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CONTAGIO

David Quammen  

0


Fragmento

1

El virus ahora conocido como Hendra no fue el primero de los nuevos y aterradores gérmenes. Tampoco el peor. Comparado con alguno de los otros, parece relativamente leve. Sus efectos letales, en términos numéricos, fueron reducidos al principio y han seguido siéndolo; su ámbito geográfico fue local y muy limitado, y episodios posteriores no lo han extendido mucho más. Apareció por primera vez cerca de Brisbane, Australia, en 1994. Inicialmente, hubo dos casos, de los cuales solo uno fue mortal. No, un momento, corrijo lo dicho: hubo dos casos humanos y una víctima humana. Hubo otras víctimas que también sufrieron y murieron, más de una docena —víctimas equinas—, y su historia es parte de este relato. La cuestión de las enfermedades animales y la de las enfermedades humanas son, como veremos, hebras de un mismo cordón entrelazado.

La aparición inicial del virus Hendra no pareció muy grave o noticiable, a menos que uno viviese en el oriente australiano. Nada parecido a un terremoto, una guerra, una masacre a tiros provocada por un alumno o un tsunami. Pero sí fue peculiar. Y espeluznante. Hoy el virus Hendra es ligeramente más conocido, al menos entre los australianos y los epidemiólogos, y por tanto ligeramente menos espeluznante, pero no por ello menos peculiar. Es algo paradójico: marginal, esporádico, pero al mismo tiempo representativo en un sentido más amplio. Exactamente por ese motivo, señala un punto apropiado desde el que partir para comprender la emergencia de determinadas nuevas realidades virulentas en este planeta, realidades que incluyen la muerte de más de treinta millones de personas desde 1981. Entre esas realidades se encuentra un fenómeno conocido como «zoonosis».

Una zoonosis es una infección animal transmisible a humanos. Hay muchas más enfermedades de este tipo de las que cabría esperar. Una es el sida. La gripe engloba toda una categoría entera de ellas. Considerarlas conjuntamente contribuye a reafirmar el antiguo aserto darwiniano (el más oscuro, célebre y persistentemente olvidado de todos los suyos) según el cual el humano es un tipo de animal, inextricablemente ligado a los demás animales: en origen y linaje, en la salud y en la enfermedad. Considerar las cosas por separado —empezando por este caso en Australia, relativamente desconocido— sirve como sano recordatorio de que todo, incluso las pestes, procede de algún lugar.

2

En septiembre de 1994, estalló un violento malestar entre los caballos de una zona residencial del extremo norte de Brisbane. Se trataba de purasangres, animales esbeltos y bien cuidados, criados para las carreras. El lugar se llamaba Hendra. Era un barrio antiguo y tranquilo, lleno de pistas para carreras de caballos y personas que se dedicaban profesionalmente a ellas, con casas de madera cuyos patios traseros se habían reconvertido en establos, quioscos que vendían folletos con soplos sobre los favoritos en las carreras y cafeterías en las esquinas con nombres como The Feed Bin.(1) La primera víctima fue una yegua baya llamada Drama Series, retirada de la competición y dedicada plenamente a la cría; esto es, preñada y en avanzado estado de gestación. Drama Series empezó a mostrar indicios de que no se encontraba bien en el picadero de reposo, una descuidada pradera a varios kilómetros al sudeste de Hendra, donde se llevaba a los caballos de carreras a descansar entre un paseo y el siguiente. La habían dejado allí como yegua de cría, y allí habría permanecido hasta la última fase de su embarazo si no hubiese caído enferma. No es que tuviese ningún problema grave; o al menos eso parecía entonces. Pero no tenía buen aspecto, y su entrenador pensó que era mejor sacarla de allí. El entrenador era un hombrecillo experimentado y carismático llamado Vic Rail, con el pelo castaño engominado y la reputación de saber lo que hacía en el mundillo local de las carreras. Vickie, como me dijo alguien, era «duro como el pedernal, pero un canalla adorable». Había quienes no lo tragaban, pero ni siquiera estos negaban lo mucho que sabía de caballos.

Fue Lisa Symons, la novia de Rail, la que cogió un remolque para caballos para recoger a Drama Series. La yegua se resistía a moverse. Parecía como si le doliesen las pezuñas. Tenía hinchazones alrededor de los labios, los párpados y la mandíbula. Una vez de vuelta en el modesto establo de Rail en Hendra, Drama Series sudaba con profusión y siguió mostrándose indolente. Confiando en que, cuidándola, conseguiría salvar a la cría, Rail intentó alimentarla a la fuerza a base de zanahoria rallada y melaza, pero el animal no quiso comer. Tras el intento, Vic Rail se lavó las manos y los brazos, aunque, visto en retrospectiva, quizá no de forma tan concienzuda como habría debido hacerlo.

Esto ocurrió el miércoles 7 de septiembre de 1994. Rail avisó a su veterinario, un hombre alto llamado Peter Reid, sobrio y profesional, que acudió a examinar a la yegua. Había pasado a ocupar su propia cuadra en el establo, un compartimento con paredes de bloques de hormigón y suelo de arena, a poca distancia del resto de caballos de Rail. El doctor Reid no detectó secreciones nasales u oculares, ni síntomas de dolor, pero Drama Series era un pálido reflejo de su robusto aspecto habitual. La palabra con la que la describió fue «deprimida», que en la jerga veterinaria hace referencia a una dolencia física, no psicológica. Tenía tanto la temperatura como el pulso elevados. Reid notó que la yegua tenía la cara hinchada. Le abrió la boca para examinarle las encías y vio restos de la zanahoria rallada que el animal no había querido o podido tragar; le inyectó antibióticos y analgésicos. A continuación, se fue a casa. A las cuatro de la mañana, lo despertó una llamada. Drama Series se había escapado de su cuadra, se había desplomado en el picadero y estaba muriéndose.

Reid corrió hacia los establos, pero al llegar la encontró ya muerta. Había sido rápido y desagradable. Cada vez más nerviosa a medida que empeoraba su estado, había salido dando tumbos mientras la puerta de la cuadra estaba abierta, se había caído varias veces, se había desgarrado la pierna hasta el hueso, se había levantado y había vuelto a caerse en el prado delantero, hasta que un mozo del establo la había inmovilizado para su propia seguridad fijándola al suelo. Presa de la desesperación, Drama Series se zafó de sus ataduras y se estrelló contra un montón de ladrillos. Entre el mozo y Rail consiguieron volver a inmovilizarla, y este le limpió una secreción espumosa que le salía de los orificios nasales —intentando ayudarla a respirar— justo antes de que muriese. Reid inspeccionó el cuerpo y vio que aún le salía espuma líquida de los orificios nasales, pero no hizo una autopsia porque Vic Rail no podía permitirse el lujo de ser tan curioso y, más en general, porque nadie podía prever que se produciría una emergencia sanitaria en la que cualquier información, por mínima que fuera, sería crucial. Sin mayores contemplaciones, el transportista habitual llevó el cadáver de Drama Series al basurero donde acababan todos los caballos de Brisbane.

La causa de su muerte seguía siendo una incógnita. ¿La había mordido una serpiente? ¿Había comido unos hierbajos venenosos en esa pradera descuidada y cubierta de matorrales? Esas hipótesis se deshicieron como azucarillos trece días más tarde, cuando sus vecinos de establo empezaron a enfermar. Cayeron como fichas de dominó. No era una mordedura de serpiente ni una sustancia tóxica. Era algo contagioso.

Los otros caballos padecieron fiebre, dificultades respiratorias y espasmos, tenían los ojos inyectados en sangre y se movían con torpeza; algunos echaron espuma sanguinolenta por los orificios nasales y por la boca; unos pocos sufrieron hinchazón de la cara. Reid vio cómo un caballo se enjuagaba frenéticamente la boca en un cubo de agua. Otro se golpeaba la cabeza contra un muro de hormigón, como si hubiese enloquecido. A pesar de los heroicos esfuerzos de Reid y otras personas, otros doce animales murieron en los días siguientes, tras una espantosa agonía o sacrificados. Tiempo después, Reid dijo que «la velocidad con la que esa cosa consumió a los caballos fue increíble», pero en aquellos primeros momentos nadie había identificado la «cosa». Algo había consumido a los caballos. En el apogeo de la crisis, siete animales sucumbieron a su agonía o tuvieron que ser sacrificados en apenas doce horas. Siete caballos muertos en doce horas; una masacre, incluso para un veterinario curtido en su oficio. Uno de ellos, una yegua llamada Celestial Charm, murió pataleando y jadeando con tal intensidad que Reid no pudo acercarse a ella lo suficiente como para clavarle la aguja misericordiosa. Otro animal, un caballo castrado de cinco años de edad, había sido trasladado desde el establo de Rail hasta otro picadero de reposo más al norte, adonde llegó ya enfermo y donde enseguida tuvo que ser sacrificado. Un veterinario local hizo la autopsia del castrado y descubrió hemorragias en todos los órganos. Y, en ese mismo momento, en el establo de un vecino que hacía esquina con el de Rail en Hendra, otro caballo castrado empezó a mostrar síntomas similares y tuvo que ser también sacrificado.

¿Qué estaba provocando esta hecatombe? ¿Cómo se transmitía de un caballo a otro, o, en cualquier caso, cómo conseguía penetrar en tantos animales al mismo tiempo? Una posibilidad era que fuese un contaminante tóxico en el suministro de forraje. O quizá un veneno que alguien hubiese introducido de forma maliciosa. Por su parte, Reid empezó a plantearse si podría tratarse de un virus exótico, como el responsable de la peste equina africana (AHS, por sus siglas en inglés), una enfermedad que se transmitía mediante la picadura de un jején en el África subsahariana. El virus de la AHS afecta a mulas, burros y cebras, además de a caballos, pero no se ha detectado su presencia en Australia, y no se contagia directamente de un caballo a otro. Además, los pestíferos mosquitos de Queensland por lo general no pican en septiembre, cuando hace frío. Por lo que el AHS no encajaba del todo. Entonces ¿quizá fuera otro germen extraño? «Nunca antes había visto un virus como este», dijo Reid. Poco dado a la exageración, recordaba ese periodo como «una época bastante traumática». Habida cuenta del diagnóstico tan poco concluyente, Reid siguió tratando a los animales enfermos con los medios y las posibilidades con que contaba: antibióticos, fluidos y medicamentos antichoque.

Entretanto, el propio Vic Rail había caído enfermo. Y el mozo de cuadra también. En un principio dio la impresión de que ambos habían contraído la gripe, una gripe fuerte. Rail acudió el hospital, una vez allí empeoró, y, tras pasar una semana en cuidados intensivos, murió. Sus órganos habían fallado y era incapaz de respirar. La autopsia reveló que tenía los pulmones encharcados en sangre, otro fluido y (una vez examinado mediante microscopía electrónica) alguna especie de virus. El mozo de cuadra, un tipo bonachón llamado Ray Unwin, que se limitó a pasar la fiebre solo en su casa, sobrevivió. Peter Reid, a pesar de haber estado trabajando con los mismos caballos contagiados y rodeado de la misma espuma sanguinolenta, no enfermó. Tanto Reid como Unwin me contaron sus historias cuando los encontré, años más tarde, tras preguntar a varias personas en Hendra y hacer unas cuantas llamadas.

En The Feed Bin, por ejemplo, alguien dijo: «Ray Unwin, sí, lo más probable es que esté donde Bob Bradshaw». Seguí las indicaciones hasta el establo de Bradshaw y en el camino de entrada me topé con un hombre que resultó ser Unwin, cargado con un cubo de pienso. Por aquel entonces era un tipo trabajador de mediana edad con el pelo rubio oscuro recogido en una coleta que tenía una fatigada tristeza en la mirada. Se mostró algo cohibido ante la atención que le prestaba este desconocido; ya había tenido suficiente con los médicos, las autoridades sanitarias y los periodistas locales. Cuando nos sentamos a conversar, me aclaró que él no era un «llorón» (quejica), pero que desde entonces había estado «pachucho» (su salud no había sido buena).

Cuando aumentó el número de caballos muertos, el Gobierno de Queensland intervino, mediante veterinarios y otro personal del Departamento de Industrias Primarias (responsable de la ganadería, la fauna salvaje y la agricultura en ese estado). Los veterinarios del DIP empezaron a hacer necropsias —esto es, a despedazar a los equinos en busca de indicios— directamente en el pequeño corral de Vic Rail. El lugar enseguida se llenó de cabezas de caballo y otros miembros troceados y desperdigados, mientras la sangre y otros fluidos se iban por la alcantarilla, y los órganos y tejidos sospechosos se introducían en bolsas. Otro vecino de Rail que también trabajaba con caballos, un hombre llamado Peter Hulbert, me servía café instantáneo en su cocina mientras rememoraba el grotesco espectáculo que se vivió en la casa de al lado. El hervidor empezó a silbar al tiempo que Hulbert recordaba los contenedores de basura que usó el DIP:

—De estos cacharros con ruedas sobresalían patas y cabezas de caballos... ¿Lo tomas con azúcar?

—No, gracias —respondí—. Y sin leche.

—... patas y cabezas de caballos, entrañas, y de todo, en esos cacharros con ruedas. Fue ho-rro-ro-so.

Ese día, a media tarde —siguió contándome—, los rumores se habían extendido y se presentaron las emisoras de televisión con sus cámaras y micrófonos. «Aj. Fue un puto espanto, amigo.» Entonces llegó también la policía y acordonó la casa de Rail, tratándola como el escenario de un crimen. ¿Lo habría hecho alguno de sus enemigos? El mundo de las carreras de caballos tenía su lado oscuro, como cualquier otro negocio, y probablemente en mayor medida que la mayoría. A Peter Hulbert llegaron a preguntarle si Vic habría envenenado a sus propios caballos y luego a sí mismo.

Mientras la policía se preguntaba si habría sido sabotaje o un intento de estafar al seguro, las autoridades sanitarias barajaban otras hipótesis preocupantes. Una era que se tratara de un hantavirus, un grupo de virus que los virólogos conocían desde hacía tiempo, tras los brotes acaecidos en Rusia, Escandinavia y otros lugares, pero que habían vuelto a la actualidad un año antes, en 1993, cuando un hantavirus había aparecido súbitamente y había matado a diez personas en la región de las Cuatro Esquinas del sudoeste estadounidense. Australia tenía motivos para temer que enfermedades exóticas traspasasen sus fronteras, y un hantavirus en el país sería una noticia aún peor que la peste equina africana (excepto para los caballos). De manera que los veterinarios del DIP embolsaron muestras de sangre y tejidos de los caballos muertos y las enviaron en hielo al Laboratorio Australiano de Salud Animal, una institución de alta seguridad más conocida por su acrónimo, AAHL, y situada en un pueblo llamado Geelong, al sur de Melbourne. Allí, un equipo de microbiólogos y veterinarios sometió el material a una serie de pruebas, tratando de cultivar e identificar un microbio, y confirmar que este hacía enfermar a los caballos.

Encontraron un virus. No era un hantavirus. No era el virus de la AHS. Era algo nuevo, algo que el microscopista del AAHL no había visto nunca pero que, por su forma y tamaño, se asemejaba a los miembros de un determinado grupo de virus, los paramixovirus. Este nuevo tipo se distinguía de los paramixovirus ya conocidos en que cada

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