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DEL TRóPICO

Rafael Ramírez Heredia  

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Fragmento

Mingo el terrestre

Que sí, que va.

Avanza con la letra de la cumbia, caminando con ese paso ondulado de palmeras.

Sí, sí, la música hablándole de un cañaveral junto al río.

Las aguas van sonando tambores.

Oye, va oyendo las voces calentosas de los Sanya como a él le gustan.

En sus adentros, el conjunto musical va cantando la historia del amorío vivido junto a la ribera donde están los cañaverales que aquí en su puerto no existen pero se sienten al puro suaveteo de la música, de lo retrechero del ritmo:

¡Cañita brava, cuerpo de junco!

Sí, va con las letras de las cumbias.

No mira las miradas.

No hace caso a los gestos de la gente.

Avanza con la vista en la lejanía.

Sí, sí, moviendo la estatura del cuerpo en el ritmo cumbiero

¡Ay cañita, ay cañita, cañita del cañaveral!

Aguanta la tos para no echar el esputo en el pañuelo colorido. Siente el calor que se levanta en oleadas y sigue su caminado bajo la sombra de las construcciones.

Trepa por el diario camino desde el río y los almacenes del muelle hacia las calles cercanas, que se perfilan dejando escapar los ruidos de la tarde, con la cumbia echándose vencidas contra los huapangueros de La Sirenia, los norteños del Panchito’s, los boleros de La Sevillana o los gritos del mercado oloroso a pescado frito y a verduras machacadas.

Mueve las enormes manos, aprieta los dedos contra las palmas mirando al sol doblarse en las líneas de los edificios que rodean la plaza.

Cruza el centro del puerto, su puerto, el de mamá, el suyo, el de Rita, sí, también es de Rita aunque le duela, el puerto es también del doctor, de sus compañeros terrestres, es el puerto que lo arrulla, que lo tiende en la cama doble size, lo levanta cuando el calor le agarra los entresijos y lo hace otear el río buscando la brisa marina, los chillidos de las gaviotas, las negruras de su silencio que se rompe cuando escucha a los tordos salir de los árboles e iniciar sus viajes desconocidos:

—Mami, ¿a dónde van los tordos durante todo el día?, ¿a dónde descansan antes de regresar?, ¿en qué bar Manhattan se esconden? —pregunta, se preguntaba, porque sabía, sabe, que su madre no le va a decir algo, nada, si en las madrugadas la madre duerme y Mingo deja que la viejilla se acurruque en el catre endurecido por los orines sabiendo, eso sí, que sus mañanas —las de ella y las de él— son siempre antes que las de cualquier otro terrestre del puerto, por eso él llega primero que nadie, camina rumbo a su trabajo buscando en las ramas de las palmeras y los flamboyanes si algún tordo se ha quedado de guardia en los nidos, mirando si a uno solo, sólo a uno de los pájaros le ganó la flojera, la pastosa maraña que lo adormila, la misma que Mingo siente al inicio y final de las faenas en el muelle para regresar ritmeando, cumbiando sólo por dentro —jamás lo haría de verdad— con el calor que solivianta sus sofocos, que le recorre la enormidad de las piernas, lo ausenta de la gente que lo mira, se codea entre sí, reaccionando como Mingo sabe que reacciona al ver al hombre sobresalir de las cabezas de los otros.

Va con la cumbia adentro de él.

Avanza, el calor no le va a quitar el gusto de la música ni la decisión para no pensar en la llegada a su casa ya entrada la noche, después, mucho después de las horas en el Manhattan.

Al contrario, es el momento de tumbarse las dudas, las sacude, las lanza al calor, las martillea contra la sed, las agita en la tos que Mingo aguanta, que no quiere echar fuera pese a los consejos del doctor diciendo que era necesario arrojar las flemas, pero Mingo sabe que a la gente le desagrada ver la sangre escaparse de los labios antes de esconderse en el trapo, por eso le pidió a mamá le pusiera si

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