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AMARRES PERROS

Jorge G. Castañeda  

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Fragmento

Índice

Prólogo de Marina Castañeda

Epígrafe

Manual de uso

Libro 1

El pueblo de mi madre, Kennedy,
Actipan, movimiento del 68

I

II

Fast Forward. 2013

III

IV

Fast Forward. 2000

V

Fast Forward. 1973

Libro 2

París, los sandinistas, comunistas, Carlos Fuentes

I

Fast Forward. 1990

II

Fast Forward. 1979

III

IV

V

Fast Forward

VI

Fast Forward. 2012

Libro 3

Regreso a México, comunistas
(bis), Miriam y Gabo, Centroamérica, Cuba

I

II

Fast Forward

III

IV

V

VI

Fast Forward

Libro 4

La muerte de Oma, Adolfo Aguilar,
el fraude de 1988, Salinas y Cárdenas

I

II

III

Fast Forward (2000)

IV

V

VI

Fast Forward

VII

Libro 5

El TLC, el Grupo San Ángel, Elba,
la muerte de Jorge padre

I

II

III

Fast Forward (2003)

IV

V

VI

Libro 6

La Herencia, la campaña de Fox, las elecciones del 2000

I

II

Fast Forward (2007)

III

IV

V

Libro 7

La transición, el gabinete, el nombramiento

I

II

III

Fast Forward (2001)

IV

V

VI

Libro 8

Relaciones y la enchilada completa

I

II

III

IV

V

Libro 9

“Comes y te vas”, la guerra de Irak y la renuncia

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

Libro 10

La candidatura, la campaña, los programas y el Plan B

I

II

Fast Forward

III

IV

V

VI

Fast Forward

VII

Bibliografía

Créditos

Cuando un hombre sin enemigos parte de este mundo hacia el siguiente, el Creador sabe inmediatamente que esa persona ha desperdiciado su vida.

RABINO YEHUDA BRANDWEIN
citado en Educación de un cabalista,
de Rav P.S. Berg


Prólogo de Marina Castañeda

Algunas autobiografías son interesantes por la importancia histórica de su narrador; otras, por la visión del mundo muy particular —original, excéntrica o sencillamente graciosa— que nos revelan; y otras, por la personalidad misma del autor. La de Jorge Castañeda combina los tres elementos, pero sobre todo los dos últimos. Lo interesante de Jorge, para los que hemos convivido con él durante algún tiempo —en mi caso, en tanto su hermana menor, 58 años—, es que nunca pasa desapercibido, ni nos deja indiferentes.

Jorge siempre impacta, para bien o para mal, por su forma de ser, de pensar y expresarse. A veces lo queremos, a veces no lo soportamos, pero nunca deja de intrigarnos. El solo hecho de mirarlo vivir, en sus múltiples actividades e incansable análisis del mundo, es asistir a un espectáculo permanente. Y es por ello que este libro cumple con el requisito primordial de cualquier texto autobiográfico, que es despertar nuestro interés y darnos ganas de conocer al narrador.

Pero, ¿qué tiene de especial la personalidad de Jorge? Lo más obvio, y lo que nadie disputa, es su brillantez intelectual. Gracias a sus idiomas, su conocimiento enciclopédico de la historia y del mundo actual, su curiosidad insaciable y su espíritu siempre crítico, sus opiniones son siempre bien fundamentadas, lógicamente argumentadas y claras.

En muchos casos se basan, además, en un conocimiento personal del tema: Jorge no sólo ha sido testigo de acontecimientos importantes a nivel nacional e internacional, sino que ha participado o influido en muchos de ellos directamente. Esto le ha dado una visión, quizá más pragmática que la de muchos intelectuales, de la política como arte de lo posible.

Otra característica de Jorge, en su forma de expresarse, es su absoluta honestidad. A diferencia de muchos personajes públicos, dice sin ambigüedad ni escrúpulo todo lo que piensa y siente. Puedo suponer que esto ha lastimado a mucha gente, pero adivino asimismo que muchas personas aprecian saber exactamente dónde están paradas frente a él. Así como Jorge no deja a nadie indiferente, nadie le resulta indiferente: si te quiere o no te quiere, lo sabrás con toda claridad.

Pero quizá lo más interesante sea su visión del mundo radicalmente iconoclasta. En su universo intelectual y sentimental, no hay ídolo que escape de su mirada crítica, ni nadie que se salve de un cuestionamiento reiterado. Esto explica en gran parte sus posturas políticas en apariencia cambiantes: en diferentes épocas de la vida, ha sido considerado de izquierda, de derecha y, a veces, todo lo contrario. La constante subyacente a esta evolución no ha residido en un carácter frívolo ni oportunista, sino en una visión que se ha ido adaptando, a veces anticipadamente, a los cambios políticos, económicos y sociales que han regido nuestro mundo en las últimas cuatro décadas. Es por ello que su mirada es siempre fresca, innovadora —y muchas veces, o en todo caso inicialmente, rechazada por los poderes fácticos de nuestra sociedad.

Por supuesto, nada de esto es gratuito. Con los padres que tuvimos, habiendo vivido en diferentes países y contado con magníficas oportunidades de estudio, Jorge no podía ser otra cosa que iconoclasta. Nuestros padres eran cultos, cosmopolitas y brillantes, cada uno a su manera. Nuestra madre, rusa judía, con siete idiomas y doctorada en bioquímica a los 22 años, apasionada por la política pero también por la naturaleza, la poesía y la música, de una izquierda convencidamente comunista; nuestro padre, de una izquierda liberal y tolerante, y bastante conformista en sus gustos culturales. La diferencia entre ellos daba lugar a una gran riqueza y apertura de opinión.

Recuerdo, por ejemplo, discusiones apasionadas entre nuestra madre, quien decía que la Mona Lisa le aburría profundamente, y nuestro padre, que aducía que era la expresión máxima de la pintura universal. Y recuerdo la incesante curiosidad intelectual que imperaba en nuestro hogar: en la mesa, en la cama, en la playa, en dónde estuviéramos, todos leíamos, todo el tiempo. Y comentábamos todo lo que leíamos. La casa familiar era un perpetuo espacio de aprendizaje y debate.

Con su inteligencia innata, Jorge absorbió ese gusto por la discusión, para llegar más a fondo que con ideas preconcebidas y con lo políticamente correcto. Es por ello que puede a veces parecer extremo en sus opiniones; su meta siempre es cuestionar lo que damos por sentado.

Por supuesto, esta forma de “llevar la contraria” no es siempre bienvenida. En un mundo ideal, debería serlo. Las opiniones de Jorge, como las de cualquiera, no son siempre atinadas. Pero su valor no consiste en decir la verdad, sino en promover el debate.

Como muchos productos del sistema educativo francés, Jorge es eminentemente cartesiano. Le gusta lo claro y, en la medida de lo posible, lo que está en blanco y negro. Sin embargo, los lectores atentos de este libro se darán cuenta que más allá de esa lógica e inteligencia, a veces abrumadoras, existe una sensibilidad cariñosa, leal, e incluso delicada para sus seres cercanos.

Este libro encierra muchas capas, y cada lector encontrará en él lo que más le interese: lo político, lo intelectual, lo personal. Y también encontrará huecos y omisiones acerca de temas que quizás hubiera querido conocer mejor. Pero, finalmente, el privilegio de quien se haya atrevido a escribir una autobiografía es éste: decir su versión y compartir lo que quiera de su vida y su mundo. Y vale la pena recalcar que el mundo de Jorge, su historia y su pensamiento, no sólo describen una personalidad atípica, sino que reflejan una época, una generación, profundamente inscritas en el devenir de nuestro país.


Manual de uso

La autobiografía es un género casi desconocido en México, si lo diferenciamos de las “memorias” de expresidentes donde narran su gestión o recopilan sus notas diarias e informes de gobierno. Con la excepción del Ulises criollo de José Vasconcelos, de La victoria sin alas de Jaime Torres Bodet, de las Memorias póstumas de Gabriel Figueroa y de La estatua de sal de Salvador Novo, en nuestro país la gente no suele contar por escrito los pormenores de su existencia. La narración de la vida propia es mucho más común en otras latitudes, donde cada esfuerzo tiende a descansar en una de tres justificaciones: o bien el sujeto vivió una vida importante —para su país, su profesión, su época—; o bien vivió una vida interesante —digna de ser compartida con otros, más allá de su trascendencia—; o bien vivió una vida cuyo relato permite entender un drama humano, un momento histórico, un dilema de sociedad. El texto que sigue reúne una pizca de cada uno de los ingredientes enumerados y representa una pequeña ruptura con la tradición mexicana de callar todo o pagarle a otros para que hablen. Innovar es mucho decir; acaso esta autobiografía convencerá a quienes satisfagan plenamente los requisitos enumerados de escribir sus historias.

Le dediqué de manera intermitente tres años a este proyecto, por motivos sencillos. Primero, porque podía: dispongo del tiempo, de la memoria, de los documentos y testigos necesarios para armar el rompecabezas. Dudo que cuente con todo ello más tarde en la vida. Segundo: porque pensé —con razón— que me divertiría mucho al conjugar la escritura política, histórica y personal de un modo que me entretuviera, y con suerte, a algunos lectores también. Y tercero, porque con independencia de si lo que aquí recuerdo revista interés para algunos, no creo que con el paso del tiempo haya más que recordar, o mucho que agregar. Mi carácter de producto de una época, testigo —constante— o protagonista —esporádico— de acontecimientos atractivos o enigmáticos tiene un ciclo; concluyo este relato describiendo cómo ese ciclo se ha cerrado.

El libro encierra una estructura y una lógica. La primera se caracteriza por el intento recurrente de romper la naturaleza inherentemente lineal de un texto de este tipo. Hasta donde pude, traté de interrumpir la narrativa cronológica con saltos intermitentes hacia adelante, y regresos concomitantes a la secuencia ordinaria de los hechos. Conforme avanzo en el tiempo, se van espaciando los Fast forward y Rewind, y la continuidad común y corriente se comienza a imponer.

La lógica del texto consiste en aligerarlo en la medida de lo posible, y a la vez fundamentar o comprobar con imágenes, citas, testimonios y documentos cada una de las afirmaciones presentadas. En la mayoría de los casos resumí o parafraseé los escritos propios o ajenos; el texto completo puede consultarse a través de las ligas ubicadas al final. En la versión electrónica del libro, esto se puede hacer con mayor facilidad.

Los agradecimientos son múltiples y de dos órdenes. Primero, quienes aportaron datos, recuerdos, explicaciones y chismes de familia: mi tía Rosita Castañeda, su hija Claudia y su yerno Jacobo; Andrés mi hermano y Marina mi hermana; mi exprimo político Mauricio Toussaint, mis primos Ran y Benny, y mi prima Ritti; Eduardo Sánchez Camacho o Lalo, a quien conocí en 1965; Joel Ortega, desde 1978. En segundo término, a quienes tuvieron la paciencia o resignación de leer partes o la totalidad del manuscrito, guiándome por mares desconocidos con sus consejos, sugerencias y críticas: Rubén Aguilar, Jorge Andrés Castañeda, Marina Castañeda, Krissie Darr, Roberta Garza, María Teresa Gérard, Jorge Lomonaco, Cassio Luiselli, María Esther Ochoa, Andrea Oñate, Joel Ortega padre e hijo, Francis Pisani, Alan Riding, Manuel Rodríguez Woog, Ana Sofía Rodríguez, Andrés Rozental, Pedro Sáez, Federico San Román, Eduardo Sánchez, Mauricio Toussaint y Marcela Tovar. Finalmente, pero sólo en términos cronológicos, mi eterno agradecimiento a Ramón Córdoba, mi editor de siempre, por su trabajo de ebanistería.

Tres personas merecen una mención aparte. Deborah Holtz leyó, editó y mejoró enormemente el manuscrito, en poco tiempo y con mucho empeño, soportando siempre mis críticas a sus críticas. Alejandra Zerecero desenterró todos los papeles, documentos, historias y fuentes inimaginables, y como siempre, organizó mi vida para que pudiera escribir “con calma”, si ese sustantivo se aplica a mí. Por último, y antes que nadie, estoy en deuda con Mariana Campillo, que trabajó conmigo desde finales de los años noventa, de nuevo en la Cancillería, y ahora otra vez —demostrando una tolerancia y un aguante fuera de serie— en este libro. Hizo todo: las fotos, los archivos, los recortes de prensa, los testimonios, los documentos confidenciales, los envíos de capítulos a lectores, incorporar las sugerencias, aguantar mis obsesiones, recuerdos, impaciencias y cambios de idea. Así nos llevamos: los errores son culpa suya.

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Con mi padre, en el Mediterráneo, 1962

Jorge Castañeda Gutman, perfil público, 6 de diciembre de 1979.

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Desacostumbro los dichos y me desagrada la tradición mexicana de recurrir a ellos como sucedáneos de un pensamiento o expresión propia y articulada. ¿Por qué entonces iniciar estas páginas con uno de nuestros proverbios más trillados? Como un elogio al fracaso, como una reivindicación de la derrota, como una reconciliación con los reveses que todos sufrimos en la vida: “No hay mal que por bien no venga”. Al igual que todos los seres humanos, he padecido serias contrariedades y disfrutando incontables momentos de felicidad, éxito y placer. Algunos dirán que los segundos han sido más numerosos que los primeros, gracias a circunstancias ajenas a mi voluntad, y otros pensarán que los fracasos han tenido lugar en ámbitos de mayor trascendencia que los logros, múltiples pero secundarios. Por mi parte, arranco este esfuerzo con un par de ejemplos de malos pasos convertidos en victorias, de fiascos gestores de buena fortuna.

Ingresé al Partido Comunista Mexicano (PCM) en 1978, a los veinticinco años de edad. En 1980 tuvo lugar el 19 Congreso del PCM, caracterizado por un duro enfrentamiento entre los llamados “renovadores” y la dirección del partido, encabezada por Arnoldo Martínez Verdugo en compañía de cuadros como Gerardo Unzueta Lorenzana, “Gul”, Marcos Leonel Posadas, “el Zombi”, y otros personajes inolvidables. La corriente renovadora, dirigida por el historiador Enrique Semo y mi querido Joel Ortega, fue derrotada en toda la línea, y yo con ella. Horas antes de la paliza, en lo personal sufrí otro golpe que pocos detectaron, pero que resultaría decisivo para mi futuro político. En todas las PC del mundo, desde las llamadas “21 condiciones” impuestas por Lenin como el catecismo de la Tercera Internacional, nadie podía ingresar al Comité Central del partido sin una antigüedad mínima de militancia, en general de cinco años. La lógica, para organizaciones perseguidas y reprimidas a sangre y fuego, resultaba atendible.

En mi ambición insaciable, me propuse entrar al CC del PCM —los comunistas, como los canadienses, siempre se comunicaban en siglas— a pesar de no cumplir los requisitos. Primero intenté validar mis dos años en el Partido Comunista Francés, comprobables a través de carnets y otros documentos. Luego, como de todas maneras faltaba un año, maniobré para cambiar los estatutos y permitir la elección al máximo órgano directivo con tres años de membresía. Se aceptó la propuesta en la comisión de estatutos, pero fue derrotada en el pleno, en parte porque algunos avezados adversarios captaron que el ajuste llevaba dedicatoria: para mí, en un momento en que todavía se me consideraba el consentido de la dirección. Ya no me encontraba en el Polyforum Siqueiros cuando se celebró dicha votación, pero un amigo me informó del resultado por teléfono. Mi historia en el PCM llegaba a su término.

Todo esto coincidía con el interludio de mi padre en el cargo de secretario de Relaciones Exteriores y con el auge revolucionario en Centroamérica. Los sandinistas habían triunfado en Nicaragua, el FMLN parecía labrarse una victoria en El Salvador, y hasta las diezmadas guerrillas guatemaltecas mostraban cada día mayor actividad y fuerza. Mi padre me invitó a trabajar con él, sin sueldo ni cargo pero con una injerencia creciente en la relación con los centroamericanos y con Cuba. Cuando se cerraron las puertas en el PCM me dediqué casi de tiempo completo a la tarea conspirativo-diplomática del gobierno de México. Contribuí, entre otras cosas, a la Declaración Franco-Mexicana sobre El Salvador en agosto de 1981, y a la entrada de más de cuarenta mil refugiados de Guatemala a Chiapas. De haber actuado de manera diferente los delegados al 19 Congreso del PCM, otro gallo hubiera cantado; el juicio contrafactual resulta inapelable. Quizás me habría vuelto lúgubre comunista, como Gul y el Zombi Posadas, y nos hubiéramos ahorrado las consecuencias de mis aventuras, y el lector la tarea de leer este libro. Pero su autor habría perdido oportunidades únicas: influir en una mínima medida en el acontecer histórico; trabajar con mi padre; enorgullecerme treinta años más tarde de mi granito de arena a favor de pequeños países condenados por la geografía y la historia.

El siguiente contrafactual sucedió veinte años más tarde. Como muchos mexicanos, me convencí, después de las elecciones presidenciales de 1994, de que sólo con la unidad del PRD y del PAN resultaría posible vencer al PRI. Mucha gente, con mayor ahínco y participación que yo, se abocó, desde el verano del 99, a buscar la cuadratura del círculo y persuadir a Cuauhtémoc Cárdenas y a Vicente Fox de unirse en una candidatura única. Se inventaron fórmulas imaginativas —una vicepresidencia de la República— y se esgrimieron argumentos obcecados —a Cárdenas “le tocaba”—, pero el esfuerzo desembocó en un desastre: dos candidaturas condenadas, según casi todos, incluyéndome a mí, a la derrota.

Ante la consiguiente desazón colectiva y personal opté por uno de mis más manoseados antidepresivos: escribir un libro. A principios del 99 había publicado La Herencia, un texto sobre las sucesiones presidenciales en México basado en entrevistas con exmandatarios que, por razones de coyuntura, gozó de un cierto éxito: más de ciento cincuenta mil ejemplares vendidos en unos meses. Me propuse inventar una segunda parte —que, en efecto, nunca son buenas— al reproducir en México el esquema de los clásicos libros de campaña de Theodore White, The Making of the President, desde 1960 y cada cuatro años hasta entrada la década de los ochenta. Para consumar este proyecto se requería la anuencia de los candidatos. Debía disponer de un acceso ilimitado a ellos, a sus asesores, padrinos y consultores. Me reuní con Francisco Labastida, del PRI, con Fox, del PAN, y con Cárdenas, del PRD. Los dos primeros accedieron de inmediato a mi solicitud, pensando, me imagino, que sobre la marcha calcularían el acceso que convenía brindarme y qué tan serio resultaría mi compromiso de no utilizar la información obtenida sino hasta después de las elecciones y sólo en el libro propuesto. Cuauhtémoc, mi relación personal más antigua, meditó un tiempo el asunto y terminó por declinar, sin ofrecer mayores explicaciones. Supongo que temía filtraciones, o dudaba hasta qué punto me abstendría de compartir datos e impresiones con Fox, candidato con quien llevaba también varios años de amistad y con quien había empezado a colaborar, apoyo que hubiera suspendido, desde luego, al emprender la otra faena.

Sin la disposición de los tres candidatos, el proyecto era inviable y lo deposité en el basurero de las malas ideas. Pero en noviembre Fox comenzó a invitarme con mayor frecuencia a las reuniones de estrategia electoral y a círculos más estrechos de colaboradores; me involucré de lleno en su campaña. De nuevo, puse mi granito de arena para la victoria del 2 de julio. ¿Hubiera ganado Fox sin mí? Por supuesto, pero de haber aceptado Cárdenas mi propuesta, yo habría escrito otro libro, Fox habría sido electo de otra manera y con otra estrategia, yo no hubiera sido su canciller y quizás no me odiaría tanto Fidel Castro. ¿A Cárdenas le hubiera ido mejor en los comicios? Imposible saberlo, salvo que la llamada izquierda azul o “voto útil” le arrebató entre uno y dos millones de votos, y la astucia se suele atribuir a mi persona. Creo que sólo le puse Jorge al niño, por así decirlo, pero el hecho incidió en el resultado electoral. Cuauhtémoc Cárdenas habría evocado otro detestable dicho mexicano: “Nadie sabe para quién trabaja”.

Con el advenimiento de la vejez, sin embargo, sí sabemos bajo qué signos de destino, suerte y voluntad recorrimos los años transcurridos. En la conciencia de esos signos consiste el punto de partida de cualquier revisión de la vida vivida. Con esa conciencia, se puede echar a andar el relato cronológico más tradicional, para interrumpirlo cada vez que la imaginación así lo provoque. O que la irreverencia exija una ruptura con los moldes clásicos de este género. Por ello, el lector no debe desconcertarse al encontrar en este periplo memorioso una serie de paréntesis denominados fast forward y rewind, sin mayor aviso que la simple anotación.

I

No nací en una ribera del Arauca vibrador, sino en el viejo hospital ABC de Mariano Escobedo, donde ahora se encuentra el Hotel Camino Real. Mis padres contrajeron matrimonio días antes del parto, ya que además de vivir juntos varios años sin sentir necesidad alguna de casarse, mi madre apenas consiguió el divorcio de su primer marido meses atrás. He allí el primer ingrediente heterodoxo de mi por lo demás ortodoxa existencia: mis padres no estaban casados cuando fui concebido; ambos lo habían estado antes —lo cual, sin ser único, sonaba excepcional a principios de los años cincuenta en México. Más que nada, mi madre era extranjera, judía y cargaba con un hijo de ocho años: una combinación algo exótica para esos tiempos.

Oma Gutman Rudnitsky llegó a México el 31 de diciembre de 1938, procedente de Nueva York y Bélgica. Se casó con su primer esposo, el padre de Andrés, mi medio hermano, al día siguiente, en la Ciudad de México, antes de partir a Monterrey; él había sido contratado por la Cervecería Cuauhtémoc como químico. Se conocieron en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Bruselas, donde Oma terminó su doctorado en farmacología y bioquímica a los 24 años. Conocí poco a Leonya, pero siempre supuse y comprobé que se trataba de un personaje excepcional en su vitalidad e inteligencia. Mi mamá provenía de un pueblito ruso-polaco-judío a medio camino entre Minsk —en lo que ahora es Bielorrusia— y Vilnius —hoy la capital de Lituania: Vileika, cabecera municipal de la región natal del poeta nacional de Polonia, Adam Mickiewicz—. Aunque mi madre siempre nos hizo creer que sus padres apenas superaban el estatus de simples leñadores de escasos recursos, en realidad se adueñaron del aserradero local en una zona boscosa y bien comunicada. Judíos pobres y víctimas de pogromos no eran, aunque su prosperidad de nada les sirvió en junio de 1941, cuando los nazis invadieron la URSS, arrasaron el pueblo y fusilaron a los casi tres mil judíos de la comarca. Persiste la duda en la familia, aunque Marina mi hermana insiste en que la disipó con la historiadora del pueblo cuando visitó Vileika en 2010 —yo fui en 1988 y no averigüé nada—: ¿fueron nuestros abuelos exterminados por los alemanes, (versión de Marina), o por polacos o lituanos antisemitas que aprovecharon la inminente llegada de la Wehrmacht para escabecharse a cuanto paisano pudieron detectar (versión de mis primos)?

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Benjamin Gutman, Neoma Gutman Rudnitsky y Sara Rudnitsky, Vileyka, Polonia, 1935

México, según su diario, fascinó a mi madre: sus colores, sus ruidos y sabores, todos fuertes y vibrantes, los antípodas sensuales de la grisura del Báltico y de Bruselas. Como a tantos otros visitantes asilados o emigrados de Europa y los Estados Unidos, sin habla

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