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COSAS DE FAMILIA

Marco Lara Klahr  

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Fragmento

Huir de los nazis, para huir de Los Zetas

Si hubiera seguido en México habría terminado escondiéndome como una rata: no podía estar en mi casa, manejar mi auto, pararme en mi negocio o verme con un hermano porque todo eso resultaba peligroso.

Jos, empresario mexicano exiliado en Polonia

Este mensaje anónimo y obtuso salpicado de tinta escarlata puede filtrarse en la mente. Producir pasmo con sus manchas sórdidas. Asomar a la memoria de forma súbita, en flashbacks. Asaltar con recurrencia los sueños. Autorreproducirse con obsesión en el cerebro, “TE ESTAMOS VIGILANDO”. Tanta es su fuerza devastadora que puede causar esa especie de trastorno de estrés postraumático aun en aquel que no es su destinatario, la persona asediada, la inminente víctima de una extorsión en curso.

Pero “como en todos los traumas, el único modo que tienes de entender qué significa de verdad es vivirlo”, dice el periodista italiano Roberto Saviano,1 quien tras la publicación de Gomorra realmente sabe hasta dónde fue capaz de cambiar su existencia una amenaza semejante a la que recibió Flor, la contadora de Jos, como será llamado en estas páginas el empresario mexicano de 52 años, con algo más de 1.80 metros de estatura, moreno, casado y padre de cuatro hijos, egresado de historia en la UNAM, que luego de vivir dos décadas en Xalapa fue arrojado con su familia al exilio por el crimen, el desgobierno y la apatía colectiva.

Jos llegó con su esposa y su hijo de 10 años a Cracovia en agosto de 2011, estableciéndose en una villa residencial boscosa de los alrededores. La adversidad le ha dado un poder: alecciona verlo sobrevivir en otro clima, otra lengua, otro huso horario, casi otro planeta. Trae siempre en un bolsillo el disco de cartón donde escribió a mano los verbos en polaco de uso habitual y sus conjugaciones. Puesto que lo principal de sus negocios sigue en México y Cracovia va siete horas adelante, pasa hasta la madrugada atendiéndolos desde la visibilidad que le permite el monitor de su laptop, para luego dormir unas pocas horas hasta el amanecer, cuando debe llevar a su hijo a la escuela, tras lo cual emprende cada día largas caminatas por el bosque. Para comer, su guía es un antiguo y fragmentado acervo familiar de platillos a base de papas y betabel. Lastimado por recuerdos, todo lo demás tiene que ir inventándolo día a día como un recién nacido.

Ya nerviosa, ya triste, su mirada hace pensar que perdió la confianza en el mundo. A la vera de una mesita amarilla del “simpsoniano” Coffee Heaven, a bordo de su cápsula emocional, extraño al ajetreo y al intrincado rumor del idioma local, entre sorbos de humeante infusión de yerbas desgrana con voz nasal su historia mientras afuera los caminantes de la Rynek Glówny, corazón medieval cracoviano, desafían el gélido viento decembrino.

“Llegaron estos ojetes [personas en Suburban que se presentaban como Zetas] diciéndole al vigilante [de su casa a las afueras de Xalapa] que si no les quería dar dinero, les diera cuando menos chance de meter cosas en mi propiedad. Yo no había hecho ninguna denuncia y entonces pensé que si llegaba a aparecer alguna chingadera o alguna persona muerta, tendría un problemón.”

Éste fue el momento en el que Jos decidió buscar ayuda, si bien el acoso comenzó casi dos meses antes, el día de septiembre de 2008 en que recién llegaba de un viaje, cuando “entró una llamada de mi secretaria: ‘Oiga, tenga mucho cuidado, llamó un tipo que no me late por cómo me habló. Me dijo que era el licenciado no sé qué, y tenía negocios con usted. Le respondí que no estaba, pero me aseguró que tarde o temprano lo encontraría’”.

“Enseguida entró otra llamada, ahora de Córdoba, de la encargada de esa sucursal: ‘Estuvo aquí un tipo que venía buscándolo; nos insultó, nos dijo cosas feas, que nos iba a dañar, que nos haría no sé cuánta atrocidad si no lo ayudábamos a encontrarlo’”. Estas llamadas hostiles aumentaron en frecuencia y agresividad. El cambio de números telef&

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