Loading...

CUíDAME DE TI

Mónica Salmón  

0


Fragmento

VIENTO EN LA TARDE

Veo las gotas deslizarse sobre el cristal, recargo la frente y siento una temperatura diferente al agua que cae sobre mi espalda. El vapor del baño me da ese calor que perdí en la cena, siento que voy recuperando mi pulso. Sigo con mi dedo índice el camino de algunas gotas, veo cómo se van abriendo paso, unas las pierdo de vista, otras se juntan y se hacen una sola. Cuando exceden su tamaño pierden su estabilidad y caen. Mis lágrimas se mezclan con ellas. No logro escuchar cómo cae el agua; mi mente sólo da vueltas a la cena tan absurda que tuve con Daniel. Una discusión tras otra sin ningún sentido, en uno de mis restaurantes favoritos de Nueva York. Corrimos con suerte para encontrar una mesa, pero fueron nuestros egos los que cenaron allí.

—¡Sofía! Qué terrible que una psicóloga de tu nivel tenga esos prejuicios sociales. Eres una psicóloga clasista. ¡Me decepcionas!

A sus palabras enfadadas las acompañaba el movimiento de su brazo derecho en señal de que daba por terminada la discusión. Elevó la voz, y mirándome a los ojos dijo:

Recibe antes que nadie historias como ésta

—¡Sofía, por favor, resérvate esos comentarios porque a mí no me interesan nada!

Esa mirada no era precisamente la que yo buscaba, mi intención era tener una cena romántica con mi marido. Pero entre más conversábamos más lejos estábamos de un encuentro amoroso. Él buscaba qué ordenar para cenar con el ceño fruncido y yo veía cómo algunas parejas platicaban y otras se besaban. A media luz, en la pared, se reflejaba el baile de las velas. Antes de que el mesero interrumpiera imaginé a Daniel tomándome por el cuello con una mano para acercarme a él y besarme.

Chocamos las copas para brindar con sonrisas forzadas. Al sentir las notas ácidas del vino pude olvidar por completo el tema. Tomábamos un vino italiano Avignonesi de la Toscana. Estaba de más decirle que me gustaría conocer la Toscana. Me sentí juzgada. Si con Daniel no podía dejarme ir en ciertos comentarios, no veía con quién podría hacerlo.

El pensamiento en voz alta es peligroso cuando el otro se ha decepcionado. ¿Quién no toca las fibras de la decepción en el matrimonio? Si Daniel tenía razón o no, ése no era el punto. Yo quería un cómplice a mi lado, un aliado, un hombre que no me juzgara, que no me censurara, que me dejara ser libre en mis comentarios y en mis pensamientos, por más oscuros o políticamente incorrectos que fueran. ¿Es mucho pedir que en mi intimidad no se juzgue mi libertad de expresión?

Nuestro fetuccini a la trufa se convirtió en una cena que determinaba qué era lo políticamente correcto o incorrecto en una conversación. Daniel, en vez de pedirme un beso, me pidió que aceptara que mis comentarios no eran apropiados. Perdí el apetito. Me convertí en la psicóloga sensata, en la señora elegante que él quería para que pudiera cenar más tranquilo. Nada cambió mi forma de pensar.

Sabía que el remedio no estaba ahí. Bajé las manos y apreté con furia mi vestido. Callar lo que uno piensa porque al otro no le gusta hace que nos convirtamos en algo que no somos. Nos carcome poco a poco por dentro. Nos mata los sentidos. Nos cubre el alma de una extraña melancolía.

Daniel tomó la copa de vino con la mano derecha, hizo girar el vino en su interior, acercó la copa para olerlo, después dio un sorbo y ladeó la cabeza en señal de aprobación. Dio su opinión acerca de mi próximo libro. Volvimos a discutir. El tono de la conversación comenzó a subir nuevamente y le dije que no se metiera en mi trabajo como yo no me metía en el suyo. Daniel tenía ganas de pelear y él mejor que nadie sabía llevarme al límite. Nos levantamos de la mesa sin siquiera pedir postre. Mi pulso se aceleró cuando salíamos del restaurante. De camino al hotel las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas. Me hice tonta viendo por la ventana del taxi para no verlo. Sabía y lamentaba que nos estuviéramos perdiendo la energía que ofrece de noche una ciudad como Nueva York.

Daniel mencionó una vez más que debía seguir escribiendo sobre adolescentes. Ése era mi tema, me recordó. Además, nuestras hijas pronto entrarían a la pubertad. Tendría buen material en casa. Repetía una y otra vez que si uno ya ha encontrado un camino que funciona, que ha sido certero, pues es mejor seguir por ahí. Yo no quería certezas, quería inquietudes, aventuras, quería dejarme sorprender.

Pronto llegamos al hotel. El hombre que nos acompañaba en el elevador no parecía hablar español, otro prejuicio social de mi parte, diría Daniel. Le dije que necesitaba romper con los esquemas que tenía, que había algo dentro de mí que me pedía escribir sobre el deseo, sobre el erotismo de la mujer. Ya había escrito mucho para adolescentes, había llegado el momento de escribir para adultos. El elevador se detuvo en el noveno piso y el señor, antes de salir, nos dijo en un español impecable: “El erotismo siempre es un buen tema para una novela. Buenas noches”.

Ya en la habitación, una extraña sensación de absurdo me invadió. Me asomé a la ventana y sentí cómo la nostalgia oprimía mi pecho. Daniel se encerró en el baño. Me duele que le sea tan fácil vivir en lo cotidiano. ¿Debemos dar por un recuerdo vago nuestra cena? Total, nuestro matrimonio ha durado años y está estructurado alrededor de dos hijas hermosas. Con una larga historia de lindo noviazgo, ¿ya nos podemos permitir ser indiferentes a lo mágico?

Me hubiera gustado que me estrechara en sus brazos con miedo a perderme, que me hiciera presente. Me niego a que lo cotidiano nos asfixie. Me niego a que la rutina se apodere de nosotros y nos lleve a que me dé un beso en la frente antes de voltearnos cada uno, espalda contra espalda, cada quien mirando en dirección contraria.

Entré desnuda al baño y abrí la regadera. Dejé que el vapor llenara el ambiente que había en la habitación. Daniel me miró de reojo. No comentó nada, sólo miró mis nalgas. Entré a la regadera, frustrada. Estoy convencida de que en cada mujer habita una Afrodita que vive entregada al amor. Toqué mi cuello buscando el collar de perlas que llevamos todas por dentro. Pensé lo peligroso que puede ser el juego del deseo. Daniel sólo se limitó a mirarme, se quedó callado, no se acercó a mí, no me atrajo hacia él, no vino hacia mí. Busqué refugio en el agua caliente. Sentí completa mi soledad. Brotaron nuevamente las lágrimas. Me recargué contra el cristal que me detenía como un amante que consuela, que seca las lágrimas de su amada con cautela.

Nada después de la cena ha quedado en paz en mí.

Daniel entró al baño y nuestras miradas se cruzaron en el espejo. En silencio sentí sus besos en mi cuello y suspiró cuando me abrazó de manera tierna. El espejo reflejaba mi rostro melancólico y triste. A medio secar me llevó a la cama y comenzó primero a besarme en los labios, y después lamió las gotas que cubrían mis pechos. Yo seguía sujetando la toalla para secarme, pero cayó al piso cuando sentí la lengua de Daniel entre mis piernas. Después me hizo el amor mirándome a los ojos. Repitió mi nombre constantemente y eso me hizo poner los ojos en blanco y olvidar por completo nuestra absurda discusión de la cena.

PROHIBIDO USAR TACONES
EN NUEVA YORK

Bebí con prisa el té. Daniel es un hombre de rutinas y necesita levantarse temprano y hacer algo de provecho. Se concentró en los horarios y exposiciones del museo Whitney y olvidó mi claustrofobia. Con paso acelerado se metió al metro. Lo seguí sin recordarle nada, preferí aguantar los latidos acelerados de mi corazón, el sudor frío, la náusea y la sensación de mareo a tener que soportar otra mirada de decepción de mi marido.

Logramos llegar al número 99 de Gansevoort Street. Nuestra atención la robó la arquitectura majestuosa de Renzo Piano. Nos dedicamos a ver la vasta colección de obras de mitad del siglo. En algún momento Daniel fue al baño. Me quedé sola. Miré frente a mí un cuadro de Edward Hopper que apagó mi claustrofobia: la ventana donde ella miraba y el viento que la acariciaba me ayudaron a respirar, me liberaron de la tensión que había en mi interior, su desnudez sacudió mis culpas y entendí que no sólo puedo, sino que debo expresar siempre mis pensamientos.

Ese cuadro de 1921, Evening Wind, me hizo entender que las expectativas de Daniel también salieron por la ventana. No escribiría nada que tuviera que ver con adolescentes, mis letras iban más allá. Haría una novela erótica muy a su pesar. En algo tenía razón Daniel: la verdad es que la vida a los treinta y tres años tiene que tomar un giro. No me traicionaré a mí misma. Recorrí el museo con una emoción antes desconocida. Le agradezco a Hopper por darme una señal.

Salimos corriendo al hotel para cambiarnos y llegar a tiempo al concierto de El Oro del Rhin. Daniel es amante de la ópera y ésta en especial, a cuatro actos con música y libreto de Richard Wagner, lo hace el hombre más feliz. Si yo creyera en vidas pasadas no dudaría en pensar que por ahí de 1850 mi esposo fue un músico alemán, compositor, obsesivo, completamente entregado a escribir música. Cuando nos conocimos me habló de Tristán e Isolda y en ese momento supe que podía compartir mi vida con él. Así fue como me enamoré de Daniel.

Esta vez sí recordó mi claustrofobia y amablemente detuvo un taxi amarillo que nos llevó al Lincoln Center. Yo llevaba tacones altos y un vestido negro entallado que hacía lucir las curvas de mi cuerpo. Sabía que Daniel se volvía loco con los vestidos. Los tacones me hacían ver muy alta y eso me encantaba, y a él también. Sentados en la parte trasera del taxi tomé la mano de Daniel y la puse entre mis piernas para que notara que no llevaba calzones. Sorprendido, me miró con emoción. Levantó una ceja y arrugó la frente. Susurrándome al oído, dijo:

—Abre las piernas; te quiero ver.

Las abrí y él se asomó. Rápido las crucé de nuevo y le dije que quería que me tocara durante el concierto. Sonrió con esa sonrisa que hizo que le diera un sí de por vida. Girando la cabeza de un lado a otro, me apretó la pierna en señal de complicidad y pude sentir su excitación.

Llegamos al Met en el Lincoln Center y caminamos con algo de prisa hacia la sala de conciertos. Tomamos nuestros sitios y al poco tiempo comenzó la ópera; yo puse el abrigo sobre mis piernas cuando las tres ninfas custodiaban el oro que se encuentra en el fondo del Rhin. Metí suavemente la mano de Daniel entre mis piernas. Pero al parecer le importó más que el rey de los nibelungos robara el oro e hiciera con el botín un anillo mágico, tan mágico que también me hizo invisible ante mi esposo que dejó su mano inmóvil en mi entrepierna. Por minutos dejé de escuchar por completo y sólo estaba atenta a los dedos de Daniel. Sentía cómo me rozaban suavemente, pero era un roce casual, desinteresado. Wagner lo tenía hipnotizado. El movimiento de sus dedos era para acompañar la música, no para tocarme. Disimulé mi enfado y saqué su mano cuidadosamente. Ahora que lo pienso creo que mi deseo me dio más vergüenza que enojo. Miré a mi alrededor esperando que nadie hubiera notado mi comportamiento. Sentí cómo la temperatura de mi cuerpo cambiaba de manera inesperada. Me daban ganas de regresar el tiempo para recobrar mi autoestima. Sentí escalofrío y no pude contener una risa nerviosa que me entró al mirar a unos jóvenes japoneses sentados junto a nosotros que dormían profundamente. Interrumpí la concentración de Daniel tocando su hombro y él me miró como maestra de matemáticas en medio de un examen. Estábamos rodeados de trece personas que dormían profundamente. Quise sacar mi teléfono para tomarles una foto, o para disimular la pena que me daba mi excitación no correspondida, pero Daniel me apretó la mano en señal de que no lo hiciera y en voz baja dijo:

—¡No está bien, Sofía!

Lo miré asombrada, incrédula. Si tomar una foto a escondidas no era apropiado, menos, mucho menos lo era sentir sus dedos entre mis piernas.

Por fin terminó la ópera. Daniel se enojó otra vez, ahora porque no podíamos recorrer las calles de Nueva York caminando. “¡Sofía, no es posible! —dijo mientras ponía los ojos en blanco y miraba el cielo—. ¿Cuántas veces te he dicho que no te pongas tacones en Nueva York? Te dije que no los usaras. Dime, dime de qué sirven si no puedes caminar y además te lastiman. ¡Pareces pollo espinado!”

Se me cortó la respiración. Pocas veces las mujeres estamos satisfechas con la forma en la que nos luce un vestido. Ese día yo me sentía sensual, bella y sobrada de deseo. ¡Qué poco pude conservar esa sensación! Yo sabía que Daniel no era romántico, no esperaba ni poemas ni halagos, pero tampoco esperaba que me hablara así. Vino a mi mente la imagen de un pobre pollo flaco espinado que camina sin fuerza de un lado a otro, tambaleándose. Sentí otra vez ganas de llorar, pero tragué saliva, respiré profundo y pensé que no se lo merecía, y menos me lo merecía yo.

Daniel adelantó groseramente el paso, me dejó atrás. Me apresuré a alcanzarlo, pero los tacones no me dejaron caminar más rápido. Acomodé el vestido, eché los hombros para atrás y juré que sería la primera y última vez que caminaría detrás de él. Las mujeres tenemos que aprender que no conduce a ningún lado depositar nuestra autoestima en un hombre, tal vez en varios sí, pero no en uno o quizá en ninguno. Estaba pensando en eso cuando una mirada coqueta interrumpió mis pensamientos y una sonrisa blanca y un guiño me devolvieron el entusiasmo. Me dieron ganas de comentarle a Daniel que no era una mujer clasista y que ni cerca estaba de ser una persona racista, todo lo contrario. Cada vez aquella cena del fetuccini a la trufa cobraba menos sentido. Mientras tanto, Daniel, furioso, trataba de detener un taxi amarillo que nos llevara de regreso al hotel.

En el trayecto preferí pensar en aquella mirada y en esa piel negra que me dejaron inquieta. Fantaseé con el afroamericano y me di cuenta de que me iba a ser imposible escribir una novela erótica. Tenía muchas ganas de hacerlo, pero éstas no son suficientes para escribirla. Se requiere algo de descaro, deseo y desesperación. No me sentía deseada y no tenía esa fuerza que se requiere para escribir sobre el deseo. Tal vez estaba lista para vivirlo, pero no para escribirlo. Me enfocaría en hacer otra novela para adolescentes o una novela infantil. Ya no usaría de pretexto a la literatura. El puente entre mis deseos y mi matrimonio se quedaría sostenido de unos hilos.

Lo único bueno que había dejado nuestro viaje a Nueva York fue que trasladaron a Daniel a la Ciudad de México. Eso era una buena noticia para todos. Dejaríamos la ciudad de Puebla para mudarnos a la capital, que prometía muchas más oportunidades. Me daba tristeza dejar a los abuelos, pero los iríamos a ver todos o casi todos los fines de semana. Daniel me dijo que las niñas tenían la edad perfecta para mudarse y que no sentirían el cambio tan fuerte. En tono amoroso me convenció:

—Además, mi amor, podrás tener más pacientes y tendrás más historias para poder escribir tu novela para adolescentes.

Yo también estaba de acuerdo con él; sentía que tenía razón. La ciudad de Puebla es hermosa, pero con la misma monotonía y las mismas historias. Siempre he sido muy optimista y abierta a los cambios. Todo vendría nuevo: casa, vecinos, colegios, amistades, historias. Al menos Nueva York nos había ayudado en algo. También había dejado heridas que gimen debajo de una ilusión.

LOS ÚLTIMOS DIBUJOS DE
MI ELEFANTE AZUL

El primer día de clases en la Ciudad de México fui a recoger a mis niñas al colegio. Al final de la fila de la salida de la primaria vi a una señora que parecía árabe. Era alta, delgada y vestía un pantalón y una blusa de algodón color perla, discretamente maquillada y con particular elegancia. Llevaba en el cuello una pashmina color azul cielo. Por la edad, supuse que estaba allí para recoger a sus nietos. Tenía el toque de una abuela amorosa y distinguida. Me acerqué a ella y me presenté:

—Buenas tardes, señora, me llamo Sofía Shield. Soy la mamá de Daniela y Regina Shield.

La señora amablemente me sonrió y tendiéndome la mano me dijo en tono educado:

—Hola, encantada.

Acomodó su pashmina y me ofreció una sonrisa en señal de que me escuchaba. No mencionó su nombre y esperó a que yo siguiera hablando para saber cuál era el motivo de mi presentación. Me di cuenta de que las cosas en esta ciudad funcionan diferentes que en Puebla. Al parecer aquí nadie se presenta. Las mamás se forman por los niños sin hablar unas con otras. Hay choferes, escoltas, gente de servicio, abuelas y mamás. Hay muy pocos papás. A ellas las puedes ver ocupadas en sus teléfonos y con una vida apresurada. En la Ciudad de México la gente vive con prisa, con preocupaciones y con mucho estrés. El bullicio de las calles los consume. Las mamás que he visto no se toman el tiempo para un beso, ni para mirar a sus hijos a los ojos. Los toman del hombro y con la mano en la espalda los apresuran para poder marcharse y llevarlos a sus siguientes actividades. La gente que platica es porque ya se conoce. La verdad me sentí un poco incómoda. Extrañé la calma de Puebla y el saludo de la gente. La prisa de esta ciudad me pareció de mala educación. Tuve que buscar un pretexto para justificar mi saludo tan amigable. Me sentí ignorante de las expectativas de la metrópoli.

Se mostró cautelosa mientras yo le decía:

—Le quería preguntar qué me recomienda: si darles el tarjetón de salida o hacer fila.

Su tono fue maternal, o al menos así lo sentí.

—Por supuesto que no les puedes dar salida a ellas solas. ¿Qué edad tienen tus hijas?

—Daniela tiene nueve años y Regina tiene siete.

—Vivimos en una de las ciudades más peligrosas del mundo. Yo no entiendo a esas mamás que para no formarse o llegar más temprano les dan tarjetón de salida a sus hijos. Una vez que los niños salen, la escuela ya no se hace responsable. Te sugiero que no lo hagas. Ven tú por ellas. Es una etapa de tu vida que se irá muy rápido; después vas a extrañar estos momentos.

—Ah, muchísimas gracias, señora, eso pienso yo también.

Al día siguiente la volví a ver en la fila, y por educación llegué a saludarla con un beso en la mejilla y a platicar algo en lo que nos formábamos. Le conté que era psicóloga y que éramos nuevos en la ciudad. Me dijo que se notaba que venía de provincia. No supe si tomarlo como algo malo. ¿En qué se notaba que venía de provincia? Quise hacer el comentario a un lado. Tal vez me vio como una mujer convencional.

Salieron mis hijas y junto con ellas salió Samantha, por quien iba ella. Le dije que su nieta era muy bonita, pero me comentó que no era su nieta, que trabajaba en casa de unos alemanes y ella era la institutriz. No supe qué decirle. Ella continuó diciéndome que el alemán era un hombre muy guapo y un empresario súper importante, que su esposa lo había dejado por un amante mediocre y ahora ella se hacía cargo de sus hijos. Nos despedimos educadamente y mis hijas se precipitaron a contarme su día.

La rutina se apoderó de mis actividades y veía mi novela cada vez más lejana. Quería pertenecer a los grupos del salón de mis hijas y, por otro lado, sentía una terca insistencia de mantenerme lejos de esas señoras. La Ciudad de México se comía mi tiempo. El cansancio no me dejaba energía para escribir.

Cuando a una de las dos se le hacía tarde para formarse ya sabíamos que la otra apartaría el lugar. Después de tres semanas de vernos en la salida le recomendé mi libro, Mis últimos dibujos del elefante azul. Cordialmente me hizo saber que lo leería. Yo seguía sin saber su nombre y eso me daba mucha vergüenza, pero me facilitaba poder hablarle de usted.

—Sofía, ya no me hables de usted, me haces sentir mayor. Háblame de tú y por mi nombre.

Un día llegó con mi libro en la mano. Ahora sí ya no tenía escapatoria, se lo tenía que dedicar y yo moría de pena, no podía seguir fingiendo que sabía su nombre.

Ella intervino diciendo:

—¿No vas a escribir otra cosa? El talento se comparte, no puedes quedarte ahí.

Me dio la salida perfecta para hablarle de algo íntimo y no enfrentarme con la vergüenza de preguntarle su nombre.

—Sí, muero por hacer otra novela, pero la verdad es que no tengo el tema. Ya no quiero escribir para adolescentes, me gustaría tener el valor para hacer una novela para adultos.

—Yo te puedo ayudar.

—¿Usted? Digo, ¿tú? ¿Cómo?

Con una seguridad amenazante me respondió:

—¿Sabes, Sofía? Mi vida podría ser una novela, siempre y cuando sea para adultos. ¡Ah, pero no cualquier adulto! Tienen que ser adultos de mente muy abierta.

Se rio desde el fondo de su ser. Parecía que por segundos hubiese recordado cosas que requerían amplitud de pensamiento.

—Vengo de una familia libanesa acomodada y muy conservadora.

Se llevó la mano al pecho y continuó.

—Te puedo decir que he vivido las dos caras de la moneda, conozco los buenos modales y sus perversiones más terribles. Te puedo hablar de mis tríos, de mis perversiones, de mis intercambios de parejas, de mis orgías.

Pensé que había escuchado mal, que quiso decir mis “tíos” en lugar de mis “tríos”, pero al escuchar “orgías” ya no supe qué decir ni qué pensar.

—¿Sofía?

Me quedé completamente muda, lo único que me imaginaba en ese momento era mi llegada a casa, ver a Daniel y decirle:

—Mi amor, ¿recuerdas a la señora libanesa elegante y muy atractiva de la que te platiqué?

Él me diría:

—Sí, tu amiga la que ves todos los días a la salida del colegio, ¿no?

—Exacto. Pues la señora quiere compartir sus experiencias sobre su vida.

Me diría:

—Qué bueno que ya encontraste tema, mi amor. ¿Sobre qué se va a tratar?

Y yo lo miraría muy en control de la situación y le diría, haciendo una pausa para recuperar el pulso que perdí en aquella cena en Nueva York, frente a mi fetuccini de trufa:

—Pues fíjate que se va a tratar de la vida de la Señora Libanesa... eh... y su... sus actividades, sí, sus actividades sexuales, como sus tríos y sus intercambios de parejas. ¡Ah, y olvidaba sus miles de orgías!

—¿Sofía? ¿Sofía?

Escuché mi nombre y me mordí el labio inferior para darme valor. Al tiempo que tomaba aire dije:

—Por supuesto, desde luego.

Levanté los hombros y subí las palmas al techo en señal de algo que ya esperaba. Afirmé:

—Toda mi vida he soñado con escribir una novela erótica. Se me hace maravilloso, claro, hagámoslo.

Una ilusión y un destino me esperaban.

La verdad es que mi corazón iba a mil por hora, sentía que había corrido un maratón. Recogí a las niñas y rumbo a casa tuve una sensación de felicidad que me recorría por todo el cuerpo. Daniel quería que escribiera algo que me apasionara, pues qué mejor que eso; ya lo tenía. Y lo mejor de todo es que esto confirmaba que escribiría un libro sobre el erotismo de las mujeres. Esto me ponía a prueba para poseer voz propia. Quería hablar de la concepción de lo erótico partiendo desde lo individual hasta la pareja. La mirada psicológica de la mujer sobre su propio sexo y en relación con el mundo como un placer o como un mecanismo de defensa. Venían a mi mente mil temas y tenía que sentarme a ver desde dónde estructuraría mi futura novela. Me quedé pensando por qué para la mayoría de mis amigas el sexo siempre tenía un contenido emocional, y para los amigos de Daniel era más una cuestión de deseo, de placer o simplemente de necesidad.

Lo más importante de todo era esta propuesta inesperada. Hay líneas sensibles que nunca nos atrevemos a cruzar; saber que tenía el ofrecimiento de la señora libanesa me daba una embriaguez emocional extraordinaria.

EL CEDRO DE ORO

Son las 8:30 y es miércoles. El aroma del café se apoderaba de todo mi olfato. Para mí ese olor siempre ha estado relacionado con los comienzos. El café me huele a mañana, a tranquilidad, a calma. El café no me quita el sueño, me quita el dolor de cabeza.

El establecimiento era modesto, resultaba cómodo y perfecto para que pudiéramos hablar con libertad. A la espera de mi señora libanesa la emoción comía mis ansias.

Conecté la computadora y cambié de silla más de tres veces; eso me tranquilizó. Pero la emoción despertaba en mí algo especial. Gracias a ella abriría mis letras a un mundo erótico sin ficción. Un mundo que yo desconocía y que pondría a prueba mi habilidad. Hacer una novela excitante requiere un mérito, sobre todo un riesgo. Cualquier placer por escribir sobre la mujer en una sociedad machista siempre nos pone a prueba. Lamentablemente somos una sociedad punitiva y llena de envidia. Pero no me detendré, ya que en el fondo de cada una de nosotras existen las ganas de ser libres.

Mi mayor reto es poder describir el placer que habita en nosotras, hacernos entender que las ganas de encontrar ese placer libre de ataduras es mayor que las posibilidades de encontrar los caminos que nos llevan a ser nosotras mismas. La prueba más importante es leerme a través de los ojos de Daniel. El hecho de que sepa que su esposa es completamente libre en sus letras me excita más que cualquier otra cosa. Tengo una absurda necesidad de sorprenderlo, necesito que el monstruo de lo cotidiano no nos devore, que al menos algo de lo expuesto en mi libro nos sea de utilidad en el matrimonio. Que los objetivos de la pareja no se vean obligados a modificarse por el comportamiento sexual.

Mientras esperaba surgían en mí mil ideas, mil cuestionamientos, preguntas que no sabía responderme, pero la realidad era que su impuntualidad alteraba mis nervios. No sabía su nombre y tampoco tenía su teléfono para recordarle nuestra cita en la cafetería de la esquina de la escuela.

Pedí un café. Al tomar la taza sentí frío y percibí la ansiedad en mis manos. Bebí un sorbo y el olor me llenó de esperanza. Llegó tarde, pero llegó, y desde la puerta me dijo con voz sofocada:

—Sofía, discúlpame por la espera, pero comprenderás que en esta ciudad no se pueden calcular ...