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BESOS ROJOS (CHASING RED 2)

Isabelle Ronin

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Fragmento

1

Veronica

Volvimos a la playa. Estaba desierta, como si llevase todo el día esperándonos a nosotros.

Como si hubiese aguardado ese momento.

Estábamos tumbados en la arena, sobre la misma manta que Caleb había llevado cuando fuimos allí por primera vez. Me daba la sensación de que había pasado mucho tiempo. En aquel entonces, él me habría cogido de la mano y habría entrelazado sus dedos con los míos.

Pero esta vez no.

Lo miré. Tenía los ojos cerrados. La brisa hizo que un mechón de su pelo color bronce le cayera sobre la frente, y quise apartárselo desesperadamente, tal como solía hacer.

—Te echo de menos, Caleb.

No me contestó. Seguía con los ojos cerrados, pero supe que me había oído, porque su pecho se quedó levantado durante unos segundos más de la cuenta al respirar.

Le había hecho mucho daño, y probablemente seguía enfadado conmigo. Aunque debía de odiarme, lo cierto era que yo prefería su odio a su indiferencia.

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Necesitaba explicarme, necesitaba expresar qué sentía de verdad. Respiré hondo, aunando todo el coraje que tenía.

—Durante toda mi vida, he tenido que trabajar muy duro para conseguir mis objetivos, y llegar a donde quería estar, donde necesitaba estar. He tenido que ser fuerte, más fuerte que la mayoría de la gente. No me quedaba otro remedio. Y me aislé, me cerré en banda. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Levanté la vista hacia el cielo oscuro y aterciopelado, cubierto de estrellas y una luna creciente que brillaban como diamantes. Era una imagen tan bella, tan tranquila, acompañada con el chapoteo de las olas... Pero en mi interior se estaba formando una tormenta.

—La gente es egoísta —continué—. Siempre quiere algo de ti, y cuando lo consigue, se marcha. Así que nunca me abría a nadie. Pero entonces... te conocí a ti. Tú lograste que volviese a sentir. Hiciste que deseara cosas que nunca antes me había permitido desear. Y eso me asustó, me asustó muchísimo. Así que no confié en ti, no me lo permití. Cada vez que me sentía tentada de confiar en ti, que sentía que podía hacerlo, me alejaba.

—¿Por qué? —preguntó en voz baja y grave.

—Porque... porque desear lo imposible es doloroso. ¿Cómo alguien como tú va a querer conocer a alguien como yo? Lo único que puedo ofrecerte es un corazón roto y una maleta llena de historias tristes. He levantado unos muros tan altos como imposibles, y no dejo que nadie los derrumbe. No dejo entrar a nadie. Pero contigo... Sentí tu calor colándose entre las grietas. ¿Cómo es posible que sepas dónde encontrarme? —Me interrumpí, con la voz rota—. Nadie lo había conseguido nunca, Caleb. Nadie se había quedado el tiempo suficiente para intentarlo siquiera... —Una lágrima se deslizó por mi mejilla—. Hasta que llegaste tú.

Me incorporé un poco, me llevé las piernas hacia el pecho y enterré la cara entre los brazos. Sentí que se movía para acercarse más a mí.

—Me costaba creer que lo que sentías por mí era verdadero. Estaba asustada. No hacía más que esperar a que me decepcionases, tal como me ha pasado siempre con todo el mundo. Y creo que... que... que, de algún modo, dentro de mí hay algo que está roto. Que me falta algo. Que yo no soy suficiente para hacer que te quedes conmigo, que algún día te aburrirás de mí y me dejarás —sollocé—. Mi padre siempre me decía que todo era por mi culpa, que yo tenía la culpa de todo lo malo que pasaba. —Tragué saliva. No quería hablar de él. Ni siquiera sabía por qué lo había mencionado.

—Ojalá lo tuviera aquí delante para devolverle el daño que te hizo...

Pude oír la ira en su voz. Hizo una pausa durante un instante, y lo oí respirar de forma lenta y acompasada para intentar tranquilizarse. Cuando volvió a hablar, su voz se había suavizado.

—Red... —susurró—, ¿tienes idea de cómo me sentí cuando me dejaste?

Levanté la vista y lo miré a los ojos. Estaban llenos de emoción; me miraban con intensidad, y me sentí desbordada por una oleada de ternura.

—Me sentí destruido. Me destruiste. Siento rabia, pero cada vez que te veo esa rabia se evapora. Y también siento dolor. Pero ¿qué es el amor sin dolor? Porque, Red, cada vez que me rompes, vuelves a reconstruir los pedazos. Y el resultado siempre es mejor; siempre soy mejor que antes. Así que... —tomó mi cara entre sus manos y me acarició la mejilla con el pulgar— destrúyeme.

Se me escapó un sollozo, y me mordí el labio para detener los que venían detrás. Cuando abrió los brazos, me lancé a ellos y las lágrimas empezaron a fluir libremente. Me acercó más a él hasta que quedé sentada en su regazo, con los brazos alrededor de su cuerpo y las piernas enrolladas en su cintura. Sus brazos me estrechaban con tanta fuerza que apenas podía respirar.

—Perdóname por haberte hecho daño. No sentía ninguna de aquellas cosas horribles que te dije. Solo las dije para protegerme; fui una egoísta y una cobarde. Tenía miedo de que me hicieses daño, pero me lo hice yo sola, haciéndotelo a ti, y a nosotros. No confié en ti lo suficiente —sollocé, mientras mis lágrimas le empapaban la camiseta—. Lo siento mucho, Caleb.

—No pasa nada, Red. Si pudiese cambiar lo que sucedió aquella noche, nunca te habría dejado sola en mi apartamento. Siento mucho haberlo hecho.

—Solo te estabas comportando como un buen amigo, y ella...

—Calla. Quiero explicártelo.

Exhalé un suspiro y lo abracé con más fuerza. Sentí que él tomaba aire mientras me acariciaba la espalda para consolarme, y también para consolarse él.

—Ya te he contado qué pasó aquella noche, pero dejé que te marcharas antes de contártelo todo. Ahí fue donde te fallé, y lo siento. Aquella noche me quedé dormido, y en mis sueños te estaba besando a ti, pero entonces me desperté y... —Hizo una pausa. Sentí que todo su cuerpo se tensaba—. Beatrice estaba encima de mí y se había quitado la camiseta.

Cogí aire de golpe.

—Me la quité de encima. Para mí, ella era solo una amiga. Yo solo te deseo a ti, Red.

Me dio un beso en el pelo y descansé la mejilla sobre su hombro, instándolo en silencio a que continuase.

—Entonces me fui y volví a casa contigo. La confianza es muy importante para mí —dijo—. Mis padres no confiaban el uno en el otro, al menos no lo suficiente para que su relación fuese duradera. No quería que a nosotros nos pasara lo mismo. Así que, cuando te pregunté si confiabas en mí, tu respuesta para mí era muy importante. Y, sin embargo, tú me dijiste que no.

—Caleb...

—Chist. Escúchame, nena. —Esperó a que me relajase antes de continuar—. Me dejé llevar por el dolor y el orgullo. He malgastado muchísimo tiempo, jamás debí marcharme. Pero quería que luchases por mí, así que esperé. No sabes cuántas veces he deseado desesperadamente suplicarte que volvieses conmigo. Pensé que me volvería loco. Pero quería... quería que te dieses cuenta de lo que significo para ti. Ya no quiero solo los retazos. Lo quiero todo. Es imposible que no te hayas dado cuenta, imposible. Eres la persona más importante que hay en mi vida; tienes que saberlo. Mírame —me rogó—. Cuando me dejaste... Nunca me había sentido tan vacío, ni tan perdido. Me sentí como si hubieses cortado un pedazo de mi corazón y te lo hubieses llevado. Te echo tanto de menos que me duele al respirar. Echo de menos todo de ti: el calor de tu cuerpo pegado al mío, tus suaves suspiros, cómo se acelera tu corazón cada vez que te toco, tu mano sobre la mía. Echo de menos esa vulnerabilidad que hay en tus ojos y que escondes a todo el mundo, excepto a mí. ¿Cómo no me iba a quedar prendado de ti?

Contuve el aliento y esperé a que continuara. Tenía miedo de oír más, pero también lo deseaba, lo deseaba desesperadamente.

—Me cautivaste desde el mismísimo momento en que te vi por primera vez. Cautivaste mi cuerpo, mi mente y mi alma. Puedes llevarte todo lo que tengo, es todo tuyo.

—Caleb...

—Si tengo que elegir mi propia cárcel —dijo con voz gruesa, cargada de emoción—, te elijo a ti. Soy un prisionero, y mi condena es amarte toda la vida.

Me tomó la cara entre las manos y sus ojos, tan llenos de sinceridad, se clavaron en los míos.

—Te quiero —susurró.

Sentí que algo se colocaba en su lugar. Como si la última pieza del puzle encajase al fin.

—Te quiero, Caleb —susurré, antes de que reclamase mis labios y me besara bajo la luz de la luna.

2

Caleb

Estuvimos toda la noche despiertos.

La tenía entre mis brazos, y eso era lo único que necesitaba en aquel momento. Sería lo único que necesitara durante mucho, mucho tiempo. La había echado tanto de menos que sentía como si tuviese un profundo agujero en el pecho. Pero, al rodearme con sus brazos, lo llenó tan rápidamente que fue casi como si nunca hubiese existido.

Dejamos los zapatos en el maletero del coche y paseamos por la orilla, y luego nos sentamos en la arena y contemplamos el amanecer. Ella estaba envuelta en la manta y en mi chaqueta. La acerqué a mí mientras caminábamos, rodeando sus hombros con mi brazo al tiempo que ella me cogía por la cintura.

Cuando me miró, el corazón empezó a martillear enloquecido contra el pecho. ¡Dios, cómo la había echado de menos!

—Para —dijo, imprimiendo cierta timidez en la voz.

—¿Qué he hecho?

—Para de mirarme.

Sonreí.

—No puedo evitarlo.

Bajó la vista a sus pies y se colocó el pelo detrás de la oreja, ruborizándose.

Siempre se ruborizaba.

Sabía que seguía preocupada por lo que nos había pasado, por el daño que el suceso con Beatrice nos había causado. Yo ya la había perdonado, incluso antes de que me lo pidiera. Simplemente estaba esperándola.

Me detuve, la volví hacia mí y le alcé la barbilla para que me mirase.

—Creo que voy a pasar mucho tiempo mirándote.

Agaché la cabeza y la besé en los labios, tan suaves y tan cálidos. Descansó las manos sobre mi pecho y suspiró. Sonreí, sin separar mis labios de los suyos.

—Tú también me has echado de menos.

—Sí. Y ahora también te echo de menos —respondió en voz baja, con ojos todavía arrepentidos, todavía tristes.

Yo quería borrar esa tristeza.

—Igual puedes compensarme con otro número de baile... —la chinché.

Ella se echó a reír y me dio un cachete en el brazo, justo lo que esperaba, y lo que quería.

—Tal vez, si tú te pones un vestido —contestó.

—¡Au! —Me froté en el sitio donde me había pegado. Me había dado fuerte—. ¿Y qué tal un tanga? O mejor aún...

Me miró con ternura, y sonreí.

—¿Dónde aprendiste a bailar así? —pregunté.

—Hasta donde puedo recordar, mi madre trabajó en una escuela de danza, y yo podía ir a clase gratis. De pequeña quería ser bailarina, pero nunca tuvimos dinero suficiente para pagar las clases del conservatorio. Pero no pasa nada. Ahora tengo otros sueños. —Sonrió y cerró los ojos mientras inhalaba aire fresco—. Mi madre... Le habría hecho muy feliz verme en la universidad.

Al mencionar a su madre se le entristeció la voz, pero no creí que ella se diese cuenta.

—Si alguna vez necesitamos dinero, puedo hacerme estríper, pero tendrás que enseñarme ese movimiento tan sexi que haces con las caderas. Puedo ponerme uno de esos trajes que se quitan de un solo tirón.

Ella abrió los ojos y se rio, divertida y despreocupada. Todo volvía a estar en calma. El sol ya brillaba en lo alto del cielo y el horizonte sangraba ríos de tonos rojos, naranjas y dorados. Un pájaro enorme y blanco que sobrevolaba el agua descendió en picado para cazar su desayuno. El chapoteo de las olas nos rodeaba, creando un ambiente cómodo y relajado.

—Tenemos los exámenes finales en un par de semanas, Caleb. ¿Cómo lo llevas?

Sabía que estaba preocupada porque había perdido una semana entera de clase.

—Lo tengo todo controlado. Ya me sé la mayoría del temario. Además, durante la evaluación he acumulado suficientes buenas notas para aprobar todas las asignaturas, aunque suspenda los exámenes finales. Pero, tranquila —añadí con una risita al ver que me fulminaba con la mirada—, no suspenderé.

—Te gradúas este año, ¿verdad?

—Sí, y entonces podré empezar a trabajar y a ahorrar dinero para nuestra boda, la casa y después los niños.

Esperé un momento. No dijo nada, pero no parecía sorprendida ni horrorizada como la última vez que había mencionado el matrimonio.

Íbamos progresando.

Y entonces sonrió.

—A mí todavía me falta un año para graduarme —me recordó.

—Esperaré. —Me sentía feliz. Le levanté la mano a la altura de mis labios y se la besé—. ¿Volverás a casa, Red?

Se mordió el labio; parecía a punto de romper a llorar otra vez.

—Pensaba que nunca más volverías a llamarme así.

—Para mí, tú siempre serás Red.

Me estrechó la mano.

—Ayer fui a tu apartamento.

Sentí una calidez en mi interior.

—¿De verdad?

Ella asintió.

—Y vi a tu madre.

Me dio un vuelco el corazón.

—Yo estaba en el vestíbulo, esperándote delante de la puerta... —continuó.

—Como una acosadora. Mi acosadora.

—Tampoco hace falta que se te suba a la cabeza —dijo ella entre risas—. Obviamente, tu madre no sabía quién era yo, pero me parece que no es buena idea que vuelva a vivir en tu casa. No creo que le haga mucha gracia saber que estamos viviendo juntos.

No le faltaba razón, pero solo porque todavía no se la había presentado. Mi madre había pasado meses fuera del país. Sin embargo, pensaba presentarle a Red lo antes posible, y entonces podría volver a vivir conmigo.

Como mi novia oficial.

Tenía más planes en mente, pero no creía que estuviese preparada para oírlos.

—Entonces ven a cenar conmigo y con mi madre. Y también con Ben, si está en la ciudad.

Ella me miró con los ojos muy abiertos.

—Yo...

—Puedo llamarla y organizarlo para este fin de semana. ¿Te va bien? Venga, Red. Hazlo por mí, por favor. —Sonreí, presumiendo de hoyuelos sin vergüenza alguna. Sabía que no podía resistirse a mis hoyuelos.

—Está bien.

Lo sabía. Los hoyuelos no fallaban nunca.

—Cuando estaba en la cabaña, llamé a mi madre por teléfono y le hablé de ti, de nosotros. No se lo conté todo, pero le conté lo suficiente para que se hiciese una idea.

Me estrechó la mano y me miró con preocupación.

—Ya sabes, le hablé de lo obsesionada que estás conmigo y todo eso... —bromeé.

—¡Caleb!

—¡Era broma! —Me dio otro cachete en el brazo y me eché a reír—. Le conté que había encontrado a mi chica y me dijo que estaba deseando conocerte.

Apoyó la cabeza en mi hombro.

—Te quiero —susurré.

Vi cómo se le oscurecían los ojos y noté que se le tensaba todo el cuerpo durante un instante, pero entonces se relajó y se acercó más a mí. Descansó la mejilla sobre mi pecho y me rodeó con los brazos mientras escuchaba los latidos de mi corazón. «Con sus actos demuestra mucho más que con sus palabras», pensé, esbozando una sonrisa.

Esa era su respuesta. Cerré los ojos, feliz, y apoyé la barbilla en su cabeza. No era la primera vez que hacía ese gesto, el de apoyar la mejilla sobre mi pecho, pero antes yo no lo comprendía del todo. Ahora ya sabía qué significaba.

Y era más que suficiente.

3

Caleb

—¿Te apetece ir a desayunar? —pregunté mientras le abría la puerta del coche.

Estábamos de pie el uno frente al otro. Estaba tan cerca que lo único que tuve que hacer para abrazarla fue rodearle la cintura con el brazo y atraerla hacia mí.

El viento le alborotaba la larga melena negra, y de vez en cuando gruesos y brillantes mechones le tapaban su hermoso rostro. Contuve el aliento y se los coloqué detrás de las orejas, acariciándole la cara con el dorso de la mano. Ella cerró los ojos y su cuerpo se balanceó, acercándose al mío.

«Quiero comerte a ti para desayunar —quise decirle—. Y para comer, y para cenar.»

Pero dejé la boca sabiamente cerrada. Acabábamos de volver a estar juntos, y no quería asustarla.

Cuando abrió los ojos y me miró, se me hizo un nudo en el estómago por lo muchísimo que la deseaba.

—¿Qué hora es? —susurró, como si se sintiera igual que yo. Aunque tal vez yo estaba tan desesperado que todo eran imaginaciones mías. Respiré hondo para tranquilizarme y le eché un vistazo al reloj.

—Es hora de que Red desayune con Caleb.

Ella se mordió el labio para que no se le escapara una sonrisa, pero fracasó estrepitosamente, ya que sus labios se curvaron con dulzura hacia arriba. Aún los coloreaban restos del pintalabios rojo de la noche anterior, pero estaban desnudos y más apetecibles que nunca. ¿Cómo era eso posible?

—Hoy tengo clase y toca repasar para el examen final, así que no puedo faltar.

Su voz sonaba pesarosa, y eso me hizo feliz, porque significaba que quería pasar más tiempo conmigo. Solo habíamos estado separados algo más de una semana, pero se me había hecho tan larga que me parecían años.

El viento sopló de nuevo y ella se estremeció.

—Entra —le dije, y entonces cerré la puerta, caminé alrededor del coche y entré yo también—. ¿A qué hora empieza tu clase? —le pregunté mientras ponía la calefacción al máximo.

Se acurrucó debajo de la manta al tiempo que se frotaba las manos y se las soplaba para calentarse.

—A las diez —contestó.

—Tenemos tiempo. Ven aquí.

La atraje hacia mí y acerqué mi boca a su cuello, soplando con suavidad para que mi aliento cálido la aliviara y frotándole la espalda y los hombros.

—¿Mejor?

—No pares todavía —murmuró, curvando un poco el cuello para que yo llegase mejor.

—¿Sigues teniendo frío? —susurré, y le di un suave beso en el hombro.

—Sí.

—Deja que te caliente.

Eché mi asiento hacia atrás, la cogí de la cintura y la levanté. Sofocó un grito, pero no hice caso. Me la puse encima de forma que sus piernas quedaron enrolladas en mi cintura. Tenía los ojos muy abiertos por lo inesperado de mi gesto, y por algo más...

Deseo.

Vi que se le dilataban y oscurecían las pupilas. Le acaricié el hombro con el dorso de la mano, y la tenté con caricias juguetonas, alimentando el fuego que resplandecía en su mirada.

—Eres tan hermosa...

Tracé la forma de sus labios con un dedo. Los entreabrió, y exhaló su cálido aliento con los ojos entornados.

—Tengo ganas de morderte —dije con voz ronca.

Abrió los ojos, en los que escondía la misma avidez que me devoraba a mí por dentro.

—Nunca... —le di un beso en la comisura de la boca, evitando los labios a propósito— me canso... —la besé en la otra comisura. Ella cerró los ojos y sentí cómo se estremecía— de ti.

—Caleb...

Cuando apretó su cuerpo contra el mío y levantó los labios, invitándome, me volví loco. Enterré las manos en su pelo y la besé en la boca. Hambriento y salvaje, devoré y tomé lo que me dio sin dilación, tomé más y más hasta que el sonido de sus gemidos colmó mis oídos, quemándome.

Tenía demasiada hambre de ella, estaba consumido por su sabor, su tacto, su olor, demasiado como para pensar en ser tierno. La necesitaba desesperadamente.

«Más» era lo único que podía pensar.

Me consumía. Cada pensamiento, cada sensación, cada exhalación de mi ser le pertenecían.

Sentí que sus brazos me rodeaban los hombros, que sus uñas se me clavaban en la espalda. Sus piernas se aferraron con más fuerza a mis caderas mientras mi boca recorría su cuello y la piel perfecta de su escote, justo por encima de sus pechos.

—Caleb...

Los latidos de mi corazón martillearon contra mis oídos cuando la vi inclinarse hacia atrás sobre el volante, cerrar los ojos mientras mis manos acariciaban sus curvas, adorándolas. Quería arrancarle la ropa.

Ella volvió a dirigir mi boca a la suya, temeraria, salvaje, caliente. Le recorrí las piernas desnudas con las manos, apretujándolas, acariciándolas, reclamándolas. Quería tocarla donde nunca antes me había atrevido a tocarla, pero allí no. En el coche, no.

Me lamió el cuello y casi perdí el sentido. Teníamos que parar o la tomaría allí mismo. Y no era así como tenía pensado que fuese nuestra primera vez.

La tomé delicadamente por la nuca, con ambas manos, mientras apoyaba la frente contra la suya y nuestra respiración se acompasaba y ralentizaba. Ella tenía aún los ojos cerrados, y su pecho se movía arriba y abajo al respirar.

Su pecho... Ay, su pecho.

«No pienses en eso. Ni lo mires», pensé.

—¿Vamos a desayunar? —sugerí.

Abrió los ojos y estuve a punto de gemir. Todavía estaba excitada; lo veía, veía las sombras de anhelo que nadaban en sus pupilas. Tras unos instantes, tragó saliva y asintió.

—Vale —contestó, sonriéndome.

4

Caleb

—A ver... —exhalé un largo suspiro y abrí la ventanilla del coche para que el aire fresco me aclarase un poco las ideas. Dentro del coche era imposible escapar de su aroma embriagador. Me estaba asfixiando en él.

«Piensa en otra cosa», me dije.

—¿Has estado en Anna’s? —le pregunté.

—¿La panadería y cafetería?

—Sí, esa misma.

Se le iluminó el rostro.

—¡Me encanta ese sitio!

Si hubiese sabido que esa cafetería le gustaba tanto, la habría llevado allí mucho antes.

—Pues entonces vamos a Anna’s a desayunar.

Ella sonrió y me dio un vuelco el corazón antes de seguir latiendo con fuerza contra mi pecho.

—Nos da tiempo a comer algo antes de que te lleve a casa de Kara. No tengo clase hasta la una, así que también me dará tiempo de volver a casa a ducharme. A no ser que... —hice una pausa y esperé a que me mirase antes de continuar— te apetezca ducharte conmigo.

Era una broma a medias. Esperaba que, como respuesta, se echase a reír o pusiera los ojos en blanco, pero no reaccionó así. Simplemente, miró por la ventanilla con una media sonrisa misteriosa pintada en esos labios que reclamaban ser besados.

«¿Significará eso que quiere...?»

Me aclaré la garganta y abrí la boca para hacer algún comentario ingenioso, pero no conseguí pronunciar palabra.

—Entonces nos da tiempo a desayunar, ¿no? —dijo.

Estaba convencido de que iba a decir otra cosa.

«Concéntrate en la carretera», pensé.

—¿Quieres que ponga la radio? —le pregunté.

Y entonces me di cuenta de que estaba nervioso. Pero ¿por qué estaba nervioso? Reparé en que ella miraba mis manos sobre el volante, y esperé unos instantes.

Respiró hondo, como si se estuviera preparando y entonces me cogió de la mano, despacio y con delicadeza, entrelazando sus dedos con los míos.

Y con eso bastó para que me sintiera como el rey del mundo. Fue suficiente que me diese la mano. No tenía nada que envidiarle a Jack Dawson.

Me volví hacia ella. Estaba mirando al frente, sonrojada, acariciándome la mano. Y en ese preciso instante supe que sería capaz de morir por Red. Era la mujer de mi vida, y siempre lo había sido.

—Caleb, creo que acabas de pasar de largo.

¿Es que se pensaba que me iba a acordar de dónde estaba Anna’s, con el corazón a punto de estallarme porque no me cabía todo el amor que sentía por ella? En aquel momento, ni siquiera me acordaba de mi nombre.

¿Era Jack Dawson?

—¿Has cambiado de opinión? —me preguntó.

—Jamás. Lo tengo claro desde hace mucho tiempo. Creo que lo supe la primera vez que te vi.

Sentí que sus ojos se posaban sobre mí, y que su mano estrechaba la mía.

Hice un cambio de sentido al llegar al semáforo y metí el coche en una plaza de aparcamiento gratuito detrás de la cafetería, sin dejar de mirar al frente.

—Recuerdo la primera vez que te vi —dijo ella—. No fue en aquella discoteca. Fue en la universidad.

Yo ni siquiera me molesté en intentar recordar aquellos tiempos en los que no la conocía.

—¿Qué estaba haciendo?

Ella esbozó una sonrisa irónica.

—Coquetear con tres chicas a la vez.

Le devolví la sonrisa.

—¿Estás celosa?

—No.

—¿Y por qué tienes el ceño fruncido?

Apartó la mano y cruzó los brazos delante del pecho.

—No tengo el ceño fruncido —repuso.

—Sí, es evidente que sí.

—Que no.

—Que sí que...

—Uf, ¡qué infantil! —exclamó.

Salió del coche y se dirigió a la puerta de entrada de la cafetería. Yo la seguí como un perrito, con una sonrisa bobalicona pintada en la cara.

La cafetería era pequeña y acogedora, y la decoración le daba un aire vintage. De las paredes de cemento gris colgaban espejos antiguos y fotografías de París en blanco y negro. Las mesas y sillas marrones parecían viejas, pero yo sabía que eran nuevas. Detrás de la barra había una pizarra enorme con el menú escrito con tizas de colores.

Red fue directa al mostrador de cristal donde estaban el pan y las elegantes y exquisitas pastas.

—¡Qué buena pinta tienen! —exclamó, mirando el mostrador embobada, con la nariz casi pegada al cristal. Estaba tan guapa y tan adorable... Parecía una niña en una tienda de golosinas.

Cuando pedimos, eligió una mesa junto a la ventana que daba a una callecita encantadora, llena de flores y de árboles altos y esbeltos. Apoyó la barbilla en las palmas de las manos y dijo, con ojos brillantes y emocionados:

—Algún día tendré mi propia cafetería. Igual que esta. Pero la mía tendrá una pequeña librería para que la gente lea y pase el rato mientras se toma el café.

Me acerqué más a ella. Apoyé los brazos en la mesa para acariciar los suyos, y atrapé sus piernas entre las mías. Estaba compartiendo sus sueños conmigo, algo que nunca antes había hecho.

—Seré tu primer cliente, y el más fiel de todos —le prometí—. ¿Servirás tortitas?

—Por supuesto —susurró, sonriente.

Le devolví la sonrisa mientras trazaba pequeños círculos en la cara interna de su brazo. Ella siguió charlando, pero el sonido de su voz era como un canto de sirena para mis oídos. Sentía que había pasado mucho tiempo desde que lo había oído por última vez. Sus labios se movían, sus ojos oscuros centelleaban. Era tan hermosa...

Me dio una patada por debajo de la mesa.

—¿Caleb? ¿Me estás escuchando?

—Me has dicho que me quieres.

Se mordió el labio, y me di cuenta de que estaba intentando aguantarse la risa.

—No sabía que te gustaran los cruasanes, estaba seguro de que pedirías rollitos de canela —comenté cuando la camarera trajo lo que habíamos pedido. Cogí el cuchillo y eché un buen pegote de mantequilla encima de mis tortitas.

—Normalmente es lo que pido, pero a veces Damon trae unos cruasanes increíbles a casa de Kara. Los hornea su madre. Me parece que tendré que hacerle chantaje para que me dé la receta.

Se me fue la mano con el sirope y eché demasiado en las tortitas. Fantástico. Volví a dejar la botella encima de la mesa, sin levantar la vista del plato.

—¿Caleb? —preguntó, alarmada—. ¿Qué te pasa?

«¿Que qué me pasa?»

Alcé la vista.

—Damon.

Ella frunció el ceño, desconcertada.

—¿Damon?

—¿Qué sientes por él? —dije, rechinando los dientes.

Abrió mucho los ojos al comprender lo que me pasaba.

—Ay, Caleb... —Negó con la cabeza, esbozando una sonrisa juguetona—. ¿Estás celoso?

—Pues claro que estoy celoso. —Suspiré. Los celos eran una niñería, pero no podía evitarlo.

—Solo es un amigo. La otra noche, cuando nos viste en el bar, me estaba consolando. No me encontraba bien.

—No te voy a decir de quién puedes ser amiga y de quién no, pero...

—Eso espero.

—Pero has de entender que siento unos celos asesinos si veo que algún tío te toca y que me entran unas ganas locas de partirle la cara a tu amiguito.

Ella puso los ojos en blanco.

—Ya te he dicho que...

—Sí, sí, ya me lo has dicho, pero ¿es eso lo que quiere él? ¿Ser tu amigo? Qué casualidad que siempre está ahí cuando necesitas un hombro sobre el que llorar. ¿Y qué pasa conmigo? Yo soy bastante más que un amigo, ¿no? Puedes llorar sobre mi hombro, lo tengo siempre disponible para ti. Mi hombro es propiedad de Red. ¿Quieres que me lo tatúe? —Me señalé el hombro—. ¿O quieres que...?

Se acercó a mí y apoyó la cabeza en mi hombro.

Ay, esta chica... Tenía mi corazón en sus manos. Todo entero. Yo lo sabía; ella lo sabía; ella sabía que yo sabía que lo sabía.

—Ya lo sé. Pero en aquel momento no lo sabía. Pensaba que me odiabas —me dijo.

—Me llevas al límite, Red. De todas las formas posibles. Pero, aun así, ¿no ves que siempre quiero estar donde estás tú? Siempre. —Apoyé mi cabeza sobre la suya—. Te quiero —le dije.

Esperé.

—No estás acostumbrada a oírlo —continué, ...