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BELLEFLEUR

Joyce Carol Oates  

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Fragmento



Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Cita

Nota de la autora

Arbol

Libro Uno. Mahalaleel

La llegada de Mahalaleel

La laguna

La maldición de los Bellefleur

El embarazo

Jedediah

«Poderes»

El río

Búho Real

La extraña premonición que vino del vientre

Caballos

El torbellino

Nocturno

Libro Dos. El jardín amurallado

El frasquito de veneno

La visión

La araña, Amor

El niño sin nombre

El jardín amurallado

Riachuelo Sangriento

El poeta

Paie-des-Sables

La Montaña Sagrada

En la habitación de los niños

El sabueso

La Habitación de la Contaminación

Tirpitz

La fiesta de cumpleaños

Libro Tres. En las montañas…

En movimiento

Cosas embrujadas

Cassandra

«El carnicero de Innisfail»

La fuga

La celebración de los cien años de la bisabuela Elvira

En las montañas, por aquel entonces…

Enlaces desventurados

El tutor

Pasión

Otro carruaje…

El buitre del Noir

El Cristo de Kincardine

Reflejos

El hijo perverso

Los devoradores de lodo

Libro Cuatro. Érase una vez…

Reloj Celestial

Belladona

Automóviles

El demonio

La muerte de Stanton Pym

Solitario

La cornalina

La proposición

El espejo

Érase una vez…

Mount Ellesmere

Las mandíbulas devoran…

La huelga

La cosecha

Libro Cinco. Venganza

El clavicordio

El rostro de Dios

La laguna en otoño

Las ratas

El espíritu del lago Noir

Interrogante

Aire

La boda feliz

El tambor de piel

La niña traidora

La laguna desaparecida

La orquídea morada

Venganza

Desconocido para Gideon…

Las mandíbulas…

El asesinato del sheriff del condado de Nautauga

Hijos de la noche

La negra Lucy

La promesa incumplida

Aguas calmas

La destrucción de la mansión Bellefleur

El ángel

Epílogo

Notas

Sobre la autora

Créditos

Grupo Santillana

 

En memoria de Henry Robbins

(1927-1979)

 

El tiempo es un niño jugando a las damas;

el reino está en manos de un niño.

 

HERÁCLITO

Nota de la autora

 

 

 

 

Esta obra es fruto de la imaginación y como tal obedece, con humildad y audacia, a las leyes de la imaginación. Que el tiempo gire y se retuerza, y si ahora desaparece después vuelva a hacerse poderosamente presente; que el «diálogo» quede en algunos casos enterrado por la narrativa y en otros se presente de forma convencional; que a lo inverosímil se le conceda una autoridad y se vea honrado por una complejidad habitualmente reservada a la ficción realista… ha sido intención de la autora. Bellefleur es una región, un estado del alma, y existe; y allí, sacrosantas, sus leyes son completamente lógicas.

 

JOYCE CAROL OATES

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Libro Uno

MAHALALEEL

La llegada de Mahalaleel

 

 

 

 

Fue hace muchos años, en aquellos tiempos oscuros, caóticos, insondables, previos al nacimiento de Germaine (casi doce meses antes de su nacimiento), durante el transcurso de una noche del fin de septiembre, una noche agitada por vientos frenéticos, como espíritus que hubieran entrado en liza —ora con pesar, ora con ira, ora con la sutil delicadeza del violonchelo, capaz de erizar la piel de los brazos y el cuello—, una noche tan sofocante y movida, tan llena de anhelos silenciados que Leah y Gideon Bellefleur volvieron a discutir en su enorme cama bañados en lágrimas, porque su amor era demasiado voraz como para ser contenido por simples cuerpos mortales; y sus palabras balbucientes, desconsideradas, angustiadas, parecían cintas de seda salvaje entrelazadas con violencia (pues cada uno pensaba que el amor del otro no era equiparable al suyo, ni nunca podría serlo: Leah sospechaba que ningún hombre era capaz de sentir un amor profundo y silencioso, como la laguna de un bosque; Gideon sospechaba que ninguna mujer comprendía la naturaleza de la pasión masculina, una pasión que podía desgarrarlo, dejarlo quebrado y extenuado, vulnerable como un niño). Fue aquella noche turbulenta, azotada por la lluvia, cuando llegó Mahalaleel a la mansión Bellefleur, a orillas del lago Noir, donde viviría casi cinco años.

La mansión era conocida por los lugareños como el castillo Bellefleur, algo que a la familia nunca le gustó, ni siquiera a Raphael Bellefleur, que construyó la imponente mansión muchas décadas atrás gastándose casi un millón y medio de dólares, en parte para su esposa Violet y en parte como estrategia para su campaña política. A Raphael Bellefleur le ofendía e incomodaba la palabra «castillo», que para él representaba el Viejo Continente, el pasado, el cementerio putrefacto que era Europa (así se refería al continente con frecuencia, con esa voz nasal, entrecortada y formal que parecía siempre dirigida a un gran público), y cuando el abuelo de Raphael, Jean-Pierre Bellefleur, fue expulsado de Francia y repudiado por su propio padre, el duque de Bellefleur, el pasado dejó de existir, sencillamente.

—Ahora somos todos americanos —decía Raphael—. No tenemos más remedio que ser americanos.

La mansión se alzaba en lo alto de una colina cubierta de hierba y rodeada de pinos y arces y falsos abetos. Desde allí se veía el lago Noir y a lo lejos el Mount Chattaroy, siempre entre la neblina, el pico más alto de las Chautauquas. Su silueta imponente y sus torres almenadas anunciaban la presencia de un castillo: el estilo general era gótico inglés con cierta influencia morisca (Raphael estudiaba con afán los planos de innumerables castillos europeos mientras despedía a un arquitecto tras otro, lo que iba alterando el espíritu de la edificación de modo gradual), una belleza cruda y violenta en constante expansión, algo jamás visto en aquel rincón del planeta. Para ello hizo falta un pequeño ejército de obreros que invirtió más de siete años en su construcción. Fue en aquellos tiempos cuando el nombre de «Bellefleur» se dio a conocer en todo el estado, provocando los más diversos elogios y halagos (que pronto cansaron a Raphael, a pesar de considerarlos justos) además de algún que otro comentario burlesco en la prensa (para su asombro absoluto, que prevalecía sobre la furia. Ningún ser civilizado y en su sano juicio podía dejar de conmoverse ante la grandiosidad de la mansión Bellefleur). «Mansión Bellefleur», «castillo Bellefleur», «monumento de los Bellefleur», «monumental capricho de los Bellefleur»: ésos eran los comentarios. Pero todos coincidían en que jamás se había visto nada igual en el valle del Nautauga.

El edificio de sesenta y cuatro habitaciones era una construcción de piedra caliza y granito traído de las canteras Bellefleur de Innisfail: para la mezcla de argamasa hubo que transportar, en carros de caballos, toneladas de arena de los areneros del lago Plateado, pertenecientes a la familia. La casa estaba dividida en tres partes, un ala central y dos laterales, todas ellas de tres plantas, protegidas y coronadas por torres almenadas que brindaban una armonía sólida y particular. (Las torres fueron concebidas para contrarrestar el efecto de los torreones moriscos, más pequeños y ornamentados, que se alzaban en las esquinas de varias fachadas de piedra.) Sobre los miradores y los inmensos arcos se utilizó piedra caliza de matices más claros, con diseño de cintas en espiral, muy agradable a la vista. Casi todo el tejado era de pizarra importada, aunque había partes de cobre que a veces resplandecían al sol de tal modo que la mansión parecía estar en llamas: ardiendo, nunca consumida. Desde la otra orilla del lago Noir, a muchos kilómetros de distancia, la mansión adquiría diversas y sorprendentes tonalidades de misteriosa belleza a ciertas horas del día: gris rosáceo, malva, verde pálido. El efecto fúnebre y pesado de las paredes, columnas y almenas y el perfil de sus tejados inclinados se diluía en la distancia y la mansión Bellefleur se veía ligera y etérea, como los colores difusos del arco iris…

La lentitud de las obras siempre impacientó a Raphael, y cuando al fin terminaron no quedó muy satisfecho con el resultado. Le habría gustado un vestíbulo más amplio, un paso de carruajes diferente, y lamentaba que las dependencias del cochero no fueran de piedra más oscura. El grosor de los muros exteriores, de ciento ochenta centímetros, se le antojaba escaso (su temor eran los incendios, que ya habían destruido en la zona más de una mansión de estructura de madera); y la logia de la segunda planta, con sus gruesas columnas separando la primera y la tercera planta, le parecía poco agraciada. Además, no estaba seguro de que las sesenta y cuatro habitaciones fueran suficientes. ¿Qué pasaría si algún día organizaba una reunión del partido en la mansión Bellefleur? Necesitaría una habitación de invitados de extraordinarias dimensiones y gran belleza para los huéspedes de alcurnia (la Habitación Turquesa se construyó poco después); necesitaría tres torres de entrada en lugar de dos, y la entrada central tendría que haber sido más amplia. Ésas eran sus tribulaciones mientras iba de aquí para allá evaluando lo que veía, sin saber si era tan hermoso como decían o tan disparatado como él creía. Pero ya no había marcha atrás, tenía que seguir adelante. Cuando el último carro de caballos trajo la última carga de materiales desde Nautauga Falls, cuando colocaron el último vitral importado y llegaron los últimos muebles de época y demás antigüedades, cuando colgaron todos y cada uno de los cuadros y tapices y pusieron las alfombras persas y turcas, cuando los parques y jardines tomaron forma y los caminos de gravilla fueron transitables, cuando empapelaron la última habitación con papel importado y fijaron los grandes picaportes y pestillos a los portones de acero, y el último carpintero (los hubo alemanes, húngaros, belgas, españoles) colocó el último panel, o poste de caoba, o suelo de madera de teca; cuando colocaron la última repisa de mármol blanco importado de Italia para las chimeneas y colgaron del techo la última araña de oro y cristal; cuando todas las tallas, esculturas, mosaicos, cortinajes y paneles que a Raphael se le antojaron estaban en su lugar…, miró a su alrededor, empujando con firmeza sus anteojos contra la nariz, y lanzó un suspiro de resignación. Había construido aquel lugar y ahora tenía que vivir ahí.

(Raphael padecía desde la niñez el temperamento de los Bellefleur, una desafortunada mezcla de pasión y melancolía para la que no había remedio.)

Sin embargo, cuando Mahalaleel llegó a la mansión ya no era lo mismo. A lo largo de las décadas la servidumbre de entonces, formada por treinta y cinco personas, se redujo en gran medida y muchas de las habitaciones se cerraron. La bodega mermó considerablemente y las estatuas de mármol del jardín sufrieron un notable deterioro por falta de cuidados. Cuando los árboles japoneses, de suma delicadeza, enfermaron y murieron, plantaron en su lugar árboles autóctonos más robustos, robles, cipreses, abedules, fresnos. Los niños habían rayado y estropeado algunos de los muebles más hermosos, por más que tuvieran prohibido jugar en la mayor parte de las habitaciones, como es natural. En los tejados de pizarra había goteras dispersas, las torres sufrieron daños considerables a causa de las tormentas, los hierbajos y la maleza invadían el lugar pensado para la piscina exterior, el entarimado del vestíbulo quedó visiblemente maltrecho cuando el joven Noel Bellefleur entró a caballo en la casa sin explicación aparente. Gavilanes, palomas y demás aves anidaron en las torres abiertas (los esqueletos de pequeñas criaturas cubrían el suelo de piedra de estas rudimentarias estructuras); en la casa había termitas, ratones, y hasta ratas y ardillas y mofetas y mapaches y serpientes; muchas de las puertas se combaron y no cerraban bien, al igual que las ventanas, algunas de las cuales no se podían abrir ni forzándolas. Nadie atendió los tuliperos cuando los ciervos hambrientos y los puercoespines los agredieron, como nadie tampoco se ocupó del magnífico olmo escocés después de que un rayo partiera sus ramas más altas. El tejado del ala este no fue reparado a conciencia a raíz de los estragos causados por una mala tormenta primaveral, y la misma noche en que llegó Mahalaleel la chimenea más alta de ese tejado también sufrió daños considerables. Pero ¿qué se podía hacer? ¿Acaso había remedio? Vender la mansión Bellefleur era impensable (y tal vez imposible), volver a hipotecarla no era viable...

El abuelo Noel cabalgaba por la finca a lomos de su viejo semental Fremont, anotando en su librito negro de contabilidad los arreglos que debían hacerse antes de que finalizara la estación, calculando (sin entrar en detalles) el dinero que iba a hacer falta. Lo que más lo alteraba era el deterioro del cementerio, donde las elegantes lápidas de mármol antiguo y alabastro y granito, y, sobre todo, el mausoleo de Raphael, con sus refinadas columnas corintias, se encontraban en un estado lamentable. ¡Morir y tener que ser enterrado ahí!… ¡Qué rencor almacenarían en su espera los muertos!…

Sin embargo, no hacía sino quejarse mecánicamente ante su mujer y los demás, y la cantinela era a esas alturas tan sabida que sus hijos Gideon y Ewan no hacían ya el menor esfuerzo por fingir que escuchaban. Su hija Aveline aprovechaba para insistir:

—Si me pusieras a mí al frente de esta casa, y no a Gideon y Ewan, esto sería otra cosa…

Pero al abuelo Noel lo gobernaban la apatía y la inercia, le tiraban de los tobillos, incluso de los tobillos de su caballo, y era muy capaz de hacer una pausa en medio de un discurso exaltado y, con un gesto brusco de resignación, darse la vuelta y desaparecer. No hay remedio, nada se puede hacer con estos tiempos funestos que nos asolan, parecía decir, es el destino de los Bellefleur, nuestra maldición, no hay escape posible mientras vivamos…

Los Bellefleur siempre destacaron entre sus vecinos del valle, no sólo por su relativa riqueza, o por su conducta controvertida, sino por su notable historial de infortunios. El destino les deparó una cuota justa de buena suerte, pero después contrarrestó con excesivas dosis de mala suerte. Es imposible describir la experiencia de nuestra familia, pensaba Vernon Bellefleur: ¿Estamos abocados a la tragedia, o simplemente a la farsa, o al melodrama? ¿Son bromas del destino, pura casualidad indescifrable? Hasta los muchos enemigos que tenían los Bellefleur reconocían que éstos eran excepcionales. Se decía que la «sangre» Bellefleur acarreaba cierta melancolía caprichosa, una predisposición a la vitalidad y la pasión que en cualquier momento podía quedar neutralizada por la desolación más aterradora, por un peculiar vacío de visión: en una ocasión el tío abuelo Hiram intentó explicar el fenómeno refiriéndose a la exuberancia del chorro de agua que sale por la tubería… y se va agotando, arremolinándose en torno al desagüe y desapareciendo poco a poco… aspirada por la fuerza de la gravedad y devuelta a la tierra. Tan pronto somos una cosa como la otra, como si nos aspiraran…, como si aspiraran nuestra exuberancia…, sin poder hacer nada para remediarlo. Nada.

Las mujeres de la familia, si bien no eran indiferentes a estos misteriosos vaivenes de energía, solían minimizar el fenómeno diciendo que no eran más que estados de ánimo, fases, una racha que alguien estaba pasando.

—Bueno, parece que hoy no estás de humor para nada —podía decir Leah a Gideon con la mayor naturalidad al verlo tirado en la cama vestido de pies a cabeza, con las botas de montar embarradas, la cabeza colgando por el lateral, el rostro oscurecido por la sangre y la mirada incierta.

Y aunque no respondiera, aunque pudiera quedarse así horas enteras, paralizado, sin respirar apenas, para ella no era más que un estado de ánimo particular.

—¿Dónde está Gideon? —preguntaría Cornelia, la suegra de Leah, cuando se sentaran todos a cenar en el comedor pequeño (el grande, situado en el ala central, con sus lúgubres mesas y sillas alemanas, sus taciturnos lienzos holandeses, sus revoques decorativos y sucios y sus imponentes lámparas de cristal en las que las arañas habían tejido galaxias enteras de telarañas, y unas chimeneas de más de dos metros de altura que con el pasar de los años se asemejaban, y olían, cada vez más a tumbas abiertas, llevaba años sin usarse) y Leah se encogería de hombros, unos hombros espléndidos, con total indiferencia y respondería:

—Ha sucumbido al humor contemplativo, madre.

Y su suegra asentiría con conocimiento de causa y no haría más preguntas. A fin de cuentas, su hijo mayor, Raoul, también se había consagrado a un humor particular, más bien siniestro, y según decían su cuñado Jean-Pierre, que por entonces cumplía condena en la cárcel de Powhatassie, había cometido un delito, o delitos, de tal magnitud que de ser culpable (que no lo era: el juez y el jurado, haciendo gala de sus prejuicios contra la familia, se negaron a hacerle un juicio justo) había que atribuirlo sin duda alguna al efecto de un humor demoníaco y tenebroso, y a nada más. Y cuando el tatarabuelo Jedediah se refugió en la falda del Mount Blanc para ver a Dios en su esencia viviente, también se consagró a un humor particular, traicionero…, un humor que bien pudo destruir todo el linaje de los Bellefleur desde sus inicios. Otro ejemplo fue el primo del abuelo Noel, que al oír los planes que su familia tenía para él y en un verdadero arranque de iracundia, se tiró a las cuchillas giratorias de una voluminosa sierra que había en uno de los aserraderos de Fort Hanna, pertenecientes a la familia. Y todo por abandonarse a uno de sus múltiples humores, decían las malas lenguas con visible desdén… La propia Leah, a quien su familia política más inmediata consideraba de una serenidad rayana en el mal gusto, también tuvo sus rarezas de conducta violenta de pequeña. (Era dada a tener las mascotas más estrafalarias, según decían. Los caprichos más inauditos.)

Probablemente fue un humor particular lo que le llevó aquella noche de septiembre, excepcionalmente calurosa, a discutir con su marido, un humor que la impulsó a bajar corriendo y dar refugio a Mahalaleel. Sabía perfectamente, conjeturaban los demás, que la presencia de Mahalaleel enloquecería al pobre Gideon…

Fue así como sucedió.

 

Durante todo el día se vieron en el cielo destellos de luz pálida sobre el lago Noir, surcado por franjas de tonos verdes y anaranjados, como las del atardecer. El sol se puso por el borde mismo del Mount Chattaroy, a menos de ochenta kilómetros de distancia. Las montañas del norte no se veían. El aire era malévolo. Al anochecer comenzó a caer una lluvia cálida, al principio ligera, pero poco a poco fue tomando cuerpo hasta encrespar las aguas del lago con más y más violencia. Al rato comenzó a soplar el viento. El lago Noir, oscuro por lo general, adquirió un tono aún más tenebroso por el azote del viento, las olas crecían por momentos, esbeltas y plomizas, y rompían veloces contra la orilla con aire de contrariada impaciencia. Se podía oír, o casi oír, sus voces.

El joven Vernon Bellefleur, que estaba caminando por los pinares, pensó si no debería refugiarse en los viejos barracones de los peones, más abajo del cementerio, o echar a correr hasta llegar a casa. Tenía pavor a las tormentas: era cobarde por naturaleza. Oía voces en el viento, oía sus gritos lastimeros pidiendo auxilio, o queriendo llamar la atención sin más. A veces le parecía, para su horror, reconocer alguna, o tal vez eran imaginaciones suyas, fruto del terror… Oía a su abuelo Jeremías, desaparecido en una riada hace diecinueve años, durante una tormenta de parecidas dimensiones, oía a su hermano Esaú, que sólo vivió unos meses, a su propia madre, que después de arroparlo y besarlo —«Buenas noches tesoro, buenas noches mi vida, mi dulce ratoncito»— desapareció para siempre… Todo eso escuchaba, presa del pánico, sin atreverse a dar un paso.

El pequeño Raphael, viendo cómo se acercaba la tormenta en una de las habitaciones más altas del ala este, una de las que habían cerrado, se tapó los ojos cuando el cielo se resquebrajó con un rayo. Lanzó un grito de sorpresa. Por un instante brutal, el Mount Blanc se iluminó: de pronto adquirió un raro aspecto nítido y compacto, aplanado, como un recorte de papel, y emitía una luz que parecía salir de dentro. Raphael también oía gritos incorpóreos volando a merced del viento, como las hojas de los árboles. Eran los espíritus de los muertos, que buscaban refugio en noches así, pero al ser invidentes les resultaba imposible calcular lo cerca que estaban de los vivos.

Ya entrada la noche, antes de desvestirse para meterse en la cama, Gideon Bellefleur comprobó puertas y ventanas, y gruñó con resignación al ver las goteras que había en todas y cada una de las habitaciones en las que entró, además del mal estado de los marcos de las ventanas, pero ¿de qué servía enojarse? Los Bellefleur eran ricos, estaba claro que eran ricos, pero no tenían dinero, no tenían dinero suficiente; no para arreglar la mansión a fondo, que era lo que hacía falta. Los remiendos que pudieran hacer eran del todo inútiles. Se afanó en cerrar una contraventana que golpeaba la pared repetidamente, la cabeza inclinada, el gesto torcido, los labios apretados para no mascullar obscenidades. (Leah no toleraba las obscenidades, ni de él ni de ningún hombre. «Quieres profanar la vida —le gritaba— profanando sus orígenes: te prohíbo decir esas groserías en mi presencia». Pero era ella quien las decía a menudo. Cuando se impacientaba o se sentía frustrada, maldecía con palabrotas de colegiala, con exclamaciones infantiles, «¡Esto es el colmo! ¡Maldita sea! ¡Qué demonios!», lo que desagradaba a su suegra, pero fascinaba a Gideon, que veía en todo ello un encanto irresistible. Claro que su joven esposa era tan hermosa y admirable que su atractivo nunca se desvanecía, saliera lo que saliese por su boca.) Fue en aquel instante cuando Gideon vio, o creyó ver, que algo se movía en la oscuridad del jardín, dos plantas más abajo. Avanzaba contra el viento con elegancia y presteza, como una araña de agua gigantesca, sin rozar apenas la hierba. «Dios mío», murmuró Gideon. Aquella criatura, acobardada por el muro del jardín, vaciló unos instantes antes de subirse a él y recorrerlo, ahora más torpe, tanteándolo como si estuviera ciega.

Gideon se asomó a la ventana para seguir observándola. Se detuvo en la cara, en su pelo largo y grueso, en la parte superior del cuerpo, empapada por la lluvia. Habría gritado —lo que fuera—, pero tenía la garganta agarrotada y, además, hacía tanto viento que sus palabras habrían vuelto a entrar en la habitación. Después hubo un relámpago y advirtió que la enorme y desaliñada glicina, que crecía en exceso contra el muro, sufría los azotes del viento y daba la impresión de avanzar hacia la casa. No era más que eso, no había ninguna criatura, los ojos lo habían engañado.

La tormenta amainó al fin y todos se acostaron, pero el viento comenzó a soplar con bríos renovados y pronto se hizo evidente que nadie dormiría mucho aquella noche. Leah y Gideon se abrazaron en la cama y hablaron inquietos de temas que habían pactado no volver a tocar: el mal estado de la casa, la madre de Leah, la madre de Gideon, el hecho de que Leah quisiera tener otro hijo y no pudiese, no podía, por alguna razón no se quedaba embarazada a pesar de haber concebido ya a los mellizos (que por entonces tenían cinco años, la hermana de Germaine, Christabel, y su hermano Bromwell); y después acabaron peleándose; sollozando, Leah le dio un puñetazo en la mejilla izquierda a Gideon, y éste, aturdido primero y después furioso, la cogió por los hombros y la zarandeó. «¿Puede saberse qué estás haciendo? ¿A quién te crees que estás pegando?», exclamó antes de soltarla de un empujón contra la cabecera de la cama antigua (una pieza veneciana del siglo dieciocho, una góndola con dosel y tallas elaboradas, enormes almohadas de plumas de ganso y plumón. Era una de las adquisiciones más disparatadas de Raphael Bellefleur y el mueble preferido de Leah, maravillosamente vulgar, suntuoso, absurdo. Había rechazado la cama que les dieron sus suegros cuando llegó a la mansión de recién casada para quedarse con ésta después de recorrer las habitaciones cerradas sabiendo exactamente lo que quería: de pequeña había ido a menudo a jugar a la mansión, era una de las primas de Gideon, de la rama «pobre» de los Bellefleur, en la otra orilla del lago). Leah respondió con una patada y él se abalanzó sobre ella, y forcejearon, se insultaron, gruñeron y jadearon, y cuando más bramaba la torm

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