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UN REGALO DE MI GRAN AMOR

Stephanie Perkins

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Fragmento

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31 de diciembre de 2014, casi a medianoche

Hacía frío en el patio, debajo de la terraza. Estaba gélido. Oscuro.

Oscuro porque Mags estaba afuera, a medianoche, y oscuro porque estaba oculta en las sombras.

Era el último lugar donde irían a buscarla —quienquiera que fuera—, sobre todo Noel. Se iba a perder toda la parte emocionante de la noche. Gracias a Dios.

A Mags se le debería haber ocurrido hace años.

Se apoyó contra un muro de la casa de Alicia y empezó a comerse la botana que había sacado de la fiesta. (La mamá de Alicia hacía la mejor botana de frutos secos.) Mags alcanzaba a escuchar la música que tocaban adentro, y un instante después ya no, lo cual era una buena señal. Quería decir que estaba por empezar la cuenta regresiva.

—¡Diez! —escuchó a alguien gritar.

—¡Nueve! —se unieron más personas.

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—¡Ocho!

Mags se iba a perder toda la celebración.

Perfecto.

31 de diciembre de 2011, casi a medianoche

-¿Eso tiene nueces? —preguntó el chico.

Mags detuvo la mano con la que sostenía una galleta salada untada generosamente con pesto y queso crema frente a su boca.

—Creo que tiene piñones… —dijo, haciendo bizcos para mirarla.

—¿Los piñones son nueces de árbol?

—No tengo la menor idea —respondió Mags—. No creo que los piñones crezcan en los pinos, ¿o sí?

El chico encogió los hombros. Tenía el pelo castaño y despeinado y unos ojos azules muy abiertos. Llevaba puesta una playera de Pokémon.

—No soy muy experta que digamos en frutos secos —añadió Mags.

—Yo tampoco —admitió él—. Aunque se esperaría que sí lo fuera: si por accidente me llegara a comer uno, podría matarme. Si hubiera algo por ahí que pudiera matarte, ¿no tratarías de hacerte experta en eso?

—No sé… —Mags se metió la galleta salada en la boca y comenzó a masticarla—. No sé gran cosa sobre el cáncer ni sobre accidentes de coche.

—Sí… —dijo el chico, mirando con tristeza la mesa del bufet. Era muy delgado. Y pálido—. Lo que pasa es que los frutos secos tienen algo en mi contra, específicamente; es personal. Son más bien asesinos, no sólo un peligro potencial.

—¡No inventes! —comentó Mags—, ¿pues qué les hiciste?

El chico se rio.

—Comérmelos, supongo.

La música, que había estado sonando muy fuerte, se detuvo.

—¡Ya casi es medianoche! —gritó alguien.

Los dos miraron alrededor. Alicia, amiga del salón de Mags, estaba parada en el sofá. Era la fiesta de Alicia, la primera fiesta de Año Nuevo a la que habían invitado a Mags, a sus quince años.

—¡Nueve! —gritó Alicia.

—¡Ocho! —había alrededor de doce personas en el sótano, y todas ellas estaban gritando.

—¡Siete!

—Soy Noel —dijo el chico, dándole la mano.

Mags se sacudió el pesto y el resto de las nueces que le quedaban en la mano y le estrechó la suya.

—Mags.

—¡Cuatro!

—¡Tres!

—Mucho gusto, Mags.

—Igualmente, Noel. Te felicito por haber logrado esquivar las nueces un año más.

—Casi me engañan con ese pesto.

—Sí —asintió ella—. Estuvo cerca.

31 de diciembre de 2012, casi a medianoche

Noel se dejó caer contra la pared y se deslizó hacia abajo para quedar al lado de Mags y después golpeó ligeramente su hombro contra el de ella. Sopló un espantasuegras en su dirección.

—Hey.

—Hey —le sonrió ella. Noel vestía una chamarra a cuadros y llevaba desabrochado el cuello de su camisa blanca. Era de tez pálida y se sonrojaba fácilmente. En ese momento tenía el rostro encendido desde la parte alta de la frente hasta el segundo botón de la camisa.

—Eres una máquina de bailar —le dijo ella.

—Me gusta bailar, Mags.

—Sí, sé que te gusta.

—Y no tengo muchas oportunidades.

Ella levantó una ceja.

—Me gusta bailar en público —aclaró Noel—. Con otras personas. Es una experiencia comunitaria.

—Te guardé la corbata —comentó ella, ofreciéndole una de seda roja. Él estaba bailando encima de la mesa de centro cuando se la aventó.

—Gracias —le respondió. Tomó la corbata y se la colgó alrededor del cuello—. La cachaste bien…, aunque en realidad quería hacerte salir a la pista de baile.

—Ésa era una mesa de centro, Noel.

—Había espacio para los dos, Margaret.

Mags arrugó la nariz considerándolo.

—No estoy de acuerdo.

—Siempre hay espacio conmigo para ti, en todas las mesas de centro —afirmó él—. Porque eres mi mejor amiga.

—Pony es tu mejor amigo.

Noel se pasó los dedos por el pelo. Lo tenía sudado y ensortijado, y le llegaba por debajo de las orejas.

—Pony también es mi mejor amigo. Y también Frankie. Y Connor.

—Y tu mamá —agregó Mags.

Noel le dirigió una de sus sonrisitas.

—Pero especialmente tú. Es nuestro aniversario. No puedo creer que no hayas querido bailar conmigo en nuestro aniversario.

—No sé de qué hablas —le respondió Mags. (Claro que sabía de lo que estaba hablando.)

—Sucedió allá precisamente —señaló Noel hacia la mesa del bufet donde la mamá de Alicia siempre ponía las botanas—. Me estaba dando una reacción alérgica y tú me salvaste la vida. Me clavaste un autoinyector de epinefrina en el corazón.

—Comí un poco de pesto —objetó Mags.

—Fue un acto heroico —añadió Noel.

De repente, ella se irguió en la silla.

—No comiste nada de ensalada de pollo en la cena, ¿verdad? Tenía almendras.

—Y me sigues salvando la vida —confirmó.

—¿Sí te la comiste?

—No. Pero comí un poco de coctel de frutas. Creo que le pusieron fresas: tengo una sensación de hormigueo en toda la boca.

Mags lo miró entrecerrando los ojos.

—¿Estás bien?

Se veía bien. Se veía sonrojado. Y sudoroso. Se veía como si sus dientes fueran demasiado grandes para su boca y su boca demasiado grande para su cara.

—Estoy bien —respondió—. Yo te aviso si se me hincha la lengua.

—No, mejor no me cuentes de tus vulgares reacciones alérgicas —objetó ella.

Noel movió las cejas de arriba abajo.

—Deberías de ver lo que me pasa cuando como mariscos. Mags torció los ojos y trató de no reírse. Luego de un instante volteó a verlo de nuevo.

—Espera, ¿qué te pasa cuando comes mariscos?

Él movió la mano de un lado a otro frente a su pecho, sin mucho entusiasmo.

—Me salen ronchas.

Ella frunció el ceño.

—¿Cómo has logrado sobrevivir hasta ahora?

—Gracias a los esfuerzos de los héroes de todos los días, como tú.

—Tampoco vayas a comer de la ensalada rosa —le advirtió—. Es de camarón.

Noel le puso la corbata roja alrededor del cuello con un movimiento rápido y le ofreció una sonrisa, diferente a su típica sonrisita.

—Gracias.

—Gracias a ti —le respondió ella, tirando de los extremos de la corbata para emparejarlos y bajando la mirada hacia ellos—. Combina con mi suéter —Mags vestía un enorme suéter, como blusón, con un diseño escandinavo de miles de colores.

—Todo combina con tu suéter —le dijo—. Pareces un huevo de Pascua con adornos navideños.

—Me siento como si fuera un muppet, así, de lo más vistoso —agregó—. Uno de los afelpados.

—Me gusta —afirmó Noel—. Es un festín para los sentidos.

Mags no estaba segura de si se estaba burlando de ella, así que mejor cambió de tema.

—¿A dónde fue Pony?

—Hacia allá —Noel señaló hacia el otro lado del cuarto—. Quería ubicarse en el lugar idóneo para quedar discretamente cerca de Simini cuando dieran las doce.

—¿Para poder besarla?

—Claro —respondió Noel—. En la boca, si todo sale bien.

—¡Qué repugnante! —declaró Mags, jugueteando con los extremos de la corbata de Noel.

—¿Besarse?

—No… besarse está bien —sintió que se ruborizaba. Afortunadamente ella no era tan pálida como Noel, no se le iba a notar por toda la cara y el cuello cómo se sonrojaba—. Lo que me repugna es que use la fiesta de Año Nuevo como pretexto para besar a otra persona que a lo mejor no quiere besarlo, o sea, que sea una trampa.

—Tal vez Simini sí quiera besar a Pony.

—O tal vez vaya a ser algo de veras incómodo —sugirió Mags—. Y lo hará de todas formas porque siente que tiene que hacerlo.

—No la va a atacar —protestó Noel—. Va a poner “mirada sugerente”.

—¿Sugerente?

Noel giró de golpe la cabeza hacia Mags y la miró a los ojos. Levantó las cejas con un gesto esperanzado y su mirada se volvió tierna, llena de posibilidades. Definitivamente era una cara de “Hey, ¿está bien si te beso?”.

—¡Oh! —dijo Mags—. Te sale muy bien.

Noel volvió en sí… y puso cara de “Obvio”.

—Claro que me sale bien. Ya he besado a chicas.

—Ah, ¿sí? ¿Ya lo has hecho? —le preguntó Mags. Sabía que Noel platicaba con las chicas, pero nunca había oído que tuviera novia. Ella se habría enterado; estaba entre los cuatro o cinco mejores amigos de Noel.

—Bah —respondió—. Tres chicas. Ocho momentos distintos. Creo que sé cómo hacer una “mirada sugerente”.

Ésos eran considerablemente más besos de los que Mags había conseguido a sus dieciséis años.

Echó otro vistazo hacia donde se encontraba Pony. Estaba parado cerca de la televisión, examinando su teléfono. Simini estaba a unos cuantos pasos de él y platicaba con sus amigos.

—De todas formas —insistió Mags— parece un engaño.

—¿Cómo puede ser un engaño? —preguntó Noel, siguiendo su mirada—. Ninguno de ellos está involucrado en una relación con alguien más.

—No hablo de ese tipo de engaño —aclaró Mags—. Más bien… de cuando te saltas pasos. Si alguien te gusta, deberías hacer un esfuerzo. Deberías llegar a conocer a la persona: deberías ganarte ese primer beso.

—Pony y Simini ya se conocen.

—Cierto —concedió—, pero nunca han salido juntos. ¿Alguna vez Simini le ha dado siquiera alguna señal de que está interesada?

—A veces las personas necesitan ayuda —afirmó Noel—. O sea…, mira a Pony.

Mags lo miró. Llevaba puestos unos jeans negros y una camiseta negra también. Ahora tenía un corte de pelo mohicano que le había crecido a medias, pero cuando estaba en secundaria lo traía recogido en una coleta, como la de un poni, por eso todo el mundo lo seguía llamando así. Por lo general, Pony era ruidoso y divertido, y a veces ruidoso y detestable. Se la pasaba dibujando sobre su brazo con una pluma.

—Ese tipo no tiene ni idea de cómo decirle a una chica que le gusta —aseguró Noel—. Ni la más remota idea… Ahora, mira a Simini.

Mags la miró. Simini era pequeña y tierna, y tan tímida que ni siquiera consideraba salir de su caparazón. Si uno quería hablar con Simini, tenía que trepar y meterse a ese caparazón.

—No todos tienen nuestras dotes sociales —dijo Noel, suspirando e invadiendo el espacio de Mags para hacer un gesto en dirección de Pony y Simini—. No todos saben cómo conseguir las cosas que quieren. A lo mejor la medianoche es exactamente lo que esos dos necesitan para darse valor. ¿Se lo reprocharías?

Mags volteó a ver a Noel. La cara de él estaba justo encima de su hombro. Olía a algo tibio, y a algún tipo de espray para el cuerpo de la tienda Walgreens.

—Estás siendo un poco melodramático.

—Los asuntos de vida o muerte hacen que me salga esta faceta.

—¿Como bailar sobre mesas de centro?

—No, como las fresas —explicó sacando la lengua y tratando de hablar al mismo tiempo—. ¿“Ze” ve ”hintchada”?

Mags intentaba revisar con cuidado la lengua de Noel cuando la música se detuvo.

—¡Ya casi es medianoche! —gritó Alicia, que estaba parada cerca de la televisión. Comenzaba la cuenta regresiva en Times Square. Mags vio a Pony levantar la mirada de su teléfono y poco a poco acercarse a Simini.

—¡Nueve! —gritaron todos en el cuarto.

—¡Ocho!

—Tu lengua se ve bien —dijo Mags, regresando la mirada a Noel.

Él metió la lengua de vuelta a la boca y sonrió.

Mags levantó las cejas. Apenas se dio cuenta de que lo estaba haciendo.

—Feliz aniversario, Noel.

La mirada de Noel se enterneció. Al menos eso fue lo que ella pensó.

—Feliz aniversario, Mags.

—¡Cuatro!

Y entonces Natalie corrió hacia ellos, se deslizó por la pared para quedar junto a Noel y le agarró el hombro.

Natalie era amiga de los dos pero no era parte de los mejores amigos. Tenía el pelo castaño acaramelado y siempre traía puestas blusas de franela con un escote muy pronunciado que hacía lucir sus pechos.

—¡Feliz Año Nuevo! —les gritó.

—Todavía no —dijo Mags.

—¡Uno! —gritaron todos los demás.

—¡Feliz Año Nuevo! —le dijo Noel a Natalie.

Entonces Natalie se inclinó hacia él, él se inclinó hacia ella, y se besaron.

31 de diciembre de 2013, casi a medianoche

Noel estaba parado en el descansabrazos del sofá con las manos extendidas hacia Mags.

Mags pasó de largo frente a él, negando con la cabeza.

—¡Anda! ¡No seas así! —gritó más fuerte de lo que sonaba la música.

Ella dijo no con la cabeza y puso los ojos en blanco.

—¡Es nuestra última oportunidad de bailar juntos! —le dijo—. ¡Es nuestro último año de preparatoria!

—Nos quedan meses para bailar —afirmó Mags al detenerse frente a la mesa de la comida para tomar un miniquiche.

Noel descendió y caminó por el sofá, dio un paso para subirse a la mesa de centro y luego estiró su larga pierna lo más que pudo para alcanzar el pequeño sillón, al lado de Mags.

—Está sonando nuestra canción —le dijo.

—Está sonando “Baby Got Back” —aclaró Mags.

Noel le puso una sonrisita.

—Nada más por eso nunca voy a bailar contigo.

—De todas formas nunca bailas conmigo.

—Todo lo demás lo hago contigo —se quejó Mags. Era cierto. Estudiaba con Noel. Almorzaba con Noel. Pasaba por Noel de camino a la escuela—. Hasta te acompaño a cortarte el pelo.

Él se tocó el pelo de la nuca. Era castaño y espeso, y sus rizos sueltos le llegaban al cuello.

—Mags, cuando tú no me acompañas, me lo dejan muy corto.

—No me estoy quejando —aclaró ella—. Simplemente no bailaré las canciones que siguen.

—¿Qué estás comiendo?

Mags bajó la mirada hacia la charola.

—Es un tipo de quiche, creo.

—¿Puedo?

Ella se metió otro en la boca rápidamente y lo masticó de un lado a otro. No sabía a frutos secos ni a fresas ni a kiwi ni a ningún marisco.

—Creo que sí —le respondió. Sostuvo un quiche enfrente de él, y Noel se inclinó y lo tomó con la boca directamente de sus dedos. De pie en el sillón, medía más de dos metros. Traía puesto un ridículo traje blanco. De tres piezas. En serio, ¿dónde podía uno encontrar un traje blanco de tres piezas?

—Mmmuy… bueno —declaró—. Gracias —estiró el brazo para alcanzar la coca de Mags y ella dejó que la tomara. De pronto la alejó de su boca con un movimiento brusco y ladeó la cabeza—. Margaret. Está sonando nuestra canción.

Mags la escuchó.

—¿Es la canción de Ke$ha?

—Baila conmigo. Es nuestro aniversario.

—No me gusta bailar con un montón de gente.

—¡Pero ésa es la mejor manera de bailar! ¡Bailar es una experiencia comunitaria!

—Para ti —le dijo Mags, dándole un empujón a su muslo. Él se tambaleó, pero no se cayó—. Somos personas distintas.

—Lo sé —dijo Noel con un suspiro—. Tú sí puedes comer nueces. Cómete uno de esos brownies por mí… y déjame verte.

Mags miró el bufet y señaló un plato de brownies con nuez.

—¿Éstos?

—Sí —respondió Noel.

Ella tomó uno y le dio un mordisco. Algunas migajas cayeron sobre su vestido de flores y se las sacudió.

—¿Está bueno? —le preguntó.

—Muy bueno —le respondió—. De buena consistencia. No está seco —y le dio otra mordida.

—Qué injusto —opinó Noel, sosteniéndose del respaldo del sillón mientras se inclinaba todavía más hacia delante—. Déjame ver.

Mags abrió la boca y sacó la lengua.

—Muy injusto —repitió Noel—. Se ve delicioso.

Ella cerró la boca y asintió con la cabeza.

—Acábate tu delicioso brownie y baila conmigo —le dijo.

—El mundo entero está bailando contigo —respondió Mags—. Déjame en paz.

De pronto agarró otro quiche y otro brownie, y le dio la espalda a Noel.

No había muchos lugares dónde sentarse en el sótano de Alicia, por eso Mags normalmente terminaba sentada en el piso (y tal vez por eso Noel normalmente terminaba arriba de la mesa de centro). Pony se había adueñado del puf al lado del bar, en la esquina, y Simini estaba sentada en sus piernas. Simini le sonrió a Mags y ella le devolvió la sonrisa y la saludó con la mano.

No había ningún tipo de bebida alcohólica en el bar. Los padres de Alicia las guardaban cada vez que ella hacía una fiesta.

Todos los taburetes del bar estaban ocupados, así que Mags tomó la mano de alguien para impulsarse y se sentó ahí mismo, sobre el mueble del bar.

Veía bailar a Noel. (Con Natalie. Luego con Alicia y Connor. Y luego él solito, con los brazos levantados sobre la cabeza.)

Veía bailar a todo el mundo.

Siempre hacían las fiestas en ese sótano. Después de los partidos de futbol americano y después de los bailes. Hace dos años, Mags no conocía bien a nadie en aquella habitación, excepto a Alicia. Ahora cada persona que estaba ahí era un buen amigo, o un cuate, o alguien a quien conocía lo suficiente como para mantener su distancia… O era Noel.

Mags acabó de comer su brownie y vio saltar a Noel por todos lados.

Noel era en verdad su mejor amigo, aunque ella no lo fuera para él. Noel era su persona especial.

Era la primera persona con quien hablaba en la mañana y la última persona a quien le enviaba mensajes de texto en la noche. No de manera intencional o metódica, simplemente así era entre ellos. Si no le contaba algo a Noel, era casi como si no hubiera pasado.

Se habían vuelto muy unidos desde que compartieron una clase de periodismo durante el último semestre de su segundo año de preparatoria. (Ese día deberían celebrar su “amigoversario”, no en la fiesta de Año Nuevo.) Y luego se inscribieron juntos a clases de fotografía y de tenis.

Eran tan unidos que el año pasado Mags fue con Noel a la fiesta de graduación, a pesar de que él ya tenía con quién ir.

—Obviamente vendrás con nosotros —dijo Noel aquel día.

—¿Amy está de acuerdo?

—Amy sabe que tú y yo somos parte del mismo paquete. Seguramente ni siquiera le gustaría si no estuviera parado justo a tu lado.

(Noel y Amy nunca volvieron a salir en pareja después de la fiesta de graduación.

Pero no habían estado juntos tanto tiempo como para tener que romper.)

Mags estaba considerando tomar otro brownie cuando de pronto alguien detuvo la música, y alguien más prendió y apagó las luces.

—¡Ya casi es medianoche! —gritó Alice mientras pasaba corriendo frente al bar.

—¡Diez! —anunció Pony en voz alta unos cuantos segundos después.

Mags echó un vistazo por el sótano hasta que localizó de nuevo a Noel, parado en el sofá. Él ya la estaba mirando. Dio un paso y se subió a la mesa de centro viendo hacia ella y le sonrió, como un lobo. Todas las sonrisas de Noel eran un poquito lobunas: se le veían muchos dientes. Mags tomó aire y dejó salir una trémula bocanada. (Noel era su persona especial).

—¡Ocho! —gritaron todos en el cuarto.

Noel la llamó hacia él con la mano.

Mags levantó una ceja.

Él la volvió a llamar con la mano y le hizo una cara de “Anda, no seas así, Mags”.

—¡Cuatro!

En ese momento Frankie se subió a la mesa de centro para quedar junto a Noel y le pasó el brazo alrededor de los hombros.

—¡Tres!

Noel giró el cuerpo para quedar de frente a Frankie y le sonrió de oreja a oreja.

—¡Dos!

Frankie levantó ambas cejas.

—¡Uno!

Frankie se estiró para alcanzar a Noel. Y Noel se inclinó para encontrar a Frankie.

Y se besaron.

31 de diciembre de 2014, alrededor de las 9 p.m.

En estas vacaciones de invierno, Mags aún no había visto a Noel. Toda la familia se había ido a Walt Disney World a pasar Navidad.

“Estamos a veintiséis grados”, le escribió en un mensaje, “y llevo 72 horas seguidas sin quitarme las orejas de Mickey”.

Mags no había visto a Noel desde agosto, el día en que fue a su casa por la mañana para despedirse de él, antes de que saliera con su papá, que lo iba a llevar en su auto a Notre Dame.

Noel no regresó a su casa para pasar el Día de Acción de Gracias; los boletos de avión estaban muy caros.

Ella había visto las fotos que publicaba de otras personas en la red. (Gente de su residencia de estudiantes. Gente en fiestas. Chicas.) Ambos se habían enviado mensajes de texto. Se habían enviado muchos mensajes de texto. Pero Mags no lo había visto desde agosto, no había escuchado su voz desde entonces.

A decir verdad, no la recordaba. No recordaba haber pensado antes en la voz de Noel; si era grave y resonante, o aguda y complaciente. No se podía acordar de cómo sonaba su voz, ni de cómo se veía cuando estaba quieto. Sólo podía ver su cara en las docenas de fotos que todavía tenía guardadas en su teléfono.

“Vas a ir a casa de Alicia, ¿no?”, le había escrito el día anterior en un mensaje. Estaba en algún aeropuerto, de camino a su casa.

“¿A dónde más voy a ir?”, escribió Mags en su mensaje de respuesta.

“Excelente.”

Mags llegó temprano a casa de Alicia y le ayudó a hacer la limpieza general del sótano; luego ayudó a su mamá a ponerle el glaseado a los brownies. Alicia estaba de visita en su casa, venía de una universidad en Dakota del Sur y ahora tenía un tatuaje de un ave en la espalda.

Mags no tenía ningún tatuaje nuevo. No había cambiado para nada. Ni siquiera había salido de Omaha: había obtenido una beca para estudiar diseño industrial en una de las escuelas de la ciudad. Una beca completa. Habría sido una estupidez irse a otro lado.

Nadie llegó a tiempo a la fiesta, pero todo el mundo llegó al fin.

—¿Va a venir Noel? —le preguntó Alicia cuando el timbre dejó de sonar.

“¿Y yo por qué habría de saberlo?”, era lo que Mags quería decir. Pero sí lo sabía.

—Sí, sí va a venir —dijo—. Ya llegará —añadió al sacar un pequeño chocolate de la manga de su vestido y se puso a rascar para quitarle la envoltura.

Se había cambiado tres veces antes de decidirse por aquel vestido.

Iba a ponerse un vestido que a Noel siempre le había gustado, uno gris con peonías rojo oscuro, pero no quería que pensara que no se le había ocurrido ni una sola idea original desde la última vez que lo vio. Así que se cambió. Luego se volvió a cambiar. Y acabó eligiendo ése, un vestido de encaje color crema, recto y suelto, que nunca había usado, con mallas de diseño barroco rosa con dorado.

Se paró frente al espejo de su cuarto y se miró detenidamente: su cabello castaño oscuro, sus espesas cejas y su barbilla redonda. Trató de verse como Noel la vería, por primera vez desde agosto. Luego trató de fingir que no le importaba.

Después salió.

Cuando iba a medio camino hacia su coche, regresó corriendo y subió a su cuarto para ponerse los aretes que Noel le había regalado el año pasado cuando cumplió dieciocho años: unas alas de ángel.

Mags estaba platicando con Pony cuando por fin llegó Noel. Pony iba a una escuela de Iowa, estudiaba ingeniería. Se había dejado crecer el pelo otra vez y lo traía recogido en una coleta, y Simini tiraba de ella simplemente porque eso la hacía feliz. Ella estaba estudiando arte en Utah, pero seguramente se trasladaría a Iowa. O Pony se mudaría a Utah. O ambos se encontrarían a mitad del camino.

—¿Qué está a la mitad? —preguntó Pony—. ¿Nebraska? Carajo, amor, tal vez deberíamos mudarnos de vuelta a casa.

Mags sintió cuando Noel entró al cuarto. (Había entrado por la puerta trasera, acompañado de una corriente de aire helado.)

Miró por encima del hombro de Pony y vio a Noel, y Noel la vio a ella: él cruzó el sótano en línea recta, dando zancadas sobre el sillón y arriba de la mesa de centro y sobre el sofá y entre Pony y Simini, y envolvió a Mags en sus brazos para darle vueltas.

—¡Mags! —dijo Noel.

—Noel —dijo Mags en un susurro.

Noel también abrazó a Pony y a Simini. Y a Frankie y a Alicia y a Connor. Y a todo el mundo. Le gustaba dar abrazos.

Después regresó con Mags y la sujetó contra la pared, invadiendo su espacio y abrazándola al mismo tiempo.

—Dios mío, Mags —le dijo—. No me dejes nunca.

—Nunca te he dejado —dijo ella contra su pecho—. Nunca voy a ningún lado.

—Jamás permitas que te deje —le pidió él, rozando su cabeza con los labios.

—¿Cuándo regresas a Notre Dame? —le preguntó ella.

—El domingo.

Noel llevaba puestos unos pantalones color vino (más suaves que unos jeans, más ásperos que el terciopelo), una playera azul con rayas del mismo color y una chamarra gris con el cuello alzado.

Estaba tan pálido como siempre.

Sus ojos, tan abiertos y tan azules como de costumbre.

Pero le habían dejado el pelo muy corto: lo traía rapado a los lados, arriba de las orejas y de atrás, y unos largos rizos castaños le caían hacia delante cubriéndole la frente. Mags subió la mano y la deslizó por su nuca. Se sentía como si faltara algo.

—Deberías de haber ido conmigo, Margaret. La señorita que me atacó no pudo contenerse.

—No —respondió ella, frotando el cuero cabelludo de Noel—. Se ve bien. Va contigo.

Todo era igual. Y todo era diferente.

La misma gente. La misma música. Los mismos sofás.

Pero todos ellos se habían distanciado durante cuatro meses y en sentidos diametralmente opuestos.

Frankie había llevado cerveza, la escondió debajo del sofá, y Natalie ya estaba ebria cuando llegó a la fiesta. Connor fue con su nuevo novio de la universidad, y todos lo odiaron, y Alicia se la pasó tratando de hablar con él en privado para decírselo. El sótano se veía más lleno de lo normal, a pesar de que no había tanta gente bailando…

Los que estaban bailando eran más o menos los que se esperaría en una fiesta normal, en la fiesta de otra persona. Sus fiestas solían ser diferentes. Las veinticinco personas que acostumbraban reunirse en el sótano se conocían tan bien que nunca tenían que actuar con reserva.

Noel no bailó esa noche. Pasó todo el tiempo con Pony y Simini y Frankie. Se la pasó al lado de Mags, como si estuviera pegado a ese lugar.

Mags realmente se alegraba de que ella y Noel no hubieran dejado de enviarse mensajes de texto, de que ella aún supiera qué le preocupaba cuando se despertaba. Los chistes de todos los demás, los típicos del círculo de amigos, eran los mismos de hacía siete meses, pero no los de Noel y Mags, que fueron todo un éxito.

Cuando Frankie le ofreció una cerveza a Noel, él la aceptó pero cuando Mags torció los ojos, le pasó la botella a Pony.

—¿Se te hace raro estar en Omaha, Mags —le preguntó Simini— ahora que todo el mundo se ha ido?

—Es como si caminaras por un centro comercial cuando ya está cerrado. En serio los extraño mucho, chicos.

Noel se sobresaltó de pronto.

—Hey —le dijo a Mags, dándole un pequeño tirón a su manga.

—¿Qué?

—Ven aquí, ven… ven conmigo.

La apartó de sus amigos, la sacó del sótano y subieron por las escaleras.

—Demasiado lejos, no alcanzo a oír la música —dijo él al llegar al primer piso.

—¿Qué?

Bajaron otra vez por las escaleras y se detuvieron a medio camino. Noel cambió de lugar con Mags para que ella quedara en el escalón más alto.

—Baila conmigo, Mags, está sonando nuestra canción.

Mags inclinó un poco la cabeza.

—¿“A Thousand Years”?

—Ésta es nuestra verdadera canción —le dijo—. Baila conmigo.

—¿Por qué es ésta nuestra canción? —le preguntó.

—Era la que estaba sonando cuando nos conocimos —respondió Noel.

—¿Cuándo?

—Cuando nos conocimos —insistió él, ...