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DESTIERROS

Gabriela Riveros  

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Fragmento

Ejido Los milagros de Dios, Durango

22 de mayo, 2014

Adentro del cuarto oscuro, Helena frota un cerillo. Su rostro claro, avejentado, y su cabello de leona se iluminan. Enciende el cirio. Acerca el cerillo a su rostro para apagarlo. Brillan sus ojos de lechuza, un estanque de arena y sombras.

Helena sopla y un hilo de humo se eleva entre la luz cobriza. El olor a fósforo quemado se esparce por el cuarto. En un rincón, envuelto en una cobija, Alberto, su hijo, ronca con los ojos entreabiertos.

Helena se hinca frente a imágenes y estatuillas. Se persigna tres veces; murmura con los párpados cerrados, los dedos entrelazados.

—Te ruego por mi niña, por mijita, para que vuelva pronto, por ella, Maripaz, por lo que más quieras, mi Señor, por favor, que ya no tarde.

El dolor es una caricia perversa que sacude el estanque de arena y sombras. Tocan a la puerta.

Helena frunce el ceño y vuelve la cabeza.

Cae la noche sobre el desierto. La luna generosa y blanda palpita sobre la llanura. El cielo azul intenso resplandece atrás del lomerío lejano. Una estrella relumbra en el horizonte.

Recibe antes que nadie historias como ésta

La brisa de polvo y grillos merodea por los cuartos de adobe; se interna en el corral con chivas y gallinas; se filtra chillando por los huecos entre ventanas, muros y techos de lámina.

En medio de la oscuridad, del cascabelear lejano de víboras que no se ven, una mujer arrastra los pasos sobre la arena. Ha caminado toda la tarde con la niña atada a la espalda con el rebozo. Una punzada en la cintura, un calambre en la espalda le impiden ya levantar los pies del suelo. La lengua sedienta pegada al paladar. Fija la mirada en el cuarto de adobe que despide una lucecilla.

Un paso. Y otro paso.

Una punzada y el aliento que falta. La niña siempre silenciosa. Y en cada paso, su cuerpo golpeando la espalda dolorida. La tensión en el rebozo polvoriento.

Y esa ventana relumbrosa.

Ráfagas heladas, cansancio que ciega.

Toca a la puerta.

La puerta cruje. Un tunelillo se tiende entre la mirada de ambas mujeres. Helena la deja pasar. La mujer descuelga a la niña dormida en la espalda, la acomoda.

—Córima tortía… Córima.1

Helena le señala el agua; le da unas tortillas duras. La mujer las sostiene frente a su boca y las come con desesperación. Helena vuelve a arrodillarse frente al cirio y las estatuillas para proseguir con sus rezos.

El silencio del cuarto se entrelaza con el crujir de las tortillas que se disuelven entre los dientes. Helena, con los párpados cerrados, mueve los labios.

La mujer la contempla; se acomoda junto a su niña y se queda dormida.

Antes del alba, la mujer despierta. Escucha los grillos, los ronquidos de Alberto, la respiración pesada de Helena. En silencio, se pone de pie, se acomoda las faldas, se amarra las sandalias, y coloca a la niña dormida en su rebozo.

Helena duerme recostada sobre el lado derecho.

La mujer está de pie detrás de ella, junto al catre desvencijado.

—Muqui.2

Helena despierta y se vuelve. Sus ojos de ámbar asoman por la oscuridad. El tunelillo entre las miradas se tiende de nuevo y se prolonga durante unos instantes.

—A bale tewa. Ari ela cutomea.3

Helena la contempla pasmada: cabello entrecano, ojos de lechuza. Sonríe a la imagen que la mente le devuelve. La mujer recoge su morral, se dirige a la puerta y sale.

En medio de la oscuridad y el sonido de los pasos que se alejan, Helena se sienta en el catre y se frota los párpados; vuelve la mirada amarilla hacia arriba.

Tararea la canción de cuna. Se mece:

Señora Santa Ana,

¿por qué llora el niño…?

El cirio se ha apagado.

Y en el vaivén, el catre cruje.

A lo lejos, el cielo ya destila la claridad del día.

1 No existe una traducción literal del rarámuri al español; debido a esto, lo más similar al concepto “córima” es “compartir”.

2 “Seño”, en rarámuri.

3 “Ya viene. Hoy la tendrá con usted”, en rarámuri.

Carretera Monterrey, N.L. - Jiménez, Chih.

22 de mayo, 2014

Parpadeas, Julia.

Un llano espolvoreado de yucas y pitahayas, de cactus y magueyes regados por el azar del desierto, se sostienen más allá de tu frontera, de tu párpado sereno, de esa ventana cerrada del auto, a veces para huir del aire que hierve, a veces por costumbre.

Parpadeas, Julia. Vislumbras un llano que inunda tu mirada. El desierto te envuelve en velos de silencio. Bajas un poco el vidrio del auto. El viento apresurado te ensordece. Inhalas ese aire hirviente. Subes el vidrio.

La vastedad de planicies de arena y polvo se extienden hasta el horizonte. Navegas como un amonites en ese antiguo Mar de Tetis, que es la carretera a Jiménez; navegas fiel al camino trazado por el asfalto. Sólo en el parpadeo se entrecorta esta visión. En la lejanía divisas hileras de montañas azuladas por la distancia, como si alguien las hubiera colocado ahí para enmarcar este desierto, para que los rayos del sol que caen por las tardes encuentren un lecho en el cual penetrar a las nubes que, luminosas y coronadas de mamey, se tienden sumisas sobre sus rugosos y enormes cuerpos.

Pero Julia, el dolor es una punzada que hiere dentro del estómago, detrás de la nuca, a un lado de la memoria; es esa angustia que te carcome lenta y perenne, perforando el vaivén de tus días y tus noches hasta volcarlo todo en un abismo, en una de esas grietas que cargas dentro.

—Tu papá se puso malo —dijo Nina—; los doctores no saben bien qué es. Tu mamá no quiere decirte, no quiere mortificarte. Yo creo que estaría bien que te dieras la vuelta. No les digas que te llamé.

NO MALTRATE LAS SEÑALES

El dolor es el silencio que perfora y arde.

El dolor es una ausencia; es el tiempo que se detiene.

NO DEJE PIEDRAS EN EL PAVIMENTO

¿Quién eres tú, Julia, navegando en este mar prehistórico, hoy desolado?

ALTURA LIBRE 5.5 M

Los tráileres de cajas dobles con nombres de empresas multinacionales te rebasan. Recorres una vez más el mismo trayecto de tu infancia.

110 KM/HR

Treinta y cinco años atrás tus padres iban al frente con los vidrios abajo. El aire caliente del desierto oreaba las gotas que resbalaban por tu espalda. Mariana y tú jugaban a delimitar su territorio sobre el asiento trasero.

—Mamá, ¿falta mucho para llegar?

—Quiero ir al baño.

—No me gustan los sándwiches con mostaza; quiero Fritos.

Una carretera remendada y roída por el desierto, por el descuido del gobierno, por la miseria que avanzaba como sarna implacable sobre la piel de los pueblos. Tolvaneras y vados, remolinos de arena, la firma del diablo, zonas de silencio en medio del silencio más profundo.

Aerolitos y cuarzos, polvo y más polvo. A veces se detenían por jugo de naranja en Bermejillo. Crucifijos asomaban al pie del camino.

—Papi, ¿por qué ponen esas cruces ahí?

Por las noches, las estrellas brillaban contenidas tras ese manto claro que era el cielo a punto de estallar, de desbordarse sobre el llano.

La luminosidad, reflejada por el polvo, y el cielo cohabitaban esa inmensidad.

PARADERO DE EMERGENCIA A 500 M

A veces caseríos. El desierto te concibe suspendida en una mudez absoluta, serenidad que amansa; en este tiempo, que es otro, te vuelve invisible, perdida de ti misma.

Parpadeas, Julia, y este acto se convierte en la única forma de corroborar que estás aquí avanzando sobre la carretera a Jiménez, en medio de un desierto que se extiende más allá del paisaje, más allá de tu memoria, tendido sobre la cresta de tu monotonía citadina, de esta angustia que hoy guardas dentro, con temor a que el resplandor de la mañana la encandile, a que se escurra entre tus dedos y arda sobre esa piel donde habitan tus recuerdos, tu infancia, tu origen… con miedo a que el dolor te haga despertar.

Seleccionas música. Réquiem de Mozart.

El lejano batir de las campanas de una catedral gótica llega hasta tu desierto. Pausadas. Como una premonición que avanza tras de ti.

La música germina en este contrapunto sereno, melodía triste que brota y toca la llaga que arde. Las voces:

Requiem aeternam dona ets, Domine,

et lux perpetua luceat ets.4

¿Por qué te gusta esa música escrita para despedir a un muerto?

La idea pasa cerca de ti, como un susurro y te estremeces.

Cada vida que dejaste de lado produjo su propia sombra.

Elegiste solapar tu voz, aprender a leer entre líneas desde las palabras no dichas. Elegiste el intento reiterativo de establecer comunicación con Santiago, de disculparte una y otra vez sin estar de acuerdo, de fingir entusiasmo frente a ellos, de buscar temas en común; para escapar de lo que te duele, para no hablar de esas sensaciones imperceptibles que pertenecen al mundo de las orillas, de lo silenciado.

Santiago es sólo un espejo frente al que intentas contar tu vida. Elegiste el esfuerzo de adaptarte a él, de camuflarte, de olvidarte de ti misma.

Parpadeas. Frente a ti, la carretera es una línea recta que se desvanece en el horizonte. El desierto siempre inmutable.

Y te fuiste sin avisarle. Sólo dejaste una nota en su buró. Santiago se pondrá furioso.

ZONA DE TOLVANERAS

Cuartos de adobe junto a la carretera.

RESTAURANTE EL PORVENIR

TOME COCA KOLA

SE BENDEN DÁTILES, PYSTACHES

SE BENDEN FÓCILES Y JUGO DE NARANJA

Crucifijos grises con flores polvorientas asoman a la orilla de la carretera.

Matorrales dispersos, trozos de llanta regados sobre el pavimento; un par de caballos flacos mordisquean la llanura.

Quizá, si algo te sucediera… él te pondría atención.

TRÁNSITO LENTO CARRIL DERECHO

Caseríos. Alcanzas a vislumbrar su interior. El carro te protege, prolonga tu guarida. Pasas a unos cuantos metros de los cuartos y tráileres. Cada uno con su historia propia, sus palabras, su destino.

Un escalofrío te recorre.

Lucía Fernández: secuestrada, violada, desaparecida.

La música se aleja.

Eres vulnerable, una llanta ponchada, cualquier cosa. Tu cuerpo adentro de esos cuartos, fotografía instantánea que te crispa los nervios.

Eres Julia, pero a quién le importa si eres Juana o Meche o Silvia; puedes ser lo que ellos quieran. Tu casa queda lejos, escondida en una ciudad de tantas, en una colonia recóndita sobre una montaña de todas las que conforman este país. Tu calle es sólo un punto diminuto casi imperceptible entre el laberinto de hilos que conforman las ciudades. Santiago permanece tan lejos… tus hijos: Sofía, Chago, Adrián y Regina. Todo ajeno a este desierto donde podrías buscar eternamente la salida y, en ese intento, volver siempre al punto de donde partiste.

El desierto, su calor, nos lame el entendimiento.

Y esa cápsula tuya, avanzando sobre la carretera a Jiménez, prolongación de tu mundo: el aire acondicionado, las tubas, los fagots, las sopranos, el café capuchino acomodado al costado del volante, los asientos tersos.

Sed tu bonus fac benigne

ne perennicremer igne.5

El miedo conquista la tristeza de tus párpados, ardidos por la sal de tus lágrimas.

Una imagen dulce, que no sabes de dónde viene, aparece en tu memoria. Percibes la brisa del continuo movimiento de las siete faldas de una mujer tarahumara que recorre este desierto luminoso y tendido bajo el horizonte.

El contraste de las percusiones y los tenores contra el murmullo de sopranos y violines te estremece.

Mejillas de sol y polvo de la niña que la acompaña, el movimiento de sus siete faldas. Dos engranajes que giran y giran juntos para impedir que el tiempo se estanque.

Otra imagen se sobrepone: es una mancha lejana y acuosa sobre el pavimento. La crees un espejismo, como siempre.

El auto de adelante pisa el freno súbitamente.

Gira varias veces patinando sobre el diésel.

El desierto brillante se paraliza, los músculos de tu cuello se contraen, tus ojos se agrandan.

Una pipa enorme de gasolina se acerca. Cachalote sereno navegando sobre el sopor del mediodía.

El murmullo de los barítonos languidece y se aparta de ese tambor recreado en tus sienes, en tu pecho.

Pisas el freno, una y otra vez.

Nudos en el estómago, en los brazos.

Tu mirada fija en la defensa del auto,

en todo aquello que no has sido capaz de perdonarte,

en el rostro de Mariana tu gemela,

en el de tu padre, cuando te dijo de tu hermano,

en tu carrera trunca de pianista,

en los dedos que te hurgaron,

en la detonación de una bomba,

en tu vida de burguesa domesticada,

en las palabras no dichas,

en la mirada de Alejandro cuando te encañonaron,

en la indiferencia de Santiago.

Tu pie sobre el freno. Los chillidos de los cauchos silencian el murmullo de los coros y violines.

Aaaaameeén.

Y tu auto y el desierto solos, y los hombres del caserío.

Giras y giras.

No puedes escapar.

El tráiler cambia las luces. Un claxon desesperado se eleva sobre el llano.

No encuentras más asidero que la muerte.

Giran las siete faldas en círculos enormes que te arrojan al vacío, al silencio.

Abres la puerta. Presionas el botón rojo para liberarte.

Ruedas por el aire.

El tráiler, la pipa, el auto de adelante y el tuyo en una carambola.

Una fogata enorme alimenta este infierno.

Las llamas crepitan; algunos cuerpos se arrastran entre llamas y polvo.

Dicen que no hay quién vigile los cuerpos vacíos.

Y ese enorme anhelo de volar.

Extiendes tus brazos y el aleteo cruje en este aire apretado.

Dicen que tú fuiste la menor de los rarámuris.

Todo se consume lentamente por el batir de ráfagas luminosas.

Y ese aire ardiente que deforma el paisaje, como si todo esto sucediese tras un cristal.

Sombras pardas salen de los cuartos de adobe y corren hacia el accidente.

No habrá historia. Nunca hubo historia.

Arriba en el cielo, tras un velo de humo, un ave solitaria extiende sus alas y planea serena.

4 Dales el descanso eterno, Señor, / y que la luz perpetua los ilumine.

5 Tú, bueno como eres, haz benignamente / que no sea yo quemado en el fuego perenne.

I

Sólo tenemos una doble vida.

GUSTAVO CERATI

Mi primera infancia es un sueño lejano, un bloque de vida esférico, casi independiente de lo que soy ahora. La casona de paredes de adobe robustas, con sus alcobas de techos altos y sus patios de rosas, higueras y lirios, había pertenecido a la familia por generaciones. Más allá de los muros y ventanales, estaba el pueblo soleado con su lento rodar de camionetas por las calles de terracería, sus dos plazas y una parroquia colonial en cuyo interior podía leerse: VIVA FERNANDO VII REY DE ESPAÑA. A la distancia, se extendía la única calle con pavimento custodiada por nogales centenarios que extendían las ramas hasta el cielo, repletos de urracas gritonas. Al final de esta Calzada Juárez estaban todavía, desde la época de don Porfirio, la Casa Redonda, la estación de trenes y el antiguo molino, todos en ruinas. Y ahí permanecía el cruce con la carretera federal que comunicaba aquella burbuja de tiempo con la incipiente modernidad del México de los setenta, que surgía en la zona de la Laguna o con la ciudad de Chihuahua a decenas de kilómetros de distancia. Y por encima de todo, el cielo más azul que jamás volvería a ver.

En septiembre de 1972 nacimos Mariana y yo en Jiménez, Chihuahua. Al parecer, no habían nacido un par de gemelas en los últimos años, de manera que nos convertimos en la plática principal del pueblo y nuestra casa se volvió un centro de gravedad que atrajo a tías, comadres y vecinas que desfilaban con burritos, ungüentos de ubre de vaca para que mi madre recuperara la cintura, champurrado, caléndula para la piel flácida, aceite de almendra para disimular las estrías, arroz con leche, levadura de cerveza para que mi madre tuviera “buena leshe”, conchas de don Ceferino, un aceite verde con dotes maravillosos para evitar los cólicos en recién nacidos, colchas tejidas, mamelucos, botitas de estambre, botellas miniatura con agua bendita traída desde Lourdes y enchiladas en salsa de chile colorado para papá.

Mi padre trabajaba desde su despacho, acondicionado en una parte de la casona; de manera que a ratos acompañaba a mi madre y a las visitas sin mucho qué hacer ni qué decir. Abría la puerta a los visitantes, saludaba, seguía conversaciones y los rituales que implicaban cuidarnos a Mariana y a mí. El recién estrenado rol de papá todavía le quedaba grande como un saco ajeno.

Durante meses, mi madre y Nina —mi nana— se concentraron en alimentarnos, cambiarnos los pañales de tela, hacernos repetir, arrullarnos, calentar el cuarto y el agua para el baño, tallar los pañales, tenderlos y serenarlos. Días y noches sin descanso, en un ciclo que se repetía cada tres horas, como el engranaje riguroso de un reloj que una vez ya iniciado no puede detenerse.

En el inicio no había fronteras. Mariana, mi madre y yo éramos lo mismo. Nos habitaban nuestras voces, la de Nina, el sonido de la puerta de tela de alambre golpeando contra el marco de madera, los brazos que nos cargaban, los latidos del pecho donde nos quedábamos dormidas, el olor a mamá, el vaivén de la mecedora, el chasquido de los besos de papá.

Señora Santa Ana,

¿por qué llora el niño?

Por una manzana

que se le ha perdido…

Con el paso del tiempo, Mariana y yo fuimos dejando de lado a mamá. Nuestra primera infancia transcurrió explorando los patios de arcadas y enredaderas donde encontrábamos fósiles, nidos de golondrinas, llantas de bicicleta, periódicos viejos y puertas antiguas. Todo bajo capas de polvo. Recuerdo el zaguán, que tanto llamaba la atención a los habitantes de Jiménez, sus macetones con helechos que crecían desmesurados —años después supe que abuelita Aurora les ponía pastillas de hormonas—, el reloj cucú alemán, los tragaluces del techo —que le daban esa luz natural al recinto—, los sillones de ébano, el violonchelo de forja con la enredadera de julieta, las ventanas y puertas que daban al despacho de papá, el mosaico de la Virgen de Guadalupe.

A veces venían otras niñas a jugar, aunque en realidad no nos hacían falta. Muchas veces Mariana y yo nos intercambiábamos los nombres. Nos divertía que nadie, salvo mis padres, podía distinguirnos. No había en nosotras dos identidades separadas. Las dos encarnábamos diversas partes de un mismo rompecabezas. Cuando una no tenía la respuesta a las preguntas de los adultos, la otra respondía.

Nos acostábamos sumergidas en elucubraciones que fueron dando forma a aquel universo. Observábamos los cuatro agujeros en la tela del techo que hacían las veces de respiraderos y la imagen enorme de Santa Rita que había pertenecido al bisabuelo don Trinidad Luján. Nos extrañaba que en su frente blanquísima hubiera una espina.

Esos estados contemplativos terminaban cuando Nina nos llamaba a comer milanesas empanizadas, arroz blanco con elote y flan casero. Por las tardes jugábamos a la bebeleche en la Plaza de las Lilas o patinábamos en el patio de la noria rodeadas de geranios, hortalizas y cactus.

Al atardecer, la azotea era el mejor sitio para contemplar el cielo vasto con sus mechones púrpuras, sus mantos de fuego. Y en las noches de luna llena subíamos a la azotea de la casa de tío Florencio por la escalera que él había improvisado, para ir al cuarto del telescopio. Allá arriba, bajo un manto de estrellas, sacaba su llave antigua, quitaba el cerrojo y abría la puerta de aquel recinto sagrado. Una vez dentro, nos acercaba un banquito para que pudiéramos alcanzar el lente del telescopio. Abría dos hojas de lámina del techo y ahí nos iba describiendo la geografía de la luna resplandeciente con sus cráteres y valles.

A veces, Mariana y yo corríamos entre frondosas nogaleras hasta llegar al lecho, casi seco, del Río Florido. Allá aventábamos piedra bola junto al abuelo Eduardo. Nos llevaba todos los domingos a volar papalotes. Ella y yo nos volvíamos esas figuras sostenidas en el viento fresco rozando el cielo.

Entre semana, nos dedicábamos a explorar las habitaciones que nadie ocupaba; cada cuarto era un sector de nuestras ciudades imaginarias. La sala era nuestra favorita porque tenía un par de cortinas que se abrían y cerraban con un mecanismo de cordón único en el pueblo. Los cuartos de clóset guardaban objetos inauditos para la vida de un pueblo en medio del desierto: pelucas, vestidos antiguos, jarrones como piezas de museo, cajas de cereal que mi abuelo acumulaba por docenas, papel higiénico por montones, filigranas de oro y camafeos que habían pertenecido a generaciones atrás, partituras de piano alemanas y norteamericanas de fines del siglo XIX, el estuche de bolear del abuelo en memoria a su modesto origen, su colección de cámaras fotográficas, cajones repletos de fotografías, un montón de muebles que trajeron los antepasados de abuelita Aurora cuando vinieron a colonizar, los papeles que les dio el virrey en el siglo XVIII para establecer el presidio, defenderse de los apaches y fundar la Villa de Santa María de las Caldas; sombreros jipijapa, tocados de la época del Charleston, abanicos de encajes de Bruselas, guantes bordados con lentejuela y canutillo, encajes para cubrirse la cabeza a la hora de la misa, esquelas de antepasados, juegos de sábanas y toallas para las habitaciones que sólo se usaban cuando venían los parientes de fuera; estolas de zorro, jabones Heno de Pravia y bolas de naftalina para ahuyentar la polilla; el título de la secundaria de mi madre, sus primeros dibujos, telegramas con felicitaciones, fotografías en blanco y negro de bisabuelos y tatarabuelos; mancuernillas, gafas, cartas de mis abuelos, postales con caligrafía impecable provenientes de Europa; baúles antiguos que habían sido velices; la caja de seguridad Mossler que decía: DON TRINIDAD LUJÁN. JIMÉNEZ, CHIH. MARZO DE 1894, y un radio de onda corta.

Sin embargo, hubo dos sucesos que abrieron una grieta. En aquel entonces, no pudimos asimilar la repercusión que tendrían en nuestras vidas. Una mañana, jugando a las escondidas con Mariana, encontré en el rincón del clóset, una fotografía antigua en la que aparecían mis bisabuelos maternos rodeados de sus cuatro hijos: un joven de unos dieciséis años; otro de catorce, aproximadamente; abuelita Aurora niña y una joven de quien resultaba imposible distinguir su rostro. Sin lugar a dudas, había sido eliminado deliberadamente, raspando el papel fotográfico.

Cerré el clóset, encendí la luz, me senté en el suelo y me dediqué a observarla.

—¿Estás ahí? —preguntó Mariana tocando la puerta.

Observamos la foto, extrañadas. Después se la llevamos a mamá; abrió los ojos asustados y nos la quitó.

—Presten acá. Denme esa foto.

—¿Por qué borraron a la joven de la foto?

—No lo sé…

A las diez y media de la mañana, Santiago le marcó al celular. La llamada no pasó ni al buzón de voz. Nada. A mediodía volvió a intentarlo, en vano. A quién se le ocurre semejante burrada. Lo debe haber hecho adrede. Nomás por fregar. Por hacerse la interesante.

Santiago ronda dentro de su oficina. El saco acomodado en el respaldo del sillón de escritorio. Se afloja la corbata. Exhala. Se pasa la mano por la frente. Cruza los brazos y aprieta la boca. El azul enérgico de sus ojos parece más fuerte que de costumbre.

—Policía Federal de Caminos, ¿tiene algún accidente reportado el día de hoy, en la carretera Monterrey-Torreón o Torreón-Jiménez?

—¿Hace dos horas?

—¿Cerca de Bermejillo?

—¿Carambola? ¿Tiene registrada una miniván gris acero con placa SKR 3216?

Vértigo. Los sonidos desaparecen. El mundo se concentra en la voz que sale del auricular.

Hace unas horas, durante la madrugada y en medio de la penumbra, observó a Julia de espaldas mientras se vestía. Fingió estar dormido. Qué fastidio. Hace un par de días que no le dirigía la palabra. “¿Segura que quieres eso? Nada más que la situación sería muy distinta. A ti todo se te hace fácil. Eres muy egoísta. Los primeros afectados serían los niños.”

Entreabrió un párpado. La vio acercarse de puntillas a su buró. Escuchó que ponía algo debajo de su celular y, después, que se calzaba sentada en el sillón; a continuación tomaba su bolso en silencio, y salía de la habitación y cerraba con cuidado la puerta.

—¿Con una pipa de PEMEX y un tráiler?

Su oficina de director, del señor Santiago Treviño Villarreal, de CEO para América Latina, se dilata y gira. La voz de la secretaria se pierde a lo lejos. Santiago guarda la laptop en el maletín, toma su saco y sale apresurado.

—Cancéleme las citas de la tarde. Llame a don Sergio para que vaya por mis hijos a la escuela. Que los lleve a comer a la casa. Que les diga que salí con su mamá. Que los veo en la noche. Que no sabe más.

Horas más tarde, el calor arde en La Laguna. Santiago mira sin ver las planicies de arena y polvo luminoso. Cuatro horas de carretera y entra al vestíbulo de la dependencia de la Policía Federal de Caminos en Gómez Palacio. Ahí los periodistas, los de la Cruz Verde, un auto pequeño con el logotipo de Televisa, los del Ministerio Público.

—No hay mucho que identificar, patrón. Los choferes del tráiler y de la pipa de gas murieron en el incendio. El problema es que había diésel derramado en la carretera y se pone bien resbaloso. También iba otro coche, el conductor quedó atrapado dentro por el cinturón y también murió quemado.

—Quedaron los restos de una mujer cerca de la miniván que se quemó. No encontramos bolso ni cartera ni celular que la identifique. Quedó en muy malas condiciones. No creo que sea bueno que la vea.

—Aunque por los datos que me da del vehículo, sí debe ser ella. Y sí, entiendo que solicite una prueba de ADN… Son tardadas, calculo unas tres a cuatro semanas, pero usted sabe.

—Lo siento, patrón. Usted dice quiénes y cuándo vienen por los restos de su esposa. Firme aquí, por favor.

Pero antes, tiempo atrás, hubo otra Julia para él. Un cuerpo. La piel tersa. Cierta agudeza mental. Conversaciones y risas que el tiempo fue apagando. La música que brotó del piano que ella tocó durante los primeros años juntos. Julia cargando a sus hijos pequeños. Tiempo atrás. Viajes de pareja, de compadres, de familia. Muslos de arena. Dedos deshabitados, perdidos de sí mismos.

Después, el piano guardó silencio. Julia deambulaba por la casa noches enteras. De pronto, un café a medio tomar en la terraza.

En la tarde, mientras Santiago conduce camino a casa, la carretera es una noria de soledad.

Sombras de yucas y pitahayas deambulan en el llano, en ese Mar de Tetis que cobija las otras voces, las historias silenciadas.

Las rayas blancas sobre el pavimento brillan y desaparecen bajo el auto rápidamente. El silencio se estanca.

En la noche el dolor se expande.

Santiago sentado en el suelo del balcón de su cuarto. Se recarga en la pared. Los grillos inundan el aire fresco. Monterrey brilla allá abajo, atrás de los troncos y los ladridos que insisten, de las hojas que se mecen brillantes con su aroma de luna. Nos vinimos aquí porque tú querías vivir en el bosque.

Santiago con la mirada fija en mechones de sombra, en las ramas de los encinos. Arriba un cielo frío, el aura de la luna.

El bosque no lo toca, ni el sueño de sus hijos que, vencidos por el llanto y el cansancio, duermen abatidos.

A veces, la vida es un cuarto deshabitado.

Quizá fue lo mejor. La presioné mucho. Se fue sola adrede. Sabía que no la hubiera dejado ir sola. Nuestro proyecto estaba fracasando. Ella dio el paso definitivo, el tiro de gracia. Nunca le gustó qu ...