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ALMAS EN JUEGO

Guillermo Ferrara  

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Fragmento

Cuando la muerte se precipita sobre el hombre, la parte mortal se extingue; pero el principio inmortal se retira y se aleja sano y salvo.

PLATÓN

El actor que muere en la escena cambia de máscara y reaparece en otro papel, pero verdaderamente no ha muerto. Morir es cambiar de cuerpo como cambian de máscara los actores.

PLOTINO

Nuestra condición es como la del que está en la oscuridad tratando de adivinar lo que es la luz. No tiene otra manera. La oscuridad es una forma muy tenue de luz. Es la condición del mínimo posible de luz. Donde no hay ninguna luz, no hay tal cosa como oscuridad. La luz podrá ser más allá del poder de nuestros ojos para alcanzarla.

OSHO

El oponente puede ser tu mejor aliado porque sacará lo mejor de ti. Una vez que tengas la victoria serás un alma más fuerte, inteligente y despierta por haber pasado su prueba.

PRINCIPIO CABALÍSTICO

El último misterio es uno mismo. Cuando se pesa el sol en la balanza, se miden los pasos de la luna y se trazan los siete cielos estrella por estrella, aún queda uno mismo. ¿Quién puede calcular la órbita de su propia alma?

Recibe antes que nadie historias como ésta

OSCAR WILDE

El hombre es superior a las estrellas si vive en el poder de la sabiduría suprema. La persona que domina el cielo y la tierra con su voluntad, es un mago, y la magia no es brujería sino sabiduría suprema.

PARACELSO

El hombre habla de aquello que sabe; ve aquello que conoce; sabe lo que ocurrió ayer; conoce lo visible y lo invisible; por medio de lo mortal aspira a lo inmortal.
De esta suerte está dotado el hombre.

AITAREYARANYAKA, II, ILL. 2

Escoge una persona que te mire como si fueras magia.

FRIDA KAHLO

Esotéricamente, el ahorcado es el espíritu humano que está suspendido del cielo por un solo hilo. La sabiduría, no la muerte, es la recompensa por este sacrificio voluntario durante el cual el alma humana, suspendida sobre el mundo de la ilusión y meditando en su irrealidad, es recompensada por el logro de la autorrealización.

MANLY P. HALL

Nota del autor

Éste es un libro que intenta recuperar parte del conocimiento ancestral que ha sido censurado. Es de utilidad atravesar sus páginas con la mente abierta a nuevas posibilidades, buscando activar un recuerdo olvidado en el tiempo.

Todos los datos científicos e históricos aportados en esta obra son reales, como las investigaciones sobre los descubrimientos de Nikola Tesla y el Mapa de la Multiplicación, las prácticas de Pitágoras en la Grecia antigua, el Trinity College de Dublín, asimismo las medidas de monumentos, calles y fechas históricas de la actualidad.

Los nombres de científicos sobre los estudios de la inteligencia artificial, los personajes asesinados, los estudios sobre los componentes de la sangre, las sociedades secretas y los rituales de alta magia, son también reales.

Los argumentos hipotéticos del pasado están basados en diversas teorías que se han barajado a lo largo de los siglos por varios historiadores y buscadores de la verdad que no necesariamente se adhirieron a la historia preestablecida.

La imaginación del lector que esté orientado a despertar e iniciarse a sí mismo determinará hasta dónde llega la ficción y qué es real.

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Vancouver, Columbia Británica, Canadá
En la actualidad

Los cuatro hombres que permanecían en aquel dormitorio de finos muebles llevaban capuchas en la cabeza y una túnica medieval color ébano larga hasta los pies.

Estaban descalzos, quizá porque lo que iban a realizar era un extraño ritual o bien porque no querían dejar las huellas de sus zapatos. La tenue luz de cuatro velas encendidas sobre un pequeño altar temporal hacía danzar las sombras de sus cuerpos reflejadas en la pared como sinuosos pilares de un templo.

Frente a ellos, un hombre con una soga al cuello colgada de una fuerte lámpara de techo se encontraba de pie sobre una silla que costaría más de quinientos dólares, tapizada en terciopelo azul y ribetes rojos, la cual sostenía su vida literalmente de un hilo. Se apoyaba de puntillas con los pies desnudos igual que todo su cuerpo.

El hombre estaba fuertemente atado con cinta de embalaje en las rojizas muñecas detrás de la cintura. Tenía la cara ligeramente morada por la presión de la cuerda en su garganta, el mentón hacia abajo debido al peso de su cabeza con la que observaba de costado como un borracho buscando la salida del bar. Los ojos apuntaban a la única ventana que daba a la calle y desde donde nadie podía verlo ya que uno de los encapuchados se había encargado de cerrar las cortinas.

Otro de aquellos hombres sacó una especie de aparato para realizar tatuajes y comenzó a escribir con tinta azul sobre el brazo derecho del sujeto. Sin ninguna delicadeza, taladró una frase en menos de cinco minutos. A juzgar por la manera en que lo hizo, se notaba que era un experto en el arte de tatuar sobre la piel humana.

Al finalizar secó las gotas de sangre que se deslizaron como una sutil y premonitoria catarata de la muerte que cabalgaba en dirección hacia él.

En un pequeño estuche guardó los elementos que utilizó y los cuatro encapuchados se reunieron para hablar algo en privado unos pasos más atrás, justo delante de una pequeña mesita con un costoso jarrón de porcelana japonesa.

El amenazado se sintió vulnerable. No había sentido dolor alguno. Tenía los azules ojos entreabiertos. Sobre la frente sudorosa le caía un mechón de su abultada cabellera negra que normalmente llevaba prolijamente peinada hacia atrás. En un instante de lucidez dedujo que le habían colocado un tranquilizante en la última bebida que había llevado a sus labios.

Su memoria danzó en la habitación de los recuerdos y vio cómo, minutos antes, los cuatro hombres lo invitaban a beber un whisky de doce años de añejo, que uno de ellos había llevado para celebrar un descubrimiento científico.

“Me drogaron. ¡Traidores!”, alcanzó a pensar.

No pudo articular las palabras porque le habían amordazado la boca para que no gritara.

La ira corrió como un disparo eyaculatorio por la sangre entintada en adrenalina. Se sintió impotente. Aquélla era su propia casa. No podía morir engañado de semejante manera. Era un hombre rico y había descubierto algo demasiado valioso para no poder gozar el éxito que le vendría una vez que el mundo lo supiera. Era el logro de toda una vida de investigaciones.

Hizo un último e impotente intento para quitarse lo que sujetaba sus muñecas.

Fue en vano.

Respiró profundo. Pensó en las consecuencias de su trabajo.

“¡Cómo no lo vi venir! —razonó—. Debí suponer que el veneno de la envidia iba a infectarlos. Robarán mi hallazgo. Estoy perdido.”

La mente de J. J., tal como lo conocían, estaba empezando a funcionar mejor a medida que el tranquilizante disminuía su efecto y el filo de la muerte se aproximaba.

Se escucharon los acelerados pasos de uno de los hombres que subió casi corriendo la escalera desde la planta baja de la casa.

—Dejé todo limpio. No hay rastros de huellas o documentación —dijo con marcado acento del norte de Inglaterra.

Los otros tres se miraron a los ojos, los cuales eran negros como el petróleo. El hombre que todavía sostenía la máquina de tatuar, giró su flaco y blanco rostro marcado por una antigua cicatriz en la mejilla. Aquella cicatriz era el estigma de su pasado delictivo, inconsciente y sin sentido, antes de lo que el encapuchado conoció como “El Propósito”.

* * *

Era la hora.

El reloj de pared con números romanos marcaba dos minutos antes de las seis de la tarde.

El hombre de la cicatriz se aproximó a la silla. Le dio una vuelta al indefenso amordazado, cual tiburón antes de iniciar el ataque. Tomó plena conciencia de la maniobra que estaba por ejecutar y de las consecuencias positivas que traería para todo el grupo que era fiel a El Propósito.

Verdugo y víctima se dirigieron una última mirada a los ojos. Las azules pupilas de J. J. gritaban en silencio impotentes.

“¡Es mi descubrimiento!”, intentó decir, pero sólo se escucharon balbuceos inconexos.

El encapuchado lo observó con ironía en la mirada.

—Gracias por todo —dijo.

Se colocó tras su espalda y de una patada seca, cargada de furia, odio y resentimiento, arrojó la silla que sostenía a J. J. varios metros hacia la pared.

Los instantes siguientes fueron la desesperada lucha de un hombre intentando apoyarse en el vacío. Ni aquellos encapuchados ni las leyes de la física lo permitirían.

Su último pensamiento fue en Jesús.

La mente de J. J. se preguntó cómo habría podido caminar sobre el agua. Y al parecer el apóstol Pedro también. Aunque sea unos pasos antes de hundirse debido al temor que lo invadió.

A lo largo de la historia, nadie había podido hacer algo igual a aquella proeza realizada por el llamado hijo del Hombre. Aunque al parecer el mismísimo Cristo había prometido que “esas y otras cosas superiores a Él cualquiera podía hacerlas si tuviera un poco de fe”.

Lo cierto era que ni los sucesivos papas ni místicos lo habían logrado. Ni convertir el agua en vino ni dar la vista a los ciegos.

“¿Por qué tengo estos extraños pensamientos en estos momentos?”, se preguntó, consciente de que iba a morir.

La proximidad de la muerte aceleraba todos los sentidos.

“Tendría que haber dejado un manual para hacer milagros.”

J. J. era un hombre religioso a su manera. Un individuo rico que además de su casa y su fortuna, también había heredado el culto ancestral irlandés de sus padres y hermanas.

“¿Quizá Jesús habría dejado ese manual y se perdió? ¿O lo ocultaron?”

J. J. se sorprendió por la velocidad de sus pensamientos en sus últimos momentos.

Se aferró a sus cortas y jadeantes respiraciones. Sintió el cuello como un embudo cada vez más pequeño. Un espiral que rebobinaba la vida en sentido inverso.

Debido a que J. J. se había destacado en su empresa por ser un brillante matemático y un lúcido creativo de la física cuántica le vinieron números después de aquellas frases. Como flashes de colores: 10, 9, 8… Respiró con dificultad, pataleó con desesperación ante la mirada impávida de los cuatro hombres llenos de morbo al ver a aquel hombre bajo su poder.

4, 3, 2, 1…

El cero fue un alivio.

La extraña liberación de su cuerpo físico comenzó a llenar su conciencia de una expansiva sensación de profunda libertad.

Exhaló su último aliento y dejó de pertenecer al planeta Tierra.

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Vancouver, Columbia Británica, Canadá
En la actualidad

Caminé hacia mi Jeep en el estacionamiento del supermercado y coloqué en el maletero de la camioneta las tres bolsas de alimentos.

Caía la tarde y vi a lo lejos el cielo teñido de anaranjado tras las montañas de picos nevados. Respiré profundo aquel aire puro y antes de subir contemplé con detenimiento la belleza del lugar. Encendí el motor y conduje hacia mi casa luego de haber terminado mi jornada de trabajo en la jefatura policial.

Desde hacía años colaboraba para resolver extraños casos que escapaban a los recursos policiales avanzados, homicidios y asesinatos en extrañas circunstancias. En realidad mi trabajo se había iniciado más de diez años atrás, después de que unos peculiares fenómenos psíquicos se activaron en mi mente. Desde aquel momento comencé a ir más allá de la visión del común de los mortales.

Los estudiosos llamaban a los casos como el mío IEI, “Individuo empático intuitivo”. Eso significaba una larga lista de diferencias con las personas menos sensitivas, ya que a nosotros nos afectan las energías de la gente y tenemos una capacidad innata de sentir intuitivamente y percibir el mundo emocional de los demás. En realidad, va mucho más allá de la simple empatía que mucha gente posee. En ocasiones de profundo trance era, ni más ni menos, una puerta abierta al conocimiento universal en una biblioteca mental que se abría y desde donde podía obtener información.

Aquella facultad psíquica, que la mayoría de los seres humanos ni remotamente sospecha que posee dormida en su interior, era sumamente importante para los servicios secretos de los países poderosos como Inglaterra, Israel, Estados Unidos, Rusia o Canadá y detectaban desde adolescentes a las personas que tuvieran activos aquellos dones. Muchas veces este don (que al mismo tiempo era un inconveniente) había hecho que pudiera percibir los deseos, sueños, pensamientos y estados de ánimo de otras personas como si fueran míos. Los empático-intuitivos podemos percibir sensibilidades físicas e impulsos espirituales, así como simplemente saber las motivaciones e intenciones de los demás.

En mi caso, mi mente tenía activo en estado de profunda meditación lo que los científicos llaman PES o percepciones extra sensoriales, mi conciencia estaba abierta a la telepatía, la clarividencia y la premonición. Al principio fue sorprendente y, hasta si se quiere, mágico. Poco a poco lo incorporé como algo normal, ya que para mí fue progresivo. Conocía casos de personas que despertaban estas facultades genéticas latentes y ocultas del ADN por medio de la caída de una escalera o de un momento imprevisto de miedo, por la fuerza magnética de un elevado amor, por la prolongada actividad sexual mística, por la práctica constante de meditación e incluso sabía de niños que actualmente ya nacían de esta manera. Aquello era parte de la inevitable evolución genética humana, del mismo modo que un teléfono inteligente de la actualidad avanza año con año en su programa operativo y sus funciones.

En teoría —me habían dicho unos especialistas británicos que me diagnosticaron hace años—, es un don que está latente en los seres humanos, pero casi nadie sabe que lo posee.

Estaba a pocas calles de llegar a mi casa cuando sonó mi teléfono celular. Activé el manos libres y respondí.

—Parker, ¡repórtate de inmediato! —ordenó mi jefe con voz seca.

—¿Qué sucedió, teniente?

—Tienes que regresar ahora mismo —ordenó.

—¿A la jefatura?

—No. Te enviaré la dirección exacta.

—De acuerdo, allí estaré.

Casi de inmediato apareció la localización del sitio en mi WhatsApp, hundí el dedo en el link y mi GPS me indicó la ruta. Llegaría en catorce minutos.

Giré el volante en sentido inverso rumbo a la zona oeste, un barrio con las mejores casas de clase alta en las montañas de Vancouver.

Conduje con precaución y activé el limpiaparabrisas del coche debido a la fina llovizna que comenzaba a caer.

Aquella ciudad era mi residencia desde hacía un año, después de que me habían transferido por un pedido especial del Servicio de Investigaciones del Reino Unido (digamos que fue una extraña alianza entre naciones como quien cambia jugadores de futbol de un club a otro). Lo cierto, para mí, que había nacido en Irlanda y que extrañaba un poco el olor de la historia en las empedradas calles de Dublín, los cantos en los bares y los castillos medievales, es que aquella joven ciudad se me hacía fría y distante de todo el mundo. De todos modos siempre sospeché que, como en Canadá había menos trabajo policial, me habían transferido de mi trabajo en Londres para no destapar ciertos casos que no convenían a los intereses ocultos de ciertas logias secretas de personas poderosas.

Eran ya las siete y cuarto de la noche al pasar por el majestuoso Stanley Park, un frondoso bosque natural de un diámetro que supera con creces al Central Park de Nueva York, y cuyo suelo estaba alfombrado en aquel otoño por coloridas hojas de los árboles, una amalgama de anaranjados, amarillos y ocres. Pasé el famoso Puente de los Leones y doblé hacia la izquierda para subir a la zona oeste.

Aceleré aprovechando el espacio sin tráfico y el rugido del motor de mi Jeep tronó con fuerza sobre el puente.

“¿Qué habrá pasado?”

Conduje velozmente durante poco más de seis o siete minutos por las ondulantes calles ascendentes en la montaña del elegante barrio de British Properties. Al llegar vi tres patrulleros y media docena de agentes de policía con cordones amarillos delimitando la zona.

Bajé rápidamente del coche y mostré mi placa de investigador privado.

Muchos policías ya me conocían, pero aun así les molestaba que invadiera su territorio. Mi presencia simbolizaba que ellos habían llegado a sus propios límites y necesitaban ayuda extra.

—Me llamaron, ¿qué sucedió? —le pregunté al oficial.

—Al parecer un suicidio. Un sujeto apareció ahorcado.

Miré las pequeñas pupilas de mi interlocutor, un obeso agente que sólo quería dar el parte policial lo más rápido posible para ir en busca de cerveza, hamburguesas y ver el partido deportivo de la noche.

—¿Quién le llamó? —me preguntó.

—El teniente Bugarat —respondí.

Me miró de arriba abajo.

—Pase.

Para el teniente Richard Bugarat yo era una especie de “Google místico”, un buscador humano que permitía saltar los límites del intelecto y las pericias policiales. En numerosos casos me hizo colaborar también con la policía de otras ciudades descubriendo las pistas ocultas de los crímenes.

Subí rápidamente la entrada de ladrillos rojizos y entré a aquella casa con sigilo. Era el hábitat de una persona rica. Todo estaba ordenado y pulcramente acomodado. Era notorio ver cómo la decoración de una casa dice mucho de la mente de quienes viven en ella. Allí las paredes barrocas me hicieron deducir a simple vista que había más muebles de los necesarios para mantener el equilibrio con el espacio vacío. En las esquinas dos cómodos sofás de cuero marrón, paredes repletas de fotos únicamente en blanco y negro, todas con los marcos de igual tamaño (lo cual hablaba de una persona monótona, meticulosa y ordenada); la sala principal lucía una larga mesa de fina madera rústica con una docena de sillas tapizadas en color mostaza. Olía a cuero y tabaco. Me asomé detrás del ventanal que daba a un amplio jardín cubierto de añejos y altos árboles de gruesas raíces, luego me giré hacia una costosa biblioteca tanto por la fina madera de oscuro roble como por los libros y enciclopedias de tapa dura que la enriquecían. Distinguí actuales libros de finanzas, como también una extensa sección dedicada a la investigación científica y la tecnología. Pasé los dedos lentamente por los gruesos lomos de los ejemplares al tiempo que leía velozmente los títulos. Me detuve al observar un particular apartado que llamó mi atención, dedicado únicamente a la literatura esotérica. Varios ejemplares de estudios del sabio y matemático griego Pitágoras unidos a los místicos más contemporáneos como Alice Bailey y Alan Watts, además de las obras completas de La doctrina secreta, de Helena Blavatsky, y Las enseñanzas secretas de todos los tiempos, de Manly P. Hall, cuyos voluminosos ejemplares se agrupaban en estricto orden junto a los líderes de la superación personal como Dale Carnegie y Napoleon Hill.

“Por sus libros los conocerás”, pensé.

Sin duda aquélla era una poderosa combinación literaria.

Caminé hacia mi derecha donde una pomposa escalera en caracol con los escalones alfombrados en color beige conducía al primer piso. Desde lo alto se asomó el teniente Bugarat.

—¡Parker, por aquí, rápido! —ordenó.

Hizo una seña para que apurara el paso.

“¿Cuándo comprenderá el teniente que cuanto más sigiloso me muevo más cosas percibo?”

Toqué con la punta de los dedos el fino barandal de madera lustrada, seguramente allí estaban las huellas, energía y sensaciones de quien, al parecer, se había quitado la vida.

El teniente me estrechó la mano por protocolo. Aun así, sentí su fuerza en los nudillos y la humedad de los guantes de plástico, como si quisiera recordarme que él era un hombre duro, firme y terco.

—¿Qué sucedió? —pregunté.

—Lo encontramos con una soga alrededor del cuello.

Me giré y vi un cadáver totalmente desnudo, con los pies en el aire y la cabeza de costado, su rostro tenía los rasgos de un hombre preocupado por algo. A tres metros hacia la derecha, la silla desde la cual el occiso habría saltado parecía también estar sin vida sobre la alfombra de arabescos rojizos.

Di una vuelta por la habitación. Ése era su dormitorio. La cama estaba impecable, no había rastros de robo o forcejeos. El hombre se veía en buena condición física.

—¿Qué edad tenía?

—Todavía no lo hemos podido identificar, pero supongo que alrededor de unos cuarenta, como tú.

—Cuarenta años —dije en voz baja—; estuvo vivo en la tierra exactamente durante catorce mil días.

El teniente no me escuchó.

Observé nuevamente el rostro del ahorcado, sin duda el sujeto se veía un poco más avejentado que yo.

—Ya no dará más vueltas al sol —murmuré.

—¿Cómo dices?

—Cuarenta vueltas —dije, haciendo un pequeño círculo en el aire con mi mano—, sólo pudo dar cuarenta vueltas al sol.

El teniente siempre me vio como alguien excéntrico y eso no le gustaba. A menudo yo pensaba: ¿qué tenía de anormal contar los años como vueltas al sol en vez de juzgar por el cálculo matemático para ocultar así el miedo a la vejez como mucha gente lo hacía? Las vueltas al sol eran definitivamente más saludable y consciente que contar los años. Uno tomaba más conciencia… ¿cuántas vueltas he dado y cuántas me quedarán por dar?

Al contrario, para el teniente Bugarat, conservador, metódico y ordenado, mis pensamientos fuera de todo lo que traspasara la línea de lo racional lo hacían verme como raro, un outsider.

Me aproximé al rostro del cadáver y observé sus pupilas. Era bastante alto, mediría un metro ochenta, unos cinco centímetros más bajo que yo.

—¿Estaba enfermo? ¿Tenía deudas? ¿Algún problema emocional? —pregunté.

—No lo sabemos todavía. Pedí que rastreen su identificación.

—¿Vivía con su familia?

—Al parecer vivía solo a pesar de que toda su casa está llena de fotos con sus padres. No hemos encontrado ni documentación ni su teléfono —dijo el teniente.

“Qué extraño —pensé—. La mayoría de las personas de la actualidad tienen siempre consigo su smartphone hasta para ir al baño.”

—Ya veo, ni teléfono ni credenciales. A juzgar por su casa, estaba en buena posición económica —razoné.

—Así es. Esto es lo que me intriga, observa aquí.

El teniente Bugarat señaló hacia el ahorcado. Su mano derecha había quedado esposada a un maletín de cuero negro.

Observé el nexo entre el maletín y el rostro del difunto. Sin duda había una extraña conexión entre el sujeto y el objeto.

—¿Qué tiene dentro? —pregunté.

—No lo hemos podido abrir.

Me giré por la habitación.

—De acuerdo. Ahorcado y con un maletín —reflexioné—. Sin duda intentaba protegerlo. ¿Dónde escondería la llave?

Aquel dormitorio no contaba con muchos lugares. Deslicé las manos debajo de las almohadas, eché un vistazo al colchón. Abrí su armario y metí la mano en algunos bolsillos de su ropa.

Luego de buscar por varios minutos supuse que la llave del maletín no estaría allí.

De improviso mi mente se agudizó. Empecé a sentir una especie de calor en la frente como siempre que algo extrasensorial empezaba a manifestarse.

Me giré en seco.

Caminé hacia un llamativo jarrón de porcelana. Me detuve un instante antes de meter la mano dentro.

Mis dedos sintieron el impacto con algo frío.

“Una llave.”

La saqué con cuidado y se la mostré al teniente.

Bugarat hizo una mueca con las manos.

Le lancé la llave.

Bugarat la asió como si fuera el balón de la final de la NBA y con cuidado la introdujo en el maletín. A continuación, apretó lentamente los cerrojos. ¿Y si había explosivos? El teniente pareció captar mi pensamiento y siguió adelante, quizá porque ya se había acostumbrado a mi intuición. Se lanzó con valentía y abrió los seguros. ¡Clap!, se escuchó al bajar la tapa. Inmediatamente una lluvia de monedas cayó y el impacto del metal en el suelo me hizo recordar cuando de niño rompí mi primera alcancía.

A simple vista había mucho dinero y papeles. El teniente parpadeó rápidamente y después de revisarlo evaluó el contenido.

—Calculo que habrá unos treinta mil dólares en billetes y más de trescientos dólares en monedas —dijo el teniente.

Agudicé la vista.

—Teniente, ¿qué caso tiene suicidarse con un maletín lleno de dinero en las manos?

Hubo un silencio.

El teniente levantó sus ojos de águila clavándolos en los míos.

—Para eso te he mandado llamar, Parker, para que lo averigües.

No presté atención a sus palabras pero sí a los papeles que había dentro. Tenían símbolos, como si fueran combinaciones de alquimia antigua, dibujos como los que Leonardo hacía en el Renacimiento y otros de la más avanzada tecnología actual. Pude ver hojas con dibujos en lápiz negro, unos como si fueran los planos de una construcción, otros entremezclaban círculos, dragones como los de los caballeros templarios y las leyendas artúricas, vasijas sobre llamas de fuego, combinaciones alquímicas de metales y fórmulas matemáticas. Dentro del maletín también había unos gastados y antiguos pergaminos en color ocre escritos en letras que parecían una mezcla de hebreo, griego antiguo y jeroglíficos primitivos.

Sin duda eran extraños dibujos.

Al momento de terminar de verlos, mis ojos pusieron toda su atención en el reborde de su brazo derecho.

—Tiene un tatuaje —dijo el teniente.

—Así es —respondí—. A juzgar por el rojizo de la piel, recién se lo acababa de hacer.

Fruncí el ceño y agudicé la mirada en las letras tatuadas.

—Creo que es una inscripción en latín —afirmé, al tiempo que las leía en voz alta.

Nostis qui olim eratis.
Qui nunc in te sunt,
Et erit in posterum.

Bugarat me miró desconcertado.

Negué con la cabeza.

—Teniente, supongo que no me pedirá que también sepa latín.

Hizo una mueca con la boca.

El teniente se aprovechaba de que mi reputación era muy buena para Scotland Yard, ya que mis antecedentes me apuntaban con el inquisidor dedo índice como si fuera un sabelotodo. Quizá por ello muchas veces el teniente tiraba más de la cuerda.

Resignado, tomó el teléfono celular del bolsillo interior de su traje y tecleó el traductor de Google latín-español.

De inmediato leyó la traducción en voz alta:

Conoce quién has sido en el pasado,
quién eres ahora y
lo que serás en el futuro.

—¿Alguna idea, detective Parker?

Inhalé profundo.

—Sin duda una frase metafísica y existencial.

—Eso ya lo veo, pero no tienes nada que…

El teniente hizo un gesto con sus manos por sobre su cabeza, casi a modo de burla, alegando a mi don de captar lo intangible.

“¿Por qué algunas personas sin la mente abierta, que no comprendían algo más allá de lo racionalmente aceptable, lo negaban en vez de adentrarse a profundizar y acceder a más información?”

Yo llamaba a eso pereza intelectual y limitación espiritual.

Hice oídos sordos a esos pensamientos ya que no estaba allí para cambiar a nadie, sino para intentar dar respuestas, así que me giré para observar con detalle todo el dormitorio. Retrocedí sigilosamente varios pasos hacia la pared para ver el cuadro completo de la habitación.

Comenzaron a llegarme sensaciones.

La nueva información venía hacia mi conciencia como nubes de ningún lugar. Exhalé el aire lentamente y me concentré.

Aquella extraña frase comenzó a taladrar mi mente.

El teniente se aproximó a escasos centímetros del occiso.

—Parker, ¿por qué alguien se haría un tatuaje antes de quitarse la vida?

—No es un simple tatuaje —dije con firmeza al tiempo que observé que el cadáver tenía rastros rojizos en los nudillos y las muñecas como si se hubiera querido cortar las venas—. Teniente, ése es un tatuaje con una frase llena de simbolismo y entusiasmo por conocer el destino. No la veo adecuada para alguien que quiere quitarse la vida.

El teniente Bugarat se agachó en cuclillas sobre el suelo, observando el maletín y recogiendo las monedas con cuidado, mientras yo retuve la escena con memoria fotográfica.

Luego de un instante, Bugarat se giró hacia mí.

—Suicidado con dinero —balbuceó el teniente—, qué ironía.

Solté una risa ahogada. A mi gusto, en ocasiones el teniente Bugarat era demasiado predecible. Lo miré a los ojos con mi rostro marcado por la incredulidad.

Había algo notorio que no encajaba.

“La silla está demasiado lejos de su cuerpo —pensé—. No pudo haberle dado una patada tan fuerte para alejarla, tuvo que haber sido alguien detrás suyo que la impulsara para que se alejara tanto.”

El teniente me vio pensativo y zanjó:

—A simple vista no hay rastros de homicidio —dijo—. Todo indica que se suicidó por algo que lo atormentaba.

—Teniente —respondí en voz alta—, quizá de ese modo es como alguien quiere que se vea este cadáver.

2

Vancouver, Columbia Británica, Canadá
En la actualidad

Inmediatamente llegaron los peritos y sacaron fotografías a todo el lugar del hecho, como pirañas hambrientas buscando dónde hincar los dientes. Comenzaron a rastrear cualquier prueba de ADN que pudiera estar en el suelo o sobre la cama: cabellos y huellas digitales o minúsculos detalles con avanzada tecnología láser. Aquello se convirtió en un veloz ir y venir de policías.

—Parker, mañana a primera hora en la jefatura.

—Allí estaré.

Salí del lugar bajando lentamente por la escalera, reteniendo imágenes del lugar. Traté de llevarme las más finas vibraciones que estaban impregnadas en el ambiente. Yo sabía que la energía de las emociones y sucesos quedaban en el éter durante algún tiempo, en lo que los científicos llamaban actualmente “El Campo”. Así es que cuando alguien está en lugares altamente energéticos se puede sentir la vibración y el magnetismo tanto si es una fuente natural como un volcán, el cañón del Colorado, o una construcción como las pirámides de Egipto, el Templo de Delfos o Teotihuacán. Lo cierto es que poseía la facultad para percibir en el ambiente la energía y sensaciones. En mi adolescencia, mi abuela me grabó a fuego la frase de Nikola Tesla: “Si quieres conocer el universo, piensa en términos de frecuencia y vibración”.

Me subí al coche comprobando si en mi bolsillo tenía el efecto personal del difunto, el cual había sacado unos minutos antes sin que el teniente se diera cuenta. Observé el pañuelo blanco de seda que había recogido del bolsillo de uno de sus trajes. Lo coloqué cuidadosamente dentro de una bolsa hermética.

* * *

Llegué a mi casa en menos de veinte minutos.

Abrí la puerta, dejé mi bolso de cuero, las llaves en la entrada y las tres bolsas del supermercado, caminé por el corredor hacia la sala y lo primero que vi fue a mi gato Agni que dormía en el sofá. Se movió perezoso y me miró con cierta alegría. Los gatos son animales fascinantes con una percepción notable. Fui directo a la cocina a prepararme algo de comer. Descorché una botella de Malbec y llené una copa con mano generosa; me llevé la bebida a la nariz, olía a cereza y roble añejo. Encendí un par de velas y dejé la habitación en penumbras. Sentí el calor del hogar a pesar de que estaba solo. Me gustaba el hilo de luz que proyectaban las velas. Agni maulló como remarcando su presencia. Su nombre, me había dicho una vez una amiga budista, significaba “fuego interior” en lengua sánscrita. Lo cierto es que su presencia me daba paz y calma después de lidiar con ambientes y vibraciones pesadas.

Me gustaban mis muebles de madera, los cuales siempre me parecieron más cálidos e íntimos que los de mármol o vidrio. Me preparé unas verduras al vapor y calenté dos rodajas del pan de calabaza y semillas de sésamo que compraba habitualmente en una panadería cercana. Me llevé la bandeja y enfilé hacia la biblioteca. Quité una traba especial, la empujé de costado y de inmediato toda la biblioteca se movilizó hacia la derecha sobre las diminutas ruedas deslizables. En realidad, la biblioteca era la tapadera de mi lugar secreto donde iba a pensar y a escribir, una pequeña buhardilla que antiguamente se usaba como garaje.

Mi abuela me había enseñado años atrás: “Una casa debe tener una habitación exclusiva para la reflexión”. Siguiendo su consejo, yo la había rediseñado como un sitio donde me aislaba de todo.

En realidad era un lugar al que ni siquiera Agni podía entrar; mi intimidad total, mi conexión con los poderes que sentía, allí tenía las visiones más intensas. Me agaché un poco, ya que por mi estatura casi daba mi cabeza con la estrecha entrada. Cerré nuevamente la biblioteca.

“Ya estoy aislado del mundo.”

Dentro tenía pocos muebles, pilas de libros, un viejo aunque cómodo sofá que se mecía, y un estante lleno de amatistas y cuarzos. Las piedras de amatista y cuarzos son enormes detonadores y fuentes de atracción energética como otros minerales. Por eso, antes de cada sesión donde quería activar mis facultades extrasensoriales, me recostaba con una corona de piedras alrededor de mi cabeza. Usaba una técnica para que se activaran como un potente neurotransmisor. Un par de veces había ido al laboratorio de un amigo canadiense a comprobar qué sucedía científicamente y nos asombramos al ver cómo cambiaban los patrones de mis células, las reacciones del campo energético en la fotografía Kirlian y cómo mi aura se volvía brillante, colorida y expansiva.

Entré en mi “escondite” y me senté en el sofá. Me deleité con las verduras, el aceite de oliva y el pan tostado. Puse música casi a un nivel inaudible, el viejo disco con la sonata en A menor D. 821 Allegro moderato de Schubert. Todavía poseía los discos de vinilo en excelente estado; era un amante del vintage en un mundo acelerado por la tecnología. Si bien yo usaba mucho los avances tecnológicos y les sacaba provecho, no tenía el mismo cariño que por las cosas antiguas. Creo que las cosas del pasado eran, en realidad, un punto de conexión con mi adolescencia y le daban un masaje a mi alma. Tenía claro que no iba a consumir todo mi tiempo de vida por mi exigente trabajo policial.

Como en esa habitación no había ventanas, encendí otro par de velas y quemé un incienso de sándalo para evitar el olor a humedad, disfrutando la música y el resto del vino. Me relajé poco a poco. Quitarme el estrés del trabajo era un ritual diario impostergable.

Luego siguieron unos acordes de Bach y me dejé invadir por una respiración tranquila. Me aquieté durante unos instantes y en pocos minutos, casi sin buscarlo, tuve un flashback y un chispazo de imágenes apareció en mi mente.

“El ahorcado.”

“Ahora no, Arthur —me dije—, no estás trabajando, te estás relajando”, pero los flashes continuaron. Mi abuela, que también había sido mi profesora de meditación, me había enseñado a controlar la llamada monkey mind, la mente de mono que constantemente parlotea sin descanso. Pero la imagen del occiso llegó sin que la buscara, como si quisiera decirme algo.

Un flash: Lo veo con vida antes de estar con la soga al cuello.

Silencio.

Respiro calmadamente.

Otro flash: El ahorcado no estaba solo, sino rodeado por varios hombres, vestidos con vestimentas oscuras como las que usan los jueces o las antiguas cortes inglesas de la época victoriana.

Tercer flash: Uno de los hombres le quita la cinta detrás de las manos y le coloca el portafolio.

Las pulsaciones aceleran mi corazón.

“Conoce quién has sido en el pasado, quién eres ahora y lo que serás en el futuro.”

Traté de calmarme. Respiré más lento. Sabía que eso me traía al centro de mí mismo.

El tatuaje. ¿Por qué se habría tatuado esa frase antes de morir?

La visión se hizo más nítida. Alguien del grupo de personas se acercó con una pistola y un cable en su mano. Le susurra unas palabras al oído.

Luego una patada. El encapuchado empujó la silla con la fuerza de su pierna. Vi el cuerpo retorcerse y moverse con desesperación.

Me agité. No pude soportar la escena y abrí los ojos.

Me mantuve con los ojos abiertos, miré la copa de vino vacía. Me mantuve respirando lentamente y enfocándome en la llama de la vela. Apagué la música y respiré profundo.

Me quedé en silencio durante unos minutos.

Después de un momento escuché que Agni maulló con fuerza.

“El gato ya estaba durmiendo.”

No era normal que emitiera un sonido así.

Me puse de pie y fui hacia la parte posterior de la biblioteca. Corrí un libro detrás de un pequeño ojo de pez que me permitía ver del otro lado.

Siempre sentí que debía tener ese ojo secreto. Me recorrió un escalofrío por la columna al ver a tres hombres desconocidos frente a mi gato. Uno de ellos intentó tomarlo de la cabeza, pero Agni dio un salto y se escondió bajo el sofá. Maulló con fuerza y les mostró con enojo sus pequeños dientes.

“¡¿Quiénes son estos tipos y qué hacen dentro de mi casa?!”

Comenzaron a hurgar por todos lados, dos de ellos fueron por la escalera hacia la primera planta donde estaba mi dormitorio. El otro, al ver que nadie estaba en la cocina y la sala, los siguió. Se escuchaban las pisadas en el techo y varios golpes de cajones que se abrían con violencia. Al cabo de un momento bajaron. Se miraron y susurraron entre ellos. Uno de los hombres escribió algo en una hoja y la dejó en el sofá. Al momento comenzaron a tirar al suelo mis pertenencias, a arrojar los cuadros con fuerza, abrieron los cajones, arrojaron fuera todo lo que había en ellos. Todo el orden de mi casa se volvió caos en un instante.

Uno de los hombres, quien tenía una cicatriz en la mejilla izquierda, vino directo a la biblioteca.

Pude verle claramente el rostro, blanco, flaco, con una barba cana y el rostro lleno de arrugas en la frente. Tendría unos cincuenta y cinco años muy mal llevados. Arrojó con vehemencia varios libros al suelo. Si él veía el ojo de pez por el que yo estaba observándolo, estaría perdido.

Me alejé escuchando cómo caían más libros al suelo.

Al cabo de unos minutos que me parecieron una eternidad, se produjo un silencio y luego se escuchó la puerta de la calle.

En esos minutos que no parecían correr nunca pensé en llamar al teniente Bugarat. Quería salir de allí y ver que Agni estuviera bien.

No aguanté más y salí de mi escondite. Vi a Agni en lo alto de la escalera. Vino hacia mí, agazapado, casi como reprochándome. Le hice una seña con el índice en mis labios para que estuviera silencioso. Caminé con sigilo y fui hacia la nota que habían dejado.

Leí perplejo el papel que contenía un texto junto a una carta de tarot:

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Vancouver, Columbia Británica, Canadá
En la actualidad

Tomé un respiro y releí la nota.

“¿Qué está pasando aquí?”

La nota no me preocupaba sino cómo sabían aquellos hombres que ya estaba investigando aquel caso.

“Todos seremos hombres muertos algún día”, pensé.

Nunca entendí cómo alguien creía poder amenazar con la muerte a quien veía la muerte como una liberación.

Si bien yo no era religioso, tenía una conciencia espiritual que había sido cultivada por mi abuela durante mi infancia en Irlanda. Ella decía a menudo: “La muerte es recuperar la memoria de donde venimos”.

Sus palabras retumbaron en mí como un eco mental.

Agni salió sigiloso de debajo del sofá. Lo acaricié con mi mano derecha.

—Todo está bien, tranquilo.

Le llené el plato con leche de almendras. Bebió un sorbo y luego me miró con firmeza, como diciéndome que no quería más sustos como ése. Lo cargué en mi brazo, caminé hacia la biblioteca, empujé la traba con la mano libre e ingresé con él a mi escondite otra vez.

—Hoy dormiremos aquí —le dije, mientras lo apoyaba con suavidad en el sofá.

Cerré la puerta desde dentro. Me sentí a salvo nuevamente. Caminé hacia el pequeño escritorio, encendí otra lámpara e investigué en internet el significado de la carta de tarot.

Abrí la página que me pareció más confiable:

Un hombre atado de manos y pies nos indica que en primera apariencia este hombre está siendo castigado por algo que no ha hecho o se enfrenta a una situación que le es adversa, representada por su posición de cabeza.

Sus manos atadas, que significan que no es útil con alguna causa y que depende de otros para el éxito, contrastan con la sabiduría que posee, indicada por los botones de su camisa de alta calidad, símbolo de nobleza o de sabiduría. El ahorcado nos indica el desinterés por las cosas superfluas y terrenales, y que está dispuesto a sacrificarse. Es el altruismo del alma en su más puro estado.

Los seres humanos tenemos dos cosas que son notorias: la vida y la muerte. Esta carta nos indica que nosotros nos sometemos a la muerte como sacrificio o renacimiento. También simboliza que podemos convertir nuestros actos en cosas sagradas y nos permite ser guiados por energías mágicas para llegar a la victoria.

Más que un castigo, en realidad, el ahorcado es el símbolo de la iniciación mística.

Del mismo modo que Cristo en la cruz redimió a la humanidad a través de su paso por la tierra y su encuentro con el sufrimiento, el dios de la antigua tradición nórdica, Odín, inventor del alfabeto rúnico y patrono de las artes y de las ciencias, obtuvo el conocimiento mágico de los sonidos y de los signos permaneciendo colgado exactamente como el ahorcado del tarot, del árbol cósmico Yggdrasil, durante nueve días y nueve noches.

También significa sacrificio por la humanidad; así, pues, enorme es la valentía ejercida por el poder oculto del alma que ha superado la prueba iniciática. Lo confirma la forma estilizada de la figura que, con los brazos a la espalda y las piernas cruzadas, recuerda el triángulo invertido dominado por una cruz, símbolo alquímico de la realización de la Gran Obra.

Terminé de leer aquellos párrafos con la voracidad de un hambriento vi ...