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BUENOS EQUIPOS, PROYECTOS IMBATIBLES

Adrian Gostick   Chester Elton  

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Fragmento

Contenido

Cubierta

Portadilla

Buenos equipos, proyectos imbatibles

1. Equipos innovadores

2. La causa común

3. Competencia: retorno a lo básico (+ el Reconocimiento)

4. La Regla de 3: formar un equipo

5. El asombro: seis ingredientes secretos para obtener resultados de primera categoría

6. Sin sorpresas: dominar la comunicación naranja

7. Dar ánimos

8. 101 maneras de fomentar los vínculos del equipo

9. La empresa es un equipo: crear una cultura corporativa revolucionaria

10. La vida naranja: una guía para vivir

11. La formación naranja

Apéndice. La investigación

Aagradecimientos

Notas

Créditos

Todos los grandes equipos tienen un gran líder.

Dedicamos este libro a uno de los mejores

que hemos conocido: Dave Petersen

Un grupo reducido de personas brillantes puede cambiar el mundo. De hecho, es lo único que alguna vez lo ha cambiado.

MARGARET MEAD

1

Equipos innovadores

Era la una y media de la madrugada del domingo 22 de octubre de 1879, y el investigador Francis Jehl aún estaba trabajando. Llevaba diez horas sentado frente a su escritorio, encorvado, vaciando de aire una bombilla en forma de pera con mucho cuidado. Era un día de trabajo normal. Su jefe anotaba en el diario unas rutinas de trabajo un poco extravagantes: «Hemos trabajado toda la noche», «Treinta y dos horas seguidas», «Sesenta horas» o «Esta semana, seis días».

De hecho, el Viejo, como «los chicos» llamaban afectuosamente a su jefe aunque su cabello todavía no se hubiera vuelto gris, prefería trabajar de noche para que las molestas visitas no interrumpieran a su equipo. Por esta razón, Jehl a menudo empezaba a trabajar a las siete de la tarde y no paraba hasta las siete de la mañana.

«Nos pasamos toda la noche haciendo experimentos —escribía Charles Batchelor, el jefe de experimentos, a su hermano Tom—, y dormimos hasta el mediodía. Tenemos cincuenta y cuatro proyectos diferentes en marcha, y en algunos de ellos llevamos trabajando cuatro o cinco años. [Mi jefe] es un trabajador incansable, y ningún fracaso, por muy desastroso que sea, le afecta.»

Cuando Jehl acabó de quitar el aire de la bombilla, el Viejo llamó al soplador de vidrio, Ludwig Boehm, para sellar herméticamente la base. Por encima de su cabeza doce cables de telégrafo formaban una tupida tela de araña, y los extremos se adentraban en el enorme acumulador que había en medio de la sala.

El Viejo colocó la bombilla en la tabla de pruebas y la conectó al acumulador, que estaba al lado. De repente la sala se inundó de luz e iluminó las mesas de trabajo, la maquinaria y los botes con productos químicos de los estantes de vidrio que cubrían las paredes. Los hombres enseguida cayeron en la rutina habitual del laboratorio y observaron el brillo y la firmeza de la bombilla. Esperaban para registrar el momento en que se extinguiera, pero esta vez fue diferente a todas las anteriores. Mientras que los filamentos que habían probado hasta el momento se apagaban en pocas horas, los filamentos carbonatados que Batchelor había colocado en la bombilla permanecieron encendidos. A medida que pasaron las horas los miembros del equipo iban y venían: el jefe de maquinaria, John Kruesi, que transformaba los proyectos en aparatos mecánicos; Francis Upton, el investigador científico americano que demostró el concepto matemáticamente, y John Lawson y Martin Force, ayudantes del laboratorio. Cada uno de ellos sintió una emoción cada vez mayor por haberse ganado un puesto de primera línea en esta invención histórica. Entendieron mejor que nadie la dificultad —y los beneficios— de formar parte del equipo del Viejo. ¿El nombre del Viejo? Thomas Alva Edison.

El 22 de octubre la sorprendente bombilla soñada por Edison, dibujada por Batchelor, demostrada matemáticamente por Upton, construida por Kruesi y Boehm, y probada por Lawson, Force y Jehl, se mantuvo incandescente durante trece horas y media con una luz que Marshal Fox, del Herald de Nueva York, describió como «la tenue puesta de sol de un otoño en Italia … un pequeño globo solar, una auténtica lámpara de Aladino», antes de que Edison decidiera que ya había visto suficiente. «Si ahora ilumina durante esta cantidad de horas, ¡sé que podré conseguir que ilumine durante un centenar!», exclamó exultante.1

Si le preguntaran quién inventó la luz eléctrica incandescente y usted respondiera que fue Edison, diría mitad verdad y mitad mentira. La revolución que provocó Edison fue fruto de un equipo. Así lo consideraba él, y es lo mismo que pensaba el equipo. Por alguna razón, sin embargo, a nosotros nos resulta más fácil atribuir este logro a una sola persona que a un equipo. Nos encanta la idea del genio solitario, el creador, el héroe. Desde pequeños, en el colegio nos enseñan el ideal del triunfador solitario. Nuestros libros de texto lo reducen todo a la forma más simple, y para un alumno de sexto de primaria es fácil memorizar que Edison = bombillas.

La realidad, no obstante, es muy diferente. Lo que en verdad hacen los genios es formar grandes equipos.

Sin dejarse intimidar nunca por otras grandes mentes, Edison buscaba con ahínco hombres con una amplia base de conocimientos, pasión por aprender y un carácter impecable, que estuvieran además comprometidos con la excelencia. Luego los organizaba en equipos reducidos compuestos de un investigador y dos o tres ayudantes. Se les daba una meta y se les permitía alcanzarla de forma independiente. Se cuenta la historia de que una vez, cuando un investigador le preguntó qué haría él para afrontar un problema especialmente difícil, Edison respondió: «No me lo pregunte. ¡Si lo supiera, lo intentaría yo mismo!».

Esto no significa que Edison no se preocupara por el proceso, más bien al contrario. Se interesaba mucho, incluso se privaba de dormir y descuidaba su higiene personal para trabajar en sus inventos. Es sabido que Edison «revoloteaba» por la fábrica con un sombrero negro, alicaído y con ribetes, un traje sucio y el cabello despeinado, para supervisar a sus equipos de investigadores observándolos minuciosamente y dándoles algunas instrucciones, pero también que rara vez interfería en su labor. Se había dado cuenta de que si permitía que cada una de las brillantes personas que había reunido seguía su propio camino e investigaba de forma independiente, obtenía los mejores resultados.

«Les explicaba de forma somera la idea general que quería llevar a cabo y, cuando me encontraba con un ayudante que era inteligente, a veces me negaba a echarle una mano con sus experimentos para incitarle a que intentara resolverlo él mismo, como una forma de darle confianza», afirmaba Edison.

Aunque parezca increíble, Edison —una de las mentes más brillantes del mundo— había aceptado que él solo no poseía todas las respuestas, pero todos juntos, formando equipo, sí.

Edison compartía la visión, el trabajo, la diversión y la recompensa con su equipo. Un ayudante de laboratorio describía su trabajo como «extenuante, pero alegre». En una carta a su padre, Upton escribió: «Lo más extraño son los 12 $ que me dan cada sábado, porque mi labor no parece trabajo, sino estudio». Los miembros más importantes del equipo rec

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