE TRAS LAS REJAS

Tengo mucho que no tengo nada

¿Matricida?

La dulce oveja negra

El poderoso

Voces de la calle

HUÉRFANAS Y VIUDAS: OTRA FORMA DE MORIR

La Magdalena

La enfermedad

La bolsa de Sabritas

Voces de la calle

EL PELIGRO DE ESTAR VIVOS

Cuernitos de chivo

El respaldo

El narco, esa atracción

Genoveva: esa luciérnaga

Voces de la calle

REPORTEAR EL NARCO

El miedo a reportear el narco

El enemigo en casa

Reportear bajo fuego

La desesperanza

Suicidas sin vocación

Halcón sin alas

Reporteros del narco

Voces de la calle

Créditos

Grupo Santillana

Para Genoveva Rogers, esa luciérnaga
que ni muerta han podido enterrar.

Para los morras y morros que por vivir en este país son suicidas.

Gracias por el apoyo, el entusiasmo y la compañía,

a Alejandro Almazán, Ricardo Bobadilla, Vladimir Ramírez,

Roberto Bernal, Mario Domínguez, Clara Fleiz Bautista,

Mónica Cantú, Rita Aldana, Rubicela Morelos, David Zúñiga,

Brisa Gómez, Mireya Cuéllar, Verónica Landeros,

Justino Miranda, Jorge Anaya, Julio Hernández,

Patricia Mazón, Fernanda Gutiérrez Kobeh

y César Ramos, mi editor.

Y a muchos camaradas más, siempre vigentes:

a las fuentes anónimas, protagonistas

innombrables, generosos personajes y amigos.

Gracias por los contactos, las arreadas, los tequilas

y whiskys, la cálida confianza y las historias.

Es cara la factura: un balazo en la
cabeza o la decapitación nocturna

Los rumores de la noche se arrastran sobre la ciudad. Una atmósfera espesa asfixia y somete, envenena con su oscuridad; sólo el ladrido de un perro corta el velo nocturno, una botella que se estrella o los últimos estertores de una música estridente que se apaga lentamente. Un automóvil rasga las avenidas, rebasa a la nada y se detiene de pronto. Escupe una ráfaga de resentimiento sobre unos ventanales y se aleja desbocado. A lo lejos canta aburrida una sirena.

En una casa adornada con ventanas oxidadas y cortinas viejas un hombre está en el suelo atado de pies y manos. Echado en el piso de lo que pudiera ser el comedor, atascado en su propia orina, el sudor y su dolor, con trapos en la cabeza, cubierto de aceite y mugre en todo el cuerpo. Por la escasa luz de la estancia no se distingue bien el color de las manchas, se retuerce y gruñe.

De otra habitación sale un hombre con un celular que guarda en el pantalón, mira su reloj brillante y con desgano da varios puntapiés al bulto. Saca un arma corta también refulgente, hermosa, y dispara entre maldiciones, primero en las piernas, el bulto bailotea al contacto del fuego, luego en la zona genital y por último a la altura del corazón. Maldice, se acerca a una mesa y se sirve en un vaso un buen trago de whisky. Carraspea y dice: “¡Ya estuvo cabrón, vas!”

Otro hombre se incorpora de un colchón recargado a medias en la pared, se quita los audífonos de un ipod y camina decidido hacia otra habitación. Regresa y mueve el cuerpo con el pie sin que el bulto exprese su coraje, ¿su terror? Quita las vendas y cintas adhesivas del bulto y le cierra los ojos: “Te cargo la chingada, bato.” Toma por los cabellos la cabeza y con un machete la arranca del cuerpo, la tironea, la desprende. Ahora el ejecutado es un muñeco sangriento incompleto. Al terminar meten los bultos, cabeza y cuerpo, en bolsas de plástico, y ayudados por otro hombre salen al patio de la casa para meter al muñeco dividido en un carro. El esfuerzo los hace sudar y maldecir. “Hijo de puta”, dice el que cortó la cabeza, flaco y correoso, bajo de estatura y de aproximadamente 17, 18 años manchados de sangre; el hombre que disparó lo palmea y se adelanta, con la luz del poste que le da de lleno en el rostro, se ve claramente que, a pesar de la incipiente barba que mal dibuja su rostro, es menor que su acompañante. Cruzan bajo el frío de la noche la reja de la casa.

Acomodan en la cajuela al ejecutado, se meten al automóvil y desde allí se despiden de un muchacho robusto, alto y rapado, con tatuajes en el cuello, ¿18, 20 años de edad?, que cierra el zaguán y les hace una seña obscena y se ríe sin ganas. Los otros se alejan. La oscuridad los traga. El automóvil es un cuchillo que desgarra las calles, la noche huele a sangre y miedo, a crueldad y balazos.

La escena descrita es sólo una estampa que se repite en muchos puntos del país en la que jóvenes, niños incluso, son actores principales. El propósito de este libro es reconstruir una serie de retratos y sucesos a partir del testimonio de los actores principales de esta obra: La guerra del narco. Por medio de la crónica, el reportaje, el periodismo en el lugar de los hechos, cubriendo las ejecuciones e indagando en centros de readaptación y de rehabilitación, en cárceles y hospitales, en la calle donde el sueño se ha fracturado para convertirse en una pesadilla cotidiana. La idea es descubrir un mundo siniestro y violento por medio del periodismo, la entrevista, la recreación apoyada en el reportaje y el firme deseo de ver más allá en el corazón y en el rostro de los implicados en el narcotráfico en México. Es innegable que tras el narco hay asesinatos, negocios turbios, traiciones, millones de pesos y ansias de poder pero, ¿por qué los niños y jóvenes se meten a esta vida brutal?, se ha dicho que por falta de oportunidades, por la seducción de la vida fácil, por la adrenalina y la imitación a sus nuevos héroes, por maldad, ambición y cinismo, por integrarse, por ser parte de un grupo temido y respetado de delincuentes impunes; pero en estas páginas podrá saberse que también es por una profunda falta de amor, por abandono, por la asfixia de vivir en familias disfuncionales, por arrastrar un alma descoyuntada y sin afecto, por saber que pueden vivir de lujo algunos años sin importar la violenta factura, para tragarse de una buena vez tanta jodida tristeza y miseria, hambre y falta de afecto, no importa que se atraviesen las balas.

Los morros del narco es una investigación frontal, de campo, que retrata a diversos personajes de la guerra más cruel que ha tenido lugar en México en los últimos años. Se ofrecen en estas páginas las expresiones de rabia y audacia de niños que son deslumbrados por el poder de los narcotraficantes y deciden seguir su ejemplo; muchachas seductoras que se juegan la vida al transportar droga a muchas ciudades del país a cambio de un poco de glamour y billetes. Se revelan las horas de suplicio de indigentes que fueron quemados vivos por narcojuniors; las tareas sombrías de “reporteros” del narco, en su mayoría adolescentes que viven embrujados por la riqueza y la droga; niños que sueñan con tener entre sus manos un arma para ser respetados por los compañeros del colegio, niños que asesinan a rivales en juegos sin sentido, niños que quieren matar a su madre por falta de cariño; hermosas socorristas que encuentran el camino de la bala perdida; jóvenes inocentes engatusados por las leyes, encarcelados supuestamente por pertenecer al narco.

La guerra está en las calles y se extiende no sólo al norte del país, también en el centro y el sur de México, no sólo en la noche más espesa y negra, también cuando el sol ladra más fuerte; no sólo en suburbios, baldíos y barrancas, también en zonas céntricas, residencias opulentas, hospitales y centros comerciales, y lo más inquietante es que los soldados y policías ahora tienen nuevos rostros, son carne de cañón y soplones, son verdugos y víctimas, son el ardor rebelde de los nuevos sicarios y la certeza de que el futuro es un balazo: son niños y jóvenes metidos hasta la entraña en el narcotráfico.

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Elementos militares de la XXIV Zona Militar de esta ciudad detuvieron la noche de ayer al adolescente de 14 años Édgar Jiménez, apodado “El Ponchis”, presunto sicario del Cartel del Pacifico Sur. Los hechos se registraron alrededor de las 21:00 de la noche de ayer, cuando los militares lo detuvieron en el Aeropuerto Mariano Matamoros cuando abordaba un vuelo que lo llevaría a la ciudad de Tijuana, de donde se trasladaría a la ciudad de San Diego, California para encontrarse con un familiar; el menor de edad era acompañado de una de sus hermanas llamada Elizabeth, de 19 años, presunta amante de Julio de Jesús Radilla “El Negro”, líder del CPS en la entidad. El adolescente declaró haber participado en 6 asesinatos de los enemigos del cartel. Mas tarde el gobernador del estado dio una conferencia de prensa sobre el tema.
Foto: Margarito Pérez Retana / © Procesofoto / Mor.

“El Señor es mi pastor”

Para ti, Rossana,
por esos jotabé que nos debemos.

“El Señor es mi pastor”, repite el jefe a quien Mario (como llamaremos a este joven), cuyo vello púbico apenas termina de asomarse, califica como “un vato a toda madre”. Y Mario hace lo mismo, pronuncia estas cinco palabras al tiempo que dispara su AK-47. También lo hace mientras descuartiza a tres hombres.

Mario fue descubierto por la catedrática tapatía Rossana Reguillo, doctora en Ciencias Sociales con especialidad en Antropología Social, una vehemente y apasionada estudiosa del fenómeno del narco, la violencia y el tratamiento que le dan los medios informativos nacionales. Como él, con ese y otros seudónimos, hay jóvenes de dieciséis años que están involucrados en el fenómeno del narcotráfico y sus primitivas y apabullantes formas de violencia.

Este joven tiene en ese tierno, revuelto y añejado cuerpo —por las vivencias más que por el tiempo— un corazón con 18 muescas: cicatrices de las que habla y presume, no sin dificultad ni diálogos crípticos, por sus 18 muertos, algunos de ellos a balazos, otros con toda clase de mutilaciones. Por eso forma parte de los soldados de La Familia. Los mini soldados, todos ellos niños y jóvenes menores que saben de violencia, adoctrinados para recitar de memoria pasajes bíblicos que les permitan, además de los jales o ajustes de cuentas, quedar bien con el jefe y ganarse su confianza. Son un ejército chico. Un ejercitito compuesto por seres humanos madurados y podridos a punta de chingazos, entrenados para matar y obedecer sin preguntar, a los que vale más “no caerles mal, porque no la cuentas”. Saben de armas, tienen disciplina y reflejan, como Reguillo lo ha señalado en su trabajo, una “trilogía difícil de entender: narco, poder y religión”.

Son niños curtidos, adiestrados y usados para cobrar cuotas, llevar mensajes, avisar de la llegada del ejército o de los “pinchis afis”. A los más bravos se les da una paga por “bajarse a cabrones pasados de lanza” y a otros, los más avezados, para llevar el producto de un sitio a otro. Ellos no se drogan ni consumen alcohol, sólo están ahí, como un utensilio de cocina, un objeto, un gatillo o un detonador: listos para incendiar, para matar.

Es la zona conocida como Tierra Caliente, Michoacán. Tierra, reinado, plaza y diócesis de La Familia, organización criminal dedicada al narcotráfico y a la comisión de otros delitos. La también llamada La Familia Michoacana evangeliza a sus integrantes, tiene su propia Biblia o normas espirituales, y justifica muchos de sus delitos como “justicia divina”, tal y como lo expresa en los mensajes que deja en los cadáveres de sus víctimas.

Algunos de sus fundadores y actuales líderes, como José de Jesús Méndez Vargas, Nazario Moreno González (muerto a finales de 2010) y Servando Gómez Martínez, apodado La Tuta, formaban parte del Cártel del Golfo y de Los Zetas, pero se separaron en el 2006. En gran medida, su doctrina tiene base en la unidad familiar, en Dios, en evitar las drogas y el alcoholismo. Han insistido en señalar que ellos no matan inocentes y que no tienen problemas con el Ejército mexicano, institución a la que respetan, no así a dos de los principales jefes de la lucha antinarco emprendida por el Gobierno Federal de Felipe Calderón: Genaro García Luna, Secretario de Seguridad Pública (SSP), y Arturo Chávez, titular de la Procuraduría General de la República (PGR).

La Familia tiene su origen en Michoacán, pero ha extendido su influencia a zonas del Distrito Federal, Estado de México, Guanajuato y Guerrero. Versiones extraoficiales señalan que opera con el Cártel de Tijuana, de los Arellano Félix, para el traslado de droga en la región. Aunque información más reciente, atribuida a la Procuraduría General de la República (PGR) y a la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), indica que desde el 2009 La Familia trabaja conjuntamente con los cárteles de Sinaloa y El Golfo.

Para Eduardo Buscaglia, catedrático y asesor de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), los verdaderos líderes de esta organización criminal están encumbrados en los ámbitos empresarial y político del país. En junio de 2009, el especialista afirmó que la infiltración de las organizaciones del ...