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ALTA INFIDELIDAD

Rosa Beltrán  

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Fragmento

Se enamoró. De un hombre con mal tono muscular y bolsas debajo de los ojos. No pudo evitarlo. Uno no puede evitar esas cosas, aunque lo intente. No lo intentó tampoco. Pero en días como ése le gustaba pensar en lo que habría pasado de hacerlo. En lo que sería de ella si hubiera elegido cualquier otra cosa, la que fuera. No deberíamos malgastarnos tanto en el amor, pensó, no hay una razón objetiva para elegir el amor sobre cualquier otra experiencia. Pisó el acelerador, creía concentrarse en llegar lo más pronto posible. En realidad lo que estaba haciendo era tratar de convencerse. Al lado de Julián se sentía volar. No importa de qué humor estuviera, siempre se excitaba, siempre era fascinante. No él, sino ella. Y ésta era una razón para haber elegido a Julián sobre cualquier otra cosa. Por ejemplo, los dichosos estudios de género. Aunque también estaba la historia de su mala suerte. Dos razones como dos gemelas tiránicas: una, el deseo frenético; otra la mala suerte. El amor es un perro del infierno, pensó. Eso decía Bukowski. ¿Podría alguien sostener lo contrario? Miró a los lados del coche, como si preguntara a un público inexistente. No ella. Esperó que la luz del semáforo cambiara a verde, después aceleró y hurgó un poco dentro de su mente. Del deseo encontró poco qué pensar. Ninguna conclusión. De la mala suerte, en cambio, tenía varios ejemplos.

Primero había sido aquel tío, a sus cuatro años, cuando ella, vestida como un pastel, se acercó a saludarlo y él la sentó en sus piernas. Bajo el vestido de encajes sintió de pronto que la mano del tío sacaba algo blando de un cierre y que ponía aquello debajo del vestido hampón. Y sintió también cómo se mecía y se apretaba el tío, deteniéndose sólo para aplaudir entre un número y otro de aquel festival, como si estuviera muy contento con lo de los perritos brincando aros, tomando las manitas de ella y haciéndola aplaudir también. Como primera experiencia no fue algo espantoso, aunque tampoco lo contó. Más tarde, hasta ella misma llegó a pensarse como una persona discreta. Decidió entonces que había secretos para decir aunque la mayoría eran para guardar, y no siempre se guardaban los más terribles, sino los más inconvenientes. Por ejemplo: lo que sentía cuando de adolescente se acercaba a un grupo de jóvenes en las fiestas y los veía dispersarse, riendo y lanzándose miradas al ver su rostro sembrado de barros, como si se aproximara una explosión de hormonas viviente. Cuando oyó el primer apodo se sintió morir. Le dijeron Vodka, porque estaba hecha de grano. Cuando oyó el segundo fue como una piedra cayendo sobre una larva casi calcinada por el sol: Ventana Colonial, por los barrotes. Cuando oyó el tercero, ya se había acostumbrado.

La crisis nerviosa fue sutil. Tomó la forma de una voz, la voz de su madre diciendo: mírate en mí. Las mujeres no necesitamos de la aprobación masculina. Esto la aterró bastante y la inspiró a hacer varias dietas. La de la luna, la de la piña y leche, la dieta de la desesperación, a base de restos de uñas. Cuando cumplió diecisiete se mudó a vivir sola. No hablaba con nadie y cuando iba a algún parque desviaba la mirada de las parejas. Vivía en una pequeña habitación de un edificio de cuatro pisos y aunque nunca saludaba, en general los hombres mayores se le acercaban. Le clavaban los ojos como a un cadáver.

—Me preocupo por ti —eso le decían.

Nunca eran solteros ni casados, sino siempre hombres que estaban separándose o a punto de separarse de sus mujeres. Como norma, estaban decepcionados de algo o de todo, eran depresivos y m

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