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15 DíAS SIN CABEZA

Dave Cousins  

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Fragmento

Portazo en la puerta del frente. Mamá ha regresado.

Se escucha un sonido como de un cuerpo muerto que hubiera caído en el suelo: acaba de dejar sus cosas en el zaguán y va directo a la cocina.

Oigo el golpe sordo de una botella que pega contra la mesa, el chasquido del tapón y luego el lento gluglú de un líquido que se vierte en un vaso.

Mamá tose, arrastra una silla por el piso y se sienta.

El olor del humo de un cigarro llega hasta la sala, donde Jay y yo estamos sin chistar, sin denotar nuestra presencia, hasta la Hora Feliz, cuando el primer trago haya operado su magia y ella vuelva a sonreír.

—¿Dónde están mis niños preciosos? ¿Dónde se esconden?

Ésa es la señal de que no hay que preocuparse; sin novedad en el frente. La Hora Feliz ha comenzado.

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Vamos a la cocina. Jay se echa en sus brazos y mamá es toda sonrisas y besos. Me quedo parado en la puerta hasta que me hace una señal y me mete en el abrazo. El tufo de aceite de papas fritas y de cigarros es sofocante.

Jay le cuenta lo que hizo en la escuela. Ella escucha, sonríe y vuelve a llenar el vaso. Dentro de éste se ve un líquido espeso y rojo.

Poco a poco, ella deja de escuchar. Los ojos se le ponen vidriosos y la sonrisa decae. Jay sigue hablando con la voz demasiado chillona de un niño de seis años. Sobre la mesa hay un cuchillo y le está dando vueltas al tiempo que habla... “y luego, en el recreo, Matt dijo”... suich... “pero nosotros no queríamos jugar a eso”... clinc, suich, tinc... “así que dijimos que mejor jugáramos”. clinc, suich, tinc..., cuando golpeteó la botella y los ojos de mamá comenzaron a cruzarse.

Coloqué la mano sobre el cuchillo y le dije a Jay que era hora de ir a la cama.

Me puso mala cara.

—No quiero ir a dormir.

—Tienes que ir. Es hora de dormir.

—¡No!

—Vamos, Jay...

—¡Tú no mandas! —mira a mamá.

Sus ojos vuelven a enfocar:

—¿Qué tienes, corazón?

—¿Verdad que no tengo que ir a dormir?

—¡Claro que no, cariño! ¡Ven y dale un abrazo a mamá!

Mi hermanito me lanza una mirada de triunfo y se trepa sobre la falda de mamá. Me encojo de hombros y los dejo, pero me mantengo con el oído atento.

La Hora Feliz viene a durar una hora. A veces menos. La cosa se pone peor cuando no bebe, cuando nos quedamos sin dinero. No beber es lo mismo que no tener Hora Feliz. Mamá va de un lado para otro por toda la casa, gritándome a mí y a Jay porque todo está hecho un desorden. Es eso, o bien ella se queda en la cama todo el día, o se encierra en el baño y, del otro lado de la puerta, se le oye llorar. A veces se queda ahí horas, así que me tengo que llevar a Jay fuera a hacer pipí detrás de los contenedores para la basura.

Hacia las ocho le pongo la pijama a Jay. Va a gatas por todo el pasillo hasta el baño, me mira y ladra. Es una conducta completamente normal; al menos no es inusual en el caso de Jay. No recuerdo cuándo comenzó esta cuestión de los perros, pero sólo empezó a sentir que era uno cuando nos mudamos acá. No lo hace todo el tiempo, solamente cuando sabe que me va a sacar de mis casillas, como ahora.

—Vamos, Jay, cepíllate los dientes —echo algo de pasta sobre el cepillo y se lo ofrezco.

Menea la cabeza.

—Si no te lavas los dientes, se te van a caer —Jay ladra y saca los dientes.

No tenemos tiempo para esto. Si mamá se entera de que aún no está en la cama, se nos echará encima como un gorila.

—Vamos, levántate —lo tomo por el brazo y trato de ponerlo de pie.

Jay gruñe y me clava los dientes en la muñeca. Tomado por sorpresa, dejo caer el cepillo.

—¡Me has mordido! —no me duele, pero sí ha dejado toda la huella de sus dientes en mi piel. Jay me mira y en sus ojos hay un esbozo de sonrisa. Estoy enojado.

—¡Perfecto! —esta vez lo tomo por los hombros y lo pongo de pie.

Jay se gira y se retuerce, tratando de morderme otra vez, pero soy demasiado fuerte para él y lo sabe. Tomo el cepillo y lo dirijo a sus labios. Se me queda mirando furioso, con la boca apretada y las mejillas encendidas. Luego, de golpe, hace una mueca y se echa a llorar.

Entro en pánico y trato de abrazarlo. Lo que sea, con tal de que no haga ruido.

Ese sonido es una de las pocas cosas que penetra la Nube. La Nube es lo que sigue a la Hora Feliz, y dura mucho más. Un campo de fuerza de humo de cigarro y licor, dentro del cual está mamá. Esto me recuerda un viejo concurso de TV, Estrellas en sus ojos, en el que la concursante atraviesa la puerta como una persona y luego sale del humo convertida en alguien por completo diferente. Salvo que en el caso de mamá, sale viéndose exactamente igual; es su personalidad la que ha cambiado. No creo que fuera un programa que tuviera gran éxito en la TV.

Oigo que se acerca retumbando por el corredor, como King Kong, echando maldiciones y rebotando de una pared a otra.

—¿Qué diablos pasa aquí?

Por un segundo, Jay deja de llorar. Los ojos se le abren, pero todavía es demasiado pequeño para captar la amenaza contenida en la voz de mamá. Jay comienza a lloriquear de nuevo, señalándome.

—Lau-rence-me-lastimó-el-brazo...

Mamá me arranca el cepillo de Jay y me lo arroja en la cara.

—¡Por Dios! ¿No puedes hacer algo sin armar un alboroto? —la lengua de mamá se ha puesto negra y su aliento hace que se me revuelva el estómago.

Aguarda una respuesta, pero ¿cómo se hace para replicar a una pregunta así? Opto entonces por encogerme de hombros. Hago una nota mental para recordarla en el futuro, justo antes de que me abofetee fuerte.

—¡No te me encojas de hombros!

—Lo siento.

Apunta con el cepillo a Jay:

—A lavarse los dientes y a la cama, los dos. La vista de ambos me enferma.

Son las ocho y cinco. Tengo quince años y me mandan a la cama a las ocho y cinco.

Jay comienza a cepillarse los dientes. No me mira.

La cara me pica y siento que la piel en torno al ojo comienza a hincharse. Es mi culpa. Debería haber sabido lo que iba a ocurrir.

Estoy acostado en la cama de Jay y le leo un cuento. Me ha perdonado por lo del Gran Incidente del Cepillado de Dientes. Pienso que se siente culpable porque mamá me abofeteó.

—Estabas llorando —me dice.

—No lloraba. Sentía un poco de picazón. A veces los ojos se humedecen, pero no es lo mismo que llorar.

—¿No te ha dolido?

—No, en realidad no —le mentí.

En el techo de nuestra alcoba hay estrellas que antes relucían en la oscuridad. Cuando mamá las pegó copió las constelaciones reales de un libro de la biblioteca. Decoró todo el departamento cuando nos mudamos acá y pintó cada habitación de diferente color. El cuarto de enfrente tenía un horrible papel tapiz donde se veían flores cafés, y una noche mamá comenzó a arrancarlo a grandes tiras. Pensé que se había vuelto loca. Luego Jay y yo también hicimos lo mismo. Los tres bailamos en el cuarto con el CD de Queen de mamá a todo volumen, echando pedazos de papel al aire, hasta que giraban en torno nuestro como una tormenta de nieve.

De esto hace siglos. Cuando mamá aún tenía ánimo.

Trasladarnos aquí supuestamente era un nuevo comienzo; un lugar donde nadie nos conociera, un lugar sin historia.

Vivimos en el piso más alto de un edificio llamado Parkview Heights (Alturas de la Vista del Parque). Es un nombre estúpido porque el edificio tiene sólo cuatro pisos: las tiendas Parkview Parade en la planta baja y luego tres pisos de departamentos, y hasta se puede ver el parque desde dentro. Por aquí corre un dicho que reza: ¿Cómo sabe uno que ha llegado hasta lo más bajo? Respuesta: ¡Cuando uno despierta en las Alturas! En la cocina tenemos cucarachas y el retrete gotea, y si abres cualquiera de las ventanas, el olor de la tienda de papas fritas de Parade apesta todo el lugar.

Pero es todo lo que nos podemos permitir. Mamá tiene demasiado miedo de solicitar ayuda social porque podrían rastrearnos hasta Bridgewell y comenzarían las preguntas. Cuando la gente comienza a hacer preguntas, no siempre le gusta las respuestas que uno da, y entonces las cosas se ponen color de hormiga.

Como ocurrió la última vez, cuando una mujer con un portapapeles se nos presentó y dijo que sería preferible que Jay y yo fuéramos a vivir con alguien más; pero, mientras, mamá logró ponerse en pie. Esto ocurrió aproximadamente diez segundos antes de que echara a la mujer. Esa misma noche estábamos en el tren que nos condujo acá: la Familia Increíblemente Desaparecida. Me preguntaba qué habrían dicho mis compañeros de la escuela al ver que me había esfumado; luego me convencí de que la mitad de ellos ni lo habría notado. ¡Pensar que puedes irte de un lugar sin que nadie se dé cuenta, debido a la sencilla razón de que, por principio de cuentas, no se habían percatado de que estuvieras allí! ¡Eso sí que es duro!

El despertador de Scooby-Doo que tengo junto a la cama dice: 08:55 p.m. Es el momento.

Compruebo si Jay está dormido, luego busco debajo de mi colchón y saco un sobre que contiene tarjetas telefónicas. Mamá se las robó de la agencia de noticias donde trabajaba. Sería capaz de matarme si averiguara que le quité algo. “Llamadas gratis”, decía mamá, pero nunca las usó porque no se molestaba en ir a alguna caseta telefónica, pues los dos teníamos teléfonos celulares entonces, hasta que mamá perdió el suyo y se quedó con el mío. De eso hace meses. No la he visto con él desde hace siglos, así que probablemente también lo ha perdido. Dijo que me iba a comprar uno nuevo cuando tuviera un trabajo mejor, aunque no confío mucho; entre tanto, al menos tengo las tarjetas.

Me meto las tarjetas en el bolsillo trasero de los jeans y abro la ventana. Entra un aire denso como un flan y huele a que están friendo pescado. Me subo hasta el alféizar y dejo colgando las piernas. Espero un momento, sintiendo el calor que me envuelve, y luego me deslizo.

Directamente por fuera de la ventana de nuestra alcoba, el tejado del piso de abajo forma un saledizo de dos metros que corre a lo ancho del edificio. La superficie parece queso gris fundido y con el calor huele a electricidad. Una materia negra y viscosa brota de las roturas en los extremos, y si uno toma un poco de esa masa, queda una mancha café que no se quita en días.

Camino hasta el extremo del tejado y luego me doy la vuelta. Es algo que no me gusta, bajarme por el extremo. Con los pies, busco la escalera plegable atornillada en la parte lateral del edificio y trato de no pensar en el duro cemento que hay tres pisos más abajo. La escalera conduce a una salida para incendios: peldaños destartalados de un metal oxidado que resuenan y vibran cuando piso. Hay una cadena al final del trecho de escalera a nivel del suelo, así que salto por un lado a uno de los grandes contenedores de basura que se alinean a lo largo de la calle de acceso detrás de las tiendas. Miro si hay moros en la costa y luego salto.

Hasta aquí he tenido suerte. No sé qué pasará cuando la suerte se me acabe. Podría ser esta noche. Me digo que no importa. Si no me preocupo demasiado, todo saldrá bien. Sobre todo, no pienso en lo que diría mamá si se enterara de lo que estoy haciendo. Dejar a Jay para que se las arregle solo con ella es un riesgo, en especial visto el humor que ella se carga esta noche, pero tengo que hacerlo, por el bien de todos nosotros.

La mayoría de las tiendas de la Parade tienen sus cortinas metálicas bajadas, pero SavaShoppa, una pequeña lavandería, y la tienda de licores están abiertas. Cruzo el estacionamiento, me dirijo a la cabina telefónica y abro la puerta; un hedor de cigarro y orines me recibe. Ya estoy temblando, pero es normal. La cuestión es no pensar en lo que se está haciendo, sino hacerlo.

Levanto el pesado auricular y miro si nadie ha dejado chicle en la bocina de la oreja ni ha escupido en el lado del micrófono; luego saco una de las tarjetas telefónicas robadas de mi madre y marco el código. Me sé el número de memoria. Marco, escucho el ring de que está llamado y aguardo a que alguien conteste.

Hay graffiti de spray por toda la cabina, pero entre el graffiti puedo ver las ventanas de nuestro piso. Si mi madre las abriera, podría verme; mas no es probable que lo haga, pues piensa que estoy acostado en mi alcoba. No se moverá hasta que se le acabe el licor, y para cuando esto ocurra ya hará rato que habré regresado... a menos que Jay se despierte... pero no puedo entretenerme con eso ahora.

Una alegre voz femenina contesta al teléfono y yo estoy listo.

Si no pienso que me escuchan en una estación de radio, todo saldrá bien. Sólo se trata de una conversación entre Baz (el locutor) y yo. Me hace algunas preguntas; eso es todo. Tengo que convencerme de que no estoy al aire, en vivo, fingiendo que soy mi padre para ganarme unas vacaciones de lujo.

Lo que tengo que hacer es continuar hablando. Para concursar hay que tener dieciocho años y ésa es la razón de que me haga pasar por él. No hay que preocuparse, no lo averiguará: está muerto. Se llamaba Daniel y no tenía acento escocés, pero prefiero transformar mi voz, así que estoy imitando al señor Buchan, el encargado de n ...