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ARZU. Y EL TIEMPO SE ME FUE

Méndez Vides

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Álvaro Arzú nació el 14 de marzo de 1946, en los albores de la década revolucionaria y a tres meses exactos del deceso en Nueva Orleans del último dictador, el general Jorge Ubico, quien se marchó al exilio llevando consigo un puñado de tierra para que llegado el momento fatal se depositara sobre el cielo de su sarcófago. Ubico gobernó con mano férrea entre 1931 y 1944, edificó amplia obra civil, construyó puentes y carreteras y se preocupó por el saneamiento ambiental. El padre de Álvaro Arzú fue uno de los 311 patriotas que solicitaron su renuncia, aunque luego se arrepintió. La caída, renuncia y destierro del mandatario marcó el inicio del periodo revolucionario de Guatemala, durante el cual transcurrió la infancia de Álvaro Arzú, bajo el gobierno del educador Juan José Arévalo y del coronel Jacobo Árbenz, sumergido en la convulsión nacional e internacional. Con el paso del tiempo, el apellido Arzú se ha venido asemejando al de Ubico, líder autoritario que modernizó el país y agilizó la comunicación, pero desde la plataforma democrática que corresponde al nuevo milenio.

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La familia de Álvaro Arzú disponía de holgados recursos económicos, por lo que él creció protegido y bajo la tutela de una familia numerosa y sociable, siendo espectador de largas sobremesas donde la conversación cotidiana giraba en torno al acontecer nacional. El futuro líder político se pasó la infancia escuchando debatir sobre decisiones políticas que alteraban el porvenir de la patria. La sociedad se organizó y se afirmaron las ideologías rivales. Los grupos revolucionarios impulsaron la formación de sindicatos y se hizo obligatoria la colegiatura profesional; mientras en el ámbito productivo, los empresarios y terratenientes fundaron asociaciones gremiales. La polarización generó inestabilidad, y la rivalidad se agudizó. El presidente Jacobo Árbenz renunció sin oponer resistencia ni enfrentar al improvisado Ejército de la Liberación que lo amenazaba, para evitar el derramamiento de sangre. Según se dijo, Antonio, el hermano mayor de Álvaro Arzú, ingresó a la Ciudad de Guatemala desfilando con los combatientes voluntarios de la Liberación.

Álvaro Arzú Irigoyen sintió desde temprano pasión por la política. Estudió en el Liceo Guatemala, colegio católico de los hermanos maristas, y en la Facultad de Derecho de la universidad jesuita, Rafael Landívar. Es sumamente disciplinado, y desde joven evitó el desvelo y todo lo que podría acarrearle pérdida de control. Se integró a las juventudes del Movimiento de Liberación Nacional (MLN), donde aprendió sus primeras lecciones de política, conoció de cerca el mecanismo de los gobiernos militares y fue expulsado del partido por proponer la candidatura de un civil, Alejandro Maldonado Aguirre.

Su primer cargo por elección popular coincidió con la apertura democrática. Fue alcalde de la Ciudad de Guatemala junto al gobierno civil de Vinicio Cerezo (1986-1989), y durante su ejercicio de la Presidencia (1996-2000) terminó el conflicto interno, acordando la paz firme y duradera entre la insurgencia armada y el Estado.

Álvaro Arzú inspiró la modernización del país y agilizó la administración pública. Tras completar su periodo presidencial fue diputado del Parlamento Centroamericano y retornó a la Municipalidad de Guatemala en 2004, donde permanece y ha sido reelegido en cuatro ocasiones por los vecinos.

Es el político nacional con más tiempo en el ejercicio del poder por la vía democrática, lo que lo convierte en un caso excepcional y sujeto propicio para la realización de una entrevista a profundidad para conocer su vida y descubrir el secreto de su liderazgo.

Le propuse la idea una tarde en La Antigua, en un hotel al cual ingresó discretamente por la puerta de servicio, tras llegar conduciendo una motocicleta. Él iba a dictar una charla política motivacional y, mientras aguardaba su turno, estuvimos conversando sobre libros. La entrevista sería extensa y relajada, para reconstruir la memoria de su vida y dibujar el proceso de su participación en política, dejando constancia de los acontecimientos nacionales coincidentes. Dijo que lo iba a pensar, y un año más tarde me citó un lunes en su despacho, donde aceptó responder a todas mis preguntas, con el propósito de “entusiasmar a los jóvenes a la participación política” y, además porque, dado que tanto lo han atacado los medios de comunicación, creyó oportuna la existencia de una versión donde se contara la historia desde su memoria. Destinó hora y media todos los miércoles al final de la tarde, para que yo pudiera indagar en todo lo que quisiera, sin restricciones. “Empezamos pasado mañana”, concluyó, y mientras caminábamos hacia el elevador me fue contando la primera anécdota que se le vino a la mente, atento al tiempo que se le escapa, a los múltiples planes que lo inquietan porque no quiere desperdiciar ni un instante.

La entrevista se extendió por setenta semanas, que incluye la complejidad de la toma de la Plaza Central por la población indignada ante la revelación de los casos de corrupción que provocaron la caída del presidente Otto Pérez Molina y la vicepresidenta Roxana Baldetti. Fue el año convulso del desplome del candidato Manuel Baldizón, quien según las encuestas era prácticamente el sucesor, terminando así con la costumbre del “le toca”. El año fue agitado, con inmensas concentraciones populares de ciudadanos indignados. El pueblo rechazó a la clase política tradicional, exigió la refundación de la patria y, bajo tales exigencias, estando el país casi al borde de las llamas, Álvaro Arzú anunció su candidatura para la reelección al frente de la Municipalidad de Guatemala, y arrasó en las urnas sin hacer publicidad, alcanzando la más alta participación de su historia.

La población marcó así una clara distinción entre los llamados políticos del pasado y Álvaro Arzú, porque no era un asunto de tiempo, ni de partido o ideologías, sino del individuo.

Cada semana acudí interesado y ávido de escarbar en la memoria de Álvaro Arzú. La reunión se sucedía en una pequeña sala adyacente a su despacho, a donde también acudían Héctor Cifuentes, Oswaldo Salazar, Rafael Paiz, y más adelante se sumó Gustavo Porras. Todos intervenían aclarando sus dudas de memoria y estimulaban el curso de la conversación avivando la grata experiencia de una tertulia semanal en el séptimo piso del Palacio de La Loba, dedicados todos a la memoria, mientras en la calle se vivían acontecimientos intensos que analizábamos e interpretábamos asombrados.

La dinámica facilitó la informalidad de las preguntas abiertas y respuestas libres, y así fui capturando gradualmente los episodios de su vida apasionada. Lo que yo había previsto como una entrevista política fue tomando carácter de novela de aventuras. Esta obra reúne la transcripción de pasajes elegidos, ordenados y editados en forma de memorias, que fue revisada por Álvaro Arzú, quien añadió más de un matiz o comentario manuscrito, y suprimió por pudor uno que otro pasaje.

La leyenda del líder prepotente y autoritario cae por su peso ante la realidad del hombre campechano y amable, gran conversador, activo, solidario, que defiende a sus cuadros y nunca abandona heridos en el campo de batalla. Arzú no repite dos veces una orden y no tiene que golpear la mesa para ser obedecido. Da seguimiento a todo lo encaminado, con una memoria prodigiosa. En una oportunidad pude presenciar cuando se tornó rojo de ira y echó chispas por los ojos ante un revés u olvido de sus funcionarios en materia de ejecución. Arzú no pierde tiempo dándole vueltas a los asuntos, y si algo le parece, lo impulsa de inmediato, contra viento y marea. Ayuda a muchos sin pregonarlo. Se viste informal, aunque siempre anda con el saco y la corbata a la mano para el protocolo, pero prefiere la comodidad. Se podría decir que se sitúa por encima de la apariencia. Sobre su escritorio mantiene desplegada la agenda del día, una página con actividades que cumple con puntualidad severa. Es lector voraz y se engolosina con las novedades y la Historia; comentar las lecturas de fin de semana tornaron aún más agradable la cita semanal. Una docena de perros saltan entusiasmados a su alrededor cuando lo escuchan llegar a casa, o a Palomares en La Antigua. Ama la Ciudad de Guatemala. Dice que no le gusta viajar, tanto como regresar: “Soy un regresador”. Fue alcalde, luego presidente y de nuevo alcalde, cargo que casi destina a epitafio ideal y suficiente junto a su nombre en la lápida fría.

Una tarde lo acompañé al mitin en el que iba a anunciar su candidatura para la reelección ante un grupo de amas de casa capitalinas. Acudió en mangas de camisa, tal y como estaba, y conduciendo un pequeño vehículo, sin el polarizado de costumbre nacional, porque no permite que nadie le maneje. Al salir del Palacio Municipal, el agente de turno detuvo el tráfico para darle paso libre, y él, de inmediato, activó el intercomunicador y estalló en rayos y centellas contra el oficial novato que acababa de transgredir la regla: “La calle es primero para los vecinos”. No le gustan los privilegios, ni las comitivas con sonoras sirenas de la época de los dictadores. Al apenas llegar al punto de reunión, se dirigió a un grupo de señoras tímidas, que en la calle no se decidían a ingresar al hotel. “Ustedes están hablando mal de mí, ¿verdad?”, dijo. Y ellas lo condujeron abrazado al interior del evento, donde disertó por breves minutos ante una concurrencia encandilada. Usó lenguaje sencillo, directo; comentó sobre su edad, sobre cómo el tiempo pasa volando y afirmó estar dispuesto a continuar con toda vitalidad al servicio de la Ciudad de Guatemala, porque el esfuerzo “vale la pena”. No ofreció nada, pero comprometió a los asistentes a participar en las acciones y no desmayar.

Elegí entre miles de páginas los episodios incluidos en esta entrevista porque dan testimonio de quién es Álvaro Arzú, de los vericuetos de su vida apasionada y de medio siglo de política nacional. El lector podrá conocer y conversar íntimamente con el líder político, y entenderá su dimensión humana, su habilidad natural, así como las virtudes y caprichos de un hombre pragmático que no responde a lineamientos ideológicos esquematizados, sino que se adapta y actúa imparable, buscando siempre el bienestar colectivo, única meta gratificante para quien voluntariamente optó por dedicar su vida entera al servicio público.

MV

PRIMERA PARTE

BARRO, MADERA Y PIEL
Raíces, infancia, memoria de los días de la Liberación, juventud, vida de estudiante, el inicio laboral y la experiencia sentimental

1
EL ÁTICO DE LA CASA DEL HIPÓDROMO

La memoria guarda con celo los mejores momentos de la vida. Qué le parece si iniciamos la conversación buscando en lo más recóndito y profundo. ¿Qué recuerda de los años de su infancia? Piense en el barrio, en la casa, en su familia y los amigos.

La nuestra fue una vida de gran convivencia en el barrio del Hipódromo del Norte. Enfrente de la casa vivía doña Anunciata de Novella, una señora italiana que todas las mañanas me pegaba de gritos porque mis perros se entraban a su jardincito a ensuciarse. Vivíamos en la Séptima calle, en una casa armable de madera del Canadá, posiblemente de las que trajo la United Fruit Company, con un ático en el tercer nivel. Allí está la casa, todavía. Mi papá se la vendió al doctor Augusto Bauer y él se la dejó a sus hijos, y ya no sé qué hicieron con ella, pero desde ese tapanco yo presencié cuando el Sulfato P-47 de la Liberación tiraba la bomba en Matamoros, eso lo recuerdo perfectamente.

La vida giraba alrededor de la iglesia de La Asunción, en un barrio donde no se respetaban los toques de queda, que se sucedían con mucha frecuencia, porque salíamos a caminar independientemente de la prohibición. Cada vez que se iba la luz porque había un golpe de Estado mi mamá tocaba en el piano el Estudio revolucionario de Chopin, alumbrada con candelas. Yo acostumbraba marchar en la calle con mis amigos cargando fusiles de palo, con el escudo de la espada de la Liberación pegado en la manga de la camisa, por si venían los comunistas. Creo que yo siempre quise ser cadete, será por eso que mi nana me llevó una mañana a retratarme al estudio de la Foto Ruano, en donde aparezco uniformado con la guerrera gris de cuello chino, cordones dorados en el pecho, guantes blancos y posando con la mano izquierda deteniendo el espadín, haciendo el saludo militar.

¿Quiénes eran sus amigos cercanos de entonces?

Los del barrio, Güicho Castillo, Donald del Cid, Chico Saravia, cuyo papá sí era liberacionista, porque don Salvador Saravia era puro de la Liberación. Mi hermano Antonio y Quicoy Montano se unieron a la Liberación y fueron a Chiquimula, donde les enseñaron a tirar granadas que, por supuesto, no explotaban, y a disparar con unas ametralladoras Madsen que si tirabas una tolva completa se derretía el cañón, porque se ponían al rojo vivo; eran malísimas, se les desarmaba el cañón, y lo sé porque mi hermano se trajo una, con la que jugaba yo después, una ametralladora Madsen a la cual se le abría la culata. Deben haber sido de aquellas famosas que vinieron de Europa en el barco que bombardearon y encalló, o de las que consiguió Castillo Armas en Honduras.

En esos días ya venía la Liberación con el arzobispo Mariano Rosell y Arellano exhibiendo al Señor de Esquipulas. Mi hermano Antonio entró desfilando, y venía mucha gente acompañándolos, como Ricardo Quiñónez, padre de mi vicealcalde. Aunque imagino que como ellos eran muy jóvenes no estuvieron directamente en el enfrentamiento.

¿Usted recuerda el día de la Liberación, la llegada de Castillo Armas al Palacio?

Sí, lo recuerdo vivamente, e incluso aparezco en varias fotos familiares de esos días, una en donde mi papá me tiene cargado en hombros frente a la farmacia de la esquina opuesta al Arzobispado, en la Sexta calle y Séptima avenida, y aún lo recuerdo diciendo: “Ala, qué valiente éste”, refiriéndose a Carlos Castillo Armas. La plaza estaba llena. Fue la manifestación más grande que yo he visto en mi vida. Pero acuérdese que yo tenía ocho años, así que no tengo muchos recuerdos de entonces sino de cuando fui creciendo, cuando empezó la secuencia de golpes de Estado; pero eso ya fue mucho después de la muerte de Castillo Armas, aunque sí me acuerdo del día de su funeral, y de su caballo al frente, precioso, llevando el sable.

¿Y qué se dijo entonces del asesinato de Castillo Armas?

Hubo mucho pesar, recuerdo a mis papás apesadumbrados, y nadie creía que el magnicida, el soldado Romeo Vásquez Sánchez, quien se suicidó después del asesinato, hubiera escrito un diario, el cual fue analizado por el psiquiatra Federico Mora, quien fue después mi catedrático de Medicina Forense en la Universidad Rafael Landívar. El doctor Mora era un viejito muy simpático. Yo salí del colegio en 1963, así que fui su alumno uno o dos años más tarde. Pero viene al hecho de que la gente de dinero echaba la culpa a los comunistas, y después apareció el diario del soldadito, como decían, que fue cuando empezaron las conjeturas sobre un crimen interno, y se dijo que en realidad pudo haber sido el coronel Trinidad Oliva, pero de eso yo ya no tengo memoria. En ese momento la gente no podía creer que hubiera sucedido algo así. Querían creer que el comunismo había sido responsable. La gente estaba verdaderamente shoqueada, por lo menos en mi círculo, en mi familia, pero estamos hablando de cuando yo era niño.

¿Se hablaba de política en su casa?

Todo el tiempo, el tema de todos los días era la política, lo que significaba conflicto entre la familia, porque unos eran arevalistas y otros liberacionistas, y como eran muy políticos se armaban unas discusiones civilizadas, pero no menos alteradas. Se juntaban en el Barracón, una temblorera que mi papá construyó para su mamá en los días del terremoto de 1917, para que estuviera segura, la cual quedaba a media cuadra de donde nosotros vivíamos, o menos. Mis tíos decían que la característica del Barracón era que: “Hacia donde pongás la vista, ves algo feo”. Y allí, posteriormente, llegaron a vivir mis tíos, tías y todo el mundo, era bien alegre.

Las sobremesas giraban alrededor del acontecer político, conversaciones en las cuales obviamente yo no tenía ninguna opción de opinar, sólo podía escuchar. Y después hasta se resintieron cuando yo me metí en la política, aunque en el fondo yo sé que a mi papá y a mamá les gustaba. Mi papá comentaba que los del Hipódromo del Norte eran arevalistas.

¿Y su padre, como los de su barrio, fue también arevalista?

Sí, lo fue un tiempo. Él contaba que en 1944 ayudó a Juan José Arévalo a buscar refugio en la Embajada de México, antes de asumir la Presidencia, porque éste se asustó y se asiló. Estando en una sesión de candidato, Arévalo le confesó que veía muy peligrosa la situación y quería asilarse. Mi papá se opuso, le recomendó que no era el momento, que por el contrario teníamos que sacarlo a la calle para conmover a la gente y motivar. Pero lo que Arévalo quiso saber era si en efecto él tenía tal carro, con tales placas, no sé cómo fue la historia, para que lo llevara a la embajada mexicana que quedaba a un costado del Palacio Nacional, en la Sexta avenida. Fue tal la insistencia de Arévalo que mi papá se rindió y dijo: “Bueno, pues hágalo”, y todos se quedaron destemplados, fue entonces cuando a mi papá le entró la desilusión con el arevalismo, porque Arévalo se asustó: “Fue un coyón”, decía. Era un desconocido y parece que ya había adoptado la nacionalidad argentina. Se alistaron esa vez para salir y Arévalo dijo: “Me voy en el baúl”. “Pero ¿cómo se va a ir en el baúl?”, comentó mi padre. “Sí, me voy en el baúl”, insistió él, y así lo metió mi papá en la Embajada de México, escondido en el baúl de su carro, y tengo entendido que entró directo al garaje. Lo dejó y se marchó. Después ya no lo apoyó, pero sí mi tío Roberto. Parte de mi familia rompió con Arévalo, y por eso eran las grandes discusiones en la casa. Mis primas trabajaron en la Secretaría de Arévalo, Elena, Beatriz e Isabel, y mi tío Roberto Arzú Cobos fue secretario privado de la Presidencia, y después enviado de embajador a la Argentina y a México. Pero después decían que Arévalo recomendaba: “Cuídense de los gachupines y de los del Hipódromo”. Nosotros éramos los del Hipódromo, bueno, no yo, pero sí mis papás, ellos eran de la élite del Hipódromo. Mi padre quedó muy decepcionado.

¿Y qué se decía en su casa del presidente Árbenz?

No lo tengo retenido. Ahora bien, mi mamá contaba que presenció cuando llegaron los camiones con las armas, yo no fui testigo, pero ella decía que los camiones del Ejército llegaron cargados de armamento, que se ubicaron al tope del Hipódromo para que la gente acudiera a tomar las armas para defender al gobierno de Árbenz, y que lo anunciaron con altavoces, haciendo el llamado para que pasaran a recogerlas, pero nadie se apareció.

De quien sí me acuerdo muy bien es del canciller de Árbenz, Willy Toriello, porque fue él quien me enseñó a tocar guitarra. Tenía un jaguar deportivo que era una belleza, e iba al África de cacería. Montó un salón con todos sus trofeos. Su oficina quedaba en la Octava calle. Lo nombraron Canciller de la Dignidad tras el lío en Caracas, por ese discurso en defensa de América; aunque no se fue del país inmediatamente, porque no era un perseguido. Él fue socio con mi papá en venta de carros. Siempre habló así de: “¿Y yo qué gano?” “¡Vos, callate! —le decía mi papá—, ¡vendé este carro!” Era dueño de la finca Torolita, a la vecindad de El Salto, por lo que en esos días lo atacaron en la prensa por el mal estado en que tenía la ranchería. Su esposa fue Mercedes Castillo, y tuvo tres hijas muy lindas. Quique Neutze se casó con la mayor, luego estaban Lucrecia y Patricia, que fue mi enamorada. Pero a la larga, Willy Toriello se tuvo que ir a Cuba, donde terminó viviendo en una casita muy sencilla. Muchos años después, yo lo mandé a traer para la Firma de la Paz porque él era toda una institución y merecía estar presente; le mandé el avión presidencial a Cuba y vino vestido de blanco caribeño. Lo recuerdo en una esquinita del salón principal y hasta en qué columna estaba recostado, porque nadie le platicaba, y yo me fui a conversar con él, siempre me mantuvo el trato familiar de “Alvarito”, sin importar que yo fuera entonces el presidente.

¿Estuvieron sus padres a favor de la Liberación? Porque algo debió incidir en que un niño de ocho años se pusiera una banda con la espada y saliera a desfilar por la calle. ¿Era acaso el futuro MLN el partido de su familia?

Sí, por lo menos lo fue de mi papá y de mi mamá.

¿Y qué recuerda de don Manuel Cobos Batres? Esa figura emblemática del Partido Unionista, nombre que en la actualidad corresponde al de su partido político. ¿Qué recuerda de él?

De Manuel Cobos Batres no me acuerdo más allá de dónde estaba su cuarto y de que salía siempre en bata, eso es lo que recuerdo. Su hermana, la Jú, me daba clases de matemáticas en el corredor, aunque con poco éxito. La casa era de aquellas antiguas que tenían un corredor alrededor del patio. A un lado quedaba el cuarto de don Manuel, una salita y el comedor del otro lado, y enfrente era donde ella me daba clases. A esa casa sobre la Sexta calle y Séptima avenida llegó la ubiquista Maciste, Julita Quiñónez, quien fue ministra de Educación y perteneció a la policía secreta de Ydígoras, a pegarle fuego a la puerta de entrada de la casa de don Manuel.

Ahora bien, doña María, mi abuela, hermana de don Manuel Cobos Batres, fue también eminentemente política. Ella escribía y era profundamente católica, defensora a ultranza, y como Clemente Marroquín Rojas escribió a saber qué artículos, ella le contestó, y él le respondió con groserías. Esto me lo contó Clemente Marroquín Rojas una vez que me invitó a La Hora; en su oficina me dijo: “Su papá me retó a duelo, pero yo no quise aceptar el reto porque realmente me había excedido en mi respuesta a doña María, así que le pedí excusas”. Al llegar esa noche a mi casa le pregunté a mi papá si era cierto que él había retado a duelo a Clemente Marroquín Rojas, siempre tratándolo de usted, tal y como se hablaba a los papás. “Sí. ¡Viejo coyón!, pero no quiso aceptar.” Y, efectivamente, después del hecho supe que el periodista se retractó en un artículo pidiendo excusas, y es más, escribió un reconocimiento personal cuando ella murió.

Ya que mencionó a Marroquín Rojas, ¿qué recuerda del famoso periodista?

Clemente Marroquín Rojas era un tipo curioso. Él mismo fue quien me contó que cuando murió Manuel Cobos Batres salió al balcón con la pistola y tiró cinco disparos al aire, en memoria de mi tío abuelo, con quien tuvo grandes discusiones, pero a quien siempre le respetó las agallas.

A mi tío abuelo, Manuel Cobos Batres, los gringos no le dieron visa ni estando grave, porque mi papá luchó para llevarlo a Nueva Orleans a la Clínica Ochsner, pero no le dieron visa. Don Manuel siempre los responsabilizó de la matazón de la Semana Trágica, porque los unionistas ya habían pactado el retiro pacífico de Manuel Estrada Cabrera, conservando a cambio sus bienes, pero el presidente se envalentonó cuando recibió la noticia de que los Estados Unidos estaban dispuestos a enviar cuatro mil marines para apoyarlo. Nunca mandaron a nadie, pero en 10 días murieron más de mil guatemaltecos.

Mi papá decía por su lado que nunca se iba a repetir un escritor como Marroquín Rojas, porque escribía con tanta claridad y tenía la capacidad de redactar varios artículos, firmados con seudónimos, sobre varios entornos y temas el mismo día. Yo lo comprobé en La Hora, el tipo tenía una habilidad extraordinaria, como no la tiene nadie hoy en día o no la va a tener nadie, de escribir varios artículos diariamente bajo diferentes seudónimos. Era de Jalapa, grosero muchas veces. Ejerció el periodismo toda su vida, hasta cuando fue vicepresidente de Julio César Méndez Montenegro, de quien se separó por desacuerdos, así que abandonó su oficina en el Palacio Nacional, pero sin renunciar, y se llevó consigo la seguridad del Estado Mayor y continuó cobrando el sueldo y gastos confidenciales hasta el último día, mientras desde su periódico criticaba al gobierno. ¿No le parece que no fue lo correcto? Si un vicepresidente no está de acuerdo con las decisiones de quien lo condujo al puesto, lo que le corresponde es renunciar, porque los segundos a bordo nunca han aportado votos.

Cuéntenos, ¿cómo estaba formada su familia, cuántos hermanos eran, qué recuerda de sus padres?

Soy el cuarto hijo, mi hermana mayor, Lucrecia, quien ha sido nuestra Madre Teresa, me lleva diez años; Antonio, el segundo, me llevaba nueve, y fue el empresario, y la tercera, la combativa María Mercedes, me lleva siete años. O sea que fui medio colado, bastante colado la pura verdad. Nací el 14 de marzo de 1946 en el Hospital Americano. En ese hospital se dividían los cuartos de las parturientas con cortinas, y fue por eso que mi mamá escuchó muy bien cuando su suegra, mi abuela doña María Cobos Batres, le decía a mi papá: “Enrique, éste sí te salió feo”, y ella, pobre, recién salida del parto en una época cuando no existían paliativos para el dolor. Mis hermanos eran muy bonitos, debo de reconocerlo, Antonio se parecía al actor Tony Curtis, era galán, y Lucrecia y María Mercedes eran realmente bonitas, de gran fama por su belleza. De Lucrecia decían que se parecía a la princesa Grace Kelly, y María Mercedes no sé a quién, pero también era muy bonita, y entonces nací yo, un contraste monumental por feo.

El primer Arzú que vino a Guatemala fue don José Antonio Arzú y Díaz de Arcaya en mil setecientos no sé cuántos, y se fue a Sololá después de algún terremoto. Casi nacimos el mismo día, porque él era del 13 de marzo y yo soy del 14. Él llegó a ayudar y regaló una campana que todavía existe en la iglesia de Sololá, donde está grabado que fue donada por él. La campana se cayó durante el terremoto de 1976, y yo traté de canjeársela al padre, pero no quiso. Después la volvieron a subir, pero ya no suena.

Mi padre, Enrique Arzú, nació en 1904. Era bastante virulento, impulsivo y se desesperaba porque era muy inquieto, tuvo lechería por treinta años en la zona 6, la finca se llamaba Santa Isabel, y por eso nunca tuvo fines de semana, porque en esa época el ganado se enfermaba y moría; no como ahora que hay antibióticos. La noticia de que una vaca tenía mastitis era anuncio de problemas y le ponía la trompa de este tamaño a mi papá. Él fue quien trajo primero al país el sistema para pasteurizar la leche. La finca quedaba cabal enfrente de La Pedrera, muy cerca del estadio de Cementos Progreso. De allí fue el terreno que cedió a los hermanos maristas para que construyeran la escuela y yo me pudiera graduar de bachiller. A un lado construyó la fábrica de baterías Rayovac, y también estaba Infena, la fábrica de hacer clavos.

¿Iba usted seguido a la finca?

Sí, a montar en mula. Y me encantaba bajar a nadar al río de Las Vacas. Recuerdo que una vez nos dijeron que había una mina en la montaña y fuimos nosotros a meternos. Encontramos la estructura averiada y los túneles, pero nos sacaron corriendo los murciélagos, con su algarabía. Esa mina de oro aparece registrada en el Consejo de Indias, según mi tío Roberto, que era muy versado en esos asuntos. La descripción, para ser identificada, es que la montaña se podía visualizar desde el cerrito del Carmen.

La finca de mi papá llegaba hasta el río, y luego era todo bosque. Mis papás vivían cerca, en la calle del Hipódromo, y tenían la lechería en la zona 2, por el parque de Jocotenango. Eran otros tiempos, y la finca quedaba muy cerca.

¿Estudió su papá aquí mismo, en Guatemala?

No, él se formó en el St. John’s College, en Belice, y por eso ya de adulto yo lo vivía fregando: “Porque tengo unos parientes en Livingston de apellido Arzú, así que esa su pasadita que usted se echó por allí le salió buena”. “¡Callate, bruto!”, me decía.

¿Recuerda sus hábitos?

Tenía la costumbre de tomarse su traguito a las siete de la noche en casa, porque mi padre era muy ameno e invitaba a todo el mundo con tal de que se fueran a las ocho, ésa era la única condición: “A las ocho fuera”, porque ya quería cenar.

Mi papá dormía re-mal y no le gustaba que lo despertaran. Recuerdo la historia de cuando en una ocasión mi mamá escuchó ruidos y lo despertó alertándolo: “Enrique, Enrique, estoy oyendo ruidos abajo”. Mi papá abrió la gaveta, sacó la flashlight y la pistola, se las entregó y le dijo: “Andá a ver, pues”, matándose de la risa. Mi mamá era muy sumisa.

¿Su papá también participó en política?

Sí, perteneció a los 311 patriotas que firmaron la solicitud de renuncia a Ubico, y no sólo firmó sino anduvo sacando firmas, y ya lo andaban taloneando los de la Secreta. Y junto al nombre de mi papá aparece el de mi tío, Roberto Arzú Cobos, y otros parientes como José Arzú y Augusto Bauer Arzú. Era en el Hipódromo del Norte donde surgían todas las conspiraciones. Una de las últimas firmas en el documento era la del doctor Wunderlich, quien era el médico personal de Ubico, y se dice que fue su firma lo que lo impulsó a renunciar. Lo cual comprueba que uno renuncia cuando se lo piden sus amigos, y no sus enemigos.

Una vez iba pasando mi papá enfrente de la Tropical Radio, entre la Sexta avenida y Doce calle, sacando firmas para la petición, cuando se encontró con Álvaro Contreras Vélez, el antiguo director de Prensa Libre, y mi papá le dijo: “Fírmame aquí”, pero él no quiso, y se excusó explicando que era costarricense.

Mi papá fue de los que le pidieron a Ubico la renuncia y después se arrepintió, porque rápidamente se perdió la disciplina y el orden en Guatemala. El presidente Arévalo se pasó su periodo con las garantías suspendidas y hubo cantidad de intentos de golpe de Estado. Mi papá reconocía después su arrepentimiento, no así su hermano, que fue secretario privado de Arévalo, y a quien después, para sacudírselo, lo enviaron de embajador a la Argentina, donde le presentó credenciales a Perón. Pero como era muy apuesto, parece que hizo averías y tuvieron que mandarlo a México, donde le presentó credenciales al presidente Manuel Ávila Camacho.

Conocí personalmente al expresidente Arévalo cuando yo era director del Inguat [Instituto Guatemalteco de Turismo], porque me invitaron a la inauguración de la Policlínica del IGSS [Instituto Guatemalteco de Seguridad Social] en la zona 6, que creo lleva su nombre, y allí estaba el expresidente, y me regaló su libro Despacho presidencial, con una dedicatoria. Lo curioso es que después de que fueron los del Hipódromo del Norte quienes lo tuvieron y mantuvieron, él recomendaba a todos que se cuidaran de los cachurecos del Hipódromo.

Mi padre siempre fue muy parejo con nosotros, se desvivió por darnos lo mejor, pero no se practicaba ser cariñosos como en esta época, así como agarro yo a mis hijos y a mis nietos, a quienes lleno de besos. A nosotros nos formaban con el espíritu de la disciplina y el trabajo, porque mi padre era severo y muy disciplinado, de espíritu férreo, que exigía el trato respetuoso que se tenía antes hacia el papá. Por ejemplo, si en la mañana me quedaba en la cama más allá de las siete, me despertaba tirándome un vaso de agua, y: “¡Levántate!”, gritaba, y no podíamos encerrarnos con llave ni existían esas cosas del código del niño. Si yo le hubiera dicho que no podía entrar a mi cuarto sin mi autorización como lo estipula el código del niño, hubiera abierto la puerta con mi cabeza. No usaba bata, desde temprano estaba vestido y listo para el trabajo, por eso a mí tampoco me han visto mis hijos en bata. El horario de la cena era sagrado, yo tenía que estar en la casa para cenar a las ocho en punto, y si no estaba o no había avisado, era terrible. La única vez que recuerdo que me dio un gran cuentazo en la cara fue una vez que llegué como a las ocho y media. Sus hábitos eran rutinarios, su trago a las siete, para lo que invitaba a sus amistades y a las ocho miraba el reloj y decía: “Bueno, gracias a todos por haber venido” y los despedía. Será por eso que yo mantengo los mismos hábitos, a partir de cierta fecha empecé a acompañar a mi papá en el trago de las siete, porque como quería que yo lo acompañara me dijo: “Tomate tu trago, ya estás viejo, ya tenés cuarenta años”. Ceno siempre a las ocho y tengo el hábito de levantarme temprano. Mantengo la rutina aprendida, porque eso se queda.

Mi mamá respetaba sin contradecir todo lo que decía Enrique, y la única que me defendía era mi nana, la Coco, una santa mujer que era la cocinera: “No le hagan eso a Alvarito”, y me llevaba a su cuarto. Mi madre ni para ir hacia el carro pasaba por la cocina, así que yo iba a tomarme la pacha a la cama de mi nana. La única vez que recuerdo haber besado a mi papá fue en su lecho de muerte, en un último adiós. Murió en el hospital John Hopkins, en Baltimore, el último día de mayo, cuando en los Estados Unidos se conmemoraba a los soldados caídos en combate en el llamado Memorial Day. Tenía ochenta y siete años. Una operación a esa edad ya no tiene sentido, yo creo que hoy en día ya es de mala educación pasar de ochenta, casi una impertinencia, aunque si llego no voy a decir eso, por supuesto.

¿Qué recuerda del lado de su mamá?

A las tertulias familiares en mi casa acudían los hermanos de mi papá. Una de ellas, Sara, vivía en el tope del Hipódromo, en una casa muy hermosa que construyó su esposo Juan Irigoyen. Pero no me quiero meter en honduras explicando el árbol genealógico de mi familia, que es más bien ginecológico, porque por parte de mi madre es un enigma. Mi bisabuelo era búlgaro y mi bisabuela rumana. Entiendo que ellos llegaron a vivir a Odesa, y de allí en adelante todo fue un gran chirmol que yo he tratado de desenredar sin mayor éxito. Incluso, contraté a un experto en genealogía para descubrir el origen de mi abuela materna, pero nunca salió nada en claro porque los inmigrantes se cambiaban el apellido al ingresar a los Estados Unidos.

Pero todo empezó con don Juan Irigoyen, mi abuelo, quien trajo el primer carro a Guatemala en 1905, y organizaba carreras en el Hipódromo, con todo y mujeres pilotando, y poseo una fotografía donde pareciera que es mi mamá quien va manejando con su mamá Sara, al lado, la esposa de Juan Irigoyen. Ellas llevan sombrero y están echando carreras en la Avenida del Hipódromo, que era de tierra. También organizaron un rally, de cuya experiencia queda una foto donde aparecen descansando en San Martín Jilotepeque, que fue una de las paradas. Se dice que mi abuelo don Juan Irigoyen y Palito Castillo fueron los hombres más ricos de la Guatemala de entonces. Mi abuelo invirtió muchísimo en la Bolsa de Valores, a tal grado que Rodolfo, su hijo menor, que estudió en la Universidad de Chile, decía que se podía empapelar varios cuartos con los títulos de acciones sin valor, porque todo lo perdió, los títulos no valían ni un solo centavo tras la depresión de 1929. Lo perdió todo en el Crash. También se decía que somos parientes de aquel presidente Irigoyen de la Argentina, Hipólito, sobre quien acabo de leer, por cierto, un libro. Parece que su primer periodo fue bueno, pero el segundo ya no, y entonces le dieron el golpe de Estado. Don Hipólito Irigoyen sería un familiar ilustre, pero no hay nada que certifique el parentesco. Bueno, lo que pasó fue que mi abuelo perdió todo lo que tenía en los Estados Unidos.

El nacimiento de mi mamá en Detroit es una historia de la cual ella nunca quiso hablar mucho. Mi abuelo viajaba a Detroit, porque ahí estaban las grandes fábricas de automóviles. En una de esas oportunidades, conoció a Belle Popper, que debe haber sido Popperovich o Popovich, hija de rumana y búlgaro, aunque nunca lo supimos con certeza.Yo traté de averiguar algo en Odesa Verania, pero no se pudo, y pagué un dineral a abogados en Estados Unidos que al final me dijeron lo que yo ya sabía. Ella debió de haber sido muy bonita. De alguna manera se conocieron y nació mi mamá, a quien nombraron Ruth Irigoyen Popper. Mi abuelo siguió llegando a verlas con frecuencia, con la idea de traérselas a las dos, pero Belle no quiso venir a Guatemala, y entonces él le dijo: “Pues dame a mi hija”. Quizá mi abuela no muy quería tener hijos porque aceptó, y así mi abuelo trajo a mi mamá cuando ella tenía entre uno y dos años, y aquí le cambiaron el nombre a Carmen. La verdad que es una historia extraña. Madre e hija se separaron, pero mi mamá recuperó el contacto más adelante, porque se escribían cartas.

Mi mamá hablaba inglés, y después se fue a estudiar a Montreal, donde aprendió el francés, porque los dos idiomas los hablaba perfectamente. Luego, Juan Irigoyen se casó con la hermana de mi papá, con Sara Arzú; miren qué lío, o sea que mi papá era yerno de su hermana. Complicadísimo. Juan Irigoyen mandó a mi mamá a estudiar a Montreal, al colegio de monjas, pero ella le dijo: “Yo no me quiero ir sola”, entonces él le pagó el estudio también a sus amigas íntimas, para que la acompañaran a estudiar al colegio. A las Wyld, por ejemplo, que una de ellas, Margarita, fue después esposa de don Estuardo Novella, y la hermana, Chusita, que se casó con un Delgado. Mi abuelo las mandó a las dos con ella, para que no estuviera sola mi mamá.

Era una mujer de gran ingenio y chispa increíble. Sabíamos que se siguió carteando con su mamá, pero nunca nos contaba nada al respecto ni le preguntábamos, la pura verdad. Al menos yo no lo hice. Yo era muy patojo y toda mi historia no pasaba más allá de que mi papá era Enrique Arzú y mi mamá Carmen Irigoyen de Arzú. Hasta cuando estuve en el Inguat [Instituto Guatemalteco de Turismo] le puse importancia al tema, y decidí traer a Guatemala a mi abuela porque nadie me explicaba nada. Antonio, mi hermano, fue a contactarla, dispuesto a traerla, porque ella no nos había querido conocer. Nosotros no habíamos tenido nunca contacto con la abuela, ni ella había querido tenerlo con nosotros. Creo que vivía en California, pero yo fui quien la mandó a traer, y le hicimos un gran recibimiento, con marimba y flores en el aeropuerto, porque era nuestra abuela, pero nos miraba así un poco extraño. No hablaba nada de español. La atendimos, la llevamos y trajimos, cuando a mi mamá ya le empezaba a afectar el Alzheimer, enfermedad que padeció por veinte años, hasta morir. Entonces, apenas empezaban los síntomas y nosotros sin darnos cuenta, lo tomábamos como “¡Ay, mamá, a usted se le olvidan las cosas! ¿Verdad?” Pero era esa enfermedad infame, y nadie había reparado en ello. Pues bien, trajimos a la abuela y no le gustó Guatemala. Le decían mis hermanas: “Pero mirá los árboles”. “Sí, pero los árboles no hablan”, contestaba. Ella se sentía incomunicada. Total, que mi hermana María Mercedes, gran luchadora Pro-Live que vivía en Nueva Orleans, se la terminó llevando con ella, y por allá murió a los noventa y cinco años. En Estados Unidos se sentía mejor. Permaneció aquí apenas como un mes, pero nosotros notamos que la estábamos forzando a quedarse y que a ella no le gustaba.

¿Qué religión practicaba ella?

Mi abuela era judía practicante, y la religión se transmite por la madre, por eso me decía el embajador de Israel: “Usted es judío, porque ahí sí no hay para dónde, aunque no quiera, usted es judío”. Y me decía uno de los embajadores: “Ahorita mismo le doy el pasaporte de Israel, sin ningún problema”, mientras mi papá vivió renegando siempre de los judíos: “Judíos carajos”, porque no sabía que mi abuela era judía, ni mi mamá tampoco lo supo y nosotros menos.

Mi mamá contaba que ella estuvo en las Naciones Unidas cuando fue lo del voto de Guatemala apoyando a Israel. Jorge García Granados y su esposa la llevaron a la sesión y ella contaba la historia de cuando estando en el palco, en el momento que pasó a hablar el representante de Arabia, mi mamá gritó: “¡Bravo!”, cuando él dijo: “Bueno, ustedes quieren hacer la partición del Estado de Israel, porque en Palestina ya hay trescientos mil judíos y la q ...