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ALEXANDROS II. LAS ARENAS DE AMóN (ALéXANDROS 2)

Valerio Massimo Manfredi

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Fragmento

1

Desde lo alto de la colina, Alejandro se volvió para mirar la playa, para contemplar un espectáculo que se repetía casi idéntico a distancia de mil años: cientos de naves alineadas en la orilla del mar, miles y miles de guerreros, pero la ciudad a sus espaldas, Ilión, heredera de la antigua Troya, no se preparaba ahora para un sitio de diez años, sino que más bien le abría las puertas para acogerle, a él, descendiente tanto de Aquiles como de Príamo.

Vio a sus compañeros que montaban a caballo para darle alcance y espoleó a Bucéfalo hacia la fortaleza. Quería ser el primero en entrar y hacerlo solo en el antiquísimo santuario de Atenea Ilíaca. Confió el semental a un siervo y entró en el templo.

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En su interior, inmersos en la penumbra, relucían unas formas inciertas, objetos de contornos indefinidos, y tuvo que habituar su mirada que hasta un momento antes estaba deslumbrada por el cielo resplandeciente de la Tróade, por el sol de mediodía que caía a plomo.

El antiguo edificio estaba atestado de reliquias, de armas que recordaban la guerra de Homero, la epopeya del cerco de diez años a las murallas construidas por los dioses. En cada uno de aquellos recuerdos cubiertos por la niebla del tiempo había una dedicatoria, una inscripción: la cítara de Paris, las armas de Aquiles con el gran escudo historiado.

Miró a su alrededor, posando los ojos en aquellas reliquias que unas manos invisibles habían mantenido resplandecientes para la piedad y curiosidad de los fieles a través de los siglos. Colgaban de las columnas, de las vigas del techo, de las paredes de la cella: pero ¿cuánto había de verdad en todo ello? ¿Cuánto era fruto de la astucia de los sacerdotes, de su deseo de sacar algún provecho?

Sentía en aquel momento que la única cosa sincera en medio de aquella confusa acumulación, que recordaba el hacinamiento de objetos en un mercado más que la decoración de un santuario, era su pasión por el antiguo poeta ciego, su infinita admiración por unos héroes reducidos a cenizas por el tiempo y por los innumerables acontecimientos que habían tenido lugar entre ambas orillas de los Estrechos.

Se había presentado de repente, como un día lo hiciera su padre Filipo en el templo de Apolo de Delfos, y nadie le esperaba. Oyó un paso ligero y se escondió detrás de una columna próxima a la estatua de culto, una imagen impresionante de Atenea esculpida en la roca, pintada de colores, con armas de verdadero metal: era un simulacro rígido y primitivo, obtenido de un único bloque de piedra oscura, y los ojos de madreperla resaltaban de modo impresionante en aquel rostro ennegrecido por los años y por el humo de las lámparas votivas.

Una muchacha vestida con un peplo blanco, de cabellos recogidos en una cofia de idéntico color, se acercó a la estatua sosteniendo un pequeño cubo en una mano y una esponja en la otra.

Se subió sobre el pedestal y se puso a pasar la esponja por la superficie de la escultura, difundiendo bajo los altos armazones un intenso y penetrante perfume de áloe y de nardo. Alejandro, se acercó a ella sin hacer ruido y le preguntó:

—¿Quién eres?

La muchacha se sobresaltó y dejó caer el cubo, que rebotó en el pavimento y rodó lejos hasta detenerse contra una columna.

—No temas —la tranquilizó el soberano—. No soy más que un peregrino que desea honrar a la diosa. ¿Y tú quién eres, cómo te llamas?

—Mi nombre es Daunia y soy una esclava sagrada —repuso la joven, intimidada por el aspecto de Alejandro, que no era ciertamente el de un simple peregrino.

Bajo el manto se veían relucir una coraza y unas grebas y, cuando se movía, se oía el ruido de la correa de malla metálica que cruzaba su pectoral.

—¿Una esclava sagrada? Nadie lo diría. Tienes unas bonitas facciones, aristocráticas, y una mirada muy orgullosa.

—Acaso estés habituado a ver a las esclavas sagradas de Afrodita. Ellas son simplemente esclavas, antes de ser sagradas, esclavas de la lujuria de los varones.

—¿Y tú, en cambio, no? —preguntó Alejandro recogiéndole del suelo el pequeño cubo.

—Yo soy virgen. Como la diosa. ¿Has oído hablar alguna vez de la ciudad de las mujeres? Pues yo provengo de allí.

Su acento era muy especial y el soberano no lo había oído nunca.

—Ni siquiera sabía que existiese una ciudad de las mujeres. ¿Dónde se encuentra?

—En Italia. Se llama Locria, y tiene una aristocracia formada solamente por mujeres. Fue fundada por cien familias, todas ellas descendientes de mujeres huidas de Lócrida, su patria de origen. Se habían quedado viudas y se dice que se unieron a sus esclavos.

—¿Y por qué te encuentras tú aquí, en un país tan lejano?

—Para expiar una culpa.

—¿Una culpa? ¿Qué culpa puede haber cometido una muchacha tan joven?

—No yo. Hace mil años Áyax, hijo de Oileo, nuestro héroe nacional, la noche de la caída de Troya forzó a la princesa Casandra, hija de Príamo, precisamente aquí, en el pedestal que sostenía el sagrado Paladio, la milagrosa imagen de Atenea caída del cielo. Desde entonces los locrios pagan este sacrilegio con el presente de dos muchachas de la mejor nobleza, que sirven durante un año entero en el santuario de la diosa.

Alejandro sacudió la cabeza como si no creyera lo que estaba oyendo. Miró a su alrededor, mientras que afuera, en el empedrado del templo, resonaba el piafar de numerosos caballos: habían llegado sus compañeros.

Entró en aquel momento un sacerdote, que se dio inmediatamente cuenta de quién tenía delante e hizo una profunda reverencia.

—Bienvenido, poderoso señor. Siento que no nos hayas avisado, pues hubieras tenido acogida muy distinta.

E hizo una señal a la muchacha de que se fuera. Pero Alejandro la retuvo.

—Yo prefiero que se quede —afirmó—. Esta muchacha me ha contado una historia extraordinaria, que nunca hubiera podido ni imaginarme. He oído decir que en este templo se conservan las reliquias de la guerra de Troya. ¿Es eso cierto?

—Sin duda. Y esta imagen que ves es un Paladio. Reproduce las facciones de una antigua estatua de Atenea caída del cielo, que volvía invencible a la ciudad a la que pertenecía.

En aquel momento hicieron su entrada Hefestión, Tolomeo, Pérdicas y Seleuco.

—¿Y la estatua original dónde está? —preguntó Hefestión acercándose.

—Según algunos la habría cogido el héroe Diomedes para llevársela a Argos; otros dicen que Odiseo fue a Italia y se la regaló al rey Latino; no faltan tampoco quienes afirman que Eneas la puso en un templo no lejos de Roma, donde se encontraría aún. Sea como fuere, son muchas las ciudades que se enorgullecen de poseer el verdadero.

—Lo creo —observó Seleuco—. Una convicción semejante confiere valor.

—Por supuesto —asintió Tolomeo—. Aristóteles diría que la convicción, o la profecía, produce el acontecimiento.

—Pero ¿qué distingue al verdadero Paladio de las demás estatuas? —preguntó Alejandro.

—El verdadero —declaró el sacerdote en tono solemne— puede cerrar los ojos y sacudir la lanza.

—Eso no es difícil —observó Tolomeo—. Cualquiera de nuestros ingenieros militares sería capaz de construir un juguete de ese tipo.

El sacerdote le fulminó con una mirada y también el soberano sacudió la cabeza.

—¿Hay algo en lo que creas, Tolomeo?

—Sí, sin duda —repuso el joven apoyando una mano en la guarnición de la espada—. En ésta. —Y luego, apoyando la otra en el hombro de Alejandro, agregó—: Y en la amistad.

—Y sin embargo —insistió el sacerdote— los objetos que veis son venerados entre estas sagradas paredes desde tiempos inmemoriales, y los túmulos a lo largo de la orilla recubren desde siempre los huesos de Aquiles, Patroclo y Áyax.

Se oyó un ruido de pasos: Calístenes se había juntado con ellos para visitar el famoso santuario.

—¿Y que dices tú de todo esto, Calístenes? —preguntó Tolomeo yendo a su encuentro y cogiéndole del brazo—. ¿De veras crees que ésa es la armadura de Aquiles? ¿Y que ésta que cuelga de la columna es la cítara de Paris?

Acarició las cuerdas, de las que extrajo un acorde opaco y desentonado.

Alejandro parecía no escuchar ya: miraba fijamente a la joven locria que ahora estaba poniendo aceite perfumado a los velones, miraba sus formas perfectas, en la transparencia del ligero peplo atravesado por un rayo de luz, observaba el misterio que relampagueaba en sus ojos de mirada huidiza y sumisa.

—Todo esto no tiene ninguna importancia, lo sabéis muy bien —replicó Calístenes—. En Esparta, en el templo de los Dioscuros, muestran el huevo del que nacieron los dos gemelos, hermanos de Helena, pero yo creo más bien que se trata de un huevo de avestruz, un pájaro líbico de la altura de un caballo. Nuestros santuarios están llenos de semejantes reliquias. Lo importante es lo que la gente quiere creer, y la gente tiene necesidad de creer, así como también de soñar.

Mientras hablaba, se volvió hacia Alejandro.

El rey se acercó a la gran panoplia de bronce, adornada de estaño y plata, y con los dedos rozó el escudo esculpido a franjas repujadas, con escenas descritas por Homero, y el yelmo adornado con una triple cimera.

—¿Y cómo habría llegado hasta aquí esta armadura? —le preguntó al sacerdote.

—Odiseo la devolvió, presa de los remordimientos por habérsela usurpado a Áyax, y la depositó delante de su tumba como presente votivo, implorando su regreso a Ítaca. Desde entonces fue guardada y conservada en este santuario.

Alejandro se acercó al sacerdote.

—¿Sabes quién soy?

—Sí. Eres Alejandro, el rey de los macedonios.

—Así es. Y soy el descendiente directo, por parte de madre, de Pirro, hijo de Aquiles, fundador de la dinastía de Epiro, y por tanto heredero de Aquiles. Por tanto esta armadura me pertenece, y la quiero.

El sacerdote palideció.

—Señor...

—¡Pero cómo! —exclamó con una sonrisa maliciosa Tolomeo—. Nosotros hemos de creer que ésta es la cítara de Paris, que éstas son las armas de Aquiles construidas por el mismísimo dios Hefesto en persona, ¿y tú no crees que nuestro rey es descendiente directo del pélida Aquiles?

—Oh, no —balbuceó el sacerdote—. El hecho es que se trata de objetos sagrados que no pueden...

—Cuentos —intervino Pérdicas—. Ya mandarás hacer otras armas idénticas. Nadie se dará cuenta de la diferencia. Como puedes ver, a nuestro soberano le son de utilidad y puesto que pertenecían a su antepasado...

Abrió los brazos como queriendo decir: «Una herencia es una herencia».

—Haced que las lleven al campamento. Serán izadas ante el ejército como un estandarte antes de cada batalla —ordenó Alejandro—. Y ahora regresemos, pues la visita ha terminado.

Salieron en pequeños grupos, deteniéndose todavía a mirar a su alrededor, para observar la increíble acumulación de objetos colgados de las columnas y de las paredes.

El sacerdote observó que Alejandro no le quitaba ojo a la muchacha mientras salía del templo por una puertecilla lateral.

—Todas las noches, tras la puesta del sol, se baña en el mar cerca de la desembocadura del Escamandro —le susurró al oído.

El rey no dijo nada y se fue. Poco después el sacerdote, en el umbral del templo, le vio saltar sobre el caballo y alejarse en dirección al campamento a orillas del mar, que hervía de vida como un gigantesco hormiguero.

Alejandro la vio llegar con paso rápido y seguro en la oscuridad, siguiendo la orilla izquierda del río, y detenerse donde las aguas del Escamandro se mezclaban con las olas del mar.

Hacía una noche tranquila y serena, y la luna comenzaba en aquel momento a surgir del mar trazando una larga estela plateada desde el horizonte hasta la orilla. La muchacha se despojó de sus ropas, se soltó los cabellos a la luz de la luna y entró en el agua. Su cuerpo, acariciado por las olas, relucía, semejante al mármol pulimentado.

—Estás hermosa como una diosa, Daunia —murmuró Alejandro surgiendo de la sombra.

La muchacha se sumergió hasta la barbilla y retrocedió.

—No me hagas nada malo. Estoy consagrada.

—¿Para expiar una antigua violación?

—Para expiar cualquier violación. Las mujeres se ven siempre obligadas a sufrir.

El soberano se desnudó y se metió en el agua, mientras ella cruzaba los brazos sobre su pecho para taparse los senos.

—Dicen que la Afrodita de Cnido, esculpida por el divino Praxíteles, se cubre el pecho así, como lo estás haciendo tú. También Afrodita es púdica... No temas nada. Ven.

La muchacha se acercó lentamente, caminando sobre la arena del fondo; a medida que se acercaba, su cuerpo divino emergía goteante del agua, y la superficie del mar descendía para ceñirle los costados y luego el vientre.

—Llévame a nado hasta el túmulo de Aquiles. No quiero que nadie nos vea.

—Sígueme —dijo Daunia—. Espero que seas un buen nadador. —Se volvió hacia un lado, deslizándose sobre las olas como una nereida, una ninfa de los abismos.

La costa formaba una amplia ensenada, iluminada ya por los fuegos del campamento, y terminaba en un promontorio en cuyo extremo se alzaba un túmulo de tierra.

—Lo soy —repuso Alejandro nadando a su lado.

La muchacha se dirigió mar adentro atajando por el medio del golfo, directamente hacia el promontorio. Nadaba con un bracear elegante, ligero y sostenido, casi sin hacer ruido, surcando las aguas como una criatura marina.

—Eres una excelente nadadora —observó Alejandro sin resuello.

—Nací a orillas del mar. ¿Sigues pensando en llegar hasta el promontorio Sigeo?

Alejandro no respondió y siguió nadando hasta que dejó de ver hervir la espuma a lo largo de la playa a la luz de la luna o las olas dilatarse, hasta que éstas lamieron la base del gran túmulo.

Salieron del agua cogidos de la mano, y el rey se acercó a la mole oscura de la tumba de Aquiles. Sentía, o creía sentir, que el espíritu del héroe penetraba en él y le pareció ver a Briseida, la de sonrosadas mejillas, cuando se volvió hacia su compañera, que ahora estaba de pie delante de él en medio de la luz argéntea y buscaba su mirada en la oscuridad.

—Sólo a los dioses le son concedidos momentos como éste —le susurró Alejandro volviéndose para sentir el soplo de la tibia brisa que llegaba del mar—. Aquí se sentó Aquiles a llorar la muerte de Patroclo. Aquí la madre oceánida rindió sus armas, forjadas por un dios.

—Así pues, ¿lo crees? —le preguntó la muchacha.

—Sí.

—Pero, entonces, por qué en el templo...

—Aquí es distinto. Es de noche, y las voces lejanas, ahora ya apagadas, pueden aún oírse. Y tú resplandeces sin velos delante de mí.

—¿De veras eres un rey?

—Mírame. ¿Quién crees que soy?

—Eres el joven que a veces se me aparecía en sueños mientras dormía con mis compañeras, en el santuario de la diosa. El joven al que me gustaría amar.

Se acercó y apoyó la cabeza contra su pecho.

—Mañana partiré, y dentro de unos pocos días tendré que librar una dura batalla. Tal vez venza, o muera.

—Entonces, si quieres, goza de mí, en esta arena tibia aún, y deja que yo te estreche entre mis brazos, aunque luego tengamos que lamentarlo. —Le besó largamente, acariciándole los cabellos—. Momentos como éstos únicamente les son concedidos a los dioses. Y nosotros seremos dioses, mientras dure la noche.

2

Alejandro se despojó de sus ropas hasta quedar desnudo delante del ejército formado y corrió tres veces alrededor de la tumba de Aquiles, según la antigua usanza, y Hefestión hizo lo propio en torno a la tumba de Patroclo.

A cada vuelta, más de cuarenta mil hombres gritaban:

Alalalài!

—¡Qué actor extraordinario! —exclamó Calístenes, en un extremo del campo.

—¿Tú crees? —replicó Tolomeo.

—No me cabe la menor duda. No cree en los mitos ni en las leyendas más de lo que podamos creer tú y yo, pero se comporta como si fueran más verdaderos que la propia realidad. De este modo demuestra a sus hombres que los sueños son posibles.

—Parece que le conozcas muy a fondo —dijo Tolomeo en tono sarcástico.

—He aprendido a observar a los hombres, además de la naturaleza.

—Entonces deberías saber que nadie puede afirmar que conoce a Alejandro. Sus acciones están a la vista de todos, es cierto, pero no son previsibles, ni es siempre posible comprender su significado profundo. Él cree y no cree al mismo tiempo, es capaz de arrebatos amorosos y de arranques irrefrenables de cólera, es...

—¿Qué?

—Distinto. Yo le conocí cuando tenía seis años, y no puedo decir aún que le conozca de verdad.

—Tal vez tengas razón. Pero ahora todos sus hombres creen que él es Aquiles redivivo y que Hefestión es Patroclo.

—En estos momentos incluso se lo creen ellos dos. Por lo demás, ¿no has sido tú quien ha establecido, sobre la base de tus cálculos astronómicos, que nuestra invasión se ha producido el mismo mes en que comenzó la guerra de Troya, exactamente hace mil años?

Alejandro, mientras tanto, se había vuelto a vestir y puesto la armadura, imitado en esto por Hefestión. Ambos montaron a caballo. El general Parmenión ordenó hacer sonar las trompas y Tolomeo, a su vez, saltó sobre la silla.

—He de reunirme con mi sección. Alejandro se dispone a pasar revista al ejército.

Las trompas resonaron una vez más, repetidamente, y el ejército se colocó a la largo de la orilla del mar, cada sección con sus estandartes e insignias.

La infantería contaba con treinta y dos mil hombres en total. En el lado izquierdo había tres mil «portadores de escudo» y siete mil aliados griegos, apenas una décima parte de los que, ciento cincuenta años antes, habían luchado en Platea contra los persas. Llevaban la tradicional armadura pesada de la infantería griega de línea y macizos yelmos corintios que les protegían totalmente el rostro hasta la base del cuello, dejando al descubierto sólo los ojos y la boca.

En el centro estaban los seis batallones de la falange, los pezetairoi: cerca de diez mil hombres. En el lado izquierdo, en cambio, las tropas auxiliares bárbaras del Norte: cinco mil tracios y tribalos que habían aceptado la invitación de Alejandro, atraídos por la soldada y la perspectiva del pillaje. Eran valerosísimos, capaces de las gestas más temerarias, infatigables, y sabían soportar el frío, el hambre y las penalidades. Horribles de aspecto, tenían el pelo rojizo e hirsuto, las barbas luengas, la piel clara y pecosa y el cuerpo cubierto de tatuajes.

Entre estos bárbaros, los más salvajes y primitivos eran los agrianos de las montañas ilirias: no comprendían en absoluto el griego y era necesario utilizar con ellos un intérprete, pero eran de una habilidad sin par a la hora de escalar cualquier pared rocosa utilizando cuerdas de fibras vegetales, ganchos y garfios. Todos los tracios y el resto de las tropas auxiliares del Norte estaban armados con yelmos y coseletes de cuero, pequeños escudos en forma de media luna y largos sables que golpeaban tanto de punta como con el filo. En la batalla se comportaban como fieras, y en el cuerpo a cuerpo se excitaban hasta el punto de arrancar a dentelladas las carnes de sus adversarios. Por último, como para sofrenarlos, venían otros siete mil mercenarios griegos, de infantería pesada y ligera.

En las alas, separada de la infantería, estaba formada la caballería pesada de los hetairoi, dos mil ochocientos en total, a los que se añadían otros tantos jinetes tesalios y cerca de cuatro mil auxiliares, más los quinientos jinetes escogidos de La Punta, el escuadrón de Alejandro.

El rey, montado en Bucéfalo, pasó revista al ejército sección por sección, seguido por sus compañeros. Con él estaba también Eumenes, armado hasta los dientes, incómodo dentro de la coraza ateniense de lino prensado, decorada y con refuerzos de chapas de bronce reluciente como un espejo. Sus pensamientos, a medida que pasaba por delante de aquella multitud, eran más bien prosaicos: mentalmente hacía el recuento de cuánto trigo, cuántas legumbres, cuánto pescado en salazón, cuánta carne ahumada y cuánto vino serían necesarios para dar de comer y de beber a toda aquella gente, y cuánto dinero tendría que gastar a diario para comprar en los mercados todos aquellos víveres; luego valoraba cuánto tiempo durarían las reservas con que contaba.

No obstante, no perdía la esperanza de hacerle al rey, aquella misma noche, unas buenas sugerencias para el éxito de su expedición.

Cuando hubieron alcanzado la cabeza de la formación, Alejandro hizo una señal a Parmenión y el general dio la orden de partida. La larga columna se puso en marcha: la caballería en los flancos, en doble fila, y la infantería en el medio. Tomaron dirección al norte, a lo largo de la orilla del mar.

El ejército se desanudaba como una larga serpiente y el yelmo de Alejandro, rematado por dos largas plumas blancas, se distinguía de lejos.

Daunia se asomó en aquel momento al umbral del santuario de Atenea y se detuvo en lo alto de la escalinata. El joven que la había amado a orillas del mar, en aquella noche perfumada de primavera, parecía ahora un niño, resplandeciente al sol en su armadura en exceso bruñida, demasiado reluciente. No era ya él, no existía ya.

Sintió en su interior un gran vacío al verle alejarse hacia el horizonte. Cuando desapareció del todo, se secó los ojos con un rápido gesto de la mano, volvió a entrar en el templo y cerró la puerta tras de sí.

Entretanto, Eumenes había hecho partir a dos estafetas con escolta, uno dirigido a Lámpsaco y otro a Cícico, dos poderosas ciudades griegas a lo largo de los Estrechos: la primera se alzaba en la costa, la segunda, en cambio, en una isla. Se les volvía a hacer, de parte de Alejandro, el ofrecimiento de la libertad y de un tratado de alianza.

El rey estaba encantado con el paisaje y a cada recodo del camino se volvía hacia Hefestión.

—Mira aquel pueblo, mira aquel árbol, mira aquella estatua...

Todo era nuevo para él, todo le maravillaba, desde los blancos pueblos de las colinas, los santuarios de las divinidades griegas y bárbaras, inmersos en la campiña, hasta el perfume de los manzanos en flor y el verde brillante de los granados.

Aparte de su destierro entre las montañas nevadas de Iliria, aquel era su primer viaje fuera de Grecia.

Detrás de él cabalgaban Tolomeo y Pérdicas, mientras que los demás compañeros estaban con sus soldados. Lisímaco y Leonato cerraban la larga fila, al mando de dos secciones de retaguardia un tanto distantes.

—¿Por qué nos dirigimos hacia el Norte? —preguntó Leonato.

—Alejandro quiere asegurarse el control de la orilla asiática del Estrecho. De este modo nadie podrá entrar o salir del Ponto sin nuestra autorización, y Atenas, que depende de las importaciones de trigo que pasan por aquí, tendrá excelentes razones para seguir siendo amiga nuestra. Además, dejaremos aisladas a todas las provincias persas que se asoman al Mar Negro. Es una jugada inteligente.

—Es cierto.

Prosiguieron al paso, bajo el sol que comenzaba a ascender alto en el cielo. Luego Leonato continuó diciendo:

—Hay una cosa que no entiendo.

—No se puede entender todo en la vida —ironizó Lisímaco.

—Será así, pero explícame tú el por qué de toda esta calma. Hemos desembarcado con cuarenta mil hombres en pleno día, Alejandro ha visitado el templo de Ilión, ha hecho su danza alrededor del túmulo de Aquiles, y nadie nos esperaba. Quiero decir, ningún persa. ¿No lo encuentras extraño?

—En absoluto.

—¿Por qué no?

Lisímaco se volvió hacia atrás.

—¿Ves a esos dos de allí? —preguntó indicando las siluetas de un par de jinetes que seguían la cresta de los montes de la Tróade—. Pues desde el amanecer los tenemos detrás de nosotros, y seguramente no nos perdieron de vista durante todo el día de ayer y tenemos a otros alrededor.

—Avisemos entonces a Alejandro de que...

—Descuida. Alejandro lo sabe muy bien, y sabe también que en alguna parte los persas nos dispensarán un digno recibimiento.

La marcha prosiguió sin problemas durante toda la mañana, hasta el descanso de mediodía. Veíase nada más que labriegos en los campos, ocupados en sus labores, o grupos de niños que corrían a lo largo del camino, gritando y tratando de llamar la atención.

A eso del atardecer acamparon no lejos de Abidos; Parmenión hizo poner centinelas alrededor, a una cierta distancia, y envió por los campos a escuadrones de caballería ligera para evitar ataques por sorpresa.

Apenas hubo sido levantada la tienda de campaña de Alejandro, la trompa llamó a reunión al Consejo y todos los generales se congregaron en torno a una mesa, mientras era servida la cena. Estaba también Calístenes, pero faltaba Eumenes, que había mandado aviso de que se empezara sin él.

—¡Muchachos, aquí se está mucho mejor que en Tracia! —exclamó Hefestión—. El clima es estupendo, la gente parece hospitalaria, he visto lindas muchachas y los persas no incordian. Me parece estar en Mieza, cuando Aristóteles nos llevaba a recoger insectos al bosque.

—No te hagas ilusiones —replicó Leonato—. Lisímaco y yo hemos descubierto a dos jinetes que nos han estado siguiendo durante todo el santo día y seguramente deben de estar merodeando por ahí.

Parmenión, con su estilo de general de la vieja guardia, pidió respetuosamente la palabra.

—No hay necesidad de pedir permiso para intervenir, Parmenión —le respondió Alejandro—. Eres aquí el hombre que cuenta con más experiencia y todos nosotros hemos de aprender de ti.

—Te lo agradezco —dijo el anciano general—. Sólo quería saber cuáles eran tus intenciones para mañana y para el futuro próximo.

—Seguir hacia el interior, hacia el territorio directamente controlado por los persas. Una vez allí no tendrán elección. Habrán de enfrentarse a nosotros en campo abierto y nosotros les batiremos.

Parmenión se quedó en silencio.

—¿No estás de acuerdo?

—Hasta cierto punto. Me enfrenté con los persas durante mi primera campaña y puedo garantizarte que son unos adversarios temibles. Además, pueden contar con un jefe formidable, Memnón de Rodas.

—¡Un griego renegado!

—No. Un soldado de oficio. Un mercenario.

—¿Acaso no es lo mismo?

—No es lo mismo, Hefestión. Hay hombres que han luchado en muchas guerras y se encuentran al final carentes de cualquier convicción e ideal, pero llenos de habilidad y experiencia. Es entonces cuando venden su espada al mejor postor, pero si son hombres de honor, y Memnón lo es, se mantienen fieles a lo pactado, a toda costa. Su patria no es otra que la palabra dada, y a ella se atienen con absoluto rigor.

»Memnón representa para nosotros un peligro, tanto más cuanto que tiene con él a sus tropas. De diez a quince mil mercenarios, todos ellos griegos, todos bien armados y bastante temibles en campo abierto.

—Derrotamos al Batallón Sagrado de los tebanos —observó Seleuco.

—Eso no cuenta —rebatió Parmenión—. Éstos son soldados de oficio, que no hacen otra cosa que combatir, y que cuando no combaten se adiestran para la lucha.

—Parmenión tiene razón —aprobó Alejandro—. Memnón es peligroso y su tropa mercenaria no lo es menos, sobre todo si cuenta con el apoyo de la caballería persa.

Entró en ese momento Eumenes.

—Te sienta bien la armadura —dijo con guasa Crátero—. Pareces todo un general. Lástima que tengas las piernas torcidas y secas y...

Estallaron todos a reír, pero Eumenes se puso a declamar:

No me gusta un general de gallardo porte,

orgulloso de sus bucles y esmerados afeites,

sino uno que sea feo y torcido de piernas,

que se mantenga firme y con un corazón de león.*

—¡Magnífico! —exclamó Calístenes—. Arquíloco es uno de mis poetas favoritos.

—Deja que hable —le hizo callar Alejandro—. Eumenes nos trae noticias que espero sean buenas.

—Buenas y malas, amigo mío. Decide tú por cuál debo empezar.

Alejandro disimuló a duras penas su contrariedad.

—Comienza por las malas. A las buenas uno se acostumbra siempre. Dadle un asiento.

Eumenes se acomodó, quedando no obstante incómodo a causa de la coraza, que le impedía doblarse.

—Los habitantes de Lámpsaco han respondido que se sienten ya lo suficientemente libres y que no necesitan para nada nuestra ayuda. En resumidas cuentas, vienen a decirnos que nos las apañemos solos.

El rostro de Alejandro se había puesto sombrío y se intuía que estaba a punto de estallar en un ataque de cólera. Eumenes prosiguió enseguida:

—Buenas noticias, en cambio, de Cícico. La ciudad se muestra favorable y acepta unirse a nosotros. Y es de veras una buena noticia porque la soldada de todos los mercenarios al servicio de los persas se pagan en moneda de Cícico. Estáteros de plata, para ser más exactos. Como éste.

Y arrojó una reluciente moneda encima de la mesa. La moneda rebotó y se puso a rodar luego sobre sí misma como una peonza hasta que la velluda mano de Clito El Negro cayó para aplastarla con un seco golpe.

—¿Y entonces? —preguntó el general dándole la vuelta entre los dedos.

—Si Cícico bloquea la emisión de moneda hacia las provincias persas —explicó Eumenes—, los gobernadores no tardarán en encontrarse en dificultades. Tendrán que imponer tributos, o bien buscar otras formas de pago nada gratas para los mercenarios. Y lo mismo puede decirse que ocurrirá con sus víveres, con la paga de las tripulaciones de la flota y todo lo demás.

—Pero ¿cómo lo has hecho? —preguntó Crátero.

—Lo cierto es que no he esperado a nuestro desembarco en Asia para moverme —repuso el secretario—. Hace ya un tiempo que estoy en tratos con la ciudad. Desde los tiempos en que vivía aún —bajó la cabeza— el rey Filipo.

Dentro de la tienda se hizo el silencio ante aquellas palabras, como si el espíritu del gran soberano caído bajo el puñal de un asesino en la cima de su gloria aletease entre los presentes.

—Bien —concluyó Alejandro—. Esto de todos modos no cambia nuestros planes. Mañana nos desplazaremos hacia el interior. Iremos a sacar al león de su escondite.

En todo el orbe conocido, nadie contaba con mapas tan precisos y bien hechos como los de Memnón de Rodas. Decíase que eran fruto de la milenaria experiencia de los marinos de su isla y de la destreza de un cartógrafo cuya identidad era guardada en secreto.

El mercenario griego desplegó el mapa sobre la mesa, fijó sus extremos con cuadro candelabros, tomó una ficha de una cajita de juego y la apoyó en un punto entre Dardania y Frigia.

—Alejandro, en estos momentos, se encuentra más o menos aquí.

Los miembros del alto mando persa estaban todos de pie en torno a la mesa, todos en uniforme de combate, con pantalones y botas: Arsamenes, gobernador de Panfilia, y Arsites, de Frigia; luego Reomitres, comandante de la caballería bactriana, Rosaques y el comandante supremo, el sátrapa de Lidia y de Jonia, Espitrídates, un iranio gigantesco de piel aceitunada y ojos negros y profundos, que presidía la reunión.

—¿Qué sugieres? —preguntó este último en griego.

Memnón levantó la mirada del mapa: próximo a la cuarentena, tenía las sienes canosas, los brazos musculosos y una barba muy cuidada, modelada por la navaja barbera, que le confería el aspecto de uno de los personajes representados por los artistas griegos en los bajorrelieves o en las decoraciones de sus vasos.

—¿Qué noticias tenemos de Susa? —preguntó.

—Por ahora ninguna. Pero no conviene esperar refuerzos de importancia antes de un par de meses. Las distancias son enormes y el tiempo que se requiere para el reclutamiento, largo.

—Por tanto hemos de contar únicamente con nuestras propias fuerzas.

—Básicamente sí —confirmó Espitrídates.

—Somos inferiores en número.

—Pero no mucho.

—En la presente situación, quiere decir mucho. Los macedonios tienen una estructura de combate formidable, la mejor sin discusión. Han derrotado en campo abierto a ejércitos de todo tipo y nación.

—¿Así pues?

—Alejandro está tratando de provocarnos, pero yo creo que sería mejor evitar un enfrentamiento frontal. Mi plan es el siguiente. Deberíamos mandar por delante a un gran número de exploradores a caballo que nos tengan constantemente informados de sus movimientos, infiltrar a espías que nos mantengan al corriente de sus intenciones, y a continuación desaparecer de su presencia poniendo tierra quemada de por medio, sin dejar un solo grano de trigo o sorbo de agua potable.

»Escuadrones de caballería ligera tendrían que efectuar continuas incursiones contra los destacamentos que él mande en busca de víveres o forraje para los animales. Cuando el enemigo se halle extenuado por el hambre y el cansancio, atacaremos nosotros con todas nuestras fuerzas, mientras un cuerpo expedicionario naval desembarca en territorio macedonio.

Espitrídates observó largo rato en silencio el mapa de Memnón, se pasó una mano por la poblada barba ensortijada, se dio la vuelta y se fue hacia un balcón que daba a la campiña.

El valle de Zelea era maravilloso: desde el jardín que rodeaba su palacio subía el perfume amarguillo del espino albar en flor y el más dulce y delicado de los jazmines y de los lirios; las blancas copas de los cerezos y de los melocotorenos florecidos, plantas dignas de los dioses, que crecían únicamente en su paridaeza, resplandecían al sol primaveral.

Miró los bosques que cubrían las montañas y los palacios y los jardines de los otros nobles persas reunidos a sus espaldas en torno a la mesa, e imaginó todas aquellas maravillas quemadas por el fuego de Memnón, aquel mar de esmeralda reducido a una extensión de carbones y de cenizas humeantes. Se volvió de golpe y dijo:

—¡No!

—Pero, señor... —objetó Memnón acercándose a él—. ¿Has valorado como es debido las características de mi plan? Yo considero que...

—No es posible, comandante —cortó el sátrapa—. No podemos destruir nuestros jardines, los campos y palacios, y huir. En primer lugar, ello no nos pertenece, y luego sería un crimen infligirle a nuestro propio territorio unos daños peores que los que podría causarles el enemigo. No. Nos enfrentaremos a él y le rechazaremos. Ese Alejandro no es más que un muchacho presuntuoso que se merece que se le dé una dura lección.

—Te ruego que tengas en cuenta —insistió Memnón— que en esta zona están también mi casa y mi hacienda y que estoy dispuesto a sacrificarlo todo en aras de la victoria.

—Tu honestidad no está en duda —replicó Espitrídates—. Lo único que digo es que tu plan es irrealizable. Repito, lucharemos y rechazaremos a los macedonios. —Se volvió hacia los demás generales—. A partir de este momento, todas las tropas estarán en estado de alerta y vosotros tendréis que llamar de la reserva hasta el último hombre en condiciones de luchar bajo nuestras banderas. No nos queda mucho tiempo.

Memnón sacudió la cabeza.

—Es un error, y ya os daréis cuenta de ello. Mucho me temo que sea entonces demasiado tarde.

—No seas tan pesimista —dijo el persa—. Trataremos de hacerles frente desde una posición ventajosa.

—¿Es decir?

Espitrídates se inclinó sobre la mesa, apoyándose en el brazo izquierdo, y comenzó a explorar el mapa con la punta del índice de la mano derecha. Se detuvo en una línea serpenteante azul, para indicar un río que corría hacia el norte, en el mar interior de la Propóntide.

—Yo diría que aquí.

—¿En el Gránico?

Espitrídates asintió.

—¿Conoces la zona, comandante?

—Bastante.

—Yo la conozco bien porque fui allí de caza en varias ocasiones. El río, en este punto, tiene unas orillas escarpadas y arcillosas. Difíciles, por no decir imposibles, para la caballería; más bien impracticables para la infantería pesada. Les haremos retroceder, y esa misma noche estáis todos invitados a un banquete aquí, en mi palacio de Zelea, para festejar nuestra victoria.

3

Memnón regresó entrada la noche a su palacio: una magnífica construcción de estilo oriental en la cima de la colina, rodeada de un parque con animales salvajes de todo tipo y de una vasta posesión con casas, ganado, campos de cultivo de trigo, viñedos, olivos y árboles frutales.

Desde hacía años vivía con los persas igual que un persa, y había tomado por esposa a una noble persa, Barsine, hija del sátrapa Artabazo, una mujer de increíble belleza, de piel oscura, con unos larguísimos cabellos negros y formas sinuosas, agraciadas, de gacela de la meseta.

Sus hijos, dos varones, el uno de quince y el otro de once años, hablaban con gran soltura tanto la lengua de su padre como la de su madre y habían sido educados en ambas culturas. Como muchachos persas estaban acostumbrados a no mentir jamás, por ningún motivo, y a practicar el tiro con arco y la equitación; como muchachos griegos tenían el culto al valor y al honor en el combate, conocían los poemas homéricos, las tragedias de Sófocles y de Eurípides, así como las teorías de los filósofos jónicos. Tenían la piel aceitunada y el pelo negro de la madre, el cuerpo musculoso y los ojos verdes del padre. El primero, Eteocles, tenía un nombre griego; el segundo, Fraates, un nombre persa.

La casa de campo se alzaba en el centro de un jardín iranio cultivado y cuidado por jardineros persas, con plantas y animales exóticos, incluidos los maravillosos pavos reales de Palimbotra, una ciudad casi legendaria a riberas del río Ganges. En su interior había esculturas persas y babilonias, antiguos bajorrelieves hititas que Memnón había hecho recoger en una ciudad abandonada de la meseta, espléndidos servicios de mesa de cerámica ática de festín, bronces de Corinto y de la lejana Etruria, esculturas de mármol de Paros pintadas de vivos colores.

En las paredes había cuadros de los más variados pintores de la época: Apeles, Zeuxis, Parrasio, con escenas de caza y de batalla, pero asimismo representaciones mitológicas de las aventuras de los héroes hechos famosos por la tradición.

Todo, en aquella casa, era una mezcla de culturas diversas; no obstante, la impresión que tenía el visitante era de una singular y casi incomprensible armonía.

Dos siervos salieron al encuentro de su señor, le ayudaron a despojarse de la armadura y le condujeron a la estancia del baño para que pudiera resfrescarse antes de la cena. Barsine le alcanzó llevándole una copa de vino fresco y se sentó para hacerle compañía.

—¿Qué noticias hay de la invasión? —le preguntó.

—Alejandro marcha en estos momentos hacia el interior, probablemente con el propósito de provocarnos a un choque frontal.

—No quisieron hacerte caso, y ahora tenemos al enemigo a las puertas de nuestras casas.

—Nadie creía que ese muchacho se atrevería a tanto. Creíamos que la guerra en Grecia iba a tenerle ocupado durante largos años desgastando sus fuerzas. Una previsión completamente errónea.

—¿Qué clase de hombres es? —preguntó Barsine.

—Parece que resulta difícil definir su carácter. Es muy joven y apuesto, impetuoso y pasional, pero, según se dice, en presencia del peligro se vuelve frío como un témpano de hielo, capaz de valorar con increíble distanciamiento las situaciones más delicadas e intrincadas.

—¿Y no tiene ningún punto flaco?

—Le gusta el vino, le encantan las mujeres, pero al parecer no tiene más que un sólo afecto estable, su amigo Hefestión, que probablemente es para él más que un amigo. Se dice que son amantes.

—¿Está casado?

—No. Partió sin dejar herederos al trono de Macedonia. Antes de irse, dicen que se despojó de todas sus propiedades en favor de sus íntimos.

Barsine hizo una señal a sus doncellas para que se alejaran y se ocupó personalmente del marido que salía del baño. Tomó un paño de suave lino jónico y lo envolvió en torno a sus hombros para secarle la espalda. Memnón seguía contando cosas de su enemigo:

—Se cuenta que uno de estos íntimos le preguntó: «¿Para ti qué es importante?». «La esperanza», fue la respuesta de Alejandro. Es difícil creerlo, pero lo que resulta evidente es que el joven soberano es ya una leyenda. Y esto es un problema, pues siempre resulta arduo luchar contra un mito.

—¿De veras no tiene una mujer? —preguntó Barsine.

Una doncella se llevó el paño húmedo y otra ayudó a Memnón a ponerse las vestiduras para la cena: un quitón largo hasta los pies, azul, recamado en plata en los bordes.

—¿Cómo es que tienes tanto interés?

—Porque las mujeres son siempre el punto flaco de un hombre.

Memnón tomó del brazo a su esposa y fue hasta el comedor, donde estaban puestas las mesas a la manera griega ante los lechos de convite.

Tomó asiento y una doncella le escanció un poco de vino fresco y ligero, sacado de una magnífica crátera corintia de doscientos años de antigüedad, que descansaba sobre la mesa central.

Memnón señaló un cuadro de Apeles que colgaba de la pared precisamente delante de él y que reproducía una escena de amor muy atrevida entre Ares y Afrodita.

—¿Te acuerdas de cuando Apeles vino aquí para pintar ese cuadro?

—Sí, me acuerdo muy bien —repuso Barsine, que se recostaba siempre de espaldas a aquella obra, al no haberse podido acostumbrar nunca al descaro de los griegos y a su modo de representar la desnudez.

—¿Y te acuerdas de la modelo que posaba para él como Afrodita?

—Por supuesto. Era estupenda, una de las mujeres más espléndidas que haya visto yo jamás, digna de personificar a la diosa del amor y de la belleza.

—Pues era la amante griega de Alejandro.

—¿Hablas en serio?

—Así es. Se llama Kampaspe, y cuando se desnudó ante Alejandro por vez primera, él se quedó tan fascinado que mandó llamar a Apeles para que la pintara desnuda. Pero luego se dio cuenta de que el pintor se había enamorado perdidamente de ella. Cosas que pasan entre un artista y su modelo. ¿Y sabes qué hizo? Pues se la regaló, pero, eso sí, a cambio quiso el cuadro. Alejandro no se deja subyugar por nada, ni siquiera por el amor, me temo. Es peligroso, te digo.

Barsine le miró a los ojos.

—¿Y tú? ¿Te dejas vencer por el amor?

Memnón le devolvió la mirada.

—Es el único adversario por el que acepto ser derrotado.

Se presentaron los hijos para despedirse antes de irse a la cama y besaron tanto al padre como a la madre.

—¿Cuándo nos llevarás contigo a la batalla, papá? —preguntó el mayor de ellos.

—Aún falta —repuso Memnón—. Tenéis que crecer. —Y luego, cuando se hubieron alejado, añadió, bajando la cabeza sobre el pecho—: Y decidir de qué bando queréis estar.

Barsine permaneció en silencio unos momentos.

—¿En qué pien ...