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DESTIERROS

Gabriela Riveros  

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Fragmento

Ejido Los milagros de Dios, Durango

22 de mayo, 2014

Adentro del cuarto oscuro, Helena frota un cerillo. Su rostro claro, avejentado, y su cabello de leona se iluminan. Enciende el cirio. Acerca el cerillo a su rostro para apagarlo. Brillan sus ojos de lechuza, un estanque de arena y sombras.

Helena sopla y un hilo de humo se eleva entre la luz cobriza. El olor a fósforo quemado se esparce por el cuarto. En un rincón, envuelto en una cobija, Alberto, su hijo, ronca con los ojos entreabiertos.

Helena se hinca frente a imágenes y estatuillas. Se persigna tres veces; murmura con los párpados cerrados, los dedos entrelazados.

—Te ruego por mi niña, por mijita, para que vuelva pronto, por ella, Maripaz, por lo que más quieras, mi Señor, por favor, que ya no tarde.

El dolor es una caricia perversa que sacude el estanque de arena y sombras. Tocan a la puerta.

Helena frunce el ceño y vuelve la cabeza.

Cae la noche sobre el desierto. La luna generosa y blanda palpita sobre la llanura. El cielo azul intenso resplandece atrás del lomerío lejano. Una estrella relumbra en el horizonte.

La brisa de polvo y grillos merodea por los cuartos de adobe; se interna en el corral con chivas y gallinas; se filtra chillando por los huecos entre ventanas, muros y techos de lámina.

En medio de la oscuridad, del cascabelear lejano de víboras que no se ven, una mujer arrastra los pasos sobre la arena. Ha caminado toda la tarde con la niña atada a la espalda con el rebozo. Una punzada en la cintura, un calambre en la espalda le impiden ya levantar los pies del suelo. La lengua sedienta pegada al paladar. Fija la mirada en el cuarto de adobe que despide una lucecilla.

Un paso. Y otro paso.

Una punzada y el aliento que falta. La niña siempre silenciosa. Y en cada paso, su cuerpo golpeando la espalda dolorida. La tensión en el rebozo polvoriento.

Y esa ventana relumbrosa.

Ráfagas heladas, cansancio que ciega.

Toca a la puerta.

La puerta cruje. Un tunelillo se tiende entre la mirada de ambas mujeres. Helena la deja pasar. La mujer descuelga a la niña dormida en la espalda, la acomoda.

—Córima tortía… Córima.1

Helena le señala el agua; le da unas tortillas duras. La mujer las sostiene frente a su boca y las come con desesperación. Helena vuelve a arrodillarse frente al cirio y las estatuillas para proseguir con sus rezos.

El silencio del cuarto se entrelaza con el crujir de las tortillas que se disuelven entre los dientes. Helena, con los párpados cerrados, mueve los labios.

La mujer la contempla; se acomoda junto a su niña y se queda dormida.

Antes del alba, la mujer despierta. Escucha los grillos, los ronquidos de Alberto, la respiración pesada de Helena. En silencio, se pone de pie, se acomoda las faldas, se amarra las sandalias, y coloca a la niña dormida en su rebozo.

Helena duerme recostada sobre el lado derecho.

La mujer está de pie detrás de ella, junto al catre desvencijado.

—Muqui.2

Helena despierta y se vuelve. Sus ojos de ámbar asoman por la oscuridad. El tunelillo entre las miradas se tiende de nuevo y se prolonga durante unos instantes.

—A bale tewa. Ari ela cutomea.3

Helena la contempla pasmada: cabello entrecano, ojos de lechuza. Sonríe a la imagen que la mente le devuelve. La mujer recoge su morral, se dirige a la puerta y sale.

En medio de la oscuridad y el sonido de los pasos que se alejan, Helena se sienta en el catre y se frota los párpados; vuelve la mirada amarilla hacia arriba.

Tararea la canción de cuna. Se mece:

Señora Santa Ana,

¿por qué llora el niño…?

El cirio se ha apagado.

Y en el vaivén, el catre cruje.

A lo lejos, el cielo ya destila la claridad del día.

1 No existe una traducción literal del rarámuri al español; debido a esto, lo más similar al concepto “córima” es “compartir”.

2 “Seño”, en rarámuri.

3 “Ya viene. Hoy la tendrá con usted”, en rarámuri.

Carretera Monterrey, N.L. - Jiménez, Chih.

22 de mayo, 2014

Parpadeas, Julia.

Un llano espolvoreado de yucas y pitahayas, de cactus y magueyes regados por el azar del desierto, se sostienen más allá de tu frontera, de tu párpado sereno, de esa ventana cerrada del auto, a veces para huir del aire que hierve, a veces por costumbre.

Parpadeas, Julia. Vislumbras un llano que inunda tu mirada. El desierto te envuelve en velos de silencio. Bajas un poco el vidrio del auto. El viento apresurado te ensordece. Inhalas ese aire hirviente. Subes el vidrio.

La vastedad de planicies de arena y polvo se extienden hasta el horizonte. Navegas como un amonites en ese antiguo Mar de Tetis, que es la carretera a Jiménez; navegas fiel al camino trazado por el asfalto. Sólo en el parpadeo se entrecorta esta visión. En la lejanía divisas hileras de montañas azuladas por la distancia, como si alguien las hubiera colocado ahí para enmarcar este desierto, para que los rayos del sol que caen por las tardes encuentren un lecho en el cual penetrar a las nubes que, luminosas y coronadas de mamey, se tienden sumisas sobre sus rugosos y enormes cuerpos.

Pero Julia, el dolor es una punzada que hiere dentro del estómago, detrás de la nuca, a un lado de la memoria; es esa angustia que te carcome lenta y perenne, perforando el vaivén de tus días y tus noches hasta volcarlo todo en un abismo, en una de esas grietas que cargas dentro.

—Tu papá se puso malo —dijo Nina—; los doctores no saben bien qué es. Tu mamá no quiere decirte, no quiere mortificarte. Yo creo que estaría bien que te dieras la vuelta. No les digas que te llamé.

NO MALTRATE LAS SEÑALES

El dolor es el silencio que perfora y arde.

El dolor es una ausencia; es el tiempo que se detiene.

NO DEJE PIEDRAS EN EL PAVIMENTO

¿Quién eres tú, Julia, navegando en este mar prehistórico, hoy desolado?

ALTURA LIBRE 5.5 M

Los tráileres de cajas dobles con nombres de empresas multinacionales te rebasan. Recorres una vez más el mismo trayecto de tu infancia.

110 KM/HR

Treinta y cinco años atrás tus padres iban al frente con los vidrios abajo. El aire caliente del desierto oreaba las gotas que resbalaban por tu espalda. Mariana y tú jugaban a delimitar su territorio sobre el asiento trasero.

—Mamá, ¿falta mucho para llegar?

—Quiero ir al baño.

—No me gustan los sándwiches con mostaza; quiero Fritos.

Una carretera remendada y roída por el desierto, por el descuido del gobierno, por la miseria que avanzaba como sarna implacable sobre la piel de los pueblos. Tolvaneras y vados, remolinos de arena, la firma del diablo, zonas de silencio en medio del silencio más profundo.

Aerolitos y cuarzos, polvo y más polvo. A veces se detenían por jugo de naranja en Bermejillo. Crucifijos asomaban al pie del camino.

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