Loading...

EL MURCIéLAGO (HARRY HOLE 1)

Jo Nesbo

0


Fragmento

EL MARPLATENSE: UNA VIDA FELIZ

Celina

“Me dolía cuando me decían ‘negro’. Prefería que me pegaran. Yo era chiquito, iba corriendo a mi vieja. Le contaba, indignado. Ella decía: ‘Hugo, cuando alguien te ofende, vos le tenés que decir: que Dios te bendiga’. Las vueltas de la vida, ¿no? Ahora todos me dicen ‘El Negro’”.

Lo trajo el calor, un 9 de enero de 1944, en la ciudad de La Plata. Su madre, Celina Carrizo, creció en Carhué. Conoció a Juan Antonio Moyano en la ciudad de Bolívar, provincia de Buenos Aires, mientras él trabajaba en Molinos Río de la Plata. Iba de tren en tren, de cosecha en cosecha, con sólo 16 años. Se casaron y tuvieron dos hijas, antes de partir hacia La Plata, donde nacería el único varón y único platense. En la ciudad de las diagonales, Juan Antonio consiguió un mejor trabajo como camionero en la empresa Platamar. Manejaba un Fiat “cabeza de loro”. Hugo se trepaba a la cabina y se recostaba a dormir la siesta. Poco después don Moyano ingresó en el cuartel de bomberos y fue trasladado a Mar del Plata. La última de los hermanos Moyano nació en la Ciudad Feliz, donde la familia se estableció para siempre. Celina consiguió trabajo en la fábrica de conservas Macchiavello, descabezando anchoítas. La industrialización de la actividad de la pesca cobró vigor en la ciudad a partir de la gran depresión internacional del ’30, que había cerrado los mercados internacionales y dejaba un margen importante para la provisión local por parte de los empresarios radicados en la ciudad balnearia. Después de la instalación en 1919 de La Marplatense, la primera fábrica de conservas de pescado, a partir de 1930 la ciudad se pobló de saladeros de anchoítas a cargo de empresarios italianos de apellidos como Puglisi, Gentile, Panebianco, Belfiore y Santagati. Los Benvenutto hicieron punta con “La Campagnola” y a ellos le siguieron fábricas de otras familias llegadas de la península itálica, como “Mares del Sud”, “Pulgar Hermanos” y “Macchiavello y Compañía”, que crecieron en forma exponencial aprovechando una etapa clave en la Argentina de obligada sustitución de importaciones.1

Recibe antes que nadie historias como ésta

Un barrio peronista

Los Moyano se mudaron a un conventillo montado en una casa vieja que nacía sobre la calle Ayacucho, a pocos metros de Jara. Alquilaban una pieza con cocina, una ventana pequeña y un baño compartido con diez familias más. El administrador era un español de pocos sentimientos, que arrojaba las crías de las gatas por la letrina frente a los niños.

Juan Antonio tenía una radio blanca RCA Victor, pequeña pero chillona, chamuscada accidentalmente por la plancha de Celina. Escuchaba la peleas de box y los discursos de Juan Domingo Perón. Abría la ventana y canalizaba como a través de un amplificador las palabras del General para que a los del club radical de enfrente les quedara claro que ésa era una calle peronista.

Celina se encargaba de la cocina, los hijos, la ropa, el marido, la fe y el trabajo. Pero lo que la jodía soberanamente eran los capataces. Además de ferviente evangelista era peronista de la primera hora. A Celina, Mar del Plata la incomodaba, le costaba adaptarse a una ciudad que había sido creada por las clases adineradas para su reposo y recreación, mientras ella se quebraba la piel con el agua fría y el hielo de los baldes de pescado.

En la década de 1940 se transformó la fisonomía de la ciudad balnearia. Mar del Plata comenzó a desarrollar una industria metalúrgica liviana, el transporte de cargas y pasajeros multiplicó su actividad, y las clases trabajadoras comenzaron a poblarla.

Don Moyano era un hombre gordo, fornido y de pocas palabras. Celina, que no tenía pelos en la lengua, llenaba los espacios de silencio, aunque las reglas de la casa las imponía el marido: había que estar en la mesa con las manos limpias para cuando el hombre de la casa llegara a almorzar. Hugo Moyano fue un pibe feliz, al que jamás le faltó un plato de comida. Era flaco, de mediana estatura, con pelo negro abultado, un jopo siempre engominado y los labios siempre entrecerrados. Hizo la primaria completa en la Escuela Nacional Nº 165, sobre la calle 9 de Julio, a media cuadra de Jara. Su padre fue el disciplinador, y su madre, la gestora de su espíritu. Juan Antonio había estado un tiempo en la Escuela de Artes y Oficios, por lo que, además de encargarse de cortarles prolijamente el pelo a sus hijos, hacía las veces de carpintero y quintero.

A Hugo le obsesionaban tres cosas: el fútbol, el boxeo y que Celina ya no tuviera que remover baldes de pescado congelado. Doña Carrizo se había impuesto como una especie de delegada gremial sin cargo, en una fábrica donde la sindicalización no existía y las mujeres tenían que arreglárselas solas. Regresaba de Macchiavello con la sangre en el ojo y repartía quejas de indignación frente a sus hijos.

—Nos querían hacer entrar en una cámara frigorífica sin la ropa adecuada. Le dije al capataz: “Yo acá vengo a trabajar, no a enfermarme, y mis compañeras igual”. Las chicas me apoyaron.

Ese día, Celina y el resto de las mujeres de su sector se negaron a cumplir la orden. La semana siguiente, la empresa entregó la ropa de abrigo exigida.

Hugo se sentaba a la mesa y escuchaba con atención, mientras su madre se frotaba los dedos para ganarle al frío. Celina era una madre dulce y sobreprotectora, que almidonaba la ropa de sus hijos hasta en los días de 25 grados, pero sus relatos germinaron la semilla de la bronca y la convirtieron en la primera gran influencia del varón, que comenzaba a personificar al empresario como su enemigo. El explotador, el hijo de puta que le cagaba la vida a las mujeres como su vieja.

El hogar de los Moyano era disciplinado. Juan Antonio se sentaba en la punta de la mesa, dos de los pequeños de cada lado, y Celina en la otra punta, junto a la cocina. Se tomaba sopa todos los días. “Yo a veces me quedaba jugando a la pelota, me demoraba. Cuando mi viejo caía en su bicicleta grandota, de ruedas gruesas, mi hermana, la segunda, salía a buscarme. ‘Vino papaaá…’ Y me hacía el gesto de que me iban a cascar. Yo venía todo asustado. La hora de comer era sagrada. Yo tenía 7 años. Mi hermana se subía al portaequipaje de la bicicleta. ‘¿Dónde estuviste?’ ‘No, papá, se me hizo tarde…’ ‘Vaya a lavarse las manos y se sienta en la mesa.’ Después se ponía a jugar con nosotros. Era muy estricto (se ríe). Si lo hacía enojar, me corría, pero no me podía alcanzar.”

Los cumpleaños de Hugo se festejaban en familia, alcanzaba para eso.

—¡Vamos a comer, vamos a hacer un chocolatito y un pastelito!

Con eso, Celina les llenaba el estómago y el corazón. El alma se llenaba en la Iglesia Evangélica y la prédica de Eva Perón. La madre alegraba la casa con un himno a Dios y adoctrinaba: “El comunismo es malo porque no cree en Dios”. En aquellos años de inocencia, Hugo se reservaba la religiosidad para cuestiones más terrenales. Rezaba para que Dios iluminara el camino de Abraham, Marraso, Busegne, jugadores de Independiente. También pedía por Britos, Micheli, Cecconatto, Bonelli y los hermanos José y Emilio Varacka. Cuando ya daba los partidos casi por perdidos, le pedía al Señor que aunque sea los dejara empatar, y lloraba cuando perdían. Cuando no había más remedio, los tangos de Antonio Tormo le quitaban la tristeza. Con apenas cuatro años, y más contagiado por su padre que por su propia pasión, Hugo pudo festejar por primera vez la consagración de su equipo, en un torneo curiosamente marcado por el sello que lo acompañaría toda su vida. Cuando faltaban cinco fechas y Racing, el eterno rival, se ubicaba al tope de la tabla un punto por encima de Independiente, lo impensado: por una huelga de futbolistas el resto del campeonato se jugó con aficionados. Los “pibes” de las inferiores del “Rojo” realizaron una gran tarea y ganaron tres partidos, empataron uno y perdieron el último, cuando ya eran campeones. Además, entre esos partidos inolvidables, Independiente jugó contra la Academia y le ganó 1 a 0, con gol de Gabriel Gil.

Don Juan tenía una bicicleta, como las de reparto, con un portaequipaje atrás, donde sentaba a Hugo a ver los partidos cuando lo llevaba a la cancha del Club Atlético Quilmes de Mar del Plata, más famoso por el desarrollo que tuvo en el básquet que por sus logros futbolísticos.

Los primeros años en la vida del único hijo varón se sucedieron como las páginas de una niñez sin sobresaltos, donde la humildad y el orgullo fueron los pilares fundamentales de su personalidad. En diciembre, Hugo y sus hermanas esperaban ansiosos la llegada del cartero con los bonos de Navidad y Reyes, gracias a los que podían retirar un pan dulce, una sidra y los juguetes. Era la única vez al año que Hugo recibiría un regalo, y era de parte de Eva y el General.

El 20 de julio de 1952, a las 20.22 horas, Evita murió de un cáncer fulminante. Aunque tenían prácticamente la misma edad, Celina lloró como si hubiese perdido a su madre, como si le hubiesen arrebatado el derecho de ser hija. Juan Antonio enmudeció más de lo habitual y entristeció la mirada. Ella se consoló en el abrazo de sus hijos.

Huguito era el favorito del padre y la debilidad de la madre. En la escuela era un peleador nato, pero en tercer grado no faltó un solo día a clases. La escuela lo premió con el libro Tusca el jabalí (el primer libro que leyó en su vida y uno de los pocos que terminó). Pero el último día del año escolar, Hugo amaneció con fiebre y paperas. Insistió en cumplir el récord y se levantó maldiciendo para ir a la escuela. Cayó rodando mientras se ataba los zapatos.

En los ratos libres, la familia iba al cine a ver las películas de Gardel. El saco de vestir de Hugo tenía una mancha imposible de quitar, así que Celina le había ajustado un sobretodo viejo, heredado de un tío con más suerte. Le encargó al nene que se pusiera el sobretodo y esperara el comienzo de la película y se apagara la luz para quitárselo, así nadie notaría la vergonzosa mancha.

—Cuando termina la película, antes de que se prenda la luz, te lo ponés rápidito, ¿escuchaste?

Cuando Gardel cantó el último tango, Huguito olvidó por completo el recado de la madre, por lo que Celina lo corrió al grito de: “¡Ponete el sobretodo! ¡Ponete el sobretodo!”.

A la salida del cine, el almacenero de la esquina, suplía la falta de efectivo de Hugo para los vicios infantiles.

—Don Martín, ¿no me da la yapa?

Cuando el viejo estaba de buen humor, le tiraba unos caramelos baratos.

Justo antes de cumplir los 11, en diciembre de 1954, Hugo consiguió su primer trabajo. Etiquetaba salamines en una fábrica de chacinados, donde primero se picaba la carne, se embutía, se dejaba secar y después Moyano se tiraba en una pieza a pegar las etiquetas.

Mientras Hugo trabajaba, ese último verano peronista, meses previos a la autodenominada Revolución Libertadora, Mar del Plata volvía a poblarse de extraños. Para el niño que se creía hombre, el turista era una especie de extranjero que llegaba para aprovecharse del fruto de sus esfuerzos. En el invierno, el patrón lo ascendió a la categoría de lavatripas, que venían saladas y provocaban que las manos se le llenaran de sabañones. Celina tenía razón. Todo lo que su madre había despotricado en su presencia se cumplía en el mundo que Moyano comenzaba a odiar.

Hugo fue un chico travieso pero vergonzoso, orgulloso pero humilde. Después de la temporada, cuando volvía al colegio con los pantalones cortos, no podía manejar la vergüenza de pasar por la fábrica y que los compañeros más grandes lo vieran con las piernas al aire. Celina era, una vez más, el depósito paciente de sus quejas de preadolescente, y no se cansaba de repetir: “Hugo, cuando alguien te ofende, vos le tenés que decir: que Dios te bendiga”. Pero el barrio podía ser más duro que la fábrica, por lo que Hugo prefería cruzar algunas piñas.

El mundo de los Moyano se sacudió con la caída de Perón. Hasta entonces, la vida de Hugo había transcurrido bajo la guardia absoluta del General. La crisis del segundo gobierno peronista, ahondada por un enfrentamiento sin retorno con la Iglesia Católica, la Marina, un sector del Ejército, la oposición pólítica y las clases pudientes, pusieron al General en un viaje que no terminaría sino hasta 1973. El 16 de septiembre de 1955, un levantamiento militar encabezado por el general Eduardo Lonardi en la provincia de Córdoba alistó la primera jornada de la guerra por Perón, seguida por una sublevación total de la Marina. El líder había dicho días antes, en Plaza de Mayo, cuando amagó con renunciar al poder y agitó a las masas: “Por cada uno que caiga de nosotros, caerán cinco de ellos”.

El 20 de septiembre de 1955 fue un día tormentoso en Mar del Plata. Mientras caía la lluvia, los estruendos levantaron de la cama a los Moyano. La Armada bombardeaba las instalaciones locales de Yacimientos Petrolíferos Federales (YPF). Al mando de las operaciones estaba el almirante Isaac Rojas, el más paradigmático representante del antiperonismo recalcitrante. Hugo aprendió a odiarlo con su alma desde ese día, que recordó muy bien cuando tres décadas y media después se besó con Carlos Menem.

Celina entraba y salía de la pieza llorando.

—Lo quieren echar a Perón. No sé qué va a ser de nosotros. No vamos a tener ni la casita que soñamos.

Los rumores de un posible bombardeo a la ciudad cesaron con las horas. Perón había dejado el Gobierno y se refugiaba en la embajada de Paraguay. Con el paso de los días, Lonardi debió abandonar el poder de facto y el almirante Pedro Eugenio Aramburu se coronaría como el líder de la Revolución Libertadora y la persecución a los peronistas. Aunque Celina estaba afiliada al Partido Justicialista desde 1946, los Moyano no militaban en política y la historia les perdonó la vida sin grandes exigencias.

Ese año, poco después, por fin llegó la casa que les había adjudicado el Plan Eva Perón. La familia se mudó a un terreno de 33 m2 con una quinta de tomates. Los años justicialistas no volverían por mucho tiempo, pero lo esencial estaba: la casita soñada. Construyeron una vivienda con tejas coloniales, a veinte cuadras del mar, sobre la calle Belisario Roldán.

En la clandestinidad, Mar del Plata se convirtió en una de las cunas más rebeldes de la resistencia peronista, la misma que gestaría el caldo bélico y agitado de los años que cambiarían la vida de Moyano.

La ciudad del box y las calderas

—Che, hay una mina que es yiro. El bondi que va por Juan B. Justo nos deja en el lugar. Vamos, no sean cagones.

Hugo no había cumplido los 14. Se subió al colectivo junto a otros cinco amigos del barrio. El chico de la precisa indicó el punto de parada. Después de pagar una módica tarifa, les hicieron bajarse los pantalones.

—¿Ahora? ¿Para qué?

—Hay que lavarles el pito con Espadol, nene.

El grupo se alistó para la dama, una asqueada de debutantes adolescentes que ya había perdido la paciencia por completo. Sólo uno falló. Hugo entró en la pieza y se acostó al lado de la puta.

—Dale, vamos, dale, boludo. Subite arriba.

—¿Hay que subirse arriba?

La mina lo despachó rápido. Hugo y sus amigos volvieron durante un tiempo una vez por semana, hasta ponerse cancheros.

Los días en el nuevo barrio eran todavía más tranquilos, aunque Moyano no dejó de visitar a los amigos del conventillo, como el “Nene” Depilato, que entonces ya entrenaba boxeadores.

Hugo había terminado la escuela primaria cuando dejó el puesto en la fábrica de salamines para entrar en el reparto de una carnicería. A los 16 sabía cortar carne y atendía el mostrador. Había hecho buenas migas con un pibe vecino que le llevaba una cabeza: el “Gordo” Garach, quien también era hijo de un bombero estricto, por lo que ambos recibían retos y corridas cuando se pasaban de la raya. El fútbol y las riñas eran la diversión más sana que encontraron, y en el equipo los querían porque cuando se armaba la bronca eran los primeros en ir al frente. Iban juntos a la tribuna del Club Once Unidos, siempre atentos a la primera señal de riña. Con los años y el laburo, Moyano pudo ahorrar lo suficiente para comprarse una Siambretta celeste y crema, original. La política todavía no era una cuestión personal, pero llegaría pronto.

Después del golpe de Estado de 1955, la resistencia peronista unificó los esfuerzos de sectores política e ideológicamente heterogéneos con un objetivo común: el regreso de Perón al país y al poder. En Mar del Plata, la población estable en la ciudad rondaba los 500 mil habitantes. Inmigrantes italianos y españoles, peronistas de la primera hora, sindicalistas, jóvenes, obreros, ex socialistas y ex franquistas conquistados por el General y Evita, futuros contrincantes de la izquierda y la derecha, confluyeron entonces en un todo rebelde y desbordante. Quien 15 años más tarde sería uno de los jefes de la agrupación Montoneros Mar del Plata, Eduardo Adolfo Soares, fue uno de los primeros soldados peronistas en la clandestinidad de los años ’50. Su hijo, Eduardo, es ahora un abogado de presos políticos radicado en la ciudad de Buenos Aires, que recuerda las anécdotas de la resistencia. Descendiente de esclavos de Cabo Verde, África, el letrado y líder de la agrupación piquetera Martín Fierro se crió en la misma Mar del Plata de Moyano. Es alto, robusto y amable, de andar humilde y modales de antaño. Comparte con Hugo no sólo el apodo de “El Negro”, sino también los capítulos de una vida peronista, en veredas enfrentadas. Soares hijo creció en un hogar con piso de tierra, y a los 12 años consiguió su primer trabajo como “cuidacoches” en el Golf Club de la Feliz, donde además de conocer los trasfondos personalistas de la “burguesía local”, se topó con personajes como Alfredo Martínez de Hoz y Pereyra Iraola. A los 18 lo ascendieron a “cargador de palos”. “Incluso esos hijos de puta de la oligarquía nacional nos trataban mejor que la burguesía local. Ellos, por lo menos, nos trataban como seres humanos. La clase media marplatense era en general reaccionaria y católica, con mentalidad oligárquica. La Iglesia tenía una gran impronta y había una alta concentración de Fuerzas Armadas y de seguridad, que incluía desde la Aeronáutica y la Prefectura hasta la Policía federal y bonaerense. La Marina tenía una base de submarinos y prácticamente rigió la vida de la ciudad incluso desde tiempo antes de la Revolución Libertadora. El empresariado local siempre fue fascista y muy cruel con los trabajadores. La oligarquía, la Iglesia y la Armada impusieron el ritmo de la ciudad.”

Su abuelo y su padre contaban a Soares cómo el peronismo había nacido “con un concepto de alianzas de clases”. “Se suponía que las clases sociales no disputarían entre sí. Esa alianza se rompe al poco andar, y es lo que explica la aparición de Montoneros y la Concertación Nacional Universitaria (CNU), treinta años después de 1945.”

La resistencia fue un movimiento que “nació como consecuencia de la conciencia de los derechos”. Más de 50 años después, el líder del sindicato marplatense de los empleados telefónicos, Ángel Barreiro, hace memoria de los primeros años de clandestinidad. Barreiro es delgado, petiso y prolijo, de impecable aspecto formal con un aire playero, el pelo blanco engominado y la camisa suelta. Tenía apenas 14 años cuando llegó desde Vigo, Galicia, y desembarcó en Mar del Plata, conquistado por la ayuda que Perón había prestado a España durante el bloqueo económico después de la caída del Eje en la Segunda Guerra Mundial. Barreiro ya no porta armas ni dinamita canteras como en la década de 1950. Los tiempos mutaron y el viejo Barreiro cambió los tiroteos con enemigos políticos en pleno centro marplatense, por las palabras filosas. Tiene, además, el mal de las generaciones agitadas: puede relatar con lujo de detalles sus aventuras y desventuras de la turbulenta historia del siglo XX argentino, pero las fechas se pierden en el camino de la memoria. Fundó a escondidas, junto a otros jóvenes, la Juventud Peronista de Mar del Plata, poco después del golpe de Estado de 1955. Para entonces, el Gallego había conseguido trabajo en la agencia Ford de Colón e Independencia. “Un compañero del sector Repuestos me invitó a una reunión. Íbamos a crear la Juventud Peronista de Mar del Plata. No lo pensé dos veces. Mi compañero era cuidador de un chalet en Los Troncos, el barrio más bacán de Mar del Plata, así que cuando los dueños no estaban nos reuníamos ahí. Empezamos a luchar contra los milicos. En 1957, salíamos a pintar con brea las casas de los que no eran peronistas”, relata con entusiasmo y agrega a carcajadas: “Los muy gorilas tenían que picar el frente para quitar la frases escritas. Asaltábamos canteras en Tandil, robábamos dinamita, nos tiroteábamos con el Ejército. Nos corrieron, nos metieron presos. Nos acompañaba el que después sería secretario general del gremio de los pescadores, Saravia, al igual que Muñoz, del Calzado. Moyano no militó con nosotros pero sí Jorge Silva. Era activista y buen compañero. Venía a las reuniones, salíamos a pintar”.

Por cálculos familiares, Soares estima que “el 50 por ciento de los caños que estallaron en el país salieron de las canteras marplatenses. Para armar un caño necesitaban explosivos, y la única forma de conseguirlos era robándolos. Mi viejo y otros dirigentes de la Resistencia, como Barreiro, iban por la ciudad metiendo caños en bicicleta”.

Moyano, entonces, vivía una adolescencia alejada de la política, la que lo seduciría recién en 1961. Pasaba sus horas fuera de la carnicería La Cumparsita, mirando entrenar a quienes se convertirían en legendarios boxeadores, como Andrés Selpa y Ubaldo Sacco. Andaba por el barrio en bicicleta con José Saro Georgetti, también conocido como Kid Tutara. Entrenaban, practicaban con los guantes y levantaban pesas en el Estadio Bristol.

En esos años Hugo hizo amistad con el entrenador Héctor Depilato, cuya madre trabajaba con Celina en la fábrica de conservas. Depilato es ahora el organizador de los festivales de boxeo auspiciados por el gremio de camioneros. Es flaco y alto, un septuagenario en el terreno del deporte. Está enemistado con el paso del tiempo, habla pausado, con el timbre del ring como música de fondo y la melancolía de quien cree que todo tiempo pasado fue mejor. Conserva a la fuerza su cabello castaño, peinado hacia atrás con peine fino. Tiene la mirada cabizbaja y los labios hundidos, como quien deja entre dientes las verdades a medias. Una versión marplatense del personaje de Clint Eastwood en Million Dollar Baby, solicitado por boxeadoras de todo el país, pero que se negó a entrenar. “No lo siento. No puedo hacer lo que no siento”, se excusa. Montó su gimnasio en la casa paterna, en avenida Jara y San Martín. A lo largo de las décadas, entrenó a 46 campeones de distintas categorías, entre ellos Miguel Ángel Páez y Jorge “Locomotora” Castro. Ferviente admirador de Eva Perón, pasión que, como Moyano, heredó de su madre. “Nací donde ahora está el ring”, señala. “Mi madre era mis ojos. Mezcla de sicilianos y calabreses. Se casó con mi padre a los 13 años. Él llegó en barco a los 16. Ella, como la madre de Hugo, trabajaba descabezando anchoítas. Se iba a las 6 de la mañana y volvía a las 9 de la noche.”

“La vida mía es el deporte. Lo siento, lo llevo muy adentro. Admiro a Evita y a un amigo como Hugo Moyano. Él empezó muy de abajo, como ayudante camionero. Él y Oreja, muy amigos míos. Jugaban al fútbol conmigo. El finado padre de Hugo trabajaba en los bomberos y me hacía entrar gratis a la cancha de Quilmes, porque me quería mucho. Ahí lo vi jugar al campeón Pelé. Don Juan era un hombre grandote, cuidaba que no se cuelen.”

1961: El delegado

Transporte Verga Hermanos tenía su sede marplatense en las calles Luro y Chile. Hugo había dejado su puesto en la carnicería de barrio, donde el sueldo era poco y los días, monótonos. Su padre todavía conservaba un contacto en el rubro tras su paso por la empresa Platamar, y consiguió que Hugo ingresara a trabajar como “lechuza”, como se denomina en el gremio a los acompañantes del chofer, que cumplen la tarea de ser el segundo par de ojos del conductor. En menos de un año, el camino de aquel pibe de barrio que predicaba la pasión por el boxeo y el fútbol comenzaría a transitar la senda de su destino. Antes de acompañar a los camioneros en el trayecto Mar del Plata-Buenos Aires, por la vieja y angosta ruta 2, en la cabina o cuidando la carga, Moyano hacía el reparto local. El camión le daba una sensación de poder absoluto. Veía el camino por encima de todo, sentía el viento más alto que cualquiera, dominaba el asfalto con la libertad de un pájaro. Con los meses, empezó a correr el camión. Un viejito del gremio, Don Juan, le enseñó a manejar.

—Andá con prudencia —le dictaba el viejo cuando salían a hacer el reparto.

—¿Dónde está Prudencia, que no la veo? Preséntemela.

—No había vez que el viejo no sonriera.

Una mañana, Moyano se cruzó en el camino con un colega de la empresa Rabbione. Estaba descargando cajas sobre la calle Luro, cuando lo destelló la finura del uniforme de Grafa.

—¡Qué linda ropa, flaco! ¿Dónde la compran ustedes?

—Te la tiene que dar la empresa. El convenio dice que te la tiene que dar. Tenés que ir al gremio.

—¿Dónde queda?

—En la calle Francia.

Hugo se acordó de Celina, y la anécdota de la ropa de abrigo. Agradeció el dato y se volvió con la mirada centrada en el piso. Comentó la charla con otros dos compañeros y fueron a reclamar el uniforme al encargado. Como la empresa hizo caso omiso, esperaron el anochecer para ir a la sede del sindicato, entonces comandado por Fernando Anaya, un camionero alejado de las rutas, con cuerpo de gigante, carácter bonachón y la cara picada de viruela, a quien Moyano bautizaría como “Patrice Lumumba”, por su parecido con el líder de la independencia del Congo del dominio de Bélgica, de moda por esos años. Los pibes soltaron las quejas y el dirigente les prometió que enviaría una inspección del Ministerio de Trabajo a la empresa. Al día siguiente se afiliaron y semanas más tarde consiguieron que Verga Hermanos les diera el uniforme. Con los años, la conquista gremial resultaría más anécdotica que fáctica, ya que a los mismos camioneros les avergonzaba llevar la inscripción de Verga Hermanos en el pecho, pero sería el primer paso de Moyano hacia el poder sindical. Entonces, llegado septiembre, la seccional celebró elecciones internas. Los camioneros de la empresa propusieron a Hugo como delegado, pero no pudo ser electo porque aún le faltaban 3 meses para cumplir los 18. “Entonces hicimos una rosca para elegir a otro compañero y acordamos que después de mi cumpleaños, él renunciaba y yo asumía. Íbamos de noche al sindicato porque eran tiempos jodidos. Las asambleas eran los domingos a las 8 de la mañana. Yo llegaba temprano, acomodaba las sillas. El sindicato era como mi casa, lo quería.”

Dos años después de convertirse en delegado, el servicio militar obligatorio interrumpió su camino por un año. Era 1965. Se salvaron hasta el número 220. Moyano sacó el 244. Su destino: grupo de Artillería en Sarmiento, provincia de Chubut. Por la letra prolija le asignaron la tarea de furriel, por lo que estaba a cargo de la distribución de los suministros. “Fue uno de los años que más nevó. Me curé ahí los sabañones. Cuando veníamos de correr, llegaba con las manos hinchadas, doloridas. Un día me dijeron: ‘Te tenés que poner nieve’. Me puse nieve y aguanté el frío. Se me secaron, como si fueran ampollas. Nunca más me salió un sabañón. No la pasé tan mal. Fue casi un año de bailes, mucho frío y mucho viento. Me llevaba bien con mis compañeros porque tratábamos de que la comida alcanzara para todos, ya que no era muy abundante. Me acuerdo que una vuelta, nosotros estábamos siempre donde se repartía la comida y nos faltó un cilindro, que es donde se llevan las ollas redondas. Y si faltaba algo, vas en cana por bobis, no te puede faltar nada. No sabían qué hacer. Entonces les dije:

—Vamos a hacer que se arme una pelea. Y en el revuelo alguno manotea el cilindro de otro lado y se lo lleva.

Nos agarramos a trompadas y nos revolcamos, y el que me pegaba a mí se reía. Yo le decía: ‘Pero no te rías’. Cuando nos quisimos acordar, ya teníamos dos cilindros de más. Otro día, fuimos a jurar la bandera en Río Mayo. ¡Hacía un frío! A veces veo en las películas cuando van los soldados apretados en los camiones, me acuerdo que íbamos así a Río Mayo, que queda a más de 100 kilómetros de Sarmiento, y cargábamos con todo el equipo, hasta con el arma, porque si llegaban a tomar un cuartel, y nosotros estábamos viajando, nos quedábamos sin nada. Íbamos todos en filita, sentaditos en el camión Mercedes. El que tenía ganas de orinar, orinaba en una botella. Entonces, íbamos pasando la botella, que venía caliente. El último la vaciaba y se la pasaba al que quería hacer. Esa vuelta, a uno le agarró ganas de hacer sus necesidades. Se llamaba Andreu. Nosotros éramos solidarios, si bien nos reíamos. Se estaba quejando, entonces le dijimos:

—Vení, ponete acá. —Puso el traste afuera del camión, mientras otros compañeros lo sostenían. Todos mirándolo. Puso cara de fuerza. De acuerdo el gesto que hacía, preguntábamos:

—¿Y, terminaste?

—Sí.

—¡Bien, vamos! —Se lo festejábamos. Éramos pibes.”

Los 70: el dirigente asoma la cabeza

Cumplido el servicio, el Negro regresó a Mar del Plata. Seguió trabajando en Verga Hermanos hasta los 25. Había forjado dos grandes amigos camioneros. Jorge Mariano Silva era un cuadro político sobreviviente de la Resistencia Peronista. Era chofer en la empresa de combustibles Petrocar. Juan Carlos Oreja era camionero en la compañía Expreso Santulli. Tenía pinta de actor de cine, ojos azules, y compartía con Moyano y Silva la pasión por el fútbol y el boxeo.

El trío camionero comenzó a escalar posiciones en el gremio. Hugo era el táctico, Silva el político y Oreja, el único que sabía escribir a máquina. Hugo ya había sido vocal y protesorero, hasta llegar a secretario de actas. Fernando Anaya había dejado la conducción de Camioneros y en su lugar asumió el militante del Partido Comunista Andrés Marín. Para Moyano, “Marín era un hombre muy capaz pero le faltaba un poco de empuje”. Su secretario adjunto, Ferreira, de la empresa Expreso Mar del Plata, cayó enfermo y Moyano ocupó por formalidad la secretaría adjunta local. El beneficio de la responsabilidad le permitió empezar a ausentarse del trabajo dos días a la semana para ir al gremio. Fue cuando el Negro activó el plan para cargarse al compañero Marín. “Empezamos a reunirnos y yo empecé a trasmitir lo que me parecía que había que hacer. En Mar del Plata, nosotros no podíamos discutir salarios, ya que se pactaban en Buenos Aires. Uno de nuestros problemas era que los choferes marplatenses sólo se podían tomar vacaciones entre abril y octubre, porque la mayor cantidad de trabajo era en verano. Entonces dije que nos tenían que pagar más. Logramos sacar un pago extra por no poder tomarnos las vacaciones en verano. Nuestro grupo siempre tuvo esa actitud, éramos todos pibes jóvenes, que trabajábamos en empresas. Cuando llegaron las elecciones en el gremio, presentamos una lista opositora y ganamos. Así empezó mi carrera.”

La fórmula fue Moyano-Silva. Como en el sindicato nacional no le pasaban un mango a Oreja, flamante secretario de actas, Moyano y Silva sacaban parte de sus sueldos para bancarlo durante la licencia gremial.

De aquel trío, sólo queda Moyano. Oreja murió a principios de la década de 1990, de una afección coronaria, herencia familiar. Fue una de las grandes pérdidas en la vida de Moyano. Silva se retiró de la vida gremial. Un tumor cerebral que no le daba tregua lo recluyó al núcleo familiar y esporádicas visitas a la cancha.

Hasta la llegada de Liliana Zulet a su vida, la mayor influencia femenina para Moyano sería su madre. Otras dos mujeres se cruzarían en su camino para brindarle un legado no menor: sus primeros seis hijos.

Olga Beatriz Mariani nació el 1° de enero de 1945. Tuvo con Hugo un noviazgo rápido y un casamiento apurado. En el medio, Pablo había sido concebido. Ella tenía 24 y él, 25. Para entonces, Moyano había conseguido un trabajo estable y un sueldo digno en el expreso Santulli, y su militancia en el sindicato marplatense era el centro de su vida. El Negro debió abandonar su piecita de soltero en la casa paterna y comenzó a construir su primera morada en la parte trasera del terreno de la familia. Dos piezas y una cocina.

Pablo Hugo Antonio nació el 22 de julio de 1970. El matrimonio sobrevivió lo que pudo, forzado por los avatares del destino y las autoexigencias de ambos, que fueron siempre más fuertes que el amor. No obstante, la pareja tuvo tres hijos más. Paola María Isabel nació el 23 de febrero de 1972; Karina Beatriz, el 20 de febrero de 1973, y Emiliano, en 1975.

La militancia y la agitada década de 1970 alejaron a Hugo del hogar. En Mar del Plata, la guerra entre la derecha y la izquierda peronistas se dio en las universidades Católica y Provincial, y en el terreno gremial. La aparición de la facción local de Montoneros fue tardía. Mientras se desarrollaba en el resto del país desde 1968, el Peronismo de Base (PB), también conocido como Fuerzas Armadas Peronistas (FAP), se ocupó de la beligerancia de principios de década, hasta la llegada de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y Montoneros. Al igual que en La Plata, el peronismo marplatense también gestó una derecha fuerte. Mientras el Comando De Organización (CDO) se expandía por el territorio del país, un grupo de estudiantes de abogacía fundaba en la Ciudad Feliz la temida Concentración Nacional Universitaria (CNU), que nucleaba a los hijos de las clases altas. El letrado Ernesto Piantoni fue el jefe máximo de la organización junto a su mejor amigo, el también abogado Gustavo Demarchi, señalado en los Juicios por la Verdad como el sucesor de Piantoni al mando de la Concertación, personificaron el nexo entre la agrupación, célula marplatense de la Triple A de José López Rega, y la Confederación General del Trabajo (CGT) local. Los abogados eran los asesores legales, al mismo tiempo que integraban la CNU. En su estudio jurídico en el centro marplatense, Demarchi relata su versión de los hechos. Nació en julio de 1946, en el seno de una familia radical y patricia. Estudió derecho en la Universidad de La Plata, donde descubrió su pasión justicialista en plena proscripción del peronismo. Demarchi tiene la frente amplia y las arrugas surcadas, el pelo engominado y la barba nevada. “La CGT local era totalmente adherente a (José Ignacio) Rucci. Yo era abogado de la central junto al doctor Norberto Centeno. Entonces, en 1973, el secretario general de la seccional Mar del Plata era el líder del sindicato de la Construcción, Marcelino Mansilla. Acompañaban en la conducción José Miguel Landín, del gremio de la Carne. Hugo Moyano era de la Juventud Sindical Peronista (JSP). Dentro de ese cúmulo, yo mantenía relaciones con otras facciones. Por ejemplo, era amigo de algunos que militaban en la Tendencia Revolucionaria, afín a Montoneros, como es el caso de Amílcar González. Es decir, yo mantenía dentro de mi posicionamiento una actitud no violenta, a efectos de evitar los enfrentamientos”. Lo cierto es que en la Justicia Federal, Demarchi y la CNU son investigados por 18 homicidios cometidos entre 1975 y el 24 de marzo de 1976, en la causa que investiga “la conducta de los civiles que participaron en la represión ilegal” en los años previos a la última dictadura militar. El juez federal Roberto Falcone investigó durante casi siete años a la CNU marplatense. Determinó que los agentes de la Concentración eran civiles ligados al ámbito universitario, jurídico y sindical. Era una agrupación heterogénea, cuyos militantes compartían escasas pero suficientes similitudes para tener un objetivo en común: ser de derecha, ser peronistas y ser violentos.

Para el juzgado que instruyó la causa, el asesinato de Piantoni marcó el comienzo de una escalada de crímenes y violencia que ennegreció la Ciudad Feliz a partir de marzo de 1975. La investigación judicial determinó que la CNU fue “una organización local de ultraderecha que desde mediados de 1974 pasó a ser el brazo regional de la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A) con la finalidad de llevar adelante los designios de la misma, que cometieron delitos de toda especie, desde homicidios hasta robos calificados por el uso de armas, sustitución de chapas patentes de los vehículos que utilizaban para cometer distintos hechos de persecución política, falsificación de documentos, utilización de documentos y credenciales falsas, intimidaciones públicas, incendios dolosos, coacciones, robos de automotor, privación de la libertad y otros”.

Tanto Soares, de Montoneros, como Demarchi, coinciden en que la violencia en el terreno marplatense había comenzado mucho antes de la fecha señalada por la Justicia. Demarchi dice: “La violencia se inicia un mes antes del asesinato de Rucci, cuando las FAP matan a Mansilla el 27 de agosto de 1973. Un mes después, los Montoneros matarían a Rucci”. Para la izquierda, el asesinato de la alumna Silvia Filler en una asamblea universitaria en 1972 en manos del CNU fue el disparador de los enfrentamientos entre peronistas.

La masacre de Ezeiza, el 20 de junio de 1973, resultó también el bautismo de fuego de la interna peronista marplatense, en la que Moyano fue apenas un peronista más. La seccional local de Montoneros entonces llegaba a movilizar 5 mil personas y tenía 30 locales instalados en la ciudad. Soares recuerda la retirada desconcertante: “Ezeiza fue una desazón. Habíamos llevado palos, cadenas y algunas armas cortas, pero como medida de precaución, porque a lo sumo preveíamos un enfrentamiento con la JSP. Sólo eso. La cabecera del grupo que entró era de La Plata, le seguía nuestra columna de Mar del Plata y la de Bahía Blanca. Por eso, los platenses fueron el grupo con más heridos. Nosotros también tuvimos algunos. Después de la masacre, reagrupamos a los marplatenses, los llevamos hasta la estación Constitución, tomamos a punta de pistola un tren, desalojamos a los pasajeros y subimos a los nuestros. Teníamos médicos y enfermeras con nosotros. No queríamos parar en los hospitales porque sabíamos que ahí iban a ir a buscarlos. Dimos la orden al maquinista de que no parara hasta Mar del Plata, y regresamos casi sin hablar. El golpazo moral nos sobrepasó. Habíamos ido a mostrarle a Perón que nosotros éramos los herederos y no esos hijos de puta. Lo más duro fue que Perón nos dejó en claro que él no estaba con nosotros. Cuando llegamos, la CNU tomó todas las radios, nosotros todos los hospitales y pudimos imponer el jefe sanitario de la seccional octava, el doctor Andrés Cabo. A partir de entonces, el diálogo con la derecha se cortó y no hubo vuelta atrás”.