Loading...

MUROS, PUENTES Y LITORALES

Carlos Salinas de Gortari

0


Fragmento

Prólogo

Se vislumbran tiempos complejos para las relaciones de Estados Unidos con el mundo, con México, con Cuba, lo cual podría repercutir en nuevas interacciones –o tensiones– entre nuestros países como las que han abundado a lo largo de la historia.

Respecto de Cuba, el marco lo da el amistoso y trascendente encuentro entre los presidentes Raúl Castro y Barack Obama en La Habana en marzo de 2016; después la elección del presidente Donald Trump en noviembre de ese año, y culmina con el fallecimiento del Comandante Fidel Castro el 25 del mismo mes.

México no puede permanecer insensible ante el cambiante panorama que se abre para nuestros tres países unidos por un litoral común, un panorama que, por lo demás, involucra el futuro de todas las naciones del continente americano, como antes ha significado amargos desencuentros con los Estados Unidos. Hoy las circunstancias parecen exigir la construcción de pistas de acceso novedosas y eficaces no sólo entre los gobiernos, sino de manera fundamental, entre los grupos sociales y los pueblos de la región. El objetivo no es solamente, conviene enfatizarlo, restaurar antiguos puentes entre estos litorales o derribar muros para transitar hacia una realidad que se transforma, sino edificar otros vínculos, acordes con las exigencias de un mundo global en proceso de transformación.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Entre estos tres países hay, por un lado, una frontera terrestre que ha unido por décadas, de manera pacífica, productiva y complementaria, a la población de una vasta franja binacional entre México y Estados Unidos. Una frontera que ha sido puente, además, entre el norte y el sur de nuestro continente. Pero también es una frontera separada por una vía fluvial, vallas, alambradas y un muro que ahora se proyecta extender de este a oeste de la línea de nuestros dos países norteamericanos.

También hay litorales desde los que históricamente han cruzado cuantiosos flujos de personas y de bienes materiales y culturales entre nuestros países de tierra firme y la Isla mayor del Caribe. Aunque también, es cierto, se han erigido entre estos litorales otros muros en forma de peligrosos bloqueos militares, muros en forma de bloqueos comerciales y migratorios que han separado familias y afectado el acceso de generaciones a la justicia.

En esta perspectiva deben leerse los relatos y reflexiones que cruzan estas páginas. Ellos componen un triple testimonio: primero, de que las vías de comunicación entre el gobierno de Cuba y los de otros países de América se han mantenido abiertas y pueden incluso ampliarse; segundo, de la incontestable voluntad de diálogo y acuerdo entre diversos actores de la cultura y la vida intelectual de nuestra región; tercero, de que se mantienen vivas y en plena expansión las redes de amistad y apoyo que atraviesan la Isla y el continente.

Se trata, asimismo, de aportar ciertas claves necesarias para un reencuentro y para la construcción de nuevas formas de convivencia entre los Estados Unidos y Cuba, dos países ligados a México de manera profunda, en la historia y en el presente. Para avanzar en esa ruta, se hace indispensable delinear una breve relación histórica que tenga en cuenta las complejidades y los desencuentros del pasado, sin soslayar los retos de la actualidad y el futuro.

La vinculación conflictiva entre Cuba y los Estados Unidos se inició hace más de 100 años. Durante tres décadas, las últimas del siglo XIX, el pueblo cubano combatió de manera decidida por independizarse del dominio español. El poeta, político y pensador republicano José Martí encabezó la lucha, junto a patriotas irreductibles como Carlos Manuel de Céspedes, Máximo Gómez y Antonio Maceo, quienes integraron el gran ejército de esclavos y ex esclavos, negros y mulatos. No obstante, la intervención estadounidense de 1898 (motivada por la misteriosa explosión del acorazado Maine en la bahía de La Habana y la subsecuente guerra de los Estados Unidos contra España) dio pie a que la independencia cubana se definiera en circunstancias peculiares: durante el acto en el que se firmó el fin del dominio colonial, la bandera española se arrió tal y como exige el protocolo, pero en su lugar no se izó la de Cuba, sino la de los Estados Unidos. La presencia de este país en la Isla se mantuvo hasta 1902. Para conseguir el retiro de las tropas extranjeras, el Congreso cubano se vio obligado a aprobar la llamada Enmienda Platt, votada en el Congreso de Estados Unidos, la cual les otorgó a los estadounidenses el derecho a intervenir en los asuntos políticos y militares de Cuba y a mantener una base naval en Guantánamo. Treinta años de ocupación en la Isla dieron paso a un accidentado devenir de avances democráticos, regresiones autoritarias y golpes dictatoriales.

El primero de enero de 1959 una guerrilla de proporciones imprevistas comandada por un líder carismático, Fidel Castro, y por su hermano Raúl, logró derrocar al dictador Fulgencio Batista. Dwight D. Eisenhower era presidente de los Estados Unidos y Adolfo López Mateos encabezaba el gobierno de México. La prensa y diversos círculos de opinión estadounidenses aplaudieron al pueblo cubano, que vitoreaba en las calles el triunfo del ejército rebelde. El 27 de febrero de ese mismo año Castro asumió el cargo de primer ministro de Cuba. Muy pronto, bajo el influjo adverso y polarizante de la Guerra Fría, menudearon los equívocos y los desencuentros entre la Isla y el gobierno de los Estados Unidos. Cuando John F. Kennedy llegó a la presidencia de ese país, se pasó de las tensiones a la confrontación. El conflicto alcanzó un punto álgido con la frustrada invasión de Bahía de Cochinos en 1961.

Los muros empezaron a construirse. Al año siguiente, en octubre de 1962, el propio presidente Kennedy y el primer ministro de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Nikita Jruschov, protagonizaron la llamada crisis de los misiles, que puso al mundo al borde de una tercera guerra mundial y del holocausto nuclear. Estos conflictos dieron lugar al bloqueo económico decretado por los Estados Unidos contra Cuba, muro aún vigente luego de más de 50 años y rigidizado drásticamente por la enmienda Helms-Burton durante el mandato del presidente Bill Clinton. Años después de finalizada la Guerra Fría, los presidentes Raúl Castro y Barack Obama protagonizaron el reinicio del diálogo gubernamental entre ambas naciones, ante la expectativa y el ánimo de los pueblos de Cuba y Estados Unidos. Mientras tanto, la migración de ciudadanos cubanos hacia las costas de Miami contribuyó al surgimiento de una pujante comunidad cubanoamericana en el estado de Florida. En Cuba, por otra parte, se fortaleció una sociedad con notables niveles de salud y educación, decidida a sostener con dignidad la soberanía de su patria.

Entre México y los Estados Unidos las relaciones no siempre han sido tersas. Vivieron su momento más conflictivo en 1847, el año en que nuestro país se vio obligado a ceder a los estadounidenses más de la mitad de su territorio, luego de una guerra que Ulises Grant registró en sus memorias como “una de las más injustas jamás emprendida por una nación poderosa en contra de otra más débil”. Aquel despojo aún forma parte de la memoria colectiva de los mexicanos, mientras que en los Estados Unidos se suele emplear la expresión “la guerra olvidada” para aludir a la conflagración que le dio origen. ¿En qué circunstancias ocurrieron aquellos hechos lamentables? En mayo de 1846, al amparo de la doctrina del Destino Manifiesto, el Congreso estadounidense decidió declarar de manera oficial la guerra contra México. Se alegó la urgencia de resolver el diferendo entre ambos países por la anexión de Texas. Como secuela del conflicto, los Estados Unidos se apoderaron de los vastos territorios de California y Nuevo México (incluidos Arizona, Nevada, Utah y partes de Colorado) y de la posibilidad de acceder al Pacífico desde los puertos mexicanos.

Entre los generales estadounidenses que participaron en la invasión de nuestro territorio, dos compitieron más tarde por la presidencia de su país: uno la ganó (Zachary Taylor) y el otro salió derrotado (Winfield Scott). Asimismo, durante aquella incursión se formaron y curtieron algunos de los oficiales más destacados de la Guerra Civil de los Estados Unidos: Grant y Sherman por el norte, Lee y muchos otros por el sur. No obstante, la victoria sobre México también operó como un veneno para los estadounidenses, tal y como lo había pronosticado el notable pensador Ralph Waldo Emerson, ya que la discordia promovida por la política para instaurar la esclavitud en los territorios anexados detonó la desgastante y cruenta conflagración intestina entre el norte y el sur en la Guerra Civil.

Sin embargo, frente a estos periodos de discordancia las relaciones entre los gobiernos de uno y otro país han tenido momentos de indudable cordialidad e incluso afinidad. Destacan los episodios en que dos presidentes de filiación republicana, Lincoln y Juárez, dejaron ver sus profundas coincidencias. Pero el peso de los desencuentros, aunado a las desventajas derivadas de la convivencia entre dos países con realidades asimétricas, ha dejado una impronta persistente en nuestra memoria colectiva. En el siglo XIX un presidente mexicano pronunció una frase memorable, cargada de recelo y de ironía: “Entre México y los Estados Unidos es mejor el desierto que construir el ferrocarril”. Años después, Porfirio Díaz acuñó esta máxima lapidaria: “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”. Otro momento desafortunado para nuestras relaciones ocurrió en 1913, cuando el embajador de los Estados Unidos en México participó en la conspiración para asesinar al presidente Madero. En 1914, apenas un año después, los Estados Unidos invadieron Veracruz (donde participó Douglas MacArthur). Dos años más tarde tuvo lugar la expedición punitiva enviada por el gobierno estadounidense contra Pancho Villa, en la que participaron dos militares que más tarde destacarían en la Primera y en la Segunda Guerra Mundiales: Pershing y Patton.

La relación volvió a mostrar un signo constructivo cuando Franklin D. Roosevelt puso en marcha la política del Buen Vecino y el gobierno estadounidense asumió de manera respetuosa la expropiación del petróleo mexicano. No obstante, volvió a tensarse a principios de los años sesenta, cuando el presidente Adolfo López Mateos se negó a romper relaciones con Cuba y no se sumó al voto para expulsar a este país de la Organización de Estados A ...