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"AMOR, ZOMBIS Y OTRAS DESGRACIAS" (ZOMBIS 1)

José Luis Trueba Lara  

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Fragmento



Table of Content

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Epígrafe

PRIMERA PARTE. CAMBIO DE ESCUELA

Epígrafe

I. Del Diario de Jorge Antonio

II. Dos SMS

III. Donde alguien, quizá nunca sabremos quién, cuenta lo que pasa

IV. Alguien entra a facebook

V. Del Diario de Jorge Antonio

VI. Donde alguien, quizá nunca sabremos quién, cuenta lo que pasa

VII. El blog de UV

VIII. Un video de Alicia

IX. Del Diario de Jorge Antonio

X. Alguien entra a los foros de debate

XI. Una noticia del periódico

XII. Donde alguien, quizá nunca sabremos quién, cuenta lo que pasa

Recibe antes que nadie historias como ésta

XIII. Del Diario de Jorge Antonio

XIV. En Twitter

XV. Donde alguien, quizá nunca sabremos quién, cuenta lo que pasa

SEGUNDA PARTE. BAJO EL ASFALTO

Epígrafe

I. Del Diario de Jorge Antonio

II. Alguien entra a los foros de debate

III. Un video de Alicia

IV. Alguien que tiene insomnio entra a la red

V. Donde alguien, quizá nunca sabremos quién, cuenta lo que pasa

VI. Del Diario de Jorge Antonio

VII. Un video de Alicia

VIII. En el chat

IX. Donde alguien, quizá nunca sabremos quién, cuenta lo que pasa

X. Cuatro SMS

XI. Donde alguien, quizá nunca sabremos quién, sigue contando lo que pasa

XII. Una noticia del periódico

XIII. Del Diario de Jorge Antonio

XIV. Donde alguien, quizá nunca sabremos quién, cuenta lo que pasa

TERCERA PARTE. SOBREVIVIR AL FIN DEL MUNDO

Epígrafe

I. Del Diario de Jorge Antonio

II. Fragmentos del libro negro

III. Donde alguien, quizá nunca sabremos quién, cuenta lo que pasa

IV. Un video de Alicia

V. Del Diario de Jorge Antonio

VI. Una noticia del periódico

VII. Donde alguien, quizá nunca sabremos quién, cuenta lo que pasa

VIII. Del Diario de Jorge Antonio

IX. Donde alguien, quizá nunca sabremos quién, cuenta lo que pasa

X. Del Diario de Jorge Antonio

XI. Donde alguien, quizá nunca sabremos quién, cuenta lo que pasa

XII. El blog de UV

XIII. Donde alguien, quizá nunca sabremos quién, sigue contando lo que pasa

XIV. Un video de Alicia

Películas y Series

Películas

Series

Créditos

Grupo Santillana

A PATTY, LA CAZADORA DE VAMPIROS.

A DEMIÁN, POR DERROTAR A LOS MUERTOS VIVIENTES

EN LAS BARRANCAS QUERETANAS.

Naces para morir. Cuántas veces has muerto.

En cuántos cementerios no tendrás ya cadáveres.

SAMYUTTA NIKAYA

PRIMERA PARTE
CAMBIO DE ESCUELA

Si, en opinión de mi mamá, esta
que vivo es “la etapa más feliz de la
vida”, cómo estarán las otras, carajo.

JOSÉ EMILIO PACHECO,

El principio del placer

I
DEL DIARIO DE JORGE ANTONIO

13 de octubre

Hace dos semanas miss Lety me castigó injustamente y el mundo se fue por el caño. Todas las desgracias empezaron cuando alguien, desde el segundo piso de la escuela, le escupió al gordo Quirasco en la cabeza. Al parecer, el escupitajo no era poca cosa: tenía el tamaño y la textura de un moco kingkoniano. Sin que yo me enterara de lo que había pasado, el gordo me acusó y miss Lety me llamó a su oficina. Ya sabes: su cuchitril está decorado con tres pósters abominables que tienen frases mucho más espeluznantes: “El éxito es uno por ciento inspiración y 99 por ciento transpiración”, “Sólo los mejores llegan a la cumbre” y, sobre todo, “La felicidad está al alcance de tu mano”.

Sin abrir la boca, me senté frente a ella y traté de adivinar lo que estaba a punto de pasarme. En ese momento sólo podía mirar el póster que, en realidad, me aseguraba que la felicidad podía estar en cualquier lugar, menos en la oficina de la encargada de la disciplina (que es igualita a una dálmata).

Mientras se revisaba las uñas postizas llenas de microflores y falsísimos brillantes me preguntó: “¿Otra vez, joven Romero?”. Le respondí preguntándole “¿Qué hice?” estaba seguro de que, por lo menos esta vez, no había hecho absolutamente nada, pero ella continuó: “No se haga el payaso, que no le queda, usted le escupió al joven Quirasco”.

Traté de decirle que eso no era cierto, que el gordo… pero ella me interrumpió con la cantaleta de que no le dijera “gordo” al “joven Quirasco”. Pero yo no había sido y se lo dije.

Miss Lety, para no variar, me miró con desprecio y dictó sentencia: “Por favor, le avisa a sus papás que no va a ir al campamento por mala conducta”. Intenté reclamarle que eso no era justo. “¿Y quién le dijo que la vida era justa?”, me preguntó mientras se levantaba de su silla.

Miss Lety tiene razón: nadie, absolutamente nadie, me había dicho que la vida era justa. Sólo mi tía Amantina —que se volvió loca y se dedicó a leer las cartas después de que su novio la dejó plantada en la puerta de la iglesia— sostenía que yo estaba en la etapa más linda de la vida.

Pero el castigo no fue lo peor: cuando llegué a mi casa descubrí que las palabras de miss Lety marcarían mi existencia. Todo se iría por el caño sin que nada ni nadie pudiera evitarlo.

Abrí la puerta del departamento y los vi sentados en la sala. Ahí estaban mi mamá, su esposo (un asesino serial que reencarnó en vendedor de seguros) y mi hermana menor, que en realidad no es mi hermana, más bien, es mi media hermana, pero todos insisten en que le diga “hermanita”, me estaban esperando con cara de te-tenemos-una-gran-noticia. Yo sólo les sonreí y traté de escaparme a mi recámara.

Mientras se acomodaba la corbata (que, según él, lo hacía parecer un gran ejecutivo) el esposo de mi mamá me dijo que no me fuera. No había de otra y obedecí en silencio.

“¿Qué crees? ¡Nos cambiamos de casa!”, me dijo mi mamá. “A Harry (en realidad se llama Jacinto, pero a mi mamá le da pena decir un nombre tan gacho) le ofrecieron un nuevo trabajo y nos cambiaremos para que esté más cerca de su oficina”.

Como siempre, estoy seguro que los decepcioné: en vez de hacer cara de qué-feliz-soy-por-tan-buena-noticia, hice una mueca de asco y sólo les pregunté si la nueva casa estaba muy lejos. Tenía que averiguar el tamaño de la desgracia.

“Mucho, pero eso no es problema, a todos nos va a ir mejor”, me contestó el esposo de mi mamá.

Yo me aguanté el retortijón y les pregunté: “¿y mi escuela?”, a lo que mi mamá me respondió que ya me habían inscrito en una nueva. Después de esto, Harry me dio tres palmadas en la espalda como si me estuviera felicitando por lograr lo que nunca me propuse conseguir.

Pero yo no quería cambiarme de escuela.

“Eso es normal, no te preocupes, la nueva es buenísima y allí vas a conocer amigos que sí te convienen… ahí sí tendrás amistades que valen la pena conservar toda la vida”, me dijo Harry.

Ya no les contesté nada. Sólo levanté los hombros, volví a torcer la boca y me largué a mi recámara con la seguridad de que miss Lety tenía razón: ¿quién diablos me había dicho que la vida era justa?

Al día siguiente, cuando regresé de clases, encontré en mi cuarto tres cajas de cartón que alguna vez guardaron paquetes de 24 rollos de papel de baño con vitamina E y olor a pino (alguien andará por ahí con un trasero bastante frondoso y perfumado). Tenía que preparar mis cosas para la mudanza.

“La vida es injusta”, volví a pensar mientras las miraba. Cambiarse de escuela es malo, muy malo, pero todavía es peor si tienes que hacerlo a mitad de tercero: todos se conocen desde primero, los amigos no tienen ganas de tratar a nadie más y no les importan los recién llegados (sobre todo si son de mi tipo), las niñas te miran como si olieras a caca aguada y, por supuesto, nunca falta el baboso que se quiere hacer el chistosito gracias a tu presencia. “Estoy frito, absolutamente frito”, me dije a mí mismo y me tiré en la cama para pensar si debía o no empacar mis cosas.

Al final del día, tuve que empezar a guardarlas en las cajas que ya no olían a nada. No sé por qué pero, sin pensarlo mucho, metí en una bolsa de basura algunas de mis pertenencias. Sería mejor no cargar con nada que me diera pena: Max Steel, Psycho y Toxzon (al igual que las horribles camisetas que siempre me regalan mi abuela y mi tía Amantina) se fueron al diablo junto con un montón de mugres que sólo estaban ahí para recordarme que, para la may ...