Loading...

APRENDA DE LA MAFIA

Louis Ferrante  

0


Fragmento

Prefacio

En la antigua Esparta, los chicos de doce años se sometían a una educación muy peculiar que tenía como finalidad agudizar el ingenio y enseñarles las destrezas necesarias para tener éxito en un mundo cruel. En las colinas que rodean esa militarizada ciudad-estado, se dejaba a los chicos sin comida hasta casi perecer de hambre y luego se les enviaba a la ciudad para que robasen para sobrevivir. Tenían que ser listos y astutos; si les cogían, se les castigaba severamente, pero no por robar, sino por fracasar.

Los espartanos creían que un muchacho que dominase las destrezas de un ladrón prosperaría en la vida. Con eso no aconsejo a nadie que se convierta en ladrón para mejorar, sino que propongo estudiar la naturaleza subyacente de los delincuentes exitosos, y así adquirir conocimientos muy valiosos.

Una carrera delictiva a temprana edad indica normalmente un fuerte carácter y propósito.

EDGAR SNOW, Estrella Roja sobre China

Yo empecé a robar a los doce años. Robé un coche de una carnicería cuando apenas era un adolescente, secuestré mi primer camión al final de mi adolescencia y dirigí mi propia banda de hombres mucho más mayores que yo que pertenecían a la familia criminal Gambino cuando apenas había cumplido los veinte años. Me acusaron de cometer uno de los atracos más importantes en la historia de Estados Unidos antes de cumplir los veintiuno.

Sin tener una educación superior, confié en mis instintos para moverme por el peligroso pero rentable mundo de la Mafia, produciendo millones de dólares para mi familia o empresa. En un momento dado, mi vida en la Mafia me asignó tres papeles muy distintos. Era un empleado de la familia Gambino; era el jefe, o director ejecutivo, de mi propia banda, y era un mando intermedio, recibiendo órdenes de los jefes de la Mafia y transmitiéndoselas a los subordinados. Por esa razón, creo que estoy muy cualificado para hablar de las personas de cada nivel de la escala corporativa.

Jamás me cogieron cometiendo un delito, pero la información proporcionada por algunos informantes confidenciales hizo que se llevasen a cabo algunas investigaciones.

Después de una próspera carrera, fui arrestado por agentes de la autoridad estatal y agentes federales que reconstruyeron casos en mi contra utilizando a esos informantes. Me enfrentaba a pasar el resto de mi vida en prisión y me pidieron que colaborase acusando a otros mafiosos a cambio de mi libertad. Me negué a hablar de mis amigos y socios, y mis abogados negociaron una sentencia de conformidad después de que el principal chivato que me acusaba fuese expulsado del programa de protección de testigos del gobierno. Fui condenado a doce años y medio y me enviaron a la penitenciaría de máxima seguridad de Lewisburg, en Pensilvania.

En prisión me di cuenta de que matar estaba mal. No hay duda de que la vida es una lucha continua y que no podemos vivir de rodillas, pero no tenía derecho a culpabilizar a nadie, así que decidí cambiar de vida.

Cuando estaba en prisión, leí mi primer libro. No fue fácil al principio; mi vocabulario escaseaba, al igual que mi capacidad de atención y mi habilidad para entender lo que leía. Sin embargo, persistí y descubrí el placer de la lectura. Muy pronto, el suelo de mi celda estaba repleto de pilas de libros, igual que debajo de mi camastro y alrededor de la taza del váter. A diferencia de las paredes de las celdas de mis compañeros, cubiertas de pósters de mujeres desnudas, las de la mía estaban cubiertas de mapas. Durante años, leí hasta que los músculos de mis ojos me dolían y me quedaba dormido completamente exhausto. Dormía unas cuantas horas, las suficientes para que mis ojos descansasen, y luego vuelta a los libros. Mi celda se convirtió en una acogedora aula donde estudié de todo. Yo personalmente revoqué uno de mis casos federales desde prisión y me concedieron la libertad después de pasar ocho años y medio. Para entonces, había aprendido el arte de escribir analizando las novelas de los maestros del siglo XIX y había escrito una novela.

Cuando salí de prisión, tuve la gloriosa sensación de que había dejado atrás mi vida delictiva y, con ella, toda esa gama de delincuentes con los que trataba diariamente. Soñaba con encontrar mi lugar en el mundo legal. Qué diferente sería del mundo que había conocido.

Para mi sorpresa, me di cuenta de que eso del mundo legal era una fantasía. No tardé en conocer bribones en la sociedad legal que eran mucho peores que los mafiosos que había conocido; lobos con piel de cordero.

Cuando ejercí como prestamista, jamás incrementé el tipo de interés de los préstamos concedidos a nadie. Si acaso, todo lo contrario, reducía el interés como compensación por haber pagado a su debido tiempo. Las empresas de tarjetas de crédito incrementan el interés sin importarles tu historia y, además, lo hacen sin tu consentimiento. ¿Qué sucede con todas esas ocultas comisiones? «Están en la letra pequeña —me dijo un representante del servicio de atención al cliente—. Usted debería haberla leído.» Eso es como si yo, al aumentar los intereses de un préstamo, le hubiera dicho a alguien: «Cuando te deje el dinero, te susurré eso. Deberías haberlo oído».

Las agencias de cobro de deudas telefonean a las casas de las personas y acosan a todo aquel que responde al teléfono. Les da igual si tu madre o tu abuela están a punto de morirse. «¡Me importa un carajo! ¡Páganos!» Puedes pensar lo que quieras de la Mafia, pero su código prohíbe que los mafiosos se acerquen a la casa de un hombre y, mucho menos, que acosen a su familia.

Los bancos embargan las casas y echan a sus ocupantes a la calle. El sheriff local tramita la orden de apremio, cierra las puertas y expulsa a la familia. Apuesto a que cualquier padre que haya pasado por eso preferiría tratar con nosotros. Puede que le rompan un par de huesos, que le pongan un ojo morado, pero por muy grande que sea el trato, conservas tu casa.

Seamos sinceros: los mafiosos son egoístas, interesados, pero lo mismo les sucede a los hombres de negocios. Los mafiosos pueden matar incluso a los suyos, pero a los demás no se les molesta. Los empresarios, los bancos y las agencias de tarjetas de crédito abusan de todo el mundo.

Solo nos matamos entre nosotros.

BENJAMIN SIEGEL alias BUGSY

Como mafioso, me temían, por eso los buitres preferían mantenerse a distancia. Como ciudadano legítimo, era una presa fácil y todo el mundo quería joderme.

Al salir de prisión y regresar a casa, necesité de un coche y un apartamento.

Una y otra vez, los vendedores de coches trataron de pegármela con viejas tácticas engañosas. Cada vez que me disponía a firmar en la línea de puntos, el trato cambiaba.

Alquilé un apartamento. Durante el invierno, el arrendador no se dignó a encender la calefacción, pero el muy cabrón siempre quería que le pagase el alquiler puntualmente. Tuve que comprarme una estufa. Cuando me marché y le pedí la fianza, se hizo el loco y dijo que no la tenía.

Busqué una casa para comprarla. To

Recibe antes que nadie historias como ésta