Loading...

CINCUENTA SOMBRAS MáS OSCURAS (EDICIóN DE PELíCULA) (CINCUENTA SOMBRAS 2)

E. L. James

5


Fragmento

1

He sobrevivido al tercer día post-Christian y a mi primer día en el trabajo. Me ha hecho bien distraerme. El tiempo ha pasado volando entre una nebulosa de caras nuevas, trabajo por hacer y el señor Jack Hyde. El señor Jack Hyde… se apoya en mi mesa, y sus ojos azules brillan cuando baja la mirada y me sonríe.

—Un trabajo excelente, Ana. Me parece que formaremos un gran equipo.

Yo tuerzo los labios hacia arriba y consigo algo parecido a una sonrisa.

—Yo ya me voy, si te parece bien —murmuro.

—Claro, son las cinco y media. Nos veremos mañana.

—Buenas tardes, Jack.

—Buenas tardes, Ana.

Recojo mi bolsa, me pongo el saco y me dirijo a la puerta. Una vez en la calle, aspiro profundamente el aire de Seattle a primera hora de la tarde. Eso no basta para llenar el vacío de mi pecho, un vacío que siento desde el sábado por la mañana, una grieta desgarradora que me recuerda lo que he perdido. Camino hacia la parada del autobús con la cabeza gacha, mirándome los pies y pensando cómo será estar sin mi querido Wanda, mi viejo Escarabajo… o sin el Audi.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Descarto inmediatamente esa posibilidad. No. No pienso en él. Naturalmente que puedo permitirme un coche; un coche nuevo y bonito. Sospecho que él ha sido muy generoso con el pago, y eso me deja un sabor amargo en la boca, pero aparto esa idea e intento mantener la mente en blanco y tan aturdida como sea posible. No puedo pensar en él. No quiero empezar a llorar otra vez… en plena calle, no.

El departamento está vacío. Echo de menos a Kate, y la imagino tumbada en una playa de Barbados bebiendo sorbitos de un coctel frío. Enciendo la pantalla plana de la televisión para que el ruido llene el vacío y dé cierta sensación de compañía, pero ni la escucho ni la miro. Me siento y observo fijamente la pared de ladrillo. Estoy entumecida. Sólo siento dolor. ¿Cuánto tendré que soportar esto?

El timbre de la puerta me saca de golpe de mi abatimiento y siento un brinco en el corazón. ¿Quién puede ser? Oprimo el interfono.

—Un paquete para la señorita Steele —contesta una voz monótona e impersonal, y la decepción me parte en dos.

Bajo las escaleras, indiferente, y me encuentro con un chico apoyado en la puerta principal que masca chicle de forma ruidosa y lleva una gran caja de cartón. Firmo la entrega del paquete y me lo llevo arriba. Es una caja enorme y, curiosamente, liviana. Dentro hay dos docenas de rosas de tallo largo y una tarjeta.

Felicidades por tu primer día en el trabajo.

Espero que te haya ido bien.

Y gracias por el planeador. Eres muy amable.

Ocupa un lugar preferente en mi mesa.

Christian

Me quedo mirando la tarjeta impresa, la grieta de mi pecho se ensancha. Sin duda, esto lo ha enviado su asistente. Probablemente Christian ha tenido muy poco que ver. Me duele demasiado pensar eso. Observo las rosas: son preciosas y no soy capaz de tirarlas a la basura. Voy hacia la cocina, diligente, a buscar un jarrón.

Y así se establece un patrón: despertar, trabajar, llorar, dormir. Bueno, tratar de dormir. No consigo huir de él ni en sueños. Sus ardientes ojos grises, su mirada perdida, su cabello castaño y briliante, todo me persigue. Y la música… tanta música… no soporto oír ningún tipo de música. Procuro evitarla a toda costa. Incluso las melodías de los anuncios me hacen temblar.

No he hablado con nadie, ni siquiera con mi madre ni con Ray. Ahora mismo soy incapaz de tener una conversación banal. No, no quiero nada de eso. Me he convertido en mi propia isla independiente. Una tierra saqueada y devastada por la guerra, donde no crece nada y cuyo porvenir es inhóspito. Sí, ésa soy yo. Puedo interactuar de forma impersonal en el trabajo, pero nada más. Si hablo con mi mamá, sé que acabaré más destrozada aún… y ya no me queda nada por destrozar.

Me cuesta comer. El miércoles a la hora del almuerzo conseguí comerme una taza de yogur, y era lo primero que había comido desde el viernes. Estoy sobreviviendo gracias a una recién descubierta tolerancia a base de cafés con leche y Coca-Cola light. Lo que me mantiene en marcha es la cafeína, pero me provoca ansiedad.

Jack ha empezado a estar muy encima de mí, me molesta, me hace preguntas personales. ¿Qué quiere? Yo me muestro educada, pero he de mantenerlo a distancia.

Me siento y reviso un montón de correspondencia dirigida a él, y me gusta distraerme con esa tarea insignificante. Suena un aviso de correo electrónico y rápidamente compruebo de quién es.

Santo cielo. Un correo de Christian. Oh, no, aquí no… en el trabajo no.


De: Christian Grey

Fecha: 8 de junio de 2011 14:05

Para: Anastasia Steele

Asunto: Mañana

Querida Anastasia:

Perdona esta intromisión en el trabajo. Espero que te esté yendo bien. ¿Recibiste mis flores?

Me he dado cuenta de que mañana es la inauguración de la exposición de tu amigo en la galería, y estoy seguro de que no has tenido tiempo de comprarte un coche, y eso está lejos. Me encantaría acompañarte… si quieres.

Házmelo saber.

Christian Grey

Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.

Mis ojos se llenan de lágrimas. Dejo mi mesa a toda prisa, corro al lavabo y me escondo en uno de los compartimentos. La exposición de José. Maldita sea. La había olvidado por completo y le prometí que iría. Oh, no, Christian tiene razón, ¿cómo voy a ir hasta allí?

Me aprieto las sienes. ¿Por qué no me ha llamado José? Ahora que lo pienso… ¿por qué no ha llamado nadie? He estado tan absorta que no me he dado cuenta de que mi celular no sonaba.

¡Maldita sea! ¡Soy una idiota! Aún está desviado a la BlackBerry. Dios santo. Christian ha estado recibiendo mis llamadas; a menos que haya tirado la BlackBerry. ¿Cómo consiguió mi dirección electrónica?

Sabe qué número tengo; no creo que una dirección de correo electrónico le suponga un gran problema.

¿Puedo volver a verle? ¿Puedo soportarlo? ¿Quiero verlo? Cierro los ojos y echo la cabeza hacia atrás, mientras la tristeza y la añoranza destrozan mis entrañas. Claro que sí.

Quizá, quizá puedo decirle que he cambiado de idea… No, no, no. No puedo estar con alguien que siente placer haciéndome daño, alguien que no puede quererme.

Fogonazos de recuerdos torturan mi mente: el planeador, tomarse de las manos, besarse, la tina, su delicadeza, su humor, y su mirada sexy, oscura, pensativa. Lo echo de menos. Hace cinco días, cinco días de agonía que me han parecido eternos.

Por las noches lloro hasta quedarme dormida, deseando no haberme marchado, deseando que él fuera diferente, deseando que estuviéramos juntos. ¿Cuánto durará este sentimiento horrible y abrumador? Vivo un calvario.

Me rodeo el cuerpo con los brazos, me abrazo fuerte, me sostengo a mí misma. Lo echo de menos. Realmente lo echo de menos… lo quiero. Sencillamente.

¡Anastasia Steele, estás en el trabajo! He de ser fuerte, pero quiero ir a la exposición de José y, en el fondo, mi lado masoquista quiere ver a Christian. Inspiro profundamente y vuelvo a mi mesa.


De: Anastasia Steele

Fecha: 8 de junio de 2011 14:25

Para: Christian Grey

Asunto: Mañana

Hola, Christian:

Gracias por las flores; son preciosas.

Sí, te agradecería que me acompañaras.

Gracias.

Anastasia Steele

Ayudante de Jack Hyde, editor de SIP

Reviso mi móvil y veo que las llamadas siguen desviadas a la BlackBerry. Jack está en una reunión, así que llamo rápidamente a José.

—Hola, José, soy Ana.

—Hola, desaparecida.

Su tono es tan cariñoso y agradable que casi basta con eso para provocarme otra crisis.

—No puedo hablar mucho. ¿A qué hora tengo que estar mañana en tu exposición?

—Pero ¿vendrás?

Parece emocionado.

—Sí, claro.

Al imaginar su gesto de satisfacción, sonrío sinceramente por primera vez en cinco días.

—A las siete y media.

—Pues nos vemos allí. Adiós, José.

—Adiós, Ana.


De: Christian Grey

Fecha: 8 de junio de 2011 14:27

Para: Anastasia Steele

Asunto: Mañana

Querida Anastasia:

¿A qué hora paso a recogerte?

Christian Grey

Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.


De: Anastasia Steele

Fecha: 8 de junio de 2011 14:32

Para: Christian Grey

Asunto: Mañana

La exposición de José se inaugura a las 19.30. ¿A qué hora te parece bien?

Anastasia Steele

Ayudante de Jack Hyde, editor de SIP


De: Christian Grey

Fecha: 8 de junio de 2011 14:34

Para: Anastasia Steele

Asunto: Mañana

Querida Anastasia:

Portland está bastante lejos. Debería recogerte a las 17.45.

Tengo muchas ganas de verte.

Christian Grey

Presidente de Grey Enterprises Holdings, Inc.


De: Anastasia Steele

Fecha: 8 de junio de 2011 14:38

Para: Christian Grey

Asunto: Mañana

Hasta entonces, pues.

Anastasia Steele

Ayudante de Jack Hyde, editor de SIP

Oh, Dios. Voy a ver a Christian, y por primera vez en cinco días, mi estado de ánimo mejora un poco y me atrevo a preguntarme cómo habrá estado él.

¿Me ha echado de menos? Seguramente no como yo a él. ¿Ha encontrado a una nueva sumisa de dondequiera que las saque? Esa idea me hace tanto daño que la desecho inmediatamente. Miro el montón de correspondencia que he de clasificar para Jack, y me pongo a hacerlo, mientras lucho por expulsar a Christian fuera de mi mente una vez más.

Por la noche doy vueltas y vueltas en la cama intentando dormir. Es la primera vez en varios días que no he llorado hasta quedarme dormida.

Visualizo mentalmente la cara de Christian la última vez que lo vi, cuando me marché de su departamento. Su expresión torturada me persigue. Recuerdo que él no quería que me fuera, lo cual me resultó muy extraño. ¿Por qué iba a quedarme si las cosas habían llegado a un punto muerto? Los dos evitábamos nuestros propios conflictos: mi miedo al castigo, su miedo a… ¿qué? ¿Al amor?

Me doy la vuelta, me invade una tristeza insoportable, y me abrazo a la almohada. Él no merece que lo quieran. ¿Por qué se siente así? ¿Tiene algo que ver con su infancia? ¿Con su madre biológica, la puta adicta al crack? Esos pensamientos me acechan hasta la madrugada, cuando finalmente caigo agotada en un sueño convulso.

El día pasa muy, muy despacio, y Jack se muestra inusualmente atento. Sospecho que es por el vestido morado y las botas negras de tacón alto que le he robado del armario a Kate, pero trato de no pensar demasiado en eso. Decido ir a comprarme ropa con mi primera paga. El vestido me queda más holgado de lo debido, pero finjo que no me doy cuenta.

Por fin son las cinco y media, recojo mi saco y mi bolsa, e intento mantener la calma. ¡Voy a verlo!

—¿Sales con alguien esta noche? —pregunta Jack cuando pasa junto a mi mesa al salir.

—Sí. No. La verdad es que no.

Arquea una ceja y me mira, claramente intrigado.

—¿Un novio?

Me ruborizo.

—No, un amigo. Un ex novio.

—A lo mejor mañana quieres ir a tomar una copa después del trabajo. Has tenido una primera semana magnífica, Ana. Deberíamos celebrarlo.

Sonríe, y en su cara aparece una emoción desconocida que me incomoda.

Se mete las manos en los bolsillos y sale tranquilamente por la puerta. Veo su espalda que se aleja y frunzo el ceño. ¿Tomar copas con el jefe es buena idea?

Meneo la cabeza. Primero he de enfrentarme a una noche con Christian Grey. ¿Cómo voy a hacerlo? Corro al lavabo a darme los últimos toques.

Me examino la cara con severidad en el enorme espejo de la pared durante un buen rato. Estoy pálida como siempre, con unos círculos negros alrededor de los ojos demasiado grandes. Se me ve demacrada, angustiada. Ojalá supiera maquillarme. Me pongo un poco de rímel y lápiz de ojos y me pellizco las mejillas, confiando en que tomen un poco de color. Me arreglo el pelo para que me caiga con naturalidad por la espalda, e inspiro profundamente. Tendrá que bastar con eso.

Cruzo nerviosa el vestíbulo y, al pasar por recepción, saludo con una sonrisa a Claire. Creo que ella y yo podríamos ser amigas. Jack está hablando con Elizabeth mientras yo voy hacia la puerta, y él corre a abrírmela con una sonrisa enorme.

—Pasa, Ana —murmura.

—Gracias —sonrío, avergonzada.

Fuera, junto al borde de la acera, espera Taylor. Abre la puerta de atrás del coche. Vacilante, me giro para mirar de reojo a Jack, que ha salido detrás de mí. Está contemplando el Audi SUV, consternado.

Me giro de nuevo, me encamino hacia el coche y subo detrás, y allí está él sentado —Christian Grey—, con su traje gris, sin corbata y el cuello de la camisa blanca desabrochado. Sus ojos grises brillan.

Se me seca la boca. Está soberbio, pero me mira con mala cara. ¿Por qué?

—¿Cuánto hace que no has comido? —me suelta en cuanto entro y Taylor cierra la puerta.

Maldita sea.

—Hola, Christian. Yo también me alegro de verte.

—No estoy de humor para aguantar tu lengua viperina. Contéstame.

Sus ojos centellean.

Por Dios…

—Mmm… He comido un yogur al mediodía. Ah… y un plátano.

—¿Cuándo fue la última vez que comiste de verdad? —pregunta, mordaz.

Taylor ocupa discretamente su puesto al volante, pone en marcha el coche y se incorpora al tráfico.

Yo levanto la vista y Jack me hace un gesto, aunque no sé qué ve a través del cristal oscuro. Le devuelvo el saludo.

—¿Quién es ése? —suelta Christian.

—Mi jefe.

Miro a hurtadillas al guapísimo hombre que tengo al lado y que contrae los labios con firmeza.

—¿Bueno? ¿Tu última comida?

—Christian, la verdad es que ese no es asunto tuyo —murmuro, sintiéndome extraordinariamente valiente.

—Todo lo que haces es asunto mío. Dime.

No, no lo es. Yo gruño fastidiada, pongo los ojos en blanco y Christian entorna la mirada. Y por primera vez en mucho tiempo tengo ganas de reír. Intento reprimir esa risita que amenaza con escaparse. Christian suaviza el gesto mientras yo me esfuerzo en poner cara seria, y veo que la sombra de una sonrisa aflora a sus maravillosos labios perfilados.

—¿Bien? —pregunta en un tono más conciliador.

—Pasta alla vongole, el viernes pasado —susurro.

Él cierra los ojos, y la ira, y posiblemente el pesar, barren su rostro.

—Ya —dice con una voz totalmente inexpresiva—. Diría que desde entonces has perdido cinco kilos, seguramente más. Por favor come, Anastasia —me reprende.

Yo bajo la vista hacia los dedos, que mantengo unidos en el regazo. ¿Por qué siempre hace que me sienta como una niña descarriada?

Se gira hacia mí.

—¿Cómo estás? —pregunta, todavía con voz suave.

Pues, la verdad, estoy destrozada…Trago saliva.

—Si te dijera que estoy bien, te mentiría.

Él inspira intensamente.

—Yo estoy igual —musita, se inclina hacia mí y me toma la mano—. Te echo de menos —añade.

Oh, no. Piel con piel.

—Christian, yo…

—Ana, por favor. Tenemos que hablar.

Voy a llorar. No.

—Christian, yo… por favor… he llorado mucho —añado, intentando controlar mis emociones.

—Oh, cariño, no —tira de mi mano y sin darme cuenta estoy sobre su regazo. Me ha rodeado con sus brazos y ha hundido la nariz en mi pelo—. Te he echado tanto de menos, Anastasia —susurra.

Yo quiero zafarme de él, mantener cierta distancia, pero me envuelve con sus brazos. Me aprieta contra su pecho. Me derrito. Oh, aquí es donde quiero estar.

Apoyo la cabeza en él y me besa el pelo repetidas veces. Este es mi hogar. Huele a lino, a suavizante, a gel, y a mi aroma favorito… Christian. Durante un segundo me permito fantasear con que todo irá bien y eso apacigua mi alma inquieta.

Unos minutos después, Taylor se estaciona junto a la acera, aunque todavía no hemos salido de la ciudad.

—Ven —Christian me aparta de su regazo—, ya llegamos.

¿Qué?

—Al helipuerto… en lo alto de este edificio.

Christian mira hacia la alta torre a modo de explicación.

Claro. El Charlie Tango. Taylor abre la puerta y salgo. Me dedica una sonrisa afectuosa y paternal que hace que me sienta segura. Yo le sonrío a mi vez.

—Debería devolverte el pañuelo.

—Quédeselo, señorita Steele, con mis mejores deseos.

Me ruborizo mientras Christian rodea el coche y me toma de la mano. Intrigado, mira a Taylor, que le devuelve una mirada impasible que no trasluce nada.

—¿A las nueve? —le dice Christian.

—Sí, señor.

Christian asiente, se da la vuelta y me conduce a través de la puerta doble al majestuoso vestíbulo. Yo me deleito con el tacto de su mano ancha y sus dedos largos y hábiles, curvados sobre los míos. Noto ese tirón familiar… me siento atraída, como Ícaro hacia su sol. Yo ya me he quemado, y sin embargo aquí estoy otra vez.

Al llegar al ascensor, él aprieta el botón de llamada. Yo lo observo a hurtadillas y él exhibe su enigmática media sonrisa. Cuando se abren las puertas, me suelta la mano y me hace pasar.

Las puertas se cierran y me atrevo a mirarlo otra vez. Él baja los ojos hacia mí, esos vívidos ojos grises, y ahí está, esa electricidad en el aire que nos rodea. Palpable. Casi puedo saborear cómo late entre nosotros y nos atrae mutuamente.

—Oh, Dios —jadeo, y disfruto un segundo de la intensidad de esta atracción primitiva y visceral.

—Yo también lo noto —dice con ojos intensos y turbios.

Un deseo oscuro y letal inunda mi entrepierna. Él me sujeta la mano y me acaricia los nudillos con el pulgar, y todos los músculos de mis entrañas se tensan deliciosa e intensamente.

¿Cómo puede seguir provocándome esto?

—Por favor, no te muerdas el labio, Anastasia —susurra.

Levanto la mirada hacia él y me suelto el labio. Lo deseo. Aquí, ahora, en el ascensor. ¿Cómo iba a ser de otro modo?

—Ya sabes qué efecto tiene eso en mí —murmura.

Oh, todavía ejerzo efecto sobre él. La diosa que llevo dentro se despierta de sus cinco días de enfurruñamiento.

De golpe se abren las puertas, se rompe el hechizo y estamos en la azotea. Hace viento y, a pesar del saco negro, tengo frío. Christian me rodea con el brazo, me atrae hacia él y vamos a toda prisa hasta el centro del helipuerto, donde está el Charlie Tango con sus hélices girando despacio.

Un hombre alto y rubio, de mandíbula cuadrada y con traje oscuro, baja de un salto, se agacha y corre hacia nosotros. Le estrecha la mano a Christian y grita por encima del ruido de las hélices.

—Listo para despegar, señor. ¡Todo suyo!

—¿Lo has revisado todo?

—Sí, señor.

—¿Lo recogerás hacia las ocho y media?

—Sí, señor.

—Taylor te espera en la entrada.

—Gracias, señor Grey. Que tenga un vuelo agradable hasta Portland. Señora —me saluda.

Christian asiente sin soltarme, se agacha y me lleva hasta la puerta del helicóptero.

Una vez dentro me abrocha fuerte el arnés y tensa las correas. Me dedica una mirada de complicidad y esa sonrisa secreta suya.

—Esto debería impedir que te muevas del sitio —murmura—. Debo decir que me gusta cómo te queda el arnés. No toques nada.

Yo me pongo muy colorada y él desliza el dedo índice por mi mejilla antes de pasarme el casco. A mí también me gustaría tocarte, pero no me dejarás. Frunzo el ceño. Además, ha apretado tanto las correas que apenas puedo moverme.

Ocupa su asiento y se ata también, luego empieza a hacer todas las comprobaciones previas al despegue. Es tan competente… Resulta muy seductor. Se pone el casco, gira un mando y las hélices toman velocidad, ensordeciéndome.

Se vuelve hacia mí y me mira.

—¿Lista, cariño?

Su voz resuena a través de los cascos.

—Sí.

Esboza esa sonrisa juvenil… que llevo tanto tiempo sin ver.

—Torre de Sea-Tac, aquí Charlie Tango Golf… Golf Echo Hotel, listo para despegar hacia Portland vía PDX. Solicito confirmación, cambio.

La voz impersonal del controlador aéreo contesta con las instrucciones.

—Roger, torre, Charlie Tango preparado.

Christian gira dos mandos, sujeta la palanca y el helicóptero se eleva suave y lentamente hacia el cielo crepuscular.

Seattle y mi estómago quedan allá abajo, y hay tanto que ver…

—Nosotros ya hemos perseguido el amanecer, Anastasia, ahora el anochecer.

Su voz me llega a través del casco. Me giro para mirarlo, boquiabierta.

¿Qué significa eso? ¿Cómo es capaz de decir cosas tan románticas? Sonríe, y no puedo evitar corresponderle con timidez.

—Esta vez se ven más cosas aparte de la puesta de sol —dice.

La última vez que volamos a Seattle era de noche, pero la vista de este atardecer es espectacular, de otro mundo, literalmente. Sobrevolamos los edificios más altos, y subimos más y más.

—El Escala está por ahí —señala hacia el edificio—. Boeing allá, y ahora verás la Aguja Espacial.

Estiro el cuello.

—Nunca he estado allí.

—Yo te llevaré… podemos ir a comer.

—Christian, ya terminamos.

—Ya lo sé. Pero de todos modos puedo llevarte allí y alimentarte.

Me mira fijamente.

Yo muevo la cabeza, enrojezco, y opto por una actitud algo menos beligerante.

—Esto de aquí arriba es precioso, gracias.

—Es impresionante, ¿verdad?

—Es impresionante que puedas hacer esto.

—¿Un halago de su parte, señorita Steele? Es que soy un hombre con muy diversos talentos.

—Soy muy consciente de ello, señor Grey.

Se vuelve y sonríe satisfecho, y por primera vez en cinco días me tranquilizo un poco. A lo mejor esto no estará tan mal.

—¿Qué tal el nuevo trabajo?

—Bien, gracias. Interesante.

—¿Cómo es tu jefe?

—Ah, está bien.

¿Cómo voy a decirle a Christian que Jack me incomoda? Se gira hacia mí y se me queda mirando.

—¿Qué pasa?

—Aparte de lo obvio, nada.

—¿Lo obvio?

—Ay, Christian, la verdad es que a veces eres realmente obtuso.

—¿Obtuso? ¿Yo? Tengo la impresión de que no me gusta ese tono, señorita Steele.

—Bueno, pues entonces olvídalo.

Tuerce los labios a modo de sonrisa.

—He echado de menos esa lengua viperina.

Ahogo un jadeo y quiero chillar: ¡Yo he echado de menos… todo lo tuyo, no sólo tu lengua! Pero me quedo callada, y miro a través de la pecera de vidrio que es el parabrisas del Charlie Tango, mientras seguimos hacia el sur. A nuestra derecha se ve el crepúsculo y el sol que se hunde en el horizonte —una naranja enorme, resplandeciente y abrasadora—, y es evidente que yo, Ícaro otra vez, vuelo demasiado cerca.

El crepúsculo nos ha seguido desde Seattle, y el cielo está repleto de ópalos, rosas y aguamarinas perfectamente mezclados, como sólo sabe hacerlo la madre naturaleza. La tarde es clara y fría, y las luces de Portland centellean y parpadean para darnos la bienvenida cuando Christian aterriza en el helipuerto. Estamos en lo alto de ese extraño edificio de Portland de ladrillo marrón del que partimos por primera vez hace menos de tres semanas.

La verdad es que hace muy poco. Sin embargo, siento que conozco a Christian de toda la vida. Él maniobra para detener el Charlie Tango, y finalmente las hélices se paran, y lo único que oigo por los auriculares es mi propia respiración. Mmm. Esto me recuerda por un momento la experiencia Thomas Tallis. Palidezco. Ahora mismo no tengo ningunas ganas de pensar en eso.

Christian se desata el arnés y se inclina para desabrocharme el mío.

—¿Ha tenido buen viaje, señorita Steele? —pregunta con voz amable y un brillo en sus ojos grises.

—Sí, gracias, señor Grey —contesto, educada.

—Bueno, vayamos a ver las fotos del chico.

Tiende la mano, toma la mía y bajo del Charlie Tango.

Un hombre de pelo canoso con barba se acerca para recibirnos con una enorme sonrisa. Le reconozco: es el mismo anciano de la última vez que estuvimos aquí.

—Joe.

Christian sonríe y me suelta la mano para estrechar la del hombre con afecto.

—Vigílalo para Stephan. Llegará hacia las ocho o las nueve.

—Eso haré, señor Grey. Señora —dice, y me hace un gesto con la cabeza—. El coche espera abajo, señor. Ah, y el ascensor está estropeado, tendrán que bajar por las escaleras.

—Gracias, Joe.

Christian me toma de la mano y vamos hacia las escaleras de emergencia.

—Con esos tacones tienes suerte de que sólo haya tres pisos —masculla con tono de reproche.

No me digas.

—¿No te gustan las botas?

—Me gustan mucho, Anastasia —se le enturbia la mirada y creo que va a añadir algo, pero se calla—. Ven. Iremos despacio. No quiero que te caigas y te rompas la cabeza.

Permanecemos sentados en silencio mientras nuestro chófer nos conduce a la galería. Mi ansiedad ha vuelto en plena forma, y me doy cuenta de que el rato que hemos pasado en el Charlie Tango ha sido la calma que precede a la tormenta. Christian está callado y pensativo… inquieto incluso; la atmósfera relajada que había entre ambos ha desaparecido. Hay tantas cosas que quiero decir, pero el trayecto es demasiado corto. Christian mira meditabundo por la ventanilla.

—José es sólo un amigo —murmuro.

Christian se gira y me mira, pero sus ojos oscuros y cautelosos no dejan entrever nada. Su boca… ay, su boca es provocativa y perturbadora. La recuerdo sobre mí… por todas partes. Me arde la piel. Él se revuelve en el asiento y frunce el ceño.

—Tienes unos ojos preciosos, que ahora parecen demasiado grandes para tu cara, Anastasia. Por favor, dime que comerás.

—Sí, Christian, comeré —contesto de forma automática y displicente.

—Lo digo en serio.

—¿Ah, sí?

No puedo reprimir el tono desdeñoso. Sinceramente, qué cínico es este hombre… este hombre que me ha hecho pasar un calvario estos últimos días. No, eso no es verdad, yo misma me he sometido al calvario. No. Ha sido él. Muevo la cabeza, confusa.

—No quiero pelearme contigo, Anastasia. Quiero que vuelvas, y te quiero sana —dice en voz baja.

—Pero no ha cambiado nada.

Tú sigues siendo Cincuenta Sombras.

—Hablaremos de regreso. Ya llegamos.

El coche se detiene frente a la galería, y Christian baja y me deja con la palabra en la boca. Me abre la puerta del coche y salgo.

—¿Por qué haces eso? —digo, en voz más alta de lo que pretendía.

—¿Hacer qué? —replica sorprendido.

—Decir algo como eso y luego callarte.

—Anastasia, estamos aquí, donde tú quieres estar. Ahora centrémonos en esto y después hablamos. No se me antoja mucho montar un numerito en la calle.

Me ruborizo y miro alrededor. Tiene razón. Es demasiado público. Me mira y aprieto los labios.

—De acuerdo —acepto de mal humor.

Me da la mano y me conduce al interior del edificio.

Estamos en un almacén rehabilitado: paredes de ladrillo, suelos de madera oscura, techos blancos y tuberías del mismo color. Es espacioso y moderno, y hay bastantes personas deambulando por la galería, bebiendo vino y admirando la obra de José. Al darme cuenta de que José ha cumplido su sueño, mis problemas se desvanecen por un momento. ¡Así se hace, José!

—Buenas noches y bienvenidos a la exposición de José Rodríguez —nos da la bienvenida una mujer joven vestida de negro, con el pelo castaño muy corto, los labios pintados de rojo brillante y unas enormes arracadas.

Me echa un breve vistazo, luego otro a Christian, mucho más prolongado de lo estrictamente necesario, después vuelve a mirarme, pestañea y se ruboriza.

Arqueo una ceja. Es mío… o lo era. Me esfuerzo por no mirarla mal, y cuando sus ojos vuelven a centrarse, pestañea de nuevo.

—Ah, eres tú, Ana. Nos encanta que tú también formes parte de todo esto.

Sonríe, me entrega un folleto y me lleva a una mesa con bebidas y bocadillos.

—¿La conoces?

Christian frunce el ceño.

Yo digo que no con la cabeza, igualmente desconcertada.

Él encoge los hombros, con aire distraído.

—¿Qué quieres beber?

—Una copa de vino blanco, gracias.

Hace un gesto de contrariedad, pero se muerde la lengua y se dirige al servicio de bar.

—¡Ana!

José se acerca presuroso a través de un nutrido grupo de gente.

¡Madre mía! Lleva traje. Tiene buen aspecto y me sonríe. Me abre los brazos, me estrecha con fuerza. Y hago cuanto puedo para no echarme a llorar. Mi amigo, mi único amigo ahora que Kate está fuera. Tengo los ojos llenos de lágrimas.

—Ana, me alegro muchísimo de que hayas venido —me susurra al oído y de pronto se calla, me aparta un poco y me observa.

—¿Qué?

—Oye, ¿estás bien? Pareces… bueno, rara. Dios mío, ¿has perdido peso?

Parpadeo para no llorar. Él también… no.

—Estoy bien, José. Y muy contenta por ti. Felicidades por la exposición.

Al ver la preocupación reflejada en su cara tan familiar, se me quiebra la voz, pero he de guardar la compostura.

—¿Cómo viniste? —pregunta.

—Me trajo Christian —digo, con repentino recelo.

—Ah —a José le cambia la cara, se le ensombrece el gesto y me suelta—. ¿Dónde está?

—Por ahí, pidiendo las bebidas.

Cabeceo en dirección a Christian, y veo que está charlando tranquilamente con alguien en la cola. Cuando dirijo los ojos hacia él, levanta la vista y nos sostenemos la mirada. Y durante ese breve instante me quedo paralizada, contemplando a ese hombre increíblemente guapo que me observa con cierta emoción mal disimulada. Su expresión ardiente me abrasa por dentro y por un momento ambos nos perdemos en nuestras miradas.

Dios… Ese maravilloso hombre quiere que vuelva con él, y en lo más profundo de mi ser una dulce sensación de felicidad se abre lentamente como una campánula al amanecer.

—¡Ana! —José me distrae y me siento arrastrada otra vez al aquí y ahora—. Estoy encantado de que hayas venido… Escucha, tengo que avisarte…

De repente, la señorita de cabello muy corto y labios rojos lo interrumpe.

—José, la periodista del Portland Printz está aquí. Vamos.

Me dedica una sonrisa cortés.

—¿Has visto cómo sacude esto? La fama —José sonríe de oreja a oreja, y es tan feliz que no puedo evitar hacer lo mismo—. Luego te veo, Ana.

Me besa la mejilla y veo cómo se acerca con paso resuelto a una mujer que está al lado de un fotógrafo alto y desgarbado.

Hay obras fotográficas de José por todas partes, algunas de ellas colocadas sobre unos lienzos enormes. Las hay en blanco y nego y a color. Muchos de los paisajes poseen una belleza etérea. Hay una fotografía del lago de Vancouver tomada a primera hora de la tarde, en la que unas nubes rosadas se reflejan en la quietud del agua. Y durante un segundo me siento transportada por esa tranquilidad y esa paz. Es algo extraordinario.

Christian aparece a mi lado, inspiro profundamente y trago saliva, intentando recuperar parte del equilibrio perdido. Me pasa mi copa de vino blanco.

—¿Está a la altura?

Mi voz tiene un tono más normal.

Él me mira desconcertado.

—El vino.

—No. No suele estarlo en este tipo de eventos. El chico tiene bastante talento, ¿verdad?

Christian está contemplando la foto del lago.

—¿Por qué crees que le pedí que te tomara un retrato? —digo, sin poder evitar un dejo de orgullo.

Él, impasible, aparta los ojos de la fotografía y me mira.

—¿Christian Grey? —el fotógrafo del Portland Printz se acerca a Christian—. ¿Puedo hacerle una fotografía, señor?

—Claro.

Christian esconde el rictus. Yo doy un paso atrás, pero él me sujeta la mano y me pone a su lado. El fotógrafo nos mira a ambos, incapaz de disimular la sorpresa.

—Gracias, señor Grey —dispara un par de fotos—. ¿Señorita…? —pregunta.

—Steele —contesto.

—Gracias, señorita Steele.

Y se marcha a toda prisa.

—Busqué en internet fotos tuyas con alguna chica. No hay ninguna. Por eso Kate creía que eras gay.

Los labios de Christian esbozan una sonrisa.

—Eso explica tu inapropiada pregunta. No. Yo no salgo con chicas, Anastasia… sólo contigo. Pero eso ya lo sabes —dice con ojos vehementes, sinceros.

—¿Así que nunca sales por ahí con tus… —miro alrededor inquieta para comprobar que nadie puede oírnos—… sumisas?

—A veces. Pero ésas no son citas. De compras, ya sabes.

Encoge los hombros sin dejar de mirarme a los ojos.

Ah, o sea que sólo en el cuarto de juegos… su cuarto rojo del dolor y su departamento. No sé qué sentir ante eso.

—Sólo contigo, Anastasia —susurra.

Yo enrojezco y me miro los dedos. A su manera, le importo.

—Este amigo tuyo parece más un fotógrafo de paisajes que de retratos. Vamos a ver.

Me tiende la mano y yo la acepto.

Damos una vuelta, vemos varias obras más y me fijo en una pareja que me saluda con un gesto de la cabeza y una sonrisa enorme, como si me conocieran. Debe de ser porque estoy con Christian, pero el chico me mira con total descaro. Es extraño.

Damos la vuelta a la esquina y entonces veo por qué la gente me ha estado mirando de esa forma tan rara. En la pared del fondo hay colgados siete enormes retratos… míos.

Palidezco de golpe y me los quedo mirando atónita, estupefacta. Yo: haciendo pucheros, riendo, frunciendo el ceño, seria, risueña. Son todos primeros planos enormes, todos en blanco y negro.

¡Vaya! Recuerdo a José trajinando por ahí con la cámara cuando vino a verme un par de veces, y cuando había ido con él para hacer de chófer y de ayudante. Yo creía que eran simples instantáneas. No fotos ingenuamente robadas.

Petrificado, Christian mira fijamente todas las fotografías, una por una.

—Por lo visto no soy el único —musita en tono enigmático, con los labios apretados.

Creo que está enfadado.

—Perdona —dice, y su centelleante mirada gris me deja paralizada momentáneamente.

Se da la vuelta y se dirige al mostrador de recepción.

¿Qué le pasa ahora? Anonadada, lo veo charlar animadamente con la señorita de cabello muy corto y labios rojos. Saca la cartera y entrega una tarjeta de crédito.

Dios mío. Debe de haber comprado una de las fotografías.

—Hola, tú eres la musa. Son unas fotos fantásticas.

Es un chico con una melena rubia y brillante, que me sobresalta. Noto una mano en el codo: es Christian, ha vuelto.

—Eres un tipo con suerte.

El melenas rubio sonríe a Christian, que lo mira con frialdad.

—Pues sí —masculla de mal humor, y me lleva aparte.

—¿Acabas de comprar una de éstas?

—¿Una de éstas? —replica, sin dejar de mirarlas.

—¿Has comprado más de una?

Pone los ojos en blanco.

—Las he comprado todas, Anastasia. No quiero que un desconocido te coma con los ojos en la intimidad de su casa.

Mi primera reacción es reírme.

—¿Prefieres ser tú? —inquiero.

Se me queda mirando. Mi audacia lo ha tomado desprevenido, creo, pero intenta disimular que le hace gracia.

—Francamente, sí.

—Pervertido —le digo, y me muerdo el labio inferior para no sonreír.

Se queda con la boca abierta; ahora es obvio que esto lo divierte. Se rasca la barbilla, pensativo.

—Eso no puedo negarlo, Anastasia.

Mueve la cabeza con una mirada más dulce, risueña.

—Me gustaría hablarlo contigo luego, pero he firmado un acuerdo de confidencialidad.

Suspira, y su expresión se ensombrece al mirarme.

—Lo que me gustaría hacerle a esa lengua tan viperina.

Jadeo, sé muy bien a qué se refiere.

—Eres muy grosero.

Intento parecer escandalizada y lo consigo. ¿Es que no conoce límites?

Me sonríe con ironía y después tuerce el gesto.

—Te ves muy relajada en esas fotos, Anastasia. Yo no suelo verte así.

¿Qué? ¡Vaya! Cambio de tema —sin la menor lógica— de las bromas a la seriedad.

Me ruborizo y bajo la mirada. Me echa la cabeza hacia atrás, e inspiro profundamente al sentir el tacto de sus dedos.

—Yo quiero que te relajes conmigo —susurra.

Ha desaparecido cualquier rastro de broma.

Vuelvo a sentir un aleteo de felicidad interior. Pero ¿cómo puede ser esto? Creo que tenemos problemas.

—Si quieres eso, tienes que dejar de intimidarme —replico.

—Tú tienes que aprender a expresarte y a decirme cómo te sientes —replica a su vez con los ojos centelleantes.

Suspiro.

—Christian, tú me querías sumisa. Ahí está el problema. En la definición de sumisa… me lo dijiste una vez en un correo electrónico —hago una pausa para tratar de recordar las palabras—. Me parece que los sinónimos eran, y cito: «obediente, complaciente, humilde, pasiva, resignada, paciente, dócil, contenida». No debía mirarte. Ni hablarte a menos que me dieras permiso. ¿Qué esperabas? —digo entre dientes.

Continúo, y él frunce aún más el ceño.

—Estar contigo es muy desconcertante. No quieres que te desafíe, pero después te gusta mi «lengua viperina». Exiges obediencia, menos cuando no la quieres, para así poder castigarme. Cuando estoy contigo nunca sé a qué atenerme, sencillamente.

Entorna los ojos.

—Bien expresado, señorita Steele, como siempre —su voz es gélida—. Ven, vamos a comer.

—Sólo hace media hora que llegamos.

—Ya has visto las fotos, ya has hablado con el tipo.

—Se llama José.

—Has hablado con José… ese hombre que la última vez que lo vi intentaba meterte la lengua en la boca a la fuerza cuando estabas borracha y mareada —gruñe.

—Él nunca me ha pegado —le replico.

Christian me mira enojado, la ira saliéndole por todos los poros.

—Esto es un golpe bajo, Anastasia —me susurra, amenazante.

Me pongo pálida, y Christian, crispado de rabia apenas contenida, se pasa las manos por el pelo. Le sostengo la mirada.

—Te llevo a comer algo. Parece que estás a punto de desmayarte. Busca a ese chico y despídete.

—¿Podemos quedarnos un rato más, por favor?

—No. Ve… ahora… a despedirte.

Me hierve la sangre y lo miro fijamente. Señor Maldito Obseso del Control. La ira es buena. La ira es mejor que los lloriqueos.

Desvío la mirada despacio y recorro la sala en busca de José. Está hablando con un grupo de chicas. Camino hacia él y me alejo de Cincuenta. ¿Sólo porque me ha acompañado hasta aquí tengo que hacer lo que me diga? ¿Quién demonios se cree que es?

Las jóvenes están embebidas en la conversación de José, en todas y cada una de sus palabras. Una de ellas reprime un gritito cuando me acerco, sin duda me reconoce de los retratos.

—José.

—Ana. Perdonen, chicas.

José les sonríe y me pasa un brazo sobre los hombros. En cierto sentido tiene gracia: José, siempre tan tranquilo y discreto, impresionando a las damas.

—Pareces enojada —dice.

—Tengo que irme —musito ofuscada.

—Acabas de llegar.

—Ya lo sé, pero Christian tiene que volver. Las fotos son fantásticas, José… eres muy bueno.

Él sonríe de oreja a oreja.

—Me encantó verte.

Me da un abrazo enorme, me carga en volandas y me da una vuelta, de manera que veo a Christian al fondo de la galería. Pone mala cara, y me doy cuenta de que es porque estoy en brazos de José. Así que, con un movimiento perfectamente calculado, le echo los brazos alrededor del cuello. Me parece que Christian está a punto de tener un ataque. Se le oscurecen los ojos hasta un punto bastante siniestro, y se acerca muy despacio hacia nosotros.

—Gracias por avisarme de lo de mis retratos —mascullo.

—Lo siento, Ana. Debí habértelo dicho. ¿Te gustan?

Su pregunta me deja momentáneamente desconcertada.

—Mmm… no lo sé —contesto con franqueza.

—Bueno, están todos vendidos, así que a alguien le gustan. ¿A que es fantástico? Eres una chica de póster.

Y me abraza más fuerte. Cuando Christian llega me fulmina con la mirada, aunque por suerte José no lo ve.

José me suelta.

—No seas tan difícil de ver, Ana. Ah, señor Grey, buenas noches.

—Señor Rodríguez, realmente impresionante. Lo siento, pero no podemos quedarnos, hemos de volver a Seattle —dice Christian con educada frialdad, enfatizando sutilmente el plural mientras me toma de la mano—. ¿Anastasia?

—Adiós, José. Felicidades otra vez.

Le doy un beso fugaz en la mejilla y, sin que apenas me dé cuenta, Christian me saca a rastras del edificio. Sé que arde de rabia en silencio, pero yo también.

Echa un vistazo arriba y abajo de la calle; luego, de pronto, se dirige hacia la izquierda y me lleva hasta un callejón silencioso, y me empuja bruscamente contra la pared. Me sujeta la cara entre las manos, obligándome a alzar la vista hacia sus ojos fervientes y decididos.

Yo jadeo y su boca se abate sobre la mía. Me besa con violencia. Nuestros dientes chocan un segundo y luego me mete la lengua entre los labios.

El deseo estalla en todo mi cuerpo como en el cuatro de Julio, y respondo a sus besos con idéntico ardor, entrelazo las manos en su pelo y tiro de él con fuerza. Él gruñe, y ese sonido sordo y sexy del fondo de su garganta reverbera en mi interior, y Christian desliza la mano por mi cuerpo, hasta la parte de arriba del muslo, y sus dedos hurgan en mi piel a través del vestido morado.

Yo vierto toda la angustia y el desengaño de los últimos días en nuestro beso, lo ato a mí… y en ese momento de pasión ciega, me doy cuenta de que él hace lo mismo, de que siente lo mismo.

Christian interrumpe el beso, jadeante. Sus ojos hierven de deseo, encendiendo la sangre ya ardiente que palpita por todo mi cuerpo. Tengo la boca entreabierta e intento recuperar un aire precioso, hacer que vuelva a mis pulmones.

—Tú… eres… mía —gruñe, enfatizando cada palabra. Me aparta de un empujón y se dobla con las manos apoyadas en las rodillas, como si hubiera corrido una maratón—. Por Dios santo, Ana.

Yo me apoyo en la pared jadeando e intento controlar la desatada reacción de mi cuerpo, trato de recuperar el equilibrio.

—Lo siento —balbuceo en cuanto recobro el aliento.

—Más te vale. Sé lo que estabas haciendo. ¿Deseas al fotógrafo, Anastasia? Es evidente que él siente algo por ti.

Muevo la cabeza con aire culpable.

—No. Sólo es un amigo.

—Durante toda mi vida adulta he intentado evitar cualquier tipo de emoción intensa. Y sin embargo tú… tú me provocas sentimientos que me son totalmente ajenos. Es muy… —arruga la frente, buscando la palabra— perturbador. A mí me gusta el control, Ana, y contigo eso… —se incorpora, me mira intensamente— simplemente se evapora.

Hace un gesto vago con la mano, luego se la pasa por el pelo y respira profundamente. Me toma la mano.

—Vamos, tenemos que hablar, y tú tienes que comer.

2

Me lleva a un restaurante pequeño e íntimo.

—Habrá que conformarse con este sitio —refunfuña Christian—. Tenemos poco tiempo.

A mí el local me parece bien. Sillas de madera, manteles de lino y paredes del mismo color que el cuarto de juegos de Christian —rojo sangre intenso—, con espejitos dorados colocados arbitrariamente, velas blancas y jarroncitos con rosas blancas. Ella Fitzgerald se oye bajito de fondo, cantándole a esa cosa llamada amor. Es muy romántico.

El camarero nos conduce a una mesa para dos en un pequeño reservado, y yo me siento, con aprensión, preguntándome qué va a decir.

—No tenemos mucho tiempo —le dice Christian al camarero cuando nos sentamos—, así que los dos tomaremos un solomillo al punto, con salsa bearnesa si tienen, con papas fritas y verduras, lo que tenga el chef; y tráigame la carta de vinos.

—Ahora mismo, señor.

El camarero, sorprendido por la fría y tranquila eficiencia de Christian, desaparece. Christian pone su BlackBerry sobre la mesa. Madre mía, ¿es que no puedo escoger?

—¿Y si a mí no me gusta el solomillo?

Suspira.

—No empieces, Anastasia.

—No soy una niña pequeña, Christian.

—Pues deja de actuar como si lo fueras.

Es como si me hubiera abofeteado. Lo miro y pestañeo. De modo que será así, una conversación agitada, tensa, aunque en un escenario muy romántico, pero sin flores ni corazones, eso seguro.

—¿Soy una niña porque no me gusta el solomillo? —murmuro, intentando ocultar que estoy dolida.

—Por ponerme celoso adrede. Es infantil hacer eso. ¿Tan poco te importan los sentimientos de tu amigo como para manipularlo de esa manera?

Christian aprieta los labios, que se convierten en una fina línea, y frunce el ceño mientras el camarero vuelve con la carta de vinos.

Me ruborizo. No había pensado en eso. Pobre José… Desde luego, no quiero darle esperanzas. De repente me siento avergonzada. Christian tiene parte de razón: fue muy desconsiderado hacer eso. Examina la carta de vinos.

—¿Te gustaría escoger el vino? —pregunta y arquea las cejas, expectante, es la arrogancia personificada.

Sabe que no entiendo nada de vinos.

—Escoge tú —contesto, hosca pero escarmentada.

—Dos copas de Shiraz del valle de Barossa, por favor.

—Este… ese vino sólo lo servimos por botella, señor.

—Pues una botella —espeta Christian.

—Señor —se retira dócilmente, y no lo culpo por ello.

Miro ceñuda a Cincuenta. ¿Qué lo carcome? Ah, probablemente sea yo, y en algún lugar de lo más profundo de mi mente, la diosa que llevo dentro se alza somnolienta y sonríe. Ha estado durmiendo una temporada.

—Estás muy arisco.

Me mira impasible.

—Me pregunto por qué será.

—Bueno, está bien establecer el tono para una charla íntima y sincera sobre el futuro, ¿no te parece?

Le sonrío con dulzura.

Aprieta la boca dibujando una línea firme, pero luego, casi de mala gana, sus labios se curvan hacia arriba y sé que está intentando disimular una sonrisa.

—Lo siento —dice.

—Disculpas aceptadas, y me complace informarte de que no he decidido convertirme en vegetariana desde la última vez que comimos.

—Eso es discutible, dado que ésa fue la última vez que comiste.

—Ahí esta otra vez esa palabra: «discutible».

—Discutible —dice con buen humor y su mirada se suaviza. Se pasa la mano por el pelo y vuelve a ponerse serio—. Ana, la última vez que hablamos me dejaste. Estoy un poco nervioso. Te dije que quiero que vuelvas, y tú dijiste… nada.

Tiene una mirada intensa y expectante, y un candor que me desarma totalmente. ¿Qué demonios digo a eso?

—Te he extrañado… te he extrañado realmente, Christian. Estos últimos días han sido… difíciles.

Trago saliva, y siento crecer un nudo en la garganta al recordar mi desesperada angustia desde que lo dejé.

Esta última semana ha sido la peor de mi vida, un dolor casi indescriptible. No se puede comparar con nada. Pero la realidad me golpea y me devuelve a mi sitio.

—No ha cambiado nada. Yo no puedo ser lo que tú quieres que sea —digo, forzando a las palabras a pasar a través del nudo de mi garganta.

—Tú eres lo que yo quiero que seas —dice en voz baja y enfática.

—No, Christian, no lo soy.

—Estás enojada por lo que pasó la última vez. Me porté como un idiota. Y tú… tú también. ¿Por qué no usaste la palabra de seguridad, Anastasia?

Su tono ha cambiado, ahora es acusador.

¿Qué? Vaya… cambio de rumbo.

—Contéstame.

—No lo sé. Estaba abrumada. Intenté ser lo que tú querías que fuera, intenté soportar el dolor, y se me fue de la cabeza. ¿Sabes…?, lo olvidé —susurro, avergonzada, y encojo los hombros a modo de disculpa.

Quizá podríamos habernos evitado todo este drama.

—¡Lo olvidaste! —me suelta horrorizado, se agarra a los lados de la mesa y me mira fijamente.

Yo me marchito bajo esa mirada. ¡Maldita sea! Vuelve a estar furioso. La diosa que llevo dentro también me observa. ¿Ves dónde te has metido tú solita?

—¿Cómo voy a confiar en ti? —dice ahora en voz baja—. ¿Podré confiar alguna vez?

Llega el camarero con nuestro vino y nos ...