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EL CáRTEL CHILANGO

Antonio Nieto  

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Fragmento

1

Un abuelo dominó Tepito

Bienvenido a Tepito: las manos callosas de tanto chingarle, la piel grafiteada que se despelleja por lo viejo de los muros. Allí se deslizan las historias de quienes viven en sus pasadizos, allí se estrellan las balas que erraron el blanco y la lluvia enjuga las lágrimas de quienes lloraron a sus muertos. Tepito trae los ojos rojos de puro desvelo, de tanto humo que dejan los incendios internos de sus habitantes. En este barrio, muy pocos son dueños de su destino. Cada quien le reza a su propio santo, pero después de todo, de tanta chinga, el barrio es el barrio y se le respeta, se le cuida. Así ha sido siempre y bajo esa premisa se fundó el cártel chilango.

Esto lo tenía claro un hombre al que apodaban El Abuelo, a quien su compadre, Arturo Beltrán Leyva, El Jefe de Jefes, uno de los narcotraficantes más poderosos de la historia mexicana, le preguntó con malicia: “¿A poco vas a dejar que La Barbie se meta a tu barrio?”

Tan cercano a Arturo Beltrán como lo eran los presuntos traficantes Mario y Alberto Pineda Villa —hermanos de María de los Ángeles, ex primera dama de Iguala, Guerrero, investigada y procesada, junto con su esposo, José Luis Abarca, por la desaparición forzada de 43 normalistas de Ayotzinapa—, El Abuelo aguardó un momento antes de replicar. Tal vez pensara que la cizaña estaba salpicada del finísimo whisky que ambos saboreaban, maridada con perico colombiano al que, a últimas fechas, Arturo Beltrán se había aficionado. Bien sabido era que El Jefe de Jefes y Édgar Valdez Villarreal, La Barbie, traían rencillas, por lo que la pregunta tenía más filo. El orgullo es fácil de aguijonear, más entre los mafiosos de envergadura; por ende, la respuesta no podía ser otra: “Con la gente unida, me chingo a la muñequita”. En ese instante quedaron marcados no sólo los siguientes años en el Barrio Bravo sino en toda la Ciudad de México, la cual quedó a su suerte, echada al aire en esa fastuosa mansión del 274 de Peñas, en la exclusiva zona del Pedregal, unos pocos días antes del 16 de diciembre de 2009, cuando Arturo Beltrán Leyva fue abatido en Cuernavaca por fuerzas especiales de la Marina.

Por esas fechas, en la prensa nacional nada se escribía sobre El Abuelo, cuyo nombre real es Juan Juárez Orozco, aunque se hacía llamar Jorge Castro Moreno —esto se sabría mucho tiempo después, según se fue revelando en periódicos como El Heraldo y otros—. Por el contrario, el nombre de Édgar Valdez Villarreal, La Barbie, era protagonista de notas y extensos reportajes que lo vinculaban hasta con la farándula. En esos tiempos el Cártel de los Beltrán Leyva se fragmentaba. De un lado se formaron los fieles a “don Arturo” y del otro los rebeldes de La Barbie, quien alguna vez fue su discípulo y socio. El Abuelo, oriundo del centro de la capital, se mantuvo en el bando del Jefe de Jefes y maquinó un plan para unir a las familias del narco en Tepito y formar un cártel que hiciera frente a la inminente incursión de La Barbie, ávido de las jugosas ganancias que deja un sistema de distribución bien aceitado en la capital y su zona metropolitana. Se jugaba un mercado de 27 millones de habitantes, donde 10.3% de éstos ha probado alguna droga ilegal1 y uno de los trampolines más grandes para enviar estupefacientes a Estados Unidos y Europa: el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.

En el expediente judicial CR-12197, de la Corte del Distrito Este del Estado de Nueva York, alimentado por informes de la Drug Enforcement Administration (DEA), El Abuelo aparece como un pez gordo de la cocaína: transportó al menos 35 toneladas al año para los Beltrán Leyva y para Ismael El Mayo Zambada, líder del Cártel de Sinaloa, todo a través del aeropuerto capitalino. Según los informes del agente de la DEA, Brian R. Crowell, “una vez que la cocaína llegaba [de Sudamérica] a las costas de México, Juárez Orozco y sus socios la transportaban al Distrito Federal y de ahí la enviaban a los Estados Unidos”.

Con ese volumen de tráfico sorprende cómo este hombre fue capaz de mantener un perfil tan bajo. Es el chilango que más droga ha metido a Estados Unidos y lo hizo sin pertenecer estrictamente a un cártel. Había llegado la hora de formar uno.

El Abuelo es un hombre de estatura media, complexión atlética por ser adepto a los gimnasios, giro en el que ha incursionado en diferentes estados del país. Su apodo hace referencia a su cabello canoso, que lo hace aparentar más edad de la que se le calcula —unos 45 o 50 años—. Para 2010, este capo movía mensualmente ocho toneladas de coca pura, parte de la cual se quedaba en el mercado local, con sus aliados en Tepito, quienes alimentaban a su vez a cientos de distribuidores en otras partes de la ciudad y el Estado de México. Tenía decenas de “oficinas” en la capital, Cancún y Morelos, pero su base de operaciones estaba en la calle que lo vio criarse al amparo de su habilidad como comerciante: República de Belice, cerca del Zócalo, donde pasó de vender bisutería a bóxers, ropa deportiva y todo tipo de mercancía que importaba de China. Con el dinero que amasó, El Abuelo compró un par de lanchas rápidas con las que posteriormente llevó de arriba abajo el polvo blanco de sus aliados colombianos del Cártel del Norte del Valle, según asentó años después el Departamento de Justicia de Estados Unidos en su pedido de extradición.

Un hombre sesudo, de maneras tranquilas —como las de un abuelo con sus nietos—, así es Juan Juárez Orozco; a diferencia de su primogénito, Rachid, El Árabe —colérico y caprichoso—, quien

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