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BUEN JEFE, MAL JEFE

Robert I. Sutton  

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Fragmento

PREFACIO

De estúpidos a buenos jefes

Mi último libro, Estúpidos no, gracias, trata sobre el daño que causan los jefes imbéciles en el trabajo, lo que se necesita para sobrevivir a un entorno laboral desagradable y cómo las organizaciones pueden apartar, hacer cambiar y deshacerse de estos necios destructivos y degradantes. Me sentí abrumado por la ingente cantidad de reacciones que suscitó el libro, y todavía más por las numerosas llamadas de auxilio, de dolor, miedo y desesperación (aunque también hubo historias de éxito), que recibí y a las que respondí día tras día. Una vez me dijo un colega: «Bob, al final eres tú quien se ha convertido en un gilipollas. Este trabajo consume mucho tiempo y energía emocional». Y era así. Me vi inundado por anécdotas sobre jefes cretinos de todo el mundo. Miles de historias personales, consejos de supervivencia y estudios recientes me llegaban a raudales a través del correo electrónico, de comentarios en mi blog y de llamadas de desconocidos; y en casi cualquier conversación relacionada con el trabajo, con independencia del tema que fuese a tratar en una reunión, clase o discurso. Tampoco tenía escapatoria fuera del trabajo. La gente me contaba historias sobre jefes imbéciles allá donde fuera: cócteles, reuniones familiares, partidos de fútbol y hasta en una boda, una fiesta judía, un funeral e incluso en una reunión de colegio.

El diluvio ha amainado, pero no desaparecido. Sin ir más lejos, hace unas semanas recibí y respondí noventa correos electrónicos con historias sobre jefes maltratadores, entre ellas, las de un sargento de policía en Nueva York, una camarera de un Starbucks en Chicago, un contable en Italia y una directora de Recursos Humanos en Wisconsin —que se esforzaba por aplicar la norma de «no se aceptan estúpidos» en una pequeña empresa; idea que a su ex jefe le encantaba, pero que al nuevo, que se pasa el día gritando, le parece una tontería—. También hablé con una persona que conoce bien los entresijos de Hollywood1 sobre los nefastos métodos de gestión utilizados por gente que trabaja con Scott Rudin, productor galardonado con un Oscar, famoso por sus ataques de cólera y por quemar hasta a cincuenta ayudantes cada año. A quienes lidiaban con Rudin les advertían: «Odia que le miren a la cara; evítelo o tendrá que vérselas con él». Este consejo venía a cuento de otra anécdota —probablemente solo una leyenda, pero repetida con insistencia—, según la cual Rudin había dejado a un asistente tirado en una autopista de Los Ángeles, como castigo por echarle demasiadas

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