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POR LA MANO DEL PADRE

Martín Moreno

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Fragmento

LA FASCINACIÓN POR EL CRIMEN

Ensayo introductorio para este libro de Vicente Leñero

Lo aceptemos o no, lo ocultemos con prudencia o lo admiremos en secreto para no delatar nuestros oscuros sentimientos, pero el crimen nos parece un fenómeno fascinante. Thomas de Quincey se atrevió a calificarlo como una de las bellas artes, y la historia de la humanidad está repleta de crímenes espantosos, cuyos reportes devoramos como si nuestra más escondida necesidad viera en ellos una malsana tendencia a identificarnos con los asesinos.

Así se entiende que en el siglo XIX un grupo de liberales integrados por Vicente Riva Palacio, Manuel Payno, Juan A. Mateos, Rafael Martínez de la Torre y probablemente Francisco Zarco, decidieron publicar en 1870 una antología de los principales crímenes que jalonearon la historia de México por aquella época. El volumen se tituló El libro rojo —rojo sangre—, cuya idea ha sido retomada ahora con pasión por Gerardo Villa del Ángel para recoger en tres tomos, con relatos y ensayos de escritores nacionales, algunos de los grandes crímenes —domésticos, políticos, grupales— que han acaecido desde el último acontecimiento registrado en aquel Libro rojo en 1868, hasta los más recientes de nuestro siglo. Estos tres tomos del nuevo Libro rojo, editados por el Fondo de Cultura Económica y cuyo primer volumen ya está en librerías, pretende construir una historia de México a través de sus crímenes.

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Porque el crimen es una constante de cada época. Porque el crimen parece ser un maldito motor que dinamiza la historia. Porque el crimen nos refleja a todos y a todos nos atañe como testigos, como vergonzantes fanáticos de la violencia, como enfermizos cómplices.

Dado que los crímenes de la realidad no alcanzan a saciar nuestro morbo, la literatura universal, desde la historia de Caín y Abel en las primeras páginas del Génesis, ha construido un género que pocos escritores han dejado de frecuentar: la novela criminal. Hay que pensar a brincos en Dostoievsky y su Crimen y Castigo. Hay que pensar en A sangre fría, de Truman Capote, y en La canción del verdugo, de Norman Mailer. Hay que pensar en La fiesta del Chivo, de Vargas Llosa, o en Crónica de una muerte anunciada, de García Márquez. En Expediente de un atentado, de Álvaro Uribe. En Muerte accidental de un anarquista, de Darío Fo. En Mitad oscura, de Luis Spota. En Charras, de Hernán Lara Zavala…

Los ejemplos se cuentan por millares y caen de la memoria sin reflexión alguna.

Existe, además, con otros miles de ejemplos, la novela policial, que surge desde Voltaire y Allan Poe, hasta autores contemporáneos como Henning Mankell en las que un asesinato brutal prende las primeras páginas e invoca de inmediato la aparición de un detective, investigador privado, agente judicial o reportero de página roja.

Algunos crímenes de estas novelas se antojan asépticos y poco tienen que ver con el derrumbe trágico implicado por todo acto de violencia extrema. Son episodios ideados por el escritor como un simple pretexto para tejer la telaraña de una partida de ajedrez en la que se convierte la investigación. Conan Doyle, Agatha Christie, Simenon o Chesterton, juegan con el crimen, no para penetrar en los laberintos del mal sino para resolver un enigma como se resuelve un crucigrama, una charada, un cuestionamiento a la inteligencia.

Estas novelas criminales de detectives puros sufrieron un cambio radical con la aparición de la novela negra de Dashiell Hammet, Raymond Chandler, Max Spillane, Ross Macdonald… donde la constante es siempre la violencia, con mayúsculas, del crimen por investigar, pero también, sobre todo, del medio social que la produce.

Patricia Highsmith llegó al extremo de introducir al lector en el corazón mismo del criminal —nos hacía sentir que nosotros éramos él— y tuvo el atinado descaro de construir novelas en serie de un asesino recurrente, el famoso Ripley, quien novela tras novela cometía sus hazañas y sobrevivía a todas ellas. No lograban atraparlo, como ocurre casi siempre —por prejuicios morales— en la mayor parte de la narrativa del género.

De manera semejante se podría hablar del cine policiaco, de las infinitas series de la televisión que desde la primera escena, con el descubrimiento de un cadáver o la comisión de un hecho de sangre, atrapan de inmediato nuestra atención. Porque el crimen siempre nos atrapa, siempre nos altera, siempre nos fascina.

Este dilatado escrito viene a cuento porque Por la mano del padre, de Martín Moreno, se ubica forzosamente en el amplio espectro de la novela policial. Tiene en ella, en sus múltiples variantes, su antecedente inevitable. Su parentesco. Su motor.

Es una novela criminal, por supuesto, pero surgida como tantas otras que se escriben en nuestros días, de la apabullante realidad de la violencia.

Es estrictamente un reportaje de lo que antes llamábamos Nota Roja.

La historia de un acontecimiento que ocurre hoy, un día cualquiera, se percibe, ocupa por un tiempo los titulares, la información periodística de la prensa y de la televisión, y luego se disuelve: se olvida sepultada por el desbarrancamiento del acontecer diario. Martín Moreno no permitió que cayera en el olvido. Captó el hecho.

Se conmocionó seguramente y empleó luego sus ardides de reportero en activo para trabajar la historia completa. Le parecía importante no quedarse en el manchón de la muerte de tres niños, sino rascar hacia atrás, ir también hacia delante en una fatigosa tarea de investigación de la que no presume nunca en las páginas de su libro. La deja expresarse por sí misma como si fuera un novelista, imaginándola.

Nada en verdad imagina Martín Moreno. Nada, casi nada reflexiona sobre la condición de los culpables y las víctimas. Nada inventa. Se limita a despellejar la realidad para mostrarle al lector, en carne viva, ardiente como una lija, una situación que no tiene vuelta hacia atrás.

Esto fue lo que ocurrió. Éste fue el origen de lo que ocurrió. Estos son los seres humanos que protagonizaron una tragedia así, capaz de enchinarnos la piel.

El crimen fue horroroso. El 23 de noviembre de 2006, un muchacho veinteañero de Nezahualcóyotl —esa agria zona de la ciudad donde existe la violencia intrafamiliar en siete de cada 10 hogares—, Leonardo Gustavo Hernández Sáligan, apodado “El Piojo”, ahorcó a sus tres amadísimos hijos en un rapto inconcebible. Ésa es la nota.

Conviene entenderlo. Era un padre que amaba entrañablemente a esos tres inocentes —de cinco, de tres, de un año y medio— engendrados en Mónica, una muchacha trabajadora, quizá bullanguera, que solía vender quesadillas y sopes por el rumbo, para sostener una familia que el desobligado padre no mantenía, perdido en la vagancia, en el desempleo, en la ingestión de drogas corrientes —tíner, cemento— y las cervezas tamaño caguama que se bebía como si fueran agua Electropura.

Rastreado a través de su relato —escueto y fascinante, fascinante por escueto— Martín Moreno sugiere, registra el móvil: pieza clave para descifrar ese rapto frenético de Gustavo en el que las drogas no parecen jugar en ese instante un papel definitivo.

Gustavo asesinó a sus hijos no porque los odiara —también se puede odiar a los hijos cuando representan una carga— sino porque constituían un factor decisivo de sus odios personales.

Odios que me hicieron recordar un cuento del brasileño Rubem Fonseca. Lo resumo:

Amante de un sicario o policía judicial, una miserable mujer de las favelas relata a este matón —luego de la cópula habitual— los conflictos consuetudinarios que tiene con una vecina. “Es una maldita”, le dice: “me insulta, me calumnia, me ofende, me maltrata.” “¿Quieres que la mate?”, le pregunta el sicario, “para mí no es problema.” La amante le responde: “Prefiero que mates a sus hijos, para que sufra la desgraciada”.

Algo semejante debió ocurrirle a “El Piojo”, de acuerdo con la investigación de Martín Moreno.

Harto de una situación familiar y personal que era incapaz de resolver, inventándose unos celos hacia Mónica que no parecían tener fundamentos suficientes, obnubilado por demonios internos que no lograba atemperar con raciocinios sensatos, Gustavo, “El Piojo”, decidió lastimar en lo profundo a Mónica, descoyuntándola con la muerte de sus hijos. Fue su venganza. Su manera de sentirse poderoso en un entorno que invalidaba a diario su masculinidad.

No es el momento de reflexionar sobre el asesino ni contar lo que el libro desmenuza, página tras página, sobre el espeluznante crimen.

Si en Gustavo pueden encontrarse explicaciones, causas que mitiguen su comportamiento como efectos sociológicos del entorno en que vivía, no es asunto que competa a Martín Moreno sino a los sociólogos y psicólogos capaces de entender —no de justificar— una conducta que deriva en un asesinato múltiple: puerta de escape —diría Dostoievsky— para este criminal de barriada.

Diré algo sobre eso después, pero me importa sobre todo, como colega periodista y como colega escritor, encomiar el trabajo reporteril y literario de Martín Moreno, emparentado con el género narrativo al que pertenece su novela.

La llamo novela, porque la novela sin ficción ha ganado el crédito que antes monopolizaron los escritos de la ficción. El que los hechos se afiancen en la realidad no implican demérito alguno frente a los que derivan de la imaginación del escritor. Toda creación literaria, a fin de cuentas, no hace sino tomar de la realidad inmediata o de la realidad histórica los elementos básicos que, extrapolados o transformados por el imaginario en una narración original, reproducen, para el lector, lo que llamamos vida verdadera.

La vida verdadera existe ya, textual, en los hechos que el periodista atrapa como reportero-investigador, y luego transmite con los artificios literarios comunes, con la preceptiva generada y enriquecida a lo largo de los siglos.

Escribe el periodista como se escribe una novela tradicional. El resultado es doblemente impresionante. Se lee un reportaje como se lee una novela, porque reportaje y novela se han fundido en un solo concepto de género.

Esto lo sabe bien Martín Moreno y Por la mano del padre está escrita con la seguridad y la velocidad de un novelista clásico. Desde las primeras páginas asombra su madurez, su dominio, su voluntad de estilo. Es parco y directo como si acabara de leer al Hemingway de las narraciones cortas. No abusa de la adjetivación y pocas veces recurre a metáforas y comparaciones. El lenguaje periodístico —que es a fin de cuentas un lenguaje literario— lo impulsa, lo obliga a no detenerse en consideraciones laterales, mucho menos en reflexiones de índole didáctica o moral. Va como una flecha a la materia misma del asunto: el relato implacable del triple crimen.

Un relato así, de doscientas páginas, no podría fluir con la celeridad con que fluye, si no se apoyara firmemente en una sólida investigación.

Tras la observación del hecho, de los días que ocupa el momento del crimen y de la aprehensión del asesino —cubierto reporterilmente como lo hace cualquier redactor noticioso—, Martín Moreno emprende una investigación exhaustiva sobre la historia de los protagonistas. Con base en entrevistas que aparecen de pronto en la novela para fundamentar los acontecimientos, construye historias de vida de los principales personajes que envuelven a Gustavo.

Gracias a ellas, al detalle con que han sido captadas y exprimidas hasta conseguir el zumo, el lector puede seguir con puntualidad el comportamiento de un muchacho de Ciudad Nezahualcóyotl, prototipo de tantos jóvenes de su edad inmersos en un ambiente opresivo donde las carencias económicas y morales establecen dolorosos especímenes de pobreza vital.

Son la versión actualísima de aquellos “Hijos de Sánchez” que Óscar Lewis siguió y registró minuciosamente a punta de grabaciones. El mural que hizo Lewis en los años sesenta fue juzgado y censurado como denigrante, cuando lo verdaderamente denigrante para México era el fenómeno mismo de aquella pobreza humana reflejada en su espejo literario.

Lo mismo puede decirse, gracias a la investigación de Martín Moreno, de lo que Por la mano del padre se trasluce en pinceladas de estos barrios carcomidos en Ciudad Nezahualcóyotl, de esa gente que vive al día sin esperanza alguna de progreso; enfermos más bien por los chatos horizontes donde el crimen —este crimen brutal— brota de repente como una consecuencia y como un alarido de denuncia frente a gobiernos incapaces de mostrar a sus habitantes caminos de superación y de redención.

La denuncia implícita en esta tragedia que nos recuerda a la Medea de Eurípides, a Elvira Luz Cruz y a tantas víctimas de la opresión y el ahogo —y que Martín Moreno se cuida sabiamente de formular, porque no es la materia de su libro— sacude a los lectores con el ramalazo de la irritación.

Nos irritamos desde luego contra Gustavo. Descargamos en él nuestro odio, nuestra rabia, nuestra absoluta condenación, pero no podemos remitirnos al solo hecho de una desgracia, si no la extrapolamos —en nuestro papel de lectores— como ejemplo trágico de una realidad que nos compete a todos.

Martín Moreno ha escrito un gran libro, no cabe la menor duda. Martín Moreno ha demostrado ser, aquí, un escritor de garra, hábil para detallar sin adjetivos esta dolorosa historia, desde sus prolegómenos hasta el encierro de por vida de su responsable. Nos ha dado además una lección y una cruel oportunidad: la de enfrentarnos sin tapabocas a la realidad. La de hacernos sentir —ésa es para mí la moraleja central— el profundo pesimismo de la desesperanza.

LLUVIA

El día que asesinó a sus hijos, Gustavo le regaló dos rosas a Mónica y le escribió una carta que iniciaba: “Para una mujer bonita…”

Poco después del mediodía bebió cerveza y durante largo rato estuvo mirando fotografías de familia. Se echó en la cama donde tantas veces jugó con ellos y recordó, fraguó, maldijo. Otro trago. Otra mirada a una foto.

Odio.

El odio es el sentimiento más puro del ser humano.

Uno puede dejar de amar, pero jamás dejará de odiar.

Gustavo y Mónica cumplían siete años de vivir juntos. Al fondo del departamento que compartían en el segundo nivel de aquella casa con frente de herrajes dorados marcada con el número 353 de la calle Indios Verdes, colonia Evolución, Ciudad Nezahualcóyotl, Estado de México, los niños jugaban dentro de su mundo infantil, sin malicia, animados por tener entre las manos una pelota o un carrito, vestirse de hombre araña o sólo observar una muñeca. Confiados en que su padre los cuidaba, por momentos jugueteaban entre ellos o por separado, o simplemente veían caricaturas en la televisión.

Llovía.

El tiempo nublado y frío había sido cómplice perfecto para que Kevin, de cinco años; Christopher, de tres y medio, y Romina, de año y medio, se quedaran en casa. “No los mandes a la escuela porque se pueden enfermar”, le dijo Gustavo a su mujer. Al menos en el caso de los varones que acudían a un kínder cercano.

Mónica obedeció.

Según Gustavo, la madrugada de ese jueves le hizo el amor a su mujer. Según Mónica, no permitió que la tocara. Hacía mucho tiempo que el amor y el respeto se habían perdido entre la violencia que hora a hora marcaba la vida de Gustavo y la indiferencia y el desprecio que terminó sintiendo Mónica por su hombre. Los años recientes habían sido una noche interminable, triste.

Día frío y lluvioso. Mónica había salido y Gustavo se levanta de la cama y va por otra cerveza, una caguama, como se acostumbra en el barrio. No cervecita de lata ni mediana en botella. Caguama. Le bota la corcholata con la punta del viejo destapador y antes de regresar a la cama le da un trago largo, a pico de botella. La espuma precede al líquido amarillento que resbala por la garganta, y sus efec ...