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ACTITUD POSITIVA... ¡Y A LAS PRUEBAS ME REMITO!

César Lozano

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Fragmento

¡GRACIAS!

Una palabra pequeña pero llena de sentimiento

Gracias a ti, amiga lectora, amigo lector, por tener la inquietud de leer este libro, te prometo que lo hice pensando en que fuera una de las mejores inversiones de tu tiempo.

Te presento mi octavo libro y quiero dedicarlo, como siempre, a mi esposa: Alma, a mis hijos: César y Almita, por ser mi mayor inspiración para lograr un cambio favorable en mi vida y aplicar muchas de las recomendaciones que aquí te comparto.

Un gran agradecimiento a mi editorial, Penguin Random House y a quienes hacen posible el sello Aguilar, por confiar nuevamente en mí, por la elaboración y distribución de este libro que deseo toque millones de vidas.

Un especial agradecimiento a tres personas que fueron claves en el contenido: al editor y corrector, mi querido tocayito, César Ramos, quien conoce a fondo el estilo coloquial con el que me gusta compartir los conceptos y quien participó activamente y con gran entusiasmo en la elaboración del libro que hoy tienes en tus manos.

Recibe antes que nadie historias como ésta

A mi hermana Gaby Lozano, por siempre estar y participar activamente en la corrección de estilo de todas mis publicaciones.

A Felipe Cavazos por verificar y certificar todas y cada una de las pruebas que te presento y darle veracidad a todas las investigaciones aquí publicadas.

Gracias a quienes aceptaron que se publicaran sus nombres verdaderos en las anécdotas y vivencias reales que te comparto y, también, gracias a los que involuntariamente participaron en este libro, por conocer sus vidas llenas de rencor, resentimiento, coraje, celos, envidias y demás sentimientos que los alejan de la felicidad, la estabilidad emocional y que por razones obvias no incluyo sus nombres verdaderos.

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capc1ctitud positiva… ¡y a las pruebas me remito!, un título que tal vez te incitó a adquirir el libro que tienes en tus manos. Me considero escéptico en muchas cosas y siempre busco la comprobación de por qué me conviene o no hacer determinada acción.

¿Verdaderamente la gente feliz vive más? ¿Conoces personas con historias de dolor o un presente adverso que pone a prueba hasta al más fuerte, y aun así son felices? ¿Hay investigaciones que comprueben que tener paciencia, sonreír, reír con frecuencia, evitar o disminuir la ira, evitar la preocupación, o trabajar en un cambio de hábitos como lo es comer o dormir mejor pueden evitar el envejecimiento o la muerte prematura? Puede ser que por inercia contestemos sí, pero en cada página de este libro encontrarás historias verdaderas relacionadas con la actitud negativa o positiva, acompañadas de estudios realizados por universidades e investigadores de gran prestigio mundial.

No cabe duda, todos los días aprendo al conocer a quienes se han convertido en grandes maestros de vida personas que me han enseñado a decidir por una actitud positiva no sólo en tiempos de bonanza, sino también en la adversidad.

Mi esposa, con un pasado nada fácil, pues durante su infancia sufrió la pérdida de su madre y creció en un ambiente difícil para cualquier niña, decidió no repetir patrones de conducta que tuvieron con ella, sino ser una madre y esposa amorosa, buscando siempre la unión familiar.

Mi padre, quien a pesar de tener una infancia difícil, siempre tuvo una actitud positiva y una capacidad de asombro inquebrantable.

Ernesto, director de Recursos Humanos de una importante empresa de pinturas, vive con una actitud positiva que contagia a quienes lo tratamos. Siempre sonriente, siempre servicial, con un carisma envidiable y además con motivos suficientes para expresar cierto dolor: una madre con Alzheimer desde hace años.

Mi inolvidable maestra, Liliana, a quien conocí en la maestría y quien fue mi mentora e inspiradora para iniciar mi carrera como capacitador y después conferencista. Siempre expresando su gran amor a sus hijos y a Jaime, su marido, quien falleció hace unos años. Siempre optimista, positiva, sonriente a pesar de las múltiples enfermedades que ha sufrido en los últimos años.

Claro que podría ponerme de ejemplo, por el título de este capítulo: “Actitud positiva, ¿yo?” Reconozco que durante mi infancia, adolescencia y parte de mi etapa de adulto, no fui positivo. La negatividad y la creencia de que todo lo malo estaba destinado para mí fue parte de mi vida por mucho tiempo. Hice de la preocupación un hábito lamentable y creí que la actitud negativa era imposible de eliminar de una vida realista. ¿Por qué maquillar lo que a simple vista es imposible de quitar? Por qué decir que todo puede mejorar si prácticamente la historia me ha dicho que si existe la mínima posibilidad de que algo salga mal, puede salir mal. Sé que puede oírse exagerado, pero es la verdad. Yo así era y creía que así sería para siempre. ¡Qué pena!

La oración era un refugio para mí; más que una forma para tener fe era para disminuir los estragos en mi mente de los peores escenarios, visualizados generalmente por mis pensamientos negativos.

Las frases que me acompañaron en mi etapa de estudiante fueron:

“De seguro, va a venir en el examen lo que menos estudié.”

“Ahora que no estudié, el maestro me preguntará a mí, ya verás.”

“Estoy a punto de terminar todo para el examen final, pero estoy seguro que se me va a olvidar lo primero que estudié.”

¿Y qué sucedía? Por supuesto que esas nefastas profecías se cumplían rigurosamente. Venía en el examen exactamente lo que menos había estudiado; el profesor me preguntaba el día que menos me preparaba y, para colmo, el día anterior del examen final se me borraban todos los primeros capítulos que había estudiado. “¡No puede ser! Nada más falta que pase ese perro que va ahí y me orine.” Y el perro pasaba muy cerca, me imagino que con esas intenciones.

Hasta que un día plagado de presagios negativos leí una frase que decía:

“AQUELLO QUE MÁS PIENSAS Y SIENTES, LO ATRAES IRREMEDIABLEMENTE A TU VIDA”.

¿Será verdad eso? ¿Será esa la razón por la cual todo lo que pienso que va a salir mal, muchas veces sucede?

Y decidí modificar mis pensamientos.

Decidí no ser más la eterna víctima de mis propios pensamientos y presagios. ¡Basta de imaginar lo peor! Si como quiera voy a imaginar, ¿por qué no imaginar lo mejor?

Y empecé a poner en práctica muchas recomendaciones de autores que desde hace mucho tiempo se ocupan de temas positivos.

“Nos convertimos en aquello que más pensamos.”

“Ten cuidado con lo que piensas porque se te puede cumplir.”

Indudablemente lo que más me ayudó a realizar ese cambio, que era más que necesario, fue conocer lo siguiente: un pensamiento se convierte en un sentimiento y un sentimiento se convierte en una acción, ¡ojo!

Entonces, la razón del porqué nos sentimos mal generalmente inicia por pensamientos que dejamos que libremente entren y salgan de nuestra mente.

Pensamientos negativos, derrotistas, fatalistas o basados en suposiciones, en hechos que no han sucedido y que probablemente nunca sucedan.

Los sentimientos, frutos de esos pensamientos, nos llevan a actuar de manera inesperada y totalmente fuera de una realidad, y todo por no reservarnos el derecho de admisión de pensamientos.

Basta de pensar en lo que no deseas que ocurra; recuerda, atraemos irremediablemente lo que más pensamos o lo que más sentimos.

Iniciemos un cambio de actitud desde la manera en la que pensamos o como nos expresamos:

—¿Cómo amaneciste?

—¡De lujo!

Una respuesta que me dice frecuentemente mi amigo Mauricio. Siempre sonriente, positivo y con un profundo amor a su familia.

Mucha gente responde: “Pues amanecí y ya es ganancia.”

—¿Cómo estás?

—Pues estoy…

Cambiemos nuestra forma de expresarnos, dejemos la queja a un lado, seamos más agradecidos y busquemos el lado amable de las cosas por más difícil que parezca.

¿No crees que sea momento de hacer un cambio en tu vida?

¿Mereces atraer a tu vida todo lo que piensas negativamente?

Es momento de tomar las riendas de tu vida y si aún tienes alguna duda, lee las pruebas que te comparto en las páginas de este libro que, deseo de corazón, sea inolvidable para ti.

¿La actitud negativa se contagia?

La triste historia de doña Pánfila.

¿Tú crees que la actitud negativa se contagia? ¿Crees que la amargura de una sola persona puede pasar de generación en generación?

Tengo que aclarar que la historia que comparto a continuación es como todas las de este libro, real. Los nombres no fueron alterados en este caso y cuento con la autorización de varios miembros de su familia para compartirla. Por favor lee esta sorprendente historia:

A principios de siglo había una familia muy acaudalada que tenía miles de hectáreas y miles de cabezas de ganado. Miembros de la alta sociedad en una época acostumbrada a tener sirvientes para las tareas más triviales.

Les ayudaban a vestirse y los abanicaban mientras tomaban café. Parece una situación irreal en nuestros días, pero así lo acostumbraban las familias de abolengo en aquellos años.

En esta familia había 5 hijos, entre ellos, una jovencita de 15 años, Panfilita, que ya tenía planeada su vida la cual consistía en asistir a eventos sociales, conocer al que sería su rico novio con el que en un futuro próximo se casaría y críar a sus hijos, claro está, con la ayuda de un ejército de sirvientes.

Todo iba viento en popa en la vida de la pequeña Panfilita hasta que ocurrió un “pequeño incidente” llamado Revolución Mexicana, en el cual su familia perdió todas sus tierras y todas las miles de cabezas de ganado.

Este suceso llevó al padre de Pánfila a buscar apoyo con familiares en otras ciudades del país para que ayudaran a criar y mantener a sus hijos ya que la Revolución los había dejado en la absoluta miseria.

Ella, al igual que sus hermanos, fueron repartidos con diferentes familiares.

Y así, la pequeña Panfilita se convirtió en una Cenicienta, y de vivir con todas las riquezas inimaginables, al día siguiente tenía que ayudar a su tíos con las labores de limpieza del hogar.

En esta casa empezó la educación con culpa para Panfilita, ya que su abnegada tía le recordaba constantemente el GRAN sacrificio que era para su familia mantenerla en tiempos tan difíciles. Si no fuera por el gran corazón de su marido, ella estaría en la calle y en la vil miseria; pero no, como ella —su tía— tenía un enorme corazón muy devoto y cristiano, la iba a educar y esa formación empezaba con el trabajo duro y además, que jamás olvidara los sacrificios que por ella se hacían.

Panfilita pasó a ser Pánfila y sus sueños de casarse con un rico que la mantuviera como reina se vinieron abajo.

El ámbito en el que se movía su familia adoptiva no le permitía conocer a hombres ricos y por lo tanto se casó con un buen joven de clase media baja: “Ni modo —le dijo la tía—, ¡antes di que encuentras algo! y además es lo máximo a lo que puedes aspirar.”

Pánfila vio en este muchacho, Filomeno (aunque no lo creas, su nombre también es real), la perfecta oportunidad de ser el ama y señora aunque fuera de una pequeña casa, que es lo que le podía dar su nuevo marido.

Filomeno era un muchacho trabajador, chapado a la antigua y que no le gustaba el conflicto, así que era el perfecto complemento para Pánfila que estaba buscando a un marido que hiciera todo lo que ella quisiera.

Pasaron los años y Pánfila se convirtió en doña Pánfila con su propia familia, 1 hombre y 3 mujeres, en la cual ella no iba a cometer el error que sus padres habían cometido con ella, dándole la ilusión de que la vida podía ser color de rosa y que existían las hadas.

Doña Pánfila les enseñó a sus hijos que en esta vida se venía a sufrir y a ser agradecidos con sus mayores porque ellos existían gracias a todo el dolor y pobreza que ella padeció con sus tíos. Cuidadito si ellos se fueran a quejar de cualquier cosa porque ella no aceptaría hijos ingratos después del calvario que sufrió de joven y ellos —sus hijos— se habían encargado de ser los más problemáticos para todo: en el embarazo, al nacer, para comer, para llorar, etcétera, etcétera.

Cuando los hijos osaban molestar a su papá con los problemas de niñitos, les iba mucho peor, porque ellos tenían que saber que su papá se mataba trabajando en estas épocas tan difíciles para que ellos todavía lo molestaran con sus tonterías.

Filomeno, que sabía la de quejas e historias de sufrimiento que le iban a tocar si defendía o chiflaba a sus hijos, prefería no complicársela y sólo muy de vez en cuando les daba una muestra de cariño, pero jamás desafiando a doña Pánfila.

Como entenderás, los hijos de doña Pánfila vivían en un ambiente hostil en el que tenían que atender a su madre porque ella había sufrido mucho por ellos y para darles lo poco que tenían.

¿Qué crees que pasó con los hijos de doña Pánfila?

Evidentemente todos tuvieron aspiraciones mucho más bajas de lo que podían alcanzar o lograr en la vida.

Juanito, el único hombre, se quedó solterón haciendo muy poco de su vida. Dos de las tres mujeres, Guadalupe y María, se quedaron a “vestir santos” ya que ningún hombre era lo suficientemente bueno para ser aprobado por doña Pánfila y en lugar de estar saliendo a conocer jóvenes de su edad tenían que atender a su madre como las sirvientas que siempre quiso y jamás pudo tener después de los 15 años. Porque, “¿acaso no había sacrificado toda su belleza y sus mejores años para tenerlas?” Así que ellas tenían la obligación de atenderla por encima de todo.

La última hija, la más pequeña, Hipólita, logró contraer matrimonio ya que el destino le puso en su camino a un hombre de fuerte temperamento que conseguía lo que quería, Jesús Federico. Humilde pero determinado en triunfar en la vida, y después de muchos años de pedir la mano de la pequeña Hipólita, se la concedieron a regañadientes.

Doña Pánfila le explicó claramente a Hipólita por qué le había permitido casarse, no sin antes decirle: “Hijita, tú no eres ni bonita, ni buena para la escuela, ni para tejer y no eres inteligente, así que si no te dejo casarte serás una carga para esta familia toda la vida y ya Dios me ha puesto suficientes pruebas para aparte tener que cargar contigo”.

Así, con esas “bonitas y motivadoras palabras”, inició la vida matrimonial de Hipólita, la cual pasó del dominio de su mamá al de su marido.

Hipólita, muy bien educada por su mamá se dijo: “Mi vida ha sido muy difícil, pero debe mejorar, porque ahora que me caso tendré con quien descargarme de todo este sufrimiento que he pasado.”

¿A quién creen que Hipólita le iba a pasar toda esa culpa que venía desde que la Revolución les quito las tierras a sus bisabuelos? ¡A sus hijos, por supuesto! Y el ciclo continúa hasta la actualidad, y continuará hasta que aparezca alguien en la familia que detenga esa herencia maldita de negatividad y rencor.

Así que, ¡aguas! No sólo se hereda la actitud negativa… es altamente contagiosa.

Negatividad: ¿Ese bicho se contagia?

Pese a la nube de misterio a su alrededor, el fenómeno de las vibras es cierto. Cualquiera que tenga emociones lo ha experimentado. Desde la ligereza que nos transmite una persona amable y carismática, hasta la espesa nube de luto que cae sobre nosotros en un velorio.

Somos seres sociales y esto implica sintonizar las emociones de los demás. Nos conectamos a través de la empatía y la simpatía, pero también nos desconectamos por medio de la discordia.

Si de verdad sentimos a los demás, ¿qué tanto nos afectan sus vibras? ¿Cuánto permanecen con nosotros? ¿Corremos el riesgo de hacerlas propias?

Las preguntas se tornan más urgentes si nos toca lidiar con personas negativas a diario. Aquellas que decimos que son de “sangre pesada”, quienes exudan amargura a cada instante y tienen por deporte ver el lado negativo de todas las cosas.

Cambios de opinión

No tomamos decisiones ni formamos opiniones a solas. Estamos más acompañados de lo que creemos. Y si a esto le sumamos que la negatividad tiene su buen grado de viralidad, el acto de compartir ideas nocivas puede convertirse en una enfermedad de transmisión verbal que cause una epidemia.

Por ejemplo, investigadores de la Universidad de Chicago reclutaron a participantes para presentarles información sobre un nuevo producto. Luego de mostrárselo, les solicitaron escribir una evaluación propia e independiente acerca de él.

En esa primera instancia, las calificaciones eran diversas: algunas positivas, algunas negativas. Pero aquí viene lo bueno (¿o lo malo?): los científicos les revelaron luego a los participantes la opinión de los demás, y notaron una influencia muy poderosa sobre ellos. Cuando un participante se enteraba de que el resto sostenía opiniones negativas sobre el producto, cambiaba la suya en esa dirección. Es decir, abandonaba su criterio para adoptar el ajeno.

Posteriormente, cuando les pedían interactuar con otros para tratar el tema del producto, los consumidores con opiniones negativas endurecían más su juicio: ¡se tornaban aún más negativos!

En resumen, en el estudio, las opiniones negativas no sólo tuvieron un alto factor de contagio, sino que también resistieron más entre quienes las tenían, incluso se potenciaban más dentro de ellos, ya sea porque se reforzaban con la negatividad de los demás o porque se polarizaban para llevar la contra a la positividad del resto.

¡Zas!

Dime con quién andas y te diré la actitud que tendrás

Esto es para bien y para mal. El psicólogo Gerald Haeffel se dio cuenta, tras analizar casos de estudiantes de la Universidad de Notre Dame, donde él mismo trabaja; eligió algunos alumnos que vivieran bajo el mismo techo para ver los efectos que esto tiene en unos sobre otros.

Primero midió las actitudes y formas en que los estudiantes afrontaban la adversidad. Identificó entre dos tipos: los que se daban por vencidos y achacaban el fracaso a su carácter como persona con declaraciones como “no sirvo para nada” y “soy un tonto”, y los que lo tomaban como un reto con reacciones como “me esforzaré más a la próxima”.

Luego, por un lado, identificó a alumnos que vivieran juntos y que tuvieran las mismas actitudes, y por otro, también consideró a los que cohabitaran pero que tuvieran actitudes muy distintas.

El resultado fue impresionante, en tan solo tres meses, los compañeros de cuarto con actitudes muy diferentes comenzaron a “infectarse” los unos a los otros. “Los estilos de pensamiento resultaron contagiosos. Si tu compañero de vivienda en la universidad tenía un estilo de pensamiento muy negativo, tu propia forma de pensar se tornaba negativa”, declaró Haeffel.

Los efectos del contagio no se detienen ahí. Tras seis meses de vivir con una persona negativa, los optimistas comenzaron a mostrar síntomas mentales que los ponían en riesgo de sufrir depresión.

Esto también explica por qué en la sociedad vemos un comportamiento que es más bien una escala de grises que un asunto de blanco y negro.

Virus emocionales y sus vacunas

Sigal Barsade es una profesora de Gestión en la Universidad de Pensilvania que estudia la influencia de las emociones en los lugares del trabajo. En sus investigaciones ha encontrado que las personas no son islas emocionales; por el contrario, las franjas fronterizas entre compañero y compañero son más difusas de lo que en realidad pensamos.

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Y SIEMPRE ESTAMOS EN RIESGO DE UN “CONTAGIO EMOCIONAL”, PUES COMO ELLA LO INDICA: “LAS EMOCIONES VIAJAN DE PERSONA A PERSONA COMO UN VIRUS.”

La atmósfera del lugar se puede ver contaminada fácilmente incluso a distintos niveles. Según estas investigaciones transmitimos tres tipos de emociones: el sentimiento pasajero como la alegría o el enojo; el humor, que es un estado un poco más generalizado y duradero; y los rasgos de personalidad, que son tendencias recurrentes en las personas (como cuando decimos que alguien es muy alegre o muy negativo).

Como no existe una cámara para aislar y poner en cuarentena a las personas infectadas de negatividad, Barsade nos dice cómo y por qué debemos vacunarnos contra su virulencia y de paso controlar la negatividad que nosotros podamos transmitir en algún momento dado. Todo se logra con inteligencia emocional. O sea, aprender a leer los sentimientos de los demás, así como administrar los tiempos y las formas para sacar el mejor provecho del trabajo en equipo.

Por ejemplo, si tenemos una gran idea, pero sabemos que nuestro jefe suele estar de mejor humor por las tardes, será mejor esperar a contárselo entonces. También, en vísperas de lidiar con gente negativa en una reunión, podemos mentalizarnos para no ser presa emocional de los comentarios de las personas destructivas o para no permitir que se conviertan en el centro de atención, ¡mucho cuidado!

¿Por qué? La investigadora descubrió que, más allá de que puede caerle mejor al resto, la gente positiva tiende a desempeñarse mejor en su trabajo por mejores razones: “La gente positiva procesa la información más eficiente y apropiadamente. Si estás de humor negativo, una buena parte de ese procesamiento se gasta en dicho humor. Cuando estás de humor positivo, eres más receptivo a tomar la información y manejarla de forma efectiva.”

Un “contreras” no sólo nos lleva la contra

Hay personas que discuten por discutir, que ven un valor en simplemente dar la contra. Cada que pueden intervienen con polémica, siembran la discordia, ponen peros y son incapaces de dar su brazo a torcer.

Resulta que entablar relaciones con gente así puede traer consecuencias fatales. Tal cual: el conflicto constante es malo para la salud.

Un estudio de investigadores de la Universidad de Copenhague, en Dinamarca, halló que las relaciones sociales estresantes incrementan el riesgo de mortalidad entre adultos de mediana edad. Según los resultados de esta investigación, ser víctima constante de demandas o preocupaciones de la pareja o de los hijos se asoció con un incremento en el riesgo de mortalidad entre un 50% y un 100%. Experimentar conflictos frecuentes derivados de cualquier tipo de relación social está relacionado con un aumento de la mortalidad de dos o hasta tres veces más respecto a aquellos con vidas más pacíficas.

Así que, si lo piensas, nuestras relaciones con los demás pueden ser como un karma que se nos regresa a la brava. Si te gusta pelear por pelear o no te alejas de personas que tienen ese hobbie, es posible que la vida te lo cobre caro conforme pasen los años. Frente a este escenario jugar a la segura luce aún más tentador. La paz tiene una deliciosa cerecita en su pastel: no sólo se siente bien, ¡nos hace bien!

DICE JIM ROHN QUE SOMOS EL PROMEDIO DE LAS CINCO PERSONAS CON QUIENES MÁS NOS RELACIONAMOS. DEFINITIVAMENTE, UNA MEDIDA PREVENTIVA ES SER SELECTIVOS CON NUESTROS CÍRCULOS SOCIALES Y UNA CORRECTIVA ES JUBILAR ALGUNAS DE ESAS AMISTADES QUE DE AMISTOSAS NO TIENEN NADA.

Sin embargo, sabemos que rodearse sólo de personas con buena vibra es imposible hasta para una comunidad hippie. Puesto que no siempre podemos decidir quién se atravesará en nuestro camino, la moraleja es, finalmente: debemos comprender que algunos rasgos de nuestra personalidad son más flexibles de lo que pensamos.

A sabiendas de que nada en nuestro carácter está grabado en piedra y que más bien se escribe minuto a minuto de la mano de familiares, amigos y colegas, debemos evitar a consciencia ceder ante la toxicidad que desprenden algunos de ellos. Finalmente, todo es una decisión. Depende de nosotros qué recogemos y qué no de la banqueta de nuestro propio camino.

Así que ya sabes, ¡imprime actitud positiva a tu vida!

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capc2rase expresada frecuentemente por mi adorada madre.

—Mamá, ¿cómo amaneciste?

—Muy mortificada, hijito.

—¿Por qué, mamá?

—Porqu ...