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EL MITO DE LAS TRES TRANSFORMACIONES

Juan Miguel Zunzunegui  

5


Fragmento

LA GUERRA Y LA PAZ EN MÉXICO

México nunca ha vivido en paz. Nunca en toda su historia. Que los mexicanos aprendamos a hacerlo es la gran transformación que el país necesita, y la única que nos ofrece un futuro. Nuestro país ha tenido grandes oportunidades de trascenderse a sí mismo, de superarse, y de llegar a grandes alturas… Llevamos toda nuestra historia desaprovechando dichas oportunidades, precisamente por nuestro estado perpetuo de guerra.

Nunca hemos vivido en paz; es fundamental aceptar dicha premisa si queremos superar el estado de guerra interna en que estamos inmersos, si queremos salir de la espiral de violencia que nos envuelve, de los radicalismos que nos dividen, de la intolerancia que nos fragmenta, de la rabia que nos enfrenta, del rencor que nos carcome.

Nunca hemos vivido en paz porque no hemos forjado un país que invite a la paz, uno que permita que cada individuo viva con certezas y donde cada ser humano pueda vivir con plena dignidad su humanidad, un país sin abusos ni humillación, sin desposeídos invisibles y déspotas poderosos… un país con igualdad de oportunidades en el derecho inalienable de la búsqueda de la felicidad.

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México nunca ha tenido una verdadera transformación. Aceptar esta premisa es la única forma en que podremos transformarlo realmente y convertirlo en algo mucho más grande de lo que siempre ha sido. Aceptar la realidad ayuda a transformarla; esconderla con discursos histórico-nacionalistas, sólo nos lleva al autoengaño y a la ceguera selectiva. Nada se puede transformar desde ahí.

Nunca hemos dejado de odiarnos unos a otros, por eso jamás hemos logrado transformar el país, y es difícil pensar que pueda ser transformado por personas que han dedicado vida y carreras políticas a incitar ese odio y esa división con tal de tomar el poder, o por ciudadanos que están prestos al conflicto, al madrazo fácil, a la menor provocación. Ésa es la triste historia de nuestra clase política y de nuestro pueblo.

No más discursos nacionalistas para filtrar la realidad, no más falsa dignidad patriotera que se rasga las vestimentas cuando se señala el evidente lado oscuro de un país que marcha por el sendero de la autodestrucción. Si hay que transformar al país es porque está mal, y si está mal es porque lo hemos construido mal entre todos, porque hemos permitido llegar a estos niveles, con nuestra actitud, con nuestra inconsciencia, con nuestro abuso, con nuestra mentalidad, con nuestra agresión, con nuestra indolencia. Cada quien debe indagar dentro de sí para saber qué tanto construye o destruye a México.

Hoy se habla de transformaciones en la historia de México, pero todas implicaron guerra entre los que deberían haber sido hermanos, polarización, muertes por millones, odios encarnizados, y por lo tanto cada una de ellas sólo pudo generar división y sembrar semillas de conflictos posteriores. Si hay que transformar México, es momento de hacerlo de manera diferente, con un cambio colectivo de mentalidad, con una mente serena, con el bien común como premisa indispensable para que el pueblo pueda encontrar la paz.

México ha tenido guerras y revoluciones, golpes de Estado, invasiones, reestructuraciones y reformas, dictaduras, sean personales o de partido, y fastuosas simulaciones de democracia; pero nada de eso ha significado una transformación. México nunca ha vivido en paz por muchas razones, quizá la más importante es que toda su estructura económica, política y social ha estado basada en la explotación, el abuso, el agandalle institucionalizado. Nuestro querido país siempre ha estado diseñado para que muy pocos vivan en una opulencia obscena que se sostiene en la miseria de millones.

Eso fue el virreinato, porque ésa era la intención, pero nada cambió con la guerra de Independencia, la de Reforma o la Revolución. La prueba más contundente de ello es que México sigue siendo un país con una estructura de injusticia y desigualdad, donde muy pocos viven en la exuberancia gracias a la indigencia de millones. Eso nunca se ha transformado.

México nunca ha vivido en paz porque esa estructura socioeconómica, sustentada por la jurídica y la religiosa, sólo puede generar rencor social. Somos, pues, un país lleno de rencor, y ahí donde el rencor anida está latente el deseo de venganza, normalmente disfrazada de justicia, o una idea de justicia que al final termina siendo vengativa.

Nunca hemos vivido en paz porque no tenemos una tradición de diálogo y acercamiento; nuestra mente colectiva, arrastrando cientos de años de condicionamientos absolutistas, sólo concibe la idea de una verdad absoluta, la propia, y condena como enemigo a todo aquel que no comparte esa única verdad, eso lo aplicamos desde lo religioso hasta lo político, en lo ideológico, en las relaciones laborales, familiares y de pareja.

No hemos logrado ser una verdadera amalgama. Siempre hemos sido una contraposición de tradiciones en vez de una fusión. Decenas de pueblos, etnias y lenguas coexisten en un país que nunca ha dejado de ser clasista, de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba, y nunca ha dejado de ser racista, pues ese arriba y ese abajo siempre han estado determinados por el color de la piel.

México nunca ha vivido en paz porque nunca hemos aprendido a respetarnos los unos a los otros, respetar que existen diferentes visiones de lo religioso, lo social, lo económico y lo político. Las diferencias siempre nos han arrojado a los brazos del conflicto y no a los del diálogo, y las hemos solucionado a través de la guerra.

Cuando han existido dos visiones distintas de nación o proyectos diferentes de país, cada facción ha asumido que eso sólo puede ser una lucha del bien contra el mal, sin importar qué etiquetas se impongan los unos a los otros para poder odiarse mejor: monárquico y republicano, centralista y federalista, liberal o conservador, rojos y mochos, patriotas y vendepatrias, nacos y pirrurris, chairos y derechairos. Nuestra identidad ha sido construida con base en el conflicto, por eso México nunca ha vivido en paz. En México la verdad se impone por la fuerza, ha sido así en cada periodo histórico que nos ha ofrecido la posibilidad de transformarnos y superarnos. Toda nuestra mitología nacional es un llamado a la batalla, toda nuestra narrativa histórica tiene que ver con un país polarizado y partido en bandos mutuamente excluyentes. México siempre ha sido intolerante.

Este país ha tenido tan sólo dos periodos de orden en dos siglos de historia, y ninguno tuvo nada que ver con la paz sino con la represión. Uno fue el Porfiriato (1876-1910), que dio orden y progreso pero nunca paz. Eso fue así porque el progreso lo disfrutaban unos y el precio lo pagaban otros, justo como fue el esquema decimonónico de la Revolución industrial en todo el mundo. Fue un periodo de esplendor, pero para muy pocos, pues nunca en el siglo XIX cambió la estructura fundamental de injusticia y desigualdad sobre la que descansa México.

El otro periodo fue la “buena etapa” del Partido de la Revolución (1934-1970), que generó instituciones y desarrollo, pero nunca paz, pues una vez más dicho orden estuvo sustentado en la represión. El orden siempre se ha logrado en México porque un poder más fuerte está listo para aplastarnos, no porque cada uno de nosotros haya aprendido una vía pacífica para la resolución de los conflictos. El orden es mejor que el caos, pero orden no es sinónimo de paz.

Que los únicos lapsos sin guerra interna estén relacionados con la represión política, habla de nuestra violencia intrínseca. El orden a costa de la represión deja que el odio siga germinando. La verdadera paz es cuando la represión es innecesaria. México siempre ha necesitado la represión porque siempre ha sido campo fértil para el abuso y la injusticia, la explotación y la tiranía.

En 1810 comenzó el proceso que desembocó, sin mucho plan ni proyecto previo, en la independencia. No fue la guerra entre un ejército mexicano y uno español; fue el ejército insurgente, formado por criollos, mestizos e indios, contra un ejército realista, integrado por criollos, mestizos e indios. Ningún bando tenía claro por qué causa peleaba, pero no dejó de ser el pueblo contra el pueblo para definir si se aceptaba o no el control por parte de la corona española. Muy pocos países, hay que decirlo, han obtenido su independencia sin violencia.

México nació como imperio de la mano de Agustín de Iturbide en 1821. Hubo entonces monárquicos y republicanos, posturas contrarias, jamás se buscó recurrir al diálogo, y en medio de una serie de guerras y mutuas traiciones, triunfó el bando de la república. Mexicanos tuvieron que matarse contra mexicanos por establecer un régimen que nada cambió para la población en general, que no veía que un rey o un presidente cambiaran su situación precaria de vida. Que el explotador resida en Madrid o en la Ciudad de México poco cambia la vida del explotado.

Los republicanos impusieron su razón sobre los monárquicos. México nació como repú ...