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CONTACTO CON LOS MUERTOS

Georgette Rivera  

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Fragmento

Introducción

El contacto con seres desaparecidos es una de las experiencias más gratificantes que he tenido con mis pacientes, personalmente y a nivel profesional. Recuerdo que cuando era niña mi relación más pura con un ser fue con mi hermana Georginita, quien murió al nacer. Cuando mi madre regresó a casa, del hospital, le pregunté por ella y me dijo que se había ido al cielo. Desde ese día y hasta los diecinueve años me mantuve en contacto con ella a través de la oración diaria y, por mi deseo de verla, sentirla o encontrarla, finalmente pude hacer contacto con ella. Desde ese momento se dio un cambio muy especial, mi relación con ella fue total y absolutamente diferente; es decir, ya no deseé verla, ya no añoré estar con ella: me despreocupé al saber que esa niñita o, más bien, el espíritu de esa niñita descansaba en el lugar que le correspondía.

Comprendí que así como en la Tierra las personas pueden sentirse fuera de lugar por no encontrar su espacio —casa, colonia, ciudad, país o profesión— y no estar en paz hasta hallar ese lugar, lo mismo sucede con los seres que mueren y están descarnados. Ahora bien, cabe señalar que es importante la forma de morir, pues no es lo mismo morir por edad avanzada y tranquilo en una cama, que violentamente, en un accidente. Si la persona muere por enfermedad fulminante y deja asuntos pendientes, seguramente permanecerá en un plano, llamado por muchos, “astral” y será muy difícil que logre la paz. Para lograrla estos seres utilizan diferentes formas de comunicación. ¿Por qué? Porque necesitan dar un mensaje a quienes se quedan en este plano temporal. La comunicación busca subsanar aquellos asuntos que quedaron sin resolver. Si no tienen respuesta utilizan lo que está a su alcance para transmitir el mensaje que quieren dar o la ayuda que requieren, y cuando lo logran descansan; pero de no ser así, hay que ayudarlos.

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En este libro encontrarás la suficiente información sobre la importancia de hacer en la vida todas las cosas que deseas; porque cuando la muerte llega de súbito quizá dejes cuestiones sin resolver. Solamente cuando una persona realmente vivió su vida —y lo digo así, vivió su vida: se hizo cargo de ella y fue capaz de sentir más que de pensar— es cuando muere tranquilamente. No importa si es en su cama o no, pero se va sin dejar asuntos pendientes.

La muerte es algo que sucede a diario sin darnos cuenta: somos parte de ese polvo que respiramos, de la descamación de las células en nuestro cuerpo. Sin embargo, no somos conscientes de que desde el momento de nacer estamos siendo forzados a una experiencia, a la más importante de todas: vivir y ser capaces de guiar nuestra propia existencia. La pregunta es: ¿morimos? Sí, todos los días, pero ello nos sirve para empaparnos en lo que llamamos “el espacio presente, aquí y ahora”.

En todas las culturas se habla de la muerte. Tanto en el hinduismo como en el cristianismo éste es uno de los temas más importantes. La gente siempre piensa en morir o en quién murió, quién va a morir, por qué murió una persona y en por qué no realizó lo que deseaba si tuvo la vida para hacerlo; pero jamás nos ocupamos de vivir, lo cual constituye una de las premisas más importantes de este libro. Resulta que cuando nos dan este gran regalo, lo único que sabemos hacer es pensar cuándo moriremos, cuál será el último día, qué debemos hacer para no dejar asuntos pendientes; o bien, qué hacer para no pasar a lo que el cristianismo llama el purgatorio. Sin embargo, no comprendemos que uno de los infiernos más grandes es vivir pensando en el día de la muerte, algo irónico y paradójico porque no nos acostumbramos a vivir, y esto pesa demasiado, viene a cuento el siguiente caso: Una tarde una amiga nos convocó a una reunión para conocer un gran maestro a quien ella aprecia hasta el día de hoy. Entre los participantes estábamos mi familia, yo y otras personas. Poco a poco empezaron a surgir preguntas sobre lo que él pensaba respecto a los cambios en la expansión de la conciencia del ser humano, las profecías, los fenómenos naturales; era una conversación muy interesante, hasta que de pronto una mujer a quien consideraba brillante y capaz porque manejaba todos los temas de psicología sagrada, magia, esoterismo, religión, le hizo una pregunta al maestro.

Cabe aclarar que cada vez que alguien hacía una pregunta todos escuchábamos con asombro y agrado, poníamos atención para entender más y profundizar en temas que al parecer a todos nos interesaban. Así pues, llegó la pregunta de esta mujer: “Maestro, disculpe, yo lo único que quiero saber es, ¿cuándo me voy a morir?”. A lo que el maestro le respondió: “Sinceramente eso no te lo puedo contestar, porque llevo toda mi vida preparándome para saber el objetivo de mi vida; asimismo, cuando lo encontré, empecé a vivir; además, no quiero pensar en mi propia muerte porque todavía no me toca. ¿Cómo podría decirte cuándo vas a morir y de qué manera? Si no te has ganado el derecho a vivir, desde que naciste, naciste muerta porque todos los días de tu vida te estás preguntando cuándo te va a tocar”.

La respuesta ante una de las preguntas más recurrentes me pareció muy razonable. Simplemente hay personas que se obsesionan con el tema y lo llevan hasta las últimas consecuencias preguntándose constantemente por el momento de su muerte. Y esa es una duda infernal, terrible; nos convencemos de que no va a ser hoy, mañana ni pasado, y de que todavía tenemos tiempo para vivir; pero vuelvo a mi tema: no tenemos tiempo para vivir porque estamos pensando en nuestra muerte.

Hay diferentes tipos de muertes y se experimentan a lo largo de la vida. Una muerte espiritual ocurre cuando emocional y espiritualmente quedamos hechos pedazos por una ruptura amorosa, una pérdida, incluso, por una situación laboral; cuando una persona no puede encontrar la salida, porque su espíritu vanidoso se convence de que no es capaz de lograrlo. Y vuelve a meterse dentro de un karma donde está seguro de su incapacidad para superar tal situación; sin embargo, no todos los días estamos preparados para darnos cuenta de esto, dado que el medio ambiente a veces condiciona a las personas. Hay espacios de muerte que también nos condicionan; ¿qué sucede? La entropía se da en esos lugares y en esas personas, por medio de ella se interrumpe el movimiento de la mente, los sentimientos y pensamientos; implica también diferentes tipos de muerte, como la de la conciencia, la de nuestro cuerpo físico como un organismo capaz de dominarse a sí mismo, que es lo que en última instancia todos quisiéramos, lo que la gente desea. Pero nos damos cuenta de que no es fácil. ¿Por qué? Porque todos los días cargamos con cosas que nos hacen morir un poco: frustraciones, dolores, temores, dudas, miedos, conflictos, situaciones que nos rebasan y nos van matando.

Es muy importante aterrizar algunos temas, porque así como nos encontramos con esas pequeñas muertes —que van más allá de lo que podemos pensar o sentir—, también hay diferentes ...