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REINA DE SOMBRAS (TRONO DE CRISTAL 4)

Sarah J. Maas

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Fragmento

CAPÍTULO 1

plecap

Algo aguardaba en la oscuridad.

Era antiguo y cruel… Y se paseaba por las sombras adueñándose de su mente.

No pertenecía a este mundo y lo habían traído para llenarlo con su frío primigenio. Todavía los separaba una especie de barrera invisible, pero ésta se desmoronaba un poco más cada vez que la cosa la recorría a todo lo largo, poniendo a prueba su fuerza.

No podía recordar su nombre.

Eso fue lo primero que olvidó cuando la oscuridad lo había envuelto hacía semanas o meses o eternidades. Luego olvidó los nombres de otros que habían significado mucho para él. Podía recordar el horror y la desesperanza sólo gracias a ese momento solitario que interrumpía la negrura, como el batir constante de un tambor: unos cuantos minutos de alaridos, sangre y viento congelado. En esa habitación de mármol rojo y cristal había personas que él amaba; la mujer había perdido la cabeza…

Recibe antes que nadie historias como ésta

Perdido, como si la decapitación hubiera sido su culpa.

Una joven hermosa, con manos delicadas como palomas doradas. No fue culpa de ella, aunque él no pudiera recordar cómo se llamaba la mujer. Fue culpa del hombre en el trono de cristal, el que dio la orden de que la espada de ese guardia cercenara carne y hueso.

No había nada en la oscuridad más allá del momento cuando la cabeza de la mujer cayó con un golpe seco al suelo. No había nada salvo ese momento, una y otra y otra vez, y ese algo que caminaba cerca, esperando que él se rompiera, que cediera, que lo dejara entrar. Un príncipe.

No podía recordar si él era príncipe o si había sido un príncipe. No era probable. Un príncipe no hubiera permitido que le cortaran la cabeza a una mujer. Un príncipe hubiera detenido la espada. Un príncipe la hubiera salvado.

Pero él no la había salvado y sabía que nadie vendría a salvarlo a él.

Todavía existía el mundo real más allá de las sombras. El hombre que ordenó la ejecución de esa hermosa mujer lo había obligado a participar en ese mundo. Y cuando lo hacía, nadie se daba cuenta de que se había convertido en poco más que una marioneta, luchando por hablar, por actuar a pesar de los grilletes impuestos en su mente. Los odiaba por no darse cuenta. Ésa era una de las emociones que aún reconocía.

No se suponía que debería amarte. La mujer dijo eso, y luego murió. No debía haberlo amado y él no debería haberse atrevido a amarla. Se merecía esta oscuridad, y cuando la frontera invisible se rompiera y esa cosa agazapada se abalanzara, se infiltrara y lo inundara… se lo merecería.

Así que permaneció atado a la noche, testigo del grito y la sangre y el golpe de la carne sobre la roca. Sabía que debía luchar, sabía que había luchado en esos últimos segundos antes de que le pusieran el collar de roca negra alrededor del cuello.

Pero algo esperaba en la oscuridad y en poco tiempo tendría que dejar de resistir.

CAPÍTULO 2

plecap

Aelin Ashryver Galathynius, heredera de fuego, amada de Mala la Portadora de la Luz, y reina legítima de Terrasen, se recargó en la barra de roble desgastado y escuchó con cuidado los sonidos del salón del placer, entre los gritos, los gemidos y las canciones obscenas. A pesar de haber tenido varios dueños en los últimos años, esta guarida subterránea del pecado conocida como los Sótanos seguía siendo la misma: demasiado caliente, con un tufo a cerveza rancia y cuerpos desaseados, y llena hasta el tope de malvivientes y criminales de carrera.

En varias ocasiones algún joven lord o el hijo de un comerciante entró orgulloso por las escaleras de los Sótanos y nunca volvió a ver la luz del día. A veces se debía a que presumían su oro y plata frente a la persona equivocada. A veces, a que eran tan vanidosos o estaban tan borrachos que pensaban poder meterse a las Arenas de pelea y salir vivos de ahí. A veces trataban mal a alguna de las mujeres en venta en las alcobas que flanqueaban el espacio cavernoso y aprendían, por las malas, quiénes eran realmente valorados por los dueños de los Sótanos.

Aelin dio sorbos al tarro de cerveza que el tabernero sudoroso había deslizado en su dirección momentos antes. La bebida estaba rebajada con agua y era pésima, pero al menos estaba fría. Aparte del olor a cuerpos sucios, le llegó el aroma de carne asada y ajo. Su estómago protestó, pero no era tan tonta como para ordenar comida. En primer lugar, la carne por lo general era cortesía de las ratas del callejón de arriba; en segundo, los clientes más ricos solían encontrarla adicionada con algo y terminaban despertando en dicho callejón con los bolsillos vacíos. Eso en caso de que despertaran.

Su ropa estaba sucia aunque era lo bastante fina como para convertirla en el objetivo de algún ladrón. Así que examinó su cerveza con cuidado, la olisqueó y después le dio pequeños sorbos antes de decidir si era segura. Tendría que buscar alimento pronto; antes debía averiguar lo que buscaba en los Sótanos: qué demonios había pasado en Rifthold durante los meses que ella no estuvo. Y quién era el cliente que Arobynn Hamel tenía tantas ganas de ver, en el caso de que se arriesgara a reunirse con él ahí, en especial considerando que había una jauría de guardias brutales uniformados de negro patrullando la ciudad como lobos.

Había logrado escabullirse de una de esas patrullas durante el caos del embarcadero, pero alcanzó a ver que sus uniformes tenían bordado un guiverno de ónix. Negro sobre negro: tal vez el rey de Adarlan ya se había cansado de fingir que no era una amenaza y había emitido un decreto real para abandonar el tradicional rojo y dorado de su imperio. Negro por la muerte; negro por sus dos llaves del Wyrd; negro por los demonios del Valg, que ahora estaba usando para construirse un ejército imparable.

Sintió un escalofrío subir por su espalda y se terminó de un trago el resto de la cerveza. Cuando dejó el tarro sobre la barra, el movimiento hizo que su cabello cobrizo reflejara la luz de los candeleros de hierro forjado.

Saliendo de los muelles, se había apresurado a llegar directamente al Mercado de las Sombras junto al río, donde se podía conseguir cualquier cosa, ya fueran artículos raros, contrabando o mercancía común. Compró un poco de tinte para el cabello. Le pagó al comerciante una pieza de plata adicional con el fin de que le permitiera usar la pequeña habitación de la parte trasera de la tienda para teñirse el cabello, que le llegaba apenas a la clavícula. Si los guardias hubieran estado monitoreando los muelles y la hubieran logrado ver a su llegada, estarían buscando a una joven de cabello dorado. Todos estarían buscando a una joven de cabello dorado cuando se supiera en unas semanas que la campeona del rey había fracasado en su tarea de asesinar a la familia real de Wendlyn y robar sus planes de defensa naval.

Hacía unos meses, había enviado una advertencia a los reyes de Eyllwe para que tomaran las debidas precauciones. Pero aún quedaba una persona bajo riesgo antes de que pudiera echar a andar su plan: la misma persona que podría explicar la presencia de nuevos guardias en los muelles, y por qué la ciudad estaba notablemente más callada, más tensa. Apagada.

Si quería averiguar información sobre el capitán de la guardia y si se encontraba a salvo, estaba en el sitio correcto. Sólo era cuestión de escuchar la conversación oportuna o de sentarse con los compañeros de cartas adecuados. Por lo tanto, fue una afortunada coincidencia que se hubiera topado con Tern, uno de los asesinos favoritos de Arobynn, cuando lo encontró surtiéndose de su veneno preferido en el Mercado de las Sombras.

Lo siguió a la taberna justo a tiempo para ver a varios asesinos de Arobynn reunidos ahí. Nunca lo hacían, a menos que su maestro estuviera presente. Por lo general, sólo cuando éste iba a reunirse con alguien muy muy importante. O peligroso.

Después de que Tern y los demás entraron a los Sótanos, esperó unos minutos en la calle, escondida entre las sombras, para ver llegar a Arobynn, pero no tuvo suerte. Seguramente ya estaba dentro.

Así que entró mezclada con un grupo de borrachos, hijos de comerciantes, localizó el sitio donde estaba Arobynn e hizo su mejor esfuerzo por pasar inadvertida y no llamar la atención mientras esperaba en la barra y observaba.

La capucha y ropas oscuras que traía puestas le servían para estar encubierta y no llamar demasiado la atención. Pero si alguien fuera lo suficientemente tonto como para intentar robarle, en su opinión eso la justificaría para robarle a su vez. Ya se estaba quedando sin dinero.

Suspiró por la nariz. Si la gente pudiera verla: Aelin del Incendio, asesina y ladronzuela. Sus padres y su tío probablemente estarían revolcándose en la tumba.

Aun así. Algunas cosas valían la pena. Aelin hizo una seña con uno de sus dedos enguantados al tabernero calvo para que le sirviera otra cerveza.

—Yo me moderaría con la bebida, niña —se burló una voz a su lado.

Lo miró de reojo y vio que era un hombre de talla mediana que se había acercado a ella en la barra. Lo hubiera reconocido por su sable antiguo de no haberlo hecho por su rostro increíblemente común. La tez rojiza, los ojos pequeños y las cejas pobladas: una máscara insípida que ocultaba al asesino hambriento que existía debajo.

Aelin recargó los antebrazos en la barra y cruzó un tobillo sobre el otro.

—Hola, Tern.

Era el segundo de a bordo de Arobynn, o al menos era el puesto que ocupaba hacía dos años. Era un vil calculador, siempre más que dispuesto a hacer el trabajo sucio de Arobynn.

—Me imaginé que era sólo cuestión de tiempo para que alguno de los perros de Arobynn me olfateara.

Tern se recargó contra la barra y le dedicó una sonrisa demasiado radiante.

—Si no mal recuerdo, tú siempre fuiste su perra favorita.

Ella rio mirándolo de frente. Eran casi de la misma estatura y Tern, con su complexión delgada, tenía una habilidad perversa para colarse en los sitios mejor vigilados. El tabernero, al ver a Tern, mantuvo una distancia prudente.

Tern ladeó la cabeza sobre el hombro e hizo un gesto para señalar la parte trasera del espacio cavernoso que se ocultaba entre sombras.

—La última banca recargada contra la pared. Está terminando con un cliente.

Ella echó un vistazo en la dirección indicada. Ambos lados de los Sótanos estaban bordeados por varias particiones donde trabajaban las prostitutas, separadas de la multitud apenas por una cortinilla. Aelin pasó por encima de cuerpos contorsionándose, por encima de mujeres de rostros delgados y ojos ausentes que esperaban ganarse la vida en la podredumbre de ese agujero de mierda, por encima de la gente que vigilaba las actividades desde las mesas más cercanas: guardias, voyeristas y proxenetas. Pero en ese sitio, escondidos en las paredes adyacentes a las particiones, había varios gabinetes de madera.

Exactamente los que había estado observando discretamente desde su llegada.

Y en uno de los más alejados de las luces… el brillo de unas botas de cuero pulido que sobresalían debajo de la mesa. Un segundo par de botas, desgastadas y lodosas, estaban recargadas en el piso frente a las primeras, como si el cliente estuviera listo para salir corriendo. O, si fuera estúpido en verdad, para pelear.

Ciertamente había sido lo bastante estúpido para dejar que su guardia personal permaneciera visible: señal que alertaba a quien prestara atención sobre algo importante que estaba sucediendo en ese último gabinete.

La guardia del cliente, una mujer delgada, con capucha y armada hasta los dientes, estaba recargada contra un pilar de madera cercano. El cabello sedoso y oscuro le llegaba a los hombros y brillaba bajo la luz, mientras vigilaba con cuidado el salón de vicio. Estaba demasiado seria para ser parte de la clientela normal. No traía uniforme, ni colores de casa, ni emblemas. Nada sorprendente, dada la necesidad de su cliente de permanecer oculto.

El cliente probablemente pensaba que era más seguro reunirse ahí, aunque este tipo de reuniones se realizaban por lo general en la fortaleza de los asesinos o en una de las posadas de dudosa reputación, propiedad del mismo Arobynn. No tenía idea de que éste también era socio mayoritario de los Sótanos y de que sería suficiente que el exjefe de Aelin hiciera un ademán con la cabeza para que las puertas metálicas se cerraran, y el cliente y su guardia nunca salieran del lugar.

Aún faltaba averiguar por qué Arobynn había accedido a reunirse con él ahí.

Por eso Aelin miraba al otro lado del salón, en dirección al hombre que había destrozado su vida de tantas maneras.

Sintió un nudo en el estómago, pero le sonrió a Tern.

—Ya sabía que la correa no llegaba tan lejos.

Aelin se separó de la barra y avanzó entre la multitud antes de que el asesino pudiera responderle. Podía sentir la mirada de Tern justo entre sus omóplatos, consciente de que ansiaba clavarle el sable ahí.

Sin molestarse en mirar atrás, le hizo una seña obscena por encima del hombro.

La retahíla de malas palabras que profirió fue mucho más divertida que la música vulgar que estaban tocando del otro lado de la habitación.

Ella observó con cuidado el rostro de cada persona frente a la cual pasó, cada mesa con juerguistas, criminales y trabajadores. La guardia personal del cliente ya la estaba observando y deslizó una mano enguantada hacia la espada ordinaria que colgaba a su lado.

No es tu asunto, pero buen intento.

Aelin se sintió tentada a sonreír burlonamente a la mujer. Lo hubiera hecho de no ser porque estaba concentrada en el rey de los asesinos. En lo que aguardaba en aquel gabinete.

Estaba preparada, al menos tanto como podría estarlo. Pasó suficiente tiempo haciendo un plan.

Aelin se había permitido pasar un día en el mar descansando y extrañando a Rowan. Gracias al juramento de sangre que ahora la vinculaba eternamente con el príncipe hada, y a él con ella, percibía su ausencia como una extremidad fantasma. Todavía se sentía así, a pesar de que tenía mucho por hacer, a pesar de que extrañar a su carranam era inútil y de que él sin duda le daría una paliza si se enterara.

El segundo día después de separarse le ofreció al capitán del barco una moneda de plata para que le diera una pluma y un montón de papel. Se encerró en su atiborrado camarote y empezó a escribir.

Dos hombres en esta ciudad eran responsables de haber destruido su vida y a la gente que ella amaba. No se iría de Rifthold hasta haberlos enterrado a ambos.

Así que escribió página tras página de notas e ideas, hasta que elaboró una lista de nombres, lugares y objetivos. Memorizó y anticipó cada paso; finalmente quemó las hojas con el poder que ardía en sus venas, asegurándose de que los restos quedaran reducidos a cenizas; luego las tiró por la ventana de su camarote para verlas perderse flotando en el océano vasto y oscuro en la noche.

Aunque estaba preparada, no pudo evitar sentir un sobresalto semanas después cuando el barco pasó una marca invisible al acercarse a la costa y su magia desapareció. Todo ese fuego que había pasado tantos meses dominando cuidadosamente… desa­pareció como si nunca hubiera existido: ni siquiera una brasa quedó encendida en sus venas. Advirtió en su interior una nueva especie de vacío, distinto al hueco que la ausencia de Rowan dejó en ella.

Abandonada en su piel humana, se hizo ovillo en un catre y recordó cómo respirar, cómo pensar, cómo moverse en su maldito cuerpo sin la gracia inmortal a la cual se había acostumbrado y con la que contaba. Había sido una imbécil irresponsable por permitirse depender de esos dones, por dejarse sorprender cuando se los volvieron a quitar. Rowan sin duda le habría dado una paliza por eso, una vez que él mismo se recuperara por la pérdida. Era motivo suficiente para sentirse mejor, de haberle pedido que se quedara.

Así que respiró el aire salado y la madera, y se recordó a sí misma que la habían entrenado para matar con las manos mucho antes de haber aprendido a derretir huesos con su fuego. No necesitaba la fuerza adicional, ni la velocidad, ni la agilidad de su forma de hada para derrotar a sus enemigos.

El hombre responsable de ese brutal entrenamiento inicial, quien había sido su salvador y su tormento, pero que jamás se definió como su padre o su hermano o su amante, ahora se encontraba a unos pasos de distancia, hablando todavía con ese cliente tan importante.

Aelin se sobrepuso a la tensión que amenazaba con paralizar sus extremidades y mantuvo sus movimientos fluidos como los de un felino al acercarse los últimos cinco metros que los separaban.

Hasta que el cliente de Arobynn se puso de pie, dijo algo con tono de voz brusco al rey de los asesinos y salió furioso en dirección a su guardia.

Incluso con la capucha, Aelin reconoció la manera en que se movía. Lo supo por la forma de la barbilla que se asomaba entre las sombras del cuello de la capa y por la manera en que rozaba la funda de su espada con la mano izquierda.

Pero no traía la espada con la empuñadura en forma de águila colgada a su costado.

Y no vestía uniforme negro, sólo ropas color café, sin adornos, salpicadas de tierra y sangre.

Ella tomó una silla vacía y la acercó a una mesa de jugadores de cartas antes de que el cliente diera dos pasos. Se deslizó en el asiento y se concentró en respirar, en escuchar, a pesar de que las tres personas sentadas en la mesa estaban frunciendo el ceño por lo que acababa de hacer.

No le importó.

Con el rabillo del ojo vio a la guardia mover la barbilla en su dirección.

—Denme mis cartas —murmuró Aelin al hombre que estaba a su lado—. Ahora.

—Estamos a la mitad de un juego.

—A la siguiente ronda, entonces —dijo ella. Relajó su postura y dejó caer los hombros cuando Chaol Westfall miró en su dirección.

CAPÍTULO 3

plecap

Chaol era el cliente de Arobynn.

O bien necesitaba algo del exmaestro de ella con tanta urgencia que se arriesgó a reunirse con él ahí.

¿Qué demonios había sucedido mientras ella no estuvo?

Miró las cartas que estaban poniendo sobre la mesa húmeda de cerveza, aunque sentía la atención del capitán fija en su espalda. Deseaba poder ver su rostro, ver cualquier cosa en la penumbra debajo de esa capucha. A pesar de la salpicadura de sangre en su ropa, se movía como si no estuviera herido.

El peso que llevaba meses enroscado y oprimido en el pecho de Aelin empezó a aflojarse en ese momento.

Estaba vivo, pero ¿de dónde venía la sangre?

Sin duda él no la consideró una amenaza porque simplemente le hizo una señal a su compañera para que avanzara y ambos caminaron hacia la barra… No: se dirigieron a las escaleras y más allá. Él se movía a un paso constante e indiferente, aunque la mujer a su lado estaba demasiado tensa como para pasar por alguien despreocupado. Afortunadamente para todos, nadie miró en su dirección cuando salieron y el capitán tampoco lo hizo.

Aelin se había movido con suficiente rapidez y él no alcanzó a detectar quién era. Bien. Bien, aunque ella lo hubiera reconocido a él en movimiento o quieto, con capucha o sin ella.

Ahí iba, por las escaleras, sin siquiera mirar hacia abajo, mientras su compañera la continuaba observando. ¿Quién demonios era? No había ninguna mujer guardia en el palacio cuando ella se fue, y estaba bastante segura de que el rey tenía una regla absurda que prohibía a las mujeres formar parte de su guardia.

Ver a Chaol no cambiaba nada, no por el momento.

Aelin apretó el puño, muy consciente de su dedo sin anillo en la mano derecha. No lo había sentido desnudo hasta ese momento.

Una carta aterrizó frente a ella.

—Tres platas para entrar —le dijo el hombre calvo y tatuado que estaba a su lado mientras repartía las cartas y señaló con la cabeza una pila de monedas acomodadas en el centro.

Reunirse con Arobynn. Nunca pensó que Chaol fuera estúpido, pero esto… Aelin se levantó de la silla con la intención de enfriar la rabia que empezaba a hervir en sus venas.

—No tengo un centavo —dijo—. Disfruten su juego.

La puerta en la parte superior de las escaleras de piedra ya estaba cerrada. Chaol y su acompañante ya se habían ido.

Ella se tomó un segundo para borrar de su rostro cualquier expresión que no fuera de ligera diversión.

Lo más probable era que Arobynn hubiera planeado todo de modo que coincidiera con su llegada. Seguramente había enviado a Tern al Mercado de las Sombras sólo para llamar su atención y que lo siguiera a la taberna. Tal vez sabía qué estaba planeando el capitán, de qué lado estaba el joven lord ahora. Quizá sólo la había atraído a ese lugar como estrategia para meterse en su cabeza y alterarla un poco.

Conseguir respuestas de Arobynn tendría su precio, pero era una movida más inteligente que salir corriendo tras Chaol en plena noche, aunque la necesidad de hacer justo eso la obligaba a conservar todos los músculos tensos. Meses…, meses y meses desde la última vez que lo había visto, desde que se fue de Adarlan, destrozada y hueca.

Pero ya no.

Aelin caminó con seguridad los últimos pasos hacia el gabinete e hizo una pausa al llegar. Se cruzó de brazos al mirar a Arobynn Hamel, rey de los asesinos y su exmaestro, sonriéndole.

Arobynn estaba sentado con desenfado entre las sombras de la banca de madera frente a una copa de vino. Se veía exactamente igual que la última vez que lo había visto: de facciones finas y aristocráticas, cabello rojizo y sedoso hasta los hombros y una túnica color azul marino de confección exquisita, desabotonada con indiferencia premeditada en la parte superior para dejar a la vista su pecho fornido. No vio ninguna señal de que trajera un collar o una cadena. Su brazo largo y musculoso estaba recargado en el respaldo de la banca y sus dedos bronceados y llenos de cicatrices tamborileaban al ritmo de la música del salón.

—Hola, querida —ronroneó. Sus ojos color plata brillaron a pesar de la penumbra.

No portaba armas, salvo por el hermoso florete con guardas ornamentadas y retorcidas como una espiral de viento envuelta en oro que tenía a su lado. Era la única señal obvia de su riqueza, una fortuna que competía con las de reyes y emperatrices.

Aelin se deslizó en la banca frente a él, muy consciente de que la madera seguía caliente en el lugar de Chaol. Los puñales que traía escondidos se presionaban contra su cuerpo con cada movimiento. Goldryn, la espada legendaria que sería completamente inútil en este espacio cerrado, se sentía pesada a su lado. El rubí enorme de la empuñadura estaba oculto bajo su capa oscura. No cabía duda de por qué Arobynn había elegido este gabinete para la reunión.

—Tú te ves más o menos igual —dijo ella mientras se recargaba contra la banca dura y se quitaba la capucha—. Rifthold te sigue tratado bien.

Era verdad. A sus casi cuarenta años Arobynn seguía siendo apuesto y permanecía tan tranquilo y sereno como cuando estaban en la fortaleza de los asesinos, durante esos días oscuros y turbulentos tras la muerte de Sam.

Quedaban muchas muchas deudas que pagar por lo sucedido entonces.

Arobynn la vio de arriba abajo, examinándola de manera lenta y deliberada.

—Creo que prefería tu color natural de cabello.

—Precauciones —dijo ella, mientras cruzaba las piernas y lo estudiaba con la misma lentitud. No notó ninguna señal de que estuviera usando el Amuleto de Orynth, el recuerdo real que le había robado cuando la encontró moribunda en las orillas del Florine. La había dejado creer que el amuleto, el cual contenía secretamente la tercera y última llave del Wyrd, se había perdido en el río. Durante mil años, los ancestros de Aelin habían portado el amuleto sin saberlo y eso había convertido al reino, su reino, en una potencia: próspero y seguro, el ideal al cual las cortes de todas las tierras aspiraban. Arobynn probablemente lo había escondido en algún lugar de su fortaleza.

—No quisiera volver a terminar en Endovier —dijo Aelin.

Los ojos color plata centellearon. Aelin consideró un verdadero logro no sacar una daga y lanzársela con fuerza.

Pero demasiadas cosas dependían de él como para matarlo de inmediato. Ella había pensado mucho sobre lo que quería hacer y cómo quería hacerlo. Terminarlo aquí sería un desperdicio. En especial porque algo estaba sucediendo entre él y Chaol.

Tal vez por eso la había atraído a ese sitio, para que pudiera verlo con Chaol y… dudara.

—Claro —dijo Arobynn—, a mí tampoco me agradaría verte de vuelta en Endovier. Aunque debo decir que en estos dos últimos años te has vuelto mucho más llamativa. Convertirte en mujer te sentó bien —indicó. Cuando ladeó la cabeza, Aelin supo lo que vendría incluso antes de que él rectificara—. ¿O debería decir convertirte en reina?

Había pasado una década desde que hablaron sin rodeos sobre su ascendencia o del título del cual la había ayudado a alejarse, que le había enseñado a odiar y a temer. A veces lo mencionaba en términos velados, en general como una amenaza para mantenerla atada a él. Pero nunca le dijo su verdadero nombre, ni siquiera cuando la encontró en esa ribera helada y la llevó a su casa de asesinos.

—¿Qué te hace pensar que eso me interesa? —respondió ella con desenfado.

Arobynn encogió sus anchos hombros.

—No se puede confiar mucho en los chismes, pero hace más o menos un mes me llegó un rumor de Wendlyn: que cierta reina perdida había montado un espectáculo bastante impresionante frente a una legión invasora de Adarlan. En realidad, creo que el título que nuestros estimados amigos del imperio prefieren usar ahora es “reina perra escupe fuego”.

Siendo honestos, a Aelin eso le pareció gracioso, incluso halagador. Sabía que se correría la voz sobre lo que le había hecho al general Narrok y a los otros tres príncipes del Valg sentados como sapos dentro de esos cuerpos humanos. Simplemente no había previsto que todos se enterarían tan rápido.

—La gente creería cualquier cosa estos días.

—Cierto —dijo Arobynn.

En el otro extremo de los Sótanos, una multitud frenética rugió por algo que hicieron los luchadores en las arenas. El rey de los asesinos miró en dirección al ruido y sonrió débilmente.

Transcurrieron casi dos años desde que ella estuvo en esa multitud, viendo a Sam enfrentarse a luchadores muy inferiores, engañando a todos con el fin de conseguir el dinero necesario para irse de Rifthold y alejarse de Arobynn. Unos días después iba en un carruaje de prisioneros en dirección a Endovier, pero Sam…

Nunca descubrió dónde enterraron a Sam después de que lo torturó y mató Rourke Farran, el segundo al mando después de Ioan Jayne, el Señor del Crimen de Rifthold. Ella ejecutó a Jayne con sus propias manos, valiéndose de una daga que le lanzó a esa gruesa cara. Y Farran… Más adelante descubrió que Wesley, el guardaespaldas del propio Arobynn, lo había asesinado en venganza por la muerte de Sam. Pero eso no era su asunto, aunque Arobynn hubiese matado a Wesley para restaurar el vínculo entre el Gremio de los asesinos y el nuevo Señor del Crimen. Otra deuda.

Ella podía esperar; ser paciente. Simplemente dijo:

—Entonces ¿ahora haces negocios aquí? ¿Qué pasó con la fortaleza?

—Algunos clientes —dijo Arobynn con deliberada lentitud— prefieren reunirse en público. La fortaleza pone nerviosas a ciertas personas.

—Tu cliente debe ser muy nuevo en esto si no insistió en conseguir una habitación privada.

—Tampoco confiaba tanto en mí. Pensó que el piso principal sería más seguro.

—Pues no debe conocer los Sótanos.

No, Chaol nunca había estado ahí, que ella supiera. Ella por lo general evitaba contarle sobre el tiempo que pasó en este sitio de podredumbre. De la misma manera como había omitido decirle muchas cosas.

—¿Por qué no me preguntas directamente sobre él?

Ella mantuvo su rostro neutral, desinteresado.

—No me interesan tus clientes en particular. Si quieres dime y si no, no.

Arobynn volvió a encogerse de hombros. Era un ademán soberbio de indiferencia. Se trataba de un juego, entonces. Un poco de información para usar en su contra, para conservarla en secreto hasta que le fuera útil. Daba lo mismo si era información valiosa o no, lo que le encantaba era no decírsela, el poder que eso suponía.

Arobynn suspiró.

—Hay tantas cosas que quisiera preguntarte, que quisiera saber.

—Me sorprende que estés admitiendo que no lo sabes todo ya.

Él recargó la cabeza en el respaldo del gabinete y su cabello rojizo brilló como sangre fresca. Como inversionista de los Sótanos, ella supuso que Arobynn no necesitaba molestarse en ocultar su rostro en ese sitio. Nadie, ni siquiera el rey de Adarlan, sería lo suficientemente estúpido para ir tras él.

—Las cosas han estado muy mal desde que te fuiste —dijo Arobynn en voz baja.

“Fuiste”. Como si ella se hubiera marchado voluntariamente a Endovier; como si él no hubiera sido responsable de ello, como si sólo se hubiera ido de vacaciones. Pero ella lo conocía de­masiado bien. Todavía estaba tanteando la situación, a pesar de atraerla a ese lugar. Perfecto.

Él miró la gruesa cicatriz que tenía en la palma de la mano, prueba del juramento que había hecho a Nehemia de liberar Eyllwe. Arobynn chasqueó la lengua.

—Me duele el corazón al ver tantas nuevas cicatrices en tu cuerpo.

—A mí me gustan.

Era cierto.

Arobynn se acomodó en su asiento: un movimiento deliberado, como lo eran todos sus movimientos, y la luz cayó en una cicatriz grande que iba de su oreja a su clavícula.

—Esa cicatriz también me agrada —dijo ella con una sonrisa de medianoche. Eso explicaba por qué se había dejado desabotonada la túnica.

Arobynn movió la mano con una gracia fluida.

—Cortesía de Wesley.

Un recordatorio impasible de lo que era capaz de hacer, de lo que podía soportar. Wesley era uno de los mejores guerreros que conocía. Si no había sobrevivido a la pelea con Arobynn, muy pocos podrían.

—Primero Sam —dijo ella—, después yo, luego Wesley: te has convertido en todo un tirano. ¿Queda alguien todavía en la fortaleza además del adorado Tern o ya mataste a todas las personas que te han hecho enojar?

Dirigió su mirada a Tern, quien estaba esperando en el bar, y luego a otros dos asesinos sentados en mesas separadas a media habitación, fingiendo que no monitoreaban todos los movimientos que ella hacía.

—Al menos Harding y Mullin siguen vivos también. Pero ellos siempre han sido tan buenos en besarte el trasero que no me puedo imaginar que te animaras a matarlos.

Arobynn rio en voz baja.

—Y yo que pensaba que mis hombres estaban haciendo un buen trabajo manteniéndose ocultos en la multitud —dijo, y le dio un trago a su vino—. Tal vez podrías regresar a casa y enseñarles unas cuantas cosas.

Casa. Otra prueba, otro juego.

—Sabes bien que me encantaría enseñarles una lección a esos arrastrados, pero tengo preparado otro sitio para quedarme durante mi visita.

—¿Y cuánto tiempo durará esta visita exactamente?

—El necesario.

Para destruirlo y conseguir lo que ella necesitaba.

—Bien, pues me alegra escucharlo —dijo él y volvió a beber.

Sin duda lo hizo de una botella que habían traído exclusivamente para él, ya que de ninguna manera en el reino del dios oscuro Arobynn bebería la rebajada sangre de rata que servían en el bar.

—Tendrás que quedarte al menos unas cuantas semanas, dado lo que sucedió —dijo Arobynn.

A Aelin se le recubrieron de hielo las venas. Le sonrió con indolencia, aunque empezó a rezarle a Mala, a Deanna, las diosas hermanas que la habían cuidado por tantos años.

—¿Sí sabes lo que sucedió, verdad? —preguntó él dándole vueltas al vino en la copa.

Maldito, maldito bastardo por obligarla a confirmar que no lo sabía.

—¿Eso explica por qué la guardia real tiene esos espectaculares uniformes nuevos?

Que no sea Chaol o Dorian, que no sea Chaol o Dorian, que no sea Chaol o…

—Oh, no. Esos hombres simplemente son un encantador añadido a nuestra ciudad. Mis acólitos se divierten mucho atormentándolos —dijo, terminando el vino de un trago—. Aunque apostaría mucho dinero a que la nueva guardia del rey estuvo presente el día que sucedió.

Ella logró que no le temblaran las manos a pesar del pánico que devoraba todo resto de sentido común que le quedaba.

—Nadie sabe exactamente qué sucedió aquel día en el castillo de cristal —empezó a decir Arobynn.

Después de todo lo que había soportado, después de lo que había superado en Wendlyn, regresar a esto… Deseó que Rowan estuviera a su lado, oler su aroma a pino y nieve y saber que, sin importar cuáles fueran las noticias de Arobynn, sin importar cuánto la destrozaran, su guerrero hada estaría ahí para ayudarla a reconstruir su vida.

Pero Rowan estaba del otro lado del océano, y esperaba y rezaba por que nunca estuviera a menos de cien kilómetros de distancia de Arobynn.

—¿Por qué no me lo dices de una vez? —dijo ella—. Quiero dormir unas horas esta noche.

Eso no era mentira. Con cada respiración el agotamiento le estrujaba más los huesos.

—Pensé —dijo Arobynn—, dado lo cercanos que eran us­tedes dos y tus habilidades, que de alguna manera habrías sido capaz de percibirlo. O al menos de escuchar algo al respecto, considerando de qué se le acusó.

El hijo de puta estaba disfrutando cada segundo. Si Dorian estaba muerto o herido…

—Tu primo Aedion fue apresado por traición, por conspirar con los rebeldes aquí en Rifthold para derrocar al rey y volverte a poner en tu trono.

El mundo se detuvo.

Se detuvo, luego empezó de nuevo a moverse y luego se volvió a detener.

—Pero —continuó Arobynn— parece que tú no tenías idea sobre sus planes, lo cual me hace preguntarme si el rey no estaría buscando una excusa para atraer a cierta perra reina escupe fuego de regreso a estas costas. La ejecución de Aedion está programada en tres días, durante la fiesta de cumpleaños del príncipe, como el entretenimiento principal. Casi no podía ser más obvio que se trata de una trampa, ¿no crees? Yo habría sido un poco más sutil si lo hubiera planeado, pero no puedes culpar al rey por querer mandar un mensaje fuerte y claro.

Aedion. Ella intentó controlar el enjambre de pensamientos que nublaba su mente, los ahuyentó de un manotazo y se concentró en el asesino que tenía enfrente. No le hablaría sobre Aedion sin tener una maldita buena razón.

—¿Por qué advertirme? —preguntó ella. El rey había capturado a Aedion. Lo ejecutarían para tenderle una trampa a ella. Todos los planes que tenía se vinieron abajo.

No. Todavía podía seguir adelante con esos planes y llevarlos hasta el final, hacer lo que debía hacer. Pero Aedion… Aedion tenía que ser primero. Aunque después la odiara, le escupiera en la cara y la llamara traidora y puta y asesina mentirosa. Aunque la odiara por lo que había hecho y en lo que se había convertido, lo salvaría.

—Considera esta información como un favor —dijo Aro­bynn poniéndose de pie—. Una muestra de buena voluntad.

Aelin podría apostar a que había algo más, tal vez algo vinculado con cierto capitán cuyo calor persistía en la banca de madera debajo de ella.

Se puso en pie también y se deslizó para salir del gabinete. Sabía que había más espías aparte de los lacayos de Arobynn vigilándolos, la habían visto llegar, esperar en el bar y luego dirigirse a su banca. Se preguntó si su viejo maestro lo sabía también.

Arobynn se limitó a sonreírle. Era una cabeza más alto que Aelin. Y cuando acercó su mano, ella permitió que le rozara la mejilla con los nudillos. Los callos de sus dedos decían lo suficiente sobre la frecuencia con la que aún practicaba.

—No espero que confíes en mí; no espero que me ames.

Sólo en una ocasión, durante esos días de infierno y dolor, Arobynn le había dicho de cierta forma que la amaba. Fue cuando ella estaba a punto de irse con Sam y él llegó a su departamento de la bodega para rogarle que se quedara. Le dijo que estaba molesto con ella por haberse ido y que todo lo hecho, cada uno de sus planes retorcidos, había sido motivado por el rencor que sintió cuando salió de la fortaleza. Ella nunca entendió con qué intención había pronunciado esas dos palabras, te amo, pero en los días posteriores algo la hizo pensar que habían sido mentira: que Rourke Farran la drogara y pusiera sus manos sucias por todo su cuerpo; que la dejaran pudrirse en ese calabozo.

Los ojos de Arobynn se suavizaron.

—Te he extrañado.

Ella dio un paso atrás.

—Qué curioso. Estuve en Rifthold este otoño e invierno y nunca intentaste verme.

—¿Cómo podría atreverme? Pensé que me matarías en cuanto me vieras. Pero esta noche me enteré de que al fin habías regresado y tenía la esperanza de que hubieras cambiado de parecer. Perdóname si mis métodos para hacer que llegaras aquí fueron… enmarañados.

Otro movimiento y contramovimiento, admitir el cómo pero no el verdadero por qué. Aelin dijo:

—Tengo mejores cosas que hacer que preocuparme de que tú vivas o mueras.

—Así es. Pero te importaría bastante si tu amado Aedion muriera.

El corazón de Aelin se desbocó y ella se esforzó por controlarse. Arobynn continuó:

—Mis recursos son tuyos. Aedion está en los calabozos reales, con guardias día y noche. Cualquier ayuda que necesites, cualquier apoyo, ya sabes dónde encontrarme.

—¿Qué me costará eso?

Arobynn la miró de pies a cabeza nuevamente; algo en el vientre bajo de Aelin se retorció al recibir esa mirada, que era cualquier cosa salvo la de un hermano o un padre.

—Un favor. Sólo un favor.

En la cabeza de Aelin empezaron a repicar campanas de alarma. Correría con mejor suerte si hiciera un trato con alguno de los príncipes del Valg.

—Hay criaturas merodeando por mi ciudad —dijo él—. Criaturas que usan cuerpos de hombres como ropa. Quiero saber qué son.

Había muchos hilos que estaban a punto de enredarse.

Ella respondió cautelosamente:

—¿A qué te refieres?

—La nueva guardia del rey tiene unos cuantos entre sus comandantes. Están reuniendo a la gente que sospechan tiene simpatía por la magia, o a quienes la poseyeron alguna vez. Hay ejecuciones todos los días, al amanecer y al atardecer. Estas cosas parecen nutrirse de ellas. Me sorprende que no los hubieras visto merodeando por los muelles.

—Todos son monstruos para mí.

Pero Chaol no se veía ni se sentía como ellos. Una pequeña ganancia.

Él esperó.

Ella también.

Aelin se permitió ceder primero.

—¿Ése es mi favor, entonces? ¿Decirte lo que sé?

No tenía mucho sentido negar que era consciente de la verdad, o preguntar cómo él sabía que ella sabía.

—Parte.

Ella resopló.

—¿Dos favores a precio de uno? Típico.

—Dos lados de la misma moneda.

Ella se quedó mirándolo sin expresión; luego dijo:

—A través de años de robar conocimiento y una especie de poder extraño y arcaico, el rey logró sofocar la magia y, al mismo tiempo, convocar demonios antiguos con el fin de que infiltraran cuerpos humanos y así formar su creciente ejército. Usa anillos o collares de piedra negra para permitir que los demonios invadan a sus huéspedes; ha estado buscando a quienes usaban la magia porque sus dones permiten que los demonios se enganchen más fácilmente.

Verdad, verdad, verdad… Pero no toda la verdad. Nada sobre las marcas del Wyrd o las llaves del Wyrd. Eso nunca a Arobynn.

—Cuando estaba en el castillo encontré a unos hombres que él había corrompido, hombres que se alimentaban de ese poder y se volvían más fuertes. En Wendlyn me enfrenté con uno de sus generales que había sido poseído por un príncipe demonio de poder inimaginable.

—Narrok —musitó Arobynn. Si estaba horrorizado, si estaba sorprendido, su rostro no reveló nada.

Ella asintió.

—Ellos devoran vida. Un príncipe como ésos puede succionarte el alma del cuerpo, alimentarse de ti —tragó saliva y un miedo real le cubrió la lengua—. ¿Los hombres que has visto, estos comandantes, traen collares o anillos?

Las manos de Chaol no tenían nada.

—Sólo anillos —dijo Arobynn—. ¿Hay alguna diferencia?

—Creo que sólo los collares pueden sustentar a un príncipe. Los anillos son para los demonios menores.

—¿Cómo los matas?

—Con fuego —respondió ella—. Maté a los príncipes con fuego.

—Ah. Pero no fuego del normal, me imagino.

Ella asintió.

—¿Y si traen un anillo?

—He visto a uno de ellos morir cuando le atravesaron el corazón con una espada —dijo al recordar que Chaol había matado a Caín así de fácil, aunque no era un gran alivio—. La decapitación podría funcionar para los que traen collares.

—¿Y las personas que solían estar en esos cuerpos, están perdidas?

La súplica de Narrok, su rostro aliviado, apareció en la mente de Aelin.

—Así parece.

—Quiero que captures uno y lo traigas a la fortaleza.

Ella se sorprendió.

—Desde luego que no. ¿Por qué?

—Tal vez sería capaz de decirme algo de utilidad.

—Ve a capturarlo tú mismo —dijo ella bruscamente—. Encuentra otro favor que te pueda hacer.

—Tú eres la única que se ha enfrentado a estas cosas y ha vivido —dijo Arobynn con una mirada que era todo menos piadosa—. Captúrame uno lo más pronto que puedas y yo te ayudaré con tu primo.

Enfrentar a un Valg, aunque fuera uno menor…

—Aedion primero —dijo ella—. Rescatamos a Aedion y luego arriesgaré el cuello consiguiéndote uno de los demonios.

Que los dioses ayudaran a todos si Arobynn se daba cuenta de que podría controlar a ese demonio con el amuleto que tenía oculto.

—Por supuesto —dijo él.

Ella sabía que era una tontería, pero no pudo evitar hacer la siguiente pregunta.

—¿Con qué fin?

—Ésta es mi ciudad —ronroneó él—. Y no me encanta la dirección que está tomando. Es malo para mis inversiones y estoy harto de escuchar el festín de los cuervos día y noche.

Bueno, al menos estaban de acuerdo en algo.

—Un hombre de negocios hecho y derecho, ¿verdad?

Arobynn continuaba mirándola con esos ojos de amante.

—Nada es gratis.

Rozó delicadamente su pómulo con los labios, un beso suave y cálido. Ella intentó disimular el estremecimiento que recorría su cuerpo y se obligó a inclinarse hacia él cuando le tocó el oído con la boca y susurró:

—Dime lo que debo hacer para compensarte; pídeme que me arrastre sobre carbones encendidos, que duerma en una cama de clavos, que me mutile la carne. Pídelo y lo haré. Pero permíteme cuidarte como lo hice alguna vez, antes… antes de que toda esa locura envenenara mi corazón. Castígame, tortúrame, acaba conmigo, pero déjame ayudarte. Haz esta pequeña cosa por mí y permíteme poner el mundo a tus pies.

A Aelin se le secó la garganta y retrocedió un poco para poder distinguir ese rostro apuesto y aristocrático, los ojos que brillaban con un abatimiento y un propósito depredador que casi podía saborear. Si Arobynn sabía sobre su historia con Chaol y había llamado al capitán a este lugar…, ¿había sido para sacarle información, para ponerla a prueba, o una manera grotesca de manifestar su dominio?

—No hay nada…

—No, todavía no —interrumpió él dando un paso hacia atrás—. No lo digas todavía. Piénsalo. Aunque, antes de que lo hagas, tal vez deberías realizar esta noche una visita a la sección sureste de los túneles. Podrías encontrar a la persona que estás buscando.

Ella mantuvo una expresión impávida, aburrida incluso, pero archivó la información.

Arobynn se alejó hacia la habitación llena de gente, donde sus tres asesinos ya estaban alertas y listos; luego volvió a mirarla.

—Si tú puedes cambiar tanto en dos años, ¿no puedo yo también transformarme?

Se alejó caminando entre las mesas. Tern, Harding y Mullin lo siguieron. Tern volteó a verla para hacerle la misma seña obscena que ella le había hecho antes.

Pero Aelin sólo tenía ojos para el rey de los asesinos, sus pasos elegantes y poderosos, el cuerpo del guerrero disfrazado con ropa de noble.

Mentiroso. Mentiroso hábil y astuto.

En los Sótanos demasiadas miradas notarían si ella se tallaba la mejilla en el sitio donde aún susurraba la sensación fantasma de los labios de Arobynn, o el oído donde persistía su aliento cálido.

Bastardo. Miró las arenas donde se llevaban a cabo las peleas del otro lado del salón, a las prostitutas que luchaban por ganarse la vida, a los hombres que administraban el lugar, quienes habían sacado provecho por demasiado tiempo de toda la sangre, la desolación y el dolor. Casi podía mirar a Sam ahí, casi podía verlo peleando: joven y fuerte y glorioso.

Se puso los guantes. Aún tenía muchas deudas por cobrar antes de irse de Rifthold para ocupar su trono. Empezando en ese momento. Afortunadamente estaba con humor de matar.

Era cuestión de tiempo para que Arobynn mostrara sus cartas o los hombres del rey de Adarlan encontraran el rastro plantado cuidadosamente en los muelles. Alguien llegaría pronto por ella, de hecho en cuestión de minutos, a juzgar por los gritos seguidos de un silencio absoluto detrás de la puerta metálica en el extremo superior de las escaleras. Al menos esa parte de su plan permanecía en pie. Ya lidiaría con lo de Chaol más adelante.

Con la mano enguantada tomó una de las monedas de cobre que Arobynn había dejado sobre la mesa. Le sacó la lengua al perfil bruto y despiadado del rey que estaba estampado en uno de los lados y luego al guiverno que rugía del otro lado. Si caía cara, Arobynn la había traicionado de nuevo; si caía cruz, los hombres del rey. La puerta de hierro al final de las escaleras se abrió con un gemido y el aire fresco de la noche irrumpió en el salón.

Con media sonrisa aventó la moneda al aire, impulsándola con el pulgar.

La moneda seguía girando cuando vio aparecer a cuatro hombres uniformados de negro en la escalera. Traían un surtido de armas letales atadas a sus cuerpos. Para cuando la moneda chocó con la mesa, con el guiverno brillando en la luz tenue, Aelin Galathynius ya estaba lista para el derramamiento de sangre.

CAPÍTULO 4

plecap

Aedion Ashryver sabía que iba a morir, pronto.

No se molestó en intentar negociar con los dioses. Nunca escuchaban sus plegarias, de todas maneras.

En sus años como guerrero y general, siempre fue consciente de que moriría tarde o temprano, de preferencia en el campo de batalla, de una manera digna de una canción o una historia para contar alrededor de la fogata.

Pero su muerte no sería de ese tipo.

Si no lo ejecutaban en el evento espectacular que el rey había planeado para sacarle el mayor provecho posible a su muerte, moriría en el calabozo, en una celda podrida y húmeda, debido a la infección que destruía su cuerpo lenta e inevitablemente.

Empezó como una pequeña herida en su costado, provocada durante la pelea de tres semanas antes, cuando ese monstruo carnicero asesinó a Sorscha. Aedion ocultó la lesión a lo largo de sus costillas a los guardias que lo revisaron. Tenía la esperanza de desangrarse, o de infectarse para morir antes de que el rey lo pudiera utilizar contra Aelin.

Aelin. Su ejecución era una trampa para ella, una manera de atraerla y hacer que se arriesgara intentando salvarlo. Moriría antes de permitir que eso sucediera.

Sin embargo, no anticipó que le fuera a doler tantísimo.

Ocultó la fiebre a los guardias, quienes se burlaban de él cuando llegaban a alimentarlo y a darle de beber dos veces al día. Fingía caer en un silencio hosco, que el animal merodeador y maldiciente había quebrado. Los cobardes ni siquiera se acercaban lo suficiente para que él los alcanzara. No se habían dado cuenta de que ya no trataba de romper las cadenas que apenas le permitían ponerse de pie y dar unos cuantos pasos, no mucho más. Tampoco se habían percatado de que ya casi no se paraba, excepto para satisfacer sus necesidades corporales. Esa degradación no era nada nuevo.

Al menos no lo habían obligado a ponerse uno de esos collares, aunque había visto uno junto al trono del rey la noche que todo se fue a la mierda. Apostaría cualquier cantidad de dinero a que el collar de piedra del Wyrd era para el hijo del rey y rogaba que el príncipe hubiera muerto antes de permitir que su padre lo atara como a un perro.

Aedion se acomodó en su paca de heno mohoso y ahogó un aullido de agonía al sentir el dolor explotar en sus costillas. Empeoraba cada día. Su sangre de semihada era lo único que lo había mantenido vivo tanto tiempo; su cuerpo intentaba desesperadamente sanarlo, pero incluso la gracia inmortal que corría por sus venas pronto se vería forzada a ceder ante la infección.

Sería un alivio, un alivio bendito saber que no podría ser utilizado en contra de ella y que pronto vería a aquellos que había guardado secretamente en su corazón, destrozado durante tantos años.

Así toleró cada pico de la fiebre, cada oleada de náuseas y dolor. Muy pronto la Muerte le daría la bienvenida.

Aedion sólo guardaba la esperanza de que la Muerte llegara antes que Aelin.

CAPÍTULO 5

plecap

La noche bien podría terminar con el correr de su sangre, pensó Aelin al apresurarse por las calles retorcidas de los barrios pobres. Envainó sus cuchillos de pelea ensangrentados para evitar que las gotas que caían de ellos dejaran un rastro.

Gracias a los meses de correr por las montañas Cambrian con Rowan, su respiración permanecía tranquila, su mente despejada. Supuso que después de enfrentarse a los trotapieles, escapar de criaturas antiguas del tamaño de cabañas pequeñas y después de incinerar a cuatro príncipes demonios, veinte hombres persiguiéndola no era demasiado alarmante.

De todas maneras eran una verdadera monserga. Y probablemente no terminaría de manera agradable para ella. No había señal de Chaol; los hombres que entraron repentinamente a los Sótanos no hicieron ninguna mención de su nombre en voz baja. No reconoció a ninguno, pero sí sintió esa rareza que marcaba a casi todos los que habían estado en contacto con la piedra del Wyrd o habían sido corrompidos por ella. Aunque no traían collares ni anillos, se notaba que estos hombres tenían dentro algo podrido.

Al menos Arobynn no la había traicionado, aunque resultó muy conveniente que se fuera apenas unos minutos antes de que los nuevos guardias del rey encontraran al fin el rastro sinuoso que había dejado desde los muelles. Tal vez era una prueba, para comprobar si sus habilidades seguían estando a la altura de los estándares de Arobynn, en caso de que decidiera aceptar su trato. Mientras se abría paso entre los cuerpos con sus cuchillos, se preguntó si él siquiera había advertido que toda la noche también había sido una prueba para él, y que ella había conducido a esos hombres directamente a los Sótanos. Se preguntó qué tan furioso se sentiría cuando descubriera lo que quedaba del salón de placer, donde había ganado tanto dinero.

El dinero de ese lugar también había llenado los cofres de la gente que mató a Sam y que había disfrutado cada momento de ello. Fue una pena que el actual dueño de los Sótanos, un antiguo subalterno de Rourke Farran, traficante de cuerpos y opiáceos, hubiera chocado accidentalmente con sus cuchillos. Varias veces.

Aelin dejó los Sótanos convertidos en un montón de añicos ensangrentados, lo cual consideró amable. De haber tenido su magia, probablemente hubiera quemado todo hasta dejarlo en cenizas. Pero no tenía magia y su cuerpo mortal, a pesar de los meses de arduo entrenamiento, ya empezaba a sentirse pesado y torpe en su carrera por el callejón. La calle amplia donde desembocaba estaba demasiado iluminada, demasiado descubierta.

Giró en dirección a un montón de cajas rotas y basura apila­da contra la pared de un edificio de ladrillo. El montículo tenía la altura justa para, si calculaba bien sus tiempos, permitirle brincar hacia un alféizar a un par de metros de altura.

Detrás de ella, cada vez más cerca, se podían escuchar pasos apresurados y gritos. Debían ser rápidos como el demonio para haberle podido seguir el paso todo este tiempo.

Bueno, maldición.

Saltó hacia las cajas; el montón de desechos se sacudió y tambaleó mientras ella lo escalaba con movimientos concisos, rápidos, balanceados. Un paso en falso la lanzaría a la madera podrida o toda la pila se derrumbaría. Las cajas rechinaron, pero siguió moviéndose más y más y más arriba, hasta que alcanzó la cima y brincó hacia el alféizar que sobresalía de la pared.

Sus dedos aullaron de dolor al enterrarse con tanta fuerza en el ladrillo que se le rompieron las uñas dentro de los guantes. Apretó los dientes, tiró hacia arriba, subió a la cornisa y entró por la ventana abierta.

Se permitió observar unos instantes la cocina atestada. Era oscura y limpia. En el angosto pasillo al fondo se veía una vela encendida. Sacó sus cuchillos al escuchar que los gritos se acercaban desde el callejón. Arrancó hacia el pasillo.

La casa de alguien…, esto era la casa de alguien y ella había llevado a esos hombres ahí. El piso de madera tembló bajo sus botas cuando Aelin corrió analizando el lugar. Había dos habitaciones y ambas estaban ocupadas. Mierda. Mierda.

En la primera habitación había tres adultos acostados en colchones sucios. Dos más dormían en la otra habitación. Uno se sentó sobresaltado cuando ella pasó haciendo un escándalo.

—Quédate acostado —le siseó como única advertencia antes de llegar a la última puerta del pasillo, la cual estaba atrancada con una silla debajo de la perilla. Era toda la protección que podían conseguir en ese barrio pobre.

Aventó la silla a un lado y ésta cayó escandalosamente al chocar contra las paredes del angosto pasillo. Ahí frenaría el paso de sus perseguidores, por unos segundos cuando menos. Abrió la puerta de un tirón y el cerrojo endeble se astilló, tronando. Con un movimiento rápido lanzó una moneda de plata a sus espaldas para pagar por el daño y que pudieran comprar un cerrojo de mejor calidad.

Delante de ella había unas escaleras comunales con los escalones de madera manchados y podridos. Estaba completamente oscuro.

Escuchó detrás de ella los ecos de voces masculinas demasiado cerca y luego golpes en la parte inferior del tiro de la escalera.

Aelin corrió hacia las escaleras ascendentes. Vueltas y vueltas, el aliento ahora como astillas de vidrio en sus pulmones, hasta que pasó el tercer nivel, las escaleras se hicieron más angostas y…

No se molestó en no hacer ruido al abrir de un trancazo la puerta de la azotea. Los hombres ya sabían dónde estaba. El aire cálido de la noche la sofocó; ella le dio varios tragos mientras estudiaba el techo y las calles debajo. El callejón detrás era demasiado ancho; la calle amplia a la izquierda no era una opción, pero… allá. Al fondo del callejón. La rejilla del alcantarillado.

Tal vez deberías hacer una visita a la sección sureste de los túneles esta noche. Podrías encontrar a la persona que estás buscando.

Sabía a quién se refería. Otro regalito de su parte, por lo visto…, una pieza en su juego.

Con destreza felina descendió por la tubería anclada al costado del edificio. En la parte superior los gritos aumentaban. Habían llegado al techo. Ella se dejó caer en un charco con el olor característico de la orina, y ya estaba corriendo antes de que el impacto resonara por completo en sus huesos.

Avanzó a toda velocidad hacia la rejilla, se deslizó de rodillas el último par de metros hasta que sus dedos se afianzaron de la rejilla y la abrió. Silenciosa, rápida, eficiente.

Las alcantarillas abajo estaban afortunadamente casi vacías. Apretó los dientes para controlar la arcada que le provocó el olor que subía a su nariz. Cuando los guardias se asomaron por el borde de la azotea, ella ya había desaparecido.

Aelin aborrecía las alcantarillas.

No porque estuvieran sucias, apestosas y llenas de animalejos. De hecho, si la conocías bien, la red de alcantarillado era una manera conveniente para recorrer Rifthold sin ser visto ni molestado.

Las odiaba desde que en una ocasión la ataron y la dejaron por muerta en los túneles del drenaje. Sucedió gracias a un guardaespaldas que tomó a mal los planes de matar a su jefe. Las alcantarillas se inundaron y Aelin, tras liberarse de sus ataduras, nadó, nadó de verdad, en las aguas putrefactas. Pero cuando llegó a la salida la encontró sellada. Sam, por un golpe de suerte, la salvó, pero no antes de que ella casi se ahogara y de paso se tragara la mitad del contenido del drenaje.

Le tomó días e incontables baños volverse a sentir limpia. Y vómitos interminables.

Así que entrar a esa alcantarilla y cerrar la rejilla sobre su cabeza… Por primera vez esa noche le temblaron las manos. Pero se obligó a sobreponerse al eco del miedo y avanzó a través de los túneles oscuros iluminados por la luna.

Escuchando.

Se dirigió al sureste y tomó un túnel grande y antiguo, una de las arterias principales del sistema de alcantarillado. Probablemente había estado ahí desde el momento en el cual Gavin Havilliard decidió establecer su capital en las orillas del Avery. Aelin se detenía de vez en cuando para escuchar, pero no detectó señales de sus perseguidores.

Distinguió la intersección de cuatro túneles delante de ella y empezó a caminar más lentamente, con las manos en sus cuchillos. Los primeros dos túneles estaban despejados; el tercero, el que la llevaría al camino del capitán si él iba en dirección al castillo, era más oscuro pero amplio. Y el cuarto…, hacia el sureste.

No le hicieron falta sus sentidos de hada para darse cuenta de que la oscuridad salida del túnel del sureste no era normal. La luz de la luna que entraba por las rejillas de la superficie no la perforaba. No surgía ningún sonido, ni siquiera del corretear de las ratas.

¿Otro truco de Arobynn o un regalo? Los sonidos débiles que había estado siguiendo provenían de esa dirección. Pero el rastro moría ahí.

Caminó con sigilo felino frente a la línea donde la luz tenue se convertía en negrura impenetrable. Levantó en silencio una pequeña piedra y la lanzó a la oscuridad que tenía enfrente.

No escuchó como respuesta el sonido que debería producir cuando cayera.

—Yo que tú no haría eso.

Aelin giró en dirección de esa voz fría y femenina mientras colocaba sus cuchillos en posición de ataque.

La guardia encapuchada de los Sótanos estaba recargada contra la pared del túnel, a escasos veinte pasos detrás de ella.

Bueno, al menos uno de ellos estaba aquí. En cuanto a Chaol…

Aelin levantó un cuchillo y empezó a acercarse con cuidado a la guardia, concentrada en cada detalle.

—Acercarse a hurtadillas a los desconocidos en las alcantarillas es algo que yo tampoco te aconsejo —le dijo a la mujer.

Cuando Aelin se aproximó a un par de metros, la mujer levantó las manos: eran delicadas pero con cicatrices, y su piel se veía bronceada incluso bajo el pálido brillo de las luces de la calle que se filtraban desde arriba. Si había conseguido acercarse tanto debía estar entrenada, en combate o en tácticas furtivas, o en ambos. Por supuesto era hábil, si Chaol la tenía vigilándole las espaldas en los Sótanos. ¿Pero dónde se había ido él ahora?

—Salones de placer de mala reputación y alcantarillas —dijo Aelin con los cuchillos aún desenvainados—. Vaya, tú sí te das una buena vida, ¿verdad?

La joven se separó de la pared y una cortina de cabello negro como la tinta se meció en las sombras de su capucha.

—No todos contamos con la bendición de estar en la nómina del rey, campeona.

Entonces sí la había reconocido. Las verdaderas preguntas eran si se lo había dicho a Chaol y dónde estaba él ahora.

—¿Puedo preguntar por qué no debo lanzar piedras a ese túnel?

La guardia señaló hacia el túnel más cerca detrás de ella, brillante y con aire fresco.

—Ven conmigo.

Aelin rio.

—Tendrás que ofrecer algo mejor que eso.

La mujer delgada se acercó un paso y la luz de la luna iluminó su rostro encapuchado. Era bella, aunque seria, tal vez dos o tres años mayor.

La desconocida dijo en tono impasible:

—Hay veinte guardias persiguiéndote y son lo suficientemente astutos para empezar a buscar aquí abajo muy pronto. Te sugiero que vengas.

Aelin estuvo a punto de sugerirle que se fuera al demonio, pero en vez de eso sonrió.

—¿Cómo me encontraste?

No le interesaba la respuesta, sólo necesitaba tantear un poco el terreno.

—Suerte. Hoy es mi turno de explorar y cuando salí a la calle descubrí que habías hecho nuevos amigos. Por lo general tenemos la política de atacar primero y hacer preguntas después cuando se trata de gente paseando por la red del alcantarillado.

—¿Tú y quién más? —preguntó Aelin con dulzura.

La mujer empezaba a caminar por el túnel iluminado, sin preocuparse de los cuchillos que Aelin todavía traía en las manos. Arrogante y estúpida, por lo visto.

—Puedes venir conmigo, campeona, y enterarte de algunas cosas que probablemente quieras saber, o quedarte aquí y esperar a ver qué le responde a la roca que arrojaste.

Aelin sopesó las palabras, y lo que había escuchado y visto hasta entonces esa noche. A pesar del escalofrío que le recorrió la columna, avanzó al lado de la guardia y envainó los cuchillos en las fundas de sus muslos.

A lo largo de cada cuadra que avanzaban a través del lodo repulsivo del drenaje, Aelin usaba el silencio para recuperar sus fuerzas.

La mujer marchó con rapidez, pero sigilosamente, hacia otro túnel y luego otro más. Aelin se fijó en cada una de las vueltas, en todas las marcas distintivas del lugar, de cada rejilla, para crear un mapa mental del sitio.

—¿Cómo me reconociste? —preguntó Aelin al fin.

—Te vi por la ciudad, hace meses. El cabello rojo fue lo que me impidió identificarte de inmediato en los Sótanos.

Aelin la observó con el rabillo del ojo. La desconocida quizá no supiera quién era Chaol en realidad. Él podría haber usado un nombre distinto, a pesar de lo que esta guardia dijera saber sobre lo que Aelin estaba buscando.

La mujer dijo con voz tranquila y serena:

—¿Los guardias del rey te persiguen porque te reconocieron o porque al fin conseguiste esa pelea que estabas buscando con tanta desesperación en los Sótanos?

Punto para la desconocida.

—¿Por qué no me lo dices tú? ¿Los guardias trabajan para el Capitán Westfall?

La mujer rio en voz baja.

—No, esos guardias no le rinden cuentas a él.

Aelin trató de disimular su suspiro de alivio, aunque mil preguntas más revoloteaban en su cráneo.

Tuvo que reprimir un escalofrío al pisar algo demasiado suave para su gusto; la mujer se detuvo frente a la entrada a otro túnel largo. La primera mitad estaba iluminada por la luz de la luna que se dispersaba entre las rejillas. Del extremo más alejado emanaba una oscuridad poco natural. Una quietud depredadora recorrió a Aelin cuando se asomó a la penumbra. Silencio. Un silencio absoluto.

—Es por aquí —dijo la desconocida y giró hacia un elevado pasillo de roca que recorría el costado del túnel.

Tonta… tonta por exponerle la espalda de esa manera. Ni siquiera vio cuando Aelin liberó uno de sus cuchillos.

Ya habían avanzado suficiente.

La mujer de piernas largas y movimientos elegantes dio un paso para subir la pequeña y resbalosa escalera que conducía al pasillo. Aelin calculó la distancia a las salidas más cercanas, la profundidad del pequeño arroyo de suciedad que corría por el centro del túnel. Era suficientemente profundo para tirar un cuerpo, de ser necesario.

Aelin inclinó el cuchillo y se deslizó detrás de la mujer, tan cerca como un amante, y presionó el filo del arma contra su garganta.

CAPÍTULO 6

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—Te permitiré decir una sola frase —susurró Aelin en el oído de la mujer, presionando con fuerza la daga contra su cuello—. Una frase para convencerme de no derramar tu garganta por todo el suelo.

La mujer se bajó de las escaleras y, dicho sea a su favor, no fue lo bastante estúpida como para intentar usar las armas ocultas que traía al costado. De todas maneras, con la espalda contra el pecho de Aelin, quedaban fuera de su alcance. Tragó saliva y su garganta se movió de arriba abajo contra la daga que Aelin mantenía apretada contra su piel suave.

—Te estoy llevando con el capitán.

Aelin presionó más con el cuchillo.

—Eso no es tan convincente para alguien que tiene un cuchillo contra tu garganta.

—Hace tres semanas abandonó su puesto en el castillo y huyó, para unirse a nuestra causa. La causa rebelde.

Las rodillas de Aelin amenazaron con doblarse.

Supuso que debería haber incluido a tres partes en sus planes: el rey, Arobynn y los rebeldes, quienes muy probablemente tendrían cuentas pendientes con ella por haber destripado a Archer Finn el invierno anterior. Incluso si Chaol estaba trabajando con ellos.

Detuvo esos pensamientos antes de que la impactaran del todo.

—¿Y el príncipe?

—Vivo, pero todavía en el castillo —siseó la rebelde—. ¿Es suficiente para que bajes el cuchillo?

Sí. No. Si Chaol ahora estaba trabajando con los rebeldes… Aelin bajó el cuchillo y dio un paso hacia atrás para quedar en el círculo de luz de luna que entraba por la rejilla de la calle encima de ella.

La rebelde se dio la vuelta rápidamente y buscó uno de sus cuchillos. Aelin chasqueó la lengua. Los dedos de la mujer hicieron una pausa en el mango pulido.

—Decidí perdonarte y ¿así es como me pagas? —dijo Aelin quitándose la capucha—. No sé bien por qué me sorprende.

La rebelde soltó el cuchillo y se quitó su propia capucha, con lo cual dejó a la vista un rostro hermoso y bronceado, solemne y completamente falto de temor. Sus ojos oscuros quedaron fijos en Aelin, estudiándola. ¿Aliada o enemiga?

—Dime por qué estás aquí —dijo en voz baja—. El capitán afirma que estás de nuestro lado, pero esta noche te ocultaste de él en los Sótanos.

Aelin se cruzó de brazos y se recargó contra la húmeda roca de la pared que estaba a sus espaldas.

—Empecemos con decirme tu nombre.

—Mi nombre no te concierne.

Aelin arqueó una ceja.

—Exiges respuestas pero te niegas a darme una a cambio. No me sorprende que el capitán te haya dejado fuera en su reunión. Es difícil jugar el juego si no conoces las reglas.

—Escuché lo que sucedió en el invierno: fuiste a la bodega y mataste a varios de los nuestros. Masacraste rebeldes, amigos míos —dijo con el rostro perfectamente inmutable—. Sin embargo ahora debo creer que estabas de nuestra parte todo el tiempo. Me disculparás si no te doy la información que pides.

—¿No debería matar a la gente que secuestra y golpea a mis amigos? —preguntó Aelin con suavidad—. ¿No tendría que reaccionar con violencia cuando recibo notas que amenazan con matar a mis amigos? ¿No debería eviscerar al imbécil egoísta que hizo que asesinaran a mi adorada amiga? —se separó de la pared para avanzar hacia la mujer—. ¿Querrías que me disculpara? ¿Debería suplicar perdón de rodillas por alguna de esas cosas?

El rostro de la rebelde no reveló nada… ya fuera por entrenamiento o por genuina frialdad. Aelin resopló.

—Eso pensé. ¿Entonces por qué no me llevas con el capitán y te ahorras tu mierda hipócrita para después?

La mujer miró hacia la oscuridad nuevamente y sacudió la cabeza un poco.

—Si no me hubieras puesto el cuchillo en el cuello te habría dicho que ya habíamos llegado —dijo señalando hacia el túnel que tenían delante—. De nada.

Aelin dudó si azotar a la mujer contra la pared sucia y húmeda sólo para recordarle quién era exactamente, la campeona del rey, pero luego escuchó una respiración entrecortada que provenía de la oscuridad. Respiración humana y susurros.

Oyó cómo unas botas se deslizaban y chocaban contra la roca, más susurros, peticiones en voz baja de voces que no reconocía diciendo apúrate y guarda silencio, y…

Los músculos de Aelin se tensaron cuando una voz masculina siseó:

—Tenemos veinte minutos antes de que se vaya ese barco. Muévanse.

Conocía esa voz.

De todas maneras no estaba preparada para el completo impacto que le provocó ver a Chaol Westfall salir de la oscuridad al final del túnel, sosteniendo a un hombre desvanecido y demacrado junto con otro compañero y un hombre armado cuidándoles las espaldas.

Incluso a la distancia, la mirada del capitán se quedó fija en los ojos de Aelin.

No sonrió.

CAPÍTULO 7

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Había dos personas heridas en total. Una a la que cargaban entre Chaol y su compañero, y la otra, colgada entre dos hombres que Aelin no reconoció. En la retaguardia venían tres más, dos hombres y una mujer.

A la rebelde apenas le dedicaron una mirada. Una aliada.

Aelin los miró a los ojos mientras se apresuraban hacia ella con las armas desenvainadas. Todos estaban salpicados de sangre, sangre roja y la sangre negra que conocía tan bien. Y las dos personas casi inconscientes…

También recordaba ese aspecto emaciado y seco. Lo hundido de sus rostros. Ella había llegado demasiado tarde con los de Wendlyn. Pero de alguna manera Chaol y sus aliados habían logrado rescatar a este par. El estómago le dio un vuelco. Reconocimiento de los túneles, eso era lo que la joven a su lado estaba haciendo, exploraba la ruta con el fin de cerciorase de que fuera segura para el rescate.

Los guardias de la ciudad no estaban corrompidos por los Valg ordinarios, como había sugerido Arobynn.

No, había al menos un príncipe del Valg ahí, en estos túneles, si la oscuridad era una indicación. Mierda. Y Chaol había estado…

Chaol frenó su paso lo necesario para que un compañero se llevara al hombre herido. Luego continuó avanzando. Ya estaba a cinco metros de distancia. Cuatro. Tres. Le salía sangre de la comisura de la boca y tenía una herida en el labio inferior. Habían peleado para escapar…

—Explica —le dijo Aelin a la mujer a su lado.

—No me corresponde —respondió ella.

No se molestó en presionarla. No ahora que tenía a Chaol frente a ella, con sus ojos de bronce abiertos como platos al notar la sangre que Aelin traía en su propia ropa.

—¿Estás herida? —preguntó con voz ronca.

Aelin negó con la cabeza, en silencio. Dioses. Dioses. Sin esa capucha, ahora que podía ver sus rasgos… Estaba exactamente igual a como lo recordaba, ese rostro apuesto y tosco, su piel bronceada, tal vez un poco más delgado y sin afeitar, pero seguía siendo Chaol, el hombre que había llegado a amar, antes… antes de que todo cambiara.

Había pensado en decirle, en hacer, en sentir tantas cosas.

Chaol tenía una cicatriz delgada y blanca que bajaba por su mejilla. Ella se la había provocado. La noche que murió Nehemia, le hizo esa herida y trató de matarlo.

Lo habría matado… si Dorian no la hubiera detenido.

Incluso en aquel momento, le quedó claro que lo hecho por Chaol, a quién había elegido, había fracturado para siempre la relación entre ellos. Eso no lo podía olvidar, ni perdonar.

Su respuesta silenciosa pareció ser suficiente para el capitán. Miró a la mujer al lado de Aelin, su exploradora. Su exploradora, quien le reportaba a él. Como si fuera líder de todos ellos.

—El camino adelante está despejado. Permanezcan en los túneles del este —dijo ella.

Chaol asintió. Cuando llegaron los demás a su lado, dijo:

—Sigan avanzando. Los alcanzaré en un momento.

No hubo titubeo en su voz, tampoco suavidad. Como si hubiera hecho esto un centenar de veces.

Los rebeldes continuaron avanzando por los túneles sin decir palabra, echando miradas en dirección a Aelin al pasar a su lado. La única que permaneció fue la joven. Observando.

—Nesryn —dijo Chaol. El nombre por sí solo fue una orden.

Nesryn se quedó mirando a Aelin, analizándola, calculando.

Aelin le dedicó una sonrisa desganada.

—Faliq —gruñó Chaol, y la mujer deslizó sus ojos color medianoche hacia él. Si el apellido de Nesryn no manifestaba su ascendencia, sus ojos sí lo hacían: ligeramente levantados en las comisuras y tenuemente delineados con kohl. Revelaban que al menos uno de sus progenitores era del continente del sur. Era interesante que la mujer no intentara ocultarlo, que eligiera usar kohl inclusive durante una misión, a pesar de las políticas poco agradables de Rifthold hacia los inmigrantes. Chaol hizo un movimiento corto con la barbilla en dirección a los demás compañeros que ya desaparecían en la distancia.

—Ve a los muelles.

—Sería más seguro que uno de nosotros permaneciera aquí —respondió ella de nuevo, con esa voz firme y fría.

—Ayúdalos a llegar a los muelles y luego regresa rápidamente al distrito de artesanos. El comandante de tu guarnición se dará cuenta si llegas tarde.

Nesryn miró a Aelin de arriba abajo sin que sus rasgos serios mostraran cambio alguno.

—¿Cómo sabemos que ella no llegó aquí bajo sus órdenes?

Aelin sabía perfectamente bien a quién se refería. Le guiñó el ojo a la joven.

—Si hubiera venido aquí bajo las órdenes del rey, Nesryn Faliq, habrías muerto hace varios minutos.

No hubo un destello de diversión ni una señal de miedo. La mujer podría competir contra Rowan con esa frialdad.

—En la puesta del sol mañana —dijo Chaol con sequedad. La mujer se quedó mirándolo con los hombros tensos antes de dar la vuelta y encaminarse hacia el túnel. Se movía como el agua, pensó Aelin.

—Ve —le dijo Aelin a Chaol con un hilo de voz rasposa—. Deberías ir, ayudarlos.

O lo que sea que estuviera haciendo con ellos.

Chaol apretó la boca ensangrentada, la cual quedó convertida en una línea delgada.

—Lo haré. En un momento.

No la invitó a ir con ellos. Tal vez ella debería haberlo ofrecido.

—Regresaste —dijo él. Tenía el cabello más largo, más descuidado que hacía unos meses—. Esto, lo de Aedion, es una trampa…

—Sé sobre Aedion.

Dioses, ¿qué podía siquiera decir?

Chaol asintió, distante, y parpadeó.

—Te ves… diferente.

Ella se tocó el cabello rojizo con los dedos.

—Obviamente.

—No —dijo él dando un paso hacia ella, pero sólo uno—. Tu rostro. La manera en que te paras. Tú… —sacudió la cabeza y miró hacia la oscuridad de la que acababa de escapar—. Camina conmigo.

Ella lo hizo. Bueno, era algo más parecido a caminar-tan-rápido-como-pudieran-sin-correr. Alcanzaba a distinguir adelante los sonidos de los compañeros de Chaol que se apresuraban por los túneles.

Todas las palabras que le había querido decir revoloteaban en su cabeza, luchando por salir, pero las contuvo un momento más.

Te amo, eso es lo que él le dijo el día que ella se fue. Ella sólo dijo lo siento en respuesta.

—¿Una misión de rescate? —preguntó Aelin mirando hacia atrás. No se oía el mínimo murmullo de una persecución.

Chaol gruñó en confirmación.

—De nuevo están cazando y ejecutando a quienes solían tener magia. Los nuevos guardias del rey los traen a los túneles para mantenerlos aquí hasta que llega la hora de llevarlos a su ejecución. Les gusta la oscuridad a los guardias, parecen alimentarse con ella.

—¿Por qué no los mandan a las prisiones?

Esos sitios no carecían de oscuridad, ni siquiera para los Valg.

—Son demasiado públicas. Al menos considerando lo que les hacen antes de ejecutarlos.

Ella sintió que un escalofrío le recorría la espalda.

—¿Traen anillos negros?

Él asintió.

A ella casi se le detuvo el corazón.

—No me importa cuánta gente traigan a los túneles. No regreses a ellos.

Chaol ahogó una risa corta.

—No es una opción. Entramos porque somos los únicos que podemos hacerlo.

Los túneles del drenaje habían empezado a apestar a salitre. Según las cuentas de Aelin, por el número de esquinas que habían doblado, tenían que estarse acercando al Avery.

—Explícame.

—En realidad no se dan cuenta ni les interesa si hay humanos comunes presentes. Sólo les importa si hay gente con magia en su sangre. Incluso los portadores latentes —dijo y la miró de reojo—. Por eso envié a Ren al norte, para que saliera de la ciudad.

Ella casi se tropezó con una roca suelta.

—Ren… ¿Allsbrook?

Chaol asintió lentamente.

El piso se movió debajo de ella. Ren Allsbrook. Otro hijo de Terrasen. Todavía vivo. Vivo.

—Nos enteramos por la reacción que tuvieron los guardias al ver a Ren —dijo Chaol—. Entramos a un nido; de inmediato lo percibieron y voltearon la mirada hacia él. A Nesryn y a mí no nos hicieron ningún caso. Apenas logramos escapar. Al día siguiente envié a Ren a Terrasen, para organizar a los rebeldes de allá. No le encantó la idea, créeme.

Interesante. Interesante y completamente insólito.

—Esas cosas son demonios. Los Valg. Y ellos…

—Te drenan la vida, se alimentan de ti, hasta que hacen un espectáculo con tu ejecución.

—No es broma —respondió ella con severidad. Tenía pesadillas en las que recordaba las manos de esos príncipes del Valg sobre su cuerpo mientras se alimentaban de ella. Cada vez despertaba con un grito en los labios, buscando un guerrero hada que no estaba ahí para recordarle que lo habían logrado, que habían sobrevivido.

—Sé que no lo es —dijo Chaol. Sus ojos se movieron hacia el hombro de Aelin, donde se asomaba Goldryn—. ¿Espada nueva?

Ella asintió. Los separaba si acaso un metro, un metro y meses y meses de extrañarlo y odiarlo. Meses para arrastrarse afuera de ese abismo donde él la había arrojado. Pero ahora que estaba de regreso… Le costó muchísimo trabajo no pedirle perdón. No por la marca en su cara, sino por el hecho de que su corazón ya había sanado, aunque seguía fracturado en ciertas partes, pero había sanado y él… él ya no estaba ahí dentro. No como antes.

—Tú averiguaste quién soy —dijo ella consciente de la distancia que aún los separaba de sus compañeros.

—El día que te fuiste.

Aelin estudió la oscuridad detrás de ellos por un momento. Todo despejado.

Él no se acercó, no parecía tener ninguna intención de abrazarla o besarla o siquiera tocarla. Delante, los rebeldes dieron vuelta en un túnel más pequeño, uno que ella sabía los llevaría directamente a los muelles en ruinas de los barrios pobres.

—Me llevé a Ligera —dijo él después de un momento de silencio.

Ella intentó no hacer demasiado ruido al exhalar.

—¿Dónde está?

—A salvo. El padre de Nesryn es dueño de unas panaderías populares en Rifthold ...