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LOS MARTES EN EL CASTILLO (CASTILLO GLOWER 1)

Jessica Day George

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Fragmento

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… cuando el rey Glower atendía solicitudes. Esos días, los guardias del portón principal tenían la obligación de explicar a los solicitantes las dos únicas reglas que el castillo parecía respetar.

Regla número uno: el salón del trono siempre estaba situado hacia el este. Sin importar el lugar del castillo donde uno estuviera, si seguía la dirección al este, acabaría encontrando el salón del trono. La única dificultad era averiguar por dónde se iba hacia el este, sobre todo cuando te encontrabas en un pasillo sin ventanas. O en las mazmorras.

Por esta razón, la mayoría de los visitantes utilizaban la regla número dos: si girabas tres veces a la izquierda y saltabas por la ventana siguiente, llegabas a las cocinas. Allí, un sirviente podía conducirte al salón del trono o adonde tuvieras que ir.

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Celie solo seguía la regla número dos cuando quería robar un dulce de la cocina, y la regla número uno cuando deseaba observar a su padre mientras trabajaba. Su padre era el rey Glower LXXIX y, al igual que él, Celie siempre sabía por dónde estaba el este.

También como su padre, Celie tenía mucho cariño al castillo Glower. No le molestaba llegar tarde a las clases porque el pasillo que daba a su habitación hubiera doblado su longitud. Tampoco le importaba para nada que la nueva habitación del ala sur tuviera un suelo elástico o que solo se pudiera acceder a ella a través de la chimenea del comedor de invierno.

Por otra parte, el rey Glower LXXIX daba mucha importancia a la puntualidad y le molestaba llegar tarde a cenar porque el castillo hubiera construido un pasillo nuevo que salía del vestíbulo principal, pasaba por debajo del patio de armas y terminaba en los pastos. Sobre todo si por ese pasillo las ovejas entraban al castillo y mordisqueaban los tapices. Tampoco le gustaba mucho esperar durante horas al embajador de Bendeswe y luego descubrir que el castillo había eliminado la puerta de su habitación, dejándolo encerrado. Ahora bien, el rey tenía que admitir que, por lo general, existía una extraña lógica en los movimientos del castillo. Por ejemplo, el embajador de Bendeswe resultó ser un espía, y las ovejas… bueno, aquello había sido un simple capricho; de todas formas, si se indagaba lo suficiente, podía encontrarse una cierta lógica. El rey Glower lo admitía con toda franqueza y dejaba claro su respeto por el castillo. No tenía más remedio: de otra forma, dejaría de ser rey.

Al castillo no parecía importarle que uno tuviera sangre real, o que fuera valeroso o inteligente. No, el castillo Glower elegía reyes basándose en otros criterios muy particulares. El padre de Celie, Glower LXXIX, era el décimo miembro de su familia en llevar semejante nombre, algo de lo que todo el país se sentía orgulloso. Su tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatara-tatarabuelo se había convertido en rey cuando el único heredero de Glower LXIX resultó ser un papanatas. Contaba la leyenda que, durante varios días, el castillo había conducido una y otra vez al barbero del viejo rey al salón del trono, hasta que el Consejo Real lo nombró siguiente soberano. En cambio, el joven que debería haberse convertido en Glower LXX terminó cabeza abajo en un montón de paja tras haber salido disparado del castillo a través del váter.

El rey Glower LXXIX, amo del castillo, señor del mar Brine y de las tierras de Sleyne, prefería no meterse en camisa de once varas. Se casó con la hermosa hija del hechicero real cuando el castillo los llevó a la misma sala y mantuvo las puertas cerradas durante todo un día. Prestaba atención siempre que el castillo daba a los invitados habitaciones más amplias o sillones más mullidos. Y cuando se dio cuenta de que Bran, su hijo mayor, encontraba continuamente su habitación llena de libros y astrolabios, mientras que el dormitorio de su segundo hijo, Rolf, había sido trasladado junto al salón del trono, el rey Glower envió a Bran a la Escuela de Hechicería y declaró a Rolf su heredero.

Cuando la pequeña Celie caía enferma y el castillo llenaba su dormitorio de flores, el rey Glower lo aprobaba. Todo el mundo quería a Celie, la cuarta y más encantadora de los hijos del rey.

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—Todos me odian —protestó Celie.

—Nadie te odia —respondió su hermana Lilah con tono tranquilizador—. Pero es verdad que brincas demasiado.

—No hay nada malo en brincar —replicó Celie.

—Muy cierto —coincidió su hermano Rolf mientras entraba en la estancia—. Venga, ¡a brincar se ha dicho!

Sonriendo a Lilah de una manera que sabía que le molestaba, agarró a Celie de las manos y los dos empezaron a pegar botes sin moverse del sitio. Celie olvidó los pucheros y se carcajeó mientras saltaban. Rolf siempre conseguía hacerla reír.

Lilah sacudió su melena oscura como indicación de que Rolf estaba haciendo el ridículo y se dirigió a una ventana cercana para mirar al exterior. Estaban en la habitación de Lilah, que era grande, majestuosa, y ocupaba un estrecho tramo del ala norte. Tenía ventanas en la pared que daba al patio principal, y en el lado contrario había un balcón que colgaba sobre una especie de atrio con una fuente en el centro. Lilah estaba junto a las ventanas que miraban al patio, observando la carroza de sus padres, donde los sirvientes estaban metiendo mantas y novelas para el viaje del rey y la reina.

Celie dejó de saltar.

—¿Ya está? —Rolf se desplomó sobre la cama de Lilah, provocando que varios de los numerosos cojines pequeños cayeran al suelo—. Mira que te gusta pegar botes, ¿eh, Cel?

—Ya no —musitó Celie.

—Voy a tener que empezar a subir por esa chimenea hasta la habitación nueva —continuó Rolf, que no había oído el comentario de su hermana—. Necesito practicar —se sujetó el pecho y jadeó.

Celie observaba cómo dos fuertes lacayos acarreaban un baúl del tamaño de un ataúd y lo cargaban en la carreta del equipaje que había junto a la carroza. El viaje que iban a hacer sus padres sería largo, y no la llevarían con ellos. Por eso se había quedado en el salón del trono, estorbando, hasta que Lilah consiguió que subiera a la planta de arriba con la promesa de manzanas de caramelo.

—Y, encima, no hay manzanas de caramelo —protestó.

—¡Manzanas de caramelo! —Rolf se levantó de la cama de un salto—. ¿Dónde?

—Las habrá —aseguró Lilah con enorme paciencia—. Una vez que madre y padre se hayan marchado. La cocinera ha dicho que podremos hacerlas nosotros mismos esta noche, después de cenar.

—Excelente —aprobó Rolf—. Me encantan las manzanas de caramelo. Más aún si llevan chocolate. Y azúcar de canela —se frotó las manos con entusiasmo. Rolf era alto y rubio, con los dientes incisivos encantadoramente torcidos.

Celie, que también era rubia pero menuda (acababa de cumplir once años), lanzó a su hermano una mirada sombría.

—Preferiría irme con papá y mamá —declaró, a sabiendas de que parecía una mocosa—. Pero si lo único que queréis es llenaros el estómago, os podéis quedar aquí.

—¡Cecelia! —exclamó Lilah con voz áspera. Era alta, y cuando se situaba junto a Rolf, impresionaba lo mucho que ambos se parecían al rey y la reina—. Sabes perfectamente que no podemos ir a la Escuela de Hechicería, así que no seas grosera.

—Ya sé que Rolf no puede acompañarlos —gruñó Celie. Su tutor le había explicado que un rey y su heredero nunca viajaban juntos por si hay un accidente—. Pero no comprendo por qué yo no puedo ir a la graduación de Bran.

—Porque nuestro padre ha dicho que no, y nuestro padre es el rey —zanjó Lilah.

—Bueno, pues es una razón absurda —replicó Celie, sabiendo que parecía aún más infantil, aunque le daba igual.

Se agachó para pasar entre sus hermanos y salió de la habitación. Se detuvo unos instantes en el pasillo y escuchó decir a Lilah:

—Bah, deja que se vaya, Rolf. Se ha empeñado en ponerse difícil.

De modo que Celie se alejó dando pisotones por el pasillo. Encontró una escalera y la subió. Luego, un pasillo y otra escalera, y continuó adelante. No llevaba su atlas consigo, y no estaba segura de haber visto alguna vez aquella escalera en particular, pero seguía empeñada en mostrarse desagradable y se dijo que no le importaba perderse.

No es que creyera que se iba a perder. Todos los hijos del rey conocían las reglas a la perfección y, además, era evidente que el castillo los apreciaba. Pero Celie estaba intentando hacer un atlas del castillo Glower, el primero de todos los tiempos, y solía llevar lápices de colores y papel para dibujar cualquier elemento que no hubiera visto antes. Hasta el momento, tenía trescientas páginas de planos, y podía llegar a la mayoría de las estancias principales (los comedores de invierno y verano, la capilla, la biblioteca, el salón del trono) en un tiempo récord siempre y cuando el castillo no estuviera aburrido y decidiera ampliarse.

Pero lo único que encontró al final de la escalera fue una pequeña sala redonda. Aun así, por el momento no le apetecía volver a bajar airadamente los peldaños, por lo que se quedó para echar un vistazo. La estancia tenía ventanas que miraban en las cuatro direcciones. Desde ellas, Celie divisó las montañas que rodeaban el valle del castillo Glower, de pequeño tamaño y con forma de tazón. En cada una de las ventanas había un catalejo dorado. Celie miró por el que daba al este y contempló las laderas de las montañas Indigo, salpicadas de pequeñas aldeas habitadas en su mayor parte por cabreros.

Dirigió la vista al sur, donde la carretera principal serpenteaba a través de las montañas hacia la ciudad de Sleyne, donde se encontraba la Escuela de Hechicería. Esto hizo que la tristeza la invadiera de nuevo, de modo que se giró hacia el centro de la sala.

Lo único que esta contenía, aparte de los catalejos, era una mesa de gran tamaño con algunos objetos esparcidos sobre el tablero. Celie encontró un rollo de cuerda, un libro, una brújula y una caja grande de hojalata que resultó estar llena de duras galletas de jengibre. Cogió una. Era la clase de repostería que solían tomar en invierno, cuando las visitas se presentaban por sorpresa y la cocinera no tenía tiempo de hornear más dulces.

—¿Cuánto tiempo llevarán aquí? —se preguntó Celie mientras miraba la galleta con el ceño fruncido. Al morderla, había estado a punto de partirse un diente. Podía llevar en aquella lata cien años, y seguramente seguiría siendo comestible durante otros cien años más.

Se acercó a la ventana y, apuntando a un tramo plano de un tejado un poco alejado, lanzó la galleta. Estalló en pedazos, sobre los que se abalanzaron una serie de golondrinas que al momento se alejaron despotricando, indignadas. Celie bajó la vista al patio principal y vio a sus padres parados frente a la carroza. Rolf y Lilah los acompañaban, al igual que el mayordomo y otros miembros del personal del castillo.

—¡Ay, no! —sus padres se marchaban, ¡y ella no estaba allí para despedirlos! Había pensado esconderse hasta que iniciaran el viaje, para que se arrepintieran de su marcha, pero ahora deseaba con todas sus fuerzas abrazarlos. Salió corriendo de la sala redonda y, desesperada, bajó la vista hacia la escalera.

Se reclinó en la pared, de pronto cansada por todas las emociones del día, y se dio cuenta de que estaba apoyada en otra puerta. ¿Había estado siempre allí? La puerta era estrecha y Celie la empujó con desgana, convencida de que no sería más que un pequeño armario, y luego tendría que apresurarse todavía más para alcanzar a sus padres.

Pero, para su regocijo, se trataba de un tobogán. Un tobogán de piedra que se curvaba hacia abajo, siguiendo el recorrido de la escalera. Celie se sentó en lo alto, se colocó la falda alrededor de las rodillas y se impulsó.

El tobogán daba vueltas sin parar y Celie se reía mientras bajaba a toda velocidad por el castillo. Terminaba justo al borde del patio, a no más de una docena de pasos de sus padres.

Celie se levantó con dificultad y se recolocó el vestido y el peinado, sin estar segura de si sus padres estarían enfadados con ella o no. Se había pasado la mañana en el salón del trono y en los aposentos privados de los reyes creyendo que, si estorbaba lo suficiente, se ablandarían y la llevarían consigo. Al final, su padre le había indicado a Lilah a voz en grito que tenía que «hacer algo con esa hermana pequeña suya».

—Ven aquí, cariño —dijo ahora la reina Celina al tiempo que le tendía los brazos.

Celie se lanzó corriendo hacia su madre y la abrazó con fuerza. La reina siempre olía a fresas, y todo el mundo opinaba que era tan hermosa a los cuarenta años como lo había sido cuando el rey se casó con ella. Alta, esbelta y señorial, con su largo cabello negro recogido con peinetas de oro, llevaba ropa de viaje de un tono verde claro que hacía resaltar sus ojos.

—Te voy a echar de menos —farfulló Celie a la cintura de su madre.

—Yo también te voy a echar de menos —respondió la reina—. Echaré en falta a mis tres queridos hijos. Pero no estaremos fuera mucho tiempo. Solo vamos a asistir a la graduación de Bran, y luego todos volveremos casa.

—¿Bran también?

—Bran también —le aseguró la reina Celina—. Cuando estemos de vuelta, será el nuevo hechicero real —esbozó una sonrisa triste. El antiguo hechicero real, su propio padre, había fallecido dos años atrás.

Entonces, la reina giró a Celie y, con suavidad, la empujó hacia el monarca. El rey Glower intentaba mostrarse severo, pero pronto se ablandó y tendió los brazos a su hija pequeña.

—Venga, acércate, Celia-delia —dijo.

Celie se subió a sus brazos de un salto y enterró la cara en el hombro de su padre. La capa de viaje del soberano tenía un cuello de pelo que le hizo cosquillas en la nariz.

—Sigo queriendo irme con vosotros —insistió Celie.

—Esta vez no, tesoro —respondió su padre—. Cuando seas mayor, te llevaré a la ciudad de Sleyne a visitar todos los lugares de interés.

—Podría visitarlos ahora —razonó Celie—. Contigo, con mamá y con Bran.

—Otra vez será —zanjó su padre. Depositó a Celie sobre los adoquines del patio y se apartó los brazos de su hija del cuello—. Además, el castillo te necesita. No me gustaría que se enfadara conmigo por tenerte lejos demasiado tiempo.

—¡Bah! —pero Celie no pudo evitar sentirse un tanto halagada. Le gustaba creer que el castillo la apreciaba mucho, y era agradable que su padre se hubiera dado cuenta.

—Además, alguien tiene que mantenerme a raya —dijo Rolf con aire despreocupado, a la vez que agarraba a su hermana por los hombros y la atraía hacia su costado.

—No te preocupes, madre —dijo Lilah mientras besaba a la reina en la mejilla—. Cuidaré de los dos.

Celie y Rolf intercambiaron una mirada y pusieron los ojos en blanco. Sabían lo que significaba eso: Lilah se comportaría a ratos como reina y, a ratos, como madre. Noche tras noche los obligaría a cenar en el comedor de verano, vestidos con los trajes de gala de la corte. También los regañaría sin cesar para que se comieran las verduras y no sorbieran la sopa. Celie se preguntó cuánto tiempo tardarían sus padres en llegar a la ciudad de Sleyne, asistir a la graduación de Bran y traerlo de vuelta a casa. Más de dos semanas de cuidados maternales por parte de Lilah los acabaría volviendo locos.

Sus padres ya estaban en la carroza, agitando la mano. El carruaje atravesó los portones del castillo y avanzó por la prolongada carretera que conducía a la ciudad de Sleyne. Los hermanos se despidieron hasta que la carreta del equipaje y las tropas de soldados les impidieron ver la carroza real.

—Bueno, vosotros dos —dijo Lilah con tono enérgico—. De vuelta al castillo. Hace un poco de fresco aquí afuera, no quiero que pilléis un resfriado.

—Lilah —dijo Rolf.

—¿Sí, cariño?

—¡Tú la llevas! —Rolf le propinó una palmada en el brazo y echó a correr.

Lilah soltó un chillido, indignada, pero Celie no se quedó para ver qué ocurría a continuación. Una buena partida de pillapilla en el castillo Glower podía durar varios días, y todos sabían que Lilah había hecho trampas alguna que otra vez.

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Era martes, y Celie estaba esperando a ver qué haría el castillo.

Sus padres llevaban fuera cerca de dos semanas y se habían acostumbrado a una rutina: Rolf se encargaba en la medida que podía de los deberes reales de poca importancia, Lilah dirigía al servicio y Celie trabajaba en su atlas. Los reyes habían partido un jueves, y con la excepción del descubrimiento por parte de Celie de la pequeña torre con un catalejo en cada ventana, el castillo no había hecho gran cosa.

El martes siguiente había sido el primer día en el que Rolf, de catorce años, había atendido solicitudes, y no había surgido ningún problema relacionado con el propio castillo. Por otra parte, aldeanos, granjeros y pastores de kilómetros a la redonda habían acudido a contarle sus peleas por las tierras y por el agua, así como sus riñas familiares, creyendo que Rolf decidiría a su favor por pura ingenuidad. Algunas personas sacaban a relucir cuestiones que el rey Glower ya había resuelto, pensando que quizás obtendrían un resultado distinto, e incluso inventaban desastres (inundaciones, epidemias de viruela caprina) para que la Corona les entregara dinero como recompensa.

A pesar de la juventud de su hijo, existía un excelente motivo por el que el rey Glower había prestado atención cuando el castillo mostró su preferencia hacia Rolf por delante de Bran. Rolf no tenía un pelo de tonto. Llevaba desde niño sentado en el salón del trono junto a su padre, y conocía a la mayoría de la gente que vivía en el valle.

Por ejemplo, Rolf recordaba que a Osric Swann le habían pagado generosamente para reconstruir su molino tras la última inundación, y sabía que no había ocurrido otra inundación desde entonces. Estaba al corriente de que Pogue Parry se enzarzaba en alguna pelea casi todas las semanas, que casi siempre era por culpa de Pogue y que no existía razón alguna para que la Corona se involucrara. Sabía que las cabras de Delcoe Ross solían ser flacas y enfermizas porque Delcoe Ross era un ser mezquino y las alimentaba justo lo suficiente para mantenerlas con vida.

—Señor Ross, le ruego que se vaya a casa y dé de comer avena a su ganado —dijo Rolf al hombre de cara avinagrada—. La Corona ya le ha pagado los gastos por las enfermedades de sus ovejas en varias ocasiones. Si no se ha gastado ese dinero en usted mismo, le recomiendo que se lo gaste en ellas —con aire despreocupado, metió una mano por debajo del trono y pinchó a Celie con un dedo.

Ella le apartó la mano de un guantazo. Estaba agachada bajo el asiento del trono, que tenía forma de caja, mientras dibujaba el pasillo que iba desde las habitaciones del servicio hasta el salón del trono. Por el lado del salón, la puerta que daba al pasillo quedaba oculta por un tapiz situado detrás del trono. La puerta del otro extremo, el de la zona de servicio, estaba dentro de un armario de la limpieza. El corredor incluía una serie de giros y cambios de rumbo, y de vez en ...