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TERAPIA AMOROSA

Daniel Glattauer

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Fragmento

CAMINO Y HUELLA DE KIRCHNER
EN SANTA CRUZ

por Omar Pintos

No fue fácil recoger los testimonios para este libro. Nunca esperé que lo fuera. Quienes vivimos en Santa Cruz sabemos que en nuestra provincia existe una reticencia generalizada a decir en público lo que puertas adentro se opina acerca de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández. La hegemonía que el kirchnerismo mantiene en la sociedad santacruceña desde 1991 hasta la actualidad explica, al menos en parte, ese silencio colectivo que sólo se atreven a romper los opositores y algunos periodistas. Para registrar los testimonios tuve que recorrer en varias oportunidades los casi 800 kilómetros que separan a Río Gallegos de mi ciudad natal, Caleta Olivia. Muchos de estos viajes fueron en vano. A veces porque el entrevistado se arrepentía y a último momento decidía no hablar; otras, porque no se animaba a decir frente al grabador —ni siquiera ante una libreta— lo que me había comentado por teléfono o en la mesa de un café. Incluso los que se atrevieron a relatar su experiencia necesitaron algún tiempo, salvo excepciones, para soltarse y revelar gradualmente lo que sabían. Dos entrevistados pidieron que se reservara su identidad. También hubo quienes desde un principio me dejaron en claro que preferían guardar silencio y no tener nada que ver con este libro. Algunos de ellos se disculparon: el nombre del personaje en cuestión seguía siendo motivo de cierto recelo.

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Conocí personalmente a Néstor Kirchner en 1984, cuando recibí junto con otros vecinos de Caleta Olivia la invitación a participar de una reunión en el local que su estructura partidaria, el Ateneo Juan Domingo Perón, había montado en nuestra ciudad. La primera impresión que tuve de él, en ese local de la calle Lucio Mansilla, fue extraña. La fisonomía de Lupín, como llamaban a Néstor por su parecido físico con el personaje de una historieta de la época, no se correspondía con la imagen que uno tenía de los políticos, de aspecto sobrio y prolijo.

Demasiado alto y flaco, desgarbado, Néstor llamaba la atención por su apariencia desalineada. Ese día llevaba la campera marrón que lo acompañaría a lo largo del tiempo y unos mocasines gastados a tal punto que por momentos dejaban entrever uno de los dedos de sus pies. Hablaba poco. Casi nada en comparación con otros políticos. A diferencia de su esposa, la oratoria no era su fuerte, y él parecía ser consciente de esta falencia. Su lenguaje corporal, sin embargo, sus bromas y la forma de dirigirse a la gente demostraban claramente que el que tomaba las decisiones era él.

En aquellos meses de 1984, Néstor había renunciado recientemente a la Caja de Previsión Social de Santa Cruz como consecuencia de sus diferencias políticas con quien lo había nombrado en el cargo: el entonces gobernador Arturo Puricelli. La visita de Kirchner a Caleta Olivia tenía el propósito de construir poder para posicionarse en la interna del Partido Justicialista y postularse como candidato a gobernador. Néstor creía que para suceder al justicialista Puricelli le convenía armar su juego desde afuera del gobierno pero dentro del partido. Si bien al año siguiente de su salida de la Caja de Previsión Social perdería esas internas con Rafael Flores, y en 1987 debería conformarse con la candidatura a intendente de Río Gallegos, los vecinos de Caleta que asistimos a la reunión de su estructura partidaria en 1984 comprendimos que estábamos frente a un líder político que transmitía la convicción de que iba a llegar. Quizás por eso, o porque tenía un aura especial para transmitir su voluntad, se notaba que Néstor era un constructor de poder que se destacaba sobre el resto.

El mismo año en que perdió la candidatura del PJ a la gobernación, 1985, compró un departamento en Capital Federal. Por la desmesura de su ilusión, por la confianza en sí mismo o simplemente por subir la apuesta, cuando sus colaboradores más cercanos le preguntaron para qué lo había comprado, Néstor respondió: “Para cuando sea presidente”.

Durante poco más de un año lo acompañé en su proyecto electoral hasta que decidí hacer un paso al costado. Nunca me terminó de convencer su prédica y desde el comienzo hubo algo en su forma de hacer política que no me cerraba. Varias veces me he preguntado por qué algo en mi interior me decía en ese momento, antes de que él llegara al poder, que yo no debía estar más en su espacio político. Con el tiempo, cuando fue intendente y después gobernador, comprendí que muchas de sus actitudes con respecto al manejo del poder ya estaban latentes en ese político joven y ambicioso que conocí en 1984.

Como parte de su estrategia de construcción, Néstor ya sumaba seguidores provenientes de los sectores más diversos, metodología que iba a perfeccionar a partir de 1988 con la creación del Frente para la Victoria Santacruceña. También solía convocar en reiteradas ocasiones a quienes habían transitado su espacio y por una razón u otra se habían alejado. En ese sentido, se comportaba como un seductor profesional que sabía comerciar con el ego y las ambiciones de otros cuadros políticos y que conocía perfectamente el efecto de persuasión que ejercía sobre un militante de base el hecho de que un intendente o un gobernador, luego de llegar a ese cargo, lo mandara a llamar para plantearle que no se había olvidado de él, que lo necesitaba y quería que volviera a su lado. En 1994, cuando Néstor buscaba la reforma que le concediera la reelección indefinida como gobernador, me convocó junto con otros miembros de la agrupación Pedro Molina para contar con la sumatoria de voluntades que le permitiera modificar la Constitución de la provincia. Los argumentos que en esta ocasión yo tenía para rechazar su proyecto eran menos intuitivos que aquellos que en 1985 me habían llevado a bajarme de su estructura partidaria.

Después de perder la candidatura a gobernador con Rafael Flores, hasta entonces su principal socio político, Néstor pactó con Puricelli, todavía gobernador en ejercicio y con quien había decidido romper hacía apenas un año cuando renunció a su cargo en la Caja de Previsión Social. El acuerdo con Puricelli establecía que en las elecciones de 1987 Kirchner sería candidato a intendente de Río Gallegos y Ricardo Jaime del Val, a gobernador de la provincia. El objetivo de Lupín, además de posicionarse en un espacio de poder como la intendencia de la capital santacruceña, era cerrarle el camino a Flores y evitar así que su antiguo aliado, que lo había derrotado en la interna peronista, se adueñara del escenario político de Santa Cruz. En 1987, Kirchner ganó la intendencia y Del Val la gobernación. Si bien contaba con el respaldo del gobernador en ejercicio, Néstor se impuso en esas elecciones por un escaso margen de 110 votos. La circunstancia de ese triunfo ajustado no le impidió promover, dos años después de haber ganado la intendencia con el apoyo de Puricelli, la destitución del gobernador Del Val a través de dos piezas clave que operaron a su favor en el Poder Legislativo: los diputados provinciales Cristina Fernández de Kirchner —como a ella le gustaba que la llamaran— y Eduardo Ariel Arnold. Al cabo del juicio político, Del Val fue destituido en 1990 por incumplimiento de los deberes de funcionario público a raíz de una obra hidráulica realizada en una de sus propiedades, en el campo, con recursos provinciales. Al año siguiente, fortalecido por una estructura partidaria más amplia, por los recursos electorales que le proporcionaba la intendencia de Gallegos y sobre todo por la alianza con el Movimiento Renovador Peronista (MRP) que lideraba su nuevamente aliado Flores, Kirchner le ganó a Puricelli la elección que en diciembre de 1991 le permitió asumir por primera vez la gobernación de Santa Cruz. Arnold, hombre del MRP y punta de lanza en la maniobra destituyente, fue su compañero de fórmula.

Como gobernador, Néstor le dio a su gestión la impronta personalista que ya había mostrado en la intendencia. Incluso la acentuó. Algunos de sus colaboradores cercanos reconocían en privado que todas las decisiones pasaban por él. No solía hacer reuniones de gabinete y en muchos casos tomaba medidas sin consultar al responsable del área en cuestión. Una de sus prácticas habituales consistía en fomentar internas entre sus ministros, que se esmeraban y competían por darle muestras de lealtad. Si se generaba un conflicto entre dos miembros de su gabinete, Néstor les hablaba por separado, les daba la razón a ambos y cuando la disputa pasaba a mayores, los reunía y los disciplinaba a voz en cuello, la mayoría de las veces con insultos.

El mismo estilo personalista que lo llevó a conocer cada resorte de la Casa de Gobierno lo retenía en su despacho hasta altas horas de la noche para recibir a los ciudadanos de a pie que querían manifestarle alguna inquietud al gobernador. Los escuchaba y tomaba nota de sus pedidos. Y cuando empeñaba su palabra, la respetaba. Vecinos de distintas localidades de la provincia dan fe de que Néstor les hizo un favor personal, les consiguió trabajo en el Estado para algún familiar o les cumplió una promesa.

En el trato personal era simpático, por momentos incluso campechano, y le gustaba el roce con la gente. Una palmada en la cara, en el pecho o en la espalda era su forma de transmitir afecto. Se demoraba en la calle para hablar con los vecinos y tenía una memoria privilegiada que le permitía estar al tanto de sus asuntos particulares. Hacía bromas, era chicanero y solía causar una impresión agradable en aquellos que no pertenecían al ambiente de la política.

Sobre la relación con sus colaboradores, en cambio, varios testimonios dan cuenta del maltrato que a veces Néstor infligía a ministros, intendentes y otros funcionarios de su entorno, quienes soportaban con resignación la violencia verbal, en algunos casos un cachetazo y hasta una trompada, de ese dirigente que en sus días de furia parecía comportarse como un amo en vez de un líder político. En dos ocasiones me tocó presenciar vejaciones que, según varias fuentes, no fueron las peores que propinó. La primera ocurrió durante una reunión política en la localidad de Los Antiguos, en el noroeste de Santa Cruz, en la que además del gobernador Kirchner estaban su secretario Valerio Martínez, el entonces ministro de Economía y Obras Públicas Julio De Vido, un ex diputado nacional y dos compañeros de la agrupación Pedro Molina. De pronto Néstor interrumpió la charla y le pidió a su secretario que le trajera una botella de agua. Como Martínez no lo escuchó y seguía conversando, Kirchner se levantó enfurecido de su asiento y con tono amenazante le soltó: “¿Vos sos pelotudo o te hacés? ¿No escuchaste que te pedí una botella de agua?”. El exabrupto generó un silencio incómodo del que nadie sabía cómo salir. Más que la frase en sí misma, lo que me asombró fue la agresividad con la que la dijo. Lo miré a De Vido, que prefirió hacerse el distraído y desvió la mirada. Martínez, sonrojado y visiblemente mortificado, salió corriendo a buscar la botella. Nadie se atrevió a decir una palabra al respecto. Finalmente, la reunión continuó pero en un clima enrarecido.

La otra escena de furia que presencié fue en 1994, cuando Kirchner buscaba la reelección indefinida. Había realizado una consulta popular, vinculante y obligatoria, y el electorado de Caleta Olivia le había asestado un NO rotundo. Con la urgencia de revertir esa negativa, Néstor mandó en calidad de emisario al entonces subsecretario de Trabajo provincial Daniel Peralta —actual gobernador de Santa Cruz— para convocar a sus militantes y otras agrupaciones de Caleta (entre ellas la que yo integraba) a una reunión del Frente para la Victoria Santacruceña en la capital de la provincia. Apenas llegamos a ese encuentro en Río Gallegos nos dimos cuenta de que el ambiente estaba muy caldeado. Es lógico que luego de una derrota electoral se repartan críticas y reproches, pero nunca vi a un dirigente humillar a sus propios militantes de la forma en que Néstor humilló a los suyos en esa reunión. Algunos salieron de ahí con los ojos vidriosos. Fue una denigración absoluta de la militancia.

Estos dos casos a los que asistí, menores en comparación con los que presenciaron otros testigos, revelan una de las contradicciones de Kirchner, que si por un lado se permitía maltratar a su tropa, por otro lado estaba atento a cada detalle y cuando un militante faltaba sin aviso a alguna reunión era capaz de ir hasta su casa para confirmar personalmente que ese militante se encontrara bien o para ayudarlo en caso de que tuviera algún problema.

Las contradicciones de Néstor se fueron acentuando, o volviendo más visibles, a medida que acumulaba poder. Tras haber impulsado la destitución de Del Val por incumplimiento de los deberes de funcionario público, cuando accedió a la gobernación empezó a mostrar cada vez con menor disimulo su avidez por apropiarse de la obra pública, una caja caudalosa que ningún organismo controlaba ni controla, y gradualmente fue cooptando las empresas constructoras de Santa Cruz hasta que en 2003, ya electo presidente de la Nación, logró concentrar casi la totalidad de la obra provincial en Austral Construcciones, la empresa recientemente creada por su colaborador y amigo personal Lázaro Báez.

Basado en la bonanza económica que las privatizaciones produjeron en su primera etapa como gobernador, y a través del entonces ministro de Economía y Obras Públicas, De Vido, y del entonces titular de Vialidad Provincial —hoy titular de Vialidad Nacional—, Nelson Periotti, Kirchner promovió a lo largo de sus tres mandatos la firma de numerosos contratos con sobreprecios escandalosos. Algunos tan absurdos como pagar más caro el kilómetro de ruta llano que el de alta montaña. A pesar de que la evidencia aportada era irrefutable, no prosperó ninguna de las demandas que la oposición presentó al respecto en la Justicia provincial.

El caso más emblemático de la presión que el kirchnerismo ejerció sobre fiscales y jueces de Santa Cruz, tanto federales como provinciales, es el del procurador Eduardo Sosa, apartado de su cargo en 1995 por investigar el destino de fondos públicos sobre los cuales el gobierno kirchnerista nunca dio explicaciones. Aunque la Corte Suprema dictaminó que Sosa debía ser restituido, Néstor nunca acató el fallo y lo reemplazó por Claudio Espinoza, uno de sus incondicionales. Este caso, que tuvo trascendencia en los medios nacionales, es una entre tantas manipulaciones a las que Kirchner recurrió para moldear una Justicia obediente. Aparte de nombrar jueces afines, en 1999 designó a Carlos Zannini, que no contaba con ninguna trayectoria en el Poder Judicial, como presidente del Tribunal Superior de Justicia de Santa Cruz. Secretario de Gobierno Municipal en Gallegos en 1987 y ministro de Gobierno provincial en 1991, “el Chino” Zannini era su asesor legal y uno de los hombres de mayor confianza desde los tiempos de la intendencia. Cuando la oposición o el periodismo hacían algún cuestionamiento, Kirchner salía a denunciar conspiraciones y maniobras destituyentes.

Durante la gobernación, Néstor perfeccionó la red de intrigas políticas que había comenzado a tejer desde la intendencia para intentar convertir al PJ provincial en un apéndice del Frente para la Victoria Santacruceña. Este objetivo, en una provincia donde históricamente predominó el peronismo, no respondía a las veleidades de un trasnochado sino a la ambición obsesiva de un hombre que, según comentaba su entorno, dedicaba las 24 horas del día a la política. Controlar el PJ era una jugada más en su estrategia para contener, o neutralizar, a los cuadros políticos emergentes que pudieran discutirle el poder.

Otra de las maniobras para evitar que algún rival de peso asomara en su horizonte consistía en incorporar a los adversarios más importantes, antiguos o nuevos, a su estructura política y otorgarles un cargo en la función pública. Roberto López, el candidato radical al que derrotó en las municipales de 1987 y actualmente designado en la Lotería Nacional; Arnold, el diputado del influyente MRP al que llevó como vicegobernador en su primer mandato; y Javier de Urquiza, un ganadero radical al que nombró presidente del Consejo Agrario provincial, son apenas algunos ejemplos.

Concebido durante sus primeros años en la intendencia, cuando Puricelli y Flores aún le disputaban la interna justicialista, el Frente para la Victoria Santacruceña fue el resultado de una política que consistía en la sumatoria de diversos sectores y en la que Kirchner incluyó, además de peronistas, a radicales, intransigentes, desarrollistas y agrupaciones de izquierda con el fin de crear una plataforma electoral propia. Este rótulo también permitía que se sintieran más cómodos aquellos que no provenían del peronismo, como ocurriría años más tarde con varias familias de origen radical que pasaron de la UCR al FpVS cuando Néstor, ya gobernador, decidió estatizar y condonarles la deuda que tenían con el banco de la provincia, que acababa de ser privatizado y rebautizado con el nombre Banco Santa Cruz.

Con su armado transversal construido meticulosamente y cada vez más aceitado, al promediar la década del 90 Néstor se enfrentó con un obstáculo fundamental para sus intenciones políticas: su mandato concluía en 1995 y la Constitución de Santa Cruz no contemplaba la figura de la reelección para el cargo de gobernador. Luego de una consulta popular y varias tentativas infructuosas, finalmente consiguió el respaldo de diversos sectores para llevar a cabo la reforma constituyente que en 1994 le permitió la reelección indefinida. También logró imponer la Ley de Lemas y la figura de diputado por municipio, con lo cual llegó a contar con veintidós diputados sobre un total de veinticuatro en la Cámara de Diputados provincial, mayoría que se mantiene hasta el día de hoy. El discurso acerca del respeto a las minorías que invocaba en los tiempos de la intendencia había sido reemplazado por la promesa y el anuncio sistemático de obras públicas.

Cuando algún referente opositor o un periodista señalaban que esas obras no estaban destinadas a modificar las deficiencias estructurales de la provincia en materia de salud, educación, vivienda y recursos básicos como el agua potable, la respuesta de Néstor y sus funcionarios era la misma que esgrimían ante las denuncias por el pago de sobreprecios: acusaban a la oposición y al periodismo de formar parte de una conspiración y promover la desestabilización del gobierno.

Ni siquiera quienes gozaban de su cariño y respeto, como Emilio García Pacheco, que había sido su profesor en la escuela secundaria, tenían margen para criticarlo públicamente sin recibir algún tipo de amonestación. García Pacheco escribía una columna en el diario La Opinión Austral, de Río Gallegos, y firmaba con el seudónimo Diputado 25. Todavía recuerdo su malest ...