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AMARRES PERROS

Jorge G. Castañeda

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Fragmento

Índice

Prólogo de Marina Castañeda

Epígrafe

Manual de uso

Libro 1

El pueblo de mi madre, Kennedy,
Actipan, movimiento del 68

I

II

Fast Forward. 2013

III

IV

Fast Forward. 2000

V

Fast Forward. 1973

Libro 2

París, los sandinistas, comunistas, Carlos Fuentes

I

Fast Forward. 1990

II

Fast Forward. 1979

III

IV

V

Fast Forward

VI

Fast Forward. 2012

Libro 3

Regreso a México, comunistas
(bis), Miriam y Gabo, Centroamérica, Cuba

Recibe antes que nadie historias como ésta

I

II

Fast Forward

III

IV

V

VI

Fast Forward

Libro 4

La muerte de Oma, Adolfo Aguilar,
el fraude de 1988, Salinas y Cárdenas

I

II

III

Fast Forward (2000)

IV

V

VI

Fast Forward

VII

Libro 5

El TLC, el Grupo San Ángel, Elba,
la muerte de Jorge padre

I

II

III

Fast Forward (2003)

IV

V

VI

Libro 6

La Herencia, la campaña de Fox, las elecciones del 2000

I

II

Fast Forward (2007)

III

IV

V

Libro 7

La transición, el gabinete, el nombramiento

I

II

III

Fast Forward (2001)

IV

V

VI

Libro 8

Relaciones y la enchilada completa

I

II

III

IV

V

Libro 9

“Comes y te vas”, la guerra de Irak y la renuncia

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

Libro 10

La candidatura, la campaña, los programas y el Plan B

I

II

Fast Forward

III

IV

V

VI

Fast Forward

VII

Bibliografía

Créditos

Cuando un hombre sin enemigos parte de este mundo hacia el siguiente, el Creador sabe inmediatamente que esa persona ha desperdiciado su vida.

RABINO YEHUDA BRANDWEIN
citado en Educación de un cabalista,
de Rav P.S. Berg


Prólogo de Marina Castañeda

Algunas autobiografías son interesantes por la importancia histórica de su narrador; otras, por la visión del mundo muy particular —original, excéntrica o sencillamente graciosa— que nos revelan; y otras, por la personalidad misma del autor. La de Jorge Castañeda combina los tres elementos, pero sobre todo los dos últimos. Lo interesante de Jorge, para los que hemos convivido con él durante algún tiempo —en mi caso, en tanto su hermana menor, 58 años—, es que nunca pasa desapercibido, ni nos deja indiferentes.

Jorge siempre impacta, para bien o para mal, por su forma de ser, de pensar y expresarse. A veces lo queremos, a veces no lo soportamos, pero nunca deja de intrigarnos. El solo hecho de mirarlo vivir, en sus múltiples actividades e incansable análisis del mundo, es asistir a un espectáculo permanente. Y es por ello que este libro cumple con el requisito primordial de cualquier texto autobiográfico, que es despertar nuestro interés y darnos ganas de conocer al narrador.

Pero, ¿qué tiene de especial la personalidad de Jorge? Lo más obvio, y lo que nadie disputa, es su brillantez intelectual. Gracias a sus idiomas, su conocimiento enciclopédico de la historia y del mundo actual, su curiosidad insaciable y su espíritu siempre crítico, sus opiniones son siempre bien fundamentadas, lógicamente argumentadas y claras.

En muchos casos se basan, además, en un conocimiento personal del tema: Jorge no sólo ha sido testigo de acontecimientos importantes a nivel nacional e internacional, sino que ha participado o influido en muchos de ellos directamente. Esto le ha dado una visión, quizá más pragmática que la de muchos intelectuales, de la política como arte de lo posible.

Otra característica de Jorge, en su forma de expresarse, es su absoluta honestidad. A diferencia de muchos personajes públicos, dice sin ambigüedad ni escrúpulo todo lo que piensa y siente. Puedo suponer que esto ha lastimado a mucha gente, pero adivino asimismo que muchas personas aprecian saber exactamente dónde están paradas frente a él. Así como Jorge no deja a nadie indiferente, nadie le resulta indiferente: si te quiere o no te quiere, lo sabrás con toda claridad.

Pero quizá lo más interesante sea su visión del mundo radicalmente iconoclasta. En su universo intelectual y sentimental, no hay ídolo que escape de su mirada crítica, ni nadie que se salve de un cuestionamiento reiterado. Esto explica en gran parte sus posturas políticas en apariencia cambiantes: en diferentes épocas de la vida, ha sido considerado de izquierda, de derecha y, a veces, todo lo contrario. La constante subyacente a esta evolución no ha residido en un carácter frívolo ni oportunista, sino en una visión que se ha ido adaptando, a veces anticipadamente, a los cambios políticos, económicos y sociales que han regido nuestro mundo en las últimas cuatro décadas. Es por ello que su mirada es siempre fresca, innovadora —y muchas veces, o en todo caso inicialmente, rechazada por los poderes fácticos de nuestra sociedad.

Por supuesto, nada de esto es gratuito. Con los padres que tuvimos, habiendo vivido en diferentes países y contado con magníficas oportunidades de estudio, Jorge no podía ser otra cosa que iconoclasta. Nuestros padres eran cultos, cosmopolitas y brillantes, cada uno a su manera. Nuestra madre, rusa judía, con siete idiomas y doctorada en bioquímica a los 22 años, apasionada por la política pero también por la naturaleza, la poesía y la música, de una izquierda convencidamente comunista; nuestro padre, de una izquierda liberal y tolerante, y bastante conformista en sus gustos culturales. La diferencia entre ellos daba lugar a una gran riqueza y apertura de opinión.

Recuerdo, por ejemplo, discusiones apasionadas entre nuestra madre, quien decía que la Mona Lisa le aburría profundamente, y nuestro padre, que aducía que era la expresión máxima de la pintura universal. Y recuerdo la incesante curiosidad intelectual que imperaba en nuestro hogar: en la mesa, en la cama, en la playa, en dónde estuviéramos, todos leíamos, todo el tiempo. Y comentábamos todo lo que leíamos. La casa familiar era un perpetuo espacio de aprendizaje y debate.

Con su inteligencia innata, Jorge absorbió ese gusto por la discusión, para llegar más a fondo que con ideas preconcebidas y con lo políticamente correcto. Es por ello que puede a veces parecer extremo en sus opiniones; su meta siempre es cuestionar lo que damos por sentado.

Por supuesto, esta forma de “llevar la contraria” no es siempre bienvenida. En un mundo ideal, debería serlo. Las opiniones de Jorge, como las de cualquiera, no son siempre atinadas. Pero su valor no consiste en decir la verdad, sino en promover el debate.

Como muchos productos del sistema educativo francés, Jorge es eminentemente cartesiano. Le gusta lo claro y, en la medida de lo posible, lo que está en blanco y negro. Sin embargo, los lectores atentos de este libro se darán cuenta que más allá de esa lógica e inteligencia, a veces abrumadoras, existe una sensibilidad cariñosa, leal, e incluso delicada para sus seres cercanos.

Este libro encierra muchas capas, y cada lector encontrará en él lo que más le interese: lo político, lo intelectual, lo personal. Y también encontrará huecos y omisiones acerca de temas que quizás hubiera querido conocer mejor. Pero, finalmente, el privilegio de quien se haya atrevido a escribir una autobiografía es éste: decir su versión y compartir lo que quiera de su vida y su mundo. Y vale la pena recalcar que el mundo de Jorge, su historia y su pensamiento, no sólo describen una personalidad atípica, sino que reflejan una época, una generación, profundamente inscritas en el devenir de nuestro país.


Manual de uso

La autobiografía es un género casi desconocido en México, si lo diferenciamos de las “memorias” de expresidentes donde narran su gestión o recopilan sus notas diarias e informes de gobierno. Con la excepción del Ulises criollo de José Vasconcelos, de La victoria sin alas de Jaime Torres Bodet, de las Memorias póstumas de Gabriel Figueroa y de La estatua de sal de Salvador Novo, en nuestro país la gente no suele contar por escrito los pormenores de su existencia. La narración de la vida propia es mucho más común en otras latitudes, donde cada esfuerzo tiende a descansar en una de tres justificaciones: o bien el sujeto vivió una vida importante —para su país, su profesión, su época—; o bien vivió una vida interesante —digna de ser compartida con otros, más allá de su trascendencia—; o bien vivió una vida cuyo relato permite entender un drama humano, un momento histórico, un dilema de sociedad. El texto que sigue reúne una pizca de cada uno de los ingredientes enumerados y representa una pequeña ruptura con la tradición mexicana de callar todo o pagarle a otros para que hablen. Innovar es mucho decir; acaso esta autobiografía convencerá a quienes satisfagan plenamente los requisitos enumerados de escribir sus historias.

Le dediqué de manera intermitente tres años a este proyecto, por motivos sencillos. Primero, porque podía: dispongo del tiempo, de la memoria, de los documentos y testigos necesarios para armar el rompecabezas. Dudo que cuente con todo ello más tarde en la vida. Segundo: porque pensé —con razón— que me divertiría mucho al conjugar la escritura política, histórica y personal de un modo que me entretuviera, y con suerte, a algunos lectores también. Y tercero, porque con independencia de si lo que aquí recuerdo revista interés para algunos, no creo que con el paso del tiempo haya más que recordar, o mucho que agregar. Mi carácter de producto de una época, testigo —constante— o protagonista —esporádico— de acontecimientos atractivos o enigmáticos tiene un ciclo; concluyo este relato describiendo cómo ese ciclo se ha cerrado.

El libro encierra una estructura y una lógica. La primera se caracteriza por el intento recurrente de romper la naturaleza inherentemente lineal de un texto de este tipo. Hasta donde pude, traté de interrumpir la narrativa cronológica con saltos intermitentes hacia adelante, y regresos concomitantes a la secuencia ordinaria de los hechos. Conforme avanzo en el tiempo, se van espaciando los Fast forward y Rewind, y la continuidad común y corriente se comienza a imponer.

La lógica del texto consiste en aligerarlo en la medida de lo posible, y a la vez fundamentar o comprobar con imágenes, citas, testimonios y documentos cada una de las afirmaciones presentadas. En la mayoría de los casos resumí o parafraseé los escritos propios o ajenos; el texto completo puede consultarse a través de las ligas ubicadas al final. En la versión electrónica del libro, esto se puede hacer con mayor facilidad.

Los agradecimientos son múltiples y de dos órdenes. Primero, quienes aportaron datos, recuerdos, explicaciones y chismes de familia: mi tía Rosita Castañeda, su hija Claudia y su yerno Jacobo; Andrés mi hermano y Marina mi hermana; mi exprimo político Mauricio Toussaint, mis primos Ran y Benny, y mi prima Ritti; Eduardo Sánchez Camacho o Lalo, a quien conocí en 1965; Joel Ortega, desde 1978. En segundo término, a quienes tuvieron la paciencia o resignación de leer partes o la totalidad del manuscrito, guiándome por mares desconocidos con sus consejos, sugerencias y críticas: Rubén Aguilar, Jorge Andrés Castañeda, Marina Castañeda, Krissie Darr, Roberta Garza, María Teresa Gérard, Jorge Lomonaco, Cassio Luiselli, María Esther Ochoa, Andrea Oñate, Joel Ortega padre e hijo, Francis Pisani, Alan Riding, Manuel Rodríguez Woog, Ana Sofía Rodríguez, Andrés Rozental, Pedro Sáez, Federico San Román, Eduardo Sánchez, Mauricio Toussaint y Marcela Tovar. Finalmente, pero sólo en términos cronológicos, mi eterno agradecimiento a Ramón Córdoba, mi editor de siempre, por su trabajo de ebanistería.

Tres personas merecen una mención aparte. Deborah Holtz leyó, editó y mejoró enormemente el manuscrito, en poco tiempo y con mucho empeño, soportando siempre mis críticas a sus críticas. Alejandra Zerecero desenterró todos los papeles, documentos, historias y fuentes inimaginables, y como siempre, organizó mi vida para que pudiera escribir “con calma”, si ese sustantivo se aplica a mí. Por último, y antes que nadie, estoy en deuda con Mariana Campillo, que trabajó conmigo desde finales de los años noventa, de nuevo en la Cancillería, y ahora otra vez —demostrando una tolerancia y un aguante fuera de serie— en este libro. Hizo todo: las fotos, los archivos, los recortes de prensa, los testimonios, los documentos confidenciales, los envíos de capítulos a lectores, incorporar las sugerencias, aguantar mis obsesiones, recuerdos, impaciencias y cambios de idea. Así nos llevamos: los errores son culpa suya.

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Con mi padre, en el Mediterráneo, 1962

Jorge Castañeda Gutman, perfil público, 6 de diciembre de 1979.

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Desacostumbro los dichos y me desagrada la tradición mexicana de recurrir a ellos como sucedáneos de un pensamiento o expresión propia y articulada. ¿Por qué entonces iniciar estas páginas con uno de nuestros proverbios más trillados? Como un elogio al fracaso, como una reivindicación de la derrota, como una reconciliación con los reveses que todos sufrimos en la vida: “No hay mal que por bien no venga”. Al igual que todos los seres humanos, he padecido serias contrariedades y disfrutando incontables momentos de felicidad, éxito y placer. Algunos dirán que los segundos han sido más numerosos que los primeros, gracias a circunstancias ajenas a mi voluntad, y otros pensarán que los fracasos han tenido lugar en ámbitos de mayor trascendencia que los logros, múltiples pero secundarios. Por mi parte, arranco este esfuerzo con un par de ejemplos de malos pasos convertidos en victorias, de fiascos gestores de buena fortuna.

Ingresé al Partido Comunista Mexicano (PCM) en 1978, a los veinticinco años de edad. En 1980 tuvo lugar el 19 Congreso del PCM, caracterizado por un duro enfrentamiento entre los llamados “renovadores” y la dirección del partido, encabezada por Arnoldo Martínez Verdugo en compañía de cuadros como Gerardo Unzueta Lorenzana, “Gul”, Marcos Leonel Posadas, “el Zombi”, y otros personajes inolvidables. La corriente renovadora, dirigida por el historiador Enrique Semo y mi querido Joel Ortega, fue derrotada en toda la línea, y yo con ella. Horas antes de la paliza, en lo personal sufrí otro golpe que pocos detectaron, pero que resultaría decisivo para mi futuro político. En todas las PC del mundo, desde las llamadas “21 condiciones” impuestas por Lenin como el catecismo de la Tercera Internacional, nadie podía ingresar al Comité Central del partido sin una antigüedad mínima de militancia, en general de cinco años. La lógica, para organizaciones perseguidas y reprimidas a sangre y fuego, resultaba atendible.

En mi ambición insaciable, me propuse entrar al CC del PCM —los comunistas, como los canadienses, siempre se comunicaban en siglas— a pesar de no cumplir los requisitos. Primero intenté validar mis dos años en el Partido Comunista Francés, comprobables a través de carnets y otros documentos. Luego, como de todas maneras faltaba un año, maniobré para cambiar los estatutos y permitir la elección al máximo órgano directivo con tres años de membresía. Se aceptó la propuesta en la comisión de estatutos, pero fue derrotada en el pleno, en parte porque algunos avezados adversarios captaron que el ajuste llevaba dedicatoria: para mí, en un momento en que todavía se me consideraba el consentido de la dirección. Ya no me encontraba en el Polyforum Siqueiros cuando se celebró dicha votación, pero un amigo me informó del resultado por teléfono. Mi historia en el PCM llegaba a su término.

Todo esto coincidía con el interludio de mi padre en el cargo de secretario de Relaciones Exteriores y con el auge revolucionario en Centroamérica. Los sandinistas habían triunfado en Nicaragua, el FMLN parecía labrarse una victoria en El Salvador, y hasta las diezmadas guerrillas guatemaltecas mostraban cada día mayor actividad y fuerza. Mi padre me invitó a trabajar con él, sin sueldo ni cargo pero con una injerencia creciente en la relación con los centroamericanos y con Cuba. Cuando se cerraron las puertas en el PCM me dediqué casi de tiempo completo a la tarea conspirativo-diplomática del gobierno de México. Contribuí, entre otras cosas, a la Declaración Franco-Mexicana sobre El Salvador en agosto de 1981, y a la entrada de más de cuarenta mil refugiados de Guatemala a Chiapas. De haber actuado de manera diferente los delegados al 19 Congreso del PCM, otro gallo hubiera cantado; el juicio contrafactual resulta inapelable. Quizás me habría vuelto lúgubre comunista, como Gul y el Zombi Posadas, y nos hubiéramos ahorrado las consecuencias de mis aventuras, y el lector la tarea de leer este libro. Pero su autor habría perdido oportunidades únicas: influir en una mínima medida en el acontecer histórico; trabajar con mi padre; enorgullecerme treinta años más tarde de mi granito de arena a favor de pequeños países condenados por la geografía y la historia.

El siguiente contrafactual sucedió veinte años más tarde. Como muchos mexicanos, me convencí, después de las elecciones presidenciales de 1994, de que sólo con la unidad del PRD y del PAN resultaría posible vencer al PRI. Mucha gente, con mayor ahínco y participación que yo, se abocó, desde el verano del 99, a buscar la cuadratura del círculo y persuadir a Cuauhtémoc Cárdenas y a Vicente Fox de unirse en una candidatura única. Se inventaron fórmulas imaginativas —una vicepresidencia de la República— y se esgrimieron argumentos obcecados —a Cárdenas “le tocaba”—, pero el esfuerzo desembocó en un desastre: dos candidaturas condenadas, según casi todos, incluyéndome a mí, a la derrota.

Ante la consiguiente desazón colectiva y personal opté por uno de mis más manoseados antidepresivos: escribir un libro. A principios del 99 había publicado La Herencia, un texto sobre las sucesiones presidenciales en México basado en entrevistas con exmandatarios que, por razones de coyuntura, gozó de un cierto éxito: más de ciento cincuenta mil ejemplares vendidos en unos meses. Me propuse inventar una segunda parte —que, en efecto, nunca son buenas— al reproducir en México el esquema de los clásicos libros de campaña de Theodore White, The Making of the President, desde 1960 y cada cuatro años hasta entrada la década de los ochenta. Para consumar este proyecto se requería la anuencia de los candidatos. Debía disponer de un acceso ilimitado a ellos, a sus asesores, padrinos y consultores. Me reuní con Francisco Labastida, del PRI, con Fox, del PAN, y con Cárdenas, del PRD. Los dos primeros accedieron de inmediato a mi solicitud, pensando, me imagino, que sobre la marcha calcularían el acceso que convenía brindarme y qué tan serio resultaría mi compromiso de no utilizar la información obtenida sino hasta después de las elecciones y sólo en el libro propuesto. Cuauhtémoc, mi relación personal más antigua, meditó un tiempo el asunto y terminó por declinar, sin ofrecer mayores explicaciones. Supongo que temía filtraciones, o dudaba hasta qué punto me abstendría de compartir datos e impresiones con Fox, candidato con quien llevaba también varios años de amistad y con quien había empezado a colaborar, apoyo que hubiera suspendido, desde luego, al emprender la otra faena.

Sin la disposición de los tres candidatos, el proyecto era inviable y lo deposité en el basurero de las malas ideas. Pero en noviembre Fox comenzó a invitarme con mayor frecuencia a las reuniones de estrategia electoral y a círculos más estrechos de colaboradores; me involucré de lleno en su campaña. De nuevo, puse mi granito de arena para la victoria del 2 de julio. ¿Hubiera ganado Fox sin mí? Por supuesto, pero de haber aceptado Cárdenas mi propuesta, yo habría escrito otro libro, Fox habría sido electo de otra manera y con otra estrategia, yo no hubiera sido su canciller y quizás no me odiaría tanto Fidel Castro. ¿A Cárdenas le hubiera ido mejor en los comicios? Imposible saberlo, salvo que la llamada izquierda azul o “voto útil” le arrebató entre uno y dos millones de votos, y la astucia se suele atribuir a mi persona. Creo que sólo le puse Jorge al niño, por así decirlo, pero el hecho incidió en el resultado electoral. Cuauhtémoc Cárdenas habría evocado otro detestable dicho mexicano: “Nadie sabe para quién trabaja”.

Con el advenimiento de la vejez, sin embargo, sí sabemos bajo qué signos de destino, suerte y voluntad recorrimos los años transcurridos. En la conciencia de esos signos consiste el punto de partida de cualquier revisión de la vida vivida. Con esa conciencia, se puede echar a andar el relato cronológico más tradicional, para interrumpirlo cada vez que la imaginación así lo provoque. O que la irreverencia exija una ruptura con los moldes clásicos de este género. Por ello, el lector no debe desconcertarse al encontrar en este periplo memorioso una serie de paréntesis denominados fast forward y rewind, sin mayor aviso que la simple anotación.

I

No nací en una ribera del Arauca vibrador, sino en el viejo hospital ABC de Mariano Escobedo, donde ahora se encuentra el Hotel Camino Real. Mis padres contrajeron matrimonio días antes del parto, ya que además de vivir juntos varios años sin sentir necesidad alguna de casarse, mi madre apenas consiguió el divorcio de su primer marido meses atrás. He allí el primer ingrediente heterodoxo de mi por lo demás ortodoxa existencia: mis padres no estaban casados cuando fui concebido; ambos lo habían estado antes —lo cual, sin ser único, sonaba excepcional a principios de los años cincuenta en México. Más que nada, mi madre era extranjera, judía y cargaba con un hijo de ocho años: una combinación algo exótica para esos tiempos.

Oma Gutman Rudnitsky llegó a México el 31 de diciembre de 1938, procedente de Nueva York y Bélgica. Se casó con su primer esposo, el padre de Andrés, mi medio hermano, al día siguiente, en la Ciudad de México, antes de partir a Monterrey; él había sido contratado por la Cervecería Cuauhtémoc como químico. Se conocieron en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Bruselas, donde Oma terminó su doctorado en farmacología y bioquímica a los 24 años. Conocí poco a Leonya, pero siempre supuse y comprobé que se trataba de un personaje excepcional en su vitalidad e inteligencia. Mi mamá provenía de un pueblito ruso-polaco-judío a medio camino entre Minsk —en lo que ahora es Bielorrusia— y Vilnius —hoy la capital de Lituania: Vileika, cabecera municipal de la región natal del poeta nacional de Polonia, Adam Mickiewicz—. Aunque mi madre siempre nos hizo creer que sus padres apenas superaban el estatus de simples leñadores de escasos recursos, en realidad se adueñaron del aserradero local en una zona boscosa y bien comunicada. Judíos pobres y víctimas de pogromos no eran, aunque su prosperidad de nada les sirvió en junio de 1941, cuando los nazis invadieron la URSS, arrasaron el pueblo y fusilaron a los casi tres mil judíos de la comarca. Persiste la duda en la familia, aunque Marina mi hermana insiste en que la disipó con la historiadora del pueblo cuando visitó Vileika en 2010 —yo fui en 1988 y no averigüé nada—: ¿fueron nuestros abuelos exterminados por los alemanes, (versión de Marina), o por polacos o lituanos antisemitas que aprovecharon la inminente llegada de la Wehrmacht para escabecharse a cuanto paisano pudieron detectar (versión de mis primos)?

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Benjamin Gutman, Neoma Gutman Rudnitsky y Sara Rudnitsky, Vileyka, Polonia, 1935

México, según su diario, fascinó a mi madre: sus colores, sus ruidos y sabores, todos fuertes y vibrantes, los antípodas sensuales de la grisura del Báltico y de Bruselas. Como a tantos otros visitantes asilados o emigrados de Europa y los Estados Unidos, sin hablar de los refugiados españoles y latinoamericanos que conformaron durante y después de la guerra una comunidad expatriada pero patriota y enamorada del país. Del país, y de algo más: en esos años, en medio de las vicisitudes de su matrimonio con Leonid Rozental, conoció y se enredó con el poeta y antropólogo comunista haitiano Jacques Roumain, autor de Gobernadores del rocío y destinado a morir de modo prematuro en Puerto Príncipe en 1944. Falleció casi al mismo momento en que mi madre se enteró del fusilamiento de mis abuelos, a miles de kilómetros de distancia; ni toda su joie de vivre pudo neutralizar la tristeza de esa doble pérdida. Quizás le ayudó el nacimiento de su primer hijo, Andrés, en abril de 1945, en el mismo hospital ABC donde llegaría yo ocho años después. Para entonces la relación matrimonial se había deteriorado; ambos emigrantes residían en la capital y al cumplir dos años Andrés, Oma resolvió buscar otros horizontes y se marchó a Nueva York.

Allá, instalada con su hijo en el departamento de sus suegros, resolvió emplearse como intérprete en la flamante Secretaría de la ONU, ubicada en ese momento en Lake Success. Aprovechó su dominio de cuatro de los idiomas oficiales de la organización: ruso, inglés, francés y español; también hablaba alemán, polaco, yiddish y hebreo, pero el castellano constituía, al cabo de diez años en México, su primera lengua, a la cual traduciría desde las demás. Invitó una temporada a Nueva York a su hermana Mifa, casada, con un hijo y radicada desde su exilio en 1936 en Palestina, donde surgiría, en esos meses, el Estado de Israel. Desde la salida de ambas de Vileika, doce años atrás, no se habían encontrado; el duelo por la muerte de sus padres lo vivieron juntas lejos del terruño.

Según la leyenda de la familia extendida Gutman, sostenida no sólo por Marina sino también por nuestros primos hermanos Ran y Beni, al llegar Leonid a Nueva York para visitar a su hijo, a sus padres y a quien todavía era, más o menos, su esposa, no reparó en tener sus queveres con Mifa, todo a plena luz del trémulo sol de Long Beach, balneario judío, y del departamento de los abuelos en el Bronx. Esto, que sucedió en marzo de 1948, representó el preámbulo de la separación final de los dos químicos, errantes y judíos, y el punto de partida de la relación de Oma con su nueva pareja: un mexicano apuesto, culto e inteligente, aunque todavía un tanto desbrujulado. Jorge Castañeda Álvarez de la Rosa aún no cumplía treinta años y ya alternaba entre París, con un primo; Nueva York, donde vivía la mujer de quien se enamoró; y México, donde no tenía qué hacer salvo —y no era poco— ocuparse de su madre, su hermana y su hermano menor, desamparados tras la muerte de su padre. En septiembre de 1948 Oma viajó a París a trabajar en la Asamblea General de la ONU, y allí, o en un tren camino a Venecia, se topó con mi padre. Aparecieron algunas fotos suyas de esos años: alto, delgado, fumador con estilo, seductor en la pose, penetrante la mirada, pero con languidez más que intensidad. Un hombre nómada para una mujer peripatética.

Mi vida adulta, además de reproducir los patrones de mis padres, resultaría incomprensible si omitiera las peripecias paternas y maternas antes de mi aparición en escena. Lo habitual para ellos, su normalidad, residía en el movimiento perpetuo; en la falta de raíces clavadas y estacionarias; en la irrefrenable búsqueda de alternativas; en la reinvención o el afán de volver a empezar siempre; y en la extraña noción de vivir despojados de obligaciones, salvo las más terrenales. Mi naturaleza trashumante, que me acompañará hasta que la imposibilidad física la anule, brota de la misma propensión de mis padres a la itinerancia perenne. En ellos emanaba de un deleite iconoclasta, en ocasiones llevado a la estridencia, pero siempre con finura y argumentos. En mí, tal vez sólo es por joder, como el español del chiste.

Mis padres eran todo menos persignados, acartonados o conservadores —al contrario: ateos, comecuras y, en el caso de mi madre, lo más antisionista imaginable—. Lo suyo era la abrasiva irreverencia, en ocasiones la provocación, no tanto en el discurso o el subtexto, sino en la vida cotidiana. Trasladaban estos rasgos a la política: ella, como una estalinista ferviente, partidaria incondicional de la URSS; él, instruido de un antiamericanismo moderado, a pesar de sus largos años en Estados Unidos, de su perfecto inglés, de su admiración por la cultura popular norteamericana —más que por la literatura, la plástica o la danza: todo ello salvo el jazz le daba pereza— y de su realismo geopolítico. La conducta de mi padre lindaba en lo errático. Desposó a una joven mexicana cuyo apellido o destino jamás conocimos. Tuvo, según se dice, varias novias y poca vocación profesional, incurriendo sin gran éxito en diversos negocios un tanto frívolos o insensatos: desde la venta de focos y radiotransmisores hasta la descabellada idea de recuperar un enorme predio en Chiapas, cerca de Palenque, que en teoría perteneció a su padre, aunque quizás el abuelo no lo haya adquirido con demasiados escrúpulos. Cuando decidió sentar cabeza con Oma, en ese momento separada e incorporada a un trabajo en esa época glamoroso, sustantivo y bien pagado, ella no se la puso fácil. Si deseaba vivir o casarse con ella, tener hijos y construir una pareja, sería en Nueva York o no sería. A Oma se le ocurrió que Jorge entregara a mejores causas su formación jurídica, su encanto seductor y su “mundo”, ya notorios, ingresando al Servicio Exterior Mexicano, aprovechando la presencia de Luis Padilla Nervo en la titularidad de la Cancillería a partir de 1952. Se habían conocido en París, durante el otoño de 1948, cuando mi papá y un colega se acercaron a la Embajada de México en Francia para echar una mano y ganar algo para complementar sus ingresos; Padilla Nervo encabezaba allí la delegación mexicana en la Asamblea. De hacerlo, fantaseaba mi madre, podría ser comisionado a la Misión de México ante la ONU en Nueva York.

Después de preparar los exámenes del Servicio Exterior Mexicano en el Hotel Papagayo de Acapulco a lo largo de un mes, aprobó el concurso en 1950 y, efectivamente, fue comisionado a Nueva York, de donde iría y vendría a lo largo de los próximos doce años. Y yo, desde agosto de 1952 en el vientre de la intérprete-traductora, disfrutaría y padecería los avatares de esas idas y vueltas, sin completar antes de los nueve años de edad un año escolar entero en una misma escuela. Pero lo bailado, desde entonces, no me lo ha quitado nadie: cada vez que me acerco al Upper West Side de Manhattan, o a Fort Lee, New Jersey o a los viejos locales del Liceo Francés, me vuelven imágenes de esas épocas, los olores y sonidos de una ciudad cuya constancia en el tiempo sólo se compara con la brevedad de su historia. Nueva York es siempre igual a sí misma, porque su eternidad comenzó ayer.

No todo se centró en Nueva York en esos años. De haber sido el caso, la vida estática y la tranquilidad de una infancia sedentaria me hubieran aportado calma externa y familiar. Al revés: desde mis primeros meses la regla fue el trajín entre México y Estados Unidos. Mis padres construyeron una casa de México en 1958 donde, en realidad, pararíamos poco: aun así llegó a marcarme más que cualquier otra morada hasta la supuesta madurez de la vida. El terreno poseía dos frentes, dando a las calles de Tigre y de Actipan, en la Colonia del Valle, a cien metros de Insurgentes y a doscientos de la iglesita de Santo Tomás, patrono del barrio de Actipan, vecino y enemigo de los barrios de San Lorenzo y Tlacoquemécatl. Ambas calles carecían de pavimento; la casa que construyó Volodia Kaspé, uno de los pocos amigos de mis padres de origen ruso —y junto a su esposa, Masha, una de las parejas más cercanas a ambos—, era la primera de la zona en contar con agua potable, jardín y teléfono. Teléfono sólo al cabo de intervalo: recuerdo acompañar a mi madre a la farmacia de la avenida José María Rico a marcar. Desde allí se divisaban los volcanes, espectaculares por la luz y el aire de la Ciudad de México. Dos cedros enormes ensombrecían el jardín, pero ofrecían una vista maravillosa desde las ventanas del segundo piso, ocupado por las recámaras de mis padres y de mis dos hermanos, Andrés, ya con nosotros, y Marina, recién nacida: la familia nuclear que sólo formamos a ratos y que, sin embargo, procuraron construir mis padres.

Cada 12 de marzo el barrio celebra la fiesta de su patrono. Juegos mecánicos, estanquillos con infinidad de productos, grandes cantidades de alcohol y, en la noche, los “castillos” o fuegos artificiales que a tantos dichos se prestan en un país adicto a los mismos: “le fue como al cohetero”, “hay tiempos de echar cohetes”, etc. El 8 de marzo de 1959, sin cumplir aún seis años, mi padre me sacó a la calle de Tigre ya tarde para verlos, como Aureliano Buendía paseó a su hijo para conocer el hielo. Desde aquella época me han fascinado. Conservo el recuerdo de una sensación de seguridad y calor, acurrucado en los largos brazos de mi padre, y de su obcecación por mostrarme la fiesta de Santo Tomás, la Ciudad de México, el país y el mundo. Guardo pocos instantes de contacto físico con él; éste es el primero, y el más intenso y duradero. Durante los siguientes sesenta años, volvería una y otra vez a la fiesta del pueblo de Actipan, a los castillos del día de Santo Tomás y a los amigos con quienes crecí.

Mi ancla adicional en México durante la infancia fue Chapultepec 400, el edificio de tres pisos que habitaban mi abuela y mis tíos Germán Castañeda y Javier Rondero, casado con Elsa Castañeda. La matriarca era Michita, mujer que rebasaría los noventa años, igual que su madre, y que ejercía una enorme influencia sobre sus hijos, casi siempre para bien y de vez en cuando con excesos. Largos periodos míos transcurrieron allí; durante las Asambleas Generales de la ONU, mi padre y Oma se marchaban a Nueva York, dejándome encargado con mis tíos. Javier era el más divertido aunque, como descubrí algunos años después, también el más vulnerable: padecía de una esquizofrenia, en aquella época incontrolable, que incluso lo impulsó en alguna ocasión, según mi madre, a tratar de ahorcarla en Nueva York cuando regresaban en automóvil de un fin de semana en Connecticut. Con el tiempo, la enfermedad de Javier se tornaría manejable, gracias a la sedación y la paciencia. No olvido sin embargo el misterio que envolvía las salidas nocturnas de mi padre a mediados de los sesenta y su retorno al amanecer, después de haber ambulado toda la noche con Javier entre su casa en San Ángel Inn y el Tecolote en Insurgentes Sur. Hasta finales de ese decenio los continuos periplos noctámbulos de Javier conformaban su único alivio ante los estrépitos del inconsciente que lo acosaban, y que persiguieron a su hija Elena, mi prima hermana, hasta su muerte prematura en 2011.

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Elena Rondero Castañeda, Elsa Castañeda de Rondero, Carmen Álvarez de la Rosa Kraus, Carmen Kraus de Álvarez de la Rosa, Ciudad de México, 1963

Germán murió antes de tiempo, sin haber sufrido mayor persecución por los traumas del alma. El hermano menor de mi padre motivó indirectamente mi primer recuerdo sexual, sin duda inventado, pero almacenado en los resquicios del inconsciente casi desde que ocurrió: en el acto mismo, en mi imaginación o en la reconstrucción de la mente ya después. Cathy Robinson o Castañeda vive todavía en Atlanta, y quizás a ella le debo los avatares posteriores de mi actividad y desventuras sexuales. Era hija de Jean, la primera esposa de Germán, una guapa y alegre maestra norteamericana de inglés, cuyo matrimonio duraría menos de diez años. Se llevaban bien con mis padres y un fin de semana largo, en 1959, partieron juntos a Acapulco, a Pensiones, donde con frecuencia vacacionábamos todos: el sitio reservado para funcionarios públicos, en Icacos. Yo permanecí en la Ciudad de México, en manos de Cathy. No retuve los detalles, pero sé que en mi cabeza, ella, por una razón u otra, se metió a mi cama, con un osito de peluche suyo (o mío) en el que me introducía (de manera incomprensible, pero así son los sueños) y una vez allí, asilado, abrazaba y acariciaba a mi “primastra”. Nada de todo esto sucedió salvo en mi fantasía, pero desde entonces me obsesioné con ella: bastante mayor que yo, bella y seductora. La volví a ver seis o siete años después, en México, y muchos años más tarde, cuando asistió a la presentación de uno de mis libros en la Universidad de Emory en Atlanta. No he sabido más de ella, salvo que despertó de manera precoz el magro erotismo que poseo, y con él mi atracción por las mujeres mayores.

Antes de iniciar un periodo más sedentario y dejar atrás los abandonos y reencuentros con mis padres, fui inscrito en primero de primaria unos meses en el Colegio Americano, del cual no conservaría casi ningún recuerdo de no ser porque alguien —supongo que mi madre— archivó mi progress report, o nota de calificaciones, con algunos comentarios que dicen poco y mucho del escuincle de seis años confundido y tímido que entonces era: “Jorge es un niño chiquito normal, listo y agradable, cuya prueba de ubicación indica que tendrá un buen primer año; inscribirlo en segundo sería pedirle demasiado”. Deduzco que mis padres deseaban ganar tiempo para colocarme en una escuela en Nueva York, meses después, en segundo de primaria. No sé qué aconteció, ni cómo era la escuela americana, salvo que a veces tomaba el transporte escolar y en otras ocasiones me llevaba el chofer de Relaciones Exteriores.

En ese México de la edad de oro abundaban los privilegios en el servicio público. El uso personal de los bienes del Estado no constituía una anormalidad o inmoralidad. Más bien era un pago disfrazado, parte de los usos y costumbres, inclusive para funcionarios de bajo rango. Mi padre ocupaba el cargo intermedio de director general de Organismos Internacionales, en una secretaría pobre —la Cancillería lo sigue siendo; no obstante, en aquella época ese cargo bastaba para disfrutar de un oficial de transporte uniformado, una secretaria, un coche y un escudo metálico, magnífico, colocado de manera prominente en el parabrisas, y que rezaba en letras doradas: Poder Ejecutivo Federal. ¡Qué nomenklatura soviética ni qué una chingada!

II

Pronto dejaríamos atrás esos lujos para aterrizar a mediados de 1960 en Nueva York, donde nos instalamos durante casi tres años al recibir mi padre una encomienda más elevada en la jerarquía administrativa de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE). Allí obtuve parte de la estabilidad que no anhelaba, porque no la conocía, pero que necesitaba. El tiempo transcurrido entre el arribo y un nuevo éxodo fue el que me introdujo a la lectura, a la regularidad escolar, a la memoria perdurable y, sobre todo, a la política.

Los primeros libros marcaron los siguientes años. Mi papá me regaló tres, de historia resumida para niños: uno sobre la batalla de Waterloo y la derrota de Napoleón, otro sobre la Armada Invencible de Felipe Segundo y la victoria inglesa, y el último sobre el Almirante Nelson y Trafalgar. En la mesa de centro de mi departamento descansa un libro anterior: la edición argentina de Platero y yo, de 1957, con la siguiente anotación de mi padre: “El primer libro que Jorge Castañeda le regala a su hijito querido.” Las fechas no cuadran: por muy precoz que me he creído, no puedo haber aprendido a leer a los cuatro años, ni siquiera un texto para niños de un Premio Nobel. Quizás pensó mi padre que lo leería años después; no fue el caso. Mi cuarto libro leído de verdad lo extrajo mi hermano de la biblioteca de su escuela, después de que una noche vimos juntos en la tele una película de guerra naval, también de la época napoleónica, con Gregory Peck y Virginia Mayo: Captain Horatio Hornblower. Este me marcó aún más: devoré el ladrillo en un par de días, y repetiría la lectura de la decena de volúmenes —de los cuales ese tomo representaba sólo un resumen— varias veces a lo largo de los siguientes veinte años. Quizás siempre fui un marino inglés frustrado…

Para alguien que nació, creció y morirá cerca de la política, no es extraño que entre mis primeros recuerdos de memoria continua figure uno de naturaleza política. Antes de alojarnos en Nueva York en el departamento de funciones de mi padre, corrieron varios meses interinos transitados en un arreglo provisional, pero amable. Nos apostamos mis padres, Marina y yo en Fort Lee, Nueva Jersey, en “Casa de Amalia’s House”: un típico pochismo propio de millones de familias mexicanas que dividen su vida en ambos lados de la frontera. Amalia era poblana, de orígenes humildes y, por azares de la vida, casada con Frank Grosseborger, un ingeniero alemán a quien había conocido gracias a otro alemán, casado a su vez con otra mexicana: la Tía Chabela, es decir, Isabel Ángeles Kraus, hija del general Felipe Ángeles. Su madre, la viuda del general, falleció en Nueva York en 1919, dos semanas después del fusilamiento del militar hidalguense, sin saber de la muerte de su marido y en compañía de sus hijos y de su hermana, Carmen Kraus de Álvarez de la Rosa, conocida como Mamá Lila, la abuela de mi padre. Falleció en 1967, de noventa y siete años de edad, en la Ciudad de México. Fue la fundadora y primera directora de la Escuela Nacional Primaria Industrial para Niñas, inaugurada en 1910 por Justo Sierra con motivo del Centenario de la Independencia. Ella se casó, en teoría, con un tal Jesús Álvarez de la Rosa, pero las malas lenguas de la familia siempre sospecharon que el verdadero padre de mi abuela era quien inauguraba escuelas y nombraba a sus directores en las postrimerías del Porfiriato: Justo Sierra. Los ojos azules de Sierra, los de Michita, los de mi padre y los de mis tíos Elsa y Germán, y hasta los de mi hijo Jorge Andrés, autorizan todo tipo de especulaciones. Otras voces de la familia, más sensatas, sostienen que todo esto fue un delirante invento más de Javier Rondero, que se pintaba solo en estas faenas. Llegó a presumir un lejano parentesco con la reina Isabel I de Inglaterra.

Los tres vástagos de Felipe Ángeles —Chabela y los mellizos, Julio y Felipe— residieron por largas temporadas fuera de México, después de la ejecución del general. Felipe hijo enseñó literatura en la Universidad de Mississippi, en Jackson, falleciendo en 1975; Chabela acabó sus días en Hackensack, Nueva Jersey, donde conoció a Frank y a Amalia. Allí les presentó al primo preferido de su hermano Julio, a la sazón mi padre. Julio, quien se convirtió en mi tío preferido durante los dos o tres años que lo adoré antes de su muerte en México en 1968, era un dandy en el mejor sentido de la palabra: agraciado, bailarín, elegante, amante del beisbol y del tap dance, trilingüe y fuente de mi pasajera y frustrada tentativa por mejorar la silueta años después gracias al uso anacrónico de tirantes. Según el tío Julio, la ausencia de cinturón evitaba la presión en la cintura que contribuía a la barriga o embonpoint, como solía decirlo su esposa francesa.

Julio Ángeles Kraus y mi papá no sólo eran primos segundos —sus abuelas eran hermanas— sino que se habían vuelto cuates y cómplices de desidia y desmadre en París durante la posguerra. Mi abuelo murió de una embolia en 1943; terminadas las hostilidades, mi padre se marchó a Francia, dejando atrás a su familia, pero portando consigo, según otra de las leyendas de la familia, una bolsa de centenarios gracias a los cuales él y su primo pudieron parrandear un rato a las orillas del Sena. Dependiendo a quién uno le crea, los centenarios procedían de la venta de un negocio exitoso de mi padre, o de otro negocio, veinte años anterior, también exitoso pero menos escrupuloso, de mi abuelo. En todo caso bastaron para que los primos se divirtieran en París, hasta que mi padre se enamoró de mi madre. La comandante mandó parar el relajo y, medio a regañadientes, convenció al compañero de farras de Julio Ángeles de volverse gente seria.

Gracias a Julio, Jorge viejo, mi madre y los Grosseborger congeniaron. Por ello, en los trasiegos de mi vida y la de mis padres, hicimos escala por varios meses en la mansión montada sobre el Río Hudson, mientras Jorge y Oma dejaban la casita anodina de Queens donde se asentaban todos los funcionarios de la ONU, y encontraban el departamento idóneo en Manhattan. Me inscribieron en Public School #1 de Fort Lee, la única escuela pública a la que asistí en mi vida. Quienes me han reclamado no haberme formado con educación pública tienen toda la razón.

Otro recuerdo, más pantalla que los anteriores: se me grabó una ominosa llamada telefónica de mi padre, informándole a su esposa que había sido diagnosticado con diabetes apenas a los cuarenta años de edad. Me aterró la explicación más o menos descarnada que me dio mi madre de lo que dicha dolencia significaba en esa época. Mi padre padeció los estragos de la enfermedad el resto de su vida, y quienes lo rodeábamos nos sumergimos en los detalles médicos y afectivos de un hombre que amaba demasiado la existencia para cuidarse como debiera, pero que a la vez poseía una inteligencia demasiado privilegiada para no intentarlo.

Esto acontecía en 1960, año que cerró con la elección presidencial norteamericana de noviembre y ahora sí, mi primer remembranza política: la transmisión televisiva de los resultados de la contienda entre Nixon y Kennedy, lo apretado de la votación y la triste sensación de haber sido mandado a dormir sin conocer al ganador. Pude amanecer antes que nadie, de madrugada, para prender la tele, correr a la recamara de mis padres y darles la buena nueva: ganó Kennedy, ídolo de mi madre y bête noire de Frank, tan reaccionario como su nombre y apellido lo sugerían.

Allí arrancaría la constante presencia de Kennedy en mi vida, que perdura hasta la fecha, como seguirá hasta que se resuelva uno de los enigmas históricos decisivos de la segunda mitad del siglo veinte. Se entrelazan en mi juventud y madurez la historia real y la anécdota personal; no siempre puedo separar la proverbial paja del trigo. Yo había cumplido siete años; Kennedy tomó posesión en enero del año siguiente y enfrentó su primera crisis política e internacional en abril de 1961: la derrota norteamericana —y la victoria cubana— de Playa Girón. Vivíamos en Manhattan, en la esquina de la calle 89 y Central Park West, lo cual me obligaba a tomar el camión no escolar al Liceo Francés del otro lado del parque. Volvía a las cuatro y, como compartía cuarto con mi hermano, veíamos la televisión en la tarde hasta las noticias de las seis y media. En abril aparecieron las imágenes de Bahía de Cochinos, de Fidel Castro dirigiendo a las tropas isleñas y de Kennedy asumiendo la responsabilidad pública de un fiasco militar, diplomático y de inteligencia, cuyas secuelas persistirían durante medio siglo.

Mi recuerdo de la elección de Kennedy no constituyó el único que lo involucraba. En octubre de 1962, apenas desembarcados en Egipto, donde mi padre había sido nombrado embajador, se conjugó el efecto personal y político de esa figura emblemática y trágica de la escena mundial. Mi hermano, de diecisiete años, permaneció en la universidad en Estados Unidos. Al estallar la crisis del Caribe, recibimos una carta que hoy guardo en la memoria con mayor claridad que su propio autor, quien la ha borrado de su disco duro. Ante la supuesta e inminente guerra termonuclear entre la URSS y Estados Unidos, provocada por el envío soviético de ojivas atómicas a Cuba y la decisión de Kennedy de no permitirlo e imponerle un bloqueo naval a la isla, Andrés se despedía de nosotros, despavorido por la histeria que envolvía a EU a raíz de la crisis, recordándonos lo mucho que nos quería y cuánto sentía no sucumbir ante la hecatombe venidera junto a sus seres amados. Mis padres lo tranquilizaron por teléfono —una verdadera hazaña en las épocas del socialismo pan-árabe de Nasser— y nos calmaron a Marina y a mí en la sala kitsch del departamento de Zamalek donde nos hospedábamos. Pronto la abandonaríamos por la casa de Maadi, escogida por mi madre, pues según ella, no se desplazó hasta el fin del mundo para acabar en un “pinche departamento” obscuro en una isla inundada una y otra vez por el Nilo. (La esposa de uno de los sucesores de mi padre escribió una novela sobre la residencia, publicada en 2012.)

La crisis del Caribe no provocó ningún holocausto: sólo la victoria de Kennedy, la ulterior defenestración de Khruschev, una pataleta de Fidel y la promesa norteamericana de no invadir Cuba o derrocar a Castro, mas no de cesar de hostigarlo, aislarlo y desaparecerlo de la escena política. Un año después, el 22 de noviembre de 1963, Oma irrumpió en mi pequeña habitación para anunciarme que Kennedy había sido asesinado en Dallas. Lo lamenté como ella: cuando viajaban mis padres, mientras esperábamos durante horas las llamadas a México, veíamos mis hermanos y yo los cortos que mandaba Relaciones Exteriores a las misiones diplomáticas; el que más recordaba era el de la visita apoteósica de JFK y Jackie a México en junio de 1962. Apesadumbrado en mi infantil admiración por el personaje, acudí a la escuela —la americana de El Cairo— a entregar, junto con los otros mil alumnos, un minuto de silencio a la memoria del presidente ultimado, y a ver colocada a media asta la bandera estadounidense.

Fast Forward. 2013

Tres años después, al cumplir doce, de vuelta en México e inscrito en el Liceo Franco-Mexicano, conocí en mi salón a una joven norteamericana de no malos bigotes, de nombre Suzy Leddy —sin que ella lo supiera, uno de mis incontables fracasos seductores—. Nos acercamos sin intimar en el recreo o a la salida. Dio la casualidad que nuestras madres se frecuentaban, o por lo menos mantenían una relación social, diplomática y cordial. Mi padre estaba de vuelta en la Cancillería, ocupando el cargo de director en jefe de Asuntos Multilaterales, y Janet, la progenitora de Suzy, se casó en segundas nupcias con un funcionario de la embajada de Estados Unidos. Gozaba de un antiguo nexo con la mejor amiga de mi madre —lo fue hasta su muerte—, Juanita Syslo de García Robles, la esposa de Alfonso García Robles, en ese momento superior inmediato de mi padre. Juanita, mi madre, Janet y la esposa del embajador de Francia, Anne Vimont, solían extraer algunas botellas de vino tinto de la espléndida cava de la legación francesa, y emprendían diversos recorridos por las afueras de la Ciudad de México, volviéndose todas buenas camaradas de paseo entresemanero.

Así se enteró mi madre —y yo también— de que Janet no compartía el lecho conyugal con un simple empleado de la flamante sede diplomática de Reforma, sino con el jefe de estación de la CIA. Y no de cualquier jefe de estación: el legendario Winston Scott, comisionado en México desde el inicio de los años sesenta, convertido a tal grado en confidente del empresariado nacional y de la clase política azteca, que los testigos de su boda, celebrada en casa del magnate Pablo Deutz, fueron Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz, entre otros. Scott moriría en México en 1971, desatando una feroz investigación por James Angleton, el siniestro cazatopos de la CIA, quien permaneció varias semanas en el país para sellar la casa y los archivos de Scott, e impedir que sus hijos o viuda conservaran documentos o memorabilia del fallecido espía.

La razón era evidente, pero no fue divulgada sino después: el periodo de Scott en México como jefe de estación comprendió el lapso entre septiembre y noviembre de 1963, cuando Lee Harvey Oswald, el presunto asesino de Kennedy, pasó varios días en el Distrito Federal mientras esperaba una visa para Cuba. Scott operaba las cámaras de la CIA frente a la embajada cubana, en aquel tiempo ubicada en Tacubaya, y se persuadió de que Oswald sostuvo varias entrevistas dentro de la misión cubana con funcionarios de la Dirección General de Inteligencia (DGI) isleña, quienes le habrían entregado dinero e instrucciones vinculadas con el magnicidio. Si bien la Comisión Warren, encargada de investigar el asesinato, fue informada de las sospechas de Scott, se desentendió de lo esencial.

Veinte años después de la muerte de Winston Scott, uno de los hermanos de su hijastra Suzy se matriculó en mi clase en la Universidad de California, en Berkeley. Simpatizamos y me platicó de su medio hermano Michael, hijo biológico de Scott, y de sus intentos por rescatar los papeles de su padre para escribir una biografía de él. George no olvidaba la angustia producida por el allanamiento de la residencia que habitaba en Las Lomas cuando murió su padrastro; me prestó el video de la boda de Janet y Win en casa de Deutz, y me relató la historia de Angleton y de un manuscrito de Scott sobre sus años en Italia durante la Guerra Fría, luego en México, antes y después del asesinato de Kennedy. Gracias al Freedom of Information Act, su medio hermano Michael pudo conseguir una versión, destazada por la censura, de esa especie de autobiografía de su padre. Dicho texto sirvió de fuente crucial para el libro Our Man in Mexico, de Jefferson Morely, publicado en 2006; asimismo, se integró al archivo utilizado por Tim Weiner para escribir su Legacy of Ashes: A History of the CIA; y fue también la inspiración para Brian Latell, quien en 2012 publicaría Castro’s Secrets: Cuban Intelligence, the CIA, and the Assassination of John F. Kennedy. Este último, junto con A Sad and Shocking Act: The Assasination of John F. Kennedy, de Philipp Shenon de 2013, constituye el relato más detallado y reciente de la historia que se remonta al otoño capitalino de 1963, cuando Oswald, Scott, los cubanos y Kennedy se aglutinaron en una maraña indescifrable, pero verosímil, en la Ciudad de México, que explicaría la obsesión de Scott por el vínculo cubano de Oswald, el delirio de Angleton y la angustia de la CIA. Dicha maraña puede contribuir a aclarar el empeño de Fidel Castro el 23 de noviembre, o sea al día siguiente del asesinato, y meses después, en su yate, cerca de las costas cubanas, con un investigador de la Comisión Warren, para convencer a tirios y troyanos de su presunta desolación ante el deceso de su adversario, al cual en teoría respetaba.

La CIA jamás informó a la Comisión Warren sobre sus múltiples y biliosos intentos de asesinato del líder cubano, involucrando a personajes de la Mafia de Chicago y Miami como Sam Giancana, Johnny Roselli, Santo Trafficante o a ex colegas de Castro como Rolando Cubelas. Este último se encontraba justo en el momento del asesinato negociando con las autoridades estadounidenses, en particular con el equipo del verdadero zar de la política anticastrista, Robert Kennedy, un nuevo atentado antifidelista, más descabellado que los anteriores. La agencia consideró que la incorporación a la Comisión Warren de Allen Dulles, su fundador y director hasta 1962, bastaba para asegurar que los investigadores supieran todo lo que la CIA sabía; pero no lo que la CIA callaba, o que de plano negaba: sus fallidas pero recurrentes tentativas de ejecutar a Castro.

De tal suerte que la instancia responsable de dilucidar el misterio de un delito de esa magnitud careció de un dato crucial: las muy válidas razones de Castro para actuar contra JFK de la misma manera en que los hermanos Kennedy habían procedido contra él. O, como lo formularía nada menos que Lyndon Johnson, el sucesor de Kennedy, en su sibilina exclamación revelada apenas a finales de los años noventa pero pronunciada al terminar su mandato en 1968: “Los Kennedy querían acabar con Castro, pero Castro acabó con ellos primero”. Castro poseía motivos, medios y modo de mandar asesinar al presidente de Estados Unidos. O por lo menos, como lo afirma Latell, “el Caballo” supo antes de tiempo lo que ocurriría en Dallas y desistió de cualquier intento por impedirlo.

Todos los libros centrados en la estancia de Oswald en México citan sus gritos al salir de la embajada cubana en México, cuando se le negó la visa: “¡Pues van a ver, voy a matar a Kennedy!”. Subrayan la relación del exmarine con Silvia Durán, una empleada mexicana en la Embajada de Cuba, que no fue interrogada por los norteamericanos hasta 1978. La exclamación jamás fue reportada por la estación de la CIA en México a sus superiores en Estados Unidos, aunque éstos tuvieron conocimiento de ella; pero es impensable que la gente de la DGI cubana no la haya transmitido a La Habana. Los cubanos ya lo conocían: de acuerdo con Latell, Oswald fue contactado por la inteligencia cubana desde 1959, en Los Ángeles, cuando buscó a personal del consulado de Cuba para “ponerse a las órdenes de la revolución”, antes de marcharse a la URSS. Latell reproduce también las confesiones realizadas en 2007 por un agente de inteligencia cubano, Florentino Aspillaga —el de mayor jerarquía en cambiarse de bando, veinte años antes—, quien en 1963 se desempeñaba como encargado de la estación de escucha de Jaimanitas, a las afueras de La Habana. Desde allí monitoreaba las comunicaciones por radio de Estados Unidos y en particular de Washington. Según este informante, el día anterior al asesinato de Kennedy fue instruido a dirigir sus antenas hacia el estado de Texas, a la ciudad de Dallas, para detectar cualquier anomalía o acontecimiento extraño. Si le creemos a Aspillaga, los cubanos sabían o creían saber que algo iba a suceder en Dallas el 22 de noviembre de 1963.

Esto es lo que Win Scott intuyó esos mismos días en la Ciudad de México; lo que la CIA procuró mantener en secreto esos años; lo que el biógrafo y el hijo de Scott buscaron transparentar, y que aún no podemos confirmar o desechar. Sólo cabe especular en torno a la lógica de Castro, la proclividad de Oswald por prestarse a la manipulación, su aparente castrofilia exacerbada, y el dilema que quizás enfrentó Johnson. El nuevo presidente sí fue informado de la obsesión “kennediana” por matar a Castro; de haber tomado en serio los reportes de Scott procedentes de México, se habría visto obligado a enfrentar una disyuntiva peor que diabólica: abrir una investigación que involucrara a La Habana, sabiendo que provocaría tal estupor de la opinión pública norteamericana que resultaría imposible evitar una acción militar contra los magnicidas tropicales; o, “a lo hecho, pecho”: resignarse a no descifrar el enigma de Dallas, Oswald, Jack Ruby, el segundo tirador, etc., con plena conciencia del tamaño de su complicidad —imperiosa, comprensible— con los autores de la tragedia.

¿Cómo sabemos lo que pensaba Johnson? Por dos declaraciones citadas en la biografía de Robert Caro, The Passage of Power: The Years of Lyndon Johnson (2012); la ya mencionada sobre los Kennedy y Castro, y otra, en pleno retiro del expresidente: “Los Kennedy operaban una jodida Murder Inc en el Caribe”. Johnson le reveló a Walter Cronkite en una entrevista grabada para la cadena CBS en 1969 cómo se convenció de la participación de Oswald en una conjura internacional, pero antes de que el programa se transmitiera, el expresidente se arrepintió y pidió suprimir ese pasaje. El biógrafo de Johnson también sugiere que Robert Kennedy nunca se despojó de la sospecha de que el asesinato de su hermano fue producto de sus propias manías contra la Mafia o contra Castro: “Medio siglo después de la muerte de JFK, prevalece la especulación entre los íntimos de su hermano sobre si conocía algún dato duro que indicara que sus cruzadas contra el dictador cubano o el crimen organizado […] habrían afectado a JFK, y si su abatimiento se vio intensificado por una sensación de responsabilidad, o incluso de culpa, por la muerte de su hermano”.

Cuando publiqué una breve reseña del libro de Latell en El País en 2012, un lector atento envió una carta al director argumentando que los mismos hechos descritos por Latell podían ser interpretados de una manera diferente. Los cubanos le negaron la visa a Oswald porque lo hallaron medio loco; la estación de Jaimanitas reorientó sus antenas porque se esperaba que sucediera algo políticamente sigificativo en Texas ese día, no un atentado. Las tres versiones sobre el asesinato de Kennedy surgidas a partir de 2006 también sugieren varias tesis del lector, con la misma verosimilitud. Oswald era un maniático suelto, cuyas intenciones detectaron los cubanos de inmediato; hubieran podido evitar el homicidio, pero no lo impidieron por una muy justificada venganza. Oswald fue cilindrado por los cubanos en México, al caerles como regalo divino. Oswald actuó por cuenta de la Mafia y parte de la CIA, con el propósito de asesinar ya sea a Castro, si podía entrar a Cuba, ya sea a Kennedy si no; fabricó con gran pericia credenciales castristas para cubrir sus huellas. Si algún día se abren los archivos cubanos, en particular los cables transmitidos por la embajada en México a La Habana, sabremos algo más al respecto.

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Adólfo López Mateos, Winston Scott y Gustavo Díaz Ordaz, Ciudad de México, 1962

Hoy George Leddy vive en West Hollywood; su hermana, en París. Visité a Janet Scott un par de veces en Nueva York, en compañía de su amiga Rosa Porraz, madre de Paloma, la esposa del banquero inglés Damian Fraser. Del video de la boda de Janet se derivó una portada de Enfoque, el suplemento dominical del diario Reforma, en 2006, con la foto de Scott, López Mateos y Díaz Ordaz, en pleno festejo. Para esas fechas habían fallecido Janet, Juanita García Robles y mi madre, todas ellas testigos tangenciales de estos sucesos cargados de obsesión, espionaje, conspiraciones reales y febriles y parte motriz y distorsionante de mi propio arrebato cubano. Quizás la permanencia de la isla en mi mente y mi vida se remonta a esas imágenes cruzadas de Kennedy y Castro, en la cabeza hiperactiva de un niño perdido a las orillas del Hudson, o en las calles de Manhattan esperando el camión para ir a la escuela.

Rewind

III

Mi estancia en El Cairo (1962-1965) fue formativa en todos los sentidos. Allí aprendí de verdad el francés; a seguir el beisbol de las Grandes Ligas a través de la radio de las fuerzas armadas de Estados Unidos, y de un juego simulado al que le dedicaba horas en compañía de Bob Bauer, mi mejor amigo de esa época, con quien conservo una buena amistad hasta sus años como consejero jurídico de la Casa Blanca bajo Barack Obama. Allí empecé a empaparme de la cultura y del racismo norteamericanos, a padecer la escasez de bienes de consumo de Occidente y la abundancia de engendros del socialismo de Europa Oriental. Me acerqué —un poco— a la pobreza egipcia, tan descomunal antes como ahora.

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Carta de Barak Obama, 2013

Nos rodeaban los rezagos almibarados de la vida colonial. Gamal Abdel Nasser, quién derrocó al rey Farouk en 1953, nacionalizó el Canal de Suez en 1956 y fundó, con otros, el Movimiento de Países No Alineados, expulsó a muchos ricos, pero no a todos; a muchos ingleses y franceses, pero no a todos, y consintió, sin entusiasmo, hasta poco antes de la Guerra de los Seis Días en junio de 1967, a convivir con una comunidad estadounidense numerosa y diversa. Incluía a diplomáticos, médicos, egiptólogos, espías y militares, cuyos hijos asistían a la misma escuela que yo, o la misma universidad que Andrés, mi hermano, que pronto se unió a nosotros. La existencia en Maadi, como en Zamalek, salida de Durrell y el Cuarteto de Alejandría, reproducía los estereotipos coloniales en teoría superados: yo iba a la escuela, al club y a casa de mis compañeros escolares en bicicleta. En la residencia de la embajada trabajaban —salvo durante el Ramadán y el verano— múltiples empleados o sufraguis, cocineros, jardineros, barrenderos y demás arrimados, a quienes en ocasiones maltrataba, para luego verme regañado por mis padres. Prodigiosos jardines atendidos a la perfección rodeaban las espaciosas casas cruz-ventiladas, y las avenidas de la zona diplomática lucían limpias, lineales y arboladas: todo lo contrario a las demás arterias de la ciudad, tan caótica y polvosa como ahora. Mi escuela se ubicaba a tres cuadras de la embajada de México; en parte por eso mi madre nos instaló en el suburbio de El Cairo. Nos inscribió allí porque el gobierno egipcio obligó al Liceo Francés y al colegio inglés a impartir la mitad de la enseñanza en árabe: una comprensible rémora revanchista, aunque contraproducente, de la invasión franco-inglesa, en 1956, para recuperar el Canal de Suez. Carecía de sentido colocarnos a mi hermana Marina y a mí en un ambiente donde no entenderíamos nada y donde no aprenderíamos un idioma extraordinario pero condenado a ser olvidado por nosotros y de dudosa utilidad en México. Nos matricularon pues en el Cairo American College, o CAC; gracias a la condena norteamericana de la invasión anglo-francesa de 1956, Nasser toleraba la sobrevivencia de una escuela y una universidad de habla inglesa.

Evocar ese tiempo me provoca una reflexión extraña, a propósito de un dato —migas de información inútil que almaceno desde niño— que conocí cuarenta años más tarde, al desenterrar los orígenes de Al Qaeda y de los atentados del 11 de septiembre. Además de matar a más de tres mil inocentes y de generar una psicosis de guerra en Estados Unidos, dieron al traste con mi principal proyecto de política exterior como canciller: el acuerdo migratorio con Washington, o “la enchilada completa”. La Hermandad Musulmana egipcia, fundada desde la época de Farouk en reacción contra la decadencia, la corrupción y la opulencia reales, empezó a escindirse a finales de los años cincuenta. Una facción, más moderada en la práctica aunque tal vez igual de fanática en el tipo de Islam que predicaba, conservó la mayoría; otra, minoritaria, a la que pertenecía un joven médico y estudioso islámico, propugnaba la lucha armada, el fundamentalismo del sharía y de la lectura al pie de la letra del Corán. Ese joven era Ayman Al-Zawahiri, segundo de Osama Bin Laden hasta su muerte en 2011, cuando lo sustituyó como jefe de lo que sobrevive de Al Qaeda. ¿El lugar de reunión de la minoría extremista en Egipto? La terraza del Club Maadi, donde mis padres jugaban tenis y yo nadaba o perdía el tiempo con mis amigos.

Jorge y Oma se ausentaban con frecuencia, por trabajo y por curiosidad intelectual. Más que turistas, eran maravillosos y asiduos viajeros. Recorrieron todo el Medio Oriente, salvo Israel; mi madre no visitó a su hermana hasta que concluyó la misión de mi padre en 1965. A mí me correspondieron algunos periplos menores: Jerusalén y Jordania con mi hermano, Grecia al cumplir 11 años con mis padres, y Luxor después, el Mar Rojo y el Mediterráneo egipcio de vacaciones con toda la familia, pero nada mucho más exótico. Los mejores momentos con mis hermanos acaecían cuando los papás desaparecían: no tanto por las travesuras —algunas aberrantes— sino por la cercanía que se daba entre nosotros. Andrés y su novia se veían obligados a ocuparse de Marina y de mí; yo pasaba más tiempo en casa de Bauer que él en la mía, lo cual me parecía perfecto, porque sus padres —agregados culturales norteamericanos— tenían acceso al commissary, es decir, al supermercado de productos estadounidenses reservados a los funcionarios de la embajada: el equivalente de las diplotiendas cubanas hace unos años. Me atascaba de todas las golosinas y productos chatarra de la “gastronomía” norteamericana, pero también de leche, producto vedado en nuestra casa por inexistente o contaminado.

Marina disfrutó menos esos lapsos huérfanos, expuesta como estaba a los comportamientos hostiles de sus hermanos y desprovista, a sus seis años de edad, de mis amistades y de la libertad para cultivarlas. Entre éstas figuró un niño mayor que yo, compañero de mil aventuras, que un buen día decidió soltarme un puñetazo en la cara, ofensa intolerable para alguien tan desacostumbrado como yo a la violencia física. A pesar de los mil perdones que me pidieron él y sus padres en los días subsiguientes, no volví a dirigirle la palabra. Supongo que allí se origina mi carácter tan rencoroso —azteca, decía mi exesposa— en el terreno de lo personal. En mi manual, los enemigos personales lo son para toda la vida, mientras que los pleitos políticos y las animosidades sociales duran el tiempo de su eficacia o inevitabilidad. Los padres de aquel muchacho eran unos personajes paradójicos: ella, retratista, entre otros, del niño de diez años que fui, captado en un óleo que aún conservo en mi recamara; él, como supe años después, jefe de la estación de la CIA en El Cairo.

Una de las ausencias de mi madre resultó más dolorosa para ella y sobre todo para mí. Buena parte del verano de 1964 lo ocupó en visitar su pueblo en la Unión Soviética, sola, topándose todavía con algunos conocidos de los años treinta, abrumada por el rencuentro con la aldea donde creció y donde fallecieron sus padres. Mi padecimiento fue mucho más terrenal y absurdo. Ya sea por una proclividad a infecciones de estafilococo debido a la falta de una nutrición adecuada o de higiene en general, ya sea por la entendible desatención de mi padre (sufrió varios ataques de paludismo durante esas semanas) y mi adicción a rascarme la cabeza en plena canícula cairota, me brotó un absceso en la cabeza. La irritación provocó que como buen niño ansioso e intenso me arrancara desenfrenadamente el cabello hasta parecer monje franciscano. Para cuando regresó mi madre de la URSS, me encontraba al borde de una septicemia; me trasladaron de urgencia al hospital Dar el Chifa, donde un doctor llamado Orfali, más carnicero que cirujano, me abrió el cuero cabelludo y me salvó la vida. ¿Culpa de mi mamá por dejarme al garete dos meses? ¿De mi padre por no ocuparse? ¿Del Tercer Mundo encarnado en las aterradoras condiciones alimenticias y sanitarias incluso de los enclaves diplomáticos criptocoloniales?

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Oma, Mar Negro, 1964

De todo ello, pero sobre todo de lo último: el entorno económico y social del país. El Raïs, como se acostumbraba llamarle a Nasser, no era un dictadorzuelo árabe, pero tampoco un estadista dotado de una visión mundial e histórica fuera de serie. Nacionalizó el Canal; convenció a los soviéticos de construir la megapresa de Aswán; junto con Tito, Sukarno y Nehru fundó el Movimiento de los No Alineados, y expulsó a buena parte de los potentados y magnates de la corte de Farouk. Pero también demostró su incapacidad recurrente de ganarle una guerra a Israel; de mejorar el nivel de vida de su pueblo; de suprimir la represión de los opositores de cualquier estirpe y de erradicar la nueva corrupción generalizada en el seno de las élites renacientes: el ejército, su partido y la burocracia estatal. Desperdició decenas de millones de dólares construyendo fuerzas armadas que no resistieron ni una semana al embate de los blindados de Moshé Dayán, ocasionando la pérdida del Sinaí. A pesar de su secularismo encomiable, incubó la semilla del fundamentalismo islámico que acabaría con la vida de Anwar-el Sadat, su sucesor, en 1981, y cuyos representantes actuales accedieron al poder en 2012, para luego ser masacrados por un nuevo autoritarismo militar. Como tantos otros mitos de los años sesenta, el nasserismo y el proyecto pan-árabe del Raïs se derrumbaban ante el escrutinio ajeno o la mirada desideologizada de sus víctimas. El socialismo árabe, como la nieve de primavera, se derretía con el primer día de sol. Cuando murió Nasser en 1970, los egipcios lo velaron con la tristeza, el agradecimiento y el fanatismo propio de esos momentos. Seis años más tarde, cuando tuve la oportunidad de retornar a El Cairo y visitar su mausoleo en Heliópolis, comprobé que nadie lo extrañaba. En una tumba sin visitantes descansaba un hombre relegado y poco lamentado.

Los tres años de residencia al borde del Nilo me permitieron introducir un mínimo de continuidad en mi infancia, mis hábitos y mis gustos. Uno de ellos se centraba en la deliciosa pérdida del tiempo: seguir el beisbol por radio, jugar basquetbol (como llanero) en la escuela; y hablar hasta el cansancio de chavas con mis cuates: mi pasatiempo preferido. Otro, perdurable y querido, fue la lectura, costumbre adquirida en Nueva York un par de años antes y a la que me adentré de lleno sólo hasta los nueve años, por la peor de las razones, junto con la mejor: provenía de una familia de lectores, desde mi abuela hasta mi hermana, pasando, sobre todo, por mis padres. Nunca los vi sin un libro, periódico o revista a la mano; nunca los escuché dejar de hablar de libros leídos o por leer. Pero había otro motivo en mi propia pasión por la lectura. Para explicarlo se impone una pequeña desviación deportivo-cultural.

Los norteamericanos idolatran dos excesos mancomunados por sobre todos las demás: los “rankings” —de boxeo y universidades, de cocientes intelectuales, de volumen de acciones intercambiadas, de riqueza e indigencia, de intenciones electorales y de jerarquías criminales, de cinematografía y medallas olímpicas— y las estadísticas: de beisbol, de pobreza, de las bolsas de valores y de libros publicados, de número de enemigos abatidos en sus guerras —los “body counts” de McNamara en Vietnam—, de kilómetros recorridos por litro de gasolina y de calorías consumidas por los obesos o dejadas de absorber por los dietófilos. Siempre he pensado que los dos motivos por los cuales la sociedad norteamericana se niega a adoptar el futbol como deporte de gran público, es decir, de seguirlo en televisión, residen, en primer lugar, en la falta de interrupciones para permitir comerciales ad nauseam, pero también en la dificultad de aplicarle al futbol soccer la indagación estadística del futbol americano, y sobre todo del beisbol. Cualquiera que se haya deleitado conversando de beisbol con Carlos Slim lo puede comprobar, como lo aprendí yo desde Egipto. Las series estadísticas de bateo, fildeo y picheo son infinitas. El futbol asociación no se presta a ello: lo más que se puede tabular son los goles, el tiempo de posesión del balón, quizás los pases logrados o fallidos o para anotar goles, los tiros al arco desviados o enmarcados en la portería y le paramos de contar.

Estas obsesiones estadísticas se reproducen en cada ámbito de la vida norteamericana y, por supuesto, en una de las más esenciales: la educación. Desde cuarto o quinto de primaria los maestros catalogan a los niños por ranking, no a la francesa (primero, segundo y tercero en cada salón), sino por áreas de actividad: los mejores en deportes, en canto, en dibujo y en… lectura. ¿Cómo se cuantifica esa excelencia? Creando un método simple y muy norteamericano de comprobación de lectura y publicitando los resultados en el salón. Son los book reports de antaño, donde cada niño se ve obligado a leer por lo menos un libro por semana y a redactar un breve resumen del mismo. Sus resultados se exhiben en una especie de cuadro de honor o palmarés colgado en la pared. Algunos niños no cumplen con el requisito del libro hebdomadario; otros cometen trampas y algunos se vuelven stakhanovistas de la lectura: leen más libros, escriben más resúmenes y aparecen con mayor frecuencia en el primer lugar del tablero, sin ardides o, en todo caso, recurriendo sólo a pequeños subterfugios.

Mi propia obcecación por la competencia y una propensión por descubrir maneras de sobresalir sin demasiado esfuerzo me condujeron a obnubilarme, a mis recién cumplidos nueve años, con los book reports. Devoré libros, cortos o largos, buenos o malos, pertinentes o dedicados a temas desorbitados, no tanto por el gusto de la lectura o por el afán de aprender. Mi propósito al acudir a la biblioteca del Consejo Británico, de la propia escuela o a las escasas librerías de la ciudad, consistía en conseguir libros para resumirlos y subir en la jerarquía del tablero de lectores. Por tanto —obvio—, leía demasiado rápido y por encima; me saltaba páginas o capítulos; mi aprendizaje se concentraba más en la redacción de síntesis fieles y sencillas de los contenidos que en la calidad de la escritura, la información incluida en el texto o el goce en sí del arte de leer. Muy pronto me transformé en el primer lector de mi grado, aplaudido por los maestros, medio detestado por los demás niños por machetero, pero también conocido por todos. Para un alumno recién llegado no fue mal negocio, y como modo de asimilación de la práctica de la lectura tampoco resultó nocivo el ejercicio. El gusto perduró y nunca se esfumó. Como manera de leer, de asimilar conocimientos, vocabulario, ritmos y estilos literarios, el método competitivo-compulsivo dejaba mucho que desear. Le debo una capacidad de síntesis que reforzó después la educación francesa y que me ha servido; le debo también la superficialidad de muchas de mis lecturas, y de mi cultura en general: ecléctica, dispersa y proclive a la facilidad.

De esta etapa se derivó mi ya insinuada querencia, casi taurina, hacia la línea de menor resistencia (o ley del menor esfuerzo), que me han reprochado quienes se atreven a decírmelo. Por dinamismo de espíritu, información abundante y dominio de tres idiomas, pude alcanzar muchas metas. Desentrañé muchos misterios, me gané la vida y dije muchas cosas sin aplicar el empeño mental imperativo o la disciplina indispensable para cualquiera de los objetivos que me planteé de verdad. Siempre hice lo suficiente, nunca lo necesario: para sacar buenas calificaciones, hasta entrar a las mejores universidades; para escribir mejores artículos, ensayos o libros, hasta lograr mayores distinciones, reconocimientos o cargos. Quizás lo único en lo que me esforcé a fondo fue en criar a Jorge Andrés, para desgracia del pobre crío. Hasta la fecha ese hijo padece mi intrusión atrabancada en todos los ámbitos de su vida, ahora las materias que cursaba en su maestría, ahora el color de las cortinas en su primer departamento.

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Con mi padre, Mahmud, mi madre, Marina, Jill y Andrés, El Cairo, 1964

Las horas de soledad en Maadi, la competencia escolar y la disposición de mis padres a surtirme de todos los libros imaginables me instauraron un hábito de lectura que conservo al día de hoy. No fue la menor de las ventajas de mi estancia en El Cairo. Aunque no aprendí a ordenar mis lecturas —a menudo apilo tres libros en mi escritorio o mesa de noche—, hoy disfruto la famosa compañía de un texto como pocas otras cosas. Mi gente más cercana a lo largo de estos años han sido lectores; con la demás, he construido barreras en ocasiones infranqueables.

Abandonamos Egipto con dolor, nostalgia y la plena conciencia de que cada miembro de la familia enterraba allí etapas irrepetibles. Mis padres jamás fueron tan felices; Andrés, una vez que se unió a nosotros en 1964, comprendió que no combinaría de nuevo las delicias de la universidad, las novias, los coches y las diversiones de los veinte años; Marina, por su edad, le sacaba menor provecho a la alteridad en ese momento, y guarda quizás un recuerdo más ambivalente. Para mí, terminaban las amistades desprovistas de rivalidades o resentimientos, la libertad de ir y venir solo y seguro, en bicicleta y en compañía de gente querida, y un coqueteo frívolo y a la vez sincero con ese exotismo adorable del mundo árabe, con la pobreza desgarradora, la desigualdad lacerante —mayor que en México; si no en los números, sin duda en impresiones— y la adyacencia con la otredad que tantos frutos me rendiría en el futuro. Desde entonces interioricé la alteridad; me acostumbré a discernirla en la calle, en el cine, en la casa —aunque sólo fuera a través de la servidumbre—, en las tiendas y sitios turísticos, y a través de la gente tan distinta que me rodeaba. Las diferencias de clase, étnicas, religiosas o políticas de México y de Estados Unidos palidecían frente a las de El Cairo; lo impresionable de un niño de diez años superaba con creces la sensibilidad, poca o mucha, de un adolescente, de un joven o de un adulto. Si de algún intersticio de mi memoria procede una apertura a la novedad o a la diferencia, se origina en Egipto.

Proviene también de la figura de mi madre. La mujer que conocí como hijo, en su lecho de muerte y en sus cartas y diarios años después de fallecer, revestía para mí un inmenso caudal de virtudes. Sus defectos, al contrario, eran mínimos, visibles para sus vástagos sólo en momentos de ira o en alguna demanda insatisfecha de afecto. La existencia la dotó de una inteligencia y una agilidad mental excepcionales, junto con un diletantismo inevitable para alguien que ejerció poco la profesión para la que se formó, viéndose obligada a encontrar formas alternativas de ganarse la vida o de llenarse de vida una y otra vez. Esa inclinación a reinventarse acompañaba su fascinación por lo desconocido, desde su viaje a México en 1938 —país exótico por excelencia en ese momento— hasta su perseverancia —aberrante— por cultivar frutales húngaros en un páramo del Estado de México por los rumbos de Tepozotlán, meses antes de morir. Poca gente amó tanto a México, tratándose de un amor por elección. Poca gente discernía, con cariño y severidad, las taras del país y de su gente, y la dificultad de remontarlas. Como mujer, era apasionada, coqueta y consciente de sí misma, hasta el exceso. Como madre, era capaz de repartir hábil y equitativamente los afectos entre sus hijos, de consentirlos con parsimonia y equilibrio según el momento y las necesidades suyas y nuestras: a Andrés, por ser el primero, el más querido y el más distinto a ella; a Marina, quien más angustia le provocó al criarla, pero también mayor cercanía, por ser mujer y por necesitarla más; a mí, por ser el más parecido a ella y que menos dificultades generaba, pero que volaba solo y contaba con la admiración paterna.

La breve descripción de mí que aparece en su diario en 1967 la pinta más a ella como madre que a mí como hijo: “Tengo un gran sentimiento de inferioridad frente a Jorge chico, la condición de Tonio Kröger nuevamente, pero ya no ante lo rubio, lo desapegado o siquiera su juventud. Es sobre todo su novedad. Lo hicimos con nuestra búsqueda intelectual; es lo que produjimos con nuestra cultura y nuestras mentes agudas y listas. En él no hay vacilación; está absolutamente seguro de lo que quiere. Nunca buscará consejo o apoyo. No lo necesita. El mundo en el que crecerá será suyo y sabe qué esperar de él. No habrá escasez; los más inteligentes se verán cuidados por una comunidad que valorará enormemente sus capacidades y aceptará su liderazgo.” Siempre le fascinó el personaje de esa pequeña joya de cuento de Thomas Mann, de quien fue toda la vida una asidua lectora (en inglés o francés; su alemán sólo le permitió leerlo en el original cuando niña). La retomaría años después, cuando García Márquez nos pidió sugerencias para su discurso de Estocolmo en 1982: allí reaparece el joven artista de madre italiana y padre alemán, emblema del mestizaje europeo y de la fusión de disciplina y pasión. Con sus iconos, estas líneas hablan más de Oma que de mí; reflejan su fe ciega en el progreso, en la inteligencia, en las virtudes casi científicas del mundo por venir. Ese mundo pertenecería a los mejores, y en su visión, uno de ellos sería suyo.

Como esposa supongo que fue fiel y funcional. Más aún, la sabiduría convencional de la familia rezaba que gracias a su reciedumbre y temple, mi padre realizó una metamorfosis inesperada: de ocioso galán parisino a diplomático, académico y político con pocos pares en el México moderno. De baja estatura y de atracción física mediana, nada en su porte, salvo sus ojos cafés y verdes, según la hora del día y su estado de ánimo, siempre llenos de luz, sugería la enorme fuerza interna contenida en esa delgada mujer de cara angular que con los años se volvería igual que su silueta, rellena y circular. Su pasado garantizaba esa fortaleza interna. Perdió casi todo a los treinta años de edad —sus padres, su pueblo, su amante, su marido y, en ese momento, su país adoptivo—. Marina creyó siempre que una de las razones por las que nunca compartió con nosotros las circunstancias del fallecimiento de sus padres, los detalles de su divorcio o la verdad intelectual, financiera y religiosa de su infancia y juventud, respondía a una negación freudiana, casi de pizarrón, de un dolor indescriptible. Su antisionismo, que en ocasiones, de broma, tildaba yo de antisemitismo, se originaba tal vez en el mismo recurso: un rechazo al judaísmo de sus padres, de su hermana y de su aldea natal, que se transformó en una caricatura y una formidable barrera que permitía olvidar lo irrecordable.

Como mujer —profesionista, independiente, brava hasta lo peleonera— conquistó la admiración de sus amigas y amigos, de sus hijos y de mexicanos y extranjeros que la conocieron aunque fuera de lejos. Todo eso trajo un costo. Sostener con vehemencia, incluso con terquedad, opiniones iconoclastas o radicales en la sociedad mexicana no era recomendable; ser tan cosmopolita y sofisticada, sin poseer la sustancia detallada o estudiada que aporta matices, la orillaba en ocasiones a la estridencia. El vigor con el que defendía sus convicciones y la naturaleza de las mismas abrió el flanco, desde sus primeros días en la ONU y hasta que saliera mi padre de la Cancillería, a la acusación de trabajar como espía soviética. Los polacos, creo, trataron de reclutarla en Nueva York. Cuando mi padre acompañó al canciller Luis Padilla Nervo a la Conferencia de Caracas en 1954, donde se decidió la suerte del gobierno de Jacobo Árbenz en Guatemala, surgió una pequeña campaña de prensa en México reclamándole su matrimonio con una agente de la URSS. En El Cairo los círculos diplomáticos norteamericanos albergan sospechas de sus nexos con Moscú; a mediados de los años noventa un latinoamericanista conservador, inteligente y vinculado a los servicios en Washington me confesó que había revisado el expediente de Oma cuando mi padre era secretario y confirmó que allí figuraba la tesis de su vocación de Mata Hari. En una entrevista publicada treinta años después, Julián Nava, el entonces embajador de Estados Unidos en México, reiteró la misma acusación: “Castañeda era socialista. Conocí a su esposa. Una mujer que en nuestros archivos se describía como marxista nacida en Rusia”. La sospecha era ridícula, no sólo por falsa sino por incoherente: mi madre era demasiado leal a su marido, a su patria de adopción y a su testaruda independencia para someterse jamás a la disciplina obligatoria de un órgano de inteligencia. Pero ilustraba los revuelos que causaba y los rumores que desataba por su carácter, su pasión y las vicisitudes de su vida. En sus últimos años, perdió la energía, la vivacidad y la alegría que neutralizaban su ardor; tendió hacia la soledad o el aislamiento, aunque construía nuevas amistades y descubría nuevos frentes de actividad, lectura o estudio. No sé cómo hubieran sido sus años dorados de no haber sucumbido tan joven a un cáncer fulminante.

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Mis padres en Nueva York, 1960 (ca.)

La intensidad de mi relación con ella se manifestaba en el fervor de nuestras discusiones políticas, o las que sosteníamos sobre mi padre y mis hermanos. Como no tuve hijos biológicos mientras ella vivía, la educación y el crecimiento de éstos no fue tema; todo lo demás, sí. Por la infinidad de puertas que me abrió mi padre, por mi ambición de ocupar su sitio y su cargo, y por muchos de los mismos defectos de carácter (no las virtudes), soy de manera irremediable su hijo. Pero Oma tal vez me marcó en un sentido mayor: no sólo me le parezco más, sino que compartí con ella, pasiones y desprecios por costumbres, actitudes y personas, como no lo hice con mi padre. A pesar de mi conducta, podía comportarse al extremo cariñosa conmigo, con su marido y sus nietas, y externar una frialdad de témpano, reflejada en su dureza aplastante y prepotencia avasalladora con los objetos de su furia o de su desdeño intelectual, con los contradictores de su pasión por el trabajo y perfeccionismo o con las víctimas de su destreza mental. No soportaba a los tontos, y los tontos abundaban en su mundo; quería a la gran mayoría de los familiares y amigos de su pareja, pero vilipendiaba sin piedad ni disimulo a las relaciones de conveniencia o imputables a la frivolidad de su marido. Adoraba al país, como casi todos los que emigran a México. Le debió a mi padre su derecho de ciudad o de entrada: haberse vuelto mexicana de cepa, haber penetrado en el espacio blindado del mexicano, a la vez hospitalario e hipócrita, y adentrarse en el país como muy pocas amigas suyas originarias de tierras lejanas pudieron lograrlo. Pero su enorme afecto por lo mexicano, patente desde los años cuarenta en su diario, no la enceguecía ante los inconmensurables rezagos de nuestra sociedad o frente a los defectos del carácter nacional, ni le impedía comprobar los vicios y deformaciones del alma mexicana. A ella le debo la capacidad de distinguir entre el folclor “apantallapendejos” de la cultura local y el verdadero talento creativo del ser mexicano. Oma perteneció a una estirpe exigua y destacada: la de los forasteros que desembarcaron en parajes mexicanos, se enamoraron del país y le agradecieron para siempre lo que éste les brindó, sin jamás perder de vista las debilidades y los retos que su patria adoptiva debía remontar, ante los cuales ella y la patria permanecieron impávidas estos años.

IV

El regreso a México de El Cairo fue traumático y prolongado. Mi padre, Andrés y yo recorrimos en coche parte de Europa: de Roma hasta Madrid, pasando por Pompeya, Barcelona, la Costa Azul y Zaragoza, mientras mi madre y Marina pudieron por fin viajar a Israel para que la tía conociera a sus sobrinos, mi hermana a sus primos, y Mifa y Oma se rencontraron. Ni los egipcios ni el estado judío le permitieron a mi madre visitar a su hermana mientras mi papá fungía como embajador. Ambos gobiernos pensaban que Oma espiaba al otro, como los norteamericanos.

Nos reunimos en Madrid, de donde volamos a Nueva York a pedirle de nuevo posada a “los Franks”, quienes ahora vivían en otro pueblito de Nueva Jersey del cual salí apenas un par de veces durante el mes de nuestra estancia: para ir a un juego de beisbol de verdad en el Yankee Stadium, y visitar la Feria Mundial de Flushing Meadows de 1965. Además de recordar cómo se me volvieron a ampollar los pies, ya desangrados por las caminatas en Pompeya, retengo una rara imagen de la feria.

El pabellón mexicano, diseñado y construido por el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, cuyo opus magnum, el Museo de Antropología, venía de inaugurar en la Ciudad de México, incluía todo tipo de joyas culturales: gastronomía mexicana, los voladores de Papantla —que se convirtieron en las estrellas del evento—, algo de plástica mexicana y un artefacto cuya presencia me resultó incomprensible, tanto como a mi padre. Nos horrorizamos al comprobar que en el pabellón presumíamos un automóvil deportivo, el Renault Alpina construido en Ciudad Sahagún. Algunos recordarán el complejo industrial hidalguense, de paradójica trayectoria junto con el proyecto Borgward de la misma época: contribuyó a la industrialización del país y acabó en la quiebra. Mi padre no entendía por qué México exhibía un carro francés armado en nuestro país —armado: no fabricado— y de lujo. ¿Cómo jactarnos de algo no sólo ajeno sino, en el fondo, reprobable? ¿Cuál era la lógica de sentirnos orgullosos de un coche carísimo, pequeño e inservible en las carreteras y calles mexicanas, sólo porque lo construía una empresa paraestatal asociada con otra, en este caso, francesa?

Fast Forward. 2000

El “mito genial” de Ramírez Vázquez me perseguiría durante varios decenios, negándome el privilegio de satisfacer mis ambiciones edípicas en el sentido más estricto de la palabra. En 1966, el talentoso arquitecto terminó la Torre de Tlatelolco: la nueva sede de la Cancillería mexicana, en la Plaza de las Tres Culturas. Entre muchas otras virtudes incluía un deslumbrante despacho del secretario, en el piso 19, enorme y dotado de techos altísimos, con una vista maravillosa de la ciudad. Mi padre lo ocupó entre 1979 y 1982; con el temblor de 1985 la torre se tambaleó sin caerse —a diferencia de otras construcciones de Pani en los alrededores de Tlatelolco—. Pero empezó a ladearse, como la Torre de Pisa, menos unos cuantos siglos de inclinación. Fue evacuada por varios meses, aunque en 1988 se reinstaló de nuevo el personal. Ya había dado de sí, y bajo la administración de Fernando Solana se decidió vaciar la vieja Cancillería, salvo la planta baja y los salones de conferencias. Se edificó una sede alterna para el resto de la SRE, apodada el “triángulo”, atravesando la avenida Ricardo Flores Magón. José Ángel Gurría, canciller durante la primera mitad del sexenio de Ernesto Zedillo, despachó todavía en la oficina del piso 19; a Rosario Green ya no le tocó, ni a quien la sucedió en el cargo: el que escribe. Como lo supusieron muchos camaradas —no se necesita ser Freud o Lacan para sospecharlo—, una de mis motivaciones para pedir y luchar por la cartera de Relaciones, pudiendo, según ellos, obtener cualquier responsabilidad en el gobierno de Fox —yo no estoy tan seguro—, radicaba en el deseo de ocupar el lugar de mi padre. Sólo que ese lugar… ya no existía, cuando menos físicamente hablando. En buen francés, mi Edipo se la peló.

Dicho esto, persistía un problema, si bien ya no psicoanalítico, en todo caso logístico y burocrático, cuando desembarqué en la SRE, para desconcierto de buena parte de la vieja guardia del Servicio Exterior. La Cancillería estaba regada por toda la capital: una parte, hacinada en la planta baja y el sótano de la vieja torre; otra, enfrente, desbordando el cupo del “triángulo”, y una más en la Bolsa Mexicana de Valores, donde nos cobraban una fortuna de renta. Pedí pues un estudio de los costos relativos de tres opciones: reocupar Tlatelolco, enderezando la torre; derrumbarla, y construir otra allí mismo; o, de plano, abandonar la zona y erigir una nueva sede en otro barrio.

Los resultados del estudio fueron contundentes. La opción más económica y funcional consistía en construir otra Cancillería; tumbar la torre costaría una pequeña fortuna; arreglarla, un dineral incluso mayor. Se optó por una nueva sede basada en un esquema ingenioso, de leasing o arrendamiento financiero. Se contemplaron tres opciones: un nuevo edificio en el mismo terreno de Tlatelolco, diseñado por Enrique Norten, y que aprovechara lo utilizable de las estructuras existentes; una nueva construcción en lo que es hoy el centro comercial Antara, propuesta por Javier Sordo Madaleno; y la opción escogida: en Avenida Juárez, frente a la Alameda, con un proyecto de Ricardo Legorreta. Andrés Manuel López Obrador apoyaba el tercero, y ofreció donar el predio de ser elegida esa opción; Carlos Slim se comprometió a asegurar el financiamiento para cualquiera de los tres, aunque supuse que prefería el tercero también, ya que se había involucrado de lleno con el proyecto de renovación del Centro Histórico, justamente con López Obrador. Ubicar la nueva sede de la Cancillería cerca de allí ayudaría. Cada proyecto incluía a su propio arquitecto; yo preferí el de Norten, que también era el más económico, debido a los gastos ya sufragados en sexenios anteriores. La decisión fue llevada a Los Pinos, y Fox, con el desparpajo y la perspicacia que lo han caracterizado desde que lo conozco, me preguntó retóricamente y a solas, después de la exposición de los expertos: “¿Quién pone lana contante y sonante?” Respondí sin titubeos: “Slim.” “¿Y cuál prefiere?” “No sé, pero supongo que Avenida Juárez.” “¿Qué prefiere AMLO?” “También supongo que Juárez.” “Pues es Juárez, o ¿qué parte no entiendes?”

Entre tanto me propuse, por ocioso, averiguar el verdadero origen de la calamidad de la torre. La respuesta de los consultores externos, de los archivos internos, del oficial mayor y de todos los interesados resultó categórica: no fue el temblor de 85, no fue la sobreocupación, no fue el subsuelo de la ciudad. La culpa radicaba en la pésima construcción original de… Ramírez Vázquez y de la firma de ingeniería que realizó las cimentaciones. Tlatelolco se ladeó no por desviaciones de la política exterior de unos u otros, no por la posible obesidad de los funcionarios que atiborraban el edificio, o por la obsesión de los burócratas de conservar toneladas de papeles inútiles, o por fenómenos naturales, sino por errores de diseño y de ingeniería. Al concluir los primeros siete pisos de los veinte del edificio, la torre comenzó a inclinarse debido al peso excesivo de materiales como el mármol y a la diversidad de suelos en la zona, antigua ribera de la laguna en épocas precoloniales. En lugar de tirarla y volver a empezar, o de suprimir los pisos adicionales, los arquitectos e ingenieros optaron por seguir adelante, reforzando la estructura con pilotes. Como diría un futuro oficial mayor: “Torre que nace torcida nunca se endereza”. La responsabilidad del vicio de origen correspondía a Ramírez Vázquez; todo se disimuló hasta el 85, cuando fue preciso investigar el estado de la construcción y los antecedentes. En mi infinita inocencia pregunté: “¿Y por qué nunca se supo ni se dijo nada, ni se fincaron responsabilidades?” De nuevo, la respuesta lapidaria, ya no de Fox, pero sí del aparato de Relaciones: “Ramírez Vázquez es un icono de la arquitectura mexicana; no se puede destruir su prestigio y su obra diciendo que aquí la regó”. Punto final.

Rewind

La entrada a México por Matamoros y luego Ciudad Victoria revistió un carácter épico para mí. Como mi padre gozaba del derecho de repatriación a México con un menaje de casa y un automóvil, realizamos el viaje por carretera él, mi hermano y yo. Al término de cuatro días recorriendo el sur de Estados Unidos, arribamos a la frontera y entablamos trámites de horas para que ingresaran al país el coche, las maletas y los bártulos que transportábamos como parte del menaje. Era julio, y el calor, incluso para un preadolescente acostumbrado a El Cairo, era sofocante. Mi recuerdo más marcado consiste en las curvas tremendas entre Victoria y Tamazunchale, y luego el descenso a la Huasteca Potosina, es decir, al trópico. Ya después vino el interminable acceso a la capital y la llegada a la casa de Actipan, alquilada por cinco años y que Marina y mi mamá habilitaban a toda velocidad. No me consolaba de encontrarme en México, y menos al ser inscrito en el Liceo Franco-Mexicano, recién inaugurado por De Gaulle y construido por Kaspé. Incluso para un buen alumno de la escuela norteamericana en Egipto, la educación francesa era harina de otro costal. Ahora sí había que esforzarse, y yo no estaba acostumbrado. Menos aún a permanecer una hora diaria en el carro —de nuevo, de la Secretaría de Relaciones— con mi hermana en el periférico recién estrenado, o asistir a las clases de matemáticas de primero de secundaria, con trigonometría y el principio de cálculo diferencial. Ni hablemos de los dictados en francés y de ese ejercicio infernal pero aleccionador, típico de la enseñanza gala: la llamada “explicación de texto”, donde uno se ve obligado a escribir varias cuartillas a propósito de un párrafo de cinco líneas, en teoría explicando lo que “quiso decir” el autor. No me entendía con los demás: entré a medio año cuando todo el mundo ya se conocía; hablaba mal francés, “mexicano” ni se diga; y con la excepción de un anglomexicano que desaparecería después en las playas de Sinaloa, fragüé escasas amistades durante el primer par de años en la escuela de Polanco. Motivo de desolación, y gran oportunidad de hallarlas donde sí estaban: en la calle frente a mi casa.

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Con Lalo y el Gota, 1973

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Con Hipólito Zarate (Polo), Isaías Moreno (el Gota),
y Eduardo Sánchez (Lalo), Acapulco, 1967

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Con el Gota y Lalo, México, 2007

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Con Lalo y el Gota, México, 2013

Durante mis dos años en Actipan frecuenté al grupo de jóvenes que me brindaron mi verdadero rito de paso a México. Allí nacieron mis más perdurables amistades —de una longevidad de casi medio siglo— y el arraigo que me ha atado al país a pesar de mis largas ausencias. Son el trazo unificador y perenne de cariño que me ha permitido ser menos exclusivo y continuo en otros ámbitos. Amigos como Lalo (Eduardo Sánchez), el Seco (Miguel Arroyo), el Gota (Isaías Moreno), mi finado compadre Polo y Rubén se transformaron en “mi país”. Fueron los compañeros de las primeras novias y experiencias sexuales, las primeras borracheras y churros, los primeros viajes por la república o de mosca en los camiones de la capital, la primera cascarita en la calle y el primer partido en las ásperas canchas de la Liga Regional del Sur. Aprendí a hablar el lenguaje de la calle, a cantar boleros y tocar la guitarra, y algo de toros, al mismo tiempo que empecé a beber y alburear, aunque fuera como neófito. Conocí de primera mano la violencia de los barrios de la Ciudad de México junto a la seguridad de una urbe que a mediados de los sesenta permitía caminar, de noche y sin percances, por Insurgentes, desde Mixcoac hasta el Cine las Américas. Descubrí el resentimiento social producto de la pobreza y de la desigualdad mexicanas, a la par de la generosidad individual de la gente “humilde” —expresión chocante propia de México— al experimentarla en carne propia. Por cada amigo en el barrio acumulaba un enemigo: los incidentes de robo de enseres domésticos, relojes y ropa de la casa de Actipan y después en el Pedregal servían de recordatorio recurrente de la ambigüedad de mi vínculo con la calle. Nunca fui tan ingenuo para suponerme un chavo como los demás: ni habitante de la vecindad donde vivían los tres hijos de Sánchez, padres de mis cuates, ni un cliente más de la tiendita de la esquina. Pero reinaba un verdadero afecto y solidaridad entre los más cercanos y yo, a quienes hasta la fecha quiero y cuido. Como ellos me cuidan a mí. Nadie conoce mis secretos como ellos, y ninguno de ellos los revelará antes de que yo desaparezca. Donde mis colegas y compañeros de la madurez recorrieron un camino más ortodoxo —camaradas y novias de la escuela o de la colonia residencial que habitaban, conservando esas relaciones en la universidad, el posgrado, el primer empleo, el matrimonio y una familia propia—, yo seguí una vía distinta, a la larga menos estable y robusta, pero no desprovista de virtudes.

Durante unos meses en 1967 creé una burbuja distinta de amistades, una de ellas barcelonette, las otras dos de origen catalán. Compartíamos clases particulares de matemáticas —por ineptos tanto como por macheteros—. Por un tiempo nos juntamos los cuatro para ir al cine en Polanco o en las calles de Ámsterdam; después nos dirigíamos a La Vaca Negra de Masaryk con la esperanza de que alguna niña le hiciera caso a uno de los inútiles imberbes comiendo helados. A los tres los quise bien, hasta que una tarde, ya viviendo en el Pedregal, el de origen francés me invitó a su platea en el recién inaugurado Estadio Azteca, aclarándome que no podría recogerme —una desviación de trescientos metros— porque su padre no podía perder el tiempo en eso. Al igual que en El Cairo cinco años antes con el muchacho que me asestó mi primer y último puñetazo, allí concluyó la amistad; ruptura injusta y excesiva, pero sintomática: yo mismo provocaba las pérdidas deseadas. Nos reencontramos algún tiempo después en París, y luego en un espléndido restorán que abrió su familia en Polanco —El Buen Comer—, pero ya nunca recuperamos el vínculo de antes. Lo lamenté un rato, pero después comprendí que ese no era mi rumbo, ni en la ciudad ni en la vida.

Cuando abandonamos Actipan por la calle de Fuego en el Pedregal a medidados de 1967, dejé atrás también dos momentos fundacionales. El primero fue sentir la muerte como acontecimiento, lejano y a la vez apabullante, perturbador del orden preestablecido y tan irremediable como inasible. Nos aprestábamos Marina y yo, mis padres y mi abuelita a sentarnos a la cena de Nochebuena para después abrir los regalos recién traídos de Nueva York por Oma y Jorge gracias a su asistencia anual a la Asamblea General de la ONU. Al momento de acomodarnos en la mesa sonó el teléfono, y la empleada doméstica de unos de los más cercanos conocidos de mis padres le comunicó a mi mamá que el “Señor Henryk” había fallecido en su cama, solo, en su casa. Se trataba de Henryk Gall, un periodista polaco refugiado en México durante la guerra, donde había contraído matrimonio con Ruth Sonabend, una astrofísica de renombre. Ambos eran queridos por mis padres, de los pocos integrantes de la comunidad judía que frecuentaban. Por algún motivo Ruth y sus dos hijos, Olivia —ex directora del Museo León Trotsky y autora del mejor libro sobre la breve y trágica estancia del bolchevique en México— y Toni no se encontraban en casa. Así, fueron mis padres quienes se ocu ...