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CINéCDOQUE

Luis Reséndiz  

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Fragmento

LA SEMILLA DE LA CRÍTICA

No es errado decir que la crítica cinematográfica es un oficio y, como tal, quien la ejerce deberá entrenarse, practicar; equivocarse y mejorar. Pero, como pasa también con los oficios, existen ciertos temperamentos que traen, podría decirse que casi de nacimiento o al menos de temprana crianza, algunas tendencias que aumentan o agudizan la afinidad entre el oficio y quien lo ejerce. Bebés soñadores; infantes con aparente trastorno de déficit de atención; adolescentes incapaces de concentrarse en el pizarrón pero, acaso paradójicamente, afectos a embelesarse horas frente a una pantalla; oficinistas que a escondidas miran películas en su computadora en lugar de terminar la engorrosa hoja de cálculo que tienen pendiente; jubilados que, una vez seguros de recibir su pensión mensual, corren a refugiarse en los cines desde la mañana hasta la tarde, a atiborrar sus libreros de películas, a contemplar la televisión con un brillo inédito en sus ya empañados ojos. Casi cualquier espíritu ajeno a los rigorismos de la convencionalidad y afecto a la construcción de realidades mentales y fabulaciones incorpóreas se mostrará dispuesto, también, a abrazar al cine y, en consecuencia, a mirarlo con capacidad y afán de análisis, de interés. Estos temperamentos son también proclives al devaneo ensayístico, al paseo sin rumbo fijo del pensamiento que avanza sin muletas.

Cabe aquí la pregunta: ¿no somos todos, al menos en esencia, espíritus ajenos a la convencionalidad y afectos a las fábulas? Por mucho que se nos haya educado para convencernos de lo contrario, es probable que mucho del arrobo que sintió el primer ancestro al escuchar una historia al lado de una fogata permanezca, aunque sea oculto, en las profundidades de nuestro ser. “¿Acaso la tentación del heroísmo aventurero no es la adicción más peligrosa y necesariamente humana de todas?”, se pregunta Fernando Savater en el prólogo a Misterio, emoción y riesgo. Sobre libros y películas de aventuras. Quizá en esencia todos somos potenciales cinéfilos; por ello, alguien incapaz de abrazar el cine —o las fábulas o las fantasías o las historias que sencillamente no son verdaderas— es, me parece, alguien entristecido de forma permanente.

El amor al cine comienza, o al menos suele comenzar, como un anhelo de escapismo: no en vano un infante que se aburre en casa contempla con fascinación las caricaturas, desea encarnarse en ellas, se imagina sumergiéndose en la pantalla que de pronto se le revela líquida. El cine es, también, teletransportación: lo más cercano que estaremos, hasta que la física cuántica rompa las barreras de la realidad, de atravesar una puerta dimensional. Y este arrobo está presente desde muy tempranas épocas en el propio cine: ahí Sherlock Jr., de Buster Keaton, para dar cabal cuenta de ello. También sus recreaciones y homenajes: ¿no es el embeleso de Cecilia, de La rosa púrpura del Cairo, un reflejo de nuestro propio embeleso? ¿No compartimos su mirada —su ingenuidad, su inconmensurable pasmo— y su perpetua voluntad de enamorarse de lo que ve en pantalla?

Con suerte, el espectador fascinado mutará, a fuerza de acumulación de cine, en espectador crítico. Todos lo somos desde la primera película que vemos: esto me gusta, esto no, dice el niño que acaba de ver El rey león. A medida que su cabeza se llene con más películas —e, idealmente, con más lecturas y experiencias, con más vida, pues—, nacerá en ese terreno fértil un brote de pensamiento crítico: la comparación. El niño que aceptaba prácticamente sin reparos lo que tenía enfrente se convertirá, en el cine y en otros aspectos, en un joven respondón, uno que compara y sopesa y asimila: esto es mejor que esto por esto otro.

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