Loading...

CUANDO ESCUCHES EL TRUENO

Julieta García  

0


Fragmento

El cielo estaba revuelto y hacía promesas que más tarde no cumpliría: lluvia, tormentas, granizo. Las nubes cubrían y desnudaban la luna llena, que iluminaba de forma intermitente la ciudad. Sonaban truenos lejanos, las luces de los rayos alumbraban con su azote sitios distantes. Ana miró esa revoltura y aspiró con placer el concentrado olor de la tierra mojada por los días previos. Luego dio unos pasos sobre el pasto disparejo del jardín, aburrida. Quería irse, volver al calor de Rolando: a su cuerpo largo, moreno.

Estaba en el cumpleaños número cuarenta de uno de los mejores amigos de Ramiro y a quien Ana veía con regularidad en reuniones. El festejado vivía en casa de su tío, a donde los habían convocado para una fiesta que combinaba dos imposibilidades: era sorpresa y de disfraces. A las nueve de la noche, cerca de sesenta personas cantaron a coro unas Mañanitas diluidas al hombre que apenas desembarcaba del tráfico de viernes, más agotado que asombrado.

La casa estaba ubicada en las faldas del Ajusco y, al igual que todas las propiedades de esa colonia, le daba una mordida al bosque. El jardín era el bocado más grande, con un terreno desigual. Hacia atrás se convertía en un óvalo ancho donde desaparecían las plantas ornamentales, en macetas o en jardineras, y crecían frondosos y maduros árboles: abetos, pinos, encinos, araucarias servían como telón de fondo para un gigantesco fresno de tronco hinchado y copa generosa bajo el que había instalado otro jardín de fantasía: decenas de veladoras en frascos de vidrio se intercalaban con rehiletes de colores a los que el viento y el calor de las flamas hacían girar intermitentemente.

Ana Solís era una de las pocas asistentes sin disfraz, sin ganas de beber y con frío. Ramiro le había contado por teléfono que el tío, dueño de la casa, había sido un cómico muy famoso en los años ochenta. Ella recordaba haberlo visto en la televisión, en su infancia. Al llegar lo vio paseando por el jardín con cara de pocos amigos, ya una fotografía desteñida de sus tiempos de éxito.

La temperatura de la noche descendió de golpe después del pastel, cuando la fiesta entraba a su apogeo. Un aire helado bajó de la montaña. Septiembre llegaba en julio. Ana decidió refugiarse dentro de la casa; se arrepintió de sus pantalones pegados, de llevar zapatos de tacón alto que dejaban al descubierto sus dedos desnudos y de su blusa de escote pronunciado. La chamarra de suave piel negra y la chalina anudada al cuello de poco servían.

Empujó una puerta de cristales e ingresó a un espacio de iluminación incierta, lilácea. Ahí, entrevió al viejo cómico en la penumbra, sentado en un sillón de cuatro plazas, con la cabeza inmóvil y la mirada puesta en algún punto de la alfombra. Cuando la ubicó entre las sombras la invitó a sentarse a su lado, palmeando un sitio vacío junto a sus piernas. Ella accedió y se hundió junto al peso masculino.

Él habló entonces con una voz densa y eses sibilantes. Contó cómo había adquirido esa casa al ser nombrado conductor de un programa de televisión con horario nocturno, los viernes, cuando ella era una niña. Con frases a veces incompletas habló de la fortuna, que le había sonreído un tiempo dándole recursos. Narró la adquisición de la casa y, más tarde, de un terreno adicional, un trozo de bosque que le daría la posibilidad de vivir en el campo sin abandonar la ciudad. No sabía por entonces del destino de esa misma ciudad ni de los necios giros de la suerte. También habló de la fiesta: criticó la decoración, se quejó de la música, de las huellas que quedarían en su jardín, del atuendo de las chicas disfrazadas.

—Se verían mejor embalsamadas —declaró—. Más tarde las tendré aquí, tumbadas, borrachas. Ahí y ahí y allá —dijo señalándole a Ana los desniveles que, en lugar de paredes, separaban las áreas de estar. Figuras de cerámica vidriada habían sido colocadas con cuidado en la orilla de cada desnivel para marcar una separación adicional, tal vez por precaución. Eran venados del tamaño de un niño de siete años, blancos en su totalidad, echados en distintas posturas, algunos con una amplia cornamenta. Iluminados por focos lilas en el suelo, parecían seres de otro mundo.

El cómico dijo, haciendo un gesto de desprecio, que en su época la gente sabía disfrutar mejor del tiempo y la juventud, como si la fiesta que se desarrollaba a unos metros de ese sillón fuera una convivencia infantil. Luego guardó silencio y aspiró profundamente; puso la palma de su mano bien abierta sobre el muslo de Ana y presionó con fuerza. Dirigiéndole una sonrisa más bien triste, se levantó e hizo una profunda reverencia para dejarla sola, rodeada de animales vidriados.

Unos minutos después, Ramiro llegó hasta ella saltando con energía los escalones en desnivel que separaban la zona de estar de la cocina. Le dijo: “¡Ven!”. La tomó de la mano y tiró de su brazo, obligándola a pararse.

—Conociste al tío. No sé si disculparme… —hablaba protegido por el alto cuello de la capa negra que lo envolvía, de terciopelo, forrada de satén rojo. Llevaba el pelo —rizado, oscuro y espeso— muy relamido, además de una dentadura postiza con colmillos alargados y brillantes. Le dijo que la rescataba porque había hombres que querían conocerla y le guiñó un ojo.

Ana lo siguió por un pasillo, pero se detuvo y anunció que debía ir al baño. Con las manos recién lavadas y más frías que antes, salió sin ganas de volver al jardín. Mientras caminaba insegura, sintió en su hombro el peso de una mano masculina jalándola hacia atrás, posándose en su cuerpo como si lo hubiera tocado antes. Se giró para encontrarse con un hombre alto, ni delgado ni robusto, de cabeza grande, pelo abundante y quebrado, separado en mechones de­sordenados. La luz que entraba desde la calle era suficiente para verle el rostro: la piel azulada por el reflejo de las farolas filtradas por una cortina traslúcida y por los escasos destellos lila que llegaban de la sala.

—No te vayas —le dijo con voz ronca, mirándola a los ojos.

Ella permaneció inmóvil, con la pesada mano en el hombro. Una intuición vaga la recorrió, como un escalofrío. Él le sonrió con una sonrisa agradable, que le marcó hoyuelos en unas mejillas que se veían rasposas.

—Ven, vamos a sentarnos —le dijo con un tono a la vez directo y paternal.

Luego:

—Te llamas Ana. Ana, Ana, Ana —repitió como un mantra—. Pregunté. Me dijeron. Llevo un rato observándote.

Ella también lo había visto hacía muy poco, sentado en el jardín junto a una mujer de falda cortísima y una blusa de transparencias bajo la que se bamboleaban unos pechos libres y más bien pequeños. Platicaban con las caras muy cercanas y él ponía su brazo sobre los hombros de ella, atrayéndola.

—Tengo frío —dijo Ana cuando él repitió el gesto y apretó su cuerpo con un brazo.

—Acá se te quita, verás.

Ella soltó una risa seca. Sabía ser una presa dispuesta.

—¿Conocías esta casa? —preguntó él.

—No —Ana fue parca en su respuesta y tono, no estaba segura de querer otra cosa que dormir, taparse, irse a su cama.

—Es una locura. Todo es una locura. He venido antes para unos trabajos. Todo es rarísimo. Y mira —con un dedo señaló las cornamentas como cristales azucarados—: ¿has visto eso? No puedo quitarles los ojos de encima.

—Sí —dijo ella—, es difícil.

Él sonrió de nuevo, con ent

Recibe antes que nadie historias como ésta