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PROSTITUCIóN MARITAL

Claudia Rampazzo

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Fragmento

PRESENTACIÓN

Desde hace muchos años, ya dedicada a la medicina —antes de formarme como psicoterapeuta familiar, de pareja y sexual—, me llamó la atención, poderosa y frecuentemente, lo que emergía una y otra vez durante la elaboración de innumerables historias clínicas y entrevistas a pacientes de ambos sexos: la técnica, deporte o modus operandi de muchas mujeres al que denominé, inicialmente, colgada gonadal, que equivale a que una mujer, metafóricamente, se cuelgue, enganche y suspenda de las gónadas —o testículos— de su pareja —que de ser literal sería igual de insoportable, doloroso y dañino—.

A medida que mi carrera fue afianzándose, mi hipótesis de la colgada gonadal como estilo de vida cobró cada vez más fuerza al platicar no sólo con pacientes que acudían a mí por algún trastorno sexual o conflicto de pareja, sino al platicar con otras mujeres con las que me crucé en la vida: amigas, familiares, amigas de amigas, colegas, conocidas e incluso ex parejas de mis parejas; suelo hacer preguntas y observar más de lo debido. Curiosamente, a muchas de ellas les causaba más escozor mi profesión que sus propias conductas dependientes que, según yo, deberían ser castigadas por la ley: el no explícito intercambio de sexo con su pareja, cónyuge o concubino, a cambio de dinero, bienestar y comodidad, que resumí más formalmente a través del concepto de prostitución marital, que es de lo que voy a hablar en el presente volumen.

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La prostitución marital es una realidad y es un fenómeno que vale la pena analizar desde el punto de vista masculino y femenino —considerando que me refiero, sin ser exclusivo, a parejas heterosexuales—, a la par que se requiere de una o varias explicaciones para comprenderlo. Creo que muchos de esos esposos, novios, concubinos y parejas están conscientes de dicha explotación, pero no la verbalizan o la llaman como tal sino que frecuentemente se enorgullecen de ella por ser representativa de su gran generosidad, poder adquisitivo y virilidad: hombría, en resumen. Tengo los comentarios frescos en mi mente de varios pacientes y conocidos que al ser cuestionados al respecto responden cosas como “No necesito que ella trabaje”, “Con que se cultive y esté guapa… no necesito que ponga dinero a la casa”, “Yo pago, yo mando: más le vale cumplir con lo que a ella le toca”, “No la elegí porque fuera trabajadora….con que se ocupe de mí y la familia, es suficiente!”, o “¿Trabajar ella? ¡¿Para qué?! ¡Yo puedo solo!”

Ahora bien: no estoy satanizando ni criticando a aquellas parejas que eligen el régimen de rol “tradicional”, en el cual él es el principal o único proveedor económico y ella es la principal o única encargada del resto —organización del hogar, alimentos, limpieza, administración de recursos, cuidado del esposo e hijos, etc.—, sino que estoy tratando de describir y explicar los casos en los que ella, a pesar de saber que la relación afectiva con ese hombre no es significativa, vive a expensas de él —con alevosía y ventaja, dicho sea de paso— intercambiando sexo por comodidades y holgura económica.

En un afán por entender mejor este fenómeno y tomando en cuenta que las conductas humanas son producto de la interacción entre biología, psicología y relación con el medio, decidí buscar entre los animales alguna respuesta. De hecho, a pesar de que cuando nos referimos a la prostitución recordamos que se trata de la “profesión más antigua de la humanidad”, todo parece indicar que dicha práctica rebasa los límites de la humanidad, pues se encuentra —igual de ancestral— en el mundo de aquellos que consideramos mucho menos evolucionados que nuestra especie: el mundo animal. Los etólogos, que son los profesionales que dedican su vida a estudiar el comportamiento de los animales en el medio en el que se encuentran, ya sea en situación de libertad o en cautiverio o laboratorio, han descubierto que muchos animales practican o llevan a cabo comportamientos que podrían ser considerados un ejercicio de prostitución. Ejemplos de dicha conducta los encontramos en los chimpancés, los pingüinos y algunos insectos, entre otros.

El cortejo sexual o cortejo nupcial de los animales se refiere al comportamiento del macho que busca aparearse con la hembra y, a su vez, la hembra recibe placer u otros beneficios. En muchos casos, hay disputas entre los machos que tienen en la mira a la misma hembra.

Durante el periodo de apareamiento, diversas especies animales presentan conductas más o menos ritualizadas que pueden implicar exhibición y exaltación de algunas características físicas, así como la producción de sonidos especiales y regalos que ofrecen a la candidata. Las aves son grandes representantes de este tipo de rituales de cortejo. Sabemos que el cortejo sexual aumenta la disponibilidad de apareamiento al aumentar la motivación sexual de los involucrados, animales o personas. De la mano de los rituales de cortejo, hay una notoria disminución de la agresividad entre los miembros de la pareja y entre el resto de los individuos de las especies que se reúnen en manada, durante ese periodo, de manera territorial.

El cortejo sexual consiste generalmente en una mezcla ritualizada de acciones inicialmente relacionadas con el apareamiento, el ataque y la huida, por un lado, y con la alimentación y la crianza, por el otro. O sea: algunas aves macho se muestran poderosas, “grandes” y protectoras ante las hembras para facilitar el apareamiento y, por lo tanto, la posibilidad de propagar sus genes y perpetuar la especie, hablando de rituales de cortejo.

El sexo como moneda de intercambio entre los animales

Como moneda de intercambio entre los pingüinos

Estos simpáticos animales, o pingüinos Adelaida, viven exclusivamente en la Antártida y nos muestran un ejemplo de prostitución en la naturaleza: un informe sobre estos pingüinos publicado en el diario El Alca, en 1998, describía cómo las hembras intercambian sexo por pequeñas piedras con las que construyen los nidos en los que ponen sus huevos. Ya que las piedras son muy es ...