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LA SUERTE DEL BUFóN (EL PROFETA BLANCO 3)

Robin Hobb

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Fragmento

Prólogo

La batalla con la muerte

La premisa del Profeta Blanco parece sencilla. Deseaba orientar el mundo hacia una senda distinta a aquella por la que avanzaba desde hacía incontables iteraciones temporales. Según él, el tiempo siempre se repite, y en cada ciclo las personas terminan por tomar las mismas decisiones insensatas de siempre. Viven el presente, cediendo a sus apetitos y deseos, convencidas de que sus acciones no influyen en la gran urdimbre del todo.

De acuerdo con el Profeta Blanco, no podían estar más equivocadas. Toda acción irrelevante y desinteresada empuja el mundo hacia un camino mejor. Una acumulación de actos menores puede alterar el curso de los acontecimientos. El destino puede depender del fallecimiento de una persona. O tomar otro rumbo si esta sobrevive. Y ¿quién era yo para el Profeta Blanco? Yo era su catalizador. El Cambiador. La piedra que él colocaría para sacar de su surco las ruedas del tiempo. Un simple guijarro puede desviar una rueda, me dijo, aunque también me avisó de que no era una experiencia muy agradable para el guijarro.

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El Profeta Blanco aseguraba haber visto no solo el futuro, sino múltiples futuros posibles, la mayoría de los cuales guardaban una tediosa similitud con los demás. En unos pocos casos, empero, surgía alguna diferencia, a partir de la cual se desplegaba un resplandeciente abanico de nuevas posibilidades.

La primera alteración consistía en la existencia de un heredero de los Vatídico, un superviviente. Ese era yo. Obligarme a sobrevivir, salvarme de las muertes que una y otra vez se empeñaban en acabar conmigo a fin de que las ruedas del tiempo retornaran de una sacudida a sus allanadas roderas, se convirtió en su cometido. La muerte y otras experiencias equiparables estuvieron a punto de engullirme en varias ocasiones, pero al final él siempre me hacía regresar, vapuleado y exhausto, para que continuara siguiéndolo. Me utilizaba de un modo implacable, aunque no sin arrepentimiento.

Finalmente consiguió retirar la suerte de la senda establecida y orientarla hacia otra que resultaría más beneficiosa para el mundo. O eso decía. Sin embargo, había quien no compartía su postura, gente que preveía un mañana sin heredero de los Vatídico ni dragones. Así, apareció una mujer que se propuso garantizar ese futuro, para lo cual debía deshacerse del necio que se había interpuesto en su camino.

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Lagartos

A veces parece injusto que los sucesos que tuvieron lugar hace mucho tiempo puedan adelantarse al paso de los años, hundir sus garras en nuestra vida y retorcer todo cuanto acontezca después. Aunque tal vez esa sea la verdadera justicia: somos la suma de cuanto hemos hecho y de cuanto se nos ha hecho a nosotros. No existe modo alguno de huir de esa realidad, para nadie.

Así, las cosas que el bufón me había dicho se combinaron con aquellas que había callado. El resultado fue la traición que cometí contra él. Sin embargo, creía que actuaba en su beneficio, y también en el mío. Había predicho que si viajábamos a la isla de Aslevjal él moriría, con lo cual la muerte podría intentar devorarme de nuevo. Prometió que haría cuanto estuviera en su mano para cerciorarse de que yo sobreviviera, pues así lo requería el intrincado plan con el que pretendía cambiar el futuro. Pero dado que todavía recordaba demasiado bien mi última refriega con la muerte, sus promesas me parecieron más inquietantes que tranquilizadoras. También me informó con despreocupación de que una vez que arribásemos a la isla yo tendría que elegir entre nuestra amistad y mi lealtad para con el príncipe Dedicado.

Quizá podría haber escogido una de las opciones y conservar la entereza de ánimo, aunque lo dudo. Las dos alternativas me apesadumbraban y no me veía con fuerzas para soportar la suma de ambas.

Por lo tanto, acudí a Chade. Le conté lo que el bufón me había dicho. Mi antiguo mentor decidió entonces que cuando zarpásemos rumbo a las Islas del Margen, el bufón no nos acompañaría.

La primavera había llegado al castillo de Torre del Alce. El lúgubre edificio de piedra negra permanecía sospechosamente agazapado sobre los abruptos precipicios que se erigían frente a la ciudad, pero en las sinuosas colinas que se extendían por detrás de la fortaleza la hierba reverdecía con optimismo entre el pasto pardusco que quedaba del año anterior. Los bosques desnudos estaban moteados por las diminutas hojas verdes que comenzaban a desplegarse entre el ramaje. Los montículos de quelpos muertos que se formaban en invierno a lo largo de las playas cenicientas que bordeaban el pie de los acantilados habían sido arrastrados por las mareas. Las aves migratorias habían vuelto y su canto bullía desafiante entre las colinas boscosas y a lo largo de las playas donde las aves marinas contendían por ocupar los mejores puestos de anidamiento que los acantilados les ofrecían. La primavera había invadido incluso los pasillos sombríos y las cámaras de techos altos del castillo, ya que una abundancia de ramas nevadas de brotes y de flores prematuras embellecía todos los rincones y enmarcaba las entradas de las salas.

Los vientos, que ahora soplaban más cálidos, parecieron arras­trar mi pesadumbre consigo. Ninguno de mis problemas y preocupaciones había terminado de desaparecer, pero la primavera puede aplacar multitud de temores. Mi condición física había mejorado; me sentía más lozano que cuando tenía veinte años. No solo estaba recuperando el volumen y los músculos, sino que de pronto poseía el cuerpo que tendría un hombre de mi edad que se encontrara en buena forma. El severo proceso de curación al que me sometió el inexperto destacamento había hecho desaparecer también las viejas heridas. Ya no quedaba rastro alguno de los daños que sufrí a manos de Galeno mientras este me enseñaba a Habilitar, de las lesiones que conservaba de mi época de guerrero ni de las marcadas cicatrices que tenía a consecuencia de la tortura que se me infligió en las mazmorras de Regio. Apenas si padecía dolores de cabeza, no se me nublaba la vista cuando me cansaba ni se me agarrotaba el cuerpo a consecuencia del frío de la madrugada. Ahora habitaba en el cuerpo de un animal sano y fuerte. Pocas cosas resultan tan vigorizadoras como un estado de salud óptimo en una despejada mañana de primavera.

Me hallaba en lo alto de una torre contemplando el mar en retirada. A mis espaldas, una hilera de cubos llenos de tierra recién abonada sostenía un conjunto de árboles frutales engalanados de flores blancas y rosáceas. De un grupo de macetas más pequeñas brotaba una red de parras cargadas de yemas crecientes. Las largas hojas verdes de los bulbos se alzaban como exploradores enviados a probar el aire. Algunos de los tiestos solo contenían tallos desnudos y pardos, aunque la promesa estaba ahí, todas las plantas a la espera de que los días se tornaran más cálidos. Entre las macetas había dispuestas con ingenio diversas estatuas, así como varios bancos que invitaban a descansar en ellos. Unas velas protegidas aguardaban la llegada de las apacibles noches estivales para espantar la oscuridad con su resplandor. La reina Kettricken había acondicionado el Jardín de la Reina a fin de devolverle su antiguo esplendor. Este refugio elevado era su dominio particular. La sencillez que lo caracterizaba en la actualidad reflejaba sus raíces montañesas, aunque su existencia se debía a una antiquísima tradición de Torre del Alce.

Di una vuelta con paso impaciente por el camino que circundaba el vergel y me obligué a detenerme. El muchacho no se estaba retrasando. Yo había llegado con demasiada antelación. Que los minutos se me hicieran eternos no era culpa suya. La emoción guerreaba con la reticencia mientras esperaba a mantener mi primer encuentro en privado con Vencejo, el hijo de Burrich. Mi reina me había encomendado que lo instruyera en las letras y las armas. La tarea me aterraba. El muchacho no solo portaba la Maña, sino que además no cabía duda alguna de su testarudez. Estos dos aspectos, combinados con su inteligencia, podían meterlo en muchos problemas. La reina había decretado que los Mañosos debían ser tratados con respeto, aunque muchos seguían convencidos de que la mejor forma de curar la magia de las bestias consistía en recurrir a la soga, el puñal y la hoguera.

Entendía por qué la reina me había confiado la formación de Vencejo. Su padre, Burrich, lo echó de casa al ver que el muchacho se negaba a renunciar a la Maña. Sin embargo, dedicó varios años a educarme cuando yo no era más que un crío abandonado por mi regio padre, un bastardo al que no se atrevió a reconocer. Lo justo era que ahora yo hiciese lo mismo por el vástago de Burrich, aunque no pudiera decirle que tiempo atrás fui Traspié Hidalgo ni que su padre me tuvo a su cargo. Y así, me encontraba esperando a Vencejo, un chiquillo escuálido de diez veranos, tan nervioso como si tuviera que enfrentarme a su progenitor. Aspiré una profunda bocanada del aire fresco de la mañana. La fragancia que despedían las flores de los árboles frutales lo endulzaba. Me consolé pensando que esa tarea no se prolongaría demasiado. Muy pronto partiría con el príncipe rumbo a Aslev­jal, territorio de las Islas del Margen. Sin duda soportaría tener que instruir al muchacho hasta entonces.

La magia de la Maña te hace consciente de otra vida, de modo que me volví antes incluso de que Vencejo abriera la pesada puerta. La cerró con delicadeza. A pesar del largo ascenso por la empinada escalera de piedra, no le costaba respirar. Me mantuve oculto tras el velo de las flores nacientes y lo estudié. Vestía el azul de Torre del Alce, el atuendo sencillo que correspondía a los pajes. Chade tenía razón. Llegaría a ser un magnífico hachero. Era delgado, un rasgo común entre los muchachos más activos de su edad, pero los bultos que sus hombros formaban en el chaleco prometían que igualaría a su padre en corpulencia. Dudaba que llegase a destacar por su estatura, aunque alcanzaría la anchura necesaria para compensarlo. Tenía los ojos negros de su padre y el mismo cabello moreno y rizado, aunque se intuía algo de Molly en el contorno de su mentón y la forma de sus ojos. Molly, la mujer a la que un día perdí y esposa de Burrich en la actualidad. Tomé una bocanada de aire lenta y profunda. Esto podía llegar a ser más difícil de lo que imaginaba.

Lo vi percatarse de mi presencia. Me mantuve inmóvil y dejé que me buscara con los ojos. Durante unos instantes los dos permanecimos quietos, mudos. Después el muchacho zigzagueó por los pasillos sinuosos hasta que se detuvo ante mí. Me saludó con una reverencia demasiado ensayada para resultar elegante.

—Mi señor, me llamo Vencejo Mañoso. He recibido instrucciones de presentarme ante vos y, por lo tanto, aquí me tenéis.

Observé que se había esforzado por aprender los protocolos de la corte. Aun así, que incluyera una referencia a la magia de las bestias en su nombre parecía un desafío grosero, como si pretendiera averiguar si la protección que la reina ofrecía a los Mañosos servía también aquí, a solas conmigo. Me sostenía la mirada de un modo directo que cualquier noble habría considerado atrevido. Sin embargo, me recordé a mí mismo, yo no era ningún noble. Así se lo indiqué.

—Yo no soy el «señor» de nadie, muchacho. Soy Tom Mechatejón, hombre de armas de la Guardia de la Reina. Puedes llamarme maestro Mechatejón, y yo te llamaré Vencejo. ¿Estás de acuerdo?

El muchacho pestañeó dos veces y asintió. De pronto, recordó que eso no era lo correcto.

—Estoy de acuerdo, señor. Maestro Mechatejón.

—Muy bien. Vencejo, ¿sabes por qué te han dicho que vengas a verme?

Se mordió el labio superior, dos mordisquitos rápidos, tras lo cual respiró hondo y respondió con la mirada baja.

—Supongo que he importunado a alguien. —A continuación volvió a mirarme de súbito a la cara—. Pero no sé lo que he hecho, ni a quién. —En un tono casi desafiante, añadió—: No puedo cambiar lo que soy. Si se trata de que porto la Maña, en fin, no me parece justo. Nuestra reina ha dicho que mi magia no debería ser motivo para que se me trate de un modo distinto.

Se me cortó la respiración. Su padre me miraba desde aquellos ojos negros. La inflexible franqueza y la determinación de decir la verdad las había heredado de Burrich. Y aun así, en su premura incontenible, percibí el genio vivo de Molly. Por un momento, me quedé sin palabras.

El muchacho interpretó mi silencio como una muestra de desaprobación y bajó la mirada. No obstante, mantuvo los hombros cuadrados; no sabía qué falta había cometido y no mostraría arrepentimiento hasta que se le informara de ella.

—No has importunado a nadie, Vencejo. Y ya tendrás ocasión de comprobar que para algunos de los que residen en Torre del Alce tu condición de Mañoso carece de importancia. No es esa la razón por la que te hemos separado de los demás niños. De hecho, este cambio es por tu bien. Has demostrado poseer un dominio de las letras muy superior al de los demás muchachos de tu edad. No queríamos mandarte con un grupo de alumnos mucho mayores que tú. También se decidió que podrías beneficiarte de la instrucción en el manejo del hacha de guerra. Creo que ese es el motivo por el que se me encomendó tu aleccionamiento.

Irguió la cabeza de pronto y me miró entre confundido y consternado.

—¿El hacha de guerra?

Asentí, tanto para él como para mí mismo. Ya estaba otra vez Chade con sus viejos trucos. Estaba claro que nadie le había preguntado al muchacho si le interesaba aprender a empuñar un arma de ese tipo. Sonreí.

—Sí, el hacha de guerra. Los hombres de armas de Torre del Alce recuerdan que tu padre sobresalía en el manejo del hacha. Puesto que has heredado su complexión y su aspecto, sería natural que tú también utilizaras su arma preferida.

—Yo no me parezco en nada a mi padre. Maestro.

Estuve a punto de proferir una carcajada, no de gozo, sino porque el muchacho nunca me había recordado a Burrich tanto como ahora. Se me hacía raro tener que mostrarme severo cuando me escrutaba con los ojos negros de su progenitor. Sin embargo, su actitud no era la apropiada en un joven de su edad, de manera que le respondí en un tono neutral:

—Te pareces lo suficiente, en opinión de la reina y el consejero Chade. ¿Te opones a lo que han decidido para ti?

Sopesó todos los factores. Supe en qué instante tomó una decisión y casi llegué a ver cómo trabajaba su cabeza. Podría haberse negado. En ese caso, se le habría acusado de desagradecido y se le habría enviado de regreso a casa, con su padre. Lo mejor sería agachar la cabeza, asumir una tarea que le desagradaba y quedarse en el castillo. Así, respondió con la voz contenida:

—No, maestro. Acepto lo que han decidido.

—Eso está muy bien —dije con falso entusiasmo.

No obstante, sin darme tiempo a continuar, Vencejo me informó:

—Aunque yo ya domino un arma. El arco, maestro. No lo había mencionado antes porque no pensé que pudiera interesarle a nadie. Pero si voy a recibir adiestramiento para el combate y para servir como paje, ya tengo un arma predilecta.

Interesante. Lo miré en silencio por un momento. El parecido que guardaba con Burrich me hacía intuir que no presumiría de habilidades ficticias.

—Muy bien. Ya habrá ocasión de que me demuestres tu destreza con el arco. Pero primero nos centraremos en otro tipo de lecciones. Para ello, se nos ha concedido acceso a los manuscritos de la biblioteca de Torre del Alce. Es un gran honor para los dos. —Esperé a que respondiera.

Inclinó la cabeza para asentir y, al recordar sus modales, afirmó:

—Sí, maestro.

—Bien. Entonces preséntate aquí mañana. Dedicaremos una hora a leer documentos y a escribir, y después bajaremos al campo de armas. —De nuevo, le di tiempo para responder.

—Sí, maestro. ¿Maestro?

—¿Ocurre algo?

—Soy un buen jinete, maestro. Estoy un poco oxidado. Durante este último año mi padre no me ha permitido acercarme a sus caballos. Pero también se me da bien montar.

—Me alegra saberlo, Vencejo. —Sabía lo que el niño esperaba. Estudié su rostro y vi cómo la luz que desprendía se atenuaba al oír mi respuesta. Mi reacción fue casi instintiva. Un joven de su edad no debería estar pensando en vincularse a un animal. Aun así, cuando bajó la cabeza con desilusión, recordé la soledad que me había acompañado a lo largo de los años. Burrich también hizo todo cuanto estuvo en su mano para impedir que me vinculara a una bestia. Aunque ahora supiera que lo hizo por mi bien, seguía recordando el aislamiento que entonces me asfixiaba. Carraspeé y procuré que mi voz sonara firme y natural cuando le respondí—: Muy bien, Vencejo. Preséntate aquí mañana. Ah, y ponte la ropa vieja. Tendremos que ensuciarnos y terminaremos sudando.

El niño pareció acongojarse.

—¿Bien? ¿Ocurre algo, muchacho?

—Er… Maestro, no puedo. Es… Quiero decir, ya no tengo la ropa vieja. Solo los dos trajes que me dio la reina.

—¿Qué ha pasado con la ropa?

—La… La quemé, maestro. —De pronto pareció retarme. Me miró a los ojos con la mandíbula apretada.

Pensé en preguntarle por qué. No lo necesitaba. Su actitud lo decía todo. Se había propuesto acabar con todo cuanto guardase relación con su pasado. Me pregunté si debía obligarlo a admitirlo en voz alta, pero después concluí que no ganaría nada con ello. Seguramente se avergonzaba de haber desperdiciado un atuendo tan práctico. Me pregunté cuán agrias serían las diferencias que lo distanciaban de su padre. De súbito el azul del día pareció deslavarse. Encogí los hombros, ignorando el asunto.

—Ponte lo que tengas, entonces —le indiqué con sequedad, esperando no parecerle demasiado severo.

Se quedó quieto, mirándome, hasta que caí en la cuenta de que no le había dado permiso para marcharse.

—Puedes retirarte, Vencejo. Nos veremos mañana.

—Sí, maestro. Gracias, maestro Mechatejón. —Ejecutó una reverencia, rígida pero correcta, y titubeó de nuevo—. ¿Maestro? ¿Puedo haceros una última pregunta?

—Por supuesto.

Miró a nuestro alrededor en actitud recelosa.

—¿Por qué tenemos que reunirnos aquí arriba?

—Es un lugar tranquilo. Agradable. Cuando tenía tu edad, odiaba quedarme dentro los días de primavera.

La explicación sacó una sonrisa tímida a su rostro.

—Yo también, maestro. Tampoco me gusta que me prohíban acercarme a los animales. Supongo que se debe a la llamada de mi magia.

Deseé que se esforzara por ignorarla.

—Quizá. Y quizá deberías pensarlo dos veces antes de responder a esa llamada. —Esta vez me cercioré de manifestarle mi desaprobación endureciendo la voz.

Se estremeció y, a continuación, pareció indignarse.

—La reina dice que mi magia no debe importarle a nadie. Que nadie ha de menospreciarme por poseerla.

—Así es. Pero tampoco te tratarán bien por llevarla en la sangre. Te sugiero que lleves el asunto de tu magia con discreción, Vencejo. No lo comentes con otras personas antes de conocerlas bien. Si quieres saber cómo sacar provecho de la Maña, te recomiendo que prestes atención a Telaraña el Mañoso cuando cuente sus historias junto al hogar por las noches.

Antes de que terminase de hablar, el muchacho ya me estaba mirando con el ceño fruncido. Le di permiso con sequedad para marcharse y se retiró. Me pareció que empezaba a comprender su comportamiento. Su condición de Mañoso era lo que lo enfrentaba con su padre. Desafió a Burrich y huyó a Torre del Alce, decidido a vivir sin esconder la Maña en la tolerante corte de la reina Kettricken. Pero si el muchacho creía que portar la magia era cuanto necesitaba para ganarse su sitio, en fin, pronto le sacaría esas fantasías de la cabeza. No le prohibiría utilizar la magia. Pero el modo en que alardeaba de poseerla, como quien agita un andrajo ante un sabueso para ver cómo reacciona, me inquietaba. Tarde o temprano, se toparía con algún joven noble que estaría encantado de retarlo por poseer la vil magia de las bestias. La tolerancia era algo impuesto, una actitud demasiado difícil de asimilar para los muchos que aún sentían un profundo desprecio por nuestro don. La conducta de Vencejo hizo que abrazara con mayor fuerza todavía mi decisión de no revelarle que yo también portaba la Maña. Bastante peligroso era ya que presumiese de su condición como para además confesarle la mía.

Seguí contemplando el formidable espectáculo del mar y el cielo. Conformaban un panorama muy evocador, imponente a la vez que reconfortante en su cotidianidad. Después me obligué a mirar hacia abajo, por encima del pequeño muro que me separaba de una caída mortal. Me obligué a mirar hacia abajo. Tiempo atrás, agotado tanto física como mentalmente por el Maestro de la Habilidad Galeno, intenté tirarme desde este mismo parapeto. Fue Burrich quien me sujetó para impedírmelo. Me llevó a sus aposentos, me curó las heridas y me vengó enfrentándose al Maestro de la Habilidad. Aún se lo debía. Tal vez aleccionar a su hijo y mantenerlo a salvo en la corte fuese el único modo que tenía de agradecérselo. Me aferré a esa idea para apuntalar el escaso entusiasmo que la tarea me producía y abandoné la terraza. Tenía que salir corriendo a otra cita, y el sol me decía que ya casi llegaba tarde.

Chade había hecho saber que ahora sería él quien se encargaría de instruir al joven príncipe en el uso de la Habilidad heredada. Este giro de los acontecimientos me alegraba al tiempo que me desazonaba. El anuncio significaba que ya no era necesario que el príncipe Dedicado y él se reuniesen en secreto para este propósito. Que el príncipe se hiciera acompañar de su sirviente retrasado durante las lecciones se consideraba una especie de excentricidad. Nadie en toda la corte sospecharía que Tordo era el compañero de clase del príncipe, ni que de hecho la ancestral magia de los Vatídico se manifestaba con mucha más fuerza en él que en cualquier Vatídico que viviera en la actualidad. La desazón se debía a que yo, el verdadero instructor de la Habilidad, era el único que debía seguir ocultando su asistencia a tales encuentros. Tom Mechatejón era mi actual identidad, un humilde guardia que no tenía por qué saber nada acerca de la magia de los Vatídico.

Así, salí del Jardín de la Reina, bajé la escalera y crucé aprisa la fortaleza. Desde la sección de los sirvientes había seis entradas al laberinto de observación secreto que serpenteaba por las entrañas del castillo de Torre del Alce. Procuraba utilizar siempre una entrada distinta a la del día anterior. Hoy escogí la que quedaba cerca de la despensa de las cocinas. Esperé a que no hubiere nadie en el pasillo cuando accedí a la alacena. Después de abrirme paso empujando a los lados tres estanterías de salchichas colgadas, arrastré el panel y me sumergí en una negrura ya familiar.

No perdí tiempo esperando a que mis ojos se adaptaran. Esta parte del laberinto carecía de cualquier tipo de iluminación. Las primeras veces que la recorrí llevaba una vela. Hoy consideraba que la conocía lo bastante bien para poder recorrerla a oscuras. Conté los pasos y caminé a tientas hasta que llegué a una escalera estrecha. Una vez que la coroné, giré bruscamente hacia la derecha y atisbé los tenues dedos del sol primaveral que se filtraba por las paredes del pasillo polvoriento. Encorvado, lo recorrí aprisa y no tardé en llegar a una parte de la madriguera que conocía mejor. Poco después emergí junto al hogar de la torre de Guardiamarina. Empujé el panel para colocarlo en su sitio y me quedé inmóvil al oír que alguien retiraba el pestillo de la puerta. Tuve el tiempo justo para esconderme de cualquier manera tras las largas cortinas que cubrían las ventanas de la torre antes de que entraran.

Contuve la respiración, pero solo eran Chade, Dedicado y Tordo, que venían a recibir la clase. Esperé a que cerraran bien la puerta para salir de detrás de las cortinas. Tordo se asustó pero Chade se limitó a observar:

—Llevas una telaraña pegada a la mejilla izquierda. ¿Lo sabías?

Me quité el colgajo de la cara.

—Me sorprende que solo tuviera una en la mejilla izquierda. Se diría que la primavera ha despertado a toda una legión de arañas.

Chade asintió con gravedad.

—Antes solía llevar un plumero que agitaba por delante de mí cuando me metía en los pasadizos. Ayudaba. Un poco. Claro está, por aquel entonces poco importaba el aspecto que presentase al llegar a mi destino. Pero no me agradaba sentir las patitas de las arañas en la nuca.

El príncipe Dedicado bosquejó una sonrisa al imaginar al pulcro y bien peinado consejero de la reina correteando por el laberinto. Hubo un tiempo en que lord Chade vivía secretamente en el castillo de Torre del Alce, cuando solo era el asesino real, un hombre que ocultaba su rostro picado e imponía la justicia del rey en la sombra. Pero ya no. Ahora recorría los pasillos con aire majestuoso y todo el mundo lo alababa por sus funciones de diplomático y de fiel consejero de la reina. Su atuendo elegante, que combinaba distintos tonos de azul y verde, reflejaba su condición, así como las joyas que realzaban la belleza de sus collares y pendientes. Su cabello plateado y sus penetrantes ojos verdes servían como complemento perfecto para su vestuario. Las cicatrices que tanto lo angustiaban se habían atenuado con los años. Yo no envidiaba ni codiciaba sus galas. Que disfrutase ahora de cuanto le había faltado de joven. No hacía daño a nadie, y aquellos que se dejaban deslumbrar por su opulencia a menudo pasaban por alto la viveza de su ingenio, su verdadera arma.

Por el contrario, el príncipe vestía casi con la misma sencillez que yo. A mi juicio, esto se debía a las austeras tradiciones montañesas de la reina Kettricken y la mesura que la caracterizaba. Con quince años, Dedicado no paraba de crecer. ¿Qué sentido tendría confeccionar prendas lujosas de uso cotidiano si al día siguiente se le quedarían pequeñas o se les descoserían los hombros cuando saliera a practicar al campo de armas? Examiné al joven sonriente que tenía ante mí. Sus ojos negros y su cabello moreno y rizado eran idénticos a los de su padre, pero su estatura y la forma que su mentón comenzaba a adoptar me recordaban más al retrato de mi padre, Hidalgo.

El hombre achaparrado que lo acompañaba no podía contrastar más con él. Tordo debía de contar casi treinta años. Tenía las orejas pequeñas y prietas y la lengua descolgada de un zoquete. El príncipe lo había vestido con una túnica y unos leotardos azules iguales a los suyos, incluso en el blasón del alce que adornaba el pecho, si bien la túnica se tensaba sobre la panza del tarugo y las calzas bailaban cómicamente a la altura de sus rodillas y tobillos. Resultaba extraño a la vista, ridículo a la vez que un tanto repulsivo, para aquellos que no podían sentir, como yo la sentía, la Habilidad que llameaba en él del mismo modo que el fuego en la forja de un herrero. Estaba aprendiendo a controlar la música Habilidosa que utilizaba en lugar de los pensamientos por los que se regían las personas normales. La melodía ya no atronaba tanto como tiempo atrás, lo que la hacía más soportable, aunque debido a la fuerza de su magia, la compartía con todos nosotros, sin cesar. Yo podría bloquearla, pero para ello tendría que renunciar también a todo cuanto percibía por medio de la Habilidad, incluidos los mensajes que me enviaban Chade y Dedicado, más débiles. No podía bloquearlo si quería seguir instruyéndolos, de manera que por el momento tenía que soportar la música de Tordo.

Hoy se componía de los mordiscos de una tijera y el golpeteo de un telar, entremezclados con la risita estridente de la mujer que trabajaba con él.

—Bien. Habéis tenido más pruebas esta mañana, ¿verdad? —le pregunté al príncipe.

No se sorprendió. Sabía cómo lo había deducido. Asintió con una cansada resignación.

—Tordo y yo. Ha sido una mañana muy larga.

Tordo afirmó categóricamente con la cabeza.

—Subirse al taburete. No rascarse. No moverse. Mientras pinchan a Tordo con alfileres. —Añadió esto último con severidad mientras atravesaba al príncipe con una mirada reprobatoria.

Dedicado suspiró.

—Fue un accidente, Tordo. Te dijo que te quedaras quieto.

—Es mala —se atrevió a mascullar Tordo, y yo intuía que decía la verdad.

A muchos de los nobles les costaba aceptar que el príncipe hubiera trabado amistad con Tordo. Por alguna razón, a algunos de los sirvientes les indignaba todavía más. Empecé a sospechar que algunos descargaban su frustración de manera sutil.

—Todo ha terminado ya, Tordo —lo consoló Dedicado.

Ocupamos nuestros sitios habituales alrededor de la amplia mesa. Puesto que Chade había anunciado que el príncipe y él iban a educarse juntos en el uso de la Habilidad, esta habitación de la torre de Guardiamarina contaba ahora con todo tipo de muebles. Unas largas cortinas enmarcaban los ventanales, abiertos hoy para permitir la entrada de la agradable brisa. Las paredes y el suelo de piedra habían sido bien fregados, y la mesa y las sillas, barnizadas y pulidas. Varias estanterías robustas contenían la pequeña biblioteca de Chade, mientras que un armario dotado de una cerradura sólida albergaba los documentos a los que el consejero otorgaba más importancia o peligrosidad. En un espacioso escritorio se recogían diversos frascos de tinta, plumas recién cortadas y un generoso suministro de papel y vitela. La habitación estaba equipada también con un aparador repleto de botellas de vino, copas y otros elementos que el príncipe pudiera necesitar. La estancia se había transformado en un lugar acogedor, e incluso lujoso, que reflejaba más los gustos de Chade que los del príncipe Dedicado.

Me gustaba el cambio.

Estudié los rostros que tenía ante mí. Dedicado me miraba con atención. Tordo perseguía algo por dentro de su fosa nasal izquierda. Chade estaba sentado con la espalda recta, casi temblando de puro vigor. Fuera lo que fuese lo que acababa de tomar para espabilarse no le había servido para desprenderse de los hilos de sangre que le enrojecían los ojos. El contraste entre estos y su mirada verde resultaba perturbador.

—Lo que me gustaría hacer hoy… Tordo. Por favor, para ya.

Me miró con ojos ausentes, el dedo encajado aún en la nariz.

—No puedo. Tengo algo dentro.

Chade se frotó la frente, mirando a otra parte.

—Dadle un pañuelo —sugirió sin dirigirse a nadie en particular.

El príncipe Dedicado estaba más cerca.

—Ten, suénate la nariz. Puede que así salga.

Le tendió a Tordo un pañuelo de lino bordado. El zoquete lo miró receloso durante unos segundos, hasta que se decidió a cogerlo. Luchando contra el ruido ensordecedor que producía con cada nuevo esfuerzo por limpiarse la nariz, dije:

—Anoche teníamos que intentar caminar por medio de la Habilidad mientras soñábamos. —La propuesta me inquietaba, pero tenía la impresión de que Dedicado y Chade estaban listos para intentarlo. Tordo olvidaba por sistema la tarea asignada para la noche, por lo que no me preocupaba. Cuando uno caminaba por medio de la Habilidad, podía abandonar el cuerpo y experimentar la vida a través de otra persona durante unos momentos. Yo lo había conseguido varias veces, casi siempre por accidente. Los manuscritos de la Habilidad sugerían que no solo se trataba de una buena forma de recabar información, sino también de encontrar a aquellos que estuvieran lo bastante abiertos para poder ser empleados como Hombres del Rey, de los que el Portador de la Habilidad podía obtener fuerzas renovadas. A veces la magia también se manifestaba en estas personas. Ayer Chade se mostró entusiasmado, pero hoy no veía en él rastro alguno de la exultación que lo habría embargado de haber realizado la proeza. A Dedicado también se le notaba abatido—. Entonces ¿no salió bien?

—¡Sí! —exclamó un alborozado Tordo.

—¿Caminaste por medio de la Habilidad? —le pregunté estupefacto.

—Nooo… Me lo he sacado. ¿Ves? —Me mostró su trofeo verdoso, atrapado ahora en medio del pañuelo del príncipe.

Chade se apartó dando un gruñido de repulsión.

Dedicado, que a fin de cuentas tenía quince años, se rio.

—Impresionante, Tordo. Es de los grandes. Parece una enorme salamandra verde y vieja.

—Seee —convino Tordo satisfecho. Dejó los labios descolgarse en una complacida sonrisa laxa—. Anoche soñé con una gran lagarta azul. ¡Más grande que este! —Su risa, semejante al jadeo nervioso de un perro, se unió a la del príncipe.

—Mi príncipe y futuro monarca —le recordé a Dedicado con severidad—, tenemos trabajo que hacer. —En realidad, me costaba mantener el semblante serio. Me agradaba ver a Dedicado reír a gusto, incluso por algo tan pueril. Desde que nos conocimos, siempre había estado apesadumbrado por su posición y sus interminables deberes. Esta era la primera vez que lo veía comportarse como un muchacho en primavera; me arrepentí de haberle regañado al ver su sonrisa desvanecerse de pronto.

Con una gravedad que superaba con mucho a la mía, se volvió hacia Tordo, le quitó el pañuelo y formó una bola con él.

—No, Tordo. Para. Escúchame. ¿Soñaste con una gran lagarta azul? ¿Qué tamaño tenía?

El interés con que el príncipe formuló la pregunta llamó la atención de Chade. Sin embargo, Tordo parecía desconcertado y ofendido por lo rápido que habían cambiado el tono y la actitud que Dedicado empleó con él. Arrugó el entrecejo y sacó el labio inferior y la lengua mientras una mueca de enfurruñamiento se asentaba en su cara.

—Eso no está bien.

Reconocí esa expresión. Habíamos estado practicando los modales que Tordo debía observar a la mesa. Si iba a viajar con nosotros a Aslevjal, tenía que aprender al menos las reglas de cortesía básicas. Por desgracia, parecía que solo recordaba esas normas cuando se presentaba la ocasión de regañar a los demás por no respetarlas.

—Lo siento, Tordo. Tienes razón. No está bien quitar las cosas. Ahora háblame de la gran lagarta con la que soñaste.

El príncipe no dejaba de sonreír a Tordo, pero el cambio de tema se produjo con demasiada brusquedad para el hombrecillo. Tordo meneó su pesada cabeza y le dio la espalda. Cruzó sobre el pecho sus brazos rechonchos.

—Na —rehusó malhumorado.

—Por favor, Tordo —le pidió el príncipe.

—¿Esta cuestión no podría esperar, Dedicado? —lo interrumpió Chade—. No quedan tantos días para que zarpemos y aún tenemos mucho que avanzar si queremos formar un buen destacamento de la Habilidad.

Comprendía la preocupación del anciano. La compartía. El dominio de la Habilidad podría resultar decisivo para el éxito del príncipe. En realidad ninguno de nosotros creía que tuviera que dar muerte a un dragón sepultado bajo el hielo. Más bien, la magia serviría para que Chade y yo recopiláramos información y se la transmitiéramos a Dedicado con el propósito de facilitar las negociaciones de su boda.

—No. Es importante, Chade. Creo. En fin, podría serlo. Porque anoche yo también soñé con una gran lagarta azul. En realidad, la criatura que se me apareció era una dragona.

Se instaló un silencio mientras lo considerábamos. Al cabo, Chade comentó titubeante:

—Bueno, no debería sorprendernos que vos y Tordo compartáis el mismo sueño. Pasáis una buena parte del día unidos por la Habilidad, ¿por qué este vínculo no iba a extenderse durante la noche?

—Porque no creo que estuviera dormido cuando ocurrió. Estaba intentando caminar por medio de la Habilidad. Tras… Tom dice que él lo conseguía con más facilidad a partir de un sueño ligero. De modo que estaba tendido en la cama, con los ojos cerrados pero no dormido del todo, mientras proyectaba la Habilidad. Y entonces la sentí.

—¿Qué? —preguntó Chade.

—La sentí buscándome. Con sus muy grandes y enormes ojos de plata arremolinada. —Tordo fue quien respondió.

—Sí —confirmó el príncipe despacio.

Se me cayó el alma a los pies.

—No lo entiendo —dijo Chade irritado—. Empezad por el principio y explicaos bien —solicitó al príncipe.

Entendía que Chade se hubiera enfadado por partida doble. Una vez más, los tres habían realizado el mismo ejercicio, aunque mientras que Dedicado y Tordo habían tenido cierto éxito, Chade no había conseguido el resultado que se esperaba. Por si eso no bastara, una dragona había entrado en escena. Últimamente se había hablado mucho sobre dragones: un dragón congelado que el príncipe debía liberar y decapitar; los dragones de los que presumía la representación del Mitonar y que supuestamente estaban a disposición de los Mercaderes; y ahora la dragona que irrumpía en nuestros ejercicios de la Habilidad. Sabíamos muy poco acerca de ellos. No nos atrevíamos a considerarlos simples leyendas ni mentiras; demasiado bien recordábamos los dragones de piedra que se alzaron en defensa de los Seis Ducados dieciséis años atrás, aunque apenas si comprendíamos su naturaleza.

—Hay poco sobre lo que informar —respondió Dedicado. Tomó aire y, a pesar de su estimación, expuso la información que poseía del modo ordenado que Chade nos había enseñado a los dos—. Me había retirado a mis aposentos, tal como si me dispusiera a acostarme una noche cualquiera. Estaba en la cama. En el hogar ardía una lumbre lenta; la estaba mirando, desenfocando la mente con la esperanza de atraer el sueño pero conservando la atención necesaria para Habilitar. En dos ocasiones me quedé medio dormido. Las dos veces me desperté e intenté realizar el ejercicio de nuevo. La tercera vez decidí invertir el proceso. Proyecté la Habilidad, me preparé e intenté dejarme llevar por el sueño. —Carraspeó y nos miró uno a uno—. Fue entonces cuando sentí algo grande. Enorme. —Me miró—. Como aquel día en la playa.

Tordo seguía la historia con la mandíbula caída y sus ojillos redondos apretados en un esfuerzo por comprender.

—Una enorme lagarta azul y gorda —aventuró.

—No, Tordo. —Paciente, Dedicado le respondió en un tono amable—. Al principio no. Al principio solo estaba esa inmensa… presencia. Y yo ardía en deseos de acercarme a ella, aunque al mismo tiempo me daba miedo. No porque presintiera algún tipo de amenaza. Al contrario, me transmitía… una bondad infinita. Tranquilidad y seguridad. Prefería no tocarla por miedo a… no querer regresar después. Parecía el final de algo. Algún tipo de límite o de lugar donde comienza algo distinto. No. Parecía algo que vive en un lugar donde comienza algo distinto. —La voz del príncipe se apagó poco a poco.

—No lo entiendo. Explicaos —le exigió Chade.

—No es fácil explicar algo así —intercedí a media voz—. Conozco ese tipo de presencia, de sentimiento, de lugar de los que habla el príncipe. Me he encontrado en esa situación en una o dos ocasiones. La presencia nos ayudó. Aunque sospecho que fue una excepción. Quizá otra de esas presencias nos habría absorbido sin darse cuenta siquiera. Se trata de fuerzas que ejercen una atracción formidable, Chade. Cálidas y acogedoras, bondadosas como el amor de una madre.

El príncipe frunció un tanto el ceño y meneó la cabeza.

—Esta era muy fuerte. Protectora y sabia. Como un padre —describió Dedicado.

Me mordí la lengua. Hacía tiempo que concluí que esas fuerzas se presentaban ante nosotros como aquello que más anhelábamos. Mi madre me abandonó cuando yo era muy pequeño. Dedicado nunca conoció a su padre. Esas cosas dejan grandes vacíos en la vida de las personas.

—¿Por qué no lo habías comentado antes? —me preguntó un irritado Chade.

Cierto, ¿por qué? Porque el encuentro me parecía demasiado personal para compartirlo con otros. Pero ahora le ofrecí otra disculpa.

—Porque solo me habrías dicho lo que acabas de decir. Que me explicara. Es un fenómeno que cuesta mucho hacer entender. Tal vez lo que acabo de comentar no sea más que mi interpretación de lo que yo experimenté. Es como narrar un sueño. Intentas hilvanar una historia a partir de una serie de sucesos que se oponen a toda lógica.

Chade se calmó, aunque no parecía del todo satisfecho. Me resigné a que me exprimiera más adelante para sonsacarme hechos, ideas e impresiones complementarios.

—Yo quiero hablar de la lagarta grande —intervino Tordo hoscamente sin dirigirse a nadie en concreto. Había llegado a un punto en que a veces disfrutaba siendo el centro de atención. Sin duda creía que el príncipe le había robado su momento de gloria.

—Adelante, Tordo. Tú nos cuentas lo que soñaste y después yo cuento lo que hice. —Dedicado le devolvió el protagonismo.

Chade se reclinó en la silla dando un ruidoso suspiro. Centré mi atención en Tordo y vi iluminarse su expresión. Se retorció como un cachorro al que hubieran acariciado, entornó los ojos con aire pensativo e inició su relato imitando con esmero el modo en que Dedicado y yo solíamos informar a Chade.

—Anoche me retiré a mi cama. Y tenía mi manta roja. Entonces Tordo empezó a quedarse casi dormido, llevado por la música. Entonces supe que Dedicado estaba ahí. A veces Tordo lo sigue por los sueños. Tiene muchísimos sueños buenos, sueños con muchachas…

Tordo se interrumpió por un momento para tomar aire por la boca abierta, meditabundo. El príncipe no podía disimular su incomodidad, pero Chade y yo conseguimos mantener nuestra expresión como si tuviéramos escaso interés.

Tordo retomó la narración de pronto.

—Entonces pensé: ¿dónde está? Puede que sea un juego. Se está escondiendo de Tordo. Así que digo: «Príncipe», y él dice: «Silencio». Así que me callo y Tordo es pequeño, y la música da vueltas y vueltas a mi alrededor. Como si se escondiera tras las cortinas. Entonces me asomo, solo un poquito. Y veo una enorme lagarta gorda, azul, azul como mi camisa, pero brilla cada vez que se mueve, como los cuchillos de la cocina. Entonces dice: «Salid, salid. Podemos jugar a un juego». Pero el príncipe dice: «Chis, no, no salgas», así que me quedo quieto, y entonces la lagarta se pone hecha una furia y se hace más grande. Sus ojos empiezan a brillar y a formar remolinos y más remolinos, como aquel plato que dejé caer. Y entonces Tordo piensa: «Pero la lagarta está en el lado de los sueños. Iré al otro lado». Así que hice que la música se volviera más grande y me desperté. Y la lagarta ya no estaba pero mi manta roja estaba en el suelo.

Concluyó el relato con un profundo jadeo después de haberse quedado sin aliento y nos miró a los tres. Casi sin pensarlo le di un empujoncito a Chade por medio de la Habilidad. El anciano me miró por un momento, pero logró que pareciera algo casual. Me sentí muy orgulloso de él cuando dijo:

—Un informe excelente, Tordo. Me has dado mucho que pensar. Ahora escuchemos al príncipe y después veré si tengo alguna pregunta para ti.

Tordo se sentó derecho en su silla, el pecho tan inflado de orgullo que la tela de su camisa se tensó sobre su barriga oronda. Su lengua seguía asomando por su amplia sonrisa de sapo, pero sus ojillos bailaban según nos miraba a Dedicado y a mí para cerciorarse de que habíamos presenciado su triunfo. Me pregunté desde cuándo le importaba tanto impresionar a Chade, aunque después caí en la cuenta de que también ese era un modo de imitar a su príncipe.

Dedicado supo concederle a Tordo unos instantes para que se deleitara con nuestra atención.

—Tordo ha contado la mayor parte de la historia, pero permitidme añadir algo más. Os he hablado de una gran presencia. Mientras lo… en fin, no mientras lo observaba, sino mientras experimentaba a ese ser, o a esa cosa, me sentía cada vez más atraído por ella. No me daba miedo. Sabía que entrañaba peligro, pero en el fondo no me importaba que me absorbiera y engullese para siempre. No sentía que tuviera ninguna importancia. Entonces la presencia comenzó a alejarse. Quise seguirla, pero en ese momento me percaté de que algo me vigilaba. Algo que no parecía tan benévolo. Me dio la impresión de que mientras yo contemplaba aquella presencia, ese otro ser había ido acercándose a mí.

»Miré a mi alrededor y vi que me encontraba a la orilla de un río lechoso, en una playa de arcilla muy pequeña. Un extenso bosque de árboles inmensos se alzaba a mis espaldas. Eran más altos que una torre y mantenían el día en un crepúsculo perpetuo. Al principio no vi nada más. Después advertí la presencia de una criatura diminuta, como una lagartija, solo que más rolliza. Se sostenía sobre la hoja ancha de un árbol, desde donde me observaba. Sin embargo, una vez que me fijé en ella, empezó a crecer. O tal vez yo comencé a menguar. No estoy seguro. El bosque también se hizo más grande, hasta que el animal saltó a la arcilla, y resultó ser una dragona. Azul y plateada, descomunal y hermosa. Seguidamente me dijo: «Vaya. Me has visto. Bien, no me importa. Pero a ti sí te importará. Eres de los suyos. Cuéntame. ¿Qué sabes de un dragón negro?». Entonces, y esta parte es muy extraña, no pude encontrarme a mí mismo. Sentí como si la hubiera estado observando con demasiada atención y me hubiese olvidado de mi existencia. Después decidí que estaría detrás de un árbol, y ahí me encontré.

—No creo que eso se debiera a la Habilidad —lo interrumpió Chade irritado—. Más bien parece un sueño.

—Exacto. Y por eso no le di más importancia cuando me desperté. Sabía que por un momento sí llegué a Habilitar, pero pensé que después me quedé dormido del todo, por lo que cuanto sucedió a continuación fue solo un sueño. Y así, puesto que en los sueños las cosas ocurren de un modo muy extraño, Tordo apareció de pronto a mi lado. No sabía si él también había visto a la dragona, por lo que me proyecté hacia él y le dije que guardara silencio y se escondiera de ella. Por tanto, cuando los dos nos escondimos, la dragona se puso muy furiosa, creo que porque sabía que seguíamos allí pero sin que pudiera vernos. Entonces, de repente, Tordo ya no estaba. Me sobresalté tanto que abrí los ojos. —El príncipe se encogió de hombros—. Estaba en mi dormitorio. Pensé que tan solo había sido un sueño muy real.

—Tal vez fuese solo eso, un sueño que vos y Tordo compartisteis —propuso Chade—. Creo que podemos dejarlo ahí y centrarnos en el asunto que de verdad nos ocupa.

—Yo creo que no —opuse. La premura con que Chade quiso desviar la conversación me hizo sospechar que no quería que habláramos sobre el tema, pero yo estaba dispuesto a sacrificar una parte de mi secreto para descubrir el suyo—. Creo que la dragona es real. De hecho, diría que hemos oído hablar de ella con anterioridad. Tintaglia, la dragona del Mitonar. Aquella a la que se refería el muchacho enmascarado.

—Selden Vestrit. —Dedicado pronunció su nombre en voz baja—. Entonces ¿los dragones poseen la capacidad de Habilitar? ¿Por qué podría interesarle a Tintaglia lo que sabemos acerca de un dragón negro? ¿Se referirá a Yama de Hielo?

—Es lo más probable. Pero esa es la única de vuestras dudas que puedo resolver. —Me volví a regañadientes para encontrarme con el gesto ceñudo de Chade—. Ya me había visitado en sueños, con la misma exigencia. Que le contara cuanto supiese acerca de un dragón negro y una isla. Está al tanto de nuestra expedición, informada seguramente por los representantes que nos visitaron para invitarnos con tanta cordialidad a aliarnos a ellos en su guerra contra Chalaza. Pero creo que la dragona solo sabe lo que ellos le contaron. Que hay un dragón atrapado bajo el hielo y que Dedicado se dispone a darle muerte.

Chade espiró articulando una suerte de gruñido.

—En ese caso también sabrá el nombre de la isla. Aslevjal. Solo es cuestión de tiempo que descubra dónde está. Los Mercaderes del Mitonar son conocidos por dedicarse precisamente a eso, a mercadear. Si necesitan una carta de navegación que muestre la ruta que lleva a Aslevjal la conseguirán.

Extendí las palmas de las manos, mostrando una calma que no sentía.

—No hay nada que podamos hacer al respecto, Chade. Tendremos que estar preparados para lo que pueda ocurrir.

Deslizó la silla hacia atrás.

—Bien, podría prepararme mejor si supiera qué esperar —dijo. Al levantarse empezó a hablar más alto. Se acercó a la ventana con paso airado y llevó la vista hacia el mar. Instantes después volvió la cabeza para mirarme de soslayo con ferocidad—. ¿Qué otras cosas has dejado de contarme?

Si hubiéramos estado a solas, le habría contado cómo la dragona amenazó a Ortiga, y cómo esta se libró de la criatura. Pero no quería hablar de mi hija en presencia de Dedicado, de modo que me limité a negar con la cabeza. Se volvió para seguir contemplando las aguas.

—Así que podríamos tener otro enemigo al que enfrentarnos, además del frío y los hielos de Aslevjal. Bien. Al menos, dime el tamaño de esa criatura. Y su fuerza.

—No lo sé. Solo me he encontrado con ella en sueños y su tamaño variaba de una visión a otra. Creo que no debemos dar por seguro nada de lo que nos haya mostrado en sueños.

—Ah, bien, muy útil —dijo Chade desanimado. Regresó a la mesa y se dejó caer en la silla—. ¿Anoche sentiste algo procedente de esa dragona? —me preguntó de pronto.

—No. Nada.

—Pero caminaste por medio de la Habilidad.

—Solo por un momento. —Había visitado a Ortiga. No hablaría de eso en este instante. Chade no pareció advertir mi reticencia.

—Yo tampoco. Por mucho que me esforcé.

La angustia le estrangulaba la voz como a un niño malherido. Cuando me fijé en sus ojos, no solo vi frustración en ellos, sino también dolor. Me miraba como si le hubiera impedido conocer un secreto decisivo o unirse a una aventura extraordinaria.

—Chade. Lo conseguirás con el tiempo. Creo que a veces pones demasiado empeño —señalé, sin estar seguro de que fuese así.

Sin embargo, no me veía capaz de confesarle lo que en el fondo sospechaba: que había iniciado el aprendizaje demasiado tarde, por lo que nunca llegaría a dominar la magia que se le había negado.

—Siempre dices lo mismo —replicó abatido.

No se me ocurrió qué responderle. El resto de la sesión lo dedicamos a realizar algunos de los ejercicios propuestos en los manuscritos, aunque con escaso éxito. El desánimo de Chade parecía haberlo despojado por completo de sus capacidades ese día. Con las manos unidas, pudo recibir las imágenes y los comentarios que yo le envié, pero cuando nos separamos y nos colocamos en distintos rincones de la habitación, no logré comunicarme con él, ni él pudo acceder a la mente de Dedicado ni a la de Tordo. Su creciente frustración nos afectó a todos. Cuando Dedicado y Tordo nos dejaron para atender sus tareas cotidianas, no solo no habíamos realizado progreso alguno, sino que ni siquiera habíamos igualado el nivel de Habilidad al que llegamos el día anterior.

—Otro día que se va, y seguimos sin tener un destacamento decente —observó Chade con amargura una vez que nos quedamos a solas. Se acercó al aparador y se sirvió una copa de coñac. Cuando me hizo un gesto inquisitivo, negué con la cabeza.

—No, gracias. Ni siquiera he desayunado aún.

—Yo tampoco.

—Chade, pareces agotado. Creo que una o dos horas de descanso y un buen almuerzo te sentarían mejor que un trago de coñac.

—Consígueme dos horas libres y estaré encantado de retirarme a dormir —me propuso sin rencor. Se acercó a la ventana con la copa y extravió la mirada en el manto de agua—. Se me está echando todo encima, Traspié. Debemos asegurar la alianza con las Islas del Margen. A causa de la guerra entre Chalaza y el Mitonar, las actividades comerciales que mantenemos en el sur ya no son ni la sombra de lo que eran. Si Chalaza derrota al Mitonar, lo que es muy posible, pasará a descargar sus espadas sobre nosotros. Necesitamos aliarnos con las Islas del Margen antes de que lo haga Chalaza.

»Y no se trata solo de los preparativos del viaje. Se trata de las muchas medidas de seguridad que debo tomar para cerciorarme de que todo vaya como debe en Torre del Alce mientras yo estoy fuera. —Tomó un sorbo de coñac y añadió—: Dentro de doce días zarpamos rumbo a Aslevjal. Doce días, cuando ni siquiera seis semanas bastarían para disponerlo todo y asegurarme de que no surgirán problemas durante mi ausencia.

Sabía que no estaba hablando de cosas como el abastecimiento de suministros, el cobro de impuestos o el adiestramiento de la guardia. Había otras personas que se ocupaban de esos asuntos de forma rutinaria e informaban en persona a la reina. Lo que a Chade le preocupaba era su red de espías e informadores. Nadie sabía con certeza hasta cuándo duraría esta misión diplomática a las Islas del Margen ni, menos aún, cuánto tiempo llevaría la expedición del príncipe a Aslevjal. Yo seguía albergando la endeble esperanza de que la «matanza del dragón» consistiera en una suerte de ritual marginado, pero Chade estaba convencido de que nos encontraríamos con el cadáver de un dragón sepultado bajo un glaciar, y de que Dedicado tendría que retirar el hielo suficiente para poder cortarle la cabeza y presentarla en público ante la narcheska.

—Estoy seguro de que tu aprendiz podrá supervisar esos aspectos en tu ausencia. —Mantuve el tono neutral. Nunca había discutido con Chade por la alumna que había elegido. Me seguía costando aceptar a lady Romero como miembro de la corte de la reina, y sobre todo como aprendiza de asesino. De niña fue un instrumento de Regio, de modo que el Pretencioso la utilizó sin piedad contra nosotros. Pero ahora no era un buen momento para revelarle a Chade que había averiguado quién era su nueva pupila. Ya se encontraba bastante abatido.

Negó con la cabeza malhumorado.

—Algunos de mis contactos solo confían en mí. No informarán a nadie más. Y a decir verdad, lo importante es que sé cuándo hacer más preguntas y a qué rumores prestar atención. No, Traspié, debo resignarme y aceptar que aunque mi aprendiz se esmere en atender mis asuntos, me encontraré con muchas lagunas en la información recopilada cuando regrese.

—Ya dejaste el castillo de Torre del Alce en otra ocasión, durante la Guerra de las Velas Rojas. ¿Cómo te las apañaste entonces?

—Ah, aquella era una situación muy distinta. Entonces lo que hice fue investigar la amenaza, seguir el hilo de las intrigas hasta llegar al ovillo. Ahora, a decir verdad, asistiré a una negociación crucial. Pero en Torre del Alce continuarán ocurriendo muchas cosas que es preciso controlar.

—Los picazos —aporté.

—Exacto. Entre otros asuntos. Aunque ese sigue siendo el que más me incomoda, si bien últimamente no están haciendo demasiado ruido.

Entendía lo que quería decir. La inactividad de los picazos resultaba escamante. Había matado al cabecilla de la organización, pero temía que otro se alzara y ocupase el lugar de Laudovino. Habíamos ido muy lejos para ganarnos el respeto y la cooperación de la comunidad Mañosa. Quizá este proceso de maduración terminara por extinguir la rabia y el odio que enardecía a los picazos extremistas. Hasta ahora nuestra estrategia había consistido en concederles una amnistía a los Mañosos a fin de socavar las fuerzas que impulsaban a los picazos. Si los Mañosos eran bien recibidos por la reina Kettricken y se integraban en la sociedad, y si se les animaba a anunciar en público que portaban la magia, tal vez entonces no tendrían tanto interés en acabar con el reinado de los Vatídico. Así lo esperábamos y así parecía estar ocurriendo. Pero si al final el plan no funcionaba, los picazos aún podrían actuar contra el príncipe e intentar desa­creditarlo ante los nobles revelando su condición de Mañoso. Que la realeza proclamara que la magia de la Maña debía dejar de considerarse un deshonor no barrería de la noche a la mañana décadas de prejuicios y recelo. Confiábamos en que todo ese desprecio desapareciera con la llegada pacífica de los Mañosos a la corte de la reina. No solo con la de niños como Vencejo, sino también con la de adultos como Telaraña el Mañoso.

Chade seguía contemplando el mar con una sombra de incertidumbre en los ojos.

Me estremecí al formularla, pero no pude callarme la pregunta.

—¿Hay algo que pueda hacer por ti?

Deslizó su mirada hasta cruzarla con la mía.

—¿Lo estás sugiriendo en serio?

Su tono me puso alerta.

—Creo que sí. ¿Por qué? ¿Qué pensabas pedirme?

—Deja que envíe a buscar a Ortiga. No es necesario que la reconozcas como hija. Solo deja que hable de nuevo con Burrich sobre la posibilidad de traerla a la corte y de aleccionarla en la Habilidad. Creo que en su corazón aún quedan trazas del juramento que hace tanto tiempo les hizo a los Vatídico, las suficientes para que si yo le dijera que el príncipe la necesita, le permitiese venir. Y sin duda para Vencejo supondría un enorme consuelo tener a su hermana cerca de él.

—Ah, Chade. —Negué con la cabeza—. Pídeme cualquier otra cosa. Pero deja a mi hija en paz.

Meneó la cabeza y volvió a quedarse callado. Permanecí junto a él unos momentos más, hasta que entendí que el silencio era su saludo de despedida. Lo dejé allí de pie, mirando más allá de las aguas, al nordeste, hacia las Islas del Margen.

2

Hijos

Dueño fue el primer hombre en designarse rey a sí mismo en el castillo de Torre del Alce. Llegó a estas costas procedente de las Islas del Margen, un invasor y saqueador, como muchos de los que habían llegado antes que él. El fuerte de troncos que coronaba los acantilados que se elevaban sobre el río le pareció el lugar perfecto para establecer una base permanente en los nuevos territorios. Eso es lo que cuentan algunos. Otros aseguran que era un marinero desapasionado y blandengue que siempre se mareaba durante las travesías, por lo que ansiaba dejar atrás los vaivenes del mar y regresar a tierra firme. Fuera cual fuese su motivación, atacó con éxito, se apoderó del castillo de madera que se erigía sobre los milenarios cimientos de piedra y se convirtió en el primer rey Vatídico de Torre del Alce. Puesto que se abrió paso reduciéndolo todo a cenizas, construyó las nuevas fortificaciones de Torre del Alce a partir de la piedra negra que tanto abundaba allí. De esta manera, desde los primeros días, las raíces de la familia que gobierna los Seis Ducados se extienden hasta las Islas del Margen. Por supuesto, esto no se limita solo a este linaje. El pueblo de los Seis Ducados y el de las Islas del Margen han continuado mezclando su sangre y derramando la del otro una y otra vez.

VENTURN,
Historias

Ahora que tan solo restaban cinco días para la partida, el viaje empezó a parecerme real. Hasta hoy había conseguido no darle demasiadas vueltas y verlo como algo abstracto. Me había preparado para emprenderlo, pero solo a modo de eventualidad. Había estudiado los símbolos de su escritura y pasado muchas noches en una taberna frecuentada por mercaderes y marineros marginados. Allí me apliqué para aprender tanto como pudiera sobre su idioma. Escuchar era la técnica que mejores resultados me deparaba. El marginado compartía muchas raíces con nuestra lengua, de manera que al cabo de unas noches ya no me sonaba tan raro. No lo hablaba con soltura, pero podía hacerme entender y, lo que era más importante, comprendía la mayor parte de lo que oía. Confiaba en que eso bastara.

Las clases con Vencejo transcurrían a buen ritmo. En cierto modo, lo echaría de menos cuando partiéramos. Por otro lado, también me aliviaría librarme de él. Tal como me había asegurado, era un excelente arquero para tener diez años. Cuando así se lo hice saber a Berroso, el maestro de armas se complació de hacerse cargo de él.

—Posee un talento innato. No es de los que se quedan quietos y necesitan todo el día para apuntar. Con este muchacho, la flecha emprende el vuelo tanto desde su ojo como desde la cuerda. Asignarle un hacha sería desperdiciar su don. Mejor trabajar en su fuerza y entregarle un arco más largo y potente cuando crezca. —Así lo evaluó Berroso, y cuando le transmití su parecer a Chade, el viejo asesino convino en parte.

—Empezará con el hacha, también —me indicó Chade—. No le hará daño.

Pasar menos tiempo con el chiquillo me aliviaba más de lo que podía admitir. Como alumno era brillante, y siempre resultaba agradable tratar con él, salvo por dos aspectos: me recordaba demasiado a Molly y Burrich, y nunca dejaba de hablar sobre su magia. Fuera cual fuese la lección que nos ocupara, siempre encontraba el modo de iniciar una conversación sobre la Maña. La gravedad de su ignorancia me horrorizaba, pero aun así me incomodaba tener que aclararle todas las ideas equivocadas que tenía. Decidí consultarlo con Telaraña.

Me costó reunirme a solas con él. Desde que llegara a la corte de Torre del Alce en calidad de portavoz y defensor de su pueblo y su malvada magia, se había granjeado el respeto de muchos de los que antes despreciaban la Maña y de quienes la practicaban. A menudo lo llamaban el «Maestro de la Maña». La fórmula que antes se empleaba para burlarse de la aceptación de la magia ilegal por parte de la reina empezaba a convertirse rápidamente en un título honorífico que todos aceptaban. Muchos solicitaban ahora su consejo, y no solo sobre asuntos relativos a su magia o el pueblo de la Vieja Sangre. Telaraña era un hombre afable que se interesaba por todo el mundo y con quien se podía mantener una conversación animada acerca de casi cualquier tema; y aun así, además de hablar, sobre todo se le daba bien escuchar. La gente siempre mira con buenos ojos a quien está pendiente de lo que dice. Aunque no hubiera sido el embajador extraoficial de los Mañosos del reino, creo que se habría convertido en una de las figuras más valoradas de la corte. Así y todo, la particularidad de su condición hacía que se le valorase todavía más, puesto que si alguien deseaba demostrarle a la reina que compartía su política sobre las relaciones con los Mañosos, ¿qué mejor que invitar a Telaraña a cenar o a participar en el evento que correspondiese? Muchos nobles pretendían ganarse el favor de la reina de esta manera. Estoy convencido de que nada de su experiencia previa había preparado en lo más mínimo a Telaraña para convertirse en semejante fenómeno social, y no, obstante, se lo tomó con calma, del modo en que parecía afrontarlo todo. Tampoco me dio la impresión de que la popularidad lo cambiase. Seguía mostrándose igual de embelesado cuando charlaba con una sirvienta que al mantener discusiones sofisticadas con los nobles más insignes. Rara vez lo veía solo.

A pesar de todo, en la sociedad civilizada sigue habiendo ciertos lugares adonde se puede ir sin que te sigan. Estaba esperando a Telaraña cuando salió de un escusado. Después de saludarlo, añadí:

—Me gustaría pedirte consejo sobre algo. ¿Tienes un momento para dar un paseo tranquilo por el Jardín de las Mujeres?

Enarcó una ceja plateada en un gesto de curiosidad y asintió. Sin decir palabra, me siguió, adaptando a mi paso sin dificultad sus andares de marinero. Siempre me había gustado el Jardín de las Mujeres, desde niño. Allí se cultivaba una buena parte de las hierbas y hortalizas que se empleaban en las cocinas de Torre del Alce durante el verano, aunque estaba concebido tanto para que resultase agradable recorrerlo como para que produjera frutos útiles. Recibía el nombre de «Jardín de las Mujeres» por la sencilla razón de que la mayoría de las personas que lo atendían eran mujeres; a nadie le extrañaría vernos allí. Arranqué unos brotes nudosos de hinojos cobrizos mientras caminábamos y le tendí uno a Telaraña. Un abedul que se elevaba sobre nosotros empezaba a desplegar sus hojas. Había varios arriates de ruibarbos alrededor del banco en el que nos detuvimos. Unos bultos rechonchos y rojizos asomaban entre la tierra. Las hojas rugosas de algunas de las plantas comenzaban a abrirse a la luz. Pronto sería necesario separarlas en compartimentos si se quería que los tallos alcanzaran una longitud aprovechable. Así se lo comenté a Telaraña.

Se rascó su arreglada barba canosa con aire pensativo. Una chispa de regocijo prendió en sus ojos deslavados cuando me preguntó:

—Entonces ¿querías pedirme consejo sobre los ruibarbos? —Se llevó a los labios el extremo del tallo de hinojo y lo mordisqueó mientras esperaba a que le respondiera.

—No, claro que no. Y sé que eres un hombre muy ocupado, así que no te robaré más tiempo del necesario. Me preocupa un muchacho al que han dejado a mi cargo para que lo instruya y le enseñe a manejar las armas. Se llama Vencejo y es hijo del antiguo caballerizo de Torre del Alce, Burrich. Pero ha decidido alejarse de su padre después de discutir con él por el uso que el niño hace de la Maña, de modo que ahora se hace llamar Vencejo Mañoso.

—¡Ah! —Telaraña asintió con énfasis—. Sí, lo conozco. Muchas noches se sitúa en el extremo del círculo para escuchar mis historias, aunque no recuerdo que se haya dirigido a mí nunca.

—Entiendo. Bien, lo he instado no solo a que te escuche, sino a que hable contigo, también. Me preocupa el concepto que tiene de su magia. Y la manera en que habla de ella. Carece de formación y su padre censuraba la Maña de modo terminante. Sin embargo, su ignorancia no lo lleva a actuar con cautela, sino con imprudencia. Le revela su condición de Mañoso a todo el que encuentra, sin el menor disimulo, e insiste para que lo acepte. Le he advertido que, con el decreto de la reina o sin él, sigue habiendo mucha gente en Torre del Alce a la que la Maña le parece repugnante. No parece comprender que, pese a la modificación de las leyes, no se puede obligar a nadie a cambiar de opinión. Alardea de la magia de una forma que podría volverse en su contra. Y pronto tendré que dejar que se las apañe por sí mismo, cuando parta con el príncipe. Me quedan cinco días para inculcarle un poco de cautela.

Al ver que me quedaba sin aliento, Telaraña me consoló.

—Comprendo que la situación te haga sentir muy incómodo.

No era la reacción que esperaba de él, y por un momento me quedé desconcertado.

—No se trata solo de que jactarse de su magia pueda suponer un peligro para él —me justifiqué—. Es más grave. Habla sin reparos de su deseo de elegir un animal al que vincularse, y de querer hacerlo pronto. Me ha pedido que lo ayude, que lo acompañe a las caballerizas. Yo le he dicho que no creo que esa sea la manera adecuada de buscar un compañero, que establecer un vínculo así no puede ser tan sencillo, pero se niega a escucharme. Me ignora, y me dice que si yo portara la magia de la Maña entendería mejor la necesidad de ponerle fin a su aislamiento. —Procuré ocultar mi indignación al realizar este último comentario.

Telaraña articuló una tosecita y esbozó una sonrisa irónica.

—Y también entiendo que su actitud te mortifique tanto.

Su respuesta me arrancó un escalofrío. Una observación tácita pesaba en ella. Intenté ignorarla.

—Por eso acudo a ti, Telaraña. ¿Hablarías con él? Creo que eres el más indicado para enseñarle a afrontar su magia sin que esta lo abrume. Podrías explicarle por qué debería esperar un poco más antes de vincularse y por qué no debería anunciar con tanta despreocupación que porta la Maña. En resumen, podrías enseñarle a emplear la magia como un hombre, con dignidad y discreción.

Telaraña se reclinó en el banco. Las ramitas del hinojo se agitaban mientras mascaba el tallo con la mirada ausente. Al cabo señaló con voz queda:

—Todas esas cosas, Traspié Hidalgo, podrías enseñárselas tú tan bien como yo, si estuvieras dispuesto. —Me miró con firmeza. En este espléndido día de primavera, el azul parecía predominar sobre el gris de sus ojos. Aunque no me escrutaba con frialdad, sentí que un puñal de hielo me atravesaba las entrañas.

Respiré despacio para recuperar la calma. Me quedé quieto con la esperanza de no delatarme mientras me preguntaba cómo podía saberlo. ¿Quién se lo había dicho? ¿Chade? ¿Kettricken? ¿Dedicado?

Expuso su razonamiento de manera implacable:

—Por supuesto, el muchacho solo te haría caso si le confesaras que tú también eres Mañoso. Y terminarías de ganarte toda su atención si le revelases tu verdadero nombre, así como la relación que te une a su padre. Aunque tal vez sea un poco joven para contarle este secreto con todos los detalles.

Siguió mirándome unos instantes más y después apartó la vista de mí. Lo tomé como una muestra de compasión, hasta que añadió:

—El lobo sigue asomándose a tus ojos. Crees que si permaneces inmóvil, nadie te verá. Eso no te funcionará conmigo, jovencito.

Me levanté, ardía en deseos de negar mi nombre, pero me hablaba con tal seguridad que habría parecido un mentecato si hubiera intentado replicarle. Y no quería que el maestro Telaraña me tomase por necio.

—No tengo tanto de joven —le reproché—. Y quizá tengas razón. Soy yo quien debería hablar con Vencejo.

—Eres más joven que yo —replicó Telaraña cuando me di la vuelta para marcharme—. Y no solo por edad, maestro Mechatejón. —Me detuve y lo miré—. Vencejo no es el único que necesita aprender a controlar su magia —apuntó, enfocando la voz de tal manera que solo yo pudiera oírlo—. Pero no aleccionaré a nadie que no me lo pida en persona. Dile eso también al muchacho. Que tiene que venir y solicitármelo él. No le enseñaré por la fuerza.

Dando la conversación por concluida, me volví de nuevo. Telaraña levantó la voz otra vez, como si tan solo pretendiera realizar un comentario casual.

—Acebo sí que sabría disfrutar de un día como este. El cielo despejado y una brisa apacible. ¡Con qué placidez volaría su halcón!

Y ahí estaba la respuesta a la pregunta que no le había formulado, un gesto, deduje, de sincera compasión. En lugar de permitir que me marchara con la duda de qué habitante de Torre del Alce había desvelado mi secreto, me dijo con toda claridad que había descubierto mi verdadero nombre a partir de otra fuente. Acebo, viuda de Rolf el Negro, quien intentara enseñarme a dominar la Maña hacía ya tantos años. Seguí caminando como si Telaraña no hubiera expresado más que un simple cumplido, pero ahora debía hacerme una pregunta aún más inquietante. ¿Acebo se lo había dicho directamente a Telaraña, o había pasado por demasiadas bocas y demasiados oídos antes de llegar a él? ¿Cuántos Mañosos sabían quién era yo en realidad? ¿Qué peligro entrañaba esta información? ¿De qué maneras podría emplearse contra el trono de los Vatídico?

Aquel día realicé mis tareas con un aire ausente. Tenía instrucción de armas con la compañía de guardias y, a causa de mis preocupaciones, terminé los ejercicios con más cardenales de lo acostumbrado. También debía probarme por última vez los nuevos uniformes que todos vestiríamos. Días atrás me había incorporado a la recién fundada Guardia del Príncipe. Chade se encargó no solo de que se me aceptara en este grupo de élite, sino de que mi unidad fuese elegida para acompañar al príncipe durante su expedición. El uniforme de la Guardia del Príncipe combinaba azul sobre azul, con el alce de los Vatídico en el pecho. Confiaba en que terminaran el mío con la antelación necesaria para añadirle en secreto los pequeños compartimentos adicionales que me harían falta. Había tomado la firme decisión de no seguir sirviendo a los Vatídico como asesino. Eso no significaba que pretendiera renunciar a los instrumentos propios del oficio.

Di gracias por no tener que reunirme con Chade ni Dedicado por la tarde, porque los dos se habrían dado cuenta de inmediato de que ocurría algo. Sabía que se lo contaría a Chade; se trataba de algo de lo que sin duda necesitaba estar al tanto. Pero no quería comunicárselo aún. Primero intentaría poner mis ideas en orden y ver cómo encajaba todo.

Y sabía que la mejor manera de lograrlo consistía en mantener la cabeza ocupada en otras cosas. Cuando aquella noche bajé a la ciudad de Torre del Alce, decidí dejar la visita a la taberna marginada para otra ocasión y pasar un rato con Percán. Necesitaba decirle a mi hijo adoptado que me habían «seleccionado» para acompañar al príncipe y despedirme de él con antelación por si más adelante no disponía del tiempo necesario. Hacía días que no nos veíamos y, puesto que faltaban muy pocas jornadas para zarpar, supuse que tenía una buena excusa para suplicarle al maestro Gindast que me permitiera disfrutar de una noche en compañía de Percán. Estaba muy satisfecho con lo mucho que estaba progresando en el taller desde que se trasladó a las dependencias de los aprendices, determinado a centrarse en su formación. El maestro Gindast era uno de los carpinteros más prestigiosos de la ciudad de Torre del Alce. Todavía me consideraba afortunado por que, con una pequeña ayuda de Chade, aceptase formar a Percán. Si el muchacho se desenvolvía bien, le esperaba un futuro brillante en cualquier región de los Seis Ducados donde decidiera establecerse.

Los aprendices se disponían a cenar cuando llegué. El maestro Gindast no estaba en ese momento, pero uno de los oficiales veteranos permitió que Percán se marchara conmigo. Me pregunté a qué se debería la hosquedad con que accedió a mi petición, aunque supuse que estaría preocupado por algún problema personal privado. Sin embargo, Percán no mostró al verme la alegría que yo esperaba. Tardó un buen rato en coger su capa y, cuando salimos, se mantuvo callado.

—Percán, ¿va todo bien? —le pregunté al cabo.

—Creo que sí —respondió con la voz apagada—. Pero seguro que tú no estarás de acuerdo. Le di mi palabra al maestro Gindast de que corregiría mi comportamiento. Me ofende que aun así pensara que debía avisarte para que tú también vinieses a regañarme.

—No tengo ni idea de a qué te refieres —le dije, esforzándome por mantener la voz firme al tiempo que se me caía el alma a los pies. No podía evitar pensar que debía zarpar dentro de pocos días. Se tratara de lo que se tratase, ¿conseguiría yo solucionarlo en tan poco tiempo? Desazonado, le espeté la noticia que le traía—: Han seleccionado mi nombre en el sorteo de guardias. Pronto partiré con el príncipe, para acompañarlo durante la expedición a las Islas del Margen. Venía a contarte esto y a compartir unas horas contigo antes de la partida.

Percán resopló con fastidio, aunque creo que acusándose a sí mismo. Me había revelado su problema cuando, de haber obrado con más comedimiento, se lo habría podido guardar para sí. Creo que eso le impidió reaccionar en forma alguna a la noticia que acababa de darle. Caminé a su lado, esperando a que dijese algo. Las calles de la ciudad de Torre del Alce estaban muy tranquilas esta noche. Los relucientes días de primavera empezaban a alargarse, pero además la gente se levantaba un poco antes y dedicaba unas horas más al trabajo, lo que le permitía retirarse a descansar antes de que se cerrara la noche. Al ver que Percán insistía en su silencio, le propuse:

—El Perro y Silbo queda más adelante. Es un buen lugar donde comer algo y beber una buena cerveza. ¿Nos acercamos?

Percán se negó a mirarme a los ojos cuando se opuso.

—Preferiría ir al Cerdo Atascado, si a ti no te importa.

—Me importa —repliqué sin renunciar a un tono amable—. Está demasiado cerca de la casa de Jinna, y ya sabes que suele pasarse por allí. También sabes que hemos tomado caminos distintos. Preferiría no encontrarme con ella, si puedo evitarlo.

Además, había descubierto con alguna tardanza que el Cerdo Atascado podría ser un punto de encuentro para los Mañosos, aunque nadie lo manifestara en público. Eso explicaría en parte la cuestionable reputación de la taberna; pero esta mala fama se debía también a que, en realidad, era un tugurio mugriento y pobremente atendido.

—Entonces ¿el que no quieras ir allí no es porque Svanja viva cerca? —me preguntó sin rodeos.

Contuve un suspiro. Llevé mis pasos en la dirección del Cerdo Atascado.

—Creía que te había dejado para irse con un marinero que la colmaba de joyas.

Se estremeció, aunque mantuvo la voz firme al responderme.

—Eso me parecía a mí también. Pero cuando Reften regresó a la mar, Svanja pudo venir a verme y contarme la verdad. Sus padres habían aprobado y arreglado el noviazgo. Ese acuerdo era el motivo por el que siempre me rechazaron.

—De modo que pensaban que tú sabías que Svanja estaba prometida y que, aun así, insistías en verla.

—Supongo. —De nuevo, el tono neutral.

—Es una lástima que a Svanja nunca se le pasara por la cabeza confesarles a sus padres que te estaba engañando. Ni hablarte a ti de ese tal Reften.

—Las cosas no son así, Tom. —Un gruñido de rabia contenida le caldeó la voz—. Svanja nunca se propuso engañar a nadie. Al principio ella solo quería que fuésemos amigos, por lo que no vio razón alguna para decirme que estaba prometida. Cuando más adelante empezamos a sentir algo el uno por el otro, le dio miedo contármelo, por temor a que yo pensara que ella le estaba siendo infiel a Reften. Pero en realidad nunca estuvo enamorada de él; lo único que Reften tenía era la palabra de los padres de Svanja.

—¿Y cuando Reften volvió?

Percán respiró hondo, decidido a no perder los estribos.

—Es complicado, Tom. La madre de Svanja no se encuentra bien de salud y tiene todas sus ilusiones puestas en ese noviazgo. Reften es el hijo de una amiga de su infancia. Y el padre de Svanja no quiere tener que retirar su palabra ahora que el matrimonio está acordado. Es un hombre muy orgulloso. Por eso, cuando Reften volvió a la ciudad, Svanja pensó que lo mejor sería fingir que todo estaba bien durante los pocos días que él pasaría aquí.

—Y ahora que Reften se ha marchado, Svanja vuelve contigo.

—Sí —confirmó Percán con sequedad, como si no hubiera nada más que decir.

Le puse la mano en el hombro mientras caminábamos. Palpé el bulto que formaban sus músculos, duros como la piedra. Le hice la pregunta obligada:

—Y ¿qué ocurrirá cuando Reften tome puerto de nuevo, cargado de regalos y convencido de que Svanja es su novia?

—Le dirá que está enamorada de mí y que ahora es mía —dijo a media voz—. Y, si no, lo haré yo. —Caminamos en silencio por un tiempo. Mi mano no lo tranquilizó, pero al menos no intentó quitársela de encima—. Crees que soy un imbécil —dijo al cabo cuando tomamos la calle del Cerdo Atascado—. Crees que Svanja está jugando conmigo y que, cuando Reften regrese, volverá a deshacerse de mí.

Procuré expresarme sin excesiva crudeza.

—Me temo que es muy probable que ocurra así.

Percán suspiró y hundió el hombro bajo el peso de mi mano.

—Yo también. Pero ¿qué puedo hacer, Tom? La quiero. Amo a Svanja, a nadie más. Es mi otra mitad, y cuando estamos juntos, formamos un todo del que no dudo en ningún momento. Ahora, paseando contigo mientras te hablo de ello, sé que parezco muy crédulo, y con razón. Yo me he hecho las mismas preguntas que tú. Pero cuando estoy con ella y nos miramos a los ojos, sé que me está diciendo la verdad.

Caminamos un rato más en silencio. A nuestro alrededor, el ritmo de la ciudad se relajaba poco a poco, dejando atrás las labores del día para dar paso a la cena compartida y la compañía de la familia. Ante la inminencia de la noche, los comerciantes empezaban a cerrar los postigos. El olor de los platos en preparación se escapaba de las casas. Las tabernas atraían a clientes como Percán y yo. Deseé en vano que todo fuera tan sencillo como sentarnos y disfrutar de una buena cena juntos. Creía que lo había traído a aguas seguras y hallaba consuelo en ello cada vez que pensaba que tenía que marcharme de Torre del Alce. Le hice una pregunta tan inevitable como estúpida:

—¿Existe alguna posibilidad de que dejes de verla durante un tiempo?

—No. —Respondió sin tomar aire siquiera. Miró al frente para especificar—: No puedo, Tom. No puedo olvidarme de ella, del mismo modo que no podría prescindir de respirar, ni de comer o beber agua.

Decidí expresarle mi temor sin rodeos.

—Me preocupa que durante mi ausencia te busques un problema con todo esto, Percán. No me refiero solo a que termines peleándote con Reften por la muchacha, aunque eso ya sería bastante grave. El maestro Ciervasta no siente el menor aprecio por ninguno de nosotros dos. Si le da por pensar que has puesto a su hija en peligro podría intentar vengarse de ti.

—Puedo encargarme de su padre —dijo de mala gana. En ese momento me pareció que de nuevo se le endurecían los hombros.

—¿Cómo? ¿Recibiendo una paliza? ¿Tumbándolo de un puñetazo? Recuerda: yo ya me he enfrentado a él, Percán. Ni suplicará piedad ni la mostrará. Si la guardia de la ciudad no hubiera intervenido, la pelea habría continuado hasta que uno de los dos cayera inconsciente, o muerto. Y aunque no lleguéis a las manos, puede hacer otras cosas contra ti. Podría hablar con Gindast y quejarse de que uno de sus aprendices carece de valores. Gindast se lo tomaría en serio, ¿o no? Por lo que me has contado, no tienes muy contento a tu maestro. Podría expulsarte del taller. O Ciervasta podría coger y echar a su hija a la calle sin más. Y entonces ¿qué?

—Entonces yo la acogería —contestó Percán con gravedad—. Yo la cuidaría.

—¿Cómo?

—Como fuese. No sé cómo, ¡solo sé que lo haría!

La rabia de su furiosa respuesta no se la provocaba yo, sino él mismo, porque carecía de argumentos con los que refutar los míos. Me pareció un buen momento para guardar silencio. No podía hacerle entrar en razón. Si lo presionaba, solo conseguiría que me diera de lado y se marchara corriendo con ella.

Seguimos andando y, según nos acercábamos al Cerdo Atascado, no pude sino preguntarle:

—No te verás con ella en público, ¿verdad?

—No —contestó a regañadientes—. Paso por delante de su casa. Ella está pendiente de mí, pero los dos fingimos no reparar en la presencia del otro. Así que cuando me ve, se inventa alguna excusa y sale de casa más tarde para reunirse conmigo.

—¿En el Cerdo Atascado?

—No, claro que no. Hemos encontrado un lugar donde podemos estar a solas.

De esta manera, sentí que formaba parte de la farsa de los muchachos cuando llegamos a la altura de la casa de Svanja. Hasta ahora no sabía dónde vivía. Cuando pasamos por delante de la cabaña, vimos a Svanja sentada en el escalón con un niño pequeño. Ignoraba que tuviera hermanos. Se levantó de inmediato y entró en la casa con el niño, como si pretendiera darnos la espalda a Percán y a mí. Continuamos hacia el Cerdo Atascado.

Era reació a entrar, pero puesto que Percán iba delante decidí seguirlo. El tabernero nos saludó asintiendo con brusquedad. Me extrañó que no me exigiera que me marchase. La última vez que estuve allí, me peleé con Ciervasta y la guardia de la ciudad tuvo que venir a separarnos. Tal vez ese tipo de episodios se produjeran de forma cotidiana en el local. A juzgar por la manera en que el mozo de la taberna saludó a Percán, lo consideraban un cliente habitual. Ocupó una mesa situada en una esquina como si fuera su asiento de siempre. Dejé unas monedas sobre el tablero, con lo que no tardaron en servirnos dos jarras de cerveza y dos platos de un insípido guiso de pescado. El pan que lo acompañaba estaba duro. Percán no pareció darle importancia. Apenas cruzamos palabra mientras comíamos. Me dio la impresión de que no dejaba de contar los minutos, calculando cuánto tardaría Svanja en idear una excusa y escabullirse al punto de encuentro.

—Había pensado en entregarle un dinero a Gindast para tus gastos, para que puedas disponer de él según lo necesites mientras yo estoy fuera.

Percán negó con la cabeza, la boca llena. Un momento después bajó la voz para señalar:

—No serviría de nada. Porque si por alguna razón estuviera disconforme conmigo, se lo quedaría.

—¿Y crees que tu maestro podría estar disconforme contigo?

Tardó unos instantes en responder. Al cabo, se explicó.

—Cree que necesito que me controle como si tuviera diez años. Lo que yo haga por las noches es asunto mío, debería poder hacer lo que quiera. Le has pagado para que me enseñe el oficio, y durante el día cumplo con mi trabajo. Es cuanto debería preocuparle. Pero no, él prefiere que me quede sentadito con los demás aprendices, remendando calcetines hasta que aparezca su esposa y nos ordene a gritos que dejemos de malgastar las velas y nos acostemos. No necesito que me vigilen de esa manera y no lo permitiré.

—Entiendo.

Continuamos cenando el guiso insípido en silencio. Me costaba tomar una decisión. Percán era demasiado orgulloso para pedirme que le entregara el dinero a él. Podía negarme y así expresarle mi desaprobación. Desde luego no me gustaba su comportamiento. Preveía que terminaría metiéndose en un lío… y si se buscaba un problema durante mi ausencia podría necesitar dinero para solucionarlo. Puesto que yo ya había pasado por los calabozos de la ciudad de Torre del Alce, lo último que deseaba era que encerrasen a mi hijo en ellos por no poder hacer frente a una multa. Por otro lado, si le prestaba el dinero, ¿no le estaría dando cuerda suficiente para ahorcarse? ¿No lo malgastaría todo en regalos con los que impresionar a su amorcito, o comiendo y bebiendo en las tabernas? Cabía la posibilidad.

Todo se reducía a lo siguiente: ¿confiaba en este muchacho al que llevaba siete años criando? Ya había decidido ignorar muchas de las cosas que le había enseñado. Aunque lo mismo habría dicho Burrich de mí a su edad, si hubiera sido consciente de lo mucho que yo utilizaba la Maña. Lo mismo habría dicho Chade, si hubiera sabido de las incursiones que hacía a la ciudad a escondidas. Y sin embargo, aquí estaba, aún en buena medida el hombre en el que me convirtieron. Tan fiel al mismo, de hecho, que no sacaría una bolsa llena de monedas en medio de una taberna tan infame como esta.

—En ese caso te entregaré el dinero a ti y confiaré en que sepas administrarlo bien —le dije bajando la voz.

Vi que se le iluminó el rostro, pero sabía que era por la confianza ofrecida, no por las monedas.

—Gracias, Tom. Tendré mucho cuidado con él.

El resto de la cena transcurrió con más distensión. Hablamos del viaje inminente. Me preguntó cuánto tiempo pasaría fuera. Le dije que no lo sabía. Quiso saber si la expedición entrañaba algún peligro. Por todos era sabido que el príncipe se disponía a darle muerte a un dragón en honor de la narcheska. Me burlé moderadamente de la idea de que encontrásemos semejante bestia bajo el hielo de las Islas del Margen. Y le dije, con sinceridad, que esperaba aburrirme y sufrir muchas incomodidades durante el viaje, aunque no correríamos ningún riesgo. Yo era, después de todo, un simple guardia que tenía el honor de que lo hubieran seleccionado para acompañar al príncipe. Sin duda me pasaría todo el tiempo esperando a que otros me dijeran lo que tenía que hacer. Nos reímos al imaginarlo y confié en que hubiera entendido lo que quería decirle: que obedecer a un superior no significaba tener que respetar los límites como un niño, sino que consistía en un deber que formaba parte de la vida de cualquier hombre. Pero si empezó a verlo desde esa perspectiva, no dijo nada al respecto.

No alargamos la cena. La comida no lo merecía y me dio la impresión de que Percán se moría de ganas por acudir a la cita secreta con Svanja. Cada vez que lo pensaba, me deprimía, pero sabía que no existía ninguna manera de que se la sacara de la cabeza. Así, cuando la apresurada cena llegó a su fin, apartamos a un lado los platos grasientos y salimos del Cerdo Atascado. Caminamos juntos un rato, viendo cómo el crepúsculo se extendía sobre la ciudad de Torre del Alce. En mi infancia, las calles estaban casi vacías a esta hora. Pero la ciudad había crecido y cada vez había más gente que se dedicaba a los oficios de la noche. En un cruce concurrido las mujeres permanecían en la calle, caminando despacio. Miraban de arriba abajo a los hombres que pasaban, conversando con desgana entre ellas mientras esperaban a que se les acercaran. Allí se detuvo Percán.

—Ahora tengo que irme —indicó en voz baja.

Asentí y me abstuve de decirle nada más. Saqué del jubón la bolsa que había preparado y se la pasé con discreción.

—No lo lleves todo encima, solo lo que creas que vas a necesitar durante el día. ¿Tienes algún lugar seguro donde dejar el resto?

—Gracias, Tom. —La tomó con solemnidad y la escondió bajo su camisa—. Sí. Al menos, Svanja lo tiene. Le diré que me la guarde.

Necesité emplear toda la capacidad de control e interpretación que había adquirido con los años para que mi recelo no se reflejara en mis ojos ni mi expresión. Asentí como si no albergara ninguna duda de que todo iría bien. Le di un abrazo breve mientras él me pedía que tuviera cuidado durante el viaje, y nos separamos.

Caí en la cuenta de que aún no deseaba regresar al castillo de Torre del Alce. Me sentía inquieto, entre la conversación con Telaraña y las noticias de Percán. Además, la cena del Cerdo Atascado, más que llenarme el estómago, me lo había revuelto. Sospechaba que no me acompañaría durante mucho tiempo más. Así, eché a caminar en una dirección distinta a la de Percán para que el muchacho no pensara que pretendía seguirlo y deambulé un rato por las calles de Torre del Alce. La inquietud dejó paso a la soledad. De casualidad pasé frente a la sastrería que antes era la cerería donde trabajaba Molly. Meneé la cabeza y me obligué a continuar hacia los muelles. Di varias vueltas por ellos durante un rato mientras calculaba cuántos barcos procederían de las Islas del Margen, cuántos del Mitonar, de Jamaillia y más allá, y cuántos nos pertenecerían a nosotros. Los muelles eran más extensos y estaban más transitados de lo que recordaba de mi niñez, y las naves extranjeras se equiparaban en número a las nuestras. Cuando pasé junto a un buque, oí a un marginado gritarles con voz áspera un chascarrillo a sus compañeros, que respondieron con bramidos roncos. Me complació poder entender lo que decían.

Los barcos que nos transportarían a las Islas del Margen se hallaban amarrados en los muelles principales. Reduje el paso para ver mejor el aparejo desnudo. Por la noche no se continuaba con la carga, pero los marineros montaban guardia en las cubiertas a la luz de los faroles. Ahora las embarcaciones parecían inmensas; sabía lo pequeñas que se volverían cuando llevásemos varios días en alta mar. Además de la nave en la que viajarían el príncipe y su selecto séquito, había otras tres que transportarían a los nobles de inferior condición y su equipaje, así como un cargamento de regalos y artículos con los que comerciar. El barco en que viajaría el príncipe Dedicado se llamaba Oportunidad de la Doncella. Se trataba de un buque más antiguo, de cuyo brío y estado de conservación no cabía duda alguna. Ahora que lo habían fregado bien, que se le había aplicado una nueva mano de pintura y que contaba con un velamen renovado, parecía una embarcación recién construida. Como buque mercante, concebido para el transporte de cargamentos, su velocidad había sido sacrificada en favor de un aumento de capacidad y estabilidad: su casco presentaba la misma redondez que la panza de una puerca preñada. Se había ampliado el castillo de proa a fin de que los nobles pasajeros dispusieran del espacio necesario. Me dio la impresión de que la parte superior pesaba demasiado, y me pregunté si el capitán estaría conforme con las modificaciones realizadas en aras de la comodidad de Dedicado. Yo también viajaría a bordo de este barco, junto con el resto de la Guardia del Príncipe. Me pregunté en vano si Chade me conseguiría un camarote independiente o si tendría que arreglármelas en algún rincón que yo mismo me buscase, como solían hacer los guardias. De nada servía hacerse esas preguntas, concluí. Fuera como fuese, yo tendría que adaptarme a cualquier circunstancia. Deseé con amargura que no hubiera ningún viaje que realizar.

Recordaba la época en que emprender un viaje a cualquier lugar suponía una experiencia que esperaba con impaciencia. Me despertaba en la madrugada del día de la partida, entusiasmado por la aventura inminente. Estaba listo para zarpar cuando otros aún seguían remoloneando en la cama.

No sabía en qué momento perdí la ilusión de viajar, pero se había extinguido por completo. En lugar de alborozo, sentía un pavor creciente. Solo pensar en la proximidad de la travesía y en los días que habría de pasar apretujado en un camarote estrecho según navegábamos hacia el nordeste bastaba para que deseara retirarme de la expedición. La idea me impedía incluso considerar otros aspectos, como la dudosa bienvenida de los marginados y la prolongada estancia en su región fría y pedregosa. Tener que encontrar un dragón sepultado bajo el hielo y cortarle la cabeza me parecía algo inconcebible. Casi todas las noches mascullaba para mis adentros por qué la narcheska habría tomado la extraña decisión de encomendarle esta tarea al príncipe a fin de que demostrara merecer su mano. Una y otra vez me había esforzado por encontrar una razón que me ayudara a entenderlo. Aún no se me había ocurrido ninguna.

Ahora, según recorría las calles ventosas de Torre del Alce, tropecé de nuevo con el mayor de mis temores. Más que ninguna otra cosa, me daba miedo el momento en que el bufón descubriera que le había revelado sus planes a Chade. Aunque había hecho todo lo posible por reconciliarme con el bufón, apenas si había pasado tiempo con él desde entonces. En parte lo había evitado, no fuese que alguna mirada o algún gesto míos revelasen la traición. Pero el distanciamiento se debía sobre todo a la actitud que él había tomado.

Lord Dorado, como se hacía llamar ahora, había modificado su comportamiento en gran medida. Antes su riqueza le permitía gozar de un vestuario extravagante y unas posesiones lujosas. Ahora se manejaba con más vulgaridad. Se desprendía de su fortuna como un sirviente que sacudiera el polvo del plumero. Además de los aposentos que ocupaba en la fortaleza, ahora tenía alquilada toda la planta superior de la Llave de Plata, una posada de la ciudad muy frecuentada por la clase pudiente. Este establecimiento de moda se adhería como una lapa a un terreno abrupto cuya edificabilidad habría sido puesto en duda en los días de mi infancia. Sin embargo, desde esa posición elevada se podía otear sin problema tanto la ciudad como el mar que se extendía más allá.

Dentro del local, lord Dorado contaba con un cocinero y personal propios. Los rumores sobre los inusuales vinos y los exóticos platos que servía hacían su mesa claramente superior a la de la mismísima reina. Aunque cenaba con las amistades que él elegía, los juglares y artistas más selectos de los Seis Ducados rivalizaban por llamar su atención. A menudo se oía que había invitado a un juglar, un volatinero y un malabarista a actuar de forma simultánea, cada uno en un rincón del refectorio. Tales banquetes siempre se celebraban precedidos y seguidos de una sesión de juegos de azar, donde las apuestas ascendían hasta el punto de que solo los jóvenes nobles más acaudalados y derrochadores podían medirse con él. Sus días comenzaban tarde y sus noches terminaban al despuntar el alba.

Se rumoreaba también que el paladar no era lo único que le gustaba regalarse. Cada vez que atracaba un barco procedente del Mitonar, Jamaillia o las Islas del Pirata, el noble recibía una nueva visita. Cortesanas tatuadas, antiguos esclavos jamaillios, muchachos esbeltos con los ojos maquillados, mujeres ataviadas con trajes de guerra y marineros de mirada hosca entraban por su puerta, permanecían encerrados en sus aposentos durante una noche o tres y volvían a marcharse en el barco que los había traído. Algunos aseguraban que le llevaban las mejores hierbas para elaborar Humo, así como cindin, una sustancia adictiva y común en Jamaillia que acababa de llegar a Torre del Alce. Otros sugerían que se encargaban de satisfacer sus otras «apetencias jamaillias». Si alguien se atrevía a preguntarle por sus visitas, lord Dorado se limitaba a enarcar la mirada o recurría a alguna evasiva.

Por extraño que pareciese, sus excesos no hicieron sino incrementar su popularidad entre cierto segmento de la aristocracia de los Seis Ducados. A muchos nobles jóvenes se les ordenó con severidad que abandonaran Torre del Alce y regresaran a casa, mientras que no pocos recibieron la visita de sus padres, preocupados de pronto por el gasto que suponía mantenerlos en la corte. Entre los más conservadores, se murmuraba que el extranjero estaba corrompiendo a la juventud de Torre del Alce. Pero, más que descontento, lo que yo percibía era una salaz fascinación por los excesos y la inmoralidad de lord Dorado. Se podía rastrear el entramado de historias que circulaban sobre él según saltaban de una lengua a otra. No obstante, todos los racimos de rumores brotaban a partir de una raíz innegable. Dorado se había entregado a una espiral lujuriosa en la que nadie entraba desde la muerte del príncipe Regio.

Me costaba entenderlo, lo cual me provocaba un profundo desasosiego. Puesto que debía ceñirme al personaje del humilde Tom Mechatejón, no me era posible comunicarme abiertamente con un ser tan altanero como lord Dorado, quien a su vez no se molestaba en venir a verme. Incluso las noches que pasaba en los aposentos del castillo de Torre del Alce, una multitud de invitados y artistas lo acompañaba hasta que el cielo empezaba a clarear. Algunos afirmaban que había trasladado su residencia a la ciudad de Torre del Alce con el propósito de vivir más cerca de aquellos lugares donde se permitían los juegos de azar y demás divertimientos propios de depravados, aunque yo sospechaba que había cambiado de guarida para zafarse de la vigilancia de Chade, y que los visitantes que recibía por las noches no acudían para deleitarlo con los placeres de la carne, sino que se trataba de espías y mensajeros enviados por sus amigos del sur. Me pregunté qué noticias le traerían, y por qué estaba tan empeñado en degradar su reputación y dilapidar su fortuna. ¿Qué información les encargaría llevar al Mitonar y Jamaillia?

Sin embargo, con esas cuestiones sucedía lo mismo que con las preguntas que me hacía sobre los motivos que llevaron a la narcheska a encomendarle al príncipe Dedicado que le diera muerte al dragón Yama de Hielo. No tenían una respuesta clara, por lo que solo servían para agotarme dándole vueltas a la cabeza durante unas horas que mejor podría haber pasado durmiendo. Levanté la vista hasta las ventanas enrejadas de la Llave de Plata. Los pies me habían traído hasta aquí sin que la cabeza se lo indicara. Las habitaciones de la planta superior estaban muy bien iluminadas esta noche, y podía atisbar a los invitados que pululaban por las opulentas estancias. Una mujer y un joven mantenían una conversación animada en la terraza. Sus voces fluían empapadas de vino. Al principio hablaban en voz baja, pero poco a poco elevaron el tono, enzarzados en una discusión. Llevé una rodilla al suelo como si me estuviera atando un zapato y me puse a escucharlos.

—Se me ha presentado una oportunidad única para desplumar a lord Verdino, pero solo si dispongo de dinero suficiente para apostar. Devuélveme lo que me debes, ¡ahora! —le exigió el joven a la mujer.

—No puedo. —La mujer se expresaba con la dicción calculada de quien niega su ebriedad—. No lo tengo, muchachito. Pero lo recuperaré pronto. Cuando lord Dorado me pague lo que me debe de la partida de ayer, te daré lo tuyo. De haber sabido que eras tan usurero, nunca te lo habría pedido.

El joven ahogó un grito, entre consternado y ofendido.

—¿Cuando lord Dorado te pague lo que te debe? Es lo mismo que decir «jamás». Todo el mundo sabe que ya no puede hacer frente a sus deudas. De haber sabido que querías el dinero para apostar contra él, nunca te lo habría prestado.

—¡Atrevida es la ignorancia! —lo reprendió ella tras un silencio sobrecogido—. Todo el mundo sabe que su riqueza no tiene fin. Cuando llegue el próximo barco de Jamaillia, dispondrá de dinero de sobra para pagarnos a todos.

Oculto entre las sombras que cubrían la esquina de la posada, yo los observaba y escuchaba con atención.

—Si vuelve a atracar un barco procedente de Jamaillia…, cosa que dudo, a juzgar por cómo les está yendo esta guerra, ¡tendría que ser tan grande como una montaña para poder transportar la suma de todas sus deudas! ¿No sabes que ni siquiera le alcanza para el alquiler, y que si el casero le permite quedarse es solo porque le proporciona más clientes?

Al oírlo, la mujer se apartó airada de él, pero el joven alargó el brazo para cogerla por la muñeca.

—¡Óyeme bien, ramera estúpida! Te lo advierto: no esperaré mucho para recibir lo que me pertenece. Te aconsejo que encuentres el modo de pagarme, y que sea esta misma noche. —La miró de arriba abajo y añadió con voz ronca—: No hace falta que me lo devuelvas todo en metálico.

—Ah, lady Heliotropo. Estáis aquí. ¡Os andaba buscando, pequeña picaruela! ¿No estaríais evitándome?

La voz jovial de lord Dorado descendió hasta mí cuando salió a la terraza. La luz que procedía de detrás de él se dispersaba en su cabello reluciente y delineaba su figura esbelta. Se acercó al filo de la terraza. Inclinado ligeramente sobre la barandilla, contempló la ciudad que se extendía debajo de él. El joven soltó de inmediato a la mujer, que sacudió la cabeza y se apartó de él para unirse a lord Dorado en el mirador. Lo observó con la cabeza ladeada y adoptó el tono de una niña acusadora para quejarse.

—Querido lord Dorado, lord Capaz ha dicho que muy difícilmente me pagaréis lo que apostamos. ¡Decidle cuán equivocado está!

Lord Dorado levantó un hombro con elegancia.

—Los rumores vuelan, en cuanto uno tarda uno o dos días de más en pagar una apuesta amistosa. Sin duda, nunca se debe apostar más de lo que uno puede permitirse perder… o de lo que necesitará hasta su pago. ¿No estáis de acuerdo, lord Capaz?

—O, tal vez, no se debe apostar más de lo que uno puede permitirse pagar de inmediato —sugirió lord Capaz con sarcasmo.

—Ah, ¿no quedaría entonces el juego limitado a lo que llevamos en los bolsillos? Qué apuestas tan humildes serían. En cualquier caso, querida, ¿para qué creíais que os buscaba, si no para saldar cuentas? Aquí, creo, os entrego una buena parte de lo que os debo. Espero que no os importe que sea en perlas en lugar de en moneda.

Lady Heliotropo sacudió la cabeza, ignorando al desabrido lord Capaz.

—No me importa en absoluto. Y si hay alguien a quien sí, en fin, que se conforme con esperar a que llegue su vulgar dinero. En el juego no debería apostarse metálico, mi querido lord Dorado.

—Por supuesto que no. En el riesgo está la emoción, como yo digo, y en la victoria, el placer. ¿No estáis de acuerdo, Capaz?

—Y si no lo estuviera, ¿me serviría de algo? —preguntó Capaz con amargura. Tanto él como yo nos habíamos dado cuenta de que la mujer no se apresuró a pagarle lo que le debía.

Lord Dorado se permitió una risa cuya articulación melódica perforó el aire frío de la noche primaveral.

—Por supuesto que no, querido amigo. ¡Por supuesto que no! Ahora, espero que los dos tengáis a bien pasar adentro y catar un nuevo vino conmigo. Con este viento helador que sopla aquí fuera, podría uno morirse de frío. A fe mía, siempre hay lugares más cálidos para que los amigos hablen en privado.

La mujer y el joven ya se habían encaminado hacia la habitación bien iluminada. Sin embargo, lord Dorado permaneció en la terraza un instante más y miró con aire pensativo hacia donde yo me creía tan bien oculto. Inclinó la cabeza ligeramente hacia mí antes de darse media vuelta y regresar al interior.

Aguardé un momento antes de abandonar las sombras. Me enfadé con él porque me había descubierto sin el menor esfuerzo y porque la propuesta que me hizo de vernos en otra parte me pareció demasiado ambigua para sacar una conclusión clara. Con todo, por mucho que desease sentarme a hablar con él, me aterraba que descubriera mi traición. Sería mejor, concluí, evitar a mi amigo que tener que ver algo así en sus ojos. Recorrí con aire hosco las calles oscuras, a solas. El viento porfiaba en helarme los huesos según me empujaba de vuelta al castillo de Torre del Alce.

3

Agitación

Así, Hoquin se enfureció con aquellos que criticaban el trato que tenía con su catalizadora y se determinó a dejar claro que él mandaba sobre ella. «Será una niña —declaró— pero, aun así, la carga le corresponde a ella y ha de soportarla. Y por ningún motivo cuestionará su papel, ni se dejará tentar para salvarse y condenar con ello al mundo.»

Le exigió entonces a la muchacha que se presentase ante sus padres y los negase a ambos, diciéndoles: «No tengo madre, no tengo padre. Soy la catalizadora del Profeta Blanco Hoquin». Y después les señaló más cosas: «Os devuelvo el nombre que me disteis. Ya no soy Redda, sino Ojo Díscolo, en quien Hoquin me ha convertido». Pues así la apodó a causa del ojo que siempre se le iba para un lado.

La joven no quería pasar por esto. Lloró al ir, lloró al darles la noticia y lloró al regresar. Durante dos días y dos noches, sus ojos no dejaron de derramar lágrimas, dolor al que él le permitió entregarse. Después Hoquin le indicó: «Ojo Díscolo, cesa tu llanto».

Y la niña lo detuvo. Porque debía hacerlo.

Escribiente CATEREN,
El Profeta Blanco Hoquin

Cuando faltan doce días para salir de viaje, uno cree que dispone del tiempo suficiente para dejarlo todo listo. Incluso cuando falta una semana, parece posible organizarlo todo a tiempo. Pero a medida que los días restantes se reducen a cinco, después a cuatro y luego a tres, las horas se esfuman como burbujas, y las tareas que parecían sencillas de pronto se tornan complicadas. Necesitaba guardar todo lo que me haría falta para desempeñar mis labores de asesino, espía y Maestro de la Habilidad, sin dar la impresión de que portaba más de lo imprescindible para un guardia. Debía afrontar varias despedidas, unas más sencillas que otras.

El único aspecto del viaje que me despertaba algún interés era que algún día regresaríamos a Torre del Alce. El miedo puede extenuar a una persona más que el trabajo honrado y, en mi caso, crecía cada día que pasaba. A tres noches de que zarpáramos, me encontraba agotado y mareado de pura aprensión. La ansiedad me despertó mucho antes de que amaneciera y me impidió conciliar el sueño de nuevo. Me senté. Las ascuas que ardían en el hogar de la habitación de la torre iluminaban poco más que la paleta y el hurgón, apoyados contra la pared de la chimenea. Poco a poco mis ojos se adaptaron a la penumbra de la estancia sin ventanas. Conocía el lugar desde mis días como aprendiz de asesino. Quién me iba a decir entonces que un día terminaría alojándome en ella. Me levanté de la antigua cama de Chade, dejando atrás las sábanas, apelotonadas tras haber estado revolviéndome a causa de las pesadillas y el calor generado durante la noche.

Me acerqué a la chimenea y añadí otro leño. Colgué del gancho un cazo con agua y lo coloqué sobre las llamas bajas. Pensé en poner un hervidor para preparar el té pero aún no me sentía con fuerzas. Estaba demasiado preocupado para dormir y demasiado cansado para admitir que ya estaba despierto para el resto del día. Era una sensación deprimente, la cual se había hecho dolorosamente familiar según se acercaba la fecha de la partida. Prendí una astilla con las llamas danzarinas de la lumbre. Encendí las velas que aguardaban en el candelabro del maltratado y vetusto banco de trabajo. Sentí el frío de la silla cuando la ocupé dando un gruñido.

Vestido tan solo con la camisa de dormir, me senté ante la mesa y miré las cartas de navegación que había reunido anoche. Pese a que todas estaban elaboradas por los marginados, los distintos tamaños y diseños que presentaban hacían difícil establecer una relación entre ellas. Según sus peculiares costumbres, las cartas del mar solo pueden elaborarse en piel de mamífero marino o de pez. Sospeché que esas cartas habían sido curtidas con orina, pues despedían un olor particular y persistente. Las costumbres de los marginados dictan asimismo que las distintas islas se deben representar como una de las runas de su dios, en su propia carta. Por tanto, tales representaciones incluían curiosos realces y florituras que no guardaban relación alguna con las características físicas de la isla correspondiente. Estos añadidos resultaban muy valiosos para los marginados, pues además de señalar los fondeaderos y corrientes de la región, indicaban si la «suerte» que daba la isla era buena, mala o neutra. En mi opinión, estos adornos no hacían otra cosa que confundir. Los cuatro pergaminos que había conseguido estaban dibujados por distintas manos y a diferentes escalas. Los coloqué sobre la mesa, siguiendo la posición relativa que ocupaban las islas, aunque ni aun así logré hacerme una idea clara de la distancia que habríamos de recorrer. Tracé la ruta de una carta a otra, aprovechando las quemaduras y los cercos del viejo tablero de la mesa para representar los peligros desconocidos y los mares que mediaban entre ellas.

En primer lugar viajaríamos desde la ciudad de Torre del Alce hasta Skyrene. Si bien no se trataba de la más grande de las Islas del Margen, presumía del mejor puerto y de la mayor extensión de tierras cultivables de todo el archipiélago, de modo que también era la que reunía una mayor densidad de población. Peottre, hermano de la madre de la narcheska, hablaba de Zylig con desdén. Les había explicado a Chade y Kettricken que Zylig, el puerto más transitado de las Islas del Margen, se había convertido en un refugio para gente de toda índole. A menudo los extranjeros iban allí a comerciar y, en opinión de Peottre, demasiados optaban por establecerse, trayendo consigo sus groseras costumbres. También consistía en un puerto de abastecimiento para los barcos que navegaban hacia el norte con el propósito de cazar mamíferos marinos, de los que obtendrían cuero y aceite, aunque las tripulaciones zafias de esos buques habían corrompido a no pocos jóvenes y muchachas marginados. Peottre hacía que Zylig pareciera un puerto lóbrego y peligroso al que el mar solo arrojase las personas más rastreras.

Sería nuestro primer punto de atraque. La casa materna de Arkon Hojasanguina quedaba al otro lado de Skyrene, aunque contaban con un casón fuerte en Zylig en el que se alojaban cuando viajaban allí. Aquí nos reuniríamos con la Hetgurd, una alianza indefinida de líderes marginados, con el fin de discutir los términos de la expedición. Tanto a Chade como a mí el encuentro nos suscitaba cierta desconfianza. El consejero intuía que nuestros anfitriones se opondrían a la alianza matrimonial, y quizá incluso a la búsqueda. Para algunos marginados, Yama de Hielo era un espíritu que protegía las islas. Tal vez no aprobasen nuestra intención de arrancarle la cabeza.

Tras la reunión en Zylig, realizaríamos un transbordo del barco de los Seis Ducados a una nave marginada, más apta para las aguas poco profundas por las que habríamos de navegar después, y se nos asignaría un capitán y una tripulación que conocían los canales. Nos trasladarían a la aldea de Wuislington, situada en la isla de Mayle, donde residía el Clan del Narval, al que pertenecían Elliania y Peottre. Allí Dedicado sería presentado a la familia de la novia y recibiría la bienvenida a la casa materna. Los desposorios se celebrarían con diversas festividades y el príncipe recibiría consejos para llevar a cabo la misión encomendada. Después de visitar la aldea natal, retornaríamos a Zylig, donde embarcaríamos rumbo a Aslevjal, la isla en la que el dragón yacía bajo un glaciar.

Sin pensar, aparté las cartas a un lado. Flexioné los brazos, acomodé la frente sobre las muñecas cruzadas y contemplé la negrura allí atrapada. El miedo me producía calambres en el estómago. No solo por el viaje inminente. Había otros problemas que resolver antes de subir a bordo del barco. El destacamento de la Habilidad seguía sin dominar esta magia. Sospechaba que, a pesar de mis advertencias, Dedicado y su amigo lord Civil seguían empleando la Maña, y temía que descubrieran al príncipe. Con demasiada frecuencia se dejaba ver en compañía de aquellos que no ocultaban su condición de Mañosos. Aunque la reina hubiera decretado que el uso de esta magia no debía censurarse, el pueblo y los nobles seguían despreciando a quienes practicaban la magia de las bestias. Corría un grave riesgo, y quizá también peligrara la negociación de los desposorios. Ignoraba cómo se posicionarían los marginados respecto a la magia de la Maña.

No dejaba de darle vueltas a la cabeza, incapaz de salir de la espiral de preocupaciones e ...