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EL SECRETO DE LA FAMA

Gabriel Zaid

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Fragmento

Atrapar un milagro

Hay frases que llaman la atención sobre sí mismas, distraen del tema sobre el cual se hablaba y sorprenden incluso al que las dijo, como una revelación, por lo que dicen y lo bien que lo dicen. Parecen un milagro que se produjera solo. Tienen lectores antes de tener autor. En esa revelación está el origen de la literatura. Las frases observadas, celebradas, repetidas, se vuelven textos que circulan sin firma ni control. El autor se pierde de vista.

Hoy se ha llegado al extremo opuesto. Lo que llama la atención es el autor, aunque la obra se pierda de vista. Hablar de los escritores interesa más que leerlos. Los reflectores llevan la atención a las fotos, personalidades, anécdotas, premios, regalías y ventas, más que a las frases, imágenes, escenas, personajes o ideas que se quedan en la memoria.

Los primeros textos memorables (dichos, canciones) fueron breves, orales, anónimos; quizá anteriores a la pintura rupestre. Los primeros escritos literarios, anónimos y breves (conjuros, cantos rituales, invocaciones grabadas en las tumbas para acompañar a los muertos), aparecieron en Mesopotamia y en Egipto, hace cuatro o cinco mil años. Hace tres o cuatro mil, en Mesopotamia, se compusieron los primeros textos largos, anónimos y orales (Gilgamesh, Enuma elish). Hace unos 28 siglos, en Palestina, el profeta Amós escribe como un autor que se dirige al público; y hace unos 27, en Grecia, Hesíodo hace lo mismo. Tanto Amós como Hesíodo dejaron en sus textos (que ya no fueron breves, orales ni anónimos) alguna referencia a sí mismos.

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Un milenio después, a fines del siglo IV, los poemas narrativos de Gregorio Nacianceno y las Confesiones de San Agustín tienen como tema central a su autor. En el siglo XVIII, la vida misma de Voltaire, Franklin, Johnson, Rousseau, Goethe, parece vivida como un proyecto creador de su figura personal. Hoy es común el autor como obra: como personaje novelesco creado para el mito y el mercado.

También la fama es de origen prehistórico. Se vuelve texto en los mitos y leyendas de autor desconocido sobre personajes conocidos. Después, los escritores mismos llegan a ser personajes legendarios, en el largo proceso que va de la creación anónima al protagonismo del autor, de la oralidad a la escritura, del microtexto a las obras completas.

La fama concentra la atención social en unos cuantos nombres. Es algo bueno, si nos lleva a leer grandes libros, a sumergirnos en grandes obras de arte. Malo, si se reduce a recitar los nombres, sin la experiencia viva de las obras, que va definiendo el gusto personal frente a los juicios de la fama.

Las grandes obras (famosas o no) son un milagro, una zona de la realidad donde la vida sube de nivel y nos habla. La conciencia absorta se pierde y se recupera con un foco más claro. La realidad adquiere más sentido, y nosotros también. Las grandes obras nos animan, nos vuelven más inteligentes y más libres, más imaginativos y creadores. Es natural hablar de esa experiencia extraordinaria, compartirla, traerla y extenderla a la vida ordinaria. La conversación sobre las grandes obras puede ser, en sí misma, un milagro creador. O mera resonancia de los nombres que suenan.

El ruido de la fama tiene también su más allá, que baja hasta la vida ordinaria repartiendo autógrafos, como un sacramento. El escultor se vuelve una escultura: un objeto de admiración o idolatría sobre el pedestal que lo separa del trato normal con los demás. Rodin fue solitario antes de volverse famoso, y se volvió más solitario cuando llegó a serlo, porque la fama es una acumulación de malos entendidos sobre los nombres que van apareciendo –dijo Rilke.

Ahora hay expertos en provocar malos entendidos. Venden el secreto de crear una personalidad que suba al pedestal de la fama, atrayendo los reflectores. Pero no hay expertos en la creación de obras maestras. Quienes, movidos por la inspiración, el azar, el oficio, tienen la buena suerte de atrapar un milagro, no deberían quejarse demasiado de ser famosos o no serlo. Después de todo, les tocó lo mejor.

Citas y aforismos

De muchos libros de la Antigüedad no quedan más que fragmentos citados por otros. De muchos libros que se conservan íntegros, circulan nada más frases aisladas, a veces apócrifas.

No cualquier fragmento se desprende y adquiere vida propia. Un desprendimiento físico de los rollos del mar Muerto puede aislar una frase que nunca circulará, por ejemplo: “y entonces vuelven del agua” (4Q414F12), de interés limitado a la reconstrucción del rito bautismal. Para que un fragmento circule, tiene que ser un texto memorable, de interés por sí mismo, aunque forme parte de una obra más amplia. Debe prestarse a correr de boca en boca, tener rotundidad. O adquirirla, por los lapsus creadores de la memoria que mejora, distorsiona o inventa, como sucede con los dichos y cantos populares, que van rodando por la tradición, como cantos rodados por el río.

Aunque procedan de la literatura escrita, los fragmentos citados de memoria circulan como si fueran literatura oral. Los textos se transforman, tienen variantes, le cuelgan a un autor lo que es de otro o lo dejan perdido en el anonimato. Significativamente, cuando vuelven al mundo de los libros en compilaciones de frases, rara vez aparecen documentadas, como citas verificables contra el original. Se compilan (y a veces nada más se amontonan) con una simple atribución del supuesto autor. Reciben un tratamiento parecido al de los materiales folclóricos, que van cambiando con el paso del tiempo como un rostro: sin conservar el original.

Ya no se lee a Jean-Baptiste Say, pero se cita su famosa ley (“La oferta crea su propia demanda”), que nunca escribió, aunque es un buen resumen de su posición al respecto (Thomas Sowell, Say's Law: An historical analysis). Pocos han leído a Lord Acton, pero muchos citan aquello de “El poder corrompe”, aunque la frase (nunca publicada por el autor, sino escrita en una carta) es: “El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente” (Lord Acton, Essays on freedom and power, ed. Gertrude Himmelfarb). Así también (incluso en compilaciones respetables) hay dos o tres versiones diferentes de la frase de George Santayana “Los que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”, aunque consta en un libro (The life of reason). De igual manera que una traducción puede mejorar el original (en Otras inquisiciones, “Sobre el Vahtek de William Beckford”, Borges hace la broma de que “El original es infiel a la traducción”), el texto original de muchas frases célebres puede ser decepcionante, frente a la cita de memoria.

El interés de los fragmentos citados puede ser tan grande que relegue a la sombra toda la obra de un autor (como sucede con Acton y con Say). O puede reducirla a simple estuche de frases maravillosas. La vida es sueño de Calderón de la Barca parece resumirse en el momento cumbre de leer o escuchar “que toda la vida es sueño, y los sueños sueños son”. Orson Welles se burlaba de los que van a ver las obras de Shakespeare para ir reconociendo las frases famosas. Sobre lo cual, Henry C. Bunner había escrito un epigrama: “Shakespeare fue un dramaturgo muy notable que vivía de escribir cosas citables” (“Shakespeare was a dramatist of note who lived by writing things to quote”; Evan Esar, The dictionary of humorous quotations).

Ante lo cual, pudo suceder que la ambición literaria tuviese la libertad creadora de ignorar el estuche y ponerse a escribir directamente las joyas, sin esperar a la posteridad. Quizá el primero en hablar de los textos fragmentarios como un rasgo de la modernidad, fue Friedrich Schlegel: “Varias obras de los antiguos se volvieron fragmentos. Muchos fragmentos modernos lo son de nacimiento.” Este fragmento apareció (sin firma) en el almanaque literario Athenäum (segundo número, 1798) que publicaba con su hermano August, ambos devotos de los estudios clásicos, como todos los románticos alemanes (Friedrich Schlegel, Fragments, traducción de Charles Le Blanc).

Los almanaques fueron las primeras publicaciones periódicas de Occidente. Empezaron en el siglo XII, transformando los almanaques astronómicos de los árabes en anuarios litúrgicos. Con la imprenta, se volvieron bestsellers que daban, además, información agrícola y náutica, con breves consejos prácticos. (En esta tradición, se publica en México el Calendario del más antiguo Galván desde 1826.) La inserción de microtextos se facilitó por un problema gráfico, que todavía tienen las revistas. Cada sección y artículo quedan mejor abriendo página, pero nada garantiza que tengan la extensión exacta para terminar cerrando página. Al final pueden quedar espacios en blanco, que hay que rellenar con viñetas o textos breves. Para el lector, los rellenos microtextuales (frases, consejos, anécdotas) resultaron muy atractivos. Benjamín Franklin hizo dinero como impresor, editor y autor del Poor Richard's Almanack (1732-1757) con frases suyas (o recreaciones de frases ajenas) que todavía circulan. (Curiosamente, Georg Christoph Lichtenberg dejó inéditos sus famosos aforismos, a pesar de que dirigía el almanaque de Gotinga, el Göttingisches Taschenkalender, 1776-1798). El almanaque de los Schlegel (1798-1800) ya era prácticamente una revista literaria, inspirada en las que hicieron Goethe y Schiller: Horen (1795-1797) y Musenalmanach (1796-1800). Publicó cientos de fragmentos anónimos de Friedrich y August Schlegel, Schleiermacher, Novalis y otros, sobre todo del primero.

La observación de Schlegel tiene algo de programa para el movimiento romántico. Pero la práctica del fragmento intencional ya existía. Pascal escribió fragmentariamente hacia una Apología de la religión cristiana, que dejó a medias y se conoce ahora como Pensamientos: “Iré escribiendo aquí mis pensamientos sin orden, en una confusión no quizá sin propósito: tal es el orden verdadero, que señalará mi objetivo en el desorden mismo.” (B373). Pero el modelo decisivo para las letras modernas apareció unos años antes (1665) con las Reflexiones o sentencias y máximas morales de La Rochefoucauld, que trabajó la máxima como una joya literaria. Llegó incluso a darse el lujo de introducir (implícitamente) juegos entre el autor y el lector, en el espacio de unas cuantas palabras. Uno de estos juegos (imitado hasta hoy) es hacer creer al lector que va en una dirección, y sorprenderlo al terminar en otra. Por ejemplo: “Todos tenemos fuerza suficiente para soportar los males ajenos.” (Maximes 19). Los salones literarios alimentaron (oralmente) y se alimentaron (literariamente) de este espíritu lúcido y lúdico, desarrollado por los moralistas franceses: La Rochefoucauld, La Bruyère, Vauvenargues, Chamfort, Joubert.

Sin embargo, los textos intencionalmente fragmentarios no son modernos. Aparecieron en la prehistoria, aunque es común ignorarlo, porque la atención está centrada en los clásicos como origen (los grandes textos leídos a través de los siglos), no en el origen de los clásicos (las brevedades memorables, anónimas, orales, que todavía siguen creándose). La ignorancia de esta realidad (prehistórica y actual) invierte la perspectiva y distorsiona los hechos. Parece que los microtextos son fragmentos desprendidos de los grandes textos, no obras por sí mismas.

Ernst Robert Curtius (Literatura europea y Edad Media latina) habla de las colecciones de sentencias de autores clásicos que los medievales compilan para memorizar, consultar y citar. En el jardín de los clásicos, un compilador escoge, recorta y acomoda frases memorables en un florilegio. De hecho, los análisis de Curtius hacen algo semejante: descubrir un asunto no tematizado, recorrerlo desde los griegos hasta Goethe y compilar las citas que confirman su existencia y evolución. Es un método impresionante, pero implica que los tópicos, rasgos, figuras, motivos, símbolos, metáforas, ejemplos, pasan de unas obras a otras; digamos, como los genes van pasando de unos cuerpos a sus descendientes, sin ser cuerpos por sí mismos. Así es en muchos casos, pero no hay que olvidar las pequeñas obras de arte que fueron microtextos independientes, y circularon de boca en boca, antes de ser incorporadas en obras mayores, griegas, latinas, medievales y europeas.

Aristóteles integra a su Ética nicomaquea un pensamiento que tuvo autor, aunque nadie sepa quién fue, y que todavía circula en muchas lenguas, con las transformaciones que son de esperarse (cambio de ave, cambio de estación): “Pues así como una golondrina no hace primavera, ni tampoco un día de sol; de la propia suerte, ni un día, ni un corto tiempo, hacen a nadie bienaventurado y feliz.” (1098a, traducción de Antonio Gómez Robledo).

Gracias a esta expropiación, la literatura oral se conserva en la escrita, azarosamente. La Iliada y la Odisea circularon oralmente siglos antes de que en el XI a.C. (ya canónicas) empezaran a circular por escrito, y en el II a.C. se hicieran las primeras ediciones críticas. Pero, todavía hoy, nadie se ha dignado recoger los chistes que circulan por el planeta, documentarlos científicamente, construir bases de datos y hacer ediciones críticas. No parece un proyecto filológico digno de un doctorado.

Un proyecto análogo sería recoger todas las canciones de arrullo (letra y música) que cantan todas las tribus del planeta. Desgraciadamente, las lenguas indígenas (que siguen desapareciendo) han interesado más a los lingüistas que a los compiladores de textos. Las transcripciones de literatura oral no parecen merecer el rigor que han alcanzado las transcripcione ...