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PAQUETE JANE AUSTEN

Jane Austen

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Fragmento

 

Ed, ¿conoces —no, claro que no— Como la noche y el día, esa película de vampiros portuguesa que el Carnelian proyectó durante toda una semana? Por supuesto, no fuiste a verla. Yo la vi dos veces. Se trata de una chica que tiene un aburrido empleo como oficinista y que regresa a casa por un cementerio, soñando. Un día se le hace de noche, conoce a un vampiro y durante un tiempo queda con él cada noche. Luego suena música y ella sueña lo mismo que él mientras llora en su tumba: un baile de referencias católicas y calaveras incomprensible. Luego, ella es el vampiro y él, un joven oficinista, y la aventura amorosa comienza de nuevo, pero un día hay un eclipse y todo acaba en tragedia y cenizas. Cuando arrastré a Al para verla por segunda vez y le dije que era imposible ver Como la noche y el día y no tener ninguna opinión al respecto, él contestó por fin que opinaba que debería haberse titulado Lo hicimos al anochecer. Y es cierto que las escenas amorosas tienen una luz extraña, como un espacio intermedio en el que los personajes se enfrentan y acostumbran al aturdimiento que les produce soñar con una vida. Era la misma iluminación que cuando me recogiste a las siete en Steam Rising, mi tercera cafetería favorita pero la mejor cerca de mi casa. Los amantes portugueses se separan aturdidos y mordisqueados, sin saber qué sucederá a continuación, como yo tampoco sabía lo que nuestro encuentro nos depararía en aquel extraño amanecer. Las calles estaban tan silenciosas como un cementerio y nosotros nos habíamos besuqueado en el coche de Steve y yo tal vez lo había estropeado todo, pensé, había equivocado mis entradas a escena, ignorando junto a la fogata la forma en la que habías cacheteado a mis amigos con aquella elección en la rocola. O tal vez simplemente estaba cansada. Esperaba que funcionara, que siguiera funcionando, aunque tal vez todo hubiera cambiado desde que me dejaste en casa a la una de la madrugada. Simplemente cansada, pensé, mientras seguía preocupada bajo la marquesina con una intensa lluvia que no ayudaba en absoluto, y entonces me apresuré hacia el coche de tu hermana cuando te detuviste, con el paraguas bajo el brazo porque no podía sostenerlo en alto al mismo tiempo que nuestros dos cafés.

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—Hola —dijiste—, quiero decir, buenos días.

—Hola —respondí, e hice un gesto con el rostro mojado de «hagamos como que nos hemos besado».

—No puedo creerlo.

—¿Qué?

—¿Qué? Lo temprano que es. ¿En qué estabas pensando?

—Bueno, es lo que tiene el Tip Top Goods. Es mágico, pero los horarios son como de otro mundo. Solo los sábados, de siete y media a nueve de la mañana.

—Así que ¿ya has estado allí antes?

—Solo una vez.

—Con Al.

—Sí, ¿por qué?

—Nada. Es que…

—¿Qué?

—Que anoche me hiciste una buena, por lo de Jillian.

—Porque me gritó toda borracha, sí.

—Pero tú hablas de Al todo el tiempo y se supone que no debo ponerme celoso, solo es un comentario.

—¿Celoso? Yo nunca he salido con Al. Es un amigo, solo un amigo. Es distinto.

—Bueno, celoso no, pero ni siquiera incómodo, creo que eso es a lo que me refiero.

—Porque él no es, no ha sido mi novio.

—Si no es gay y sale contigo todo el tiempo, es que le gustaría serlo. O es tu novio o quiere serlo o supongo que es homosexual. Esas son las opciones.

—¿Cómo? ¿Dónde aprendiste eso?

Me lanzaste una sonrisa malhumorada. Dejé de agarrar el café con tanta fuerza y solté el paraguas en mi regazo.

—En el Instituto ...