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SI LO AMAS, ¡EDúCALO! PARA NIñOS

Rosario Busquets Nosti  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

El cambio de percepción respecto a quién es el niño tiene relativamente poco tiempo. Hasta hace 25 o 30 años se le veía como alguien “vacío”, a quien había que “llenar” de información, ideas, modales, costumbres, conocimientos, valores, etcétera, para prepararlo para la vida adulta.

Muchos de los que hoy son padres fueron niños educados con la mirada, una mirada que tenía diferentes intenciones y a través de la cual, sin necesidad de palabras, se sabía qué comportamiento se esperaba de ellos. Esta forma de educación se desprendía de la idea que en ese entonces se tenía del niño.

Actualmente, las diferentes teorías y modelos psicopedagógicos que fundamentan el funcionamiento de las escuelas en las que están nuestros niños tuvieron un impacto muy importante respecto a este cambio de percepción.

No es la intención de este libro revisar los fundamentos de dichos planteamientos, lo cierto es que todos somos testigos de cómo un niño cuenta con habilidades que, bien estimuladas, dan lugar a respuestas y destrezas que no habíamos imaginado. El impacto en la visión de lo que es un niño ha sido muy importante porque ha roto paradigmas que prevalecieron a lo largo de la historia de la educación.

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Hasta aquí, todo parece ir muy bien.

El problema surgió cuando pretendimos que esto que habíamos descubierto nos tenía que llevar a hacer cambios en la manera en la que se enseña a obedecer, pero sin un planteamiento de modelos claros para hacerlo. Sólo ha prevalecido una idea que parecía obvia: si un niño es capaz de entender, obedecerá si le explicas lo que le estás pidiendo, sin embargo, no ha funcionado.

Sí es cierto, los niños son capaces e inteligentes, y sin duda alguna vale la pena continuar la educación formal (escuela) en esta línea. Sin embargo, la formación humana y moral de estos chicos no parece ir por buen camino. En la actualidad tenemos niños demandantes, a los que hay que repetirles las instrucciones varias veces para que obedezcan, que no parecen estar contentos con nada, que no tienen “llenadera”, que no valoran, etcétera. Los comentarios anteriores los escucho con más frecuencia de lo que quisiera.

Por lo mencionado, todos aquellos que estamos involucrados en alguna medida en la formación de los niños nos vemos en la necesidad de tender un puente entre un mundo con ambientes educativos que potencializa sus habilidades y el aprendizaje de la obediencia, que en un primer momento favorece ambientes familiares más armoniosos, pero que a futuro puede augurarles una experiencia de vida feliz. ¿Cómo?, ¿para qué?, ¿cuándo?, ¿por qué?, ¿en dónde?, ¿con qué propósito? A eso es a lo que voy a intentar dar algunas respuestas.

Intentaré plantear una plataforma que responda a las necesidades que se desprenden de esta nueva manera de ver al niño y que nos ayude a dirigirlo y acompañarlo para alcanzar los propósitos educativos que, sin duda, son los mismos que los que tuvieron nuestros padres y abuelos: generar personas de bien.

Empezaré por revisar conceptos como autoridad, disciplina y límites, los cuales necesitan ser replanteados frente a la manera en la que hoy los adultos interactuamos con los niños, y que a su vez respondan a las características y condiciones del mundo en el que ellos se desenvuelven.

Antes de establecer los “¿cómo?” es imprescindible que clarifique el “para qué”, ya que perder de vista los objetivos con mucha frecuencia nos lleva a tomar decisiones equivocadas, bien intencionadas, pero equivocadas al fin.

Los padres educan a sus hijos para que logren ser felices y, para conseguirlo, necesitan desarrollar habilidades que plantearé a lo largo de los diferentes capítulos.

No puedo dejar de considerar que también el mundo en el que hoy los niños están creciendo presenta características distintas que en muchas ocasiones ejercen “mala influencia” en la manera en la que ellos responden. Sin embargo, no debo perder de vista que es justo para ese mundo para el que los padres tienen que prepararlos, no sólo porque se tendrán que enfrentar a él, sino porque además, idealmente, tendrán que mejorarlo. Es por esto que voy a identificar a los enemigos que, como padres, tienen al educar, y por lo tanto buscaré ofrecerles estrategias para combatirlos.

Sin duda, pensar en niños nos lleva a todos a evocar risas y llanto, por lo que buscaré entender el lugar que tienen las emociones en el niño, así como los lineamientos básicos que les permitirán a los padres y maestros ir encauzando de la mejor manera su posible desarrollo. Por ende, sería impensable que no hablara de los berrinches y recomendaciones para poder educarlos correctamente.

Hablaré de obediencia y revisaremos dos marcos de referencia frecuentemente mencionados al educar: premios y castigos versus derechos y obligaciones, pero sobre todo su posible y muchas veces conveniente combinación.

¿Qué padre no espera lograr la obediencia de sus hijos aun cuando no está presente? Es posible lograrlo y para eso saber formar un hábito será el mejor de los caminos. En este libro verán cómo hacerlo. Saber establecer la consecuencia va a ser un ingrediente indispensable para lograr el objetivo y con ese propósito revisaremos juntos algunas ideas para lograrlo. Sin duda, habrá hábitos mal establecidos, pero no se asusten, existen pasos a seguir para revertir el camino. En asunto de educación nunca es tarde.

También hablaré extensamente del hecho de ser padres: retos, dudas y qué hacer frente a la inevitable posibilidad de equivocarse. Por último, y debido a la importancia que tienen en la vida de los niños, revisaré la relación que se establece entre los padres y la escuela, y la relevancia que tendrá que cada uno haga la parte del trabajo que le corresponde.

En esta segunda edición, a varios años de distancia y después de la conexión directa que se ha generado entre los padres de familia y el programa de radio que tengo la fortuna de conducir, la cantidad de preguntas ha hecho necesario ampliar los temas que este libro debe contener. Debido a esto se ha añadido un anexo que abarca 13 temas adicionales que complementan la primera edición y que facilitan aterrizar los temas abarcados en los 16 capítulos iniciales. Cada uno de esos temas es revisado en contexto, pero aterrizando en sugerencias específicas, con lo cual espero continuar apoyando al proceso formativo de los niños, y que sea ésta una manera de unir esfuerzos.

Recomendaciones, aclaraciones y disculpas
sobre las recomendaciones

Recomendaciones:

Elige sólo aquello que te haga sentido.

No cambies lo que ya te funciona, aunque no lo leas aquí.

No dejes de leer las reflexiones finales.

Aclaraciones:

Éstas son sólo propuestas; muchos de los conceptos a los que voy a hacer referencia, como el caso de la autoestima, van a ser abordados desde el tema de la disciplina, en ningún momento pretendo abordarlos de manera absoluta, ni con esto reducirlos a lo que aquí se diga, ya que suelen ser temas muy amplios.

Para fines de este libro los términos papá, mamá o padres son equivalentes a aquellas personas que están desempeñando el papel de formadores de un niño y no necesariamente los padres biológicos. Cuando utilicé estas palabras no pretendí hacer ninguna alusión a obligaciones de género, a los prejuicios que puedan prevalecer en nuestra sociedad y, mucho menos, tienen la intención de implicar un juicio de valor. Los utilicé indistintamente, pero es posible que me traicionaran las ideas tradicionales que todos traemos cargando.

En relación con el anexo agregado a esta edición es importante hacer una aclaración, ya que aunque toco temas sobre el desarrollo del niño, el enfoque es el mismo que el del resto del libro, un abordaje que permita establecer límites al respecto para poder acompañar el proceso de crecimiento, pero no es un libro sobre desarrollo, sino sobre el manejo de las conductas que acompañan el mismo.

Disculpas:

La disculpa que encabeza a todas las demás está dirigida a aquellas personas que se puedan llegar a sentir lastimadas, ofendidas e, incluso, indignadas con mi estilo personal. Quienes me conocen de cerca o aquellos que me han escuchado en alguna conferencia o en medios de comunicación podrán reconocer mi lenguaje y, de alguna manera, ya estarán sobre aviso.

El riesgo mayor es para aquellos que no tienen ningún antecedente y la forma en que me expreso pueda parecerles entre desparpajada e irrespetuosa. Tampoco se asusten, no hay palabras ofensivas o groserías, sólo un poco de vocabulario venido de “amor apache”.

Tengo en consideración también a las personas que toman los papeles parentales y que no puedo mencionar específicamente, como abuelos, tíos, padres sustitutos, compadres, etcétera.

Por último, a mis colegas, quienes van a poder alcanzar a distinguir sin lugar a dudas mis posturas o sesgos personales colados en lo que tendría que ser sólo una propuesta venida del campo profesional. Lo lamento, no pude evitarlo. De hecho, ni siquiera sé bien en dónde empieza una y en dónde acaba la otra.

CHAYO BUSQUETS

UNO
Recuperando la autoridad

Para empezar: un poco de malestar
y una pequeña dosis de arbitrariedad

Siempre que los padres quieren lograr que su hijo los obedezca se pone en evidencia que la búsqueda de placer, de forma natural, tendrá una fuerza de atracción sobre ellos más poderosa que el deber.

Los adultos funcionamos igual, pero gracias a la capacidad que hemos ido desarrollando para entender el contexto y el “para qué” de lo que hacemos, nos forzamos a hacerlo posponiendo lo placentero para otro momento.

Los niños están en proceso de crecimiento y no logran captar este concepto hasta que lo van viviendo, lo cual les lleva varios años de trabajo. No van a hacerlo de manera espontánea, nosotros, los adultos, tenemos que estar conscientes de que tenemos que buscar alternativas y estrategias para hacer que lo hagan. A esta manera de actuar le llamamos “ejercer la autoridad”.

Los seres humanos no tenemos hijos para tener a quién darle órdenes, sin embargo, darlas y hacer que se cumplan es uno de los papeles que todos los padres tienen que jugar.

¿De qué se pueden valer los padres para lograrlo y qué tipo de autoridad quieren ser? Es algo que tiene que definir cada uno, a partir de su filosofía de vida, de las condiciones del mundo y de lo que quieren para ellos.

Lo primero que tienen que tener claro es que no hay manera de ejercer la autoridad sin tener que asumir el malestar que van a generar. Por lo que no sólo deben aprender a tolerar el malestar de sus hijos, sino además el malestar que les produce el malestar del niño. No es agradable y puede no resultar muy fácil en un principio, sin embargo, poco a poco, como todo malestar, va tomando su verdadera dimensión y va a ir perdiendo importancia, dejándolos actuar cada vez con mayor naturalidad y sin tanto esfuerzo, permitiendo el flujo de la relación de una manera más cómoda, pero sobre todo beneficiando a su hijo que, en última instancia, es su principal propósito.

En segundo lugar hay que reconocer que no hay forma de ser autoridad sin ser arbitrario en alguna medida. Estos momentos de arbitrariedad se hacen evidentes cuando, desde el derecho que les da tener autoridad, definen el momento que la regla marca. Por ejemplo: los papás necesitan decidir cuál será la hora de irse a dormir de su hijo. Saben que es razonable que un niño de siete u ocho años se vaya a la cama en un rango de tiempo entre las siete y media y las nueve de la noche, porque eso le asegura un buen descanso para el adecuado rendimiento del día siguiente.

Por lo tanto, la hora exacta entre este rango en el que los padres quieran establecer el hábito de irse a dormir es una decisión arbitraria, y seguramente estará basada en aspectos como rutinas generales del niño, su rendimiento, su disposición como papás para sus actividades personales, etcétera, pero lo cierto es que la decisión, a final de cuentas, es de los padres y no debe ponerse a discusión. Visto de esta manera, usan como pretexto las ocho de la noche para entrenar el hábito, y esto no es ni mejor ni peor que hacerlo a las siete y media o a las nueve.

Lo importante es que una vez que definan la hora, no la muevan. Seguramente se preguntarán por qué si es correcto desde las siete y media hasta las nueve de la noche, ¿por qué no pueden darle la oportunidad de que elija cada día la hora?, ¿por qué no acceder a los “cinco minutitos más” si aún no son las nueve?

La regla como punto de referencia

Las reglas sirven para dar puntos de referencia que les permiten a los padres organizar la vida del niño. Establecer la hora a la que se debe meter a bañar es un pretexto para entrenar una habilidad que, en sí misma, no importa. De esta manera, todos los días, a las ocho de la noche, el niño practica el control sobre sí mismo, dado que tiene que parar de hacer algo placentero para hacer algo que se considera parte de sus deberes; por lo tanto, lo placentero se pospone hasta el día siguiente o hasta la próxima vez que la situación lo permita.

Al hacer obedecer al hijo, el padre le está enseñando que la regla debe ser respetada. Posponer el placer no es grave, fortalece la voluntad.

Otra razón por la que hablo de la regla como punto de referencia se debe a que nos ayuda a organizar el día. Gracias a esos puntos yo sé qué hago, a qué hora y de qué manera; gracias a que sé a qué hora como, puedo organizar mis actividades para que la comida esté lista. De la misma forma, cuando un niño sabe a qué hora debe meterse a bañar, aprende a saber cuándo debe apagar la televisión, salirse de la fiesta infantil o si podrá o no jugar midiendo el tiempo que le sobra.

Las reglas dan orden social, le permiten a un grupo seguir los códigos de comportamiento que van a derivar en una gran parte de la armonía del sistema. La sociedad necesita cierto nivel de orden para poder cumplir con el objetivo que tiene. ¿Se imaginan una casa en la que cada quien se levantara cuando quisiera, comiera cuando quisiera y guardara las cosas en donde se le ocurriera, etcétera? ¿Una escuela en donde cada alumno pudiera entrar en el horario que le resultara mejor y tomar la clase en el orden que quisiera? Los maestros no sabrían en qué momento tendrían que estar en qué lugar y todo el tiempo tendrían que estar empezando su clase. ¡Simplemente no sería funcional!

Si vives sin reglas, sabes el caos que esto produce y seguramente estás pagando un precio muy alto por ello; me atrevo a asegurar que preferirías vivir de otra manera.

Las reglas son un mal necesario.

Estricto y rígido:
los fantasmas que acompañan a los papás

Lo estricto de un sistema está relacionado con la cantidad de conductas que están reglamentadas.

Una escuela militarizada establece códigos de comportamiento para una mayor cantidad de conductas que una escuela que no lo es. Una escuela tradicional tiene más reglas que una que sigue propuestas con programas alternativos, pero menos que una militarizada. Por ejemplo: una escuela militarizada no sólo espera que el alumno se forme para entrar al salón, sino que lo haga con cierta colocación del cuerpo, guardando una distancia específica en orden de estatura y con la vista dirigida hacia cierto punto. Una tradicional puede esperar a que el alumno se forme, pero no reglamenta la manera en la que debe estar parado al formarse; mientras que una escuela más abierta no esperaría que se forme una vez terminado el recreo.

Entre menos conductas con margen de decisión se permitan, más estricto es el sistema. El número de reglas que hay dentro de una familia no tiene mayor importancia. Hay algunas con pocas reglas y familias en donde todo está reglamentado. Hasta el momento no hay estudios, que yo conozca, que prueben que la calidad humana de la persona dependió de la cantidad de reglas con las que vivió.

¿En qué consiste la rigidez? Se es rígido cuando una regla no se modifica a pesar de que las condiciones que llevaron a establecerla han cambiado, en otras palabras, cuando las reglas no se van abriendo o acomodando para dar opción de maniobra a los chicos conforme van ganando edad o cambia la etapa de desarrollo. Por ejemplo: si en mi casa la hora de irse a dormir de mi hijo de seis años es a las siete de la noche, y así pretendo que siga hasta que tenga 12, es una regla rígida, pues ya no corresponde a su proceso y sus necesidades.

Las reglas se pueden ir cambiando, pero si ahora que mi hijo tiene seis años y su hora de irse a dormir es a las siete de la noche, no es ser rígido hacer que lo haga de esta manera todos los días. Cumplir la regla no nos hace rígidos.

Variaciones de la regla y las excepciones

Toda regla tiene variaciones. Por ejemplo: si Pablo tiene que dormirse a las siete de la noche cuando tiene que levantarse temprano al día siguiente, sabe que la regla no aplica los fines de semana, vacaciones y días festivos. La regla puede quedar abierta o establecer la otra hora exacta.

Las excepciones son otro asunto. Una excepción implica hacerle un cambio a la hora establecida aun cuando las condiciones son las mismas. Por ejemplo: si hoy por la noche pasan un programa especial, la hora de dormir de Pablo, a pesar de que mañana hay clases, se puede recorrer; y por otro lado, aunque mañana Pablo no irá a la escuela, igual se tiene que dormir a las siete porque la familia saldrá de viaje o se planeó una actividad familiar.

Las excepciones no crean precedente, lo que significa que el permiso especial no es una señal que marque cambios de ahora en adelante respecto a la regla. Es complejo establecer el uso adecuado de las excepciones, lo cierto es que una excepción, dependiendo de lo medular que sea el tema, entre menos se haga es mejor. Por ejemplo: si para el papá es fundamental que el niño haga la tarea, las excepciones deben ser menos frecuentes que permitirle que tome refresco.

En niños menores de ocho o 10 años, idealmente las excepciones podrían darse de 2 a 5% de las veces. ¡Ojo!: Podrían no significa deberían. Se puede educar sin hacer excepciones.

Los padres deben recordar que la regla ya contiene en su planteamiento variantes, por lo que la excepción realmente no es indispensable.

Si volvemos al ejemplo de la hora de dormir, la regla ya contiene movimientos que implican cambios, por lo que la excepción no se hace necesaria. Bajo este esquema, la semana de un niño de seis años puede ser de la siguiente manera: de domingo a jueves se duerme a las siete, los viernes y los sábados puede dormirse más tarde. Esto no se da todas las semanas del año, porque en los tres periodos vacacionales dormirse a las siete también se puede modificar y eso sin contar los días festivos aislados durante el año. ¿Serían los papás muy intransigentes si permiten una o dos excepciones al año solamente?< ...