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CUANDO NANJING SUSPIRA

Cristina Zabalaga  

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Fragmento

DÍA 0

Estás sentada en la cabina del avión rumbo a Nanjing.

Tu marido va en el maletero, tú en primera clase. Él tiene poco espacio. Tú ocupas tu asiento y el asiento junto al tuyo. Te rodeas de más espacio del que necesitas. Por costumbre. Y también porque así te sientes protegida, rodeada de tus cosas, y sus cosas. Algunas todavía conservan su olor. A tabaco y menta. Y tú no quieres que su olor se vaya. Te reconforta sentirlo en las mangas de sus camisas sucias. En sus pañuelos. En la manilla de su reloj. En su almohada.

Llevas en tu cartera una cajetilla de Marlboro Light mentolados, los cigarrillos que Xao Xing fumaba, y una lata de mentitas sin abrir, por si acaso.

Nanjing, Lanjing, Nankín.

Éste es tu segundo viaje a China.

La primera vez volaste a Shanghái y te quedaste una semana. Esto fue muchos años antes de conocer a Xao Xing.

Todavía te hace sonreír el título del reportaje que escribiste. Una guía práctica de las peluquerías en Shanghái. Las visitaste todas. Sacaste fotos de los estantes de plástico atestados de frascos de esmalte. En primer plano, una mano pintada de verde claro, brillante, como las ranas de Limón. En segundo plano, las estilistas sonrientes. Algunas extensiones rubias, otras fucsia explosivo. Muchos ruleros saliendo de los cajones semiabiertos junto con peines y cepillos de plástico, con restos de pelos sueltos, la mayoría. Un par de pies con algodones entre los dedos y las uñas pintadas de rojo sangre. Frascos de laca, gel y shampoo a medio usar.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Un par de adolescentes con toallas en la cabeza paradas ante un semáforo.

Mujeres fumando sonríen con un termo de té en las manos, mientras esperan que el esmalte se seque para ponerse los tacones.

Amigas de toda la vida que se encuentran en la peluquería al menos una vez por semana.

A pesar de sentirte constantemente cansada porque apenas pudiste dormir por la diferencia de horas con Limón, Shanghái te encantó. Te prometiste volver y escribir otra guía.

Los amaneceres de Shanghái por las ventanas de los rascacielos.

Pides un vaso de agua para los dos comprimidos que tomarás después de la cena. Uno para dormir y otro para la ansiedad.

Tu marido duerme plácidamente sin necesidad de pastillas. Éste es tu último recuerdo de él. Xao Xing duerme. Como si nada hubiese pasado. Como si fuese a despertar en cualquier momento.

No entiendes cómo se las arreglaron los de la funeraria con el maquillaje. Preferiste no preguntarles. La verdad es que quedó muy bien, dijeron. Tú asentiste sin decir nada.

Todavía no has botado su cepillo de dientes; tampoco su máquina de afeitar o su desodorante.

Xao Xing está en todas partes, en tus planes, en tus sueños, en tus oraciones. Piensas en plural. Nosotros. Estamos. Queremos.

Sigues usando el anillo de casada. Como si nunca hubiese existido el camión que lo atropelló mientras tú lo despedías desde la ventana de Jude, el jeep destartalado que adoras y que manejas desde los quince años.

Repasas la llamada que hiciste a Nanjing. Todavía piensas en tus palabras con la vecina de la mamá de Xao Xing.

Xao Xing is dead. Xao Xing is dead. Xao Xing is dead.

Tuviste que repetirlo tres veces, antes de que la vecina de tu suegra respondiera, s ...