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MESTIZO (LA ERA DE LOS MíSTICOS 1)

Adriana González Márquez

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Fragmento

¿CÓMO SABER QUE UNA TRAMPA ES UNA TRAMPA?

Matheo

Eran más vagones de los que la Congregación había supuesto y, por lo tanto, más de un solo ladrón, como me habían mencionado en el reporte.

Eran tres carrozas, más de veinte hombres, y los cargamentos no contenían nada más flores balsámicas como se creía en un inicio.

No, dos de aquellos carros iban llenos de rocas.

Observé a los presuntos delincuentes a través de las ramas del alto árbol en que me encontraba trepado, utilizando un hechizo de visión para lograr distinguir lo que sucedía en medio de la oscuridad.

Algo andaba mal, eso me quedaba muy claro: o la Congregación contaba con información completamente errónea, o esto se trataba de una trampa.

Ya fuera para los malhechores o para mí, estaba por verse.

Además, me habían dicho que me enfrentaría con un simple bandido de poca monta, pero estos sujetos iban armados y lucían fuertes, entrenados; lo peor era que sus energías espirituales se sentían potentes, recordándome un poco a aquello que podía percibir proveniente de los cerrajeros que conocía.

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Sí, algo andaba mal.

Pero eso nunca me ha detenido.

Me dejé caer ágilmente sobre uno de los vagones que en ese momento transitaba bajo el árbol, invocando un breve hechizo de transportación para aterrizar sin hacer ruido sobre el cargamento, tomé un puñado de piedras sin pulir para guardármelas.

¿De qué se trataba todo esto? Lo monetario no tenía valor en los Dominios del Ónix Negro, por lo tanto, las rocas, como lo había dicho ya una vez hacía muchos años, son sólo rocas. ¿Entonces para qué transportar a media noche dos carrozas repletas de diamantes, rubíes y fluoritas?

Sonreí.

Tal vez sería bueno preguntárselos; nunca me ha gustado quedarme con la duda.

Tomé impulso doblando las rodillas y después brinqué, dando varios giros en el aire antes de caer de pie frente al primer cargamento, alterando al caballo que tiraba del vagón, que de inmediato se detuvo alzando los cuartos delanteros y luego dando unos pasos hacia atrás.

Se creó el silencio, mientras todos los hombres que vigilaban el avanzar de las carrozas me observaban entre sorprendidos, asustados y furiosos.

—¡Hola, muchachos! Mi nombre es Matheo Govami, adalid de primer rango. ¿Ustedes quiénes son? —exclamé con una enorme y fingida sonrisa, recibiendo ceños arrugados como única respuesta—. ¿No se quieren presentar? —proseguí falsamente alegre—. En ese caso, ¿les gustaría decirme a dónde van?… ¿No? ¿Nada?… ¿Qué me dicen de la razón por la que van resguardando un montón de piedras sin uso ni valor?… ¿Tampoco?… Bien —suspiré—. Por la mala, entonces —mi sonrisa se borró al tiempo en que sacaba las cimitarras de las fundas a mi espalda, momento en que los dos primeros hombres se lanzaron hacia mí.

Detuve sus ataques con facilidad, propinando los míos y noqueando a uno con el mango de la espada para luego dar una patada al estómago del segundo, pero entonces otro más se unió a la pelea, y otro más, y otro…

Llegó el punto en que luchaba contra cinco a la vez, deteniendo sus estoques en lugar de poder atacar, me di cuenta muy tarde que debí de haberle hecho caso a mis propias observaciones: estos sujetos estaban bien entrenados, tanto en el manejo de las armas como en el uso del alma; me cercioré de esto último cuando uno de ellos me lanzó una descarga de energía en la nuca, haciéndome caer con fuerza hacia adelante.

—¿Por la espalda? ¿En serio? ¡Qué hipócritas! —proferí cuando cuatro de los hombres me sujetaron, pero ahora fue mi turno de aflorar mi energía para librarme de ellos, logrando que explotara por cada uno de mis poros hasta hacerlos volar unos metros.

Me puse de pie y conseguí herir a uno más en un brazo y a otro en una pierna, uní las cimitarras para luego lanzarlas como búmeran y derribar así a seis más.

Cuando mis espadas volvieron a mí, otra descarga de energía, ésta todavía más fuerte, golpeó mi rostro, mi pecho y mi estómago, partiéndome el labio inferior, lastimando mi nariz y arrancándome el aliento, por lo que trastabillé un par de pasos.

Un sujeto caído tras de mí aprovechó mi malestar y distracción para enterrarme su espada en el muslo, herida que de inmediato comenzó a sangrar profusamente.

Un buen guerrero sabe cuándo pelear, pero también cuándo retirarse.

Y éste era mi momento de escapar.

Corrí varios kilómetros a pesar del intenso dolor en la pierna y, al darme cuenta de que no podría más, hice uso de toda la energía espiritual que pude para crear un rápido portal que me llevara hasta el poblado de Numandi, en donde Adahara me estaba esperando en la posada.

Y entonces…

Mmmh…

Creo que me estoy adelantando en mi narración… ¿O me estaré atrasando?

Perdón. Nunca antes había tenido que contar la historia más importante de mi vida, así que tendrás que ser paciente conmigo.

¿Pero por dónde empezar?

¡Ah, ya sé!

Justo en donde nos quedamos la última vez…

AQUÍ VAMOS DE NUEVO

Matheo

La lluvia no dejaba de caer sobre Guadalajara, justo en el instante en que descendía del auto que había comprado con la venta de las “piedras preciosas” y los documentos falsos que Ioanna se había encargado de conseguirme.

Los múltiples cambios de horario, el eterno viaje en un infernal avión, el caos de la Ciudad de México, conducir de un estado a otro y a otro más casi sin descanso, y el famoso jet-lag, se estaban encargando de freírme el cerebro todavía más de la cuenta, así que sin perder tiempo, agarré la mochila del asiento trasero para colgármela al hombro, y finalmente avancé con pasos lentos hacia la casa frente a mí; mi intención no era empaparme de pies a cabeza (lo cual de todos modos sucedió, ¡gracias, vuelva pronto!), pero necesitaba verificar con mi alma que aquél era realmente el lugar que había estado buscando.

La energía espiritual que provenía de la residencia era desbordante, vasta e intensa, y a pesar de que no se sentía controlada, era obvio que los habitantes de ese hogar eran poseedores de almas en extremo poderosas. Lástima que todo ese potencial se desperdiciara en el Dominio Exterior; y todo por culpa de Andrés, según tenía entendido.

Como sea… ¿Quién era yo para juzgar lo que las personas hicieran con su vida? A fin de cuentas la mía no era ningún ejemplo de perfección, y mucho menos en esos días.

Tomé aire con profundidad al detenerme en la entrada, tocando el timbre justo al instante en que un rayo caía en las cercanías, ocultando así el sonido que daba a conocer mi presencia afuera de aquel lugar. ¡Maldición! ¡Me estaba mojando de más!

—Al demonio… —murmuré, alzando el puño para comenzar a golpear con rudeza la madera de la puerta y sintiendo una extraña urgencia por que me permitieran entrar, al mismo tiempo en que no dejaba de preguntarme qué jodidos estaba haciendo en este sitio.

Siendo completamente sincero, Andrés y Renata eran de las últimas personas que deseaba ver en aquel momento, aunque precisamente ésa era la razón perfecta por la que ahí era donde debía estar.

Piensa en el último lugar en el que yo te buscaría y vete inmediatamente para allá. Las palabras de mi mejor amigo aún resonaban en mi mente, así que sin dedicarle un segundo pensamiento, seguí aporreando la puerta hasta que ésta finalmente se abrió.

Lo primero que entró en mi campo de visión fue una versión más vieja de Renata, aunque no por eso había dejado de ser hermosa, siempre lo fue; jamás lo aceptaría frente a ella, pero eso no quería decir que no lo creyera. No pude evitar la minúscula sonrisa burlona que se formó en mi boca cuando noté cómo palidecía ante mi presencia, observándome con una mirada que parecía decir “vete al carajo” sin siquiera pronunciar palabra.

Pero entonces se me ocurrió alzar los ojos por encima de la pequeña mujer, y cualquier atisbo de sonrisa se escurrió de mi rostro, junto con el poco aire que llevaba en los pulmones.

¡Divina diosa de los cuerpos perfectos! La chica que se encontraba de pie a mitad de las escaleras era el ejemplo indiscutible de cómo la verdadera belleza puede hacer que cualquier hombre pierda la capacidad de movimiento, de razón, de respiración. Alta, de curvas admirables, largo cabello rizado, enormes y vibrantes ojos azules, y dueña de la boca más apetitosa que he visto en mi vida. En serio, lo juro. Sé que no soy ningún chiquillo y que no debería tomarme aquellos testimonios a la ligera, pero digo la verdad: esa boca había sido creada para el pecado y, francamente, a mí me gusta mucho ser un pecador.

De repente, haber venido en busca de Andrés y su esposa ya no me parecía tan mala idea.

¡Por todo lo que es sagrado! ¡Debía concentrarme en lo importante!

Regresé mi mirada a Renata, que continuaba observándome como si quisiera que yo fuera una alucinación que desaparecería si lo deseaba con suficiente fuerza. Lo lamentaba mucho, pero aquello no iba a suceder… Bueno, tal vez no lo lamentaba tanto, pero sí me sentía un poquitito mal por causarles el inconveniente de estarme soportando (y tener que soportarlos yo), aunque fuera tan sólo por unos cuantos días.

—Hola, Renata. Vaya que has envejecido… ¿No me invitas a pasar? —fue lo primero que se me ocurrió decir; la vi abrir y cerrar la boca un par de veces, como si no encontrara la respuesta apropiada para regresarme el insulto, pero unos segundos después su participación en la charla no fue necesaria, pues la que terminó por gritarme con furia fue su muy, muy tentadora hija.

—¿Pero qué te pasa, idiota? ¿Quién te has creído que eres para venir a insultar a mi madre en su casa?

Okeeey —pensé—, si así quieres empezar, preciosa, juguemos.

Volví a levantar mis ojos hacia ella, estudiándola de pies a cabeza de una manera que sabía que le afectaría, dedicándole una mirada que antes me había funcionado ya, y que no tendría por qué ser la excepción con ella… Aunque unos segundos después me di cuenta de que el sonrojo y la respiración acelerada, provocados generalmente por esta mirada, no estaban presentándose como yo lo había planeado; al parecer aquella chica estaba más enojada de lo que había previsto.

Alcé las cejas ante la sorpresa que me causó su inmunidad, pero no por eso dejé de observarla.

—Sólo el cabello y la altura de su padre, hay que dar gracias por eso… —me detuve, obligándome a exteriorizar una petulante sonrisa, hablándole a Renie—. Y porque tiene tus ojos y tus curvas… y tu boca…

¡Mmmh! ¡Esa boca!, pensé, prácticamente salivando.

—¡Que ni se te ocurra! —la voz de Renata finalmente hizo su aparición, poniéndome una mano en el pecho empapado e intentando empujarme hacia atrás; no logró moverme ni medio centímetro, aunque su actuación de Mamá Osa me provocó una sonrisa burlona.

Levanté los brazos pretendiendo que me comportaría como una persona decente (¡Ja! ¿Acaso no nos habían presentado?), pero no por ello fui capaz de despegar mi mirada de la mujer sobre las escaleras.

¡Mmmh! ¡Esa boca!, no podía dejar de repetirme en silencio.

—Mamá, ¿quién es este tipo?

—¿Qué se supone que estás haciendo aquí?

Las dos hablaron al mismo tiempo, y lo primero que captó mi atención fue el “estás haciendo aquí”; eso mismo me preguntaba yo: ¿Qué demonios estaba haciendo ahí?

Tomé aire mientras dirigía mi atención hacia Renata. Que yo necesitara ayuda no quería decir que ellos estuvieran dispuestos a otorgármela, así que por el momento me conformaría con un sitio seguro en dónde pasar la noche.

—Necesito hablar contigo y con Andrés. Es urgente.

Vi cómo Renata tragaba saliva con nerviosismo, haciendo tiempo, como si buscara la forma más efectiva de deshacerse de mí. ¡Maldición! De verdad necesitaba de su apoyo, pero no tenía ánimos de ponerme a rogarle a nadie.

—Él no se encuentra en Guadalajara. Llega de un viaje de negocios hasta mañana temprano.

Sabía que aquello era cierto. Bueno, no lo del viaje de negocios, pero sí lo de la ausencia de Andrés, ya que no lograba percibir la energía de su alma en las cercanías.

—Entonces esperaré —dije, ingresando al recibidor y cerrando la puerta tras de mí; y antes de darle oportunidad de exteriorizar una negativa, continué hablando como si mi presencia en aquella casa fuera la situación más cotidiana del universo—. ¿Tienes cuarto de huéspedes? Si no, el sofá luce cómodo —avancé hasta la sala sin otorgarle tiempo de responder, deshaciéndome de la pesada mochila y dejándola sobre el piso—. Y me haría bien una ducha, si no es mucha molestia… —mi voz se fue perdiendo al instante en que mi mirada se topó con los libros apilados en la mesa de centro: Los Dominios del Ónix Negro, decía el título.

Tomé uno al tiempo en que se me escapaba una carcajada que provino del sitio más oscuro de mi ser. Aún me costaba trabajo creer que uno de los momentos más tristes de mi existencia hubiera sido publicado en el Dominio Exterior. Estaba a punto de hacer un comentario acerca de los malditos libros cuando la hija de Andrés y Renata volvió a hablar; sabía que había escuchado a Dem mencionar su nombre varias veces (como buen abuelo orgulloso), pero por mi vida que no podía recordar cómo se llamaba aquella angelical criatura, que me observaba como si quisiera asesinarme.

—Por supuesto que es mucha molestia, idiota —aclaró la joven descendiendo los escalones y avanzando hasta donde yo me encontraba—. Te lo repito: ¿quién te crees que eres?

Giré con rapidez, arrojándole el libro con el fin de avergonzarla cuando se le cayera, pero ella me sorprendió atrapándolo cuando aún volaba en el aire.

Reflejos de paladín… Vaya, pero qué desperdicio…

—Busca mi nombre ahí —le contesté con tono mordaz—. Lo encontrarás muchísimas veces, te lo puedo asegurar.

—¿De qué demonios estás hablando?

La ignoré (esa boca me distraía demasiado), volviendo a posar mis ojos en Renata.

—Todavía no puedo creer que te atrevieras a publicarlos.

La vi encogerse de hombros pero, a pesar de intentar fingir indiferencia, fui capaz de distinguir un atisbo de vergüenza rondando en su rostro.

—Vanessa y Erick insistían en ello las veces que llegué a verlos, aunque nunca acepté. Sólo que hace unos años, Eridani encontró los diarios que Ness me regaló; los leyó y me suplicó tanto que terminó por convencerme… No le veo ningún problema; de todos modos nadie lo creería.

¡Eridani! ¡Ése era su nombre!

—¡Aguarden un momento! —el grito de Eridani (gracias por el recordatorio, Renata) detuvo nuestra charla de tajo—. ¿De qué están hablando? ¿Vanessa, Erick? ¡Mamá! ¿De qué se trata todo esto?

¡No, no, no! ¡No era posible! ¡Ella creía que todo era ficción! Solté una carcajada llena de incredulidad.

—¿Es decir que nadie te ha explicado aún que todo esto es verdad? —articulé apuntando hacia los libros.

—Estás loco —la voz de Eridani había adquirido un tono ronco, receloso, pero sus profundos ojos azules se encontraban inundados por la sorpresa, por ese sentimiento que vaga entre la suspicacia y las ansias incontrolables de creer en algo que parece imposible.

—¿Sí? Y tú eres la ingenuidad personificada, ángel —le contesté.

¿Ángel? ¿De dónde había salido eso?

—¡No me llames “ángel”, idiota!

¡Oh, preciosa! ¡Ahora no te llamaré de ninguna otra forma!

—Y tú no me llames “idiota” —dije suavemente—, tengo nombre.

—¿Y cuál se supone que es?

Aquí vamos. Sonreí con genuina alegría por primera vez en mucho tiempo.

—Matheo Govami, ángel. A tus órdenes…

Bla, bla, bla… ¿Ya te cansaste de leer la misma escena otra vez? Yo un poco. Ok, la verdad es que eso no es cierto. Me encantan mis escenas… ¿Y sabes por qué? ¡Porque salgo yo! ¡Jajaja!

Simplemente creí que era mi turno de contarla, y así te darías cuenta de que no me aparecí todo empapado nada más porque se me antojaba andar mojado. Lo de verme sexy no lo puedo evitar (aquí iba a insertar una carita feliz con un guiño, pero me pareció demasiado cursi, así que te pido que te imagines que te estoy sonriendo y cerrando un ojo… ¿Ya te lo imaginaste? ¿Qué tal?… ¿Verdad que lo de sexy no lo puedo evitar? ¿Ves?… Puedo ser muchas cosas, pero en eso no miento (insertar aquí otra carita feliz con otro guiño). Ok, creo que ya se me pasó la mano con tanto paréntesis, así que proseguiré).

Está bien, sincerémonos.

La verdadera razón por la que te presenté la situación que acabas de leer es simple: tan sólo quería que la conocieras desde mi perspectiva y no desde la de un narrador omnisciente que, si soy honesto, probablemente no tenía ni la menor idea de lo que yo estaba sintiendo en aquel momento.

Como sea, el asunto es que todo lo anterior ya te lo sabes, ¿no es cierto? Lo que ignoras es tooodo lo que sucedió después de ese momento. Y tooodo lo que tuvo que pasar para que yo llegara al umbral de esa casa… Hago hincapié en ese instante porque, en retrospectiva (mírame, ¡ja!, utilizando palabras como “retrospectiva”; quién me viera…) Como sea. ¿En qué iba?… ¡Ah, sí! En que hago hincapié porque, a pesar de todo lo que he vivido en más de un siglo, mi llegada a esa casa ha sido una de las experiencias más importantes de mi vida, aunque en ese momento aún no lo supiera.

Así que aquí te va mi historia. Mi versión. Mis palabras… ¡Ah!, pero antes de que comencemos, debo advertirte una cosa: yo no soy Vanessa.

Yo sí digo groserías.

CLASIFICACIONES DEL SEXO MASCULINO

Eridani

Ok, recapitulemos. Según dictaba mi experiencia, los hombres atractivos se pueden dividir en tres categorías:

a) Gay

b) Mujeriego y/o

c) Demente

Hay subcategorías que se desprenden de cada una de ésas, pero las antes mencionadas son las principales, así que partiremos de ahí.

El tipo arrogante que se encontraba de pie a mitad de mi sala se podía calificar fácilmente como un hombre atractivo (está bien, lo acepto, muy atractivo, con esos brazos de nadador, los pectorales marcándose a través de la playera mojada, y el largo cabello rubio atado a una coleta pero que aún así le llegaba hasta el cuello), por lo que era momento de encontrarle categoría.

¿Gay? Por la manera en que sus ojos viajaban una y otra vez de mi boca hacia el escote de mi camiseta, pude deducir que estaba sobrecompensando de manera exagerada (lo cual dudaba mucho) o definitivamente no sentía atractivo alguno por su mismo sexo. Me incliné a elegir la segunda opción, así que la homosexualidad quedaba descartada.

¿Mujeriego? Esa mueca intrigante que bailaba en sus labios cada vez que sonreía, ese tono egocéntrico y burlón que usaba cada vez que hablaba y ese brillo plateado de depredador que chispeaba en sus ojos cada vez que me miraba, eran pruebas suficientes de que este sujeto no se conformaba con una sola mujer… Y de que a las mujeres que conquistaba seguramente no les importaba no ser las únicas. Pobres ilusas.

¿Y demente? Aquí es donde la cosa se ponía interesante. ¡El hombre afirmaba ser Matheo Govami, por Dios! ¡Un personaje salido de uno de los libros que había publicado mi mamá! Mi personaje favorito, no lo niego, pero no por eso menos ficticio. Así que sí, sin lugar a dudas, este tipo estaba loco.

Y seguía observándome con esos ojos que parecían de mercurio y esa seductora sonrisa burlona, paseando su mirada desde mis pies hasta mi cabeza, deteniéndose (no muy sutilmente) en mis caderas, mis senos y mis labios, para luego ampliar su gesto divertido y menear la cabeza como si fuera él quien estuviera juzgándome a mí. ¿Quién demonios se creía que era? ¡Ah, sí, Matheo Govami, de los Dominios del Ónix Negro!

Estaba a punto de soltar un bufido cuando él volvió a hablar.

—Sí, definitivamente heredaste las mejores cualidades de tu madre —murmuró con ...