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AQUí HAY DRAGONES (LA HISTORIA DE LA DIANA 1)

Florencia Bonelli  

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Fragmento

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Penguin Random House

A las mujeres bosnias. A las mujeres serbias.

Recibe antes que nadie historias como ésta

También a las croatas. A las kosovares.

A las afganas. A las iraquíes. A las palestinas. A las israelíes.

A las árabes. A las indias.

A las chinas. A las japonesas. A las vietnamitas.

A las argentinas. A las mexicanas.

A las alemanas. A las sudafricanas. A las congoleñas.

A las sudanesas… A las de todas

las banderas. A las de piel blanca. A las de piel oscura. A las de ojos rasgados. A las de ojos redondos. A las altas. A las bajas.

A las corpulentas. A las delgadas. A las judías.

A las cristianas. A las islámicas. A las hinduistas. A las budistas. A todas y a cada una de mis congéneres que a lo largo de la historia han sufrido la violencia en sus cuerpos,

sus corazones y sus mentes. Y a las que siguen sufriéndola.

Con profundo respeto, humildad y admiración.

De la especie humana, somos las criaturas más fuertes.

A San Miguel Arcángel, por estar junto a mí

aunque yo sea insignificante.

Para Tomás, porque habría sido un héroe

de brillante armadura.

Hacia un corazón roto

ningún corazón puede ir

sin la alta prerrogativa

de haber sufrido igualmente.

Emily Dickinson, poetisa norteamericana

(1830-1886)

FONÉTICA DEL SERBOCROATA

C, como en la palabra italiana pizza, un sonido similar a ts, “pitsa”.

Č, como en chancho.

Ć, como en chancho aunque más suavizada, más siseada.

Đ ó đ, como el sonido de la jota en el nombre inglés John.

G, como en gato.

H, como en la palabra inglesa home, un sonido similar a la jota castellana.

J, como en ira (el sonido es el mismo de la i latina).

Lj, como li en liso.

Nj, como el sonido de la ñ.

Š, como en la palabra inglesa show.

Ž, como en la palabra inglesa show aunque más suavizada, más siseada.

ESCUADRAS DE L’AGENCE

Comandante en jefe: teniente general Alberto de Souza, portugués, nombre de guerra “Tango”.

Escuadra Uno, “La Uno”

Hela Hansen, noruega, nombre de guerra “Odín”.

Assam Al-Abdel, argelino, nombre de guerra “Ralph”.

Daen van Groen, holandés, nombre de guerra “Foxtrot”.

Johnny Milford, norteamericano, nombre de guerra “Peter Pan”.

Labalaba Sekonia, fiyiano, nombre de guerra “Casablanca”.

Murad Sadozai, paquistaní, nombre de guerra “Faquir”.

Peter Hersey, inglés, nombre de guerra “Chapel”.

Richard Beauchamp, inglés, nombre de guerra “Rocky”.

Escuadra Dos, “La Dos”

Nanuk Christiansen, groenlandés, nombre de guerra “Arrow”.

Atsa Adakai, norteamericano, nombre de guerra “Diné”.

Guior Blum, israelí, nombre de guerra “Mustang”.

Manoj Rana, nepalí, nombre de guerra “Zorro”.

Mariyana Huseinovic, bosnia, nombre de guerra “La Diana”.

Piersanti Righi, italiano, nombre de guerra “Charlie”.

Siboniso Kamongo, sudafricano, nombre de guerra “Sibi”.

Thomas Mayo, inglés, nombre de guerra “Octopus”.

HERIDAS DE GUERRA

En la guerra, la primera víctima es la verdad.

Esquilo de Eleusis, dramaturgo griego

(525 a.C.-456 a.C.)

En las cercanías de Međugorje, Bosnia y Herzegovina, 6 de febrero de 1996.

Habían partido de Sarajevo a las cinco de la mañana en un autobús provisto por una organización no gubernamental noruega que se ocuparía de reubicar a los niños huérfanos en hogares de la Europa occidental. Eran casi las ocho y media y se aproximaban a la ciudad de Međugorje, cercana al límite con Croacia. Se rumoreaba que en Međugorje desde hacía años se aparecía la Virgen María, la madre de Jesús, el dios de los croatas católicos y de los serbios ortodoxos. Compartían la divinidad y se odiaban igualmente. De todos modos, tamaña deferencia, la de que una señora tan bien emparentada se presentase en suelo bosnio, no había bastado para impedir una de las peores guerras del siglo XX. Por el contrario, la cuestión religiosa se había posicionado en el epicentro de la contienda. Ella, como buena yugoslava, fiel al régimen comunista del gran Tito, no practicaba religión alguna. Y después de esos años de guerra le quedaban pocas ganas de abrazar una creencia.

Miró por la ventanilla. La ruta se abría camino en el típico paisaje balcánico invernal, de montañas boscosas y valles cubiertos de nieve. Podía contar con los dedos de una mano los automóviles y los camiones con los que se habían cruzado en ese paraje solitario. Trató de animarse pensando en el próximo destino, la ciudad croata de Split, a orillas del mar Adriático, donde pasarían unos días, gentileza de la misma ONG noruega.

Ella no conocía el mar. Había transcurrido sus casi veinte años en el orfanato de Sarajevo, primero como huérfana, luego como asistente de Olga Oltrović, la directora, y nunca había abandonado la capital bosnia. De más estaba decir que, desde el 92, no habría podido aunque lo hubiese deseado; los serbios la habían sitiado con una eficacia indiscutible y, desde las montañas que la circundaban como un anillo de roca, disparaban a todo aquel que lo intentase; en realidad, disparaban sobre cualquiera, intentase escapar o no; lo asesinaban aunque se limitase a recorrer las calles de la ciudad. Recorrer las calles era un decir; no se recorría la Sarajevo sitiada sino que se corría agachado, haciendo zigzag y rogando que las balas de los francotiradores serbios, que zumbaban sobre las cabezas, no los alcanzasen.

Decidió caminar por el pasillo del vehículo para estirar las piernas. Avanzaba hacia la parte delantera y observaba a los niños. Detuvo la mirada en Olga, una especie de madre para ella; se la veía extenuada. En esos casi cuatro años, había envejecido diez. No se teñía desde el 92, y el cabello encanecido se le había vuelto ralo y fino a causa de la mala alimentación. Con un poco de suerte, el sol invernal y el aire del mar les devolverían una pátina de lozanía a sus expresiones, a las de ellas y a las de los niños, si bien no conseguirían borrar las muecas desesperanzadas que cuatro años de encierro y penurias les habían impreso a sus rostros, aun a los de los más pequeños.

Aseguraban que la guerra había terminado; que la firma de los Acuerdos de Dayton, que se habían ratificado en París casi dos meses antes, ponía fin a las hostilidades. “Hostilidades”, se mofó. Estaba claro que quienes empleaban la palabra no habían sufrido las dichosas hostilidades. Crueldades, aberraciones, brutalidades, atrocidades, sevicia, esos vocablos habrían descripto con mayor precisión lo padecido durante los más de mil cuatrocientos días de asedio a la ciudad de Sarajevo, el más prolongado de la historia moderna, más aún que el de Leningrado durante la Segunda Guerra Mundial.

¿En verdad había terminado la pesadilla?

Regresó a su asiento en la parte trasera y tomó en brazos a la niña que iba sentada junto a ella, con delicadeza para no despertarla.

—Iva —la llamó Olga, empleando el diminutivo de Ivanka, nombre que la mujer le había dado casi veinte años atrás—. ¿Cómo está la pequeña?

Ivanka la observó. Le calculaba alrededor de un año. Los mofletes colorados no se debían a un aspecto saludable, sino a la fiebre que la acometía desde el día anterior. Le tocó la frente con los labios, y la asustó el calor que emanaba su piel.

Había llegado al orfanato pocas semanas atrás con otros niños, después de haber transcurrido meses pasando de institución en institución. Recordaba el impacto que había significado verla por primera vez. Sus buclecitos negros rebotaban al paso de la enfermera de la organización humanitaria Manos Que Curan, que la cargaba en brazos. No lloraba, no reía; se limitaba a estudiar el entorno con solemne disposición, como si nacer en plena guerra le hubiese moldeado un carácter estoico, desconfiado. Vestía ropas bastante nuevas y de excelente calidad, y no tan sucias como las de los otros recién llegados. Relevó a la enfermera del peso de la criatura y la estudió de cerca. La niña alzó la mano para tocarla, y fue en ese momento cuando le descubrió en la muñeca una cinta de gro rosa pálido con el nombre bordado en punto cruz azul. Larysa se llamaba. La orfandad de la pobre criatura, cuya historia desconocía, encarnaba una de las heridas más dolorosas de esa guerra inexplicable. ¿Cuál sería su destino? ¿Cuál sería el destino de los miles de huérfanos, víctimas inocentes de la más insensata y cruel de las contiendas?

—Sigue afiebrada.

—Dale más líquido, y en… —Olga consultó el reloj del autobús; el de ella lo había canjeado por comida años atrás—. En veinte minutos le toca el febrífugo. No la tengas pegada al cuerpo, Iva; le pasas tu calor y empeoras la situación. Desabrígala un poco.

—Sí, Olga.

—¡Directora! —exclamó el conductor y disminuyó la velocidad—. ¡Mire!

Olga Oltrović se puso de pie y tambaleó hacia la parte delantera. Se inclinó para observar a través del parabrisas. Ivanka estiraba el cuello, incapaz de advertir qué había llamado la atención del hombre. Olga regresó con cara de preocupación.

—Četniks —anunció.

—¿Estás segura?

—Tienen el escudo en la boina. Y están armados. Han cruzado un camión en la ruta. Estamos obligados a parar.

—No nos harán nada, ¿verdad? La guerra ha terminado.

—La guerra no ha terminado, Iva. Y creo que nunca terminará —expresó la directora, e Ivanka se limitó a asentir; era de la misma opinión.

* * *

Sentado en la parte delantera de un Mercedes-Benz clase S negro, un hombre observaba a través de binoculares de visión nocturna la ruta que se desplegaba desolada y silenciosa. Su figura parecía ocupar el habitáculo por completo; los hombros le sobresalían fuera del respaldo y la cabeza rapada casi rozaba el techo. Apartó el adminículo y consultó la hora en un Rolex Day-Date de oro amarillo que despejó al sacudir el puño de la chaqueta de cuero. Siete y media de la mañana. Apenas si clareaba en el este.

Volvió el rostro hacia el joven ubicado en el asiento del conductor y, al hacerlo, los débiles rayos del sol revelaron la cicatriz brutal que le nacía en el pómulo izquierdo, descendía por la mejilla, bordeaba la mandíbula y se perdía bajo la bufanda. A juzgar por su tonalidad entre rojiza y morada y por su espesor, se trataba de una herida infligida poco tiempo atrás. Y mal cosida. El hecho de que la línea continuase por el cuello permitía concluir que la vida del hombre había estado en riesgo, con tantas venas importantes en esa zona.

—Ya deberían estar aquí —dijo, mientras consultaba la hora de nuevo, y aunque no había elevado la voz, emergió grave y tronante, autoritaria e inflexible. La oscuridad en el acento iba en concordancia con el aspecto implacable del rostro y con la corpulencia.

—Hay mucha nieve en el camino, vojvoda —respondió el muchacho, y empleó un término antiguo, que significa duque en serbocroata y con el que se distinguía a los señores del Medioevo en los Balcanes.

—¿Están seguros de que siguen al autobús correcto?

—Sí, vojvoda. Partió esta madrugada del orfanato Mariscal Tito. Goran Vasilić nos aseguró que estaba allí. Y Flavio Gabrielli lo confirmó.

—Vasilić —masculló en un susurro despectivo—. Ese policía de Sarajevo solo está trayéndome problemas últimamente. De Gabrielli no me fío.

—Yo tampoco, vojvoda, pero se ha ocupado bien del negocio mientras tú te recuperabas, lo mismo su socio Lang. Se han comportado bien —remarcó—. En cuanto a Vasilić, te teme demasiado para darte información falsa. Además, Debeli también lo confirmó. En este momento, él y sus hombres siguen al autobús a distancia prudente. E hicieron guardia frente al orfanato desde que Vasilić nos aseguró que estaba allí. Más de una semana estuvieron nuestros hombres vigilando las salidas, la principal y la trasera.

—¿Y? ¿Lograron verla?

—No, vojvoda.

—Entonces, ¿cómo saben que lo que dice Vasilić es cierto?

—Por averiguaciones muy confiables.

—Al menos, ¿la vieron subir al autobús?

—Preguntaré a Debeli. Con suerte, su radio ya estará dentro de la zona de alcance.

El muchacho tomó el walkie-talkie que descansaba sobre el tablero y oprimió el interruptor. Acercó el aparato a la boca y habló.

—Volante Dos, aquí Volante Uno. Cambio.

—Aquí Volante Dos, ¿qué sucede?

—¿Vieron al objetivo subir al autobús esta madrugada? Cambio.

—No. Era de noche y no había una puta luz en la calle. Pero dos de mis hombres en Sarajevo me confirmaron que el lugar quedó desierto. Todos subieron al vehículo. Va delante de nosotros. Lo seguimos de cerca. Cambio.

—Entendido. Cambio y fuera.

La espera prosiguió en silencio. El muchacho sirvió café humeante y se lo pasó al hombre, que lo bebió con fruncidas que le remarcaron la cicatriz. Media hora más tarde, la radio regresó a la vida con una llamada de Volante Dos.

—Volante Tres, aquí Volante Dos. Cambio.

—Aquí Volante Tres.

—Prepara el camión.

—Entendido. Cambio y fuera.

Los ocupantes del Mercedes-Benz oyeron el rugido del motor y vieron la nube de gases que exhaló el caño de escape del camión estacionado a pocos metros. El vehículo abandonó la banquina y se detuvo en medio de la ruta cubierta de nieve. Su posición dificultaba la visión del vojvoda, por lo que se cubrió la cabeza rapada con un gorro de lana negro y descendió del automóvil. El frío matinal le golpeó la cara y le contrajo la cicatriz causándole una molestia que se obligó a desestimar. Caminó unos pasos y se ubicó de pie junto a la trompa del camión para seguir vigilando la ruta con los binoculares. Descollaba con su altura de dos metros, y la vestimenta negra contrastaba con la blancura del paisaje.

Minutos después, la silueta de un autobús se perfiló en la lejanía, y un poco más tarde los alcanzó el sonido del motor y el de los neumáticos con cadenas que mordían la nieve. Esperó con simulada parsimonia cuando en realidad le resultaba difícil controlar la ansiedad. El joven se ubicó a su lado mientras hablaba por radio con Debeli, al que llamaban Volante Dos.

—Vojvoda, es tiempo —informó al acabar la comunicación.

—Da la orden.

—Volante Tres, alístense.

Dos hombres saltaron fuera del habitáculo del camión. También iban de negro, con recios borceguíes, y en sus boinas de felpa estilo militar se apreciaba un escudo blanco que constaba de una calavera con dos fémures cruzados debajo, circundada por la leyenda en cirílico “Por el rey y la patria, libertad o muerte”. Los chasquidos que produjeron los cargadores al calzar en los fusiles Kaláshnikov se propagaron como un anuncio infausto en el aire gélido. El autobús, que había comenzado a bajar la velocidad varios metros atrás, se detuvo ante los dos hombres armados. No lo apuntaban y mantenían sus armas con los cañones al suelo.

—¡Abra! —El chofer cumplió la orden—. ¡Fuera! ¡Salga fuera!

Una mujer canosa, con expresión aterrada, se asomó por la puerta. A punto de preguntar por qué los detenían, se echó hacia atrás al ver que el conductor caía con un hueco humeante en la frente. El eco del disparo se confundió con los gritos que explotaron dentro del autobús.

El muchacho y el vojvoda sortearon el cadáver y subieron al vehículo de un salto. La mujer fijó la vista en el primero y, mientras retrocedía, tartamudeaba las preguntas.

—¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren? ¿Qué hacen aquí?

El joven se cruzó el índice sobre los labios en el gesto de pedir silencio.

—¿Por qué nos han detenido?

—Aquí las preguntas las haremos nosotros —indicó—. Hágase a un lado. —La empujó, y la mujer acabó encima de una de las niñas para dar paso al gigante con la cicatriz en la cara, cuya actitud seria y sigilosa asustaba; no había pronunciado palabra y se dedicaba a avanzar por el pasillo mientras echaba vistazos a diestro y siniestro. Olga le distinguió, prendida en la solapa de la chaqueta, la kokarda četnik, un distintivo forjado en plata de la época de la Segunda Guerra Mundial, en la cual destacaba el águila bicéfala, símbolo de la monarquía serbia.

—¿Cuál es su nombre? —preguntó el joven.

—Olga Oltrović. Soy la directora de un orfanato de Sarajevo. Estoy transportando a mis niños…

—Estos niños ya no son su problema.

—¡Claro que lo son! Son mi responsabilidad. Tengo…

—Deme la lista con los nombres de todos los niños.

—Tengo la autorización del Ministerio de…

El muchacho extrajo una pistola y la apuntó.

—¡Hágalo! —rugió cuando la mujer persistió en una mueca confusa.

—Guarda la pistola. —La voz del gigante inundó el espacio, y aun los niños se mostraron afectados. El joven calzó el arma de nuevo bajo la chaqueta—. Entréguele lo que le pide. Ahora —añadió el hombre con la vista fija en Olga, que se apresuró a asentir.

La sacó de un bolso. La delgada carpeta con papeles temblaba en la mano de la directora en tanto la extendía hacia el muchacho que, según sus cálculos, no llegaba ni a los treinta, y sin embargo poseía ese gesto y esa mirada carentes de humanidad que habían desarrollado los serbios durante la guerra. Solo a la voz del gigante había recobrado un atisbo de sumisión. En cuanto al gigante, estimó que rondaría los cuarenta, aunque era difícil calcular la edad de un hombre cuyo rostro desfigurado y cuya mirada fría parecían haber vivido centurias, como si proviniese de los tiempos de los caballeros cruzados o de los guerreros vikingos. Esos ojos de un azul hielo habían visto más de lo que un alma estaba preparada para soportar en una vida.

—Baje —le ordenó el más joven.

Olga echó un vistazo a los soldados con boinas negras y fusiles AK-47 que la aguardaban fuera del autobús.

—No —suplicó—. Mis niños…

—¡Descienda!

Ivanka se atrevió a erguirse en el asiento para observar a Olga en el momento en que bajaba del vehículo. No tardó en escuchar el estruendo sordo del disparo que le anunció la muerte de la mujer a la que había querido como a una madre. Una nueva oleada de gritos e histeria se apoderó de los huérfanos. Ella, en cambio, permanecía maniatada por una incredulidad que le imposibilitaba actuar, razonar, gritar o llorar. No se atrevía a moverse, ni siquiera para echar un vistazo por la ventanilla al cuerpo de Olga sobre la nieve, ni siquiera para defender a los huérfanos que lo eran todo para ella. Volvió a cerrarse sobre el cuerpito afiebrado de Larysa y a desear que la situación regresase a la normalidad, como cuando era niña y cubrirse la cabeza con la manta resultaba un arma eficaz para alejar a los monstruos que la visitaban en sueños.

El gigante avanzaba a paso lento. Los niños estaban aterrorizados; casi todos lloraban, y cuando los más pequeños se deslizaban bajo los asientos, el hombre los aferraba por las ropas, los arrancaba con suavidad del escondite y les estudiaba el rostro. Volvía a depositarlos sin un gesto, sin una palabra.

Sujetó a Ivanka por el cabello y la obligó a incorporarse. La muchacha alzó la vista y se sobresaltó al encontrarse con los ojos más hermosos de los que tenía memoria, de un azul intenso, con algo de turquesa, y una negrura en las pestañas pobladas que exacerbaba la belleza del cuadro. Igualmente resultaban duros y fríos.

—Déjame ver. ¿Qué tienes ahí?

Ivanka acomodó el torso para ocultar a la niña cuanto fuese posible.

—Es una huérfana —barbotó—, una pobre niña. No es nadie.

—Dámela.

—Por favor, se lo suplico, está enferma y…

Ivanka calló cuando el gesto del hombre se endureció y los labios finos se le convirtieron en una línea tensa. Levantó a Larysa y se la entregó como en sacrificio. El gigante la acomodó con maniobras prácticas y con cuidado y la estudió. La pequeña, obnubilada por la fiebre, se mantenía callada y con los ojitos entrecerrados. Ivanka lo estudió a él, incapaz de apartar la vista pese a que le inspiraba el pánico más acendrado que conocía, y eso era mucho decir de alguien que había vivido cuatro años en la Sarajevo sitiada. La sorprendió que rebuscase entre las prendas de la niña, y lo vio esbozar una sonrisa al dar con la cinta de gro atada a la muñeca. Permaneció con la vista fija en la pulsera, no en la actitud de quien está analizando el hallazgo, sino en la de quien se ha perdido en los pensamientos.

La diminuta sonrisa desapareció. El gigante se volvió y le entregó la niña al muchacho, que la recibió en silencio y la acomodó con bastante destreza sobre su pecho. El hombre se quitó la chaqueta y la usó para cubrir a la pequeña.

—Llévala al auto.

—Sí, vojvoda.

—¡No! —Ivanka se propulsó fuera del asiento y se abalanzó sobre el joven que se alejaba con la niña. Una fuerza la detuvo en seco y la devolvió con brusquedad a su sitio.

Sin la chaqueta de cuero, con un suéter negro de lana fina ajustado al cuerpo como si le fuese chico, el hombre resultaba más ominoso. La miraba de un modo extraño, como si ella fuese una criatura de otra especie que le despertaba curiosidad.

—Tienes agallas, te lo concedo —dijo al cabo, sereno y dueño de sí.

Igualmente, no se dejaría engañar por su actitud moderada. Sabía que le tocaba el turno, así como les había tocado al conductor y a la directora. No le temía a la muerte después de haber coqueteado con ella durante tanto tiempo. Reflexionó en lo irónico de haber sobrevivido a la guerra para desaparecer cuando se suponía que Bosnia estaba en paz. En verdad, no le importaba. Sin Olga ni el orfanato, ¿qué sería de ella? La única voz débil que la instaba a vivir provenía del amor que sentía por los niños que permanecían en sus asientos y que afrontaban la situación con entereza admirable.

—Tú no eres una huérfana —afirmó el gigante.

—Lo soy —tartamudeó, incapaz de articular correctamente; los labios le temblaban como si padeciese un frío intenso.

—¿Cuántos años tienes?

—Diecinueve.

—¿Qué haces todavía en el orfanato con diecinueve años?

—Soy… Era —se corrigió— la asistente de la directora.

—¿Cómo te llamas?

—Ivanka Broz.

—¿Broz? ¿Como Josip Broz?

—Sí.

—¿Eres su parienta?

—Nos ponían el apellido del mariscal Tito cuando desconocían nuestros orígenes.

—¿Por qué tenías tú a la niña?

—Está muy apegada a mí, y como no se sentía bien…

—¿Qué tiene?

—No lo sabemos. Fiebre alta. Quizás se…

—Baja del autobús —la interrumpió.

Pues bien, de ese modo terminaba su corta existencia. No había sido esplendorosa ni llena de episodios interesantes, pero la habían amado y ella había amado a su vez, y eso le bastó para ponerse de pie y caminar por el pasillo. Con la vista fija al frente, nublada a causa de las lágrimas, iba pasando las manos por las cabecitas de los huérfanos que la llamaban, aterrorizados; algunos intentaban sujetarla. El gigante, detrás de ella, los apartaba sin pronunciar palabra.

Descendió. Fue un impacto descubrir los cuerpos de Olga y del chofer sobre la nieve teñida de sangre. De modo instintivo, dio un paso atrás y su espalda chocó con un bloque duro. El hombre la obligó a volverse y la miró fijamente para decirle:

—Sube al auto. —Lo señaló con un ademán de cabeza.

Se dirigió hacia el Mercedes-Benz negro sin percatarse de que no se había puesto el abrigo, que la temperatura era de varios grados bajo cero y que dos hombres armados la escoltaban. Le abrieron la puerta trasera, y subió. Allí estaba Larysa, dormida bajo la chaqueta de cuero. Recogió a la niña en brazos y le besó la frente. Lloró hasta que el sacudón del automóvil al ponerse en marcha la rescató del estupor. Alzó la cabeza y se limpió las lágrimas con la manga de la camisa.

El muchacho conducía y el hombre de la cicatriz ocupaba el asiento del acompañante. Se asomó por la luneta y vio que los seguían el autobús, el camión y otro automóvil. Sobre la ruta quedaban los cuerpos de Olga y del chofer.

Bajó la vista y se encontró con los ojos azules de Larysa, que la observaban, confiados. La guerra no había terminado para ella ni para los otros niños del orfanato Mariscal Tito.

CAPÍTULO I

En esas largas noches de insomnio,

en el terror negro que no era al enemigo sino a algo dentro de mí,

nací como lo que soy,

inseguro de todo en mí y de todo lo que es humano.

Meša Selimović, escritor bosnio

(1910-1982)

Londres, 6 de noviembre de 2000.

Mariyana Huseinovic, nombre de guerra La Diana, entró en la antesala de la oficina del general danés Anders Raemmers, cabeza de L’Agence, uno de los grupos militares más secretos del mundo que formaba parte de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, conocida como OTAN.

Marcada por un brutal entrenamiento, La Diana analizó el entorno apenas cruzó el umbral. Resultaba obvio que el general no había llegado. Danika e Inger, las secretarias, estaban demasiado tranquilas cuando lo normal era verlas estresadas, yendo y viniendo, luchando con la fotocopiadora o las impresoras, hablando por teléfono con un auricular en cada oreja. Incluso Inger, la más antipática, coqueteaba con el chico del sector de Tecnología y Armamento que se ocupaba de “limpiar” el despacho de Raemmers de posibles micrófonos y cámaras ocultas. Otro dato que confirmaba la ausencia de Raemmers era la veintena de periódicos que seguía prolijamente apilada cuando para esa hora de la mañana el general los había hojeado todos.

—Acaba de llamar —le informó Danika sin saludarla—. Dijo que está llegando. Pidió que lo esperases. Tiene que hablar contigo.

La Diana asintió y se guardó de formular preguntas; sabía que no habría obtenido respuestas, sin mencionar que se lo habría considerado indiscreto. En L’Agence, el principio cardinal que se aprendía rápidamente rezaba que cada uno se ocupaba de sus asuntos y que solo se precisaba saber lo que los superiores juzgaban conveniente informar.

—¿Puedo? —preguntó La Diana, y señaló los periódicos.

Danika le entregó el primero de la pila, que resultó ser The London Times, y La Diana se sentó en uno de los sillones. Muchos artículos referían a los inminentes comicios en Estados Unidos, en los que George W. Bush y Al Gore se disputarían la presidencia al día siguiente. Otro hablaba de la separación de dos pequeñas siamesas; una moriría inevitablemente. El periódico también se ocupaba de las tormentas en la Europa oriental que se habían cobrado veinte víctimas. Siguió leyendo hasta que le llamó la atención un artículo acerca de la compra de un banco, el FBF Bank, con sede en Friburgo y cuyo precio se había acordado en trescientos cuarenta y cinco millones de marcos alemanes, más de ciento cincuenta millones de dólares estadounidenses. Venía siguiendo la noticia desde hacía semanas debido a la nacionalidad del comprador, el magnate serbio Aleksandar Ilić, dueño de un imperio del cual, algunos aseguraban, no se conocían los límites. A sus tantas empresas, entre las que destacaban una farmacéutica y una biotecnológica, ahora se le sumaba un banco, que si bien pequeño, La Diana no tenía duda de que el zar de los negocios, como lo apodaban, lo haría medrar hasta conducirlo a los niveles de las más reputadas entidades financieras del mundo.

Fijó la vista en la fotografía en blanco y negro de Aleksandar Ilić, quien, apoyado en un bastón, impecable en un traje oscuro y escoltado por dos guardaespaldas, sonreía a las cámaras y saludaba con la mano como si fuese una estrella de Hollywood. Era famoso por su carisma y su sonrisa fácil, por sus donaciones y trabajos de beneficencia, en especial para la construcción de la Republika Srpska, la entidad serbia nacida durante la guerra y refrendada en los Acuerdos de Dayton. El sector musulmán y croata se llamaba Federación de Bosnia-Herzegovina, y juntas conformaban la nación que el mundo conocía como Bosnia y Herzegovina.

La sonrisa de Ilić no la engañaba. Se preguntó cuánto de su fortuna destinaría a financiar las huidas y los escondites de las decenas de criminales de guerra serbios y serbobosnios que seguían en libertad después de haber violado todos los derechos humanos habidos y por haber. Raemmers le había asegurado que el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia lo había investigado concienzudamente y no había hallado nada, ni siquiera un indicio, que lo inculpase. “Entonces no lo investigaron tan concienzudamente, general”, había sido su respuesta, porque estaba segura de que Ilić no era trigo limpio.

Olvidó al magnate serbio con ciudadanía inglesa cuando dos palabras de otro titular captaron su atención: huérfanos y Sarajevo. Leyó el título completo. ¿Adónde fueron a parar los niños huérfanos de Sarajevo? El columnista era un tal Albert Coleman, y junto al nombre se detallaba la casilla de correo electrónico. Decidida a no leer el artículo para evitarse un mal rato, la curiosidad y un sentimiento más oscuro del que no deseaba conocer la profundidad ni las motivaciones la impulsaron a devorar los párrafos.

¿Adónde fueron a parar los niños huérfanos de Sarajevo?

por Albert Coleman

La pregunta hace temblar: ¿dónde están los niños evacuados de Bosnia durante la guerra? Cientos de niños bosnios han desaparecido. Fueron transportados por organizaciones no gubernamentales europeas fuera del territorio azotado por la cruel guerra de principios de los noventa, y no se ha vuelto a saber de ellos.

No todos eran huérfanos. Muchos fueron entregados por sus padres a las ONG para que los sacaran de un país que solo les ofrecía un destino nefasto. Desde hace años, sus familiares, aquellos que sobrevivieron, o amigos de sus familias están suplicando que se averigüe qué suerte corrieron. Pero gritan en el desierto, como el caso de Alma y Hamid, cuyo hijo Azem salió de Sarajevo en un convoy que lo conduciría a Alemania, donde sería protegido hasta que sus padres pudiesen unirse a él. “Nos dijeron que solo a los niños se les permitía abandonar Sarajevo, que los četniks —Alma se refiere despectivamente a los serbios, apelativo que acuñaron durante la Segunda Guerra Mundial— respetarían los autobuses con niños, pero no fue así. La Cruz Roja averiguó que el convoy en el que viajaba nuestro hijo cayó en manos de los četniks antes de que pudiese llegar a Croacia. Secuestraron a siete pequeños por tener nombres musulmanes, entre ellos a mi Azem. La Cruz Roja ha rastreado a mi hijo hasta Belgrado, donde fue internado en un hospital, no sabemos por qué. Luego fue llevado a Montenegro. Allí se pierde el rastro. Creemos que le pasó lo peor, y ya hace tantos años. Temo que no volveré a verlo”.

Otro caso que conmociona al mundo es el de Gordana, una niña de Srebrenica, quien terminó en manos de proxenetas en Milán y que hace poco consiguió escapar y pedir refugio a una ONG que se ocupa de combatir el tráfico sexual. “Salimos de Bosnia en avión y aterrizamos en Milán”, nos cuenta Gordana. “A mí me entregaron a una pareja que me adoptaría, ya que yo había perdido a mis padres y a mis hermanos. Pero la pareja no era un verdadero matrimonio sino unos proxenetas que me obligaron a prostituirme desde los catorce años, cuando yo ni siquiera sabía bien lo que era el sexo”. Lamentablemente Gordana es VIH positivo como consecuencia de este comercio aberrante.

Consultada la vocera de la ONG Defensores de los Derechos Humanos, Dorianne Jorowsky, asegura que se está trabajando con los servicios de inteligencia para averiguar sobre estos niños. “Hemos localizado a varios que fueron comprados por matrimonios ricos de la Europa occidental. Como eran niños blancos, muchos de ellos rubios y de ojos celestes, se cotizaban en miles de dólares. Este es el mejor escenario pues si bien fueron arrebatados a sus padres, han vivido en hogares y, esperamos, han sido amados y protegidos. Ahora la justicia intervendrá”. Al preguntarle quiénes los vendían, Jorowsky contestó que no podía precisar nombres en esta etapa de la investigación, que era parte del secreto de sumario.

En cuanto al resto del cual nada se sabe, ¿cuáles son las sospechas? “Seré sincera”, confiesa Jorowsky, “no tenemos mucha fe de hallarlos con vida. Creemos que han pasado a formar parte del circuito de tráfico de órganos, en el cual se mueven ingentes cantidades de dinero, o bien del tráfico sexual, otro negocio que se está convirtiendo en uno de los más redituables junto con el de la droga”.

Las autoridades bosnias admiten que muchas veces confiaron en organizaciones con antecedentes poco claros, como la que habían fundado en aquella época el milanés Flavio Gabrielli, de dudosa reputación aun antes del inicio de la guerra, y su amigo el austríaco Klaus Lang, al que se sabe desde hace tiempo relacionado con el tráfico de armas y estupefacientes. Se dice que Lang puso a disposición de Gabrielli su línea aérea comercial FlyFree Airways para transportar a centenares de niños. En su defensa, Gabrielli y Lang aseguran haber entregado los niños a las autoridades en los aeropuertos de destino.

Los carabinieri han intentado apresar a Gabrielli pero se ha fugado, y son sus abogados, de un estudio muy prestigioso de Londres, los que hablan por él. Lo mismo han tratado de hacer las autoridades austriacas con Lang. Interpol y Europol van tras sus huellas.

El último autobús desaparecido en suelo bosnio partió desde Sarajevo la madrugada del 6 de febrero de 1996, a menos de dos meses de terminada la guerra. Los niños que viajaban a la ciudad de Split en Croacia pertenecían al orfanato Mariscal Tito. El vehículo con los huérfanos se desvaneció y en su lugar quedaron dos cadáveres, el del chofer y el de la directora del hospicio, Olga Oltrović, hallados al borde de la ruta, a pocos kilómetros de la localidad de Međugorje, asesinados con armas de fuego. No hay testigos. Han pasado más de cuatro años desde este hecho atroz, y nada se sabe de los asesinos. Ni, por cierto, de los niños secuestrados.

En los últimos días, investigadores de Interpol han deslizado la posibilidad de que se les hubiese pagado a los padres miles de marcos alemanes (moneda de uso corriente en la ex Yugoslavia durante la guerra) para que estos aceptaran enviar a sus hijos en los convoyes. Esta información, de verificarse, echaría más oscuridad sobre una noticia de por sí escalofriante.

Acabó la lectura con las axilas sudadas y las mandíbulas contraídas. Así la encontró el general Raemmers, que, luego de destinarle un vistazo, masculló órdenes a las secretarias sin detenerse en el avance hacia el despacho. Lo seguía Hela Hansen, una noruega a quien de espaldas se la confundía con un hombre; usaba el cabello de un rubio blanquecino al ras y sus hombros eran los de un quarterback. Hela Hansen y ella eran las únicas mujeres de L’Agence que “bajaban al terreno”, eufemismo que se empleaba para significar que eran las únicas mujeres soldado de la institución. Las demás congéneres se desempeñaban como secretarias o bien trabajaban en otros sectores, como el de Informática.

El general se detuvo antes de ingresar en el despacho y susurró algo a Hela de lo cual La Diana solo captó “prepara la MSM”. Desde su ingreso en L’Agence en febrero del año anterior había aprendido que la jerga militar se componía especialmente de siglas, en su mayoría de origen inglés, como esa, MSM, que significaba mission strategy meeting, una reunión con los diferentes equipos de la organización para trazar la estrategia de un operativo.

Hela contestó en su inglés perfecto y abandonó la antesala sin saludar a nadie; era tan fría como las tierras de las cuales provenía, característica que a La Diana no solo no la fastidiaba sino que le convenía. Padeciendo afenfosfobia o, como otros la llamaban, hafefobia, una condición por la cual no toleraba el contacto físico humano, se sentía cómoda entre personas distantes como Hela.

—Diana —llamó Raemmers, y la joven devolvió el periódico a la pila antes de dirigirse al despacho del jefe—. Cierra la puerta y siéntate.

Sabía que el general había viajado la semana anterior a Bruselas, sede de los cuarteles generales de la OTAN, para asistir a la reunión de los miércoles con el Consejo del Atlántico Norte, la máxima autoridad de la alianza. Acababa de regresar a Londres. Se lo veía tenso, demacrado. Las penalidades sufridas en el último año comenzaban a pasarle factura. La pérdida de su única nieta, Birgitta, a causa de una sobredosis de heroína; la muerte en un accidente aéreo de Yura Christiansen y Miki, la hija y la nieta de su mejor amigo; y meses más tarde, el ictus de su esposa Charlotte que la había confinado a una silla de ruedas, se sumaban a las presiones y a los problemas de L’Agence y de la OTAN. El general era uno de los hombres más sólidos y estables que conocía, pero todo tenía un límite.

—Te mandé llamar para anunciarte que te unirás a La Uno —Raemmers aludía a una de las dos escuadras de L’Agence— para ir tras un criminal de guerra. También participarán tres hombres de Eurocorps. ¿Quieres un café?

La Diana dijo que no. Raemmers se puso de pie y se sirvió uno. Regresó al escritorio y sorbió un trago. Las preguntas flotaban en el aire, pero La Diana no las formularía en tanto el general no la autorizase a hablar.

Conocía bien Eurocorps, un ejército exclusivamente europeo creado bajo la órbita de la Unión Europea y de la OTAN, por el cual el general Raemmers mostraba una indiscutible preferencia. Eran frecuentes las misiones conjuntas, como también los entrenamientos y los cursos dictados por el personal de L’Agence a los menos capacitados de Eurocorps, lo que a veces suscitaba roces entre Raemmers y su segundo en el mando, el teniente general portugués Alberto de Souza, un cuarentón simpático y bonachón con el cual Raemmers trabajaba desde hacía años y con quien, se rumoreaba, estaba de acuerdo en todo excepto en una cuestión: la preponderancia militar y política de la OTAN en el siglo XXI.

Se decía que en las reuniones del Consejo del Atlántico Norte, a las cuales se lo invitaba a participar con frecuencia, el general danés postulaba desmantelar la organización que había servido para combatir la Guerra Fría y, en su lugar, crear una institución exclusivamente europea. De Souza, por el contrario, se declaraba fanático de la alianza del Atlántico Norte y proponía redoblar el presupuesto, el armamento y el personal.

—Se trata de un criminal de las guerras yugoslavas —prosiguió Raemmers, y fijó la vista en La Diana, que instintivamente se aferró a los costados de la butaca—. Acabo de recibir la información. Llamé a Hela y le pedí que fuese a buscarme al aeropuerto para ponerla al tanto y ganar tiempo. Contamos con unos días. Nuestros informantes sostienen que podría estar planeando cambiar de escondite. Su nombre es Ante Dabić.

El general arrastró una fotografía a través del escritorio. El efecto de la imagen resultó devastador. Las uñas de La Diana se enterraron en la tapicería, y se resignó a experimentar el golpe en el pecho, el que ella asociaba a los recuerdos. El golpe llegó, y le cortó el respiro. Nadie, sin embargo, habría afirmado que la declaración del militar la había perturbado. Después de veinte meses en L’Agence, sometida a pruebas y entrenamientos severísimos, se había convertido en lo que tanto había deseado: una máquina.

“¿Qué esperas al pasar a formar parte de mi SF?”, le había preguntado Raemmers en febrero del año anterior al proponerle que se uniese a la institución. Gracias a Eliah Al-Saud, su gran amigo y ex soldado de L’Agence, sabía que la sigla SF correspondía a la expresión special force, como se conoce a los grupos de élite.

Le había respondido de inmediato, sin dudar ni quitar los ojos de los celestes y penetrantes del militar: “Quiero convertirme en una máquina para matar”. “Si estás dispuesta a someterte a la instrucción que aquí podemos brindarte, te convertirás en eso y en más”, había prometido el general, y había cumplido.

Después de casi un año transcurrido en los campos de adiestramiento más avanzados y exigentes del mundo, percibía que así como los músculos se le habían endurecido y contorneado y su cuerpo trabajaba con la eficiencia de un mecanismo bien aceitado, su espíritu y su mente habían adquirido una fortaleza que la desembarazaba del último vestigio de vulnerabilidad. La habían preparado para enfrentar cualquier situación. Se le habían afilado los sentidos, y sus reflejos saltaban a la menor provocación. Sabía de armas, bombas y estrategias de guerra. Era experta en destreza de campo y técnicas de supervivencia. Sabía de camuflaje, navegación en agua y en tierra, selección del mejor sitio para disparar atendiendo a cuestiones como la luz, el viento, la humedad y la distancia, como también la determinación de la dirección y del alcance del fuego enemigo. Le habían enseñado tácticas de escape y evasión, y cómo seguir a un objetivo sin ser advertida. Las destrezas en artes marciales que había comenzado a desarrollar con su maestro japonés Takumi Kaito se habían convertido en uno de los talentos que le otorgaban fama en L’Agence. Y así como practicaba ninjutsu y krav magá, también cultivaba disciplinas que la ayudaban a serenar el espíritu, como tai chi chuan, con ejercicios que la sumían en estados de meditación en los cuales las pulsaciones descendían a treinta latidos por minuto; jamás habría alcanzado ese nivel cardíaco sin el estado físico que poseía; no era para menos con la disciplina de entrenamiento diario que seguía al pie de la letra.

Durante el año posterior a la muerte de su amado Sergei Markov se había propuesto transformarse en una máquina para matar y lo había logrado. Y todo por un único objetivo: dar caza y asesinar a los que las habían destrozado, a ella y a su hermana menor Leila, en el campo de concentración de Rogatica, una ciudad al este de Bosnia y Herzegovina. Aniquilaría a todos y a cada uno de ellos, pero en especial a él, a Vuk.

Y ahora, frente a la fotografía de Ante Dabić, uno de los hombres de confianza de Vuk, el pánico conocido ocho años atrás reaparecía como si el proceso de metamorfosis sufrido en los últimos meses jamás hubiese tenido lugar. ¡Malditos fueran los serbios! ¡Y maldito su poder sobre ella! De la metamorfosis que la había transformado en una guerrera, como guerrera y cazadora era la diosa romana que le había inspirado el nombre, lo que más atesoraba no era tanto el hecho de poseer la habilidad para quitar la vida solo con las manos, sino que la hubiese despojado de su esencia de mujer. Había aprendido a los golpes que nacer con una vagina se interpretaba como símbolo de debilidad, expuesto a la lascivia y a los caprichos de los hombres. Había decidido que al igual que su guía, la diosa Diana, sería casta, cruel, vengativa y severa. Atrás había quedado el tiempo en el que, inspirada por la bondad de su amiga Matilde Martínez, jugó a la santa e intentó perdonar a las bestias que las habían atormentado y vejado. La Medalla Milagrosa a la que se había aferrado para cumplir ese noble pero estúpido objetivo había acabado en las cloacas de Ramala. En ese momento empuñaba un arma, como su diosa lo hacía con el arco y la flecha.

—Ante Dabić, ¿te resulta familiar?

—Sí, general, aunque yo lo conocía por su sobrenombre, Zver.

—Deletréalo —ordenó el general, que se dispuso a tomar nota.

—Zulu, Víctor, Eco, Romeo. Zver. Significa bestia en serbocroata. No nos revelaban sus apellidos, incluso nos ocultaban sus nombres de pila. —Tras un respiro, agregó—: Zver era uno de los hombres de confianza del comandante Vuk, de quien le he hablado.

Raemmers se quitó los lentes y le destinó una de sus miradas penetrantes, que ella sostuvo con determinación. No la incomodó. La presencia de Raemmers le causaba la misma familiaridad que la de Eliah Al-Saud o la de Takumi sensei; al igual que a ellos, lo consideraba uno de sus maestros. Con Raemmers, sin embargo, se había forjado un vínculo más profundo. De hecho, solo al general le había hablado de Vuk. Pronunciar su nombre después de tantos años de haber luchado por enterrarlo en el olvido había significado una gran conquista. Bastaba el sonido que formaba esa sílaba, Vuk, para provocarle un tremor en el alma. La fotografía de Ante Dabić también la había hecho temblar, pero se acostumbraría, como se había acostumbrado a todo en sus veintinueve años. El general Raemmers no la vería vacilar, o le prohibiría formar parte de la misión.

—¿Te sientes lista, Diana? Me has pedido participar en estas cacerías de criminales de guerra tantas veces. Pero sabes lo que opina el equipo psiquiátrico sobre esto: que no estás preparada.

—Lo estoy, general.

Odiaba a los psiquiatras y a los psicólogos, quienes con sus sonrisas condescendientes pretendían hacerle creer que sabían cómo funcionaba la mente cuando en realidad daban bastonazos de ciego. Afirmaban conocer el arte de sanar las heridas del alma, que eran incurables. Hasta ahora, lo único útil que habían hecho era ponerle un nombre a su trastorno, es más, dos nombres: afenfosfobia y hafefobia, uno más ridículo y feo que el otro.

Hacía más de un año que no concurría al consultorio del doctor Brieger, el psiquiatra que había ayudado a su hermana Leila. ¿Para qué seguir destinando tiempo y una pequeña fortuna si no estaba dispuesta a abrirle el corazón ni sus recuerdos? Si bien a Brieger le había referido ciertos episodios vividos en Rogatica y experimentado alivio al hacerlo, le había ocultado las peores vejaciones; esas eran impronunciables. Al hombre tampoco se le podía pedir que hiciese milagros si ella no estaba dispuesta a sacar fuera todo el pus.

Por obligación, asistía semanalmente a la sesión con el psicólogo de L’Agence, el doctor Carter, un presuntuoso convencido de que la ayudaba con sus técnicas de mierda. Ella, para evitar problemas, le hacía creer que sí, que la ayudaba, cuando lo único que tenía en la cabeza, lo único que le confería la energía para levantarse a la mañana, era la idea de aniquilar al enemigo.

El doctor Carter tenía una pregunta obligada, que formulaba en cada sesión con una expresión entre compasiva y profesional que La Diana le habría borrado con una patada de taijutsu: “¿Quieres hablar de tu tiempo en Rogatica?”. Como ella se limitaba a negar con la cabeza sin mirarlo, tal vez por eso el informe psicológico la declaraba no apta para convertirse en cazadora de criminales de guerra, por sus inexistentes ganas de repasar el tormento que, de oírlo, el buen doctorcito se habría hecho encima y vomitado.

—En las últimas dos misiones —expresó Raemmers— demostraste tu valía como soldado y compañero. De Souza quedó muy complacido con tu performance. Pero en este trabajo se juegan cuestiones personales.

—Estoy lista, general. ¿Cómo dieron con Zver? —preguntó, y se enorgulleció de la seguridad de su voz al pronunciar el nombre tan detestado.

—Gracias al trabajo que hicieron tú y tu hermano el año pasado en Belgrado con la banda de Ratko Banovic, la Interpol detuvo en Buenos Aires a unos narcotraficantes serbios. Uno de ellos aceptó convertirse en informante a cambio de protección y reducción de la pena. Ayer nos proveyó el nombre de su jefe: Ante Dabić, que en el rubro de las armas es socio de Banovic.

—Así que Zver ahora es narcotraficante. ¿Dónde se esconde?

—Ahora lo sabrás en la MSM que Hela está preparando.

—General, como le comenté tiempo atrás, estuve analizando las listas de criminales de guerra publicadas por el Tribunal para la ex Yugoslavia y no encontré a ninguno con el nombre de pila Dragoslav.

—Ese era el nombre del tal Vuk, ¿verdad?

—Así es. Vuk, que significa lobo en serbocroata, era su nombre de guerra. De hecho, el grupo paramilitar que comandaba era conocido como Vukovi Ratnici, Guerreros del Lobo —tradujo.

—Y en los tres años que estuviste en el campo de Rogatica ¿nunca supiste cuál era su apellido? —la interrogó el general danés sin ocultar una nota de incredulidad.

—Como le dije, se cuidaban de revelar esa información. Los soldados lo llamaban exclusivamente Vuk o comandante.

—¿Cómo te enteraste de su nombre de pila, entonces?

—Él me lo dijo —admitió con acento impostado; quería que le surgiera con un tono impasible, pese a que la memoria de aquella noche estaba conmocionándola.

El general asintió con aire severo, como si intuyese la oscuridad que se cernía sobre la breve e inocente respuesta. Eligió ese momento para abrir la bolsita de cuero donde guardaba la pipa y demás aparejos para fumar. La Diana sospechó que estaba brindándole una pausa para reponerse. Lo vio llenar la cazoleta en silencio con un tabaco holandés cuyo aroma a ella le gustaba. La serenaba el modo en que Raemmers fumaba; los ritos de vaciamiento, llenado y limpieza la apaciguaban tanto como media hora de meditación. En las dos ocasiones en que habían ido a cazar a los bosques montenegrinos, a la hora del fogón, ella esperaba con ansiedad que el general encendiese la pipa. Hasta que se dio cuenta de que le recordaba a su abuelo Liam.

—Estuve haciendo averiguaciones acerca del tal Vuk —le confesó Raemmers—. Usé el nombre de pila que conocemos y la descripción que me diste.

La Diana se incorporó en la butaca, incapaz de ocultar el interés que el comentario le despertó; había creído que el general ni siquiera la oía mientras ella le hablaba de Vuk y le exponía su interés por cazar criminales de las guerras yugoslavas.

—¿Qué pudo averiguar, general?

—Nada. No figura en ninguna lista, ni en las publicadas por el tribunal de La Haya ni en otras más secretas. Podría haber muerto.

—No —fue la categórica respuesta de La Diana—, está vivo.

—¿Cómo puedes expresarlo con tanta certeza después de todos estos años?

La verdad era que no contaba con certeza alguna; es más, bien sabía ella que podía estar muerto. No obstante, el instinto le señalaba que allí fuera seguía respirando y haciendo maldades.

—No lo sé a ciencia cierta, general —admitió—. Es un presentimiento muy fuerte que tengo —declaró sin visos de vergüenza pues había sido el propio Raemmers el que le había enseñado a confiar en el instinto.

—Si es cierto que aún vive, entonces está siendo protegido, como lo están Karadžić y Mladić. —Raemmers se refería a los jefes serbobosnios, el primero político, el segundo militar, responsables de los genocidios en Bosnia entre el 92 y el 95, en especial el de Srebrenica, ciudad natal de La Diana. Aunque había pronunciado mal sus nombres, La Diana no lo corrigió.

—General, es verdad que Radovan Karadžić y Ratko Mladić están siendo protegidos por Serbia y de seguro se esconden en Belgrado, pero al menos figuran en las listas publicadas por el Tribunal para la ex Yugoslavia. Vuk ni siquiera figura como criminal de guerra, y le aseguro que tendría que encabezar la lista.

—Eso quiere decir que su poder es aún mayor que el de esas dos alimañas de Kara… ¿Cómo pronuncias sus nombres?

—Ka-rad-shích. M-lá-dich. ¿Usted piensa que Vuk tiene más poder que Karadžić y Mladić?

—Era un comandante paramilitar, Diana —le recordó el general—. En el conflicto de los Balcanes, los señores de la guerra tenían más poder que las milicias regulares, si es que podemos llamar milicias regulares a las del general Mladić, que violaron todas las convenciones de Ginebra como si jamás las hubiesen estudiado en la academia. Volviendo a los señores que comandaban los grupos paramilitares, se sabe que se hicieron riquísimos con el tráfico de armas, de combustible y de alimentos. Igualmente, no creo que sea solo el dinero el que lo ha vuelto invisible.

—¿Alguna teoría, general?

Sonó el teléfono, y La Diana se puso de pie dispuesta a abandonar el despacho para brindarle intimidad al jefe.

—Es Danika —informó Raemmers—. Quédate. Todavía no hemos terminado.

Igualmente se alejó hacia el sector donde había un espacio con sillones, un sofá, mesa de centro y un mueble con una máquina de café espresso, variadas bebidas espiritosas y bocadillos dulces y salados que Danika e Inger reponían cada mañana. Los observó con indiferencia. A la afenfosfobia se le sumaba otra condición, la de la hiporexia, la falta de apetito. Se obligaba a comer para mantener la masa muscular y la energía. Perdida estaba la dicha que en el pasado le había producido un buen plato de comida, de esos sabrosos que le daban renombre a la cantina familiar no solo en Srebrenica sino en toda la región del río Drina. Cuando iba a París, Leila le preparaba los platos típicos de los Balcanes en la esperanza de devolverle el gozo con cada bocado. Pese a que no le había mencionado a su hermana menor la inapetencia que padecía desde hacía años, Leila, la pequeña e ingenua Leila, lo sabía, como lo sabía todo, como conocía cada recuerdo, cada memoria. Por eso no soportaba mirarla a los ojos, y con qué insistencia Leila buscaba los de ella.

Apartó la vista del espectáculo gastronómico que componían los sándwiches, los petit fours y los bombones, y la fijó en la pared tapizada de televisores, todos encendidos y enmudecidos en distintos canales de interés, como CNN, Bloomberg, Al Jazeera y BBC News. Esa pared no la atraía como la que la enfrentaba, cubierta por la gigantografía de un mapa de principios del siglo XVI, el primero que contenía a las Américas, la del Sur, muy mal definida, y la del Norte, apenas un grupo de islas. Raemmers le había explicado que se trataba de la copia del globo terráqueo conocido como Hunt-Lenox; Hunt había sido un especialista en arte que halló la pequeña esfera de cobre en París, y Lenox, el magnate norteamericano del siglo XIX que le dio el dinero para comprarla. Sin embargo, no era la historia del mapa lo que llamó su atención la primera vez que apreció la pieza cartográfica sino una inscripción en latín ubicada en lo que hoy es Indonesia, y que, en medio de criaturas fantásticas, rezaba: Hic sunt dracones.

—Aquí hay dragones —le había traducido el general Raemmers—. Hic sunt dracones o hic sunt leones —le había explicado a continuación— eran leyendas que se usaban en la cartografía antigua para advertir a los marineros y a los viajeros de los peligros en ciertas zonas.

La Diana apoyó el dedo sobre el vidrio que recubría el mapa, justo sobre la frase que la había conmovido al punto de someterse a la tortura de tatuársela en el cuerpo, ella, a quien le repulsaba la cercanía de otro ser humano. En esa oportunidad, meses atrás, Matilde Martínez, que era médica, le había suministrado un calmante, la había acompañado al estudio de tatuajes en París y no le había soltado la mano mientras la artista dibujaba sobre la piel bajo la nuca y entre los omóplatos. Por qué Matilde y un puñado más podían tocarla y el resto de la humanidad debía mantenerse a distancia constituía otro de los misterios que la habitaban.

Deslizó el dedo por el vidrio y lo detuvo en el sector de la gigantografía donde se hallaban los Balcanes.

—Hic sunt dracones —murmuró, porque el instinto le señalaba que el monstruo en cuyo nombre de pila, Dragoslav, acechaba la palabra dragón, la bestia que la había quebrado y convertido en ese ser inanimado, se escondía aún en la tierra que ella había llamado patria tanto tiempo atrás. La vida le brindaba la posibilidad de atrapar a Ante Dabić, quien podría conducirla a Vuk, objetivo final de su venganza. Estaba acercándose, lo presentía.

El general cortó la llamada, y La Diana regresó al escritorio. Enseguida advirtió que la mueca preocupada de Raemmers se había acentuado. Se atrevió a preguntar:

—¿Algún problema, general?

—Anoche me llamó Alberto para avisarme que habían internado de urgencia a Inés en el Hospital Saint Thomas. Se descompensó de nuevo. Le pedí a Danika que llamase para preguntar cómo seguía. Estaba pasándome el reporte.

—¿Y? ¿Cómo está?

—Diagnóstico reservado —expresó Raemmers con una mueca de agobio.

En L’Agence no era un secreto que la pequeña y única hija del teniente general De Souza padecía una afección hereditaria de la sangre llamada beta talasemia mayor. La transfundían periódicamente, vivía medicada y, a sus seis años, no llevaba una vida normal. Sufría episodios febriles recurrentes y siempre corría el riesgo de deshidratarse debido a las frecuentes diarreas. Su crecimiento y maduración presentaban un claro retraso. La Diana nunca la había visto, pero Nanuk le había comentado que era menuda, de una palidez enfermiza y con los dientes frontales prominentes, característica de los niños con talasemia mayor.

Alberto de Souza adoraba a Inés y sufría a causa del padecimiento de su única hija, por lo que resultaba doblemente loable verlo esmerarse en el trabajo, siempre de buen humor, cordial y bien predispuesto con sus soldados. Como jefe de los dos grupos tácticos, era muy querido entre su gente; Eliah Al-Saud lo recordaba con afecto. La Diana lo apreciaba y lo admiraba pues era un excelente militar.

—Lo siento.

—Yo también. Alberto y Severina —Raemmers hablaba de la mujer de De Souza— no merecen este martirio.

La Diana conocía la admiración y el afecto que los dos militares, el danés y el portugués, se profesaban. Sin embargo, en los últimos tiempos, con la cuestión del rol de la OTAN, se había enterado de desavenencias entre ellos. Como juzgó a Raemmers de un humor especial, se animó a comentar:

—General, Nanuk dice que usted es de los que sostienen que la OTAN debería desaparecer.

—¿Ah, sí? —expresó con marcado sarcasmo—. ¿Has hablado con ese ingrato últimamente?

—No. Desde que dejó L’Agence no he vuelto a saber de él. No contesta el celular y en su departamento no hay nadie. La muerte de su hermana Yura y de su sobrina Miki en el accidente aéreo lo devastó. Fue la gota que colmó el vaso después de lo de… Birgitta —agregó con miedo pues Raemmers jamás abordaba el tema de su nieta fallecida casi un año atrás debido a una sobredosis de heroína.

—Lo sé —suspiró el general—. Nanuk estaba enamorado de mi Birgitta, y se culpa por no haberla rescatado de las garras de esa maldita droga. Pero ¿qué podía hacer? Si todos los tratamientos… —Se interrumpió—. Regresemos a tu consulta —dijo en cambio, y carraspeó y se irguió en la butaca; había vuelto a colocarse la máscara de jefe de L’Agence—. La OTAN, Diana, ha cumplido su objetivo, y su permanencia en la escena política mundial solo causa desconfianza.

—¿Desconfianza? ¿A qué se refiere?

—A que muchos creen que, pasada la Guerra Fría, para justificar la existencia de la alianza, se crearán situaciones bélicas con el fin de evidenciar la necesidad de su intervención por razones humanitarias —remarcó la última palabra con ironía—. Como la de los Balcanes —añadió tras una pausa, y la miró con intención.

Le dio miedo que Raemmers, un general respetado y de peso político, se refiriese a una institución tan poderosa como la OTAN en esos términos.

—¿De veras? ¿Esa sería la explicación de una guerra inexplicable?

—Los Balcanes siempre han sido un bocado apetitoso y codiciado. Es la puerta, el pasaje entre Europa y Asia. Sí, creo que las guerras yugoslavas se planificaron para que hoy la OTAN se erija como la gran soberana, con las bases militares más grandes del mundo en la región y un despliegue de miles de soldados de paz —y volvió a emplear la ironía para subrayar la última palabra.

—¿Qué sería de L’Agence si la OTAN dejase de existir?

—Desaparecería —contestó el danés—. El accesorio sigue al principal. Y tú y tus compañeros quedarían desempleados. ¡Ánimo, Diana! Eso no ocurrirá. Mi voz y la de unos pocos no harán mella en el coloso del Atlántico Norte.

A La Diana, las cuestiones políticas no podían importarle menos. Ella, a L’Agence, la usaba, como L’Agence la usaba a ella. Necesitaba de su estructura y en especial de sus sistemas de información para llevar a cabo la cacería por la cual vivía. Y así como a ella le interesaba que la institución continuase, no le resultaba difícil imaginar las intrigas gigantescas que se tejían en torno a la permanencia de una organización militar millonaria. Temió por Raemmers, pues por más que él sostuviese que nadie lo escucharía, a ella no la engañaba con su falsa modestia. El general Anders Raemmers era una personalidad reputada e influyente, con más de treinta años en la organización. De hecho, cuando Javier Solana había cesado en sus funciones en octubre del año anterior, el nombre de Raemmers se bisbiseaba en los pasillos de la sede en Bruselas como el favorito para ocupar el cargo de secretario general. La muerte por sobredosis de Birgitta y el posterior derrame cerebral de Charlotte, su esposa, lo obligaron a desistir de las aspiraciones a ocupar el sitio que le habría conferido la autoridad para llevar a cabo el plan de desmantelamiento que hasta el momento había callado y que, después de los trágicos eventos de su vida, comenzó a expresar a viva voz a sus colegas, entre los que había encontrado pocas simpatías y mucha oposición, como la de su amigo y segundo en el mando Alberto de Souza. Si Raemmers se decidía a sobrepasar los límites de la OTAN y hacer pública su postura en la prensa y en la ONU, se armaría un escándalo que despertaría la furia de los poderosos de la Alianza del Atlántico Norte. Despertaría a los dragones de los que hablaba el mapa de Hunt-Lenox.

Sin pensarlo, murmuró:

—Hic sunt dracones.

Raemmers soltó una carcajada, que la sobresaltó por lo inesperada e inusual, sobre todo en ese último tiempo.

—Sí, querida Diana, aquí hay dragones. Dragones en traje y corbata, sin armas de fuego ni cuchillos ni granadas como los que tú y tus compañeros llevan en cada misión, pero mucho más peligrosos que el mejor soldado de élite, te lo aseguro.

—No los despierte, general —se atrevió a recomendar, y no le importó si lo irrespetaba; de pronto temió por el futuro del hombre al que, muy a su pesar, había aprendido a querer y a admirar.

—Me temo que ya lo hice. —El general consultó la hora y declaró—: Vamos. Hela está esperándonos en la sala de estrategias para empezar la MSM.

Siguió al general con desánimo; se recriminaba no haber aprovechado la disposición abierta del militar para preguntarle por Nanuk Christiansen. No se había animado. Nadie le quitaba de la cabeza que Raemmers sabía más de lo que revelaba acerca del mejor soldado de L’Agence, el hijo de su amigo de la infancia. Se reprochaba sucumbir a la soledad y a la tristeza, pero lo cierto era que la agobiaban desde la desaparición de Nanuk.

Después del asesinato de Sergei Markov, su novio, su gran amor, había jurado cerrarse a los sentimientos. Encariñarse con las personas, aun con los animales, la exponía a un sufrimiento potencial cuya mera idea la asustaba. Habría sido igual no proponérselo en vistas de los resultados, pues, de un modo u otro, sus siete compañeros de escuadra, aun los ocho de la otra, se habían ganado un lugar en su corazón. Era casi imposible no quererlos conviviendo la mayor parte del día y compartiendo el peligro en cada misión. La confianza era infinita; dependían el uno del otro.

Markov, se recordó, había dependido de ella. La angustia que le provocaba la imagen de su cuerpo sin vida, cubierto de sangre, la obligó a alterar el paso, que se volvió más lento, más pesado. Inspiró profundo para controlar el ataque de pánico. Lo había defraudado, y su defección le había costado la vida. La muerte de Markov se había convertido en una de las cargas más abrumadoras que arrastraba, quizá tanto como la otra con que el destino la había desafiado: los años en Rogatica.

—¿Qué leías en el periódico?

La pregunta de Raemmers la tomó por sorpresa. Lo observó responder al saludo de venia que le dirigió Atsa Adakai, uno de sus compañeros; a ella, Atsa le guiñó un ojo.

—¿Cómo dijo, general? —Apuró el tranco para alcanzarlo.

—Cuando entré en mi despacho leías algo en el periódico, algo que te afectaba. —El danés la escudriñó por el rabillo del ojo sin disminuir las zancadas que lo conducían a la sala de estrategias.

¿Adónde fueron a parar los niños huérfanos de Sarajevo?, eso leía. No obstante, respondió:

—Un artículo sobre Aleksandar Ilić. Acaba de hacerse con un banco de Friburgo —agregó con acento desaprobatorio.

—Diana, no todos los serbios son criminales.

—Tal vez —dijo sin convicción—. Ilić está comprando empresas como si fuesen hogazas de pan, sobre todo semilleras. ¿Por qué? ¿Con qué fin?

—Semilleras, sí —ratificó el general—, y ahora se le dio por adquirir una empresa militar privada.

—¿Cómo? ¿Una empresa de mercenarios?

—A nuestro amigo Eliah Al-Saud no le gustaría que llamases empresa de mercenarios a la Mercure. Le tiene mucho cariño a su criatura.

No prestó atención a la broma y siguió cavilando acerca de la noticia que el general acababa de proveerle. Leía los diarios concienzudamente y no recordaba haber visto siquiera una conjetura al respecto, ni de los periodistas de investigación mejor informados.

—¿Cómo lo sabe, general?

—Ah, tu viejo general, querida Diana, todavía posee uno que otro contacto importante. Y ya sé qué vas a preguntarme, a qué empresa Ilić le puso el ojo. Eso no lo sé.

* * *

L’Agence se encontraba en las entrañas de una vieja usina eléctrica en un barrio de la periferia londinense. Se trataba de un edificio abandonado y lúgubre, con dos chimeneas de unos cien metros de altura que se erigían como gigantes estoicos y de las que hacía casi cuarenta años no manaban gases. Se accedía después de sortear sistemas de seguridad de última generación y de viajar en un ascensor de alta velocidad varias decenas de metros hacia el centro de la Tierra.

A La Diana, ese recinto estéril con aroma a ozono, cubierto de paneles de aluminio, al que no alcanzaban los rayos del sol —les suministraban vitamina D de modo artificial— y que muchos habrían juzgado una tumba, le resultaba más familiar que el acogedor departamento que alquilaba en South Kensington y al cual volvía pocas veces por semana. En general, pasaba el tiempo comprometida en una misión, o en un campo de entrenamiento en algún punto del globo, o allí mismo, en la sede de la institución, donde poseía un cuarto con baño privado, prerrogativa de los miembros de la SF, la special force. El resto de los empleados —secretarias, informáticos, ingenieros, criptólogos, químicos y médicos— debían abandonar las instalaciones al cumplir el horario de su jornada, a menos que un trabajo los retuviese más tiempo, para lo cual se les habilitaba un permiso especial.

Del total de cincuenta y tres empleados, dieciséis eran soldados de élite, la verdadera alma de L’Agence. Esos profesionales de la guerra se dividían a su vez en dos escuadras de ocho, aunque desde la dimisión de Nanuk Christiansen, uno de los comandos poseía siete integrantes. El jefe de ambas escuadras era De Souza.

Nanuk Christiansen había sido la cabeza de la escuadra dos, o simplemente La Dos, hasta su renuncia tres meses atrás. Lo reemplazaba Siboniso Kamongo, nombre de guerra Sibi, un negro sudafricano de cuarenta y cinco años, el más viejo de las dos cuadrillas —por eso Piersanti Righi, el bromista del grupo, lo llamaba nonno— y ex soldado de la polémica tropa paramilitar Koevoet, que en los ochenta se había dedicado a cazar insurgentes que luchaban por la independencia de Namibia.

Raemmers y ella entraron en la sala de estrategias, una habitación con muros de vidrio que a simple vista, con su mesa larga de caoba rodeada por butacas de cuero, lucía inofensiva y común. Un momento más tarde, cuando se despertaba la tecnología que la equipaba, se transformaba en el recinto de una película de ciencia ficción, con mapas electrónicos que se abrían en el vacío, imágenes tridimensionales y sistemas de información con datos secretos que pocos servicios de inteligencia poseían.

La escuadra de Hela Hansen, también conocida como “La Uno”, estaba al completo. Varias nacionalidades se reunían en esa mesa, como también distintas fisonomías y colores de piel que a La Diana le resultaban tan familiares como los rasgos de sus hermanos Leila y Sándor.

Se dirigieron frases masculladas y guiños de ojo a modo de saludo. Labalaba Sekonia, originario de Fiyi y experto en supervivencia en climas tropicales, alto y delgado y de piel oscura, le lanzó un beso después de asegurarse de que el general Raemmers no lo veía.

—Bienvenida a La Uno, diosa de la caza —la saludó en inglés, idioma oficial de L’Agence.

La Diana le devolvió una sonrisa apretada y se ubicó en el sitio que usualmente ocupaba cuando se reunía con su grupo. El general se sentó a la cabecera. Hela se mantuvo de pie. Apuntó a los muros con un control remoto, y los vidrios se volvieron opacos, como si se hubiesen esmerilado por arte de magia. La intensidad de las luces disminuyó, lo que incrementó el brillo y los colores de las imágenes holográficas suspendidas sobre la mesa; se trataba de un mapa de Europa oriental y de la misma fotografía de Ante Dabić que Raemmers le había enseñado en su despacho, salvo que al pie contaba con una leyenda: 1957, Banja Luka, Republika Srpska.

—Antes de comenzar con el briefing —dijo Hela, y se refería a la primera parte de la reunión en la que se presentaban los hechos y los datos—, quiero informarles que La Diana colaborará con nosotros en esta misión. Su conocimiento del serbocroata es clave. Diana, hace un momento le avisé a Sibi y me concedió su autorización.

—Gracias, Hela.

—Objetivo de la misión: Ante Dabík —expuso la jefa de La Uno, y señaló la fotografía con un puntero láser.

—Ante Dábich —la corrigió La Diana, y la noruega lo repitió correctamente.

—Criminal de guerra durante el conflicto de Bosnia a principios de los noventa. Nacido en el 57 en Banja Luka, en la actual Republika… —Miró a La Diana—. ¿Cómo se pronuncia?

—Serps-ka. Significa República Serbia.

—Gracias. La Diana acaba de informarnos que su nombre de guerra es —consultó un trozo de papel que le había alcanzado el general Raemmers— Zver, bestia en serbocroata.

Hela prosiguió con la exposición. Dabić formaba parte de una extensa red de triple tráfico: armas, drogas y seres humanos. Las armas las compraban por poco dinero a militares corruptos de la disuelta Unión Soviética y de países de América del Sur. Los seres humanos, en su mayoría mujeres y niños, se adquirían o se secuestraban en las regiones más pobres del mundo, en especial India y en las naciones de la ex Unión Soviética. La cocaína provenía de Colombia y de Bolivia. En cuanto a la heroína, se hacían de la morfina base en Líbano y en Siria y la procesaban en laboratorios propios. Habían determinado las coordenadas del escondite de Dabić siguiendo la huella del químico que dirigía uno de los centros de refinamiento.

—Dabić es peligroso y posee un pequeño ejército armado hasta los dientes.

—¿Con qué clase de armamento nos encontraremos? —quiso saber Johnny Milford, un ex SEAL, la fuerza de élite de la Marina norteamericana.

—Lo tradicional —contestó Hela—, fusiles AK-47, lanzacohetes y morteros, pero también nos encontraremos con cosas pesadas. Los satélites han avistado en el techo del laboratorio dos cañones de artillería antiaérea.

Una fotografía tomada desde las alturas apareció junto a la de Dabić. Johnny soltó un silbido entre apreciativo y de asombro y se acomodó la gorra de béisbol con la que siempre se lo veía cuando no llevaba el casco.

—¿Y dónde hallaremos toda esta maravilla? —preguntó Assam Al-Abdel, el argelino que había hecho sus primeras armas en la Legión Extranjera.

—Aquí —respondió Hela, y señaló el mapa—. En las afueras de la ciudad de Tiráspol, en Moldavia. Tiráspol es la capital de la autoproclamada República de Transnistria —encerró en un círculo la región a la izquierda del río Dniéster.

En este punto, Raemmers se puso de pie y tomó la palabra.

—Transnistria se independizó de Moldavia en el 90, pero hasta el momento ninguna nación la ha reconocido oficialmente. Está administrada por delincuentes y mafiosos de la región, que por supuesto reciben una tajada de Dabić a modo de pago por permanecer en Tiráspol, protegido y encubierto. La corrupción en Transnistria es rampante, y los derechos humanos, inexistentes. Si llegasen a caer en manos de las milicias locales, no hace falta que les diga que las convenciones de Ginebra no cuentan. Es prácticamente imposible ingresar debido a los puestos de control en la frontera. No permiten el paso a nadie, excepto a sus connacionales. La frontera está bien vigilada, por lo que con Hela hemos juzgado que el mejor medio de penetración es el aéreo. La geografía plana y sin bosques jugará a nuestro favor.

—¿No hay radares? —quiso saber Peter Hersey, un inglés ex miembro del SAS.

—Nada de radares —contestó Hela—. Aunque la zona no esté radarizada, igualmente saltaremos a alta cuota para evitar el riesgo en que nos pondría el ruido de los paracaídas al abrirse a baja altitud. Sabemos que la región está poblada por campesinos. Podrían alertar a las milicias.

Debido a que la falta de oxígeno y el frío extremo a esas alturas los obligaba a emplear un equipamiento especial que los entorpecía apenas tocaban el área de aterrizaje, solían contar con la presencia de un grupo aliado local que los esperaba en tierra para cuidarles las espaldas en tanto se deshacían de las máscaras y esterilizaban el terreno, es decir, lo limpiaban de cualquier indicio que los delatase. Por eso, Murad Sadozai, un guerrero de Baluchistán al que llamaban Faquir por su capacidad para sobrevivir en las montañas heladas y sin agua, formuló la pregunta obligada en estos casos:

—¿Habrá un comité de recepción?

—No —contestó Hela—. Esta será la LZ —añadió, y cuando apuntó al mapa todos sabían que estaba indicándoles la landing zone, o zona de aterrizaje.

Les dictó las coordenadas, que los ocho soldados grabaron en sus brújulas electrónicas. La reunión se extendió hasta cerca del mediodía, y en esas horas cubrieron los aspectos más generales y también los particulares, como qué cantidad de agua debían transportar en su equipo y si llevaban barras energéticas o noodles; todo dependería de la posibilidad de encender un pequeño fuego para calentar agua.

Aun después de tanto tiempo le despuntaba una sonrisa melancólica al recordar lo primero que Nanuk Christiansen le había enseñado acerca de un soldado de élite. “Diana, sobre todo, somos mulas de carga”, le había asegurado, y no exageraba. Existían misiones en las que transportaban cuarenta kilos de equipamiento a sus espaldas, con los cuales caminaban kilómetros y kilómetros en las peores condiciones climáticas. El estado físico nunca parecía bastar para superar pruebas tan rigurosas.

El ataque al laboratorio se efectuaría en cuatro días, y La Diana y sus compañeros sabían que, desde ese momento, cambiarían los hábitos de higiene. Los aromas generados por el jabón, el champú, el dentífrico o el after-shave en una zona deshabitada y virgen se convertirían en letreros con luces de neón para perros y buenos baquianos. Se bañarían con jabón neutro, los varones dejarían de afeitarse y se higienizarían los dientes con una solución de bicarbonato de sodio; en cuanto a sus ropas, las lavarían con polvos especiales y las pasarían por secadoras de aire caliente.

—¿Qué les diremos a los de Eurocorps acerca de nosotros? —se interesó Richard Beauchamp, otro inglés del SAS.

—Lo de siempre —contestó Raemmers—, que son tropas regulares de la OTAN.

—Yo soy la primera en el mando —les recordó innecesariamente Hela—. Mi segundo será Daen.

La Diana insultó para sus adentros. De los quince compañeros, Daen van Groen era el que menos le gustaba, y ni siquiera su atractivo indiscutible suavizaba la ojeriza que le inspiraba. De nacionalidad holandesa, había formado parte de la tropa de cascos azules de la ONU encargada de proteger la “zona segura” de Srebrenica y Žepa durante la Guerra de Bosnia a principios de los noventa. Las dos ciudades finalmente habían caído bajo el poder serbio, y las matanzas más horrorosas desde la Segunda Guerra Mundial se habían desatado como consecuencia de que los supuestos defensores no habían disparado una vez contra el ejército de Mladić. Van Groen tampoco se mostraba amistoso desde que se había enterado de que era una musulmana de Srebrenica, pues había perdido a su mejor amigo a causa de una granada lanzada por un miliciano bosníaco, como se llamaba a los bosnios que profesaban el islam. Así estaban las cosas entre ellos; los dos se toleraban e intentaban llevar la fiesta en paz. Rara vez se dirigían la palabra, y cuando lo hacían, se trataba de cuestiones relacionadas con el trabajo. Habían sellado un pacto tácito por el cual el tema del genocidio de Srebrenica, donde habían perdido la vida el padre y la madre de La Diana, no se abordaba.

—El segundo objetivo —continuó Hela— será la destrucción del laboratorio principal de Dabić, con todo lo que haya dentro. Para esto usaremos minas Claymore.

—¿Por qué volarla? —preguntó Peter Hersey—. Estaríamos destruyendo la evidencia.

—El laboratorio está en territorio de Transnistria —intervino Raemmers—. Si queda en pie, las autoridades del lugar lo usarán ellas mismas para refinar la heroína. No, debe ser demolido.

—De acuerdo con las imágenes satelitales —retomó Hela, y de inmediato una típica fotografía aérea se desplegó en el espacio—, este es el laboratorio. —Accionó un botón en la computadora y siete pequeños círculos rojos se dibujaron sobre la imagen—. Estos son los siete ingresos a las instalaciones. Nosotros usaremos cinco. Teniendo en cuenta las dimensiones del edificio, el sector de Ingeniería acaba de informarme que con la implantación de seis Claymore en el sótano será suficiente. Daen se ocupará de colocar las minas. —A nadie sorprendió el encargo, pues el holandés era el mejor artificiero de L’Agence; la indicación que siguió asombró a todos—. Diana, tú lo asistirás.

—Sí, Hela —contestó, e intercambió una mirada con Raemmers, al que descubrió observándola como si la evaluase. ¿Habría sido el general el que había dispuesto que cooperase con el ex casco azul? ¿Quería probarla? ¿Quería confirmar si en verdad había superado el trauma de la guerra emparejándola con el que ella reputaba como uno de los culpables de la muerte de casi diez mil personas?

* * *

Abandonó la sala de estrategias y bajó al gimnasio, un recinto en el doceavo subsuelo, de más de cien metros cuadrados. Se hallaba prácticamente desierto, y solo tres de sus compañeros de La Dos se afanaban en las máquinas: Sibi, el indio navajo Atsa Adakai, militarmente conocido como Diné, y Manoj Rana, un nepalí cuyo nombre de guerra era Zorro. Se notaba la ausencia de los otros tres, en especial la de Piersanti Righi, a quien en las misiones llamaban Charlie y que siempre conseguía hacerla reír; era muy ocurrente. Thomas Mayo, un ex SAS, conocido como Octopus —en una pelea cuerpo a cuerpo parecía tener ocho brazos— y el israelí Guior Blum se hallaban en una misión en el norte de África, más precisamente en Tombuctú, una ciudad de Mali, donde se habían detectado células terroristas.

Manoj detuvo su práctica de sentadilla invertida y la saludó desde lejos con una sonrisa en la que los dientes blanquísimos contrastaron con su piel cetrina. Provenía de una familia nepalí de tradición gurkha. Su bisabuelo había participado en la Gran Guerra, su abuelo en la Segunda Guerra Mundial, y su padre, en la recuperación de las Malvinas. El anecdotario de Zorro parecía infinito, y La Diana se habría pasado horas escuchándolo. Era un hombre especial, con creencias y una cultura tan diferentes a las occidentales que La Diana se preguntaba cómo podían habitar el mismo planeta. Sin embargo, la amistad entre ellos había florecido hasta alcanzar un momento cumbre tiempo atrás, la madrugada en que La Diana le salvó la vida en Yemen al caer en una emboscada. Semanas más tarde, Zorro se presentó en ese mismo gimnasio mientras ella practicaba krav magá con Octopus. A continuación de una reverencia, le ofreció una caja de madera, de tamaño similar a una de zapatos. Los compañeros, los de ambas escuadras, abandonaron las prácticas y ejercicios y se agruparon en torno a ellos. La Diana abrió la caja y se encontró con dos cuchillos cruzados sobre una cubierta de pana verde inglés. No necesitó que le explicase que se trataba del arma mítica de los gurkhas, el kukri, un cuchillo de unos cuarenta y cinco centímetros de largo, con la hoja curva y el mango de nogal. La sola visión resultaba amenazadora. En la caja también había dos correas y dos fundas de madera para guardarlos y evitar ser víctima del filo del arma, por el cual es famosa. Como Zorro le explicó después, el kukri no se utiliza para clavar sino para cortar, y validó su declaración narrándole historias de su bisabuelo en las trincheras inglesas cuando salía de cacería y volvía con partes de soldados alemanes.

La Diana rara vez se separaba de sus kukris y adaptaba las correas para llevarlos a los costados de las piernas, como lo marcaba la tradición gurkha, o cruzados en la espalda, cuestión de que, con elevar el brazo izquierdo hacia la derecha y el derecho hacia la izquierda, se hacía en un santiamén de un par de cuchillos que le habrían seccionado la cabeza a un adulto. Practicaba casi a diario con Manoj las técnicas de manejo de un arma tan peculiar. Resultaba una paradoja que le diese más seguridad sentir el peso de los cuchillos que el de su pistola Browning HP 35. De noche dormía con uno bajo el colchón y otro bajo la cama.

Amaba a sus compañeros aunque se cuidase de demostrarlo ocultándose tras una fachada dura y distante. Sin embargo, el que ella había considerado su puntal, el que se había convertido en su roca y mejor amigo era Nanuk Christiansen, mitad esquimal, mitad danés, de una belleza exótica a la cual costaba habituarse; sin remedio, la mirada tendía a buscar su rostro de una tonalidad olivácea muy clara y de ojos rasgados y oscuros. Nanuk era una de las personas a la que La Diana más quería. Y la había defraudado.

Lo vio por primera vez en febrero del 99, en Belgrado, mientras ella y Sándor prestaban colaboración con L’Agence en el tentativo de dar con Matilde Martínez, secuestrada por terroristas palestinos. Nanuk permanecía la mayor parte del tiempo en el departamento ubicado en el centro de la capital serbia donde habían instalado el equipamiento para realizar las escuchas telefónicas y ambientales de Ratko Banovic y su banda de traficantes. En esos días de largas esperas, Nanuk había logrado sacarla del aturdimiento en el que la había hundido la reciente muerte de su novio Sergei Markov, y lo había conseguido gracias a los relatos acerca de la etnia inuit, es decir la de los esquimales, si bien esa palabra, esquimal, que significa algo así como “devorador de carne cruda”, debía evitarse; se la consideraba despectiva. A La Diana, a quien los esquimales le resultaban tan familiares como los extraterrestres, las historias del pueblo inuit y las descripciones de sus costumbres y tradiciones la cautivaron al punto de olvidar por unas horas que Markov estaba muerto y Matilde secuestrada, y todo por su culpa.

Meses después, Nanuk la sorprendió presentándose en el Hospital Lariboisière, donde se recuperaba del disparo que se había ligado por salvar a Matilde en un atentado. Nanuk fue al hospital los tres días que permaneció en París, y de nuevo volvió a distraerla con leyendas de los inuit y relatos de una niñez vivida en Nuuk, capital d ...