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DEMIURGO

José Luis Trueba Lara  

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Fragmento

Prólogo

La muralla de Kamal

(33 años después del nacimiento del Profeta)

Los dientes del vrykolakas fueron más rápidos que el chillido de la rata. El cuerpo del animal apenas tembló y él escupió la cabeza para beber su sangre. Los sorbos ansiosos quebraron el silencio que sólo era desafiado por el gemido del viento negro. Al-Harawi lo observaba. Las llamas de las antorchas que se alimentaban de los trapos empapados con brea casi lo alumbraban por completo. La lengua gruesa y bífida recorrió los labios del vrykolakas. Algunas gotas oscuras cayeron sobre su cota de malla, que volvió a sentir la espesura de la muerte. Su rostro grisáceo y absolutamente lampiño dejaba ver las venas que lo surcaban para narrar la historia de los que no pueden morir. Uno de sus ojos estaba ciego, la larga quemadura que le recorría un lado de la cara revelaba las marcas que lo obligaban a la venganza, al odio infinito que sólo se ahogaría cuando su boca recibiera la sangre de su enemigo.

Él, a pesar de lo que era, también mostraba los estragos de la batalla que amenazaba con la eternidad: las lóbregas ojeras y la mirada tuerta estaban heridas por el hambre que delataba las largas lunas que habían transcurrido desde el día en que los enemigos rodearon la ciudad. Allá, afuera, en la planicie que no podía abarcar la mirada, entre las dunas que se movían con el ulular del viento, los nasara esperaban el momento preciso para destruir el último reducto de aquellos que se negaron a obedecer al Profeta; únicamente las murallas de Kamal los separaban de Meguido, la ciudad subterránea donde la revelación del fin del mundo se cumpliría: ahí, sobre el altar maldito que se levantó antes de que el tiempo fuera tiempo, el Profeta engendraría al enviado del Dios de las Sombras.

Lentamente, el vrykolakas buscó los ojos de su acompañante. No tenía prisa, el estruendo del avance de los nasara estaba amordazado. Los enemigos tal vez dormían o quizá se preparaban para el enésimo ataque mientras las tinieblas los protegían. Sus pupilas se encontraron: el tenue gris y el negro profundo se fundieron durante un titilar. El vrykolakas sonrió. La añeja malicia se adueñó de su rostro. A pesar de las desgracias aún podía burlarse de los hombres. Ellos sólo eran ganado. Con una cortesía inmaculada le ofreció el cuerpo flácido del animal. La cola estaba enroscada en su muñeca.

Al-Harawi lo rechazó con un ademán.

—Tú también tienes hambre, la carne está limpia… No te niegues: tú y los otros terminarán probándola —le dijo el vrykolakas mientras le sonreía.

La arcada del vómito se ensañó con las tripas del guerrero, pero logró contenerla. En ese momento, la burla era imposible y la risa podía transformarse en un espectro.

—El hambre es mejor que eso —respondió Al-Harawi con ganas de no seguir hablando.

Sus palabras no eran duras. En ellas se adivinaba el dejo del asco, el susurro que se estrellaba con la certeza de que los gruñidos debían ser satisfechos; pero la imagen de la rata era demasiado para él.

—No sabes lo que dices —señaló el vrykolakas—. El hambre no es mejor que esto… Ellas son las únicas que siguen gordas en la ciudad.

La mano del vrykolakas apretó un poco el cuerpo de la rata. La grasa amarilla se asomó en la herida.

—Tírala, ya te alimentaste —le pidió Al-Harawi.

—Y tú… ¿cuándo lo harás?

—No lo sé.

—No te preocupes, yo sí lo sé. El hambre siempre nos derrota y nos obliga a probar lo que jamás hubiéramos deseado.

X

Al-Harawi sabía que el vrykolakas tenía razón. El apetito y la sed los amenazaban con la derrota que los nasara aún no lograban con las armas. Apenas habían pasado algunos días desde que los guerreros de Kamal comenzaron a sangrar a sus caballos para matar sus ansias. Los escasos corderos casi eran sagrados: su carne estaba reservada para los dioses. Sin embargo, eso no era lo peor, poco a poco, los soldados estaban perdiendo sus monturas. La posibilidad del ataque se diluía cada vez que el sol se ocultaba. Los corceles desaparecían sin dejar huella, pero el olor de la carne en las brasas nunca era descubierto. El aroma de la grasa asada que invocaba la saliva se escondía de las narices. Sólo un observador cuidadoso podría intuir su historia en los huesos que por las noches se desperdigaban en las callejuelas de Kamal: todos estaban fracturados y su tuétano había sido lamido por aquellos que devoraron la carne cruda.

El vrykolakas tenía razón: el agua también se terminaba y l

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