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CAíDOS DEL CIELO

Ray Loriga  

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Fragmento

 

 

 

 

«Prefiero ser flaco que famoso.»

JACK KEROUAC

 
DEJAD A LOS NIÑOS TRANQUILOS

1

 

 

 

 

—¿Y ahora qué?

No sabía muy bien a qué se refería. Llevaba toda la mañana con el estómago revuelto. Con un dolor en el estómago. Un dolor agudo, como un clavo. Lo sé porque me lo dijo ella misma antes de darme la pistola. La pistola no era suya. Eso se dijo, pero no era cierto. La pistola era de él. Se dijeron muchas tonterías, da igual, era de él. Seguro. Una pistola grande, automática, negra.

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—No se mueve.

—Ni se moverá, está más muerto que yo.

—Tú no estás muerto.

—Lo estaré.

Tenía razón. Dos horas después le pegaron tantos tiros que hacía falta quererle mucho para ir a mirarlo. Mamá no fue. Nadie le quería mucho. Nadie le quería nada. Ella tampoco. Ella había visto todas esas películas de asesinos juveniles. Estaba en babia. Pero de eso al amor hay un paseo.

—No da asco.

—No.

—Tampoco da mucha pena.

—Da lo que da, vámonos de aquí.

Subió al coche, se acordó de mamá, seguro, se acordó de mamá diciendo: Algo me dice que todo esto estará limpio mañana. Arrancó el coche y dijo:

—Algo me dice que esto no va estar limpio mañana.

2

 

 

 

 

Cuando alguien me pregunta, los de la tele por ejemplo, siempre digo que no me parecía nada bien lo que hacía. Porque es la verdad y porque a mamá le daría algo si se me ocurre no decir eso. Pero, las cosas como son, mal no me caía. Además, qué coño, era mi hermano. Los de la televisión son la hostia. Mira que hacían preguntas. Preguntas estúpidas, además. Que si alguna vez me disparó. ¡Si era mi hermano! Y con la puntería que tenía. Estaría muerto. Más muerto que un perro que tuvimos que se llamaba Dark, por la película Darkman, esa en la que un tío se convertía en todo, en cualquier cosa. A él le encantaba, la película y también el perro. Lo atropelló un camión.

—Voy a dejar que vengas conmigo, aunque sé que es una estupidez.

—Cómo lo sabes.

—Lo sé.

Después se quedaron los dos callados. Él conducía muy deprisa, tanto que asustaba. Muy deprisa y muy bien. Al rato ella empezó a hablar. Hablaba mucho.

—A mi madre la pilló mi padre en la cama con otro tío...

Él la cortó a la mitad.

—¿Tú me quieres?

—¿Qué?

—Que si me quieres.

—Claro, ¿quieres que te la chupe?

—Tú se la chupas a todo el mundo.

—Y tú matas a todo el mundo, que es peor.

—Vaya un razonamiento.

No dijeron nada más. Cincuenta kilómetros después, él abrió la puerta del coche y la echó fuera de un empujón. No iba deprisa. Él nunca hacía daño a las chicas. Y menos a ella. Creo que hasta le gustaba un poco.

Lo primero que hay que decir aquí es que mi hermano no era marica. Virgen sí, pero marica no. O a lo mejor sí. Qué más me da. Lo que me jodió es que los de la televisión dijeran que era marica sin conocerle de nada. Y todo por algo que ella dijo, sin querer. Los de la televisión se creen que como no matan a nadie ya son la hostia, pero andan muy equivocados. Yo te juro que no he visto a nadie más mezquino que esos tíos.

A mí, antes, la televisión me gustaba. Ahora ya no la puedo ni ver.

Por otro lado he de reconocer que yo también soy virgen. Y, desde luego, marica no. No tiene nada que ver lo uno con lo otro. No es que no quiera, de verdad, es que no veo cómo.

Tres días antes de pegarle un tiro al tío de la gasolinera ella se había empeñado en subirse con él al coche y en ir con él a todas partes y luego en que se la tirara. Estaban en el asiento de atrás.

—Por qué no me la metes.

A ella le encantaba hablar así.

—Aquí no. Es demasiado estrecho.

—Vaya una tontería. Hay sitio de sobra.

—Además, aquí es donde dormimos.

Dormían allí porque no tenían edad para entrar solos en los hoteles. Ella a lo mejor. Pero él parecía incluso menor de lo que era.

—Todo el mundo folla donde duerme.

—Yo no soy todo el mundo.

Así era como él zanjaba las cosas cuando veía que se le escapaban de las manos. Podías estar seguro de que después de eso no había nada. Se acabó.

Hablaba como en las películas, y ni siquiera iba tanto al cine. Ésa era otra. Los de la televisión lo pintaron como el loco de la tele. Ponían películas, trozos de películas, y decían que era lo mismo. Pues no señor, no lo era. Mi hermano no era un demente de esos que andan repitiendo lo que ven en el cine. Mi hermano tenía una pistola y se cargó a dos tíos que a saber si no se lo tenían más que ganado. Bruto era, no digo yo que no, pero loco para nada.

Traté de explicárselo a mamá, pero ella prefería creerse lo que decían por la tele. ¡Ella, que era su madre! Estaba imposible. No se le podía hablar. Claro que también era normal. Cuando iba por la calle le decían: mira, ésa es la madre del ángel de la muerte. Le llamaban así, los de la tele, porque era más guapo que la hostia. Cuando sacaron la foto en los periódicos las chicas se volvieron locas. Empezaron a mandar miles de cartas. Todavía las tengo. Cartas de amor y eso. También le escribían chicos, los más dementes, esas cartas las he tirado.

Él no se enteró ...