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CUENTOS ROMáNTICOS

Justo Sierra Méndez  

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Fragmento

Prólogo
JUSTO SIERRA CUENTISTA, PRECURSOR DEL MODERNISMO

UNA SENSIBILIDAD HEREDADA

La casa donde Justo Sierra vivió su primera infancia se conserva aún en el área intramuros de la ciudad de San Francisco de Campeche, frente a la plaza principal, a un costado de la muralla que durante el siglo XVIII resguardó a la villa del ataque de piratas. Su cercanía con la Puerta de Mar, por donde se salvaba el encierro para acceder a la playa y al muelle, permitió al niño Justo contemplar atardeceres bellísimos, observar el arribo de embarcaciones y presenciar el movimiento de marinos y viajeros de distintas regiones del mundo, que transportaban tanto mercancías como anécdotas de lugares remotos. Esas tropicales estampas campechanas avivaron su imaginación infantil y su precoz sensibilidad artística, y dejaron indeleble impronta en la temática de muchas de las obras literarias que escribió.

El mar de la bahía de Campeche, siempre apacible y taciturno, contrastaba con la tempestuosa situación política y social que enmarcó esos primeros años de vida de Sierra. Cuando nació, el 26 de enero de 1848, su padre, Justo Sierra O’Reilly, se encontraba en Estados Unidos a petición de su suegro don Santiago Méndez Ibarra, gobernador de Yucatán, con la esperanza de obtener ayuda de ese país para frenar el movimiento de los indios mayas que comenzaba a diezmar a la población de blancos; la llamada Guerra de Castas, insurrección armada de los mayas que buscaban liberarse del yugo de los criollos y mestizos, había estallado en 1847.

La figura de Sierra O’Reilly no sólo influyó en la vocación literaria de su hijo, también representó una enorme importancia dentro del ámbito intelectual del sureste del país. En sus revistas y periódicos culturales, como el Museo Yucateco (1841-1842), el Registro Yucateco (1845-1849) y El Fénix, publicó textos que impulsaron el desarrollo de una literatura propiamente yucateca. Con su obra literaria y periodística, inauguró en la península diversos géneros: crónicas literarias, artículos de costumbres, relatos y novelas históricas. Pero su imagen como político, ensombrecida por su postura controversial durante la Guerra de Castas —apoyó la venta de rebeldes mayas como esclavos a Cuba—, opacó durante mucho tiempo su figura como artista. La crítica literaria de los últimos años se ha dado a la tarea de recuperar del olvido la obra de Sierra O’Reilly y de reconocer el merecido sitio que ocupa en la literatura mexicana.

En agosto de 1857, una turba iracunda contra don Santiago Méndez, por oponerse a la formación del nuevo estado de Campeche y pugnar por la unidad de Yucatán, irrumpió y saqueó su casa, ante los ojos azorados de su nieto Justo, de apenas nueve años. Presenció entonces una escena dramática: el incendio de la biblioteca familiar compuesta de archivos, obras inéditas, libros antiguos de gran valía y hasta textos mayas prehispánicos —aseguran algunos—, además de una extensa producción literaria de su padre. Ahí, en esa biblioteca, Sierra O’Reilly había escrito muchas de las obras fundacionales de la literatura yucateca.

A causa del ataque a la casa de don Santiago, la familia huyó de Campeche para establecerse en Mérida. En la Ciudad Blanca, guiado por el ejemplo de su padre, Justo continuó su trato con las letras. Pero al poco tiempo de su llegada, la muerte alcanzó a Sierra O’Reilly. Con apenas trece años de edad, Justo se trasladó a la Ciudad de México. Ingresó al Liceo Franco Mexicano, donde consolidó su gusto por la cultura y la literatura francesas que provenía de la influencia paterna y que llegaría a tener una fuerte presencia en su propia narrativa.

Era una época de luchas y de transición, un ambiente crítico, marcado por la reciente Guerra de Reforma (1858-1861). En uno de sus textos autobiográficos en el que recuerda esos tiempos de rebeldía de su adolescencia, menciona también a los autores y lecturas que forjaron su carácter literario y político:

Corría el año de gracia de 62 y bogábamos en pleno huracán reformista; pero mientras nuestros ejércitos se batían en Puebla, y la Constitución y la Reforma eran exaltadas hasta el delirio en las calles y se sucedían en la tribuna parlamentaria las emociones jacobinas, en el Colegio Nacional de San Ildefonso, dirigido por el señor Lerdo, se nos obligaba a oír misa diariamente y a comulgar con frecuencia a pesar de la decantada libertad de cultos, sino que se encerraba en infectos calabozos a los alumnos poetas que robaban algunas horas a la ominosa lectura de Bouvier, para frangollar sonetos antipapistas a Garibaldi.

[…] leía con avidez lo que cuanto a él [Giuseppe Garibaldi] se refería; recorrí cien veces las memorias escritas por Dumas; no me cansaba de buscar las novelas en que se narraban sus pasmosas aventuras; me extasiaba leyendo, iba a decir, cantando los soberbios ditirambos que entonaban el loor del solitario de Caprera, el ya célebre Emilio Castelar […]. Devoraba yo por aquellos años de fiebre en la sociedad y de fiebre en el alma, Los girondinos de Lamartine, la Biblia de los revolucionarios de quince años, aún el divino forjador [Victor Hugo] no concluía de martillar en su fragua Los Miserables.1

Aunque dichas lecturas potenciaron sus aspiraciones artísticas, el elemento decisivo que impulsó su carrera literaria y lo situó entre la élite intelectual del país fue su amistad con Ignacio Manuel Altamirano. A mediados de 1861 había escuchado al autor guerrerense pronunciar en la tribuna de la Cámara un discurso contra la Ley de Amnistía, y quedó impresionado con su porte y habilidad oratoria:

La pequeña estatura agigantada por el ademán […]; la inaudita expresión de odio, de desprecio, de soberbia que se condesaban en relámpagos en la mirada y en sonoridades vibrantes, calientes, extrañas en la voz, sin llegar al grito jamás y, sobre todo, la palabra, la imagen, la idea, todo mesurado en medio de la pasión desbordante, todo artístico, correcto, rítmico, todo eso lo vi, lo oí, lo sentí por instinto […]; semejantes espectáculos no se olvidan jamás.2

En 1862, inició sus estudios de abogacía en el Colegio de San Ildefonso. Años más tarde, en 1868, cuando Altamirano había dejado “la pluma política y volvía todo su esfuerzo hacia el renacimiento literario”, Sierra tuvo “el honor de serle presentado” y, venciendo su natural timidez “que hacía sonreír a Altamirano”, habló con él y entabló una fructífera relación fraternal. Así inició su trato con lo más granado de la intelectualidad literaria mexicana y recibió la estima de renombrados personajes:

me llevó [Altamirano] a una “velada literaria” en la casa del señor Payno. ¿Qué hombres había allí? La nobleza, la alta nobleza de las letras patrias: Prieto me llamó su hijo con olímpica ternura; Ramírez me dio un consejo o broma; Payno brindó conmigo; Riva Palacio me habló del porvenir; Gonzaga Ortiz se informó de mis aficiones literarias en un tono un poco “marqués”, es cierto, y Portilla, nuestro siempre adorado don Anselmo de la Portilla, me comunicó instantáneamente su fervor por el ideal y por el arte.3

Bajo la tutela del Maestro, Justo inició con paso firme su trayectoria literaria. Publicó obras narrativas y poéticas en los periódicos más importantes de ese tiempo. Fue un invitado asiduo a las Veladas Literarias presididas por el escritor guerrerense, en las que se ganó la estima y admiración de la sociedad más importante de escritores mexicanos. El mismo Altamirano dibujó un retrato elogioso del joven Sierra en sus primeras apariciones en dichas reuniones:

Justo Sierra, que lleno de entusiasmo vino a buscarnos para entrar bajo nuestros auspicios al seno de nuestra sociedad literaria, es un joven de instrucción precoz. Estudia los buenos modelos, tiene buen gusto, y no contento con esto, consulta con timidez y escucha dócil las observaciones, desconfiado de sí mismo como los verdaderos talentos. […]

Justo Sierra, que dentro de poco será un poeta notable, lee mucho a Víctor Hugo, porque su estilo parece saturado de este sabor que tienen las incomparables poesías del grande hombre.

Lo repetimos, Sierra adquirirá en el mundo literario un nombre que honre a su ilustre padre.4

Estas impresiones proféticas respecto de su carrera literaria contrastan, sin embargo, con la imagen que de él delineó años después Vicente Riva Palacio. Cuando Sierra contaba ya con treinta y cuatro años, una sólida trayectoria política y literaria, y había adoptado con ardor la doctrina positivista, Riva Palacio, bajo el seudónimo Cero, publicó en el periódico La República un retrato de Sierra un tanto agrio y mordaz. Para el crítico José Luis Martínez, en esa estampa publicada el 6 de enero de 1882, “parece que una secreta envidia enturbia sus líneas”.5 Pero, como ha hecho notar Clementina Díaz y de Ovando, lo incisivo del texto responde más bien a la disputa entre dos sistemas de pensamiento: el idealismo,6 defendido por Riva Palacio, y el positivismo,7 cuyo adalid más reconocido era Justo Sierra.8

En su artículo, Cero refiere la decepción que le causó conocer al vate campechano, quien lo había “cautivado” con sus relatos publicados en la revista literaria El Renacimiento, cuya circulación llegaba a “su pueblo”, aunque aclara con sarcasmo: “en los pueblos nos cautivamos con muy poco”. Su desencanto provenía de los “estragos” que el positivismo había provocado en el carácter del poeta román

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