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ODA A LA SOLEDAD Y A TODO AQUELLO QUE PUDIMOS SER Y NO FUIMOS PORQUE ASí SOMOS

Gisela Leal

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Fragmento

Me pregunto si soy el único que se da cuenta de que nada de esto importa. Que no tiene sentido. Que todo el esfuerzo va dirigido a una infinita espiral que lleva hacia la completa y absoluta nada. Me pregunto si soy el único consciente de que, independientemente de que te despiertes a las seis am de lunes a domingo para ser una persona altamente productiva y hagas yoga para tener tu organismo en armonía con su interior y comas tofu porque no comes animales porque eso es inhumano y no consumas drogas porque matan tus neuronas y dañan tu organismo y desayunes frutas y verduras debidamente esterilizadas para que tu sistema obtenga las vitaminas y minerales que necesita y nunca cojas sin condón para no contagiarte de ninguna enfermedad de transmisión sexual ni te vuelvas responsable en un cincuenta por ciento de agregar un +1 que, si bien se va a perder hasta convertirse en irrelevante entre la devastadora y excéntrica cifra de siete mil doscientos setenta y seis millones seiscientos doce mil quinientas noventa y cuatro personas y contando, si bien 1 más o 1 menos no afectará en lo absoluto a esa masiva cifra porque, independientemente de la irresponsabilidad, esta continuará incrementándose, acumulando seres que llegan a este mundo en formato miniatura con la falsa ilusión de que fueron traídos al lugar correcto, recibiendo una cordial bienvenida a esta dimensión desconocida recreada en la realidad virtual de Steve Jobs y Bill Gates donde lo único que van a encontrar aparte de dolor, violencia, desórdenes alimenticios basados en traumas de infancia creados por los traumas de infancia de otros, abandono, un libro escrito por Paris Hilton sobre la difícil vida de Paris Hilton, traición, obesidad mórbida, insomnio, cirugías mal ejecutadas de Steven Tyler, ansiedad, iPhones con pantallas rotas en mil pedazos que contienen más emociones humanas que las que sus megabytes son capaces de almacenar, cáncer, palomas dobles en Whatsapp sin respuesta recibida por parte del destinatario, ansiedad, Hollywood, reality shows protagonizados por Kim Kardashian e individuos igual de plásticos y alienígenas a la naturaleza humana, odio, rechazo, Televisa, estrés, ISIS, inconsecuencia, la inmediatez del consumismo y su intrínseco vacío, corrupción, engaño, religión, arrepentimiento, mentira, las decepciones amorosas de Taylor Swift convertidas en sonidos que son reproducibles infinitamente hasta que esta decide sufrir una nueva decepción y componer un sonido que, si bien es exactamente el mismo que el anterior, podrá ser nuevamente explotado gracias al poder de la mercadotecnia y la publicidad y la incompetencia del humano promedio de expresar sus emociones negativas de manera creativa, tragedia, miedo, gobiernos que matan humanos como si estuvieran en una película de Tarantino, midlife crisis, quarterlife crisis, being-born crisis, crisis, crisis, crisis– donde lo único que ese accidentado +1 va a encontrar aparte de estos y otros grandes beneficios a los que es acreedor por el simple hecho de haber llegado a este mundo será que su existencia destruyó la tuya, que en verdad nadie lo deseaba, que fue un error, un accidente más producto de la estupidez del hombre, borrando la pureza, inocencia y virginidad ética contenida en su espíritu al momento de nacer, sumándose de manera inevitable a la avalancha de sufrimiento que ha estado aplastando al hombre y a la civilización desde que esta decidió considerarse –irresponsablemente– una. Civilización. Civilización: sustantivo femenino: estadio cultural propio de las sociedades humanas más avanzadas por el nivel de su ciencia, artes, ideas y costumbres. Me pregunto si soy el único que se da cuenta de que no existe semejante entidad en este mundo; que esta definición solo es un concepto utópico que jamás se materializará, al menos no de manos del hombre. Me pregunto si soy el único en darse cuenta de que invariablemente de que no fumes porque la nicotina genera un riesgo de cáncer, no consumas alimentos altamente procesados porque contienen una serie de químicos que, mezclados con las células humanas, tienen una tendencia a convertirse en cáncer, no consumas alimentos con un alto contenido calórico porque este produce un exceso de masa corporal que no solo atrofia los procesos digestivos, cardiovasculares y endocrinos del sistema –que, para efectos de prioridades, siempre pasa a un segundo plano– sino que genera una imagen que va en contra de lo estipulado como estéticamente decente para el público, que pagues tus impuestos en orden y a tiempo, que te levantes a las siete de la mañana un domingo para ir y votar por el futuro de tu sociedad aunque tu espíritu democrático unánimemente considere que es una pérdida absoluta de tu tiempo dado que el sistema político de tu país está estructural y fundamentalmente contaminado por lo peor de la esencia humana, sistema político que está construido en base a los defectos naturales del hombre y, en consecuencia, otorga resultados igualmente erróneos y equívocos, que no importa que solo cojas con una persona porque tus inseguridades hacen que necesites la tranquilidad que un compromiso monógamo te otorga, que mientas el número adecuado de ocasiones para evitar enfrentamientos innecesarios en tu convivencia social y así mentir ante el cuestionamiento de una figura femenina sobre si subió de peso o no; que no importa que llegues religiosamente cinco minutos antes de que comience la cita con tu psicoanalista, martes y jueves, seis cuarenta y cinco de la tarde, mil doscientos pesos por sesión, que tomes tus miligramos de diazepam, todas las mañanas, con agua tibia, de la llave del lavabo servida en un vaso corto, frente al espejo, frente a tu imagen reflejada en el espejo del lavabo, 60 mg, 7:15 am, que honres a tu padre y a tu madre y nunca los culpes en público por la serie de traumas que involuntariamente te heredaron, que entregues tu mente e ingreso a una religión que domine y guíe tu banal existencia en este mundo, que busques iluminación y entendimiento a través de Twitter todas las mañanas y cierres tus noches en reuniones con tus conocidos más pseudointelectuales donde se consumen tres botellas de vino por persona y terminan en conversaciones que pretenden desmantelar la verdad de la vida analizando minuciosa y obsesivamente la última moda de superación personal disfrazada de espiritualidad que hay en el mercado o discutiendo las líneas que recuerdas del último artículo que leíste en el New York Times Magazine acerca de que esta generación está destinada al fracaso por el simple hecho de haber sido educada bajo un sistema donde los reglamentos no existen y el ser humano es respetado independientemente de que su vida sea un estorbo para la sociedad, cerrando la cena con un triple chocolate cake, un apple pie y tres bolas de nieve entre dos personas, los cuales se pretende que inconscientemente sacien la ansiedad que produce el discutir temas de tal nivel filosófico, aún más cuando en esa misma mañana al abrir los ojos y hasta después de cerrarlos se ha estado sufriendo de una crisis nerviosa gracias a la tendencia existencialista por la que se está pasando, una crisis basada en el hecho de que no sabes qué hacer con tu vida ahora que ya tienes veintiséis años y eres oficialmente adulto y, por lo tanto, el único responsable de tus acciones, ya que no puedes ser la extensión adicional de la American Express de tus padres eternamente, porque llega un punto en la vida en el que es imperativo que seas un individuo capaz de obtener por sí solo el crédito de un coche o pagar su seguro de gastos médicos o manejar distintas cuentas bancarias que son alimentadas por ingresos generados a base de una vida laboral productiva y exitosa, porque llega un momento en la vida en el que se debe demostrar con resultados tangibles y económicos que el medio millón de dólares invertido en el desarrollo académico e intelectual de tu persona no fue un error, porque no tienes excusa para que haya sido un error, mucho menos después de una vida donde lo único que hicieron fue darte todas las herramientas necesarias para ser Alguien cuando seas adulto. Y como ya eres –para tu desgracia– adulto, ha llegado tu tiempo límite para ser un individuo que le hace la vida más fácil a sus familiares en las cenas de Navidad por tener una actividad laboral con la cual se le relaciona y en la que se puedan invertir en una plática detallada y profunda las dos horas que dura el evento, saliendo todos beneficiados de no haberse visto en la necesidad de profundizar en pláticas más personales e incómodas que nadie necesita ni quiere ver, porque si no se está trabajando ni estudiando una maestría en esta sociedad regida por el capitalismo y la eficacia de producción, entonces no hay ningún otro tema que funja como el elefante en el cuarto lo suficientemente grande como para que dicha convivencia sea llevada de manera exitosa, porque estás en el límite de tiempo para honrar el esfuerzo de tu madre y tu padre siendo Alguien, porque si no lo eres para este entonces –este siendo veintiséis años– ya nunca lo serás. Y no sabes qué hacer con esta información sino consumir más fármacos diseñados para que controlen el vértigo que este tren de pensamiento te crea, tratando de huir de ese pánico a la vida que se ha vuelto tan crónico y familiar que, después de todos estos años, tanto tú como tu terapeuta han desarrollado una estrecha y adictiva relación con él. Me pregunto si soy el único en darse cuenta. Me cuesta trabajo creer que soy el único que se da cuenta; me cuesta trabajo creer que todos se dan cuenta y aun así tienen la energía y disciplina necesarias para continuar observando y siendo partícipes de esta interminable y tediosa secuela. Me pregunto si soy el único que invierte su tiempo desarrollando un monólogo que nadie escuchará en el cual se enfatiza el hecho de que todo está mal y, por lo tanto, nada importa porque todos vamos a terminar, con o sin esfuerzo, con o sin exceso de calorías, con o sin cáncer, con o sin hijos no deseados, con o sin venas y arterias limpias de colesterol, con o sin haber sido fiel y honesto y digno con nuestros semejantes, con o sin nada, todos vamos a terminar en el mismo punto: la mort. Y, antes de la muerte, el vacío de no tenerla o el miedo a que llegue muy pronto o la tentación de hacerla que llegue lo más antes posible o la acción tomada para que llegue al tiempo exacto que uno quiere; el formato o la modalidad para tener a la muerte todo el tiempo en la mente no importa, el hecho de tenerla, sí. Y es que desde que nacemos estamos destinados a desarrollar una fascinación con ella. Todos tenemos esta estrecha relación amor/odio con ella, porque solo ella puede representar de esa manera tan perfecta todo lo que el hombre busca y necesita y quiere –descansar en paz–pero que le da miedo aceptar porque desde que tuvo la edad y, por lo tanto, la capacidad para entender conceptos, le fue inculcado un pánico y un miedo hacia dicho término de tal forma que esta es la única manera en la que se tiene catalogada en el sistema de conexiones mentales cuando uno piensa en el verbo y sustantivo muerte. Sin embargo, no se dan cuenta de que, antes que la vida, antes de siquiera nacer, la muerte es la acción más noble y pacífica que se puede experimentar. Es algo tan elemental como las consecuencias físicas aunadas a cada uno de los verbos: lo primero que sufre el hombre al nacer es ser expulsado, para siempre, del único lugar en el que se sintió y se sentirá protegido de todo el daño que existe en el mundo; la primera experiencia traumática en la vida es, precisamente, el momento de nacer, cuando nos alejan de esa manera tan violenta y catastrófica –solo recordar el semblante de la mujer en el momento de dar a luz– de la protección del vientre de la madre. Y, una vez concluida esta disrupción tanto física como psicológica, el llanto. Hay una nota que solo se escucha una vez en la vida y es la del llanto al momento de nacer. Ese es el único duelo natural y puramente nuestro, uno que –aunque es provocado por ellos– no está contaminado por los deseos, debilidades e intereses ajenos; es un soneto donde el recién nacido le expresa al mundo su inconformidad por haber sido traído a la fuerza a un lugar donde, desde que llega, se le hace sufrir. En ese llanto se contienen todos los reclamos que jamás tendrá derecho a expresar después, una vez que –aunque inicialmente haya sido a la fuerza– ya se forma parte del sistema social. Sin embargo, contrario al nacimiento, cuando la muerte se hace presente, lo único que prevalece es la paz, el silencio. No existen la violencia ni el caos ni el miedo porque el miedo está fundamentalmente basado en la atemorizante sensación de que una entidad o elemento atente contra nuestra vida y, ya no habiendo vida contra la cual atentar y, por lo tanto, a la cual proteger, el miedo igualmente deja de existir. Me pregunto si soy el único en darse cuenta de que la concepción que la sociedad tiene de este concepto fue establecida por las religiones en conjunto con las grandes corporaciones de diversas industrias para evitar que el hombre vea que el único camino a la vida es, precisamente, la muerte, y así pueda seguir dominando y explotando a sus fieles creyentes en vida. Me pregunto si soy el único en alzar la voz para exigir a las autoridades responsables que hagan algo cuanto antes para impedir que el hombre siga poniendo en práctica su estupidez y se reproduzca de manera compulsiva, ya que aparentemente es incapaz de darse cuenta, por sí solo, de que su molde está dañado desde sus orígenes y de que, antes que ser reproducible, debería ser destruido por completo para por fin descontinuar esta producción en masa que, por contar con defectos desde su concepción, siempre termina en la basura.1 Me pregunto si soy el único en darse cuenta de que la humanidad es un error y tiene que desaparecer antes de que termine por hacernos desaparecer a nosotros. Y como nada nunca importa porque todo siempre termina en lo mismo independientemente del esfuerzo que se realice o no, no me preocupa comenzar este libro con un evento sumamente cliché y sobreexplotado para la sinopsis de una historia del siglo XXI –casi tan cliché y sobreexplotado como que el/la protagonista tenga cáncer terminal– y justo tres días después de haber sido diagnosticado(a) que morirá en manos de esta condición –ideal para ser utilizada cada que se quiera provocar emociones en la audiencia de manera fácil y práctica–, el desahuciado conozca al amor de su vida, al cual le hará descubrir en tan solo unos días de intensa convivencia lo increíble que es vivir; porque nunca nada importa es que he decidido que hoy voy a terminar mi obra maestra; que en algún momento de este día voy a ponerle el punto final a mi biografía; que hoy tendré mi última cena y veré mi última película y diré mis últimas palabras y lloraré por una última vez; porque nunca nada importa es que he decidido que hoy es un buen día para morir.

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1 De acuerdo: esa analogía pudo haber tenido mucho potencial, pero fue terriblemente ejecutada.

I. Emiliano Rivera del Pozo, presente

Emiliano comienza a digerir el mensaje que acaba de comunicarse a sí mismo. Piensa en todas las ocasiones en que ha pensado eso. Nota la diferencia entre las ocasiones anteriores y esta; le tranquiliza saber que esta es la definitiva, que ya no volverá a sentirse un cobarde o un depresivo más que va por la vida dando lástima y amenazando al mundo de que se le tiene que poner atención porque, de no ser así, una tragedia irremediable va a suceder. Se abre una toma desde la parte alta del techo, en la cual podemos ver una habitación comunistamente austera, rodeada de paredes blancas de donde nada cuelga, habitada por ciento treinta y seis libros, doscientos tres vhs y ciento noventa y tres dvd, los cuales reposan en el piso como si fueran un objeto más –un tenedor, una caja, un mueble–, como si dentro de ellos no estuvieran contenidos los miles de universos paralelos en los que Emiliano ha vivido a lo largo de su vida, como si no importara ninguno de los nombres y lugares y personas con los que alguna vez desarrolló relaciones tan estrechas como para llorar por y con ellos, como si las vidas contenidas dentro de esas quinientas treinta y dos historias fueran una mentira y nunca hubieran sucedido. En el escenario también se puede ver una lámpara adquirida vía ikea.com por 14.99 dólares y una cama individual sin respaldo ni motivos estéticos también adquirida vía ikea.com por 39.99 dólares, acomodada en el centro de la habitación y en la cual permanece el cuerpo de Emiliano en una posición similar a la del hombre de Vitruvio –desnudo, piernas separadas, brazos extendidos– semicubierto por una sábana blanca de cien hilos adquirida vía walmart.com por 9.99 dólares. Aunque por cuestiones técnicas parece que está dirigida hacia la cámara imaginaria que cuelga sobre él –por medio de la cual se está observando esta escena–, la mirada de Emiliano en realidad se encuentra perdida. La última vez que se le vio fue dentro de un vagón de la línea L del metro de New York con dirección a Brooklyn. La mirada de Emiliano es disléxica y no sabe diferenciar entre Uptown y Downtown; se teme que, en un intento desesperado por encontrar su destino, haya tomado la línea 6 hasta llegar a Queens, ignorante de que lo que vería ahí sería una imagen tan violenta que la podría matar en un abrir y cerrar de sí mismos. Los ciento noventa centímetros de largo por setenta y cinco de ancho que ocupan el colchón menos ergonómico del catálogo de ikea.com, uno con una calidad directamente proporcional a su precio, siendo este 139 dólares, precio que, si bien es verdad que es uno muy bueno para un colchón, termina siendo considerablemente caro una vez que se toman en cuenta los 145 dólares mensuales que se tienen que invertir en las sesenta tabletas de 10 mg de Ambien necesarias para lograr conciliar el sueño en él. La relación entre Emiliano y su sueño siempre ha sido muy complicada; en su discusión más reciente, la que tuvo lugar hace más de tres meses –ciento cuatro días para ser exactos– y en la cual un vecino se vio en la necesidad de hablar a la policía para evitar una tragedia, el último optó por irse de la casa con todas sus cosas. Se ignora dónde se encuentre en este momento; no es la primera ocasión en la que esto sucede y, por eso mismo, Emiliano cree que volverá por sí solo, sin necesidad de desgastarse buscándole ni de tener que pedirle perdón por haber reaccionado de la manera en la que reaccionó esa noche. Pero decía que los sesenta y seis kilos que ocupan el colchón modelo Sultan Havberg –también disponible vía ikea.com para ser llevado a tu hogar al pagar 100 dólares extra por cargo de envío, cuestionando la lógica económica de la transacción final–, sesenta y seis kilos que, según la fórmula de peso ideal de Hamwi, se encuentran veinte kilos por debajo de lo establecido, reportando un índice de masa corporal de 18.3, clasificando al cuerpo de Emiliano en la división comúnmente ocupada por las modelos de Victoria’s Secret, con la única diferencia de que, a ellas, la desnutrición sí las hace ver bien. Decía que los 4.62 litros de sangre contenidos dentro del sistema cardiovascular que mantiene latiendo el corazón de Emiliano –donde la expresión mantiene latiendo se entiende exclusivamente a las funciones biológicas del organismo humano; en su tono figurativo, esta frase no es aplicable, ya que, si se está invirtiendo una cantidad excéntrica de neuronas y paciencia en contar esta historia, es precisamente porque el corazón figurativo de Emiliano registra un ritmo cardiaco de 0 latidos por minuto–, esa sangre que navega torpe e incómodamente –se cree que a causa de la precaria calidad del colchón sobre el que se encuentra– por las venas y arterias de su dueño –mismo que preferiría que todo fuera tan fácil como tener una llave integrada a su cuerpo para abrirla y dejar correr esos 4.62 litros de su interior hasta desangrarse– sabe que ha permanecido en esa misma posición durante más de dieciocho horas, aunque no tiene capacidad de leer qué hora es porque: 1. No hay un reloj en esa habitación, y 2. Si lo hubiera, de todas formas, según me dicen los médicos, la sangre no tiene la capacidad de leer un reloj. No obstante, esta sí es capaz de determinar que la inmovilidad del cuerpo que la contiene ha perdurado por un periodo excesivo y dañino para ella. Aunque el ángulo de la toma se hace desde el techo, la sombra en el piso permite ver que existe un abanico colgando de él, mismo que gira a la velocidad adecuada para enfatizar el ambiente de tedio, hastío y monotonía que los pulmones de Emiliano inhalan y exhalan dentro de esa habitación. Cabe mencionar que la función de dicho abanico es única y exclusivamente ambiental ya que, siendo veinticinco de noviembre de dos mil catorce en el mundo que existe allá afuera y, siendo el mundo de afuera uno localizado en New York, se sabe que lo último que se necesita cuando la app del Weather Channel reporta tres grados centígrados que se sienten como menos dos y sesenta por ciento de probabilidad de lluvia que está cercana a convertirse en nieve, lo último que cualquier cuerpo racional y coherente necesita es un abanico que le robe la nula calidez que con tanto esfuerzo ha acumulado. Pero el efecto que este artefacto tenga o no en la temperatura de esta habitación es algo intrascendental. Por respeto a la evolución que se espera haya habido en la creación literaria contemporánea2 no se utilizará la analogía de que el frío que Emiliano siente en su interior es mucho más fuerte que los veinte grados centígrados bajo cero que pudiera haber afuera de él y que, por esta romántica y conmovedora razón, este es incapaz de notar que es absurdo tener un abanico girando sobre él,3 pero sí se mencionará que no importa si el abanico modificaba o no la temperatura de esa habitación, ya que el único que pudiera sufrir esa consecuencia –nuestro protagonista– está tan ocupado, tan absorbido, tan dominado por la serie de preguntas que, una tras otra tras otra, sin descanso, sin tregua, sin piedad ni compasión, su cabeza le reclama sobre temas tan universales y ontológicos y sobrenaturales y ajenos a su comprensión que su mente no tiene la capacidad de procesar ninguna otra cosa. Por cuestiones de presupuesto y minimalismo descriptivo con dudas del éxito del último, en una sola toma se pretende transmitir la serie de detalles y especificaciones que dejen claro cómo es, no solo el escenario, sino la atmósfera en donde se desarrolla esta tragedia. Por eso se hará un ligero cambio al espacio antes descrito y se modificará la pared que da a la calle para agregarle una ventana, por donde ahora se pueden ver gotas de lluvia que chocan violentamente contra el vidrio, un cielo pintado del tono Cool Gray 11C de la tabla de Pantone, el mismo que el diseñador gráfico sabe que es capaz de afectar el estado emocional de cualquier espectador, un árbol vestido de hojas amarillas y, si se hace un acercamiento de cámara hacia la ventana para observar la calle, personas solas o en pareja de un promedio de entre veinte y cuarenta y cinco años, blancos, clase media alta/alta, dos idiomas, alma máter de Ivy Leagues, paseando a sus perros con una mano, sujetando una sombrilla con la otra, cubiertos por gabardinas, bufandas y gorros Burberry. A la escena también se le agrega una caja de Honey Nut Cheerios, alimento con el cual ha sobrevivido el sistema digestivo de Emiliano durante los catorce días en los que ha permanecido encerrado en este espacio. Un puño –aproximadamente 28 gr de Honey Nut Cheerios equivalente a 110 calorías que contienen 115 mg de potasio, 22 gr de carbohidratos, 2 gr de proteína y 9 gr de azúcares cada 24 horas; de nuevo, una dieta que podría funcionar exitosamente si Emiliano fuera un modelo de La Perla. El problema es que Emiliano no lo es. Otro toque que es importante agregar a la escenografía es una serie de cajetillas –quince vacías, una con cinco cigarros, cuatro sin abrir– de Marlboro rojos distribuidas de manera aleatoria por la habitación –la que contiene cinco cigarros está sobre la cama, al lado de Emiliano– así como una mancha de treinta centímetros de diámetro sobre el piso de madera creada por el uso que Emiliano le ha dado como cenicero al no contar con uno. Sobre la mancha hay un número de colillas que ronda entre cincuenta y setenta; el resto de las colillas –doscientas sesenta y tres– se encuentra dentro de una caja de Joe’s Pizza que el protagonista consumió hace más de tres semanas. Al lado de esto, se encuentra un tetrapack de un litro torpemente mutilado de la parte superior, el cual Emiliano ha utilizado para depositar el líquido que desecha su vejiga. Unos Levi’s 501, una camiseta Hanes que solía ser negra, un par de calcetines que solían ser blancos, unos bóxers que nunca fueron cómodos y unas Dr. Martens que han sido calzadas diariamente desde dos mil seis permanecen en la esquina superior derecha. No contando con un reloj que nos sirva como guía, es imposible saber la hora en la que esto está sucediendo, peor aún si en esta época del año, en esta ciudad, la noche llega desde las cuatro y media de la tarde. Por el momento, esta es toda la utilería necesaria para recrear el mood que se pretende. Emiliano observa el techo y concentra su atención en el abanico; imagina cómo este fue instalado hace años por un negro que no sabía leer y que, para ahorrarse confusiones que pusieran en peligro su trabajo, prefirió ignorar las indicaciones e instalarlo a su manera, una en la que los tornillos, al ser colocados irresponsablemente, estuvieron zafándose poco a poco, casi de manera imperceptible, durante todos estos años hasta ahora, cuando se hacen notar las consecuencias de la ingeniería mecánica mal ejecutada, separándose del techo en el momento exacto para que este colapse sobre él, causándole una muerte fulminante al descalabrarlo. 1987-2014, diría su lápida. Los que fueran a su velorio y vieran que solo existen veintiséis números de distancia entre la primera y la última cifra, entre el alfa y el omega, entre el inicio y el final de su tiempo, dirían que son muy pocos años, que es una pena, una verdadera pérdida para el mundo, que la vida es muy injusta llevándose a un joven que tenía tanto que dar; Emiliano –de estar vivo– les contestaría que no saben de lo que están hablando. Pero eso –como todo– tampoco tiene mucha importancia porque Emiliano sabe que un evento tan afortunado como este no le puede suceder; que este tipo de accidentes no llegan así de fácil, así de noblemente. Emiliano sabe que, para que las cosas sucedan, se tienen que hacer; nadie ni nada va a venir a tomar su vida por él. Mientras él no haga algo al respecto, está destinado a seguir respirando un aire que, si es verdad que mantiene a sus órganos vitales funcionado, también es verdad que al mismo tiempo intoxica y asfixia su espíritu. ¿Cómo es posible estar atrapado dentro de ti mismo?, es una pregunta que Emiliano no se piensa formular: desde que tiene memoria, así se ha sentido; pensar que después de todos estos años va a lograr contestarla es, simplemente, estúpido. Sin embargo, saber eso no cambia el hecho de que no logre entender cómo es que alguien se vuelve prisionero de su propio cuerpo, de su propia mente, de todos los pensamientos que corren dentro de ella. Si fue enviado a este mundo a pagar algún karma de otra vida, Emiliano considera que estos veintiséis años han sido una sentencia lo suficientemente larga y sufrible como para que su karma ya esté saldado e, incluso, resulte con un crédito a su favor para utilizarlo en su próxima vida, la cual espera que nunca tenga que ocurrir. ¿Cómo es posible que el vacío sea lo único que llene tu ser a tal grado que, aunque detestes al oxímoron como recurso literario por la sobreexplotación que sufre como consecuencia de las pocas neuronas que se necesitan para aplicarlo y, sin embargo, lograr construir un juego de palabras que pueden sonar bien, aun así se termine preguntando cómo es posible que el vacío sea lo único que llene tu ser? Emiliano observa los cientos de películas y libros que lo rodean; piensa cuándo fue la última vez que cualquiera de ellos le provocara alguna emoción. Enciende un cigarro. Inhala. Piensa en lo ridículo que es fumarlo, si, como todo, tampoco le provoca nada; en si lo hace por costumbre o porque inconscientemente tiene la necesidad de no cumplir la promesa que le hizo a su madre de que dejaría de fumar después de la serie de médicos que tuvo que visitar y pruebas que se tuvo que hacer para determinar de dónde provenía el insoportable dolor de cabeza que sufre constantemente. Emiliano sabe que su infinita jaqueca no es otra cosa más que el producto de los extenuantes tedio y hastío que sus pensamientos le causan a su corteza cerebral. Emiliano sentía vergüenza de sí mismo cada que su cuerpo era introducido a un tomógrafo axial computarizado por más de una hora, solo para que los estudios arrojaran que su cerebro no presenta ninguna razón médica para dolerle tanto; ver cómo su neurólogo trataba de encontrar en sus resultados un problema en su sistema nervioso para justificarle el haber invertido horas de su tiempo y miles de pesos en consultas y estudios lo avergonzaba; sabía que no tenía un tumor cerebral ni un aneurisma ni la enfermedad de Huntington ni ALS ni cualquier otra condición médica lo suficientemente interesante y complicada como para que valga la pena preocupar a su madre o desquiciar a su neurólogo. Sin embargo, el intolerable dolor permanecía. Permaneció. Permanece hasta ahora. Observar cómo danza el humo del cigarro con el aire solía ser una actividad que lograba mantener a Emiliano distraído; ya no. Emiliano tira el cigarro encendido al piso. Hasta ahora nota el cráter que se puede crear en una duela después de apagar cientos de cigarros sobre él; toma sus genitales con la mano derecha; los manipula de tal manera que muestren una reacción hacia la estimulación provocada por la fricción rítmica. Tres punto cuarenta y cinco minutos transcurren. No se registra efecto alguno. Emiliano regresa a su posición original. Observa la habitación. Piensa en lo que diría su madre si viera esta escena. Medita sobre la importancia de la estética, aun en la decadencia. Inhala profundamente, absolutamente, como si esta fuera la última vez que se aventurara a ejecutar dicha actividad; como si esa inhalación tuviera la responsabilidad de hacerle replantear sus pensamientos y modificar su visión sobre la vida y la muerte; como si esta fuera la última oportunidad que le daba al mundo para convencerlo de que vale la pena todo el esfuerzo. Se sienta en la orilla de la cama y siente el dolor que la oxidación provocada por la falta de movimiento causa en cada uno de sus músculos y articulaciones. Piensa en lo vergonzosa que es su situación, donde una actividad tan mecánica y ordinaria se convierte en épica y extenuante. Recuerda el personaje de Hank en la temporada tres de Breaking Bad y se da cuenta de que está comparando su esfuerzo con el de un parapléjico. El ser capaz de ver lo absurdo que es esto no borra el hecho de que así lo sienta. Emiliano se pone de pie. Colapsa contra el piso; su rostro sobre colillas; su boca sobre los cigarros a medio quemar que no tuvo paciencia para terminar de consumir; su nariz respirando las cenizas formadas a lo largo de trecientas treinta horas. El sentimiento de derrota es superior a la necesidad de salirse de ella, de superarla, de demostrarle que es más fuerte. Emiliano se queda ahí, entre los escombros que confirman su fracaso. Le toma seiscientos cuatro segundos encontrar la fuerza necesaria para salir de ellos. Recurre al balance que le otorga el utilizar sus cuatro extremidades y vuelve a ser un infante que necesita gatear para deslizarse por el piso. Le es inevitable añorar esa vida, cuando todo era tan fácil como cerrar los ojos y dormir, llorar y recibir comida; regresar a la noble edad de la ignorancia, cuando su ser era puro, libre de la contaminación mundana, libre del pecado de la humanidad. Emiliano sabe que esa utopía no es más que eso, una idea falsa de algo que nunca existió y nunca existirá; no recuerda haberse sentido limpio de dolor en ningún momento de su vida, ni siquiera cuando era inconsciente de que tenía una. Emiliano siente el peso que implica poseer un corazón que late emociones que se permean en cada una de sus células mientras se atreve a salir por primera vez de la ilusoria protección que le brindaban esas paredes, ese abanico, esas colillas, esa cama. Observa cómo todo permanece igual que la última vez que lo vio. Se pregunta si es correcta su teoría de que todo desaparece al momento en el que deja de tener contacto con ello y ese pasillo con esas paredes y techo y ventanas y refrigerador con comida caducada estuvieron pendiendo en una dimensión desconocida mientras él no los veía, una en la que se almacenan todas las cosas que han participado en alguna escena de su historia. Se pregunta si el mundo no es más que un escenario diseñado exclusivamente para él, donde todas las personas que lo rodean –en la calle, el rentero, el taxista, incluso sus padres– son actores que siguen un guion escrito por alguien que vive en otro universo, un cosmos donde los guionistas tienen un planeta entero con el cual juegan a convertir sus historias en realidad. Algo así como un The Sims. Algo exactamente como The Sims. ¿Qué tal si él también es un personaje que vive dentro de un programa de simulación social que es manejado por un par de manos desconocidas? Realidad: Emiliano no termina de entender el significado de ese sustantivo. ¿Quién estará escribiendo su historia?, se pregunta. Piensa en lo que diría su madre si escuchara sus pensamientos. Piensa en que ella contestaría su pregunta molesta, diciendo que su vida está escrita por él mismo y que si su vida es miserable es porque él así lo quiere. Emiliano siempre ha considerado que, fuera de la consanguinidad, él y sus padres no tienen nada en común; cree vehementemente que su hermano mayor obtuvo todas las similitudes, tanto físicas como emocionales y psicológicas, que pudiera haber entre un padre y un hijo. Por eso, cuando Emiliano nació, ya no quedó nada pendiente por heredar. Emiliano se pregunta si eso se debe a que el diseñador de su realidad virtual es un amateur que lo acomodó en la familia virtual equivocada; se pregunta cómo sería su realidad virtual alternativa si esta fuera dentro de un núcleo familiar más coherente y compatible con él; recuerda cómo terminó la última conversación que tuvo con su madre y piensa en quién es el culpable de que esta haya concluido en términos poco agradables para ambas partes. Se observa ahora la nueva locación en la que se encuentra el personaje principal, una que, así como su habitación, fracasa en trasmitir la idea de que un humano vive ahí. La ausencia de signos vitales está representada en la inhóspita austeridad del escenario; donde debería estar un comedor, hay un espacio vacío; donde debería haber un sillón, hay un espacio vacío; donde debería haber platos y vasos y sartenes y cubiertos, hay un espacio vacío. En esta toma se ve un refrigerador que enfría una botella de Stella Artois, un galón de leche de almendra que registra una fecha de caducidad que venció hace dos semanas y la mitad de una hamburguesa adquirida hace más de un mes; una estufa que nunca ha sido utilizada; una lámpara adquirida vía ikea.com por 29.99 dólares; una silla que fue dejada aquí por los inquilinos anteriores y está a punto de romperse; una puerta blanca de madera que solía dividir el baño del resto del espacio y que, todo parece indicar, fue atacada con una fuerza considerable al presentar una serie de agujeros violentamente formados. Se concluye que fueron creados de esta manera gracias a la sangre seca que hay alrededor de ellos, además de estar tirada en el piso; se presume que fue arrancada, ya que los pistones que la sujetaban en el lugar donde permanecía están destruidos también. En esta toma se ve una considerable cantidad de hojas, manchadas con sangre y palabras impresas en letra Courier, la mayoría rotas, esparcidas sobre el piso; los restos de lo que un día fuera una MacBook Pro y ahora solo es un teclado que no sirve para escribir y una pantalla que recuerda a la del iPhone de cualquier borracho que, gracias a la torpeza motriz y emocional causada por el alcohol, terminó resbalándosele de las manos al momento en que le pareció que era prudente escribirle un mensaje –sin respeto de acentos ni comas, qué se diga de coherencia y dignidad en su discurso– a su amor no correspondido, estrellándose contra el estacionamiento de un bar a una hora cercana a las 5:40 am, convirtiendo la pantalla en una colección de vidrios con formas aleatorias que pueden llegar a ser armas blancas para el usuario en cuestión si no lo coloca con cuidado contra su mejilla al momento de tomar una llamada; un hardware en el que existieron decenas de archivos que dentro de diez años estarían valuados en una cifra cercana a los 6.5 millones de dólares, con los cuales el beneficiario podría adquirir objetos muy bellos y experiencias banales y frívolas que entretengan su ser aunque sea por un instante, de no ser porque, así como À la recherche du temps perdu y Cien años de soledad y Gone With the Wind y Dubliners y Animal Farm estuvieron a punto de nunca existir entre los acervos de las librerías por la negligencia crítica de las casas editoriales, estos archivos nunca generarán regalías por la negligencia violenta de su autor; ejemplares quemados por colillas de cigarro de NY Times Magazine, Babelia, Letras Libres, La Tempestad, Interview, Paper, Premiere y secciones culturales de diversos diarios mexicanos, americanos y franceses de los que se ignora el nombre por no ser legible desde este ángulo de la cámara, también forman parte de esto que, antes que la escena perfecta de la decadencia de esta generación, se considera una instalación que cualquier curador exhibiría en el Palais de Tokyo o en The New Museum o en el Art Basel de Hong Kong precisamente para mostrarle al mundo una obra que represente la decadencia de esta generación. Emiliano observa esta imagen y piensa en lo que diría su madre si viera lo que tú, auditorio, y yo, analista, estamos viendo; él mismo sentiría una profunda pena por él, si todavía fuera capaz de sentir algo; estamos seguros de que tú –sin siquiera conocerlo– y yo sentimos lo mismo. No la habíamos notado, porque la pintura blanca la disimula, pero hay una chimenea insertada en la pared derecha –si nuestro POV es desde la puerta que está cruzando el protagonista a gatas–, y la cual no ha sido utilizada desde el terrible invierno del ochenta y cuatro. También hay un par de ventanas que no importa dónde estén acomodadas porque no causan diferencia alguna en los sucesos ocurridos pero que tienen que ser mencionadas para construir una atmósfera creíble. Emiliano se acerca a una pared para apoyarse en ella e intentar –de nuevo– ponerse de pie. Como un hombre que rebasa los ochenta y nueve años y ha sido operado de la próstata, vencido el cáncer y sufrido de diabetes, Emiliano comienza a erguirse lentamente. Cierra los ojos como reacción al dolor; sus respiraciones se escuchan más presentes, profundas, dolientes. Sostenido sobre sus dos extremidades inferiores después de los veintinueve segundos –que pueden sonar tan breves o tan eternos como el nivel de dificultad de la actividad en cuestión lo permita– que le tomó levantarse del piso, Emiliano comienza a caminar por la habitación, tocando sus paredes, viviendo por medio de las yemas de sus dedos todo lo que entre ellas ha pasado. Toma la mayor cantidad de hojas que la extensión y fuerza de sus brazos le permiten y las arroja en la chimenea; repite esta dinámica con el resto de ellas; con las partes de la laptop y los 6.5 millones de dólares que valdría su contenido en un cercano futuro; con la caja de pizza donde echó las colillas que recogió del piso; con el bote de leche que contuvo sus desechos líquidos de dos semanas; con las cajetillas vacías y las llenas; con los restos de la puerta que tuvo que volver a golpear para reducirlos a un tamaño que le permitiera caber en la chimenea; con sus Levi’s y Hanes y Dr. Martens; con todo aquello que evidencia la vulnerabilidad, la fragilidad, la debilidad contenidas en su espíritu; con su decadencia. Con todo aquello que a su madre no le hubiera gustado ver. Enciende un fósforo y evalúa meticulosamente su flama, sus tonos, sus movimientos. Piensa en la fuerza que está contenida en esa masa gaseosa en combustión, en todo lo que, a lo largo de la historia de la humanidad, ha sido capaz de crear o destruir, de matar, de reducir a cenizas indescifrables de lo que antes fueron: a la nada; en los templos, los dioses, los herejes de aquellas religiones que necesitan someter a sus fieles para existir, en las turbinas de aviones y aviones y sus pasajeros y sus maletas y sus recuerdos que dejarán de existir, en las casas, los niños y las ciudades enteras que la combustión de ese simple fósforo ha hecho desaparecer; en la absurda relatividad del poder concentrado en su mano. Solo le basta juntar las yemas de su pulgar y su índice alrededor de ella para extinguir su fuerza y, de nuevo, convertirla en inofensiva. Enciende otro fósforo y prende un cigarro que reduce a la mitad en una sola y profunda y seria inhalación de nicotina, alquitrán, amoníaco, butano, cadmio y monóxido de carbono que se asentará en sus pulmones y sus células, matándolo solo lo suficiente, solo lo necesario para no dejarlo morir. Acerca el fósforo a la orilla de un papel que, aunque no se alcanza a ver desde aquí porque la sombra lo impide, es la página cincuenta y seis de un guion que se habría llamado Between You and I de no haber sido esta la única copia que se hizo de ella. The New Yorker habría dicho que la historia le evocaba a algo entre Masculin Féminin de Jean-Luc Godard y The Dreamers de Bertolucci y habría dado una crítica muy favorable al papel de Paul Dano –que sería una mezcla entre el que Jean-Pierre Léaud y Michael Pitt representaran en dichas piezas–, mismo que le habría dado una nominación al Tony por Best Performance by a Leading Actor in a Play, aunque lo habría ganado Jake Gyllenhaal por su papel en Silence, una magnífica obra dramática donde el personaje sufre del síndrome de Asperger –típico–. Between You and I se haría película a principios de 2017 y ganaría el Oso de Oro en el Festival de Berlín, le quitaría el Premio del Jurado en Cannes a Joachim Trier y formaría parte de la selección de los festivales de Sundance, Toronto y Venecia; Between You and I se rodaría en Londres y, por esta razón, la única nominación que podría esperar de los Golden Globes o de la Academia sería la de Best Foreign Film, aunque ninguno de estos dos se ganarían en esta ocasión. Por supuesto, Emiliano ignora esta información, aunque no cambiaría nada el hecho de que la supiera; con conocimiento o no de lo que pasaría con ello si cambiara la proximidad del calor que sujeta su mano hacia ese papel, continuaría observando cómo las palabras escritas en él se vuelven ilegibles hasta borrarse entre tonos negros que se reducen a cenizas con tan solo exhalar sobre ellas; cómo el fuego se pasa de una hoja a otra a otra a la caja de pizza, a la portada de La Tempestad, hasta que los elementos que forman esa pirámide de desechos comienzan a perder sus formas, sus esencias, su existencia para convertirse en una hoguera que, en vez de provocar llanto y reflexión y análisis al mundo por medio del cine o el teatro o simplemente sobre papel, lo más a lo que puede aspirar es a proveer calor durante el tiempo que dure la extinción de sus productos. Emiliano vuelve a observar a su alrededor y, aunque la ausencia de contaminación visual no modifica sus emociones de manera positiva ni negativa, la idea de que esta imagen complacería más a su madre que la imagen anterior le permite continuar con su proceso; traspasa su cuerpo desnudo por el umbral donde una vez estuvo la puerta que ahora arde. Cambia ahora el POV de la cámara y nuestra perspectiva se establece detrás del espejo que se encuentra sobre el lavabo. Emiliano abre la llave de la tina; observa el agua caliente correr, inhala uno, dos, exhala tres, cuatro; da media vuelta y se encuentra frente a la imagen que lo representa ante los ojos del mundo, una considerablemente distinta a las que aparecen en Google cuando se ingresa emiliano rivera del pozo en el buscador, una que él mismo no llega a reconocer y que está seguro de que su madre reprobaría si la viera: esas invasivas ojeras que soportan la pesadez de esos ojos que nunca fueron suficientes porque nunca vieron tan bien ni fueron tan azules y luminosos como los de Renato, esos que son tan mediocres que necesitan gafas para ver de cerca y de lejos y que prefirieron ser de un aburrido color gris antes que asumir la responsabilidad que exigía poseer la herencia de los genes familiares; esa barba que le generó ingresos de 2.65 dólares al ser confundido con un homeless más la última vez que se sentó en la estación del metro de Union Square para observar la histeria que irradia la gente al pasar; esa coleta a la que, mientras más tiempo pasaba, más experta se volvía su madre para hacer que se sintiera absurda e incómoda sobre su cuero cabelludo; esas canas prematuras mezcladas con distintos negros que desde los dieciocho años lo han hecho ver como una composición mal ejecutada, como un objeto inadecuado, inoportuno, incorrecto; la frágil y homosexual y delicada arquitectura de su cara, una tan femenina que precisamente por eso tiene que ser acompañada por esa barba de 2.65 dólares, una fisionomía tan perfecta y exquisita que tiene la maldición de recordarle que definitivamente es hijo de su madre cada que se tiene que enfrentar contra un espejo. El eco de este recuerdo resuena en él al mismo tiempo en el que el ritmo de su respiración comienza a alterarse, volviéndose más breve el intervalo entre cada inhalación y exhalación. Emiliano sujeta el lavabo con ambas manos y se concentra en ese reflejo que, segundo a segundo, pasa de ser el suyo al de su madre, del de su madre al suyo, compitiendo entre ellos por poseer lo que cada uno cree que le pertenece; sujeta el lavabo con más fuerza –similar a la que su respiración ahora tiene–, obligando a sus manos a que permanezcan ahí y se mantengan alejadas de donde quisieran estar. La inmediatez cada vez más hiperactiva con la que aparecen y desaparecen su reflejo y el de su madre culminan finalmente en la formación de un tercero, uno del cual es imposible discernir qué le pertenece a quién, uno que termina eliminando su identidad por completo y le recuerda que nunca podrá liberarse de las sombras y las formas y fantasmas y memorias que lo han perseguido hasta aquí. Las manos impulsivas y convulsas superan el intento de su dueño por mantenerlas bajo control hasta vencerlo y dejarlo indefenso; cobran vida propia y se convierten en un nuevo sujeto, uno autónomo y libre de expresar sus emociones de la forma que mejor le apetece; se liberan del lavabo que las mantenía ancladas y se transforman en dos contenedores de furia y rabia y gritos desesperados cargados de coraje e incomprensión y soledad y dolor, dolor, dolor; el eterno dolor contenido en ellos hace que sean insensibles ante cualquier otro, uno como el que emana de los impactos compulsivos e incesantes que estos tienen contra la imagen que se refleja frente a ellos. Siendo el POV de la cámara –y nuestro–, uno que se encuentra detrás de ese mismo espejo, es posible sentir la violencia de manera más directa y personal y viva, como si fuera en nosotros mismos en quienes están desechando su impotencia y odio hacia la realidad que las atormenta, como si nosotros fuéramos responsables de su tragedia, partícipes de su agonía. Sus enemigos. Porque lo somos, de una forma u otra, aunque ni ellos ni nosotros lo sepamos. Un reflejo ahora mutilado en decenas de pedazos es lo que se presenta frente a los ojos de un protagonista que, de nuevo, se siente derrotado por sí mismo. Sin embargo, es en cada uno de los pedazos de ese espejo donde finalmente logra encontrar a la persona que realmente es: una destrozada, rota, fragmentada en pequeñas partes que ahora son imposibles de embonar entre sí, partes que ya nunca más volverán a formar a un entero, aunque antes de eso no lo hayan hecho, tampoco. Emiliano observa su reflejo por una última ocasión. Piensa en todo lo que quisiera decirle, pero sabe que de nada serviría, porque todas las veces que ha pensado lo contrario, el único resultado que ha recibido ha sido el mismo: uno que no lleva a nada. Lo que hasta hace un momento era su ojo izquierdo ahora es un arma blanca que se encuentra reposando en el lavabo. Emiliano toma uno a uno los pedazos que permanecen sujetos en el marco del espejo y los arroja junto con los desechos que ahora arden con la intensidad suficiente como para crear una atmósfera cálida y luminosa y confortante; respira su monóxido de carbono, lo degusta, lo digiere, lo hace suyo. El ruido del agua corriendo en la tina le recuerda que lo espera; regresa a ella no sin antes tomar la parte del espejo que permanece en el lavabo. Vemos a Emiliano introducir su pie izquierdo, su pie derecho, el resto de su cuerpo en el agua que se ha acumulado en la tina gracias a la tubería obstruida por los desechos que se han ido estancando en ella durante años y nunca fueron removidos por la incapacidad de su inquilino de lidiar con temas de orden doméstico; sentarse y sentir la paz que el agua caliente le brinda a su cuerpo; dar un suspiro largo y profundo al mismo tiempo en el que se sumerge por completo debajo del agua, donde permanece dos, seis, doce segundos, con los ojos abiertos, perdidos en el techo distorsionado por el agua, dieciséis, veinticinco, treinta segundos y vuelve a la superficie en completo frenesí, recobrando su respiración en una bocanada. Emiliano abraza sus piernas de tal forma que cualquier persona podría pensar que, efectivamente, tiene compasión ...