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CUCARACHAS (HARRY HOLE 2)

Jo Nesbo

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Fragmento

1

El semáforo se puso en verde y el rumor de los coches, las motos y los taxis tuk-tuk fue creciendo hasta tal punto que Dim pudo observar cómo temblaban los cristales de los grandes almacenes Robertson. Volvieron a ponerse en movimiento, y el largo vestido rojo de seda que había en el escaparate desapareció tras ellos en la oscuridad de la noche.

Dim cogió un taxi. No un autobús repleto de gente ni un tuk-tuk oxidado, sino un taxi con aire acondicionado y un conductor que permanecía callado. Apoyó la nuca contra el reposacabezas e intentó disfrutar del trayecto. No hubo problemas. Una moto les esquivó y la chica montada en la parte de atrás se agarró a una camiseta roja con casco de visera y les dirigió una mirada vacía. Agárrate bien, pensó Dim.

En Rama IV el conductor se colocó detrás de un camión que vomitaba humo de gasoil tan negro y denso que ella no fue capaz de ver la matrícula. Tras atravesar el dispositivo del aire acondicionado, el humo se había enfriado y se había vuelto casi inodoro. Solo casi. Ella sacudió la mano discretamente para dar a entender lo que opinaba al respecto, y el conductor miró el retrovisor y dio un giro para adelantar el camión. Sin problema.

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Su vida siempre había sido así. En la granja donde Dim se crió eran seis hermanas. Según su padre, las seis sobraban. Ella tenía siete años cuando se quedaron despidiéndose y tosiendo en medio del polvo amarillo, mientras el carruaje que transportaba a su hermana mayor se alejaba por el camino que había junto al canal de aguas marrones. La hermana llevaba ropa limpia, un billete de tren a Bangkok y una dirección de Patpong anotada en la parte de atrás de una tarjeta de visita. Lloraba a lágrima viva, por mucho que Dim moviera la mano con tanta fuerza para despedirse que parecía que se le iba a caer al suelo. La madre acarició el pelo de Dim diciendo que no era fácil, pero que tampoco estaba tan mal. Por lo menos, la hermana se libraba de ir de granja en granja como kwai, tal como había hecho su madre antes de casarse. Además, la señorita Wong había prometido que la iba a cuidar bien. Su padre asintió con la cabeza mientras escupía el betel entre unos dientes negros, y añadió que los farang de los bares pagaban muy bien por las chicas nuevas.

Dim no entendía bien lo de kwai, pero no quiso preguntar. Por supuesto, ella sabía que kwai era un buey. Al igual que la mayoría de las granjas de la zona, ellos no se podían permitir tener su propio buey y, por tanto, alquilaban uno cuando se disponían a labrar los cultivos de arroz. No fue hasta más tarde cuando se enteró de que a la niña que acompañaba al buey también la llamaban kwai, ya que sus servicios iban incluidos. Esa era la tradición, y con un poco de suerte daría con un granjero que quisiera quedarse con ella antes de que se hiciera demasiado mayor.

Un buen día, cuando Dim tenía quince años, su padre la llamó por su nombre mientras se aproximaba a ella vadeando por el campo de arroz, con el sol a la espalda y su sombrero en una mano. Ella no le respondió de inmediato. Enderezó la espalda y contempló detenidamente las verdes colinas que rodeaban la pequeña granja, cerró los ojos y escuchó el canto del pájaro trompeta entre las hojas, a la vez que inhaló el aroma de los eucaliptos y los gomeros. Sabía que había llegado su hora.

El primer año vivieron juntas cuatro chicas en un cuarto donde compartían todo: cama, comida y ropa. Esto último era especialmente importante, puesto que sin ropa bonita una no accedía a los mejores clientes. Dim aprendió a bailar, a sonreír y a distinguir entre quienes solo querían pagar copas y quienes querían comprar servicios sexuales. Su padre había acordado con la señorita Wong que mandara el dinero a casa, y por esa razón ella apenas lo vio durante los primeros años. Sin embargo, la señorita Wong estaba contenta y con el tiempo iba dejando más dinero para Dim.

La señorita Wong tenía todos los motivos del mundo para sentirse satisfecha. Dim trabajaba duro y los clientes gastaban dinero en copas. La señorita Wong podía darse por satisfecha por el hecho de que todavía siguiera allí, puesto que había estado a punto de perderla en un par de ocasiones. Un japonés quiso casarse con Dim, pero desistió cuando ella le pidió dinero para el billete de avión. Un americano la llevó con él a Phuket, pospuso su viaje de regreso y le compró un anillo de diamantes. Ella lo empeñó al día siguiente de su partida.

Algunos pagaban muy mal y la mandaban al carajo si se quejaba; otros se chivaban a la señorita Wong si ella no accedía a todos sus deseos. No entendían que, al pagar para liberarla de la barra, la señorita Wong se quedaba con lo suyo y Dim se convertía en su propia dueña. Su propia dueña. Ella pensaba en aquel vestido rojo del escaparate. Su madre tenía razón: no era fácil, pero tampoco estaba tan mal.

Y ella había conseguido mantener su sonrisa inocente y su risa jovial. A ellos les gustaban esas cosas. Quizá por eso obtuvo la oferta del trabajo que Wang Lee anunció en Thai Rath bajo el encabezamiento A. R. H., o «Agente de Relaciones con el Huésped». Wang Lee era un chino pequeño y casi negro encargado de un motel bastante alejado en Sukhumvit Road, cuyos clientes eran en su mayoría extranjeros con deseos peculiares, aunque no lo demasiado peculiares para que ella no pudiera hacer nada al respecto. A decir verdad, a ella le agradaban mucho más esas tareas que bailar en la barra durante horas y horas. Además, Wang Lee pagaba bien. El único inconveniente era que tardaba mucho en llegar desde su piso de Banglamphu.

¡El maldito tráfico! Otra vez se había detenido, y Dim le dijo al conductor que quería bajarse, aunque ello significase que tendría que cruzar seis carriles para llegar al motel situado al otro lado de la carretera. El aire la envolvió como una toalla caliente y húmeda cuando se bajó del taxi. Buscó algún resquicio mientras se tapaba la boca con la mano, aunque era consciente de que de nada serviría, ya que en Bangkok no existía otro aire que respirar, pero al menos se libraba del olor.

Se deslizó entre los coches. Tuvo que apartarse al paso de una camioneta con la plataforma de carga llena de chicos silbando, y a punto estuvo de que un Toyota desbocado se le echara encima. Al final logró cruzar.

Wang Lee alzó la mirada cuando Dim entró en la vacía recepción.

—¿Una noche tranquila? —preguntó ella.

Él asintió vehementemente con la cabeza. Durante el último año había habido unas cuantas noches así.

—¿Has comido?

—Sí —mintió ella.

Él tenía buena intención, pero a ella no le apetecían los tallarines aguachinados que preparaba en el cuarto trasero.

—Habrá que esperar un rato —dijo—. El farang quería dormir primero. Llamará cuando esté listo.

Ella resopló.

—Lee, usted sabe bien que tengo que volver a la barra antes de medianoche.

Él miró el reloj.

—Dale una hora.

Ella se encogió de hombros y se sentó. Un año atrás él seguramente la habría echado de allí por hablar de aquella manera, pero ahora necesitaba con urgencia cualquier tipo de ingreso. Por supuesto que se podría largar, pero entonces habría desperdiciado aquel largo viaje. Además le debía alguna que otra a Lee. No era el peor chulo para el que había trabajado.

Tras apagar el tercer cigarrillo, se enjuagó la boca con el amargo té chino de Lee y se levantó para comprobar por última vez el maquillaje ante el espejo que había sobre el mostrador.

—Voy a despertarle —dijo ella.

—Hummm… ¿Tienes los patines?

Ella levantó el bolso.

Sus tacones crujían sobre la gravilla del desértico corredor abierto que había entre las habitaciones inferiores del motel. La habitación 120 se encontraba en la parte más interior. No vio ningún coche fuera, pero en la ventana había luz. Tal vez se había despertado ya. Una leve brisa levantó su corta falda, pero no le refrescó lo más mínimo. Ella añoraba el monzón tras la lluvia. De la misma manera que, tras unas semanas de inundaciones, calles llenas de barro y ropa enmohecida, echaba de menos los meses secos y sin viento.

Llamó a la puerta con suavidad, adoptó una sonrisa ingenua y su boca tenía ya preparada la pregunta «¿Cómo te llamas?». Nadie contestó. Volvió a llamar y miró la hora. Seguramente podría regatear a fin de sacar aquel vestido rojo por unos cientos de baht menos, aunque fuera en Robertson. Giró el pomo de la puerta y descubrió sorprendida que la puerta estaba abierta.

Estaba tumbado bocabajo en la cama, y su primera impresión fue que estaba dormido. A continuación vio el destello de vidrio azul del puñal que sobresalía de la americana de color amarillo fosforescente. Era difícil determinar cuál fue el primer pensamiento que le vino de todos los que pasaban por su cabeza, pero uno de ellos fue que el viaje a Banglamphu había sido definitivamente en vano. Al final consiguió recuperar el control de sus cuerdas vocales. Sin embargo, su grito fue ahogado por el estrepitoso claxon de un camión que esquivaba a un tuk-tuk despistado en la Sukhumvit Road.

2

«Nationaltheatret», anunció por el altavoz una voz nasal y somnolienta antes de que se abrieran con estruendo las puertas del tranvía y Dagfinn Torhus saliera a aquella mañana de invierno húmeda, fría y apenas luminosa. El aire aguijoneó sus mejillas recién afeitadas y en el resplandor de la modesta iluminación de neón de Oslo vio cómo el vaho salía de su boca.

Era la primera semana de enero y él sabía que todo mejoraría según avanzara el invierno, el fiordo se cubriera de hielo y el aire se tornara más seco. Empezó a subir por Drammensveien en dirección al Ministerio de Asuntos Exteriores. Un par de taxis solitarios pasaron cerca de él. Por lo demás, las calles estaban prácticamente vacías. El reloj de la compañía de seguros Gjensidige, que iluminaba de rojo el oscuro cielo invernal por encima del edificio que tenía enfrente, tan solo marcaba las seis.

En el exterior de la puerta sacó su tarjeta de acceso. Encima de la foto de un Dagfinn Torhus diez años más joven que miraba fijamente a la cámara con mentón prominente y mirada decidida tras unas gafas de montura de acero, se leía PUESTO: JEFE DE NEGOCIADO. Pasó la tarjeta por el lector, marcó el código y empujó la pesada puerta de cristal de Victoria Terrasse.

No todas las puertas se le habían abierto con la misma facilidad desde que llegara aquí con veinticinco años, hacía ya casi tres décadas. En la Escuela Diplomática, como se conocía el curso para aspirantes al MAE, se integró no sin cierta dificultad debido a su marcado acento de los valles del este y a sus «modales rurales», como había señalado uno de los chicos de su promoción oriundo de Bærum. Los demás aspirantes eran licenciados en ciencias políticas, economistas y juristas cuyos padres eran académicos, políticos o pertenecían a la aristocracia del Ministerio de Asuntos Exteriores al que pretendían acceder. Él era hijo de un granjero graduado en la Escuela de Agronomía de Ås. No es que le preocupara mucho, pero sabía que tener los amigos adecuados sería importante para el desarrollo de su carrera. Al mismo tiempo que Dagfinn Torhus trataba de aprender los códigos sociales, compensaba su desventaja trabajando todavía más duro. Fueran cuales fuesen las desigualdades, todos compartían el hecho de tener apenas una vaga idea de adónde querían llegar en la vida. Tan solo sabían hacia dónde se dirigían: hacia arriba.

Torhus suspiró y saludó con la cabeza al vigilante de Securitas, que le pasó los periódicos y un sobre por debajo de la ventana de cristal.

—¿Alguien más…?

El vigilante negó con la cabeza.

—El primero como de costumbre, señor Torhus. El sobre proviene del Departamento de Comunicación, lo entregaron anoche.

Torhus miraba los números de las plantas que se encendían y apagaban mientras el ascensor subía por el edificio. Pensaba que cada planta simbolizaba un período determinado de su carrera, y por tanto cada mañana se dedicaba a repasarlo.

La primera planta representaba los primeros dos años en la Escuela Diplomática, las largas discusiones sin compromiso sobre política e historia y las clases de francés con las que tanto sufrió.

La segunda planta representaba la oficina de gestión de destinos. Le enviaron a Canberra los dos primeros años, y luego a Ciudad de México durante otros tres. Ciudades bonitas por lo general. En realidad, no tenía razón para quejarse. Es cierto que había elegido Londres y Nueva York como primeras opciones, pero esos eran lugares de mucho prestigio que otros también habían solicitado y decidió que no tenía por qué tomárselo como una derrota.

En la tercera planta regresaba a Noruega, sin los generosos suplementos que se recibían durante las estancias en el extranjero y sin los subsidios para vivienda que le habían permitido disfrutar de la vida en una especie de modesta abundancia. Conoció a Berit, esta se quedó embarazada, y cuando le tocó solicitar un nuevo destino en el extranjero esperaban ya su segundo hijo. Berit procedía de la misma región que él y hablaba con su madre por teléfono todos los días. Él había decidido esperar un poco y trabajar a destajo redactando análisis kilométricos sobre el comercio bilateral con los países en vías de desarrollo, elaborando discursos para el ministro de Asuntos Exteriores y cosechando cierto reconocimiento en las plantas superiores. No hay otro lugar en el aparato estatal en que la competencia sea tan feroz como en el servicio exterior, donde la jerarquía es harto evidente. Todos los días, Dagfinn Torhus acudía al despacho como un soldado al frente, con la cabeza agachada, la retaguardia al descubierto y preparado para disparar en cuanto tuviera a alguien a tiro. Le dieron un par de palmaditas en la espalda: sabía que se había «hecho notar» e intentó explicarle a Berit que probablemente le asignarían París o Londres. Sin embargo, por primera vez en un matrimonio carente hasta el momento de dramatismo, ella se opuso rotundamente. Él cedió.

Entonces le tocó la cuarta planta y más análisis, una secretaria y un sueldo algo más elevado, antes de pasar fugazmente por la unidad de personal de la segunda planta.

Trabajar en la unidad de personal era algo especial en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Normalmente indicaba que uno tenía vía libre para ascender. No obstante, ocurrió algo. En colaboración con la oficina de gestión de destinos, la unidad de personal proponía a los candidatos que enviarían a las diferentes misiones en el extranjero, una tarea que se inmiscuía directamente en las carreras ajenas. Seguramente colocasen su nombre en una ordenanza equivocada, o tal vez él mostrase su desaprobación respecto a alguien que, a pesar de todo, salió adelante y actualmente se encontraba en algún lugar tirando de las invisibles cuerdas que controlaban la vida de Dagfinn Torhus y otros trabajadores del ministerio.

Así pues, su ascendente carrera se detuvo imperceptiblemente y, de repente, una mañana se encontró en el espejo del baño con un trasnochado jefe de negociado, un burócrata de moderada influencia que jamás sería capaz de dar el salto a la quinta planta, dado que apenas le quedaba una década para la edad de jubilación. A menos que realizara una hazaña espectacular, claro. Pero el gran inconveniente de esa clase de hazañas era que normalmente conllevaban el ascenso o el despido.

Sin embargo, él seguía como antes, intentando estar por delante de los demás. Era el primero en llegar a la oficina todos los días para poder leer los periódicos y los telefaxes tranquilamente, a fin de tener ya las conclusiones preparadas cuando los demás seguían frotándose los ojos de sueño en las reuniones matutinas. Era como si tuviera la ambición metida en la sangre.

Abrió con llave la puerta del despacho y vaciló un instante antes de encender la luz. También había una anécdota al respecto: la historia de la linterna de cabeza. Por desgracia, tal anécdota se había filtrado y acabó siendo un clásico en el ministerio. Hacía varios años, el entonces embajador de Estados Unidos pasó una temporada en Oslo y, una mañana muy temprano, llamó a Torhus para preguntarle su opinión sobre las afirmaciones que Carter había hecho la noche anterior. Torhus acababa de entrar en su despacho, no había leído los periódicos ni los faxes y no supo qué responder. Por supuesto, aquello le arruinó el día. Y la cosa empeoraría aún más. A la mañana siguiente, el embajador le llamó justo en el momento en que se disponía a leer el periódico para preguntarle cómo afectarían los sucesos de esa misma noche a la situación en Oriente Próximo. Y a la mañana siguiente llamó por otro asunto. Torhus tartamudeó unas respuestas insustanciales, plagadas de reservas y faltas de información.

Empezó a acudir al trabajo más temprano aún. Sin embargo, el embajador parecía tener un sexto sentido, ya que cada mañana el teléfono sonaba justo en el momento en que Torhus se sentaba en la silla de su despacho.

No entendió la relación hasta que casualmente supo que el embajador se alojaba en el pequeño hotel Anker, justo enfrente del ministerio. El embajador, cuyo gusto por madrugar todo el mundo conocía, había descubierto que en el despacho de Torhus se encendía la luz antes que en los demás y quería tomarle el pelo a aquel meticuloso funcionario público. Torhus adquirió una linterna de cabeza y a la mañana siguiente, antes de encender la luz, leyó todos los periódicos y telefaxes. Y siguió haciendo lo mismo durante tres semanas, hasta que el embajador finalmente lo dejó en paz.

Pero, justo en ese momento, a Dagfinn Torhus le importaba un bledo aquel embajador gracioso. Abrió el sobre del departamento de comunicación, y la copia descifrada del criptofax con el sello de ALTO SECRETO contenía un mensaje que le hizo derramar café sobre el informe geográfico que tenía extendido por el escritorio. El breve texto dejaba mucho a la imaginación. Sin embargo, en esencia venía a decir lo siguiente: El embajador de Noruega en Tailandia, Atle Molnes, hallado con un cuchillo en la espalda en un puticlub de Bangkok.

Torhus volvió a leer el mensaje antes de dejarlo.

Atle Molnes, ex político del Partido Democristiano y ex presidente del comité de finanzas, también se había convertido en aquel momento en ex todo. Aquello resultaba tan increíble que no pudo evitar echar un vistazo al hotel Anker para ver si algo se movía detrás de las cortinas. El remitente era, lógicamente, la embajada noruega en Bangkok. Torhus juró en arameo. ¿Por qué tenía que pasar esto justo ahora, justo en Bangkok? ¿Debería informar a Askildsen en primer lugar? No, él ya lo sabría a su debido tiempo. Torhus echó una mirada al reloj y levantó el teléfono para llamar al ministro de Asuntos Exteriores.

Bjarne Møller llamó prudentemente a la puerta antes de abrirla. Las voces en la sala de conferencias enmudecieron y todos los rostros se giraron hacia él.

—Les presento a Bjarne Møller, jefe del departamento de homicidios —dijo la comisaria mientras indicaba que podía tomar asiento.

—Møller, le presento al secretario de Estado, Bjørn Askildsen, del gabinete del primer ministro, y al jefe de negociado del Ministerio de Asuntos Exteriores, Dagfinn Torhus.

Møller asintió con la cabeza, sacó una silla e intentó encajar sus piernas increíblemente largas bajo la gran mesa ovalada de roble. Le parecía haber visto el rostro joven y terso de Askildsen en la tele. ¿Gabinete del primer ministro? Debía de tratarse de complicaciones de suma importancia.

—Le agradecemos que haya podido acudir con tanta brevedad —afirmó el secretario de Estado con erres uvulares mientras tamborileaba con sus impacientes dedos sobre la superficie de la mesa—. Hanne, haga un breve resumen de lo que hemos hablado.

Veinte minutos antes, Møller había recibido una llamada de la comisaria en la que, sin más explicaciones, le daba quince minutos para presentarse en el Ministerio de Asuntos Exteriores.

—Han encontrado a Atle Molnes muerto en Bangkok, presuntamente asesinado —comenzó la comisaria.

Møller observó que el jefe de negociado ponía los ojos en blanco tras sus gafas de montura de acero y, al oír el resto de la historia, entendió su reacción. Seguramente uno tenía que ser policía para afirmar que un hombre encontrado con un cuchillo introducido por el lado izquierdo de la columna vertebral, que había perforado el pulmón izquierdo y el corazón, había sido «presuntamente» asesinado.

—Fue encontrado en la habitación de un hotel por una mujer…

—En un burdel —interrumpió el hombre de las gafas de acero—. Por una puta.

—He tenido una conversación con mi compañero en Bangkok —dijo la comisaria—. Un hombre sensato. Ha prometido mantener el caso en secreto durante un tiempo.

La primera ocurrencia de Møller fue preguntar por qué iban a esperar antes de hacer público el asesinato, puesto que en muchas ocasiones una cobertura mediática inmediata ayudaba a recabar información mientras la gente todavía conservaba los recuerdos y las huellas estaban aún frescas. Sin embargo, intuía que aquella pregunta sería tomada por ingenua. Preguntó, en cambio, cuánto tiempo creían que sería posible mantener en secreto una cosa así.

—Esperamos que el tiempo necesario para que podamos elaborar una versión digerible —dijo Askildsen—. La actual no nos sirve.

¿La actual? Møller sintió la necesidad de sonreír. La versión verdadera había sido evaluada y desechada. Como reciente JDP —jefe del departamento de policía—, Møller había sido dispensado de tratar demasiado con políticos, pero sabía que cuanto más ascendiera, más dificultades tendría para mantenerlos alejados.

—Entiendo que la versión actual es incómoda, pero ¿a qué se refiere usted con que no sirve?

La comisaria miró a Møller a modo de advertencia. El secretario de Estado sonrió débilmente.

—Tenemos poco tiempo, Møller, pero déjeme de todos modos darle un curso acelerado sobre política práctica. Por supuesto, todo lo que le diga es estrictamente confidencial.

Se arregló el nudo de la corbata de modo automático. Era un movimiento que Møller recordaba haber visto en las entrevistas televisivas.

—Veamos. Por primera vez en la historia de la posguerra tenemos un gobierno de centro con ciertas posibilidades de supervivencia. No porque exista un fundamento parlamentario para ello, sino porque resulta que el primer ministro se está convirtiendo en uno de los políticos menos impopulares de este país.

La comisaria y el jefe de negociado sonrieron.

—No obstante, su popularidad descansa sobre el frágil cimiento que constituye el capital de cualquier político: la confianza. Lo más importante no es ser simpático ni carismático, lo más importante es inspirar confianza. ¿Usted sabe por qué Gro Harlem Brundtland gozó de tanta popularidad, Møller?

Møller no tenía la menor idea.

—No porque fuera un encanto, sino porque el pueblo confiaba en que ella era quien afirmaba ser. Confianza, esa es la palabra clave.

Todos los que estaban sentados alrededor de la mesa asintieron con la cabeza. Evidentemente aquello formaba parte del plan de estudios.

—Atle Molnes y el primer ministro estaban muy unidos, tanto por una íntima amistad como por sus trayectorias políticas. Estudiaron juntos, ascendieron juntos en el partido, lucharon durante la modernización de la organización juvenil del partido e incluso compartieron piso cuando ambos, a una edad muy temprana, obtuvieron sus escaños en el Parlamento. Molnes fue quien se apartó voluntariamente cuando ambos llegaron a convertirse en los delfines del partido. En cambio, concedió su pleno apoyo al primer ministro, con lo cual se evitó una traumática lucha interna entre aspirantes. Todo ello implica que el primer ministro estaba en deuda con Molnes.

Askildsen se humedeció los labios y miró por la ventana.

—Por así decirlo, Molnes no asistió a la Escuela Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores y es poco probable que hubiera llegado a Bangkok sin que el primer ministro moviera los hilos. Puede que suene a amiguismo, pero se trata de una forma de amiguismo aceptada, introducida y extendida durante el gobierno del Partido Laborista. Reiulf Steen tampoco había hecho carrera en el ministerio cuando le asignaron el puesto de embajador en Chile.

Su mirada regresó a Møller, con una chispa alegre asomando en algún lugar de su interior.

—Supongo que no es necesario subrayar el hecho de que la confianza en el primer ministro podría quedar perjudicada si se descubre que un amigo y compañero de partido, a quien él mismo había asignado una misión en el extranjero, ha sido encontrado in fraganti en un burdel… y encima asesinado.

Haciendo un gesto con la mano, el secretario de Estado pasó de nuevo la palabra a la comisaria. Sin embargo, Møller no pudo contenerse:

—¿Quién no tiene un amigo que haya frecuentado algún que otro puticlub?

La sonrisa de Askildsen se heló levemente y el jefe de negociado carraspeó bajo sus gafas de acero:

—Usted ya tiene toda la información necesaria, Møller. Déjenos a nosotros hacer los juicios oportunos, por favor. Necesitamos a alguien que se encargue de que la investigación de este caso no… tome un giro indeseado. Evidentemente, todos queremos que se detenga al asesino, o asesinos, pero las circunstancias que rodean al homicidio deben mantenerse ocultas hasta nuevo aviso. Por el bien del país. ¿Lo entiende?

Møller bajó la vista a sus manos. Por el bien del país. Cierra el pico. En su familia nunca habían sentado bien las amonestaciones. Su padre no llegó a ser más que un mero agente.

—La experiencia nos muestra que la verdad a menudo es difícil de ocultar, señor jefe de negociado.

—Es cierto. Yo me encargaré de esa operación por parte del Ministerio de Asuntos Exteriores. Como usted comprenderá, es un asunto muy delicado en el que se requiere la cooperación de la policía tailandesa. Dado que la embajada está involucrada, tenemos cierto margen de maniobra: la inmunidad diplomática y esas cosas, pero caminamos en la cuerda floja. Por tanto, deseamos enviar a alguien con amplios conocimientos en materia de investigación y con experiencia en trabajo policial internacional de eficacia demostrada.

Se detuvo y miró a Møller, quien se preguntaba por qué sentía una aversión instintiva hacia aquel burócrata de mentón agresivo.

—Podríamos formar un equipo con…

—Nada de equipos, Møller. Cuanto menos ruido, mejor. Además, su comisaria ya nos ha explicado que presentarse con todo un pelotón no facilitaría la cooperación con la policía local. Solo un hombre.

—¿Un hombre?

—La comisaria ya nos ha sugerido un nombre y nos parece una propuesta válida. Se trata de alguien que está bajo su mando y le hemos llamado para conocer su opinión al respecto. Según la conversación que ha mantenido la comisaria con su homólogo de Sidney, llevó a cabo una notable misión allí el año pasado en relación con el asesinato de Inger Holter.

—El invierno pasado leí algo sobre aquel asunto en los periódicos —dijo Askildsen—. Impresionante. Sin duda será nuestro hombre, ¿no?

Bjarne Møller tragó saliva. Al parecer, la comisaria había propuesto enviar a Harry Hole a Bangkok. La comisaria le había convocado para asegurarles que Harry Hole era el mejor profesional que el cuerpo policial podría ofrecer, el hombre perfecto para aquella misión.

Echó un vistazo alrededor de la mesa. Política, poder e influencias. Era un juego del que no tenía el más mínimo conocimiento. Sin embargo, comprendió que de una forma u otra aquello podría trabajar a su favor. Se percató de que lo que dijera e hiciera en ese momento podría tener repercusiones para su futura carrera. La comisaria había dado la cara al proponer un nombre. Seguramente alguno de aquellos hombres había solicitado que las cualificaciones de Hole fueran confirmadas por su superior más inmediato. Miró a la comisaria e intentó interpretar su mirada. Por supuesto, cabía la posibilidad de que todo fuera estupendamente con Hole. Si él desaconsejaba que le enviaran a él, ¿no colocaría a la comisaria en mal lugar? Le pedirían que sugiriera otro nombre, y en el caso de que la persona en cuestión fallase, ¿no sería su cabeza la única que rodaría?

Møller alzó la vista hacia un cuadro que colgaba por encima de la comisaria, desde el que Trygve Lie, secretario general de la ONU, le miraba de modo imperativo. Otro político más. A través de las ventanas podía ver los tejados de los edificios de la ciudad bajo la monótona luz invernal, la fortaleza de Akershus y una veleta oscilando a causa de las heladas ráfagas de viento en lo alto del hotel Continental.

Bjarne Møller sabía que era un policía muy competente. Sin embargo, esto era diferente. No conocía las reglas de este juego. ¿Qué consejo le daría su padre? Bueno, el agente Møller jamás había tenido que lidiar con cuestiones políticas. Sin embargo, sabía lo que hacía falta para ser tomado en consideración, y prohibió terminantemente a su hijo que se matriculara en la Academia de Policía antes de acabar el primer tramo de los estudios de derecho. Hizo tal como le dijo su padre, y tras la ceremonia de graduación el orgulloso hombre no paró de carraspear mientras daba palmaditas en la espalda de su hijo hasta que este tuvo que pedirle que parara.

—Es una buena elección —se oyó decir Bjarne Møller en voz alta y clara.

—Bien —dijo Torhus—. La razón por la que necesitábamos su opinión con tanta urgencia es que todo este asunto corre mucha prisa. Hole debe dejar cualquier otro caso en el que esté trabajando. Se marcha mañana.

En fin, puede que lo que necesite Hole en este momento sea exactamente una misión como esta, pensó Møller, esperando que así fuera.

—Lamentamos tener que privarle de un hombre tan importante para usted —dijo Askildsen.

El JDP Bjarne Møller tuvo que esforzarse para no echarse a reír.

3

Le encontraron en el restaurante Schrøder de la calle Waldemar Thrane, un antiguo y venerable abrevadero situado en la confluencia de las zonas este y oeste de Oslo. Aunque, para ser sincero, el lugar era más antiguo que venerable. Su carácter venerable residía principalmente en el hecho de que la autoridad municipal había tenido a bien preservar aquel inmueble marrón con olor a tabaco. Sin embargo, la preservación no comprendía a la clientela, una atormentada especie en peligro de extinción formada por viejos bebedores, eternos estudiantes que procedían de las zonas rurales y seductores trasnochados cuya fecha de caducidad había expirado hacía tiempo.

Los dos agentes vieron a aquella figura alta sentada bajo un cuadro de la antigua iglesia de Aker cuando la corriente de aire procedente de la puerta abrió un claro temporal en la nube de humo. Su cabello rubio era tan corto que tenía los pelos en punta y la barba de tres días que asomaba en su rostro enjuto y marcado mostraba algunas canas, aunque era poco probable que hubiera sobrepasado los treinta y tantos años. Estaba sentado solo, con la espalda recta y un abrigo tipo cabán, como si estuviera dispuesto a marcharse en cualquier momento. Como si la cerveza que tenía delante no fuera algo de lo que disfrutaba, sino un trabajo que había que hacer.

—Dijeron que le encontraríamos aquí —dijo el mayor de los dos policías sentándose en la silla situada frente a él—. Soy el agente Waaler.

—¿Ve al tipo de la mesa del rincón? —dijo Hole sin levantar la mirada.

Waaler se giró y vio a un anciano esquelético mirando el interior de una copa de vino tinto mientras se balanceaba de un lado a otro. Parecía tener frío.

—Le llaman el último mohicano.

Hole levantó la cabeza y sonrió ampliamente. Sus ojos eran como canicas de color blanco azulado tras una red de hilos rojos. Fijó la mirada en la parte inferior del pecho de la camisa de Waaler.

—Un marine de guerra —dijo con esmerada pronunciación—. Al parecer, hace unos años había muchos de ellos por aquí, pero ahora apenas quedan unos pocos. Ese fue torpedeado dos veces durante la guerra. Se cree inmortal. La semana pasada, después de la hora del cierre, me lo encontré durmiendo sobre un montón de nieve en la Glückstadgata. No había ni un alma en la calle, la oscuridad era absoluta y hacía dieciocho grados bajo cero. Cuando logré que volviese a la vida a base de zarandearle, simplemente me miró y me dijo que me fuera al carajo.

Rió a carcajadas.

—Escuche, Hole…

—Ayer me acerqué a su mesa para preguntarle si recordaba lo que había sucedido. Bueno, después de todo salvé a ese tipo de morir de frío. ¿Saben lo que me contestó?

—Møller le está buscando, Hole.

—Dijo que era inmortal. «Puedo vivir siendo un indeseable marine de guerra en este puto país», dijo. «Pero me toca los cojones que ni siquiera san Pedro quiera saber nada de mí.» ¿Lo han oído? Ni siquiera san Pedro…

—Tenemos orden de acompañarle a la comisaria.

Colocaron otra cerveza en la mesa con un golpe.

—Dígame ya cuánto le debo, Vera —dijo.

—Doscientas ochenta —contestó ella sin tener que mirar la nota.

—Dios mío —murmuró el agente más joven.

—Está bien así, Vera.

—Caramba. Gracias —dijo ella antes de desaparecer.

—El mejor servicio de la ciudad —explicó Harry—. En ocasiones hasta te ven sin que tengas que agitar ambos brazos.

Las orejas de Waaler parecieron estirarse hacia atrás hasta el punto de tensar la piel contra la frente, donde asomó una vena semejante a una serpiente azulada y nudosa.

—No tenemos tiempo para quedarnos a escuchar sus historietas de borracho, Hole. Le sugiero que deje la última cer…

Hole ya se había llevado el vaso con cuidado a los labios y estaba bebiendo.

Waaler se inclinó sobre la mesa intentando no alzar la voz:

—Ya le conozco, Hole. Y usted no me gusta. En mi opinión deberían haberle echado del cuerpo hace mucho tiempo. Los tipos como usted son los que hacen que la gente pierda el respeto a la policía. Pero esa no es la razón por la que estamos aquí ahora. Hemos venido a buscarle. El JDP es un buen hombre. Tal vez le dé otra oportunidad.

Hole eructó y Waaler retrocedió en su silla.

—¿Una oportunidad para qué?

—Para demostrar para qué sirve —dijo el agente más joven con una sonrisa que pretendía parecer juvenil.

—Ahora mismo le demostraré para qué sirvo —dijo sonriendo Hole mientras acercaba la caña de cerveza a la boca y echaba la cabeza hacia atrás.

—¡No joda, Hole!

A Waaler se le enrojeció la nariz mientras presenciaba cómo la nuez de Hole ascendía y descendía por su cuello sin afeitar.

—¿Satisfecho? —preguntó Hole colocando el vaso vacío sobre la mesa.

—Nuestro trabajo…

—Me la suda. —Hole se abrochó la chaqueta—. Si Møller quiere algo me puede llamar o esperar a que vaya al trabajo mañana. Ahora me voy a casa y espero no tener que ver vuestras jetas durante las próximas doce horas. Señores…

Harry levantó su metro noventa de estatura y dio un paso casi imperceptible.

—Gilipollas arrogante —dijo Waaler balanceándose adelante y atrás en la silla—. Jodido perdedor. Si los periodistas aquellos que escribieron sobre usted tras lo de Australia supieran los pocos cojones…

—¿Qué significa tener cojones, Waaler? —Hole seguía sonriendo—. ¿Dar hostias a los presos de dieciséis años porque llevan cresta?

El agente más joven miró a Waaler fugazmente. El año anterior habían corrido rumores en la Academia de Policía sobre unos jóvenes ocupas detenidos por consumo de cerveza en un lugar público, que posteriormente habían sido apaleados en prisión con naranjas envueltas en toallas húmedas.

—Usted nunca ha tenido ningún sentido de la solidaridad, Hole —dijo Waaler—. Solo piensa en sí mismo. Todos saben quién conducía aquel coche en Vinderen y por qué motivo un buen policía se partió el cráneo en dos contra aquel poste. Porque usted es un borracho y conducía bajo los efectos del alcohol, Hole. Debería darse con un canto en los dientes por el hecho de que el cuerpo escondiera los trapos sucios. Si no hubiera sido por consideración a la familia y la reputación del cuerpo…

El agente más joven era novato y todos los días adquiría nuevos conocimientos. Aquella tarde, por ejemplo, aprendió que no era buena idea insultar a otra persona mientras se balanceaba en una silla: uno se queda completamente indefenso si el sujeto ofendido de pronto da un paso al frente para asestar un derechazo entre los ojos del ofensor. Dado que no era extraordinario que la clientela del Schrøder se desplomase, se produjo un silencio tan solo durante un par de segundos antes de que volviera a oírse el runrún de las conversaciones.

Ayudó a Waaler a ponerse en pie mientras observaba cómo los faldones del abrigo de Hole revoloteaban al salir por la puerta.

—Caray, no está mal después de ocho pintas, ¿no? —dijo, aunque cerró la boca rápidamente al cruzarse con la mirada de Waaler.

Las piernas de Harry caminaban con torpeza por la helada Dovregata. Los nudillos no le dolían, aunque, de todas formas, ni el dolor ni los lamentos se presentarían hasta la mañana siguiente.

No bebía durante la jornada laboral. Todavía no. Aunque sí lo hiciera antes, y aunque el doctor Aune afirmase que cualquier recaída empezaba donde acababa la anterior.

Aquel clon de Peter Ustinov, canoso y gordísimo, rió sacudiendo su papada cuando Harry le explicó que se había mantenido alejado de su viejo enemigo Jim Beam y que ahora se limitaba a la cerveza. Y que la cerveza no le gustaba especialmente.

—Usted ha estado en las cloacas, y en el momento en que abra una botella volverá allí. No hay término medio, Harry.

Bueno. Al menos lograba volver a casa por su propio pie, conseguía normalmente quitarse la ropa y acudía al trabajo al día siguiente. Pero no fue siempre así. Harry llamaba a esto el término medio. Simplemente necesitaba un poco de anestesia para poder dormir, eso era todo.

Una chica con un gorro negro de piel le saludó al pasar. ¿La conocía? La primavera del año anterior le saludaron muchas personas, especialmente tras la entrevista del programa Redacción 21, donde la periodista Anne Grosvold le preguntó cómo se sentía uno al disparar a un asesino en serie.

—Bueno, mejor que estar aquí contestando esta clase de preguntas —respondió con una sonrisa torcida, y aquello se había convertido en el éxito de la primavera, la cita más reproducida desde aquellas conocidas palabras de cierta política de izquierdas: «Las ovejas son animales majos».

Harry metió la llave en la cerradura del portal. Sofies Gate. No tenía muy claro por qué se había mudado el pasado otoño a la zona de Bislett. Tal vez fuera porque los vecinos de Tøyen habían empezado a mirarle de modo extraño, manteniendo cierta distancia que él, a decir verdad, había interpretado al principio como respetuosa.

Estaba bien. Aquí los vecinos le dejaban en paz, aunque salían a comprobar que todo estaba bien en las raras ocasiones en que trastabillaba en algún escalón y caía rodando de espaldas hasta el siguiente descansillo de la escalera.

Las caídas de espaldas no habían empezado hasta entrado el mes de octubre, tras venirse abajo en relación con el caso de su hermana. Se había desmoronado y había vuelto a tener pesadillas. Y solo conocía una forma de mantenerlas alejadas.

Intentó armarse de valor y llevó a su hermana a la cabaña de Rauland, pero ella se había vuelto cada vez más retraída tras haber sido víctima de una brutal violación y ya no sonreía con la misma facilidad de antes. Llamó a su padre un par de veces; no fueron conversaciones muy largas, pero sí lo suficiente como para que él entendiese que su padre quería que le dejasen en paz.

Harry entró y cerró la puerta del piso, anunció en voz alta que ya estaba en casa y movió satisfecho la cabeza al no recibir respuesta alguna. Los monstruos se manifiestan de muchas formas. Sin embargo, mientras no le estuvieran esperando en la cocina al llegar a casa, aún cabía la posibilidad de dormir tranquilamente esa noche.

4

El frío llegó tan de repente que cuando Harry salió por la puerta de la calle resolló instintivamente. Miró al cielo rojizo por entre las viviendas y abrió la boca para airear el sabor a bilis y Colgate.

En la plaza de Holberg llegó justo a tiempo para coger el tranvía que se acercaba con gran estruendo por Welhavensgate. Buscó un asiento y desplegó el Aftenposten. Otro caso de pedofilia. Durante los últimos meses se habían producido tres, todos ellos noruegos cogidos in fraganti en Tailandia.

El editorial del periódico recordaba la promesa que había realizado el primer ministro durante la campaña electoral de reforzar las investigaciones relacionadas con los delitos sexuales —también en el extranjero—, y se preguntaba cuándo se verían los resultados de dicha promesa.

El secretario de Estado Bjørn Askildsen, del gabinete del primer ministro, declaró que seguían trabajando para alcanzar un convenio con Tailandia sobre la investigación in situ de pedófilos noruegos y que, una vez firmado dicho convenio, los resultados no se harían esperar.

«¡Es urgente! —concluía el editor jefe del Aftenposten—. La gente espera que se haga algo. Un primer ministro cristiano no puede tolerar que sigan ocurriendo atrocidades de ese tipo.»

—¡Pase!

Harry entró y miró directamente al interior de la boca bostezante de Bjarne Møller, quien se estiraba hacia ...